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Día: 4 de diciembre de 2014 (página 1 de 1)

Cómo funciona la cadena de mando del imperialismo

En marzo de este año la Fiscalía de la Audiencia Nacional abrió diligencias penales contra el diario El País y el periodista Ignacio Cembrero, antiguo corresponsal del periódico en el Magreb, tras la presentación de una denuncia penal por el Primer Ministro marroquí el 20 de diciembre del año pasado. El gobierno marroquí acusó al diario español de enaltecimiento del terrorismo en relación a una entrada de Cembrero en su blog, albergado en la página web de El País, en septiembre de 2013. La entrada de blog contenía un enlace a un vídeo publicado en internet por la rama magrebí de Al-Qaeda.

Las imputaciones contra el diario español se llevaron a cabo en vísperas de la primera visita oficial de John Kerry, secretario de Estado de Estados Unidos a Marruecos, un importante aliado del imperialismo en el norte de África. La historia que vamos a contar demuestra, pues, que las presiones contra la libertad de expresión siguen esta línea:

Estados Unidos + Marruecos > España > Fiscalía > Audiencia Nacional > periódico > periodista

Marruecos ya anunció su intención de denunciar a El País el 17 de septiembre de 2013, el mismo día que Alí Anouzla, director de la edición en árabe del portal digital de noticias Lakome, fue detenido en relación con el mismo caso. Un artículo de Lakome que trataba sobre el terrorismo y la corrupción en Marruecos hacía mención al vídeo y contenía un enlace a la entrada de Cembrero en su blog, titulado Orilla Sur. El blog, a su vez, contenía un enlace al vídeo, subido a YouTube con el título «Marruecos: reino de la corrupción y el despotismo».

El vídeo, de 41 minutos de duración, fue objeto de múltiples menciones en los medios marroquíes. Muestra a un dirigente de Al-Qaeda en el Magreb, Abdelamalek Drukdal, aconsejando a unos jóvenes marroquíes que se unieran a su grupo en lugar de «emigrar a España en patera». El gobierno de Marruecos lo considera como el primer vídeo de Al-Qaeda dirigido a la sociedad marroquí.

Llegó la cascada de censuras. El mismo día de la denuncia, El País retiró el enlace de su sitio web el 17 de septiembre. Posteriormente, el vídeo también fue retirado de YouTube, a petición de Marruecos. YouTube declaró que había retirado el enlace porque incumplía su normativa sobre la violencia.

A pesar de la censura, el gobierno de Marruecos no se queda a gusto y denuncia tanto a los periodistas como a las publicaciones donde trabajan. Tras la denuncia de Marruecos la Fiscalía se puso en conctacto con El País para solicitar información sobre dicho enlace. Pedro Zuazua, director de comunicación de El País, dijo que «es obvio que El País no ha ayudado a Al Qaeda y que no teníamos ningún tipo de fines propagandísticos. Nos hemos limitado a transmitir información veraz con y de interés público».

Como toda agresión a la libertad de expresión, además de su carácter represivo, es discriminatoria, es decir, arbitraria, dice el corresponsal: «El vídeo atribuido a Al-Qaeda en el Magreb Islámico permaneció enlazado en varios sitios web, entre ellos muchos portales en inglés especializados en terrorismo, y Marruecos no ha iniciado ningún proceso judicial contra ellos».

En efecto, la edición en francés de Lakome publicó un artículo el mismo día que la edición en árabe e incluyó un enlace directo al vídeo de YouTube. El sitio web en francés es dirigido por Aboubakr Jamai, periodista residente en Alemania que recibió un Premio Internacional a la Libertad de Prensa en 2003. Jamai no ha sido objeto de ninguna denuncia penal ni de hostigamiento en relación con su artículo.

Jamai calificó la decisión de la Fiscalía  de la Audiencia Nacional como «problemática ya que se trata de una decisión ad hoc, pues en España se han publicado innumerables vídeos de Al-Qaeda sin que el gobierno español jamás haya abierto un proceso penal». Los ataques a la libertad de expresión siempre son así: se dirigen contra unos y no contra otros, es decir, siempre van contra los mismos. Otros disfrutan de patente de corso.

A la voracidad persecutoria de la Fiscalía de la Audiencia Nacional le sigue los pasos el propio periódico, que en lugar de asumir la defensa de la información y del informador, se convierte a su vez en censor: el 5 de febrero El País destituye a su corresponsal, que deja de trabajar en la cobertura informativa del Magreb y lo reubica en el suplemento dominical: «No lo puedo demostrar, pero no tengo ninguna duda de que la decisión del periódico de reubicarme está vinculada directamente a la denuncia de Marruecos», manifestó el periodista represaliado.

