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Día: 7 de abril de 2015 (página 1 de 1)

Felipe González apoyó la masacre del gobierno de Carlos Andrés Pérez contra el pueblo venezolano

En febrero de 1989 el gobierno venezolano presidido por Carlos Andrés Pérez sacó a la policía a las calles de Caracas para terminar con la revuelta popular que se levantó contra las medidas económicas de hambre que Pérez impuso como parte de las recetas dictadas por el Fondo Monetario Internacional.

La violenta represión del gobierno venezolano, conocida en Venezuela como “El Caracazo”, costó la vida de 3.000 personas al menos. Tras la carnicería, Felipe González, entonces presidente del gobierno español, llamó por teléfono a su homólogo venezolano para ofrecerle 600 millones de dólares para sacarle del apuro.

“Ayer se anunció la oferta de un préstamo inmediato de 600 millones de dólares que le hizo telefónicamente a Carlos Andrés Pérez el presidente del Gobierno español, Felipe González, para ayudarle en estos críticos momentos”, reseña una de las dos notas publicadas por “El País” dos días después de la masacre.

Ninguna de las notas reseña una condena o crítica de González a la represión que ametralló en los barrios de Caracas a los hombres y mujeres que protestaban contra las medidas que produjeron una elevación abrupta en los precios del transporte y los alimentos.

A 23 años de “El Caracazo”, González se ha prestado a convertirse en el abogado de Leopoldo López y Antonio Ledezma, señalados
como responsables de las acciones terroristas que formaron parte del
plan de golpe de Estado que ocasionó la muerte de 43 personas en 2014,
varias de ellas degolladas y seis funcionarios de seguridad asesinados
por francotiradores, con disparos a la cabeza y cuello.

González sabe que no puede ejercer la abogacía en Venezuela y, sin embargo, se convierte en altavoz de la campaña nacional e internacional que tiene como
objetivo criminalizar a Venezuela utilizando como excusa los Derechos
Humanos.
Nicolás Maduro denunció que Felipe González se ha incorporado a la campaña contra Venezuela, al golpe de Estado y que junto a J.J Rendón forma parte del eje Bogotá-Madrid-Miami desde donde se dirigen acciones de desestabilización contra Venezuela.

Durante su etapa al frente del gobierno español, Felipe González impulsó la creación del grupo terrorista GAL que cometió 30 asesinatos, lo que justificó diciendo que “el Estado de Derecho también se defiende en las cloacas”. Durante el juicio contra los dirigentes del PSOE que formaron parte de la banda terrorista, quedó probado que se financió con fondos públicos del Ministerio del Interior.

La via al rearme militar en Europa queda expedita

El 11 de marzo Rusia se retiró unilateralmente del llamado “Foro de Weimar”, un grupo consultivo informal de intercambio con Alemania, Francia y Polonia creado en 1991 para reducir la presencia de armamento convencional en Europa central.
El Foro se creó como consecuencia de la firma del Tratado para la reducción de armas, lo que significa que Rusia se retira de dicho Tratado.

Dicho Tratado se firmó en 1990 para establecer límites al armamento de la OTAN y el Pacto de Varsovia estacionado en Europa. Tras la disolución de la URSS, fue ratificado por 30 países, entre ellos los miembros de los dos bloques militares, así como ocho antiguos miembros de la URSS.

Gorbachov firmó el Tratado y aceptó la reunificación alemana a cambio de que la OTAN no se ampliara hacia el este, un compromiso que Estados Unidos no mantuvo. La adhesión a la OTAN de algunos integrantes del Pacto de Varsovia rompió el equilibrio militar que el Tratado pretendió preservar.

No obstante, de una manera formal el Tratado siguió vigente formalmente y quedaron algunos de los organismos en los que se reunían, así como determinadas tareas de inspección, que ahora desaparecen de manera total.

En 1999 la Organización de Cooperación y Seguridad Europea trató de revitalizar una versión adaptada del Tratado, que fue ratificada por sólo cuatro países: Rusia, Bielorrusia, Kazajistán y Ucrania. Para justificar su negativa los miembros de la OTAN pusieron como condición que Rusia retirase sus tropas de Georgia y la región separatista moldava de Transnistria.

