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Día: 15 de diciembre de 2014 (página 1 de 1)

La Audiencia Nacional criminaliza los movimientos sociales

El juez Velasco
Siempre hubo quien justificó el mantenimiento de un tribunal fascista como la Audiencia Nacional por ‘culpa‘ del terrorismo. Ahora ya van apareciendo terroristas por todas partes (y si no aparecen alguien se encargará de inventarlos).

El pasado 3 de abril [de 2013], el juez de la Audiencia Nacional Eloy Velasco dictó un auto de imputación contra 20 jóvenes, en relación a los hechos acaecidos en el Parlament de Cataluña, el día 15 de junio de 2011. En este auto, anima, de paso, a la fiscal a pedir una pena de entre 3 y 5 años de prisión.

Este procedimiento se había iniciado a raíz de denuncia presentada por el Sindicato de Funcionarios Públicos Manos Limpias el 16 de junio de 2011 ante la Audiencia Nacional.

Con independencia de la falta de imparcialidad demostrada por este magistrado, al facilitarle a la fiscal la pena que ella deberá pedir más tarde en su escrito de acusación, llama la atención del auto la excesiva creatividad jurídica demostrada, al inventarse un término hasta ahora desconocido en el Derecho Penal: “La intimidación ambiental”. Con este concepto, se refiere a la concentración del 15 de junio de 2011, a la puerta del Parlament en Barcelona, y, de paso, la tilda de violenta, agresiva y coactiva.

Así se expresa este innovador del Derecho Penal, el magistrado Velasco: “Los imputados identificados asumen, de ese modo, el contexto ambiental gravemente violento e intimidante del grupo que ayuda, acomete y fuerza el sometimiento del representante de la voluntad popular…” Se apoya, incluso, en la supuesta consigna política del grupo, Aturem el Parlament (Paremos el Parlamento) que tenía presuntamente previsto llamar la atención a los diputados antes de aprobar los presupuestos para 2011, que incluían grandes recortes sociales en sanidad, educación y otras prestaciones sociales.

A esta manifestación acudieron unas 2.000 personas, de las que 20 fueron detenidas en días posteriores por los Mossos d’Esquadra, una vez que esta fuerza policial extrajo de sus archivos datos personales obtenidos de protestas anteriores y con un proceso de identificación ilícito. Nuestro Derecho Penal exige la taxatividad, es decir, la concreción de los delitos y de las circunstancias que los agravan. No caben las interpretaciones extensivas ni, por tanto, las invenciones.

En el presente caso, el magistrado inventor fuerza la calificación de los hechos con un calzador, a la medida de las pretensiones políticas del órgano en el que ejerce sus funciones, la Audiencia Nacional, con el fin de criminalizar una conducta absolutamente lícita. Se busca, así, un castigo ejemplarizante para 20 personas con el fin de amedrentar a la población discrepante de las políticas neoliberales imperantes.

Mediante la creación de un nuevo término, la “intimidación ambiental”, los hechos aislados producidos, entre ellos pintar la gabardina de una parlamentaria, se exacerba la aplicación del Código Penal. De tal forma que, hechos que en un principio serían considerados, presuntamente, meras faltas, por la aplicación de un novedoso concepto inexistente hasta la fecha, se transforman en delitos, que prevén una pena de 3 a 5 años de prisión.

Todo esto nos suena a lo que se viene calificando como “invasión de la intimidad”, “coacciones” e “intimidación” a políticos en relación a los llamados “escraches”. En este caso, la libertad de expresión se penaliza erróneamente mediante la aplicación de conceptos ya existentes. Una conducta y otra conducen a la misma pretensión: la criminalización de los movimientos sociales y su estigmatización como grupos “violentos y antisistema”.

Todo esto, que no tiene parangón en nuestro Código Penal, nos recuerda a la Ley de Vagos y Maleantes, abierta a la arbitrariedad y carente de de concreción penal, que sirvió en su día de instrumento para privar de libertad a todo aquel elemento antisocial que se opusiera al orden establecido. En el marco de esa ley, los jueces eran los encargados de inventar e innovar, en cada caso, la conducta antisocial imputada al detenido, en aras a prevenir el comportamiento futuro y peligroso de la persona que tenían ante sí.

Es evidente, por tanto, que el juez Velasco, en un gran esfuerzo metonímico, parte de unos pocos hechos aislados, para llegar a la criminalización del todo, despreciando, de paso, las legítimas expectativas de la sociedad civil en el ejercicio del derecho constitucional a la libertad de expresión.

Volvemos, así, a reminiscencias de un pasado que se supone superado tras la promulgación de la Constitución Española. Esperemos que, finalmente, el trato futuro a estos jóvenes imputados se corresponda con lo exigible en un Estado de Derecho, donde los jueces están limitados a la aplicación de la ley, sin que quepa invadir el espacio propio del órgano legislativo, que diría Montesquieu.

Isabel Elbal, abogada, La Marea, 10 de abril de 2013
http://www.lamarea.com/2013/04/10/el-juez-velasco-y-la-criminalizacion-de-los-movimientos-sociales/

Al servicio de dios, del capital y del Estado

Tres personas distintas pero sólo un dios verdadero

Aunque los entendidos discuten la etimología, lo más probable es que la palabra “mamón” proceda del arameo, donde hace referencia a una persona adinerada. En hebreo “matmon” significa dinero o tesoro.Tanto en el Talmud como en el Nuevo Testamento, Mamón personifica la avaricia. Pero no es algo propio sólo de los creyentes. Los anarquistas piensan de la misma manera. En su obra “El Único y su propiedad” el filósofo alemán Max Stirner, a quien Marx llamaba “San Max”, asoció a Mamón con una divinidad ilusoria a la que se consagran los impíos, por oposición al Dios de los piadosos.

