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Día: 8 de febrero de 2015 (página 1 de 1)

Las bombas de los terroristas cristianos en Madrid

El 1 de marzo de 2006 un extremista cristiano puso una bomba en el Teatro Alfil de Madrid en el que el cómico italiano Leo Bassi representaba la obra «La Revelación» en la que mofaba de los cristianos.
El terrorista dejó prendida una bomba con una mecha de efecto retardado que habría explotado una hora después de ser descubierta, coincidiendo con la representación de la obra. El habitáculo estaba lleno de rollos de papel de atrezo y de cortinas. La explosión del artefacto casero habría provocado la propagación de las llamas por todo el recinto. 
”De no haberse descubierto”, dijeron los portavoces del Teatro Alfil en una nota, «habría estallado produciendo un incendio de grandes dimensiones con el público, técnicos, personal del teatro y artistas dentro de la sala». Al lugar de los hechos se trasladaron brigadas de la Policía y del Tedax para analizar el artefacto e iniciar la investigación sobre un acto que pudo causar innumerables muertos.
Poco antes, el 24 de febrero, la asociación católica Alternativa Española convocó una protesta a las puertas del teatro, contra la que consideraban «una obra blasfema». Además Alternativa Española presentó una querella contra el propio Leo Bassi, el Teatro Alfil y su director por considerar que la repesentación vulneraba el Código Penal y la Constitución en su defensa por el respeto a los cristianos.
Hacía varias semanas que Bassi vivía custodiado por guardaespaldas porque había recibido amenazas de muerte de grupos católicos que protestaban contra «La Revelación». Desde su estreno en el Alfil, fueron sido muchas las voces de grupos católicos que se mostraron contrarios al espectáculo por entender que ofendían sus sentimientos religiosos.
Poco después del estreno el cómico italiano manifestó que la obra era una «crítica racional al monoteísmo del Antiguo Testamento poniendo en evidencia las contradicciones peligrosas, las omisiones e inconsistencias». Bassi analizaba algunas manifestaciones de dirigentes de diversas confesiones cristianas, desde el Papa hasta los telepredicadores protestantes que causan furor en América Latina.
¿Para cuando una ley contra el terrorismo cristiano? La verdad es que no serviría de nada porque la policía no se molestó en buscar a quienes colocaron la bomba… Ya se sabe: los católicos no ponen bombas en Madrid o, dicho de otra manera: impunidad total.