Ante el fracaso, en 2007 Rusia suspendió la aplicación del Tratado, intentando inútilmente que los países de la OTAN ratificaran la nueva versión aprobada de 1999. Ahora desaparece de manera completa y algunos países europeos (Alemania, Francia y Polonia) lo han lamentado en un comunicado oficial difundido el viernes en el que culpan a Rusia del debilitamiento “de la arquitectura de seguridad en Europa”.

La via al rearme militar en Europa queda, pues, expedita. El Tratado era un estorbo para los planes militares de la OTAN de incrementar su presencia militar en el este de Europa y, en definitiva, de inciar las hostilidades en el Viejo Continente.

Ucrania autoriza la presencia de tropas extranjeras en su territorio

En una abierta escalada de la guerra que mantiene en el sureste, el lunes el presidente de Ucrania, Petró Poroshenko, promulgó una ley que autoriza el despliegue de tropas extranjeras sobre el suelo de su país “para participar en maniobras militares”.

Según el comunicado oficial, el Ejército ucraniano celebrará este año tres ejercicios conjuntos con participación de tropas estadounidenses y dos con contingentes polacos. En esas maniobras participarán varios miles de soldados norteamericanos y de otros países de la OTAN.

Según la Constitución, el Parlamento ucraniano debe autorizar en cada caso por separado la entrada de tropas extranjeras en territorio nacional.

Poroshenko confirmó la instalación de armamento de alta precisión en blindados estadounidenses del tipo Humvee recibidos recientemente, decisión que incrementa las dudas sobre la voluntad de paz de su Gobierno.

El presidente ucraniano recibió personalmente los primeros diez vehículos de guerra estadounidenses del tipo Humvee. El presidente anunció que espera recibir los restantes todoterrenos, un total de 230 acordados con Washington, en un plazo de mes y medio.

En tanto, la Cámara de Representantes del Congreso norteamericano aprobó por 348 votos a favor y 48 en contra una resolución que recomienda a la Casa Blanca dar el visto bueno para el suministro de armamento mortífero a Kiev.

Recientemente, Poroshenko aseguró que su gobierno seguirá reforzando su potencial militar pese al cese de las hostilidades en el este del país. Ucrania aún mantiene la esperanza de que Estados Unidos le suministre armamento letal.

A mediados de marzo, un grupo de instructores militares británicos llegó a Ucrania para adiestrar a las fuerzas gubernamentales que combaten en el este, donde rige un alto el fuego desde el pasado 15 de febrero.

Durante una reunión con una delegación de congresistas norteamericanos, celebrada también el lunes, Poroshenko abordó el suministro de armas por parte de Estados Unidos. “Ucrania no solo defiende su independencia, sino el futuro de toda Europa”, afirmó Poroshenko en alusión a la guerra con las milicias populares antifascistas del este del país.

Los visitantes comentaron que republicanos y demócratas coinciden a la hora de apoyar a Ucrania y defendieron las sanciones internacionales contra Rusia como “el precio a pagar” por su anexión de Crimea y su injerencia militar en el país vecino.

La CIA no dirigió la transición española

Juan Manuel Olarieta

Las supuestas revelaciones del general Monzón, un antiguo miembro de los servicios de inteligencia de la época del fascismo, transmiten dos erróneas concepciones de la transición: que fue un cambio ficticio y, además, que se llevó a cabo bajo la batuta de la CIA. Esas concepciones son tan falsas como aquella aquellas que equiparan la transición a una traición o a una transacción.

Para que haya una traición previamente tiene que haber una confianza, lo cual supone admitir que quienes así la consideran ahora anteriormente sostuvieron algún tipo de ilusiones con las organizaciones reformistas que participaron en ella, fundamentalmente el PCE. Se trata de aquellos a quienes el cambio les ha sabido a poco. Ellos querían más o querían algo distinto. ¿Una revolución acaso?

En lo que a mí personalmente me concierne jamás me sentí traicionado por el cambio que se produjo en los años setenta, con lo cual defiendo que -en efecto- existió un cambio. Tampoco me sentí defraudado por quienes lo llevaron a cabo, los fascistas, ni por aquellos, como el PCE, que colaboraron con los fascistas en dicho cambio. Por lo tanto, yo procuro no hablar de traición.

