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Día: 21 de diciembre de 2014 (página 1 de 1)

La voz de la resistencia armada

La gran cantante afroamericana Nina Simone supo ser fiel intérprete de su pueblo, oprimido y marginado. Como dice una de sus canciones, su música es para quienes nada tienen. El dirigente negro Stokely Carmichael dijo de ella que fue la verdadera cantante del movimiento.

Su nombre real era Eunice Kathleen Waymon, y había nacido en 1933 en Tryon, Carolina del norte, una población segregacionista. Era la sexta de ocho hermanos dentro de la familia de un obrero manual y una sirvienta doméstica.

Niña prodigio, ya tocaba el piano a la edad de cuatro años y junto con sus hermanas cantaba en el coro de la iglesia metodista que su madre dirigía.

En 1943, cuando tenía 10 años, dio su primer concierto de piano en la biblioteca de la ciudad. Allí conoció su primer aplauso y su primer choque con el racismo: durante el concierto quitaron a sus padres de la primera fila del local para acomodar a un grupo de blancos. Este episodio fue la primera de una cadena de experiencias traumáticas para ella y está, sin duda, en el origen de su compromiso con la lucha por la libertad y por las reivindicaciones de los negros en Estados Unidos.

Con la ayuda económica de su profesor de música, pudo estudiar en la escuela de música Julliard de Nueva York, y de allí su familia se trasladó a Filadelfia, donde intentó conseguir una beca para el Instituto Curtis, pero fue rechazada por el color de su piel.

A pesar de que tenía una formación pianística clásica, para mantener a su familia tuvo que empezar a trabajar en 1954 en un club de Atlantic City como cantante. Fue entonces cuando cambió su nombre por el de Nina (tomado del castellano para definirse como la pequeña) Simone (de la actriz francesa Simone Signoret).

En 1959 grabó sus primeros discos para el sello Bethlehem, filial de R&B. En ellos dio muestras notables de su talento como pianista, cantante, adaptadora y compositora. Algunas canciones se convirtieron en clásicos de su repertorio. La canción I Love You Porgy, de la ópera Porgy and Bess, de Ira y George Gershwin, la convirtió de golpe en una estrella, vendiendo un millón de copias.

Desde estos primeros registros, su repertorio se llenó de jazz, gospel, blues, soul, música clásica y canciones populares de origen diverso, recorriendo una gama muy amplia en su repertorio en una amalgama totalmente personal, cálida y de enorme expresividad.

Su forma de tocar el piano es decisiva en muchas de sus interpretaciones, pero especialmente en My Baby Just Cares For Me que Nina grabó en 1959 en su primer álbum.

La influencia de Duke Ellington es patente en toda su obra, pero muy especialmente en este tipo de composiciones, rebosantes de improvisación y de cercanía espiritual. Nina logra la complicidad del oyente con un empleo intencional de los silencios y minimizando el acompañamiento. Su voz a veces sólo susurra, pero luego grita o gime, transmitiendo todas las sensaciones que el alma humana es capaz de experimentar.

No le gustaba que la compararan con Billie Holliday, por su adicción a la heroína. Tampoco le gustaba que le encasillen como una cantante de jazz, porque decía que era el destino natural que los blancos reservan a los músicos negros. Por eso cantó versiones propias de canciones de muy variado origen, como alguna de Kurt Weill y Bertold Brecht, Ne Me Quitte Pas de Jacques Brel en francés, Suzanne de Leonard Cohen, cuatro de Bob Dylan, Here Comes The Sun, de los Beatles, My Sweet Lord, de George Harrison, contribuyó con Pete Townsend en el musical Iron Man, en 1990 grabó con Maria Bethania, en 1991 con Miriam Makeba

Fue la primera que en 1961 grabó la canción tradicional The house of the rising sun (La casa del sol naciente) que luego fue también interpretada por Bob Dylan en su primer álbum de 1962 y posteriormente por The Animals en 1963, alcanzando una enorme popularidad.

Pero Nina no buscó nunca la fama ni el dinero, sino poner su enorme talento musical al servicio del pueblo oprimido norteamericano. Tras los asesinatos de Medgar Evers en Mississippi (junio de 1963) y cuatro niños negros al ser bombardeada su escuela en Birmingham, Alabama (setiembre del mismo año), compuso Mississippi goddamn, su primera canción de protesta, una acusación amarga y furiosa de la opresiva situación de los afroamericanos en Estados Unidos.

Temas compuestos por ella en 1966, como Four women, se convirtieron en emblemas de las luchas de los años sesenta en Estados Unidos. La interpretación de esta canción fue prohibida en Filadelfia y en las emisoras de radio de Nueva York por injuriosa. Sin embargo, se trata de una balada emocionante y llena de sensibilidad.

Otra canción de protesta de aquellos años es Backlash Blues, basada en un poema escrito para ella por Langston Hughes.

Militante del movimiento de Panteras Negras, otro impresionante tema suyo, Young, gifted and black (Joven, dotado y negro), inspirada por Lorena Hansberry, se convirtió en el himno afroamericano. Fue también una estrecha colaboradora de James Baldwin, Sammy Davis Jr. y Harry Belafonte.

Pero también sorprende cuando canta acompañada únicamente de su piano, como en el álbum Nina Simone and piano, una colección introspectiva de canciones sobre la muerte, la soledad y el amor, que sigue siendo un resplandor en su carrera discográfica.

Boicoteó el pago de impuestos para como una negativa a financiar la guerra de Vietnam y tras el asesinato de Malcolm X en 1965 llamó a la lucha armada: “Mis pensamientos se orientaron con aún más rapidez en la dirección que yo ya había tomado de todas formas: el reconocimiento de que la violencia es una parte inevitable de nuestra lucha».