España son ellos

Nicolás Bianchi
Cuando hará unos nueve años, en la «oposición», Mariano Rajoy decía que el cava catalán es tan español como el jamón ibérico, hay que suponer que algo chirría. Porque si algo, España en este caso, es indemostrable, es que no necesita que nadie nos recuerde la quintaesencia de un seudoproblema, esto es, que España es una (y no 51). España no es un problema: es un axioma… indemostrable.
Es Catalunya quien debe demostrar que es una nación. En realidad, siempre han creído en la organización territorial del liberal Javier de Burgos (granadino de Motril) quien en 1833 dividiera el Estado en 49 provincias (en la actualidad son 50). Puestos a recordar, diremos que, por ejemplo, en 1891 Silvela y Sánchez Toca realizaron un plan por el que se configuraban 13 regiones. Extremadura, a la sazón, incluía Ciudad Real y Salamanca, amén de Cáceres y Badajoz. ¿Se sabe esto? ¿Y que Valencia incluía a Murcia y Albacete? ¿O que la misma Albacete fue una provincia artificialmente creada?
En la época de los liberales decimonónicos había una preocupación real por lo que entonces se llamaba, diríamos, la «cuestión del regionalismo». Se elucubraron planes y proyectos para componer un Estado unitario y centralista imprescindible para el desarrollo del mercado capitalista. Ocurre que los problemas se incrementarían con la aparición del nacionalismo vasco y el catalán, sobre todo. Este fenómeno repercutirá en otras regiones de España creándose movimientos de reacción contra ellos. Las alusiones a la labor unificadora de Castilla y su grandeza son constantes. Santiago Alba (ministro regenerador con Alfonso XIII), en 1908, afirmaba que iría a predicar a Cataluña «frente al evangelio catalanista, la gran verdad castellana». Unamuno en 1909 consideraba que el castellanismo (no el «españolismo», ojo) no era otra cosa que anticatalanismo. Un castellanismo nostálgico de glorias y épicas pasadas que aún resuenan. Digamos también, para no incurrir en anacronismos, que la división que hizo el afrancesado de Burgos fue progresista bajo la perspectiva de un mercado capitalista contra la dispersión del Antiguo Régimen. Resulta complejo juzgar el pasado a la luz del presente, pero, como en estratigrafía arqueológica, no queda otra.
Aunque suene chocante, el regionalismo (olviden el término «nacionalismo») fue una constante reivindicación de la derecha española seguidora de las ideas de Marcelino Menéndez Pelayo y del tradicionalista y católico Juan Vázquez de Mella. Se trataba de solucionar el contencioso catalán con una descentralización administrativa (la «desconcentración» es otra cosa propia de las «autonomías» de hoy). Eso era el regionalismo. Hoy abominan de las «autonomías» -como «problema»– los mismos que las crearon para difuminar y disolver el verdadero problema de las «naciones» dentro del Estado español o, como gustan decir, de las «nacionalidades». La derecha decimonónica española nunca fue centralista sino regionalista y ello debido a las oligarquías y caciquismos -hoy diríamos «barones»– de los que hablara el regeneracionista Joaquín Costa.
Cuando las generaciones venideras, si todavía no las han lobotomizado bastante, que en eso están, observen los debates actuales sobre si Catalunya es o no una nación (igual que Galicia y Euskadi), supongo que se reirán de buena gana viendo el cutre nivel de la «clase política» o, como le dicen ahora, «casta», que nos toca sufrir. Todo se resume en saber si al Barça le interesa jugar en una liga catalana contra el Sabadell o el Mollerusa. 
Es igual que la puta manía de los gabachos en llamar omelette a la tortilla española. Algo ridículo, cosa de paletos…