Tampoco hubo transacción alguna porque los reformistas no tenían nada que vender a cambio, sino sólo a sí mismos, su dignidad. Pero yo creo que carecían de ella. Sólo se prestaron al juego porque sin ellos, es decir, sin la parafernalia de partidos y colectivos, el fascismo hubiera seguido en blanco y negro y una “democracia” necesita color. En fin, los partidos reformistas se vendieron a sí mismos, se prestaron a dejarse utilizar en beneficio de los planes fascistas.

Además, el general Monzón pone en primer plano a Estados Unidos, a terceros países, con pleno desconocimiento de la naturaleza del imperialismo y, más en concreto, de su política exterior en los años setenta, es decir, en plena guerra fría, no sólo con respecto a España sino a otros países con los que se puede comparar, como Portugal, Chile o Italia, por ejemplo. Situados a ese nivel, la transición se hubiera debido analizar en relación con la posición del imperialismo respecto a la Revolución de los Claveles, el golpe de Estado en Chile o a las turbias acciones de Gladio en Italia.

Ese tipo de análisis se hubiera tenido que complementar con su simétrico, la política exterior española, para lo cual habría que haber entendido que el imperialismo no es esa pirámide que muchos imaginan en sus fantasías, que bajo el imperialismo no existe ni puede existir una sumisión a los dictados de cualquier potencia por grande que sea, ni siquiera en el caso de un país de segunda división en el tablero internacional, como es España.

Esa imagen piramidal que se suele vincular con cierta concepción de la “hegemonía” es errónea, incluso en aquella época de la guerra fría, incluso para el antecedente inmediato de la Unión Europea, que entonces se llamaba “Mercado Común”, e incluso para España. Si eso no está claro, es imposible aclarar que la transición fue -entre otras cosas- un giro de la política exterior española para sacudirse el peso de Estados Unidos y acercarse al “Mercado Común”, bien entendido que no se trataba sólo de incorporarse al mismo sino de asociarse a una política exterior diferente, propia de ciertos países de Europa, en la que España pudiera tener una mayor autonomía, para lo cual hay que tener en cuenta que entonces España no pertenecía a la OTAN, ni había firmado el Pacto de No Proliferación Nuclear (“armas de destrucción masiva”), ni había reconocido al Estado de Israel, por poner algunos ejemplos ilustrativos.

En todos los países del mundo, la política exterior está estrechamente asociada a la política militar, incluso físicamente, es decir, que son militares o, mejor dicho, un cierto tipo de militares, quienes la diseñan. En España ocurre lo mismo, con la salvedad de que aquí el franquismo destaca precisamente por el peso de los altos oficiales dentro del conjunto del aparato del Estado y de que la estúpida personalización que ha llevado a cabo la historiografía en la figura de Franco, contribuye también a distorsionar la política exterior del régimen.

El verdadero núcleo del franquismo y de los cambios introducidos por el franquismo no fue Franco, un general africanista del ejército de Tierra, sino Carrero Blanco, un almirante de la Armada. El ejecutor material del giro en la política exterior del franquismo fue uno de sus colaboradores: el bilbaíno Fernando Castiella, quien permaneció entre 1957 y 1969, doce años clave, al frente del Ministerio de Asuntos Exteriores.

Cuando murió Castiella en la transición, el ministro de Asuntos Exteriores era otro vasco, Oreja Aguirre, quien en un discurso rindió homenaje a su predecesor, de quien pronunció dos frases para recordar. La primera es que “Gibraltar no era una obsesión de Castiella, Gibraltar fue para él, y lo es para nosotros, la clave de toda una concepción de la política exterior de España”. La segunda es aún más interesante: “El Estado español ha carecido de una auténtica política exterior en los dos últimos siglos de su historia […] Castiella supone, precisamente, una de las pocas excepciones, un raro momento en el que se pretende planificar ordenadamente una actuación permanente. En definitiva, Oreja Aguirre se declaró un continuador de la política exterior de su predecesor en el cargo, es decir, que también en lo que a la política exterior se refiere, la transición fue una continuación del franquismo. Pero no de cualquier política, sino de la que se puso en marcha en los años sesenta.