Marruecos puso en libertad bajo fianza al periodista Anouzla el 25 de octubre del año pasado, a raíz de un llamamiento en favor de su excarcelación por parte de organizaciones de defensa de la libertad de prensa. Pero siguió procesado por el delito de «defender acciones que equivalen a delitos de terrorismo» y «proporcionar asistencia a responsables o cómplices de actos de terrorismo», según la Fiscalía marroquí.

Lo mismo que en los países más caciquiles del mundo, en España el terrorismo tapa todos los agujeros; sirve para cualquier cosa, incluida la censura de la prensa. Lo peor es que, además, la censura empieza por arriba (gobierno) y acaba en cualquier periodicucho de mala muerte, como es El País, pasando por toda clase de siniestras oficinas jurídicas, togas y picapleitos.

Por fin, no perdamos de vista la manera rastrera en que España se somete dócilmente a la cadena de mando del imperialismo, incluso aunque las instrucciones procedan de un país tan subalterno como Marruecos. Tan increíble como cierto.

Termómetro de la libertad de expresión:
https://mpr21.info/p/blog-page_3.html

¿Tienen sed los peces? (1)

Nicolás Bianchi

Cuando Aznar metió a España de hoz y coz en la guerra de Irak en 2003 -la famosa foto de «las Azores» con Bush y Blair-, una guerra que ni le iba ni le venía al pueblo español, lo hizo -dijo- «para sacar a España del rincón de la Historia» en que, por lo visto, estaba fané y descangallada desde el desastre de Cuba y Filipinas (y Puerto Rico y las islas Guam, que estas nunca salen). Ya era hora de ser alguien en el concierto de las naciones, como se decía antiguamente en el Derecho Internacional (hoy pura fosfatina).

«España» -y no nos mueve ningún impulso atrabiliario o interés nacionalista pequeñoburgués, y nacimos en una nación sin Estado- no existe, es solo una locución nominalista, un semantema, un signo arbitrario con un sentido difuso. El historiador Américo Castro dejó escrito que los moradores de las tierras peninsulares «eran gallegos (y también lusitanos como peninsulares son los portugueses, N.B.), leoneses, castellanos, navarros, aragoneses o catalanes». Añade que el nombre «español» que los unificó a todos se originó en Provenza por motivos comerciales o por cualquier otra razón de carácter práctico. Es como si Marco Polo, cuando arribó a China y para no volverse loco con las diferentes etnias y pueblos que había allí, dijo que, alejop, todos chinos como patrón de medida y asunto resuelto y, por lo tanto, los mercaderes venecianos harían en adelante sus negocios con chinos y punto y no con la etnia tal o cual y es que los mercados incipientes unifican y derriban barreras (comerciales) mucho.

No existe lo que se dio en llamar un «problema vasco»; lo que hubo -y hay- es un «problema español», como veremos en la próxima (y última) entrega. Se habla de España, no ya como tema, sino como género. Al lado de los clásicos géneros literarios habría que ubicar el «género España». Este género crea a sus escritores -y no al revés como sería lo lógico- que escriben monotemáticamente sobre algo que sospechan que no es y tratan de que sea recurriendo a la mística o a la magia o a, como dijera Manuel Vázquez Montalbán, la Liga de fútbol que une mucho. Algo parecido a las lucubraciones y pajeos mentales metafísicos de Heidegger entre «existencia» y ec-sistencia (no hay errata), el «ser» y el «ente». Parece como si el solo hecho de invocar el nombre «España» les otorgara automáticamente el numen, el hálito, el alma, el espíritu del Ser y del ser no solamente algo, sino españoles, casi ná. Se pronuncia la palabra «España» como una especie de conjuro contra el fantasma de una identidad históricamente falsa y por ello se recurre al casticismo más garbancero, que es la España de pandereta de Rajoy (véase el funeral de la Fitz-Roy Duquesa de Alba) y el caciquismo finisecular. Y no la «España política», como la entendemos algunos y en la que nos movemos y hablamos para entendernos políticamente, ya lo hemos dicho. Estamos siempre delante de una latente y manifiesta falta de seguridad en sí mismo pues las palabras se ajan de tanto manosearlas como el gallo de pelea del coronel (no tiene quién le escriba) de García Márquez, recién fallecido, que se desgastaba con las miradas de la chiquillería.

Si todo estuviera tan claro, si no hiciera falta recordar a cada rato en qué país vive uno, sobrarían esas muletillas y latiguillos redundantes del tenor de «en este país llamado España» o «el presidente del gobierno de la nación». Si ya sabe uno que está (serlo es otra cosa) en España, en Spain o Hispanistán, deberían a continuación añadir aquello de… «perdón por la redundancia», porque cuando se comete redundancia se pide perdón y no se dice «valga» (la redundancia).

Sería como decir que la «lluvia llueve» cuando, en realidad, moja. Disculpen el exceso cursi pedagógico.

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