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Mes: octubre 2014 (página 4 de 4)

Encuentro en Londres

150 años de la fundación de la Primera Internacional (2)

Transcurrió casi un año antes de que los obreros de París llevaran a cabo una respuesta al mensaje londinense. Se eligió una delegación especial para llevarlo a Londres y, para recibir a esta delegación, se organizó una asamblea el 28 de septiembre de 1864 en la sala Saint-Martin, en el centro de la ciudad. Presidía Beesly. La sala estaba llena. Primeramente, Odger leyó el mensaje de los obreros ingleses. El mensaje de los franceses fue leído por Tolain. Entre otras cosas, declaraba:

«Progreso universal, división del trabajo, libertad de comercio, he aquí los tres factores que deben fijar nuestra atención, dado que son capaces de transformar radicalmente la vida económica de la sociedad. Obligados por la fuerza de las cosas y por las necesidades de este tiempo, los capitalistas han formado poderosas uniones financieras e industriales. Si no adoptamos medidas de defensa seremos aplastados despiadadamente. Nosotros, obreros de todos los países, debernos unirnos y oponer una barrera infranqueable al orden de cosas existente, que amenaza con dividir a la humanidad en una masa de hombres hambrientos y furiosos, por una parte, y, por la otra, en una oligarquía de reyes de las finanzas y magnates satisfechos. Ayudémonos los unos a los otros para lograr nuestro objetivo».

Los obreros franceses habían llevado incluso un proyecto de asociación. En Londres debía formarse una comisión central compuesta por representantes de todos los países, y, en las principales ciudades de Europa, subcomisiones relacionadas con esta comisión central, que sometería a su examen todas las cuestiones. El organismo central debía establecer el resultado de la discusión. Para la determinación definitiva de la forma de la organización, se convocaría un congreso internacional en Bélgica.

Marx no intervino en la preparación de esta reunión. La jornada del 28 de septiembre de 1864 se debió a los propios obreros. Sin embargo, en ese día memorable, asistió a la asamblea porque Cremer le invitó a participar con la siguiente nota: «Al señor Marx: Señor, el Comité de organización del mitin os ruega respetuosamente que asistáis a él. Presentando esta nota podréis entrar en la sala en que, a las siete y media, se reunirá el Comité. Vuestro servidor, Cremer».

Es significativo que Cremer invitara a Marx y no a otros muchos emigrados residentes en Londres, que mantenían relaciones más estrechas con los franceses e ingleses. Marx fue elegido para el Comité de la futura organización internacional por el papel que desempeñaba la sociedad obrera alemana, cuyos locales se encontraban en Londres como lugar de reunión de obreros de distintas nacionalidades. Esta sociedad adquirió mayor importancia cuando los propios obreros ingleses comprendieron que era necesario unirse con los alemanes para paliar las consecuencias de la concurrencia con los inmigrantes. De ahí las estrechas relaciones personales con los miembros de la antigua Liga de los Comunistas: Eccarius, Lessner y Pfender. Los dos primeros eran sastres; el tercero, pintor-yesero, trabajaba en la construcción. Todos ellos participaban activamente en el movimiento obrero londinense y conocían a los organizadores del Consejo de Londres de los sindicatos. A través suyo, Cremer y Odger conocieron a Marx, quien, en los momentos de su polémica con Vogt, había renovado sus relaciones con la sociedad obrera alemana.

Marx, por tanto, fue uno de los fundadores de la I Internacional y pronto se convirtió en su principal dirigente ideológico. El Comité elegido en la asamblea del 26 de septiembre no había recibido ninguna directriz. No poseía ni programa, ni estatutos, ni siquiera nombre. En Londres existía ya una sociedad internacional, la «Liga general», que acogió al Comité. En las actas de la primera asamblea de este Comité figuran los nombres de los representantes de esta Liga, que no eran más que respetables burgueses. No propusieron en ningún momento al nuevo Comité el fundar una nueva organización. Algunos de ellos hablaban de fundar una nueva asociación internacional en la cual podrían entrar no solamente los obreros, sino todos cuantos desearan una unión internacional o la mejora de la situación política y económica de la clase trabajadora. Pero a instancias de dos obreros, Eccarius y Vitlock, antiguo cartista este último, se decidió llamar a la nueva organización Asociación Internacional de Trabajadores. Esta propuesta fue apoyada por los ingleses, entre los que se encontraban numerosos cartistas, miembros de la antigua «Sociedad obrera», cuna del partido cartista.

El nombre dado a la nueva sociedad internacional determinó inmediatamente su carácter. Apartó de ella inmediatamente a los burgueses que presidían la «Liga General». El Comité fue invitado a buscar otro local. Consiguió encontrar una pequeña habitación no lejos de la sociedad obrera alemana, en el barrio donde vivían los obreros emigrantes.

150 años de la fundación de la Primera Internacional (1)

El 28 de septiembre de 1864, hace 150 años, se fundó en Londres la Primera Internacional. Mientras a duras penas el capitalismo se restablecía de la crisis de 1857-1858, otra crisis sin precedentes acechaba, especialmente en la industria algodonera. Se produjeron varios acontecimientos muy importantes.

El primero fue la guerra civil en Estados Unidos por la cuestión de la abolición de la esclavitud, que tuvo consecuencias inesperadas en todo el mundo capitalista. Los Estados sudistas tenían casi monopolizada la producción del algodón, y abastecían a la industria algodonera de todo el mundo. Europa se vio pronto privada de esta materia prima y ocasionó un considerable encarecimiento en la industria textil. Ciertamente, los grandes capitalistas sufrieron menos que los restantes, pero los pequeños y medianos se apresuraron a cerrar sus empresas. Centenares de miles de obreros europeos se encontraron de este modo reducidos a la miseria.

Los gobiernos se limitaron a dar miserables limosnas. Los obreros ingleses organizaron el socorro. La iniciativa la tomó el consejo londinense de los sindicatos. Se constituyó un comité especial. Lo mismo ocurrió en Francia, donde este comité fue dirigido por los representantes del grupo que había organizado la elección de la delegación obrera a la exposición de Londres. Se establecieron relaciones entre ambos comités. De este modo, los obreros ingleses y franceses tuvieron una nueva prueba de los estrechos lazos de interés que existían entre los obreros de diferentes países. La guerra civil en Estados Unidos provocó de este modo una violenta revolución en la vida económica de Europa y golpeó por igual a los obreros ingleses, franceses, alemanes e incluso a los obreros rusos. Este es el motivo de que, en el prólogo al primer tomo de «El capital», Marx escribiera que la guerra de Secesión en el siglo XIX hizo sonar el clarín para la clase obrera, exactamente igual que la guerra de la Independencia de Estados Unidos había sido el clarín para la burguesía francesa de antes de la revolución.