En aquella época, la referencia europea no era Alemania, como ahora, sino Francia y lo que Carrero pretendía para España es lo mismo que De Gaulle estaba llevando a cabo al otro lado de los Pirineos, en donde el ejército a pesar de pertenecer a la OTAN, quedaba fuera de su estructura militar y mantenía una política exterior alejada de Estados Unidos, para lo cual impuso la nuclearización del país, tanto militar como civil.

Es una obviedad recordar que la política exterior también está asociada a la interior, a la política sin más y, en el caso de Carrero, hay que insistir en que fue él quien creó los servicios de inteligencia fascistas, que son los mismos, e incluso las mismas personas, que siguen en la actualidad, incluído el general Monzón, ahora jubilado.

Es interesante que en sus memorias el general recuerde a otro general, Díez Alegría, que entonces estaba situado por encima de él en la cadena de mando y que también procedía de los servicios secretos militares. Pues bien, en aquella época el general Díez Alegría estaba considerado como el militar liberal (“aperturista”, se decía entonces) por antonomasia y hay que recordar que en 1974 fue depurado del ejército a causa de un viaje a Bucarest, es decir, al otro lado del Telón de Acero, para negociar la transición con Carrillo en nombre del franquismo.

Como consecuencia de aquel viaje, una parte del ejército, ligada a la CIA, presionó para depurarle del Alto Estado Mayor y marcar a los negociadores una línea roja que no se podía cruzar: el régimen nunca legalizaría al PCE.

Aparentemente el general Díez Alegría tiró la toalla. Dejó su puesto para que otro general de los servicios secretos militares, Gutiérrez Mellado, auténtico baluarte del gobierno de Suárez, siguiera la misma línea de cambios que la inteligencia militar tenía trazada desde los tiempos de Carrero Blanco, incluso en lo que a la legalización del PCE concierne.

Hubo varios factores que contribuyeron a ello y, por lo tanto, a que una parte del ejército se sintiera traicionada por dicha legalización, ya que les habían prometido que, en efecto, el PCE jamás sería legalizado, ya que para eso habían ganado la guerra civil que, en la retórica fascista, había sido una guerra contra el comunismo.

No es el momento ahora de exponer dichos factores, que están relacionados -sobre todo- con el hecho de que en aquella época el PCE ya era una piltrafa. Lo interesante es poner de manifiesto las divisiones internas del régimen que, en el caso de los militares, reflejaban la política de Estados Unidos respecto a España y a otros países: Estados Unidos siempre se opuso -desde un principio- a los cambios que el régimen fascista pretendió introducir para sucederse a sí mismo. Por lo tanto, la CIA no sólo no patrocinó la transición sino que se opuso frontalmente a ella, como se opuso a los cambios que se trataron de llevar a cabo en otros países en aquella misma época, especialmente en Portugal, Chile e Italia.

Esta oposición es lo que explica que en aquellos años se desencadenara la oleada de crímenes fascistas y la aparición de bandas parapoliciales del tipo de las que hoy se califican como “neonazis”. Entre otras cosas, la transición se caracteriza también por la aparición de grupos como la Triple A o los Guerrilleros de Cristo Rey que, en buena parte, procedían de terceros países, como Italia, en donde eran una prolongación de la OTAN. Su papel consistió en intimidar a las masas y sacarlas de la calle, impedir “la violencia” de tal manera que todo se pudiera manejar en los despachos, como les gusta a los servicios secretos.

Es un error concebir al franquismo como un régimen monolítico, sobre todo en su última etapa. Pero también es un error considerar que la CIA o Estados Unidos en su conjunto pudieran manejar los hilos del un país, por débil que sea, como si fuera una marioneta. Ahora bien, lo importante es tener en cuenta que si el franquismo no funcionaba como una unidad, ¿con qué parte del mismo se alineó la CIA?, ¿con los que querían cambiarlo? Si alguien piensa de esa manera no sólo no conoce lo que es el imperialismo, sino que tampoco conoce la España de la segunda mitad del siglo pasado.

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