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Día: 1 de abril de 2015 (página 1 de 1)

¿Cuál es la estrategia de Rusia en la guerra de Ucrania?

El lunes el portal ruso de información Segodnia publicó un interesante análisis sobre Ucrania de Boris Djerelievski, veterano soviético de las guerras de Afganistán y Chechenia y activo impulsor de la solidaridad del pueblo ruso con los habitantes del Donbás.
El veterano soldado expone lúcidamente el punto de vista del Kremlin, que insiste machaconamente sobre la unidad de Ucrania como Estado. ¿Por qué Rusia no admite la división del país?
En su exposición Djerelievski deja al margen que Ucrania ya se dividió cuando Crimea se incorporó a Rusia, lo cual es explicable por el especial estatuto político que tenía aquella región, que así se lo permitía y que ejecutó tras el golpe de Estado de Kiev.
Llama poderosamente la atención que, como viene siendo habitual, en sus escritos los analistas rusos vuelven continuamente la mirada hacia la URSS para establecer comparaciones y Djerelievski hace la suya. Rusía podría unirse al coro de los imperialistas que pretenden la partición de Ucrania, como hicieron en la posguerra con Alemania o Corea, a lo que podríamos añadir el Yemen, otro país dividido desde su surgimiento hasta 1990, es decir, hasta la desaparición de la URSS. Incluso se podría mencionar el ejemplo inverso de la reconstrucción de Yugoeslavia en 1945 como país unificado.
Djerelievski se decanta por la división de Alemania e insiste en la oposición “categórica” de Stalin al desmembramiento: Stalin era partidario de una Alemania unificada, incluso si tuviera que formar parte del bloque capitalista, con una única condición: debía asumir un estatuto internacional de neutralidad. Fueron Estados Unidos y Gran Bretaña quienes se empeñaron en utilizar a Alemania como ariete contra la URSS, para lo cual necesitaban alinear al país centroeuropeo dentro del bloque de la OTAN.
Según Djerelievski, lo mismo sucede hoy con Ucrania. Rusia no quiere desmembrar al país; su única pretensión es no tener al enemigo a las puertas. Si no pueden tener un vínculo amistoso con Ucrania, por lo menos pretenden tener a alguien neutral que no le llene las fronteras de bases militares.
Dado que tras la caída del Telón de Acero, el imperialismo no ha sido capaz de cumplir ninguna de las promesas que hizo, absolutamente ninguna, Moscú quiere -y está en su derecho- de exigir garantías firmes. Una de esas garantías -escribe Djerelievski- podría ser la creación de las Repúblicas de Novorrusia confederadas dentro de Ucrania.
La población del Donbás no quiere y no puede vivir en una Ucrania, como la actual, presa del fascismo y el nacionalismo más desbocados, donde los héroes son Bandera y Chujevich.
Además, añade Djerelievski, no se puede hacer borrón y cuenta nueva. Hay que llevar a los criminales de guerra al banquillo de los acusados. No hay otra forma de cambiar la naturaleza de un Estado cuyo origen está en un derrocamiento violento del gobierno legítimo.
“El pueblo de Novorrusia no se puede convertir en la moneda de cambio de los juegos geopolíticos del Kremlin”, afirma este veterano de guerra. Eso no significa que los solidarios no deban seguir prestando apoyo y protección a los combatientes del Donbás, “y si la situación evoluciona de tal manera que los planes que defendemos no se puedan cumplir, y si la salvación del Donbás pasa por el reconocimiento oficial del estatuto de Estados soberanos de las Repúblicas Populares, Moscú dará ese paso”.
La advertencia de Djerelievski no puede ser más transparente, pero va seguida de la constatación de que ese paso sería más un remedio que una solución: “Se trarará de una derrota. Los enemigos de nuestro país conservarán una cabeza de puente en su lucha contra nuestro país. Esa cabeza de puente se llenará de cabezas desorientadas, empobrecidas, coléricas, presas fáciles para los manipuladores y los provocadores. Como mínimo emplazarán misiles y el país se convertirá en una base para los terroristas”.
Como cabía esperar, a los imperialistas las necesidades y los intereses de Rusia les importan un bledo, tanto si son legítimos como si no. Por eso se empieza a abrir camino la tesis de la división de Ucrania, que más de un cretino presentará luego como si se tratara de un “reparto” de las esferas de influencia. Los imperialistas incluso proponen abiertamente la “balcanización” de Ucrania, un desmembramiento como el que se llevó a cabo en Yugoeslavia en los noventa.
Pero esa no es la salida que busca Rusia, que defiende la unidad de Ucrania, algo que es imposible bajo el Estado actual, poco más que un protectorado sometido al imperialismo y a las hordas fascistas.