Se produjo entonces otro acontecimiento que interesaba también a los obreros de los diferentes países: la servidumbre acababa de ser abolida en Rusia. Fue necesario realizar una serie de reformas en las restantes ramas de la administración y de la vida económica. Al mismo tiempo, el movimiento revolucionario se reforzaba y planteaba reivindicaciones más radicales. Las regiones fronterizas, comprendida Polonia, entraban en un período de agitación. El gobierno zarista aprovechó la ocasión para acabar de un solo golpe con la sedición exterior e interior. Provocó la insurrección de Polonia y, al mismo tiempo fomentó el patriotismo panruso y reprimió con saña la insurrección polaca.

En Europa occidental, donde el zarismo ruso era odiado por todos, la insurrección polaca provocó muchas simpatías. Diferentes gobiernos, entre otros los gobiernos francés e inglés, dejaron en entera libertad de acción a los defensores de los polacos insurrectos, intentando de este modo dar salida al descontento acumulado entre los obreros. En Francia se organizan una serie de asambleas, así como un comité en cuya dirección estaban Tolain y a Perrachon. En Inglaterra, Cremer y Odger, por los obreros, y el profesor Beesly, por los intelectuales radicales, tomaron la dirección del movimiento en favor de los polacos.

En abril de 1863 convocan en Londres un inmenso mitin presidido por el doctor Beesly y en el cual Cremer pronuncia un discurso en defensa de los polacos. La asamblea adopta una resolución en la cual decide que los obreros franceses e ingleses presionarán sobre sus respectivos gobiernos para conseguir su intervención en favor de Polonia. También deciden organizar un mitin internacional el 22 de julio de 1863 que tuvo lugar en Londres bajo la presidencia de Beesly. Odger y Bremer, en nombre de los obreros ingleses, y Tolain, en nombre de los franceses, tomaron la palabra. Todos demostraron la necesidad de restaurar la independencia de Polonia. Fue el único tema de sus discursos.

Pero al día siguiente se convocó una reunión organizada por el Consejo londinense de los sindicatos, esta vez sin la participación de burgueses. Odger defendió la necesidad de una unión más estrecha entre los obreros ingleses y los del continente. La cuestión estaba planteada en la práctica. Los obreros ingleses sufrían la competencia de los obreros franceses, belgas, y, en particular, de los alemanes. En esta época, la panadería, que ya se encontraba en manos de las grandes empresas, estaba servida prácticamente por obreros alemanes. Numerosos franceses trabajaban en la construcción, en la industria del mueble y en las industrias artísticas. Por este motivo, los sindicalistas ingleses intentaban influir sobre los obreros extranjeros que llegaban a Inglaterra. El modo más fácil de conseguirlo era a través de organizaciones que unieran a los obreros de las distintas nacionalidades.

Se decidió que los obreros ingleses enviarían un mensaje a los franceses. Pero pasaron casi tres meses antes de que este mensaje, escrito principalmente por Odger, se sometiera a la ratificación de los sindicalistas de Londres. La rebelión polaca había sido reprimida con inusitada ferocidad por el gobierno zarista, pero el mensaje casi no se refiere a ello:

«La fraternidad de los pueblos es extremadamente necesaria para los obreros. Dado que cada vez que intentamos mejorar nuestra situación por medio de la reducción de la jornada de trabajo o el aumento de salarios, los capitalistas nos amenazan con contratar a obreros franceses, belgas o alemanes que realizarán nuestro trabajo por un salario inferior. Por desgracia, esta amenaza a veces se lleva a cabo. Ciertamente, la falta no es de nuestros camaradas del continente, sino exclusivamente de la falta de unión regular entre los asalariados de los diferentes países. Sin embargo, es de esperar que pronto finalice esta situación, pues nuestros esfuerzos para conseguir situar a los obreros mal pagados al mismo nivel de los que reciben sueldos más elevados pronto impedirán a los empresarios que se sirvan de una parte de nosotros contra otra parte con el fin de rebajar nuestro nivel de vida, conforme a su espíritu mercantil».

El mensaje fue traducido al francés por el profesor Beesly y no fue enviado a París hasta noviembre de 1863. En París sirvió como base de agitación en los talleres. Pero la respuesta de los obreros franceses se demoró mucho tiempo. En aquel momento se preparaban en París elecciones legislativas que debían tener lugar en marzo de 1864. Con este motivo, un grupo de obreros, entre los que se encontraban Tolain y Perrachon, se habían planteado si debían los obreros presentar sus propios candidatos o limitarse a apoyar a los candidatos burgueses radicales. En otras palabras, si había que separarse de la oposición burguesa e intervenir con una plataforma especial, o ir a remolque de los partidos burgueses. Esta cuestión fue ampliamente discutida a finales de 1863 y comienzos de 1864.

Resolvieron intervenir separadamente y presentar la candidatura de Tolain, un proudhonista de derecha, obrero grabador que en 1871 fue diputado durante la II República y con la Comuna de París se pasó a la reacción y fue expulsado de la Internacional. Al mismo tiempo decidieron exponer los motivos de esta escisión con la burguesía a través de una plataforma especial que, dado el número de los firmantes, recibió el nombre de Manifiesto de los Sesenta.

En su crítica del régimen burgués, este Manifiesto está en la línea del proudhonismo pero, al mismo tiempo, se separa claramente de él en su programa político, preconizando la formación de una organización política independiente de los obreros, y solicita que se proponga la candidatura de los obreros al Parlamento con el fin de poder defender allí los intereses del proletariado.

Proudhon aprobó entusiásticamente este Manifiesto de los Sesenta, escribiendo sobre él un libro titulado «Capacidades políticas de la clase obrera», que se encuentra entre sus mejores obras. Trabajó en él los últimos meses de su vida, pero murió antes de que fuera publicado. Ahí Proudhon reconocía la necesidad para los obreros a disponer de una organización de clase independiente. Aprueba el nuevo programa de los obreros de París, en el cual ve la mejor prueba de la capacidad política de la clase obrera. Aunque mantiene su antigua opinión sobre las huelgas y sobre las asociaciones de ayuda mutua, su libro recuerda su primera obra sobre la propiedad, por su crítica de la sociedad burguesa. Se convirtió en uno de los libros preferidos de los obreros franceses, de modo que, cuando se habla de la influencia del proudhonismo en la época de la I Internacional, no hay que olvidar que se trataba del proudhonismo tal como se había presentado tras la publicación del Manifiesto de los Sesenta.

