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Día: 14 de abril de 2015 (página 1 de 1)

Stalin sobre la revolución china

Aunque son muchos los que suponen lo contrario, hay muy pocas intervenciones de Stalin en la Internacional Comunista, al menos que sean conocidas. Aún hay menos referencias suyas acerca del desarrollo de la revolución en China. La mayor parte de sus intervenciones -por no decir todas- son réplicas derivadas de la traición del Kuomintang en 1927 y las repercusiones internas que tuvo dentro del Partido bolchevique. No abundan, sin embargo, las opiniones directas de Stalin sobre la revolución china.

El discurso de 30 de noviembre de 1926 ante la comisión china de la Internacional es una excepción muy poco conocida, que merece la pena recordar. No es un artículo sino una opinión emitida en vivo que, posteriormente, se documentó en las actas. Tiene un carácter crítico, es decir, que Stalin se opone a los informes que los miembros de la comisión china habían redactado sobre la puesta en práctica de la línea política del PCCh.

Su intervención reúne dos de las mejores virtudes que siempre acompañaron a Stalin. En primer lugar, desde el principio pone de manifiesto su modestia, ya que reconoce que no dispone de todos los materiales necesarios para hacer una exposición completa sobre la situación en China. En segundo lugar, es uno de los documentos más claros, más sencillos y más sintéticos sobre las peculiaridades de China y de la revolución china.

El discurso de Stalin no es, pues, interesante sólo por sus opiniones sobre China, sino también porque es una joya del estilo argumentativo de los marxistas, que se ha perdido hace tiempo. Es conveniente aclarar también que Stalin se está dirigiendo directa y personalmente a aquellos a los que critica, como demuestran las actas.

El dirigente bolchevique empieza por una cuestión formal, criticando el pésimo estilo con el que están redactados los informes que tiene en la mano. Son ese tipo de devocionarios repletos de citas de Lenin sacadas de acá y allá e incorporadas por los pelos a una argumentación que, la mayor parte de las veces, está más vacía que la olla de un mendigo.

En aquel caso, los responsables de los asuntos de China en la Internacional Comunista se aferraban a una frase de Lenin en la que equiparaba al país asiático con la Rusia de 1905 lo cual, dice Stalin, es sólo una parte del asunto: China se parece a Rusia en 1905 pero también es diferente a ella. A partir de ahí, Stalin utiliza el contraste para exponer los rasgos fundamentales propios y característicos de la revolución china.

Lo mismo que en Rusia en 1905, en China la revolución también es de naturaleza democrático-burguesa, dice Stalin, pero adopta una forma diferente porque es una “revolución de liberación nacional”. Es toda una declaración de principios que podría ayudar a todos esos independentistas que quieren ser comunistas y no saben cómo. La lucha contra el imperialismo, dice Stalin en 1926, “juega un papel preponderante en China”. Naturalmente que tras la ocupación de China por Japón en 1934, lo preponderante se convirtió en omnipresente.

En un movimiento de esas características, como en todo movimiento de masas, se plantean dos asuntos estrechamente relacionados. El primero es el movimiento en sí mismo, las clases sociales que participan en él, especialmente el campesinado, su naturaleza burguesa, nacional y antimperialista a la vez. No creo necesario repetir que la falta de homogeneidad de un movimiento así no excluye que tuviera un carácter revolucionario.

El segundo es la dirección de dicho movimiento, que sí tiene que ser homogénea “e incumbe fatalmente al proletariado chino”. En apoyo de esa dirección juega la existencia de la URSS, dice Stalin: “Si antiguamente, antes de la época de la revolución mundial, el movimiento de liberación nacional era una parte del movimiento democrático en general, hoy, tras la victoria de la revolución soviética en Rusia y el comienzo de la época de la revolución mundial, es una parte de la revolución proletaria mundial”.