Harta del racismo y del estercolero del mundillo musical americano, Nina renunció a su país en 1969, tras el asesinato de Martín Luther King dejando su última grabación en Estados Unidos, que llevaba un título significativo: Revolution.

Se convirtió en una trotamundos. En 1974 se fue a Barbados y durante los años siguientes vivió en Liberia, Suiza, París, Holanda y finalmente en el sur de Francia, cerca de Marsella, donde falleció en 2003.

En 1989 publicó su autobiografía, I Put A Spell On You, en la que confiesa su espíritu militante: «En el movimiento, viví a una velocidad vertiginosa. La música y la política determinaban mi vida. No tenía ninguna otra ambición personal».

El expresionismo abstracto

Nicolás Bianchi

Recién acabada la II Guerra Mundial, empezó la «guerra fría» que, en el terreno cultural, adquirió un carácter fundamentalmente ideológico, no bélico. La Unión Soviética, principal artífice de la derrota nazi a costa de un muy elevado precio humano, mostraba una sorprendente capacidad de seducción para atraer al resto del mundo. Con sus Congresos por la paz, apoyados por los nombres más brillantes y famosos del momento, muchos de ellos no comunistas, parecía haber ganado la batalla de la, vamos a decir, propaganda. El prestigio del comunismo creció como la espuma (y antes con la Revolución de Octubre, por ejemplo, en la mismísima Norteamérica con un fortísimo movimiento obrero).

Esto no podía seguir así y fue entonces cuando los Estados Unidos deciden crear el Congreso por la Libertad de la Cultura que la autora británica Frances Stonor Saunders describe magníficamente en su libro La CIA y la guerra fría cultural. Ese «Congreso» tenía predilección por los antiguos comunistas que habían abjurado y renegado de sus principios. ¿Quién financiaba las actividades? La CIA ¿Lo sabían sus miembros? Algunos sí, y otros, no. Durante dos décadas, entre 1947 y 1967, la CIA funcionó como un gran Ministerio de Cultura dentro de los EE. UU. -donde nunca hubo Ministerio de Cultura- y en el resto del llamado «mundo libre».

Los congresistas de Estados Unidos detestaban el «arte moderno», para ellos también era «arte degenerado», como para los nazis. Fue el Congreso por la Libertad Cultural, esto es, la CIA, quién se encargó de promoverlo y de promocionarlo en el extranjero. El expresionismo abstracto se considera como la gran aportación de EE. UU. a las artes plásticas en aquellos años, pero ni esa corriente (seguida en España por Antonio Saura) ni una de sus figuras más destacadas, Jackson Pollock, habrían sido posibles sin el apoyo de la CIA.

Estamos en la época del «Plan Marshall» (European Recovery Program) que, entre otras cosas, pretendía frenar el avance comunista, echó a andar una campaña encubierta a través de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), que pondría de manifiesto la libertad cultural imperante en los Estados Unidos. Para el presidente Truman, como para muchos congresistas republicanos, el arte moderno era comunistoide; en particular el arte abstracto de impulsos degenerados y subversivos. Un congresista republicano, George Dondero (todo el mundo se acuerda del senador McCarthy y la «caza de brujas» y no de este Dondero, pero los había), para quien el arte moderno era una conspiración mundial para acabar con la moral norteamericana (la «paranoia conspiranoica» no la inventamos algunos «iluminados»), escribía: «El cubismo pretende destruir mediante el desorden calculado. El futurismo pretende destruir mediante el mito de la máquina… El dadaísmo pretende destruir mediante el ridículo. El expresionismo pretende destruir remedando lo primitivo y lo psicótico. El arte abstracto pretende destruir por medio de la confusión de la mente… El surrealismo pretende destruir por la negación de la razón».

Pero donde la mojigata moral yanqui veía el diablo, la CIA encontró un arma perfecta: el expresionismo abstracto. Este expresaba ideologías claramente anticomunistas: libertad y libre empresa; además, al no ser figurativo, no podía expresarse políticamente, era pues, la antítesis del «realismo socialista». Ítem más: se suponía netamente, químicamente, norteamericano -como el cowboy de Marlboro- y una aportación de Estados Unidos al arte moderno. «Garabatos yanquis» (Yankee Doodles). Sin embargo, la oposición interna al arte moderno no permitía que el apoyo fuera de manera abierta, así que la CIA, con financiamiento del sector privado y los museos a través del Congreso por la Libertad Cultural y el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA) como tapaderas, le dieron vida al expresionismo abstracto financiando, promoviendo, exportando y premiando buen número de exposiciones internacionales y a los artistas protagonistas.

Personas como Clement Greenberg, crítico al servicio de la CIA, comenzaron a exponer las intenciones de fondo y la alineación de la cultura con las élites del poder, el dinero y las clases dirigentes. Muchos artistas entraron al juego, como Robert Motherwell o Baziotes, y otros, como Mark Rothko , militaba como ferviente anticomunista. Ad Reinhard, consecuente con sus ideas, fue el único que se negó a ser cómplice.

Diremos, para acabar, con Polo Castellanos, que el «expresionismo abstracto» ni era tan expresionista ni tan abstracto ni tan norteamericano. Rothko, por ejemplo -otro naturalizado norteamericano (era letón)-, planteaba y ponía en práctica la cuestión de la llanura, quitar todo lo ajeno a la bidimensionalidad propia de la pintura, planitud en la forma, el color y la «experiencia religiosa» o misticismo, algo ya visto décadas atrás con Malevich y Mondrian. De Kooning nunca abandonó la pintura figurativa y era tremendamente expresionista que rompía con la «llanura» o lo planteado por la abstracción. El mismo Pollock fue influenciado por el muralismo mejicano.

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