Fuente: censurada web Antorcha.org

Maniobras de distracción

Juan Manuel Olarieta

Los votos son como los goles en el fútbol. Cuando en referencia a la política burguesa hoy alguien habla de éxito, se refiere siempre al éxito electoral. En el fútbol a algunos nos gusta el «jogo bonito» mientras que en la política burguesa todos son resultadistas: más votos es un éxito y menos votos es un fracaso. Todo se reduce a cosechar más votos que en las elecciones de hace cuatro años.
Para lograr el éxito hay expertos en marketing que tan pronto te venden un político como un postre para reducir el colesterol. Son periodistas, creadores de imagen, publicistas, relaciones públicas, merchandising, diseño… La política burguesa funciona de esa manera porque, en realidad, no conocemos a ningún político: sólo los vemos por la tele. Entre ellos y nosotros hay una tele por medio. No vemos al político, lo que vemos es la tele. Cuando votamos a un político, lo que votamos es a la tele.
Más minutos de tele se traducen en más votos. Lo de menos es lo que el político diga. Es más: lo mejor es que hable pero no diga nada. Cada vez que un político dice algo, pierde votos. Por ejemplo, los ministros del Interior (Ibáñez Freire, Rosón, Barrionuevo, Corcuera) siempre fueron torpes, es decir, a veces se les escapaba lo que pensaban, lo cual les conducía a meter la pata, como el inepto Martín Villa con aquello de «Nosotros cometemos errores, mientras que ETA comete crímenes».
Con Belloch, actual alcalde de Zaragoza, las cosas cambiaron radicalmente. Fue el primero que supo hablar sin decir nada y cuando los periodistas le pedían explicaciones sobre algo decía que era «razonable». No decía la razón, sólo que era razonable. A ver si te enteras: no hace falta explicar las cosas porque las cosas se explican por sí mismas. Si tú no ves la explicación de las cosas es porque no eres muy inteligente. Es tu problema.
Jamás votaremos a un político que no salga por la tele del mismo modo que jamás compraremos una sujeción para nuestra dentadura postiza en el puesto ambulante que tiene ese negro senagalés en la esquina. Lo que haremos es ir a la farmacia y comprar Corega porque lo anuncian por la tele. Desconfiamos de todo aquello que no se anuncia por la tele. Desconfiamos de la gitana que vende pilas en el mercadillo, pero jamás de Mercadona, Carrefour, Caprabo o Dya.
En la lógica formal el principio de identidad dice que A=A. Siempre somos nosotros mismos; tenemos nuestros defectos y nuestras virtudes. Pero los políticos no son como los demás, no son ellos mismos sino lo que los expertos les dicen que tienen que ser: perfectos, impecables, sonrientes, cercanos, guapos, amables… Las 24 horas del día, 365 días al año. Nunca verás a un político metiéndose el dedo en la nariz porque no son seres humanos como los demás sino «comunicadores», como los presentadores de las noticias, de los concursos o de las retransmisiones deportivas.
Nadie aceptaría en su vida lo que un político acepta. Se deja hacer: dice lo que le dicen que diga, le escriben los discursos, tiene las respuestas preparadas, viste como le dicen, va a donde le dicen que vaya, les peina un estilista… Si lo pensamos un poco nos damos cuenta de que no votamos al político, a la marioneta, sino al que mueve los hilos… o quizá sea mucho más simple aún: no sabemos a quién estamos votando (por supuesto que tampoco sabemos qué estamos votando).
Hace poco El País desvelaba a la experta que asesora a Pedro Sánchez en asuntos de imagen. Pedro Sánchez empezó su nueva carrera como secretario general del PSOE con la siguiente consigna: «Desterremos palabras como crisis, violencia de género o independentismo». Si Sánchez ha dicho eso es por tres motivos. Primero, porque su asesora le ha dicho que lo diga. Segundo, porque la asesora sabe que esas palabras dan votos mientras que otras los restan. Tercero, porque al cambiar las palabras está cambiando el mundo real.
Cuando ni quieres ni puedes cambiar nada, lo mejor es que cambies las palabras. Por ejemplo, los capitalistas cambian de coche cada año. Pero si no tienes un euro, lo que puedes hacer es tunearlo y te parecerá otro, no sólo a tí sino -sobre todo- a tus vecinos y tus amigos. Eso te reportará unas cuantas semanas de ilusión y alegría cuanto te pregunten: ¿has cambiado de coche?
Otro ejemplo: antiguamente había vacaciones, mientras que hoy la gente -los que pueden- se van de vacaciones, lo cual es bastante distinto. Si en verano uno se queda en casa es que no ha tenido vacaciones, que no son para descansar sino para cambiar el paisaje, los hábitos, los horarios o los vecinos. Las vacaciones no son para no hacer nada sino para hacer otras cosas diferentes de las habituales. De hecho la gente en vacaciones se fatiga mucho más que de costumbre. Las vacaciones son para que nos cansemos haciendo otras cosas, aquellas que no hacemos cotidianamente pero que nos gusta hacer, es decir, que disfrutamos haciendo cosas distintas.
La política burguesa nos gusta porque es exactamente así, como las vacaciones, un entretenimiento. Nos hace pasar el rato, e incluso a veces nos divierte porque cada vez aparecen más palabras nuevas cuanto más se parece a sí misma. A veces incluso cambian hasta los políticos, es decir, unos políticos sustituyen a otros iguales entre sí y parece que los partidos han dado un vuelco. El PSOE de Pedro Sánchez no tiene nada que ver con el de Rubalcaba. La edición de este año de Gran Hermano tampoco tiene nada que ver con la del año pasado: los concursantes han cambiado, son diferentes.
Si un aficionado a las hemerotecas lee un periódico de hace unos años comprobará que las cosas no sólo han cambiado mucho, sino que han cambiado muy rápidamente. España ya no es lo que era. Por ejemplo, hasta 1987 la prensa se refería a ETA de muchas maneras diferentes, había diversidad de insultos, eufemismos y denominaciones. A partir de entonces se acabó el pluralismo. Un equipo de expertos en comunicación que trabajaba para el Ministerio del Interior impuso un único término que todos los periódicos y cadenas de radio aceptaron sin rechistar: ETA era una banda terrorista.
Las cosas volvieron a cambiar en 2001 y los terroristas ahora ya no son tales, sino yihadistas. El diario ABC justificaba la detención de un magrebí diciendo que en el registro la policía le había encontrado 300 vídeos sobre la yihad y entre paréntesis añadía como sinónimo de yihad: Guerra Santa, con mayúsculas. ¿Os dáis cuenta del peligro que tienen esos vídeos? Es para echarse a temblar. El diario ABC es como los políticos: carece de personalidad propia, es un mero portavoz de la policía. Tampoco traduce del árabe, ni le interesa, porque yihad no significa Guerra Santa.
Con la yihad ocurre como con Catalunya: entre los muchos peligros que nos acechan, España también está amenazada por un «desafío soberanista». No es España la que desafía a Catalunya, sino al revés. Pero, ¿qué más quieren los catalanes?
La manipulación del significado de determinadas palabras y la introducción de otras nuevas tiene una explicación cuyo origen está en los militares más que en la Academia de la Lengua: es la guerra sicológica, que es una parte de la guerra. Decir hoy en un periódico burgués que rebanar el pescuezo de un secuestrado ante las cámaras es yihadismo y no el viejo terrorismo de toda la vida, es una manipulación que va acompañada de todo un nuevo diccionario que poco a poco los medios están imponiendo (células durmientes, lobos solitarios) con titulares como el siguiente: «Fiestas, ropa cara y chicas: el yihadismo ‘cool’ de la ‘generación Gran Hermano'» (El Confidencial, 29 de setiembre).
En muy pocos años se ha creado un nuevo diccionario político con palabras tales como sostenibilidad, globalización, altermundialista, multitud, activista, casta, transversalidad, decrecimiento, género, antipatriarcado, choque de civilizaciones, daños colaterales, contrainformación…
En la lucha de clases, o sea, en la política de verdad, que es la guerra por otros medios, unas palabras no se añaden a otras sino que las sustituyen. Por ejemplo, «referente» sustituye a «vanguardia» y nadie se pregunta por las razones: eso es lo «razonable». Lo otro ha quedado obsoleto como el Seat 600 o los yogures de Mercadona.
Si no hubiera obsolescencia política, nos aburriríamos solemnemente. Hasta 1985 -hace tres décadas- estuvimos luchando contra la Otan y las bases militares. Lo denunciábamos en las radios libres, publicábamos fanzines y hacíamos interminables marchas los domingos por la mañana a Rota y Torrejón, agotadoras reuniones entre semana… Pero nos cansamos de aquello y no volvimos a hablar del asunto porque se había quedado anticuado. Pasemos a otro asunto, y luego a otro, y luego a un tercero… Si logramos inventar un nuevo problema, un nuevo riesgo, un desafío diferente, lograremos olvidar el viejo. Por ejemplo, no recordaremos que pertenecemos a la Otan, un bloque militar imperialista, criminal, bla, bla, bla…
Los seres humanos, animales políticos, decía Aristóteles, tenemos la fortuna de podernos crear nuestros propios problemas, lo cual es una enorme ventaja sobre los animales apolíticos: si logramos crearnos un problema falso, como los videojuegos, nos olvidaremos del problema verdadero.
Los nuevos lenguajes nos regalan un país a la medida de nuestra necesidad de entretenernos y, los más exaltados tienen, además, la posibilidad de lamentarse de él, quejarse y patalear. Pero nunca más allá de unos 30 años, que es la fecha de caducidad política. Por eso tiene razón Pedro Sánchez: si no utilizamos la palabra crisis, la crisis desaparece. Utilicemos otra palabra para hablar de ella. O mejor aún: hablemos de otra cosa.