La Internacional Comunista, apunta también Stalin, no está sabiendo analizar la intervención imperialista en China y, por lo tanto, tampoco la guerra civil. Detrás de los choques entre los “señores de la guerra”, los generales del ejército y las mesnadas feudales estaban unos u otros imperialistas. Además, Stalin diferencia entre las distintas formas de intervencionismo imperialista entre unas u otras potencias, poniendo de manifiesto que la posición “dulce” de algunos imperialistas, como los japoneses o los estadounidenses, aparentemente favorables al gobierno nacionalista de Cantón, era falsa.

La fragmentación política de China, típicamente feudal, como cualquier clase de división del enemigo de clase, es uno de los factores más favorables para un movimiento revolucionario. Dentro de aquel complejo panorama, los nacionalistas y los comunistas, aunque formaban un único frente, con su propio gobierno, no eran más que una de tantas facciones que combatían en China. En 1926 dicho gobierno había desencadenado la “marcha hacia el norte”, una expedición militar para aplastar al ejército contrarrevolucionario afincado en Pekín.

La forma en que dicha “marcha” se estaba desarrollando había creado otra concepción errónea en la Internacional Comunista, dice Stalin, que también se reproduce en la actualidad. Aunque la expedición parecía una lucha entre dos ejércitos, se trataba de “un desarrollo de la revolución china”. Detrás de la forma militar que revestían los acontecimientos, había que ver una lucha política y social: “Las tropas revolucionarias chinas son un factor de los más importantes de lucha de los obreros y campesinos por su emancipación”.

A partir de esta constatación, Stalin desarrolla una exposición sobre la forma militar que los movimientos revolucionarios han desarrollado desde el siglo XVIII, cuando los levantamientos populares se enfrentaban desarmados a un ejército regular. Por el contrario, en China quien se enfrenta al ejército es “el pueblo en armas representado por su ejército revolucionario”. Es otra de las ventajas que tiene la revolución china, añade Stalin, quien expone una concepción político-militar de la revolución, que a lo largo del siglo XX se haría típica, pero que en 1926 era totalmente novedosa.

Como consecuencia de esa característica, los comunistas chinos deben “emprender seriamente el estudio del arte militar” y prestar atención al trabajo en el seno del ejército, bien entendido que se trataba del ejército de Cantón, es decir, de un ejército adiestrado y equipado por la Internacional Comunista para los nacionalistas del Kuomintang y del que formaban parte también los comunistas chinos.

Luego Stalin analiza el aspecto político-militar de la revolución china en relación con la intervención en ella del campesinado, volviendo a criticar las equiparaciones que estaba llevando a cabo la Internacional Comunista en China con los soviets. La Internacional Comunista tenía muy presente el papel que el campesinado desempeñaría en la revolución china, pero no de una manera suficiente. Creía que la movilización del campesinado podría romper el frente único antimperialista. A diferencia de la III Internacional, Stalin dice que hay que acabar con la “neutralidad” hacia los campesinos. La revolución en el campo fortalecerá el frente antimperialista.

También aparecen diferencias en la forma en que se debería empezar a organizar al campesinado. A diferencia de la Internacional Comunista, Stalin considera que en aquel momento no se podía empezar por crear soviets campesinos en China. Destaca el peso social abrumador de la población rural en la sociedad china y propone empezar por crear comités campesinos. Sin embargo, ese punto de partida nunca podrá ser suficiente para movilizar tan gigantesca masa de campesinos. Para ello es necesario “el aparato de un nuevo poder nacional revolucionario”, con lo que Stalin anticipa lo que luego fueron las “zonas rojas”, esto es, amplias regiones dominadas por el movimiento revolucionario.

Pero eso tampoco será suficiente, por lo que Stalin introduce un tercer factor de organización del campesinado: el ejército revolucionario. Es otra de las novedades que Stalin introduce en el acervo marxista. Hasta entonces las organizaciones revolucionarias únicamente habían hablado de organizar a las masas en formaciones sindicales, políticas o culturales. La organización militar había sido olvidada, y así continúa.

En fin, estas consideraciones de Stalin tanto acerca del aspecto nacional como del militar de la revolución china, van más allá del lugar y el momento en el que se expusieron. Conciernen a todos los países del mundo porque se refieren a la fase imperialista en la que vivimos ahora.