En el imperialismo el tamaño tampoco lo es todo

Juan Manuel Olarieta

Los imperialistas, decía Lenin, se reparten el mundo según su fuerza, su influencia y su poder. En las sociedades por acciones ocurre lo mismo. No existe el principio “un accionista, un voto” sino que tienes tantos votos como acciones. No votan los accionistas sino las acciones.
Pero si en una empresa capitalista las acciones son una forma de medir la fuerza de cada accionista, en el mundo eso no está tan claro. ¿Quién es el más fuerte?, ¿aquel cuyo PIB es mayor?, ¿el que exporta más?
Bajo el imperialismo la fuerza no es sólo económica sino también militar. Pero a esa tesis también se le puede dar la vuelta: la potencia dominante es aquella que tiene un ejército más poderoso y se lo puede pagar. No basta tener muchos tanques sino que es necesario llenarlos de gasolina para que funcionen. El pez grande no siempre se come al pequeño. La historia conoce casos de grandes ejércitos que acabaron derrotados frente a otros más pequeños.
Un ejército pequeño bien parapetado en un punto estratégico puede hacer frente a uno más grande. También puede crecer y superar en tamaño a su rival.
Pero aunque es importante, el tamaño tampoco lo es todo, ni en el terreno económico ni en el militar. En última instancia, la potencia de un ejército sólo se puede medir en el campo de batalla. Mientras ese momento no llegue, los rivales nunca ceden el terreno por las buenas al contrario. Se aferran a las posiciones que tienen adquiridas.
Es lo que está haciendo hoy Estados Unidos. Desde hace cinco años el Congreso bloquea la reforma del Fondo Monetario Internacional porque es una institución que manejan cómodamente desde la posguerra. Pero 60 años después la correlación de fuerzas en el mundo ha cambiado. Los grandes han decrecido y los pequeños, como China, se han hecho mayores. Quieren tener más votos en las reuniones. y los mayores se resisten.
Los orientales son pacientes, pero no tanto. Si no pueden entrar por la puerta, entran por la ventana. Si el Fondo Monetario Internacional no refleja la nueva correlación de fuerzas, crean uno nuevo y lo llaman Banco Asiático de Inversiones en Infraestructuras.
Este Banco se creó en octubre del año pasado y ahora China ha puesto encima de la mesa 50.000 millones de dólares, una cantidad que parece poco frente a los 223.000 millones del Fondo Monetario Internacional. Es una comparación engañosa. El Fondo tiene mucho dinero pero muchas más necesidades. El dinero del Fondo no es tanto como parece porque se trata de una institución agobiada por los mendigos que le piden cada vez más préstamos. En fin, hace años que el Fondo parece haber llegado a su máximo.
Por el contrario, al Banco Asiático se han unido ya 27 países que están hartos del chantaje permanente de Estados Unidos y los préstamos del Fondo. Pero lo más interesante es analizar quiénes son esos 27 países que han entrado en el proyecto, porque es posible que la etiqueta de “asiático” que lleva el Banco le de un aire regional que no tiene. Sobre todo, hay que tener en cuenta que hoy el centro de gravedad del capitalismo ya no está en Wall Street, ni en la City, ni en Frankfurt. Está en el Pacífico.
En paralelo hay más detalles imprescindibles a tener en cuenta. Uno de ellos es que Estados Unidos está impulsando el TTIP, el Tratado Transatlántico de Comercio e Inversiones, para dejar a China fuera de juego hasta tal punto que exigió a los países europeos, y en particular al Reino Unido, que no se sumaran al Banco Asiático.
En consecuencia, el TTIP y el Banco Asiático son proyectos rivales y el primer país europeo que ha hecho caso omiso a las exigencias de Estados Unidos ha sido su más fiel socio, Inglaterra, que ha corrido a entrar en el Banco Asiático como socio fundador. Todos los países se han apresurado para hacerse un hueco en el nuevo Banco como fundadores, un plazo que acabó ayer. A Estados Unidos le han traicionado todos y cada uno de sus socios, incluidos los más serviles. Australia es otro ejemplo, pero también Alemania y Francia.
Hasta Suiza se ha unido al nuevo Banco. En el comunicado de adhesión como socio fundador, los suizos dicen: “El Banco [Asiático] tiene el potencial para convertirse en una importante parte nueva de la arquitectura financiera internacional y desempeñar un papel clave en la financiación de una infraestructura urgentemente necesaria en Asia”.
La sede de la nueva criatura financiera no está en Nueva York, ni en Ginebra, ni en Londres, sino en Pekín. No sólo se postula como una alternativa al Fondo Monetario Internacional, sino también al Banco Mundial y al Banco Asiático de Desarrollo, controlado por Tokio y Washington.
En su descomposición, el capitalismo es cada vez más una economía financiera, es decir, de papel, préstamos, deudas, acciones y billetes, por un lado, y de oro, por el otro. En esa carrera el dólar se está quedando arrinconado y con él la potencia que lo emite: Estados Unidos. En la medida en que la exportación de capitales se haga en divisas como el yuan, los demás países dejarán de pagar las ingentes deudas de Estados Unidos y, por lo tanto, los gastos que conlleva su hegemonía. Tendrán muchos tanques, pero no podrán llenar sus depósitos de gasolina.
A partir de hoy los papeles se escribirán en caracteres chinos.

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