Podemos no es un partido político sino un anuncio de televisión

El impacto mediático y, sobre todo, televisivo, de Podemos ya está llegando a las Facultades de Ciencias de  la Información. ¿Cómo es posible que una organización política alcance el rango del famoseo político a las primeras de cambio? La pregunta tiene mucha más miga científica que el bosón de Higgs y será objeto de sesudas tesis doctorales en los años venideros.
El Foro de la Nueva Comunicación ha organizado una conferencia para analizar el binomio Podemos/televisión en el que ha intervenido Bieito Rubido, el director del periódico ABC.
Para explicar este tipo de fenómenos complicados es corriente recurrir a explicaciones sencillas, como  contaba el general Charles de Gaulle en sus memorias: «Al complejo Oriente Medio viajé con ideas simples».
En su conferencia Rubido no sólo destaca la desproporcionada cobertura que Podemos tiene en los medios, sino algo aún más significativo: que la misma procede de aquellos que no son precisamente «de izquierda». Dichos medios no se limitan a exponer los actos e intervenciones de los dirigentes del nuevo partido sino que van mucho más allá y el director de ABC habla de un «apoyo sin precedentes» por parte de los medios de «la derecha» a un movimiento «de izquierdas».
Dejemos pasar ese lenguaje absurdo del director de ABC. Olvidémonos también de si en este país existe algún medio de prensa que no sea de «derechas» o, como dice Rubido, que no tenga «capital de derechas». El meollo de la cuestión es que por primera vez en la historia aquí los sectores más reaccionarios del capital están apoyando a una organización que la mayoría cree que tiene algo de progresista.
El problema no es sólo que los medios estén mostrando al minuto todos y cada uno de los pasos de la organización, sino que es un verdadero apoyo mediático y, por consiguiente, político.
Dicho apoyo, además, no procede de su victoria en las elecciones europeas de mayo del pasado año, sino que es anterior, ya que la caverna fascista de Intereconomía ya llevó a Pablo Iglesias a sus tertulias antes de aquellas elecciones.
¿Cómo es posible que los fascistas estén patrocinando a Podemos? Al hacer este tipo de preguntas alguien se enojará pensando en los feroces ataques que lanza cada día la «Brunete mediática» contra dicha organización, así como políticos de contrastado pedigrí derechista, como Esperanza Aguirre.
Los que piensan de esa manera no se dan cuenta de que en la permanente farsa política que vive España, de unas elecciones a otras, nada fortalece más que uno de esos furibundos ataques cavernarios. Es como las vacunas, que te inmunizan con unos pocos y maltrechos virus. También Podemos ha ganado protagonismo con las continuas invectivas, sean verdaderas o falsas, procedentes de la «Brunete mediática».
El famoseo político ha engordado a Podemos con una receta infalible que todo estudiante de intoxicación propagandística conoce a la perfección: «no importa que hablen mal de tí, el caso es que hablen»; dicho con otras palabras: «ladran luego cabalgamos». El famoseo político y televisivo se alimenta de sí mismo. El caso es estar en el candelero. Cada minuto de televisión se cotiza a cientos de miles de euros, a pesar de los recortes, que hasta ahí no han llegado… todavía.
Si comparamos la dedicación con la que los medios fascistas miman a Pablo Iglesias y sus compinches en comparación con otras organizaciones, como UPyD, Vox o Ciutadans, caemos en la cuenta de la desproporción existente. La presencia de Podemos en la televisión es tan abrumadora como un anuncio publicitario.
En su conferencia Rubido reconoció que en los comités de dirección de todas las cadenas de televisión se imparte la orden de que Podemos tiene que aparecer «por la mañana, a mediodía y por la tarde», y el propio director de ABC dio fe públicamente de ello. Su explicación es porque de esa manera las emisiones ganan «uno o dos puntos» de cuota de pantalla, es decir, porque cuando enchufamos la tele los telespectadores queremos ver a Pablo Iglesias, a Monedero, a Errejón, a Echenique y a sus compinches, o bien porque queremos que nos hablen de ellos, aunque sea mal, para ponerlos verdes.
Aparte de esa, hay muchas más explicaciones que convergen en la misma dirección. Por ejemplo, hay quien asegura que «la derecha» apoya a Podemos porque así divide a «la izquierda», con lo cual se refieren fundamentalmente al PSOE, o bien porque, a diferencia del PSOE, que es una organización veterana acostumbrada a lidiar con los astados del PP, los de Podemos han demostrado ser unos membrillos. No cabe duda de que también hay algo de eso y, por consiguiente, de que la reacción sabe muy bien que el fortalecimiento de Podemos en las próximas elecciones va a ser el fortalecimiento del propio PP.
Volvemos a recordar una nuestras citas favoritas, que procede de Pérez Galdós: en España la política es una conjugación del verbo comer. El gran novelista canario lo decía por el electoralismo y la naturaleza cutre de la política de cortos vuelos que aquí se ha practicado siempre. También porque para muchos -vividores- eso que llamamos «la política» es una manera de vivir y de vivir -además- bien, de enchufar al cuñado en un cargo para toda la vida y cosas parecidas.
Como la fiebre, Podemos no es una enfermedad sino el síntoma de algo de lo que nadie habla, salvo ellos mismos, y en este aspecto les damos la razón: es consecuencia de una profunda crisis política, la crisis del Estado, del régimen edificado en 1978. Los fascistas les han puesto ahí para salvarles porque, en efecto, se han creído que tienen salvación. Lo aprendieron en 1978 y vuelven a repetir el experimento: utilicemos a «la izquierda» para salvar a «la derecha».
(La concepción garbancera de «la política» a la que se refería Galdós nos obliga a utilizar este estúpido lenguaje. Pedimos perdón por ello a nuestos lectores. No se volverá a repetir)

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