Cuando el director de la Guardia Civil era un matón fascista

Aníbal Malvar
‘Público’ ha obtenido los testimonios de una de las víctimas y de otros testigos de las andanzas violentas de las centurias fascistas vinculadas a los Guerrilleros de Cristo Rey en las que participó el actual director de la Guardia Civil.

En Ferrol le llamaban Manuel Cruz Gamada por su ideología fascista. En la década de los 70, Cruz y otros jóvenes franquistas ferrolanos organizaron una centuria pedestre de Guerrilleros de Cristo Rey dedicada a apalizar demócratas, sindicalistas, curas rojos y niñas de instituto. Se les conocía como los cadeneros, pues acostumbraban a utilizar cadenas de bicicleta como arma. Aunque algunos de ellos, hijos de militar, también gustaban de airear sus viriles y patrióticas Glock, sus P38 y sus Astra nueve largo o nueve corto.

En la centuria de los cadeneros también militaba Arsenio Fernández de Mesa, actual director de la Guardia Civil. En aquella época, la complicidad del benemérito cuerpo con los guerrilleros de Cristo Rey era vox populi.

El Ferrol era aún del Caudillo y vivía fuertemente polarizado entre el tradicionalismo castrense y franquista de sus militares y el oreo sindicalista del obreraje de Bazán. Los enfrentamientos eran constantes. Y la represión policial contra los trabajadores, feroz. Lo recuerda la escritora Ánxela Loureiro (Ferrol, 1956): “Nací en una familia numerosa obrera marcada por la cotidianas incursiones nocturnas que la policía política hacía en nuestra casa. Desde muy pequeña vi cómo registraban cada rincón de mi hogar y cómo se llevaban a mi padre detenido por ser sindicalista. Siendo muy niña, escuchaba a menudo la frase no me dejan jugar contigo sin entender la razón”.

Ánxela Loureiro fue una de las víctimas de la centuria falangista capitaneada por Fernández de Mesa y Cruz Gamada. Y la primera en denunciar formalmente a Manuel Cruz y a los cadeneros a los que pudo reconocer.

“El 20 de febrero de 1975 –Franco aún vivo– convocamos una reunión en el instituto masculino. Nuestros compañeros querían que nosotras, las rapazas, fuéramos a hablarles a la hora del recreo para que se iniciara, también allí, un movimiento estudiantil. Nuestra consigna partía de la universidad: las fuerzas de la cultura con las fuerzas del trabajo. Salimos del instituto un grupiño, seríamos diez o doce. Caminábamos hacia el instituto masculino y, cuando estábamos en el lateral izquierdo del edificio, apareció un coche del que bajaron varios chicos armados con cadenas, y corrieron hacia nosotras dando gritos. Pertenecían a los Guerrilleros de Cristo Rey y nos llamaban demócratas a modo de insulto. Uno de ellos, el mayor, corrió tras de mí y me dio varios cadenazos en la espalda. Yo me enfrenté a él y pedí auxilio a unas mujeres que pasaban por allí, y me pidieron aterrorizadas que me apartase de ellas”.

Aquella mañana no estaba Arsenio Fernández de Mesa, alias Cuco, alias El Estirao, entre los agresores. Sí su buen amigo Manuel Cruz Gamada. “Cuco era de los cobardes. No solía actuar a cara descubierta, salvo cuando arengaba a sus camaradas en el patio del instituto Tirso de Molina”, relata el novelista Xavier Alcalá, que vivió en primera persona aquellos años convulsos. Allí, en el colegio, se reunían los Guerrilleros de Cristo Rey los lunes al atardecer antes de lanzarse a perseguir rojos por Ferrol o A Coruña. Juan José Castro Couto y Manuel Cruz eran los mamporreros. De Mesa ejercía de ideólogo con su dicción aplomada aprendida de su mentor Jesús Suevos.

Suevos era el alma de la joven centuria ferrolana, su creador. Había sido amigo de José Antonio Primo de Rivera, fundó Falange Española en Galicia en 1935 y había capitaneado la centuria falangista de la Sierra de Guadarrama durante la Guerra Civil. En el franquismo hizo carrera como corresponsal de la prensa del Movimiento en París, primer director de TVE y presidente del Atlético de Madrid.