Israel sometió a los palestinos a trabajos forzados

Yazan al-Saadi

Con el paso del tiempo,  poco a poco, se ha ido exponiendo una gran parte de las circunstancias siniestras y oscuras de la limpieza étnica sionista de Palestina a finales de la década de 1940. Un aspecto -poco estudiado ni tratado en profundidad- es el internamiento de miles de civiles palestinos en al menos 22 de los campos de concentración y trabajo, dirigidos por los sionistas, que existieron de 1948 a 1955. Ahora podemos conocer un poco más sobre los contornos de este crimen histórico gracias a la extensa investigación llevada a cabo por el gran historiador palestino Salman Abu Sitta y el miembro del Centro Palestino de recursos Badil, Terry Rempel.
El estudio -que será publicado en el próximo número de la revista Journal of Palestine Studies– se basa en las casi 500 páginas de los informes del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), escritos durante la guerra de 1948, que han sido desclasificados, puestos a disposición pública en 1996 y descubiertos por casualidad por uno de los autores en 1999.
Además, los autores han reunido los testimonios de 22 antiguos presos palestinos de esos campos civiles, a través de entrevistas que han llevado a cabo ellos mismos en 2002, o documentados por otros en otros momentos.
Con estas fuentes de información, los autores, como ellos dicen, han reconstruido una historia más clara de la forma en que Israel capturó y encarceló a «miles de civiles palestinos como trabajadores forzados» y los explotó «para sostener su economía en tiempo de guerra«.

A la búsqueda del crimen

«Me topé con este pedazo de la historia en la década de 1990 cuando estaba reuniendo material y documentos de los palestinos», dijo Abu Sitta Al-Akhbar. «Cuanto más profundizas, más descubres que los crímenes han ocurrido, que no se han registrado y que no son conocidos».
En aquella época Abu Sitta fue a pasar una semana a Ginebra para visitar los archivos del CICR, que se acababan de inaugurar. Según él los archivos se habían puesto a disposición del público tras las acusaciones de que el CICR había tomado partido por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Era una oportunidad que no podía dejar pasar, mostrar que el CICR había registrado los acontecimientos que tuvieron lugar en Palestina en 1948. Fue allí donde cayó sobre el archivo que trataba la cuestión de los cinco campos de concentración dirigidos por los israelíes.
Entonces decidió buscar testigos o antiguos presos y entrevistar a los palestinos en los territorios de la Palestina ocupada, Siria y Jordania. «Todos ellos han descrito la misma historia y su experiencia real en esos campos», dice.
Inmediatamente le asaltó una pregunta: por qué en la historia había tan pocas referencias sobre estos campos, sobre todo cuando se ha aclarado, gracias a sus investigaciones, que estos campos habían existido y que hubo más de cinco.
«Muchos antiguos presos palestinos vieron el concepto de Israel como un enemigo peligroso, por lo que pensaron que su experiencia de trabajo en estos campos de concentración no era nada en comparación con otra tragedia más grande: la Nakba. La Nakba lo eclipsó todo», explicó Abu Sitta.
«Sin embargo, cuando profundicé en el período de 1948-1955, encontré más referencias como Muhammad Nimr al-Jatib, que fue el imán de Haifa, que transcribió entrevistas con alguien de la familia al-Yahya que estuvo en uno de los campos. Pude localizar el rastro de ese hombre en California y pude discutir con él en 2002», añadió.
Lenta pero firmemente Abu Sitta fue encontrando otras referencias, como la información de un judío llamado Janud, que escribió una tesis de doctorado en la Universidad Hebrea sobre el asunto, y los relatos personales del economista Yusif Sayigh, que contribuyeron confeccionar mejor el alcance y la naturaleza de aquellos campos.
Después de más de una década, Abu Sitta y su coautor, Rempel, pudieron finalmente presentar sus hallazgos al público.