No obstante, a veces los creyentes desvarían. Cuando salieron de Egipto los judíos empezaron a adorar al becerro de oro (Éxodo 32:8), al que pusieron en el lugar del mismo Dios. También le sucedió hace algunos años a un reverendo anglicano, Stephen Green, que escribió un libro sobre los principios éticos de la explotación y la especulación que llevaba un título dubitativo: “¿Servir a Dios?, ¿servir a Mamón?”

Para un cristiano no podía caber ninguna clase de dudas: “Nadie puede servir a dos amos porque odiará a uno y amará al otro. No se puede servir a Dios y a Mamón a la vez” (Mateo 6:24). La Biblia no admite un punto intermedio: Mamón es el demonio de la codicia. La banca ética no tiene cabida en la Biblia. Quizá esa sea la causa de que los curas que han dirigido los bancos hayan mostrado una alarmante falta de ética, de cualquier clase de ética.

Durante 30 largos años el presidente de Cajasur fue el sacerdote Miguel Castillejo, alias “Fray Langostino”, que se jubiló en 2005. Cuatro meses antes de su marcha, se aumentó a sí mismo su póliza vitalicia un 34 por ciento, hasta alcanzar los 4,3 millones de euros, mientras que la ruina de Cajasur, un agujero de 600 millones de euros, se ha tenido que tapar con dinero público.

A diferencia del cura Castillejo, el reverendo Green inició su carrera en el Ministerio de Desarrollo de Ultramar, aunque luego se pasó a la empresa privada, trabajando para el consultor internacional McKinsey y a partir de 1982 en el banco HSBC (Hong Kong & Shanghai Banking Corporation) que acumuló su capital con el comercio de opio.

Tras la revolución china de 1949 el banco sufrió un duro golpe. Excepto en Hong Kong, sus sucursales fueron expropiadas y tuvo que trasladar su central a Londres. Como Castillejo, en 2003 el reverendo Green también alcanzó la dirección ejecutiva del banco. Fue una carrera meteórica al servicio de dios, del capital y del Estado: le nombraron Lord y en 2011 ministro de Comercio e Inversiones.

Al HSBC le conocemos en España a través de Hervé Falciani, que se fugó de Suiza con copias de las operaciones de la lavandería criminal. Entre los archivos que capturó había una copia de la cuenta corriente que la familia Botín escondía en la sucursal de Ginebra, con un saldo de 2.000 millones de euros que se taparon pagando al Estado una mordida del 10 por ciento: 200 millones.

En 2012 una comisión del Senado de Estados Unidos publicó un largo informe sobre la gestión de Green al frente de HSBC. De su lectura se desprende que el HSBC blanqueó casi 900.000 millones de dólares procedentes del tráfico de drogas y el crimen organizado.

El reverendo Green había trabajado para cárteles de la droga como director de HSBC en Oriente Medio, en México y en Bermudas. Los procedimientos con los que el banco lavaba el dinero negro eran mucho más que un rumor. En 2005 la agencia financiera Bloomberg le acusó de colaborar con los traficantes de drogas. La policía mexicana también informó a Estados Unidos de las operaciones del banco en las Islas Caimán pero, en lugar de encarcelar, a los ejecutivos del banco les pusieron sobre aviso: “portaos bien”, “no lo volváis a hacer”, les dijeron en 2003, cuando el reverendo Green acababa de llegar a lo más alto.

En 2010 Estados Unidos volvió a advertir a Green por segunda vez que se estaba pasando de rosca con la lavandería. Tampoco le encarceló, aunque el asunto se estaba poniendo bastante feo. En Inglaterra se volcaron en su apoyo: un mes después de la advertencia le nombraron Lord y la Universidad de Londres le concedió el título de doctor honoris causa de la Escuela de Estudios Orientales y Africanos. Son cargos que se añaden a otro: el de vicepresidente de la patronal británica y primera figura de los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Acto seguido David Cameron le asciende a ministro del gobierno.

La “justicia” capitalista funciona de esa manera: en Estados Unidos si te fumas un canuto de marihuana te envían a la cárcel unos cuantos años, pero eso sólo ocurre con los últimos escalones. Los primeros espadas, por el contrario, están por encima del bien y del mal; son ministros de dios, del gobierno y de los bancos. El dinero negro siempre se tapa con más dinero y al HSBC le impusieron otra mordida: una multa de 1.900 millones de dólares por narcotráfico.

Cuando al año siguiente el Senado publica su informe en Estados Unidos, la Cámara de los Lores quiere pedirle explicaciones a Green, pero el portavoz de los conservadores en la Cámara Alta se opone: a un barón, aunque sea de la droga, no se le pueden pedir explicaciones por asuntos ajenos a su ministerio. Aunque sólo hay un único dios verdadero, el Estado, el capital y dios son tres personas distintas.

La teología es un poco complicada, por lo que el año pasado el primer ministro Cameron lo resumió así ante las cámaras de la televisión: el reverendo Green ha hecho “un trabajo soberbio”.

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