El prestigio de Suevos entre el fascio ferrolano, el Ejército, la Guardia Civil y la Policía era una de las cartas de impunidad más valiosas de los Cristo Rey. Por eso sentó como una patada en la patria que una adolescente osara denunciar y llevar a juicio a Manuel Cruz, Castro Couto y unos tales Matías, Boado y Araguas de borrosa memoria. “Durante mucho tiempo recibí llamadas telefónicas con amenazas de muerte, pero a pesar de todo se realizó el juicio y salieron condenados”, recuerda Ánxela Loureiro.

El juicio se celebró el 5 de marzo del 75 en el Juzgado Municipal de Ferrol. El día posterior a la agresión, el 21 de febrero, la joven activista había sido expulsada del instituto. Ella asegura que a causa de su denuncia contra los cadeneros. “Reunida la Junta de Disciplina del Centro, vista la actuación de su hija, Srta. Ángela Loureiro Fernández, alumna de 5º J, considerando que ha sido causante de alteración grave del orden académico, en especial en las últimas fechas, ha decidido la expulsión de dicha alumna hasta el día 3 de abril del corriente, con la advertencia de expulsión definitiva a la menor falta posterior. Dios guarde a Vd. muchos años”.

El asunto Loureiro era casus belli en Ferrol. Un grupo de compañeras de instituto de la joven dejaron de asistir a clase y protagonizaron sentadas cotidianas a las puertas del instituto Camilo Alonso Vega, bautizado así en honor al militar y ministro de Gobernación franquista. Con otro estilo, también los obreros y sindicalistas ferrolanos quisieron demostrar su solidaridad con las agredidas: un grupo armado de palos y puños propinó una paliza a los guerrilleros fascistas en la cafetería Sakuska, su habitual centro de reunión.

“A Fernández de Mesa lo recuerdo como palmero [de los agresores] durante el juicio, y oportunamente en el WC cuando fueron a por él en el café Sakuska de la Calle Real. Era ya un lechuguino y un cobarde, siempre con ellos [los de Cristo Rey] pero siempre detrás”, relata el historiador Bernardo Máiz, entonces joven profesor del instituto de Loureiro. “La permisividad policial con ellos era absoluta”.

El día de la vista el juzgado estaba abarrotado. “Fue muy emocionante para mí ver a tantas personas apoyándome en el juzgado. Había tanta gente que algunos se tuvieron que quedar fuera. Se decía que muchos trabajadores de Bazán habían pedido el día de permiso para asistir”, recuerda Ánxela Loureiro. Pero también asistieron los “palmeros”, como los califica Máiz, de los Guerrilleros de Cristo Rey: gente del estamento militar y la alta burguesía fascista ferrolana. Entre ellos, Cuco Fernández de Mesa. Loureiro no recuerda exactamente la sentencia condenatoria. Cree que quizá una multa de 2.000 pesetas que nunca cobró. Y no era para ella una cantidad despreciable: “A los trece años empecé a trabajar como dependienta, la jornada era de ocho, nueve o diez horas y el sueldo de 800 pesetas al mes”.

Pero los Guerrilleros de Cristo Rey no limitaban su actividad al apalizamiento de niñas. “Comenzaron a actuar, en aquellas fechas, contra algunos curas rojos (Vicente Couce, Bernardo Cendán, Cuco Ruñís). Se les presentaban enseñando las pistolas y hacían pintadas: Curas rojos, no. Intentaron quemar la iglesia de Santa Mariña y la del Socorro”. En 1975, también prendieron fuego a la casa de la Iglesia del Puerto cuando una veintena de personas de la Plataforma Democrática hacían política en su interior. Tenían el beneplácito del obispo Araújo Iglesias. El dueño del cercano bar La Abundancia vio las llamas y alertó a los reunidos, evitando la tragedia, según relatan varios de los asistentes.