De la carga a la oportunidad: los campos de concentración y de trabajo

El establecimiento de campos de concentración y de trabajo tuvo lugar después de la proclamación unilateral del Estado de Israel en mayo de 1948.
Antes de aquel suceso, el número de palestinos cautivos en manos de los sionistas era bastante reducido, ya que, como se afirma en el estudio, «los dirigentes sionistas concluyeron rápidamente que la expulsión forzada de la población civil era la única manera de crear un Estado judío en Palestina con una mayoría judía lo suficientemente grande como para que fuese ‘viable'». En otras palabras, para los estrategas sionistas, en las fases iniciales de la limpieza étnica, los presos fueron una carga.
Aquellos cálculos cambiaron con la proclamación del Estado de Israel y la participación de las fuerzas armadas de Egipto, Siria, Irak y Transjordania, después de que tuviera lugar el grueso de la limpieza étnica. A partir de aquel momento, «las fuerzas israelíes comenzaron a capturar prisioneros, tanto soldados árabes regulares (para un eventual intercambio), y -de manera selectiva- civiles palestinos no combatientes en buen estado de salud».
El primer campamento fue el de Ijlil, en torno a 13 kilómetros al noreste de Jaffa, en la aldea palestina destruida Ijlil al-Qibiliyya, vacía de población, a comienzos de abril. En su mayoría Ijlil se componía de tiendas de campaña, con cientos y cientos de presos, clasificados como prisioneros de guerra por los israelíes, rodeados de alambre de espino, torres de vigilancia y una puerta con los guardias.
Con las sucesivas conquistas de Israel y el consiguiente aumento del número de presos, se crearon otros tres campos. Son los cuatro campos «oficiales» que los israelíes han reconocido y que el CICR visitó activamente.
En el estudio se señala: «Los cuatro campamentos estaban sobre o eran anexos a instalaciones militares puestas en marcha por los británicos durante el Mandato. Se utilizaron durante la Segunda Guerra Mundial para que el internamiento de los prisioneros de guerra, alemanes, italianos u otros. Dos campos -Atlit, creado en julio a unos 20 kilómetros al sur de Haifa, y Sarafand al-Amar, en el centro de Palestina- ya habían sido utilizados en la década de 1930 y 1940 para la detención de inmigrantes ilegales».
Atlit fue el segundo campo más grande después de Ijlil; podía albergar hasta 2.900 presos, mientras que Sarafand tenía una capacidad máxima de 1.800 presos y Tal Letwinksy, cerca de Tel Aviv, a más de 1.000.
Los cuatro campos estaban administrados por «antiguos oficiales británicos que habían desertado de sus filas, cuando las fuerzas británicas se retiraron de Palestina a mediados de mayo de 1948», y los guardias y el personal administrativo de los campos eran antiguos miembros del Irgún y del grupo Stern, dos grupos calificados como organizaciones terroristas por los británicos antes de su marcha. En total, los cuatro campos «oficiales» empleaban 973 soldados.
Un quinto campamento, llamado Umm Jalid, fue instalado en el sitio de otra aldea vaciada de población, cerca de la colonia sionista de Netanya; incluso se le asignó un número oficial en los registros, pero nunca tuvo estatuto «oficial». Podía albergar a unos 1.500 presos. En contraste con los otros cuatro campamentos, Umm Jalid fue «el primer campamento creado exclusivamente como campo de trabajo» y «el primero de los campos ‘reconocido’ para ser cerrado […] a finales de 1948″.
Además de estos cinco campos «reconocidos», había al menos otros 17 «campos no reconocidos» que no fueron mencionados en las fuentes oficiales, pero que los autores han descubierto a través de muchos testimonios de prisioneros.
«Al parecer, muchos» [campos], dicen los autores, [fueron] «improvisados o ad hoc, a menudo se coponían de una comisaría, una escuela o la casa del notable de la aldea», que podía contener de unas decenas a 200 presos.
La mayoría de los campos, oficiales o no, se situaban dentro de las fronteras del Estado judío propuesto por las Naciones Unidas, «a pesar de que al menos en cuatro [campos no oficiales] -Beersheba, Julis, Bayt Daras y Bayt Nabala- estaban en el Estado árabe asignado por las Naciones Unidas», y otro estaba dentro del «corpus separatum» de Jerusalén.
El número de presos palestinos no combatientes «superó ampliamente» al de soldados árabes las fuerzas armadas regulares o verdaderos prisioneros de guerra. Citando un informe mensual de julio de 1948, escrito por el jefe de la misión del CICR Jacques de Reynier, el estudio indica que de Reynier señaló que «la situación de los internos civiles se había ‘confundido totalmente» con los prisioneros de guerra, y que las autoridades judías ‘trataban a todos los árabes entre los 16 y los 55 años de edad como combatientes y los encerraban como prisioneros de guerra'». Además, el CICR descubrió que entre los presos de los campos oficiales 90 prisioneros eran hombres mayores y 77 eran jóvenes varones de 15 años de edad o menos.
El estudio destaca las declaraciones del delegado del CICR Emile Moeri en enero de 1949 sobre los prisioneros de los campos: «Es doloroso ver a esas pobres gentes, en particular a los ancianos, que han sido arrancados de sus aldeas y enviados sin motivo a estos campos, obligados a pasar el invierno en tiendas de campaña húmedas, lejos de sus familias; los que no son capaces de sobrevivir en estas condiciones mueren. Niños (de 10-12 años) también están en esa situación. Del mismo modo, algunos enfermos que padecen tuberculosis languidecen en los campos en condiciones que, aunque correctas para personas con buena salud, les conducirán sin duda a la muerte si no encontramos una solución a este problema. Desde hace mucho tiempo hemos exigido a las autoridades judías la liberación de estos civiles enfermos que necesitan tratamiento y que se les ponga al cuidado de sus familias o en un hospital árabe, pero no hemos recibido respuesta».
El informe señalaba que «no existen cifras precisas sobre el número total de civiles palestinos detenidos por Israel durante la guerra de 1948-49» y parece que las estimaciones no tienen en cuenta los campamentos de «no oficiales», ni el traslado frecuente de presos entre los campos en funcionamiento. En los cuatro campos «oficiales», el número de presos palestinos nunca superó los 5.000, según los datos de los archivos israelíes.
Basándonos en la capacidad de Umm Jalid y en las estimaciones de los «campamentos no oficiales», el número total de presos palestinos se podría situar en torno a los 7.000, y tal vez mucho más, indica el estudio, si tenemos en cuenta una nota escrita en su diario el 17 de noviembre de 1948 por David Ben-Gurion, uno de los principales dirigentes sionistas y primer ministro de Israel, que habló de «la existencia de 9.000 prisioneros de guerra en campamentos administrados por Israel».
En general, las condiciones de vida en los campamentos «oficiales» estaban muy por debajo de lo que se consideraba adecuado en el derecho internacional de aquella época. Moeri, que visitado constantemente los campos, informó de que en noviembre de 1948 en Ijlil «la mayoría de las tiendas estaban destrozadas», de que el campo «no estaba listo para el invierno», las letrinas no están cubiertas y la cantina no ha funcionado durante dos semanas. Aparentemente, refiriéndose a la situación que existía, declaró que «las fruta siempre es defectuosa, la carne es de mala calidad [y] las legumbres son escasas».
Además, Moeri informó de que él mismo vio «las heridas de la violencia» de la semana anterior, cuando los guardias dispararon a los presos, hiriendo a uno de ellos y moliendo a golpes a otro.
Como muestra el estudio, el estatuto civil de la mayor parte de los presos era claro para los delegados de la CICR en el país, que informaron de que, con toda certeza, los hombres capturados «no habían estado nunca en el ejército regular». Los presos que habían combatido, dice el estudio, fueron «sistemáticamente asesinados por una bala con el pretexto de que habían tratado de escapar».
Cuando no los masacraban, las fuerzas israelíes se centraban siempre en los hombres aptos, dejando atrás a las mujeres, los niños y los ancianos, continuado esa política incluso después de que los niveles de enfrentamiento militar disminuyeran. En su conjunto, como lo muestran los archivos israelíes y cita el estudio, «los civiles palestinos constituían la gran mayoría (el 82 por ciento) de las 5.950 personas clasificadas como internos en los campos de prisioneros de guerra, mientras que los palestinos (civiles y militares) sólo constituían el 85 por ciento».
El secuestro y encarcelamiento a gran escala de civiles palestinos parecen corresponder a campañas militares israelíes. Por ejemplo, una de las primeras redadas importantes tuvo lugar durante la Operación Danj, cuando 60-70.000 palestinos fueron expulsados de las ciudades centrales de Lydda y Ramleh. Al mismo tiempo, entre una cuarta y una quinta parte de la población masculina de esas dos ciudades que tenía más de 15 años de edad, fue enviada a los campos.
La mayor redada de civiles tuvo lugar en las aldeas del centro de Galilea, capturados durante la Operación Hiram, en el otoño de 1948.
Un superviviente palestino, Moussa, describió a los autores lo que vió entonces: «Nos capturaron en todas las aldeas de los alrededores: al-Bina, Deir al-Asad, Nahaf, al-Rama, y Eilabun. Se llevaron a cuatro hombres jóvenes y dispararon contra ellos […] Nos llevaron a pie. Hacía calor. No podíamos beber. Nos llevaron a al-Maghar [aldea drusa palestina], después a Naalal [colonia judía] y a continuación a Atlit».
Un informe de las Naciones Unidas de 16 de noviembre de 1948 corrobora el testimonio de Moussa; indica que 500 palestinos «fueron llevados a marchas forzadas y en vehículos al campo de concentración judío de Nahlal».
La política de atacar a civiles, especialmente los hombres «aptos», no fue una coincidencia, según el estudio, el cual establece que «con decenas de miles de judíos, hombres y mujeres, llamados al servicio militar, los internos civiles palestinos eran un complemento importante de la mano de obra judía civil empleada en virtud de la legislación de emergencia en apoyo de la economía de Israel», que incluso los delegados del CICR señalaron en sus informes.
Los presos fueron obligados a realizar obras públicas y militares, tales como el drenaje de los humedales, a trabajar como empleados, recolectar y transportar los bienes saqueados a los refugiados, remover las piedras de las casas palestinas demolidas, pavimentar las carreteras, cavar trincheras militares, enterrar a los muertos y muchos más.
Como lo describe en el estudio un antiguo preso palestino llamado Habib Mohamed Alí Jarada: «Nos obligaban a trabajar todo el día a punta de pistola. Por la noche, dormíamos en tiendas de campaña. En el invierno, el agua se filtraba por debajo de nuestras camas, hechas de hojas secas, cartones y pedazos de madera».
Otro preso de Umm Khaled, Marwan Iqab al-Yehiya, declaró en una entrevista con los autores: «Tuvimos que romper y transportar piedras todo el día [en una cantera]. Como alimento cotidiano teníamos una patata por la mañana y la mitad de un pescado seco por la noche. Molían a golpes a quien desobedeciera las órdenes». Ese trabajo se entremezclaba con humillaciones de los guardias israelíes; Yehiya habla de presos «alineados y obligados a desnudarse, como castigo por la fuga de dos presos durante la noche».
«Los adultos y los niños [judíos] del kibbutz vecino venían a observarnos, alineados y desnudos, y se reían de nosotros. Para nosotros era terriblemente degradante», agregó.
En los campos los abusos de los guardias israelíes eran sistemáticos y generalizados. El objetivo principal eran los aldeanos, campesinos así como los palestinos de las clases bajas. Lo hicieron así, dice el estudio, porque los presos instruidos «conocían sus derechos, tenían el suficiente coraje para hablar con sus secuestradores y se resistían a ellos».
Lo que también es un apunte interesante del estudio es la manera en que la filiación ideológica entre los presos y sus guardias afectó a sus relaciones mutuas.
Consigna el testimonio de Kamal Ghattas, que fue capturado durante el ataque israelí a Galilea: «Hemos tenido un altercado con nuestros carceleros. 400 de nosotros nos hemos sublevado contra 100 soldados. Trajeron refuerzos. A tres de mis amigos y a mí nos metieron en una celda. Nos amenazaron con disparar contra nosotros. Durante toda la noche cantamos el himno comunista. Nos trasladaron a los cuatro al campo de Umm Khaled. Los israelíes temían por su imagen en Europa. Nuestro contacto con nuestro Comité central y el Mapam [Partido Socialista de Israel] nos salvó… Conocí a un oficial ruso y le dije que nos habían secuestrado de nuesotras casas, aunque no éramos combatientes, lo que constituía una violación de los Convenios de Ginebra. Cuando él supo que yo era comunista, me tomó en sus brazos y me dijo: ‘Camarada, tengo dos hermanos en el Ejército Rojo. ¡Viva Stalin!, ¡Viva la Madre Rusia’«.
Los palestinos menos afortunados fueron sometidos a actos de violencia, incluidas las ejecuciones arbitrarias y la tortura, sin recurso. Las ejecuciones siempre se perpetraron con el pretexto de «intento de fuga» real o supuesta por los guardias.
Las ejecuciones se hicieron tan corrientes que un antiguo preso palestino de Tel Litwinsky, Tewfik Ahmed Juma Ghanim, dijo: «Los que se negaban a trabajar eran asesinados a tiros. Dijeron que habían intentado escapar. Los que pensamos que íbamos a ser asesinados, reculamos ante de los guardias».
Tras la fuerte presión del CICR y otras organizaciones, a finales de 1949, los presos palestinos fueron liberados progresivamente, pero las liberaciones tuvieron un alcance limitado y se concentraron en casos específicos. Los prisioneros de los ejércitos árabes fueron liberados en un intercambio de prisioneros, pero los presos palestinos fueron expulsados unilateralmente al otro lado de la línea del armisticio sin comida, ni provisiones, ni refugio, y se les obligó a caminar y no volver jamás.
Hasta 1955 la mayoría de los civiles palestinos encarcelados no fueron finalmente liberados.