De aquel grupo de Guerrilleros, al menos Fernández de Mesa y Manuel Cruz se afiliaron al franquisno sociológico de Manuel Fraga y su Alianza Popular en 1977. Ambos, además, se casaron jóvenes con dos chicas de la alta genealogía castrense de la ciudad ferrolana. De Mesa saldría elegido concejal en 1983 y llegaría a teniente de alcalde en el 87 y a diputado en el 89. Manuel Cruz Gamada terminó como chófer de la Consellería de Sanidade tras la victoria de Manuel Fraga en las elecciones autonómicas gallegas. Ambos estaban apadrinados por Xosé Manuel Romay Beccaría, excoselleiro de Sanidade de la Xunta, exministro con José María Aznar y actual presidente del Consejo de Estado.

En aquellos años, Manuel Cruz empezó a visitar Vilagarcía y A Illa de Arousa, capital del narcotráfico gallego. Sus veleidades gamadas se habían dulcificado y ya no se presentaba, vestido de uniforme, en la plaza de España de Ferrol cada 20 de noviembre, aniversario de la muerte del Caudillo. En Arousa, con escasa imaginación, le llamaban El Ferrolano. “Empezó a venir por aquí habitualmente a principios de los 90, y decía que era funcionario de catastro. Se comentaba que inscribió a nombre de Marcial Dorado [narcotraficante convicto] fincas que no estaban registradas. Aquello provocó cierta bronca en Vilagarcía”, relata un conocido periodista gallego hoy dedicado a otras lides y que prefiere permanecer en el anonimato.

El actual presidente gallego, Alberto Núñez Feijoó, también apadrinado por Romay Beccaría, del que fue número dos en las consellerías de Agricultura y Sanidade, conoció entonces a Manuel Cruz y lo adoptó como chófer. El propio Feijóo reconoció a Elisa Lois, periodista de El País, que fue Cruz quien le presentó al narcotraficante en 1994. “Aquí en Vilagarcía dejó de ser el ferrolano para convertirse en el chófer de Feijóo. Se les veía habitualmente”, recuerda el periodista arosano.

Resulta difícil de creer que Feijóo, como asegura, desconociera las actividades de Marcial Dorado. El contrabandista había sido detenido por primera vez en 1983, y todo el mundo en Galicia sabía a qué se dedicaba. No es la única incongruencia de Feijóo en este asunto. Cuando se desveló que había viajado en el yate del narco por aguas arosanas, ibicencas y de Cascais, el presidente gallego aseguró que había roto lazos en 1997, cuando Dorado fue imputado. Falso. Pinchazos telefónicos de la Policía durante la investigación al narco certifican que se siguieron llamando entre 2001 y 2003.

Manuel Cruz, entre tanto, era un activo testaferro de Marcial Dorado. Se implicó directamente en empresas del narco como Petrogalicia y Xatevín, dirigiendo las gasolineras que aquel poseía en Caldas de Reis y en el puerto deportivo de A Illa. Pero Cruz Gamada nunca se llegaría a sentar en el banquillo junto a su otro jefe, aparte de Feijóo. Moriría en un accidente en 1999, dos años antes de que el juez José Antonio Vázquez Taín empezara a investigar el entramado financiero de Dorado.

La relación del PP gallego con el contrabando y el narco es histórica. Dos de sus alcaldes más populares en los 80 y los 90, Vicente Otero Terito y José Manuel Nené Barral fueron procesados por contrabando. Barral ni siquiera disimulaba ante los periodistas. Al cronista que esto escribe y a su colega Elisa Lois les narró diversas y divertidas aventuras en su despacho de la alcaldía de Ribadumia a mediados de los 90. Y el caso Naseiro de financiación ilegal del PP se abrió por un pinchazo telefónico en una operación de narcotráfico, circunstancia que facilitó su cierre en falso.

La conexión Cruz Gamada/De Mesa/Feijóo/Dorado es solo un capítulo más de este oscuro maridaje entre políticos gallegos y mafias organizadas.

Fuente: http://m.publico.es/politica/1910800/un-camarada-cadenero-de-fernandez-de-mesa-conecto-al-pp-gallego-con-el-narco-dorado

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