Un crimen permanente

La importancia de este estudio tiene multiples facetas. No sólo revela las numerosas violaciones de la ley y los convenios internacionales de la época, tales como el Reglamento de La Haya de 1907 o los Convenios de Ginebra de 1929, sino que también muestra cómo los acontecimientos modelaron al CICR a largo plazo.
Debido a que el CICR se enfrentó con un protagonista israelí agresivo que no quería atender ni respetar el derecho internacional y los convenios, el propio CICR tuvo que adaptarse a lo que consideró como los medios más prácticos para asegurar que se respetaran los más elementales derechos de los presos civiles palestinos.
En el informe final, el estudio cita a Reynier: El CICR «ha protestado muchas veces afirmando el derecho de esos civiles a disfrutar de su libertad, a menos que sean culpables y juzgados por un tribunal. Pero tácitamente tenemos que aceptar su estatuto de prisioneros de guerra porque de esa manera se benefician de los derechos que la Convención les otorga. De lo contrario, si no estuvieran en los campos, serían expulsados [a un país árabe] en el que, de una u otra manera, sin recursos, llevarían una vida miserable de refugiados».
A final de cuentas, simplemente el CICR y otras organizaciones fueron ineficaces, mientras que impunemente Israel ignoró las condenas, con la cobertura diplomática de las principales potencias occidentales.
Y lo que es más importante aún, el estudio arroja luz sobre la magnitud de los crímenes de Israel tras su nacimiento brutal y sangriento. Y «todavía tenemos mucho que decir», como dice la última línea del estudio.
«Es increíble para mí y para muchos europeos que han visto mis pruebas», dijo Abu Sitta, «que en Palestina se abrieran campos de trabajos forzosos, tres años después de haber sido cerrados en Alemania, y que fueran gestionados por guardias judíos que habían sido prisioneros de los alemanes».
«Que mala imagen para el espíritu humano, cuando el oprimido copia al opresor contra la vida de los inocentes», agregó.
Esencialmente el estudio muestra los fundamentos y principios de la política israelí hacia los civiles palestinos, que se presenta en forma de secuestros, capturas y detenciones. Ese crimen continúa a día de hoy. Basta leer los informes de centenares de palestinos detenidos antes, durante y después de la última guerra de Israel en la franja de Gaza este verano.
«Gaza es hoy un campo de concentración, en nada diferente de los del pasado», concluye Abu Sitta.

Fuente: Al-Akhbar, http://english.al-akhbar.com/content/israels-little-known-concentration-and-labor-camps-1948-1955

¿Serán ciertos esos vídeos? Hmmmmmmm…

N.Bianchi

Pues no lo sé (me refiero a los degollamientos de EI), pero los que aquí, como el menda, pelín carrocilla ya, hicimos caso a nuestra abuela cuando me decía que las imágenes que se veían del hombre pisando la Luna (julio de 1969) eran falsas, ya no me creo nada en medio de una «opulencia informativa» que tapa y manipula las claves para entender la realidad de lo que ocurre y por qué ocurre.

Resulta que Edward Snowden revela que Abu Bakr al-Baghdadi, el llamado «Califa», el jefe de EIIL (Estado Islámico en Irak y Levante), ahora EI a secas, es un judío de nombre Elliot Shimon (hijo de padre y madre judíos). Era un agente operativo del Mosad y entrenado por el servicio secreto israelí en tareas de espionaje contra todo lo que oliera a musulmán y árabe.

De acuerdo con Snowden, «la única solución para la protección del Estado judío es crear un enemigo cerca de sus fronteras». El propósito es luchar contra este «nuevo enemigo» y poder avanzar en sus planes de llegar a construir la «Gran Israel». ¿Será Snowden un «conspiranoico»? Me da que no.

Navegando por ahí me topo con otra tesis «conspiranoica» de tres pares que dice así respecto a los videos que han pasado las televisiones donde se ve a periodistas que van a ser degollados. En concreto se trata del video del «periodista» -le ponemos comillas por lo que luego se verá- John Foley que inició esta degollina.

Sucede que el asesino no comienza su discurso con «Bismillahi Rahmani Rahim».

No hay bandera negra en el video y tendría que haberla (esto es casi como la bandera gringa que se ve ondear en la Luna cuando allí no hay atmósfera).

Foley -y esto se ha hecho notar por ahí- está demasiado tranquilo para alguien que sabe que te van a rebanar de mala manera, como Isaac ante el joputa de su padre Abraham por orden del más joputa Yahvé, que ya hay que ser cabrón.

No hay grito de «Allahu akbar», algo así como «Alá lo quiere», pero no estoy seguro. La cosa es que tenía que haberse proferido ese bramido.

«El asesino» tiene un acento de Londres que justamente tiene la mayor población judía en el Reino Unido, un acento juvenil «cockney», el «cheli» de aquí más o menos.

Foley -y esto es fuerte- fue marginado como un elemento de la CIA por el ex-agente de inteligencia Scott Rickard.

Su familia, la de Foley, no parecía molesta por la noticia de su espeluznante muerte en sus entrevistas en televisión.

Foley fue capturado y puesto en libertad por Gadaffi. Luego «se perdió» en Siria y el Gobierno de los EE.UU. lo reclamó al presidente sirio al-Assad que, lejos e hacerles caso, lo entregó al EI (antes EIIL e ISIS, en inglés). La túnica de color naranja en una zona de guerra es algo rarísimo. Se ven más en las cárceles estadounidenses.

Y, por último, at last but not least, ni se ven, ya lo dijimos, banderas nigras ni el tronitronante grito de Allahu akbar.

En fin, que al igual que la versión que circuló mucho asegurando que el alunizaje se hizo en un plató londinense dirigido por Stanley Kubrick (dos años antes, en 1967, dirigió la magnífica «2001. Odisea en el espacio» y, poco a poco, todo el equipo que intervino en el «rodaje» se fue muriendo de forma sospechosa, incluido Kubrick, aunque este más tarde), pues esto de los vídeos sádicos, hummmm…

Allegro ma non troppo

N. Bianchi

El Partido Nacionalista Vasco no tiene prisa. El PNV juega siempre a largo. El PNV no acepta el dilema de Estatuto o soberanía. El PNV es mesocrático. El PNV, partido burgués, clerical y de orden, es sensato, cuerdo, y se sitúa en la equidistancia y equipolencia entre el inmovilismo criminal y desaprensivo del Gobierno español y las supuestas prisas de la izquierda abertzale (cada vez más abertzale y menos izquierda). El PNV tiene táctica, pero no estrategia salvo cuando convoca a la grey en el anual Alderdi Eguna (Día del Partido, en las campas alavesas de Salburua) donde aparentan inflamarse de cara a la parroquia. El PNV no se decide por ser Aquiles o la tortuga, siempre en aguardo, al acecho, ojo avizor, y entonces ya se verá y según y cómo o cómo me la maravillaría yo. El PNV no es chicha ni limoná ni todo lo contrario y se la pasa, como dice la canción, caracoleando, caramba, al precio de nuestra dignidad. El PNV es la ambigüedad calculada y la indefinición estudiada.

El PNV a veces quiere dar la sensación de correr de prisa pero no demasiado (allegro ma non troppo). El PNV habla de “modos y ritmos” pero dice vísteme despacio que tengo prisa. El PNV mira al cielo, se cae a un pozo (como Tales de Mileto que no era, afortunadamente, del PNV) y se saca del mismo tirándose de su coleta (como el Barón de Münchausen). El PNV es alotrópico y un día se levanta levógiro y otro se acuesta dextrógiro. O al revés, berdin da (es igual). El PNV dice apostar –costumbre muy vasca tratándose de juegos- a largo mientras pone palos a las ruedas a corto. El PNV es un partido eleático y elástico y piensa que el movimiento no se demuestra andando, sino en círculos (viciosos). El PNV, además, cree en la cuadratura del círculo y que el camello –ionizado dizque derretido en partículas subatómicas- pase por el ojo de una aguja (de coser). El PNV, la burguesía nacional, tiene en sus manos el proceso, se lo recuerda constantemente la reformista izquieda abertzale que se pone a rebufo de buen grado, y los dedos se le hacen huéspedes. El PNV sabe que Euskal Herria –o Euskadi- es una nación, pero ellos son una fracción de la oligarquía nacional española dominante. El PNV se hizo nacionalista con el incipiente capitalismo español y se hará separatista en una España roja. El PNV no se decide en si llevarnos al huerto o romper amarras.

De momento, como siempre, a verlas venir… en Catalunya. Y la izquierda abertzale lo mismo.

El colonialismo ideológico de la posguerra

Juan Manuel Olarieta

Siguiendo la pauta del ensayo -ya clásico- de Saunders Stonor, de imprescindible lectura (1), no hace mucho que la cadena de televisión franco-alemana Arte emitió un documental (2) sobre la instrumentalización por la CIA de antiguos nazis para infiltrar y dirigir la cultura progresista en diversos países de Europa. Era el fruto de tres años de investigaciones y mostraba las vías por las cuales el espionaje estadounidense manipuló los círculos artísticos e intelectuales europeos durante la guerra fría.

En toda Europa fueron numerosos los escritores que trabajaron a sueldo de la CIA a través del Congreso para la Libertad de la Cultura, una pantalla que tenía su sede en París y desde donde extendió sus tentáculos por África, Medio Oriente y Latinoamérica. Era una fábrica de anticomunismo que tenía por objetivo sustraer a los intelectuales progresistas de la influencia del marxismo para volverlos contra la URSS.

La revista de cabecera era «Preuves», dirigida por el sociólogo francés Raymond Arond, al que pusieron de moda y cuyas obras convirtieron entonces en manuales de obligatoria lectura en las facultades universitarias.

En Alemania el Congreso se organizó en 1950 en Berlín, en la zona de ocupación militar estadounidense, aunque también tuvo sucursales en Frankfurt, Colonia y Munich. Su portavoz era la revista «Der Monat», subvencionada por la CIA hasta 1958. Entre sus colaboradores había periodistas, editores y profesores universitarios.

En Colonia la CIA estableció relaciones provilgiadas con las redacciones de los periódicos y la televisión. Uno de los colaboradores habituales del imperialismo fue el escritor Heinrich Böll, que recibió el Premio Nobel de Literatura en 1972. Pero en las nóminas del espionaje no faltaron tampoco pintores, historiadores, músicos, cineastas y filósofos.

Las razones eran obvias. En 1945 la URSS no sólo no había sido derrotada en la guerra sino que su influencia era mayor que nunca. Su propia subsistencia era un desafío para las potencias imperialistas que se extendía a todos los terrenos, incluido el ideológico. Era una situación incompatible con el imperialismo, cuya hegemonía también tiene que ser cultural, filosófica, científica, artística, literaria, cinematográfica…

Después de la II Guerra Mundial, en Europa occidental los estadounidenses impusieron sus concepciones de la misma manera que sus armas nucleares y su sistema monetario. El imperialismo no podría dominar si no dispusiera, además de las herramientas militares, diplomáticas y económicas, las de tipo ideológico. El dominio tampoco sería posible si la ideología imperialista se presentara como lo que realmente es: como tal ideología. Para facilitar su penetración tiene que presentarse como la única forma posible de historia, cultura, sicología, arte, filosofía o cine. Es la manera de llegar hasta las escuelas más remotamente alejadas de los centros intelectuales que las han elaborado, cuando los niños empiezan a leer los manuales de adoctrinamiento y sumisión en forma de cuentos o películas de dibujos animados de Walt Disney.

Tras la industria espacial, la segunda exportación más cuantiosa de Estados Unidos es eso que llaman «entretenimiento», el «show bussines»: la cultura como mercancía. Pero la hegemonía no llegó sólo de la mano de Hollywood. Bajo la cortina de humo del «intercambio» (viajes, becas, cursos, editoriales) se implementó un proyecto para formar a los llamados «hemisphere leaders» (economistas, militares, artistas y periodistas), clones fabricados siguiendo el patrón universitario estadounidense. Para exportar su ideología por todo el mundo, Estados Unidos abrió bibliotecas, fundaciones y centros culturales, estableció agencias de prensa y estaciones de radio, creó instituciones públicas especializadas en propaganda exterior como la USIS (Unites States Information Service) y la USIA (United States Information Agency).

Aún a fecha de hoy una parte muy importante del fondo bibliográfico de las editoriales y las bibliotecas se compone de libros distribuidos (y en buen parte regalados) por las instituciones «educativas» gringas durante la guerra fría. Sólo en 1965 la USIS financió la traducción y distribución de más de 14 millones de libros de muy diverso tipo, con el mismo contenido ideológico y propagandístico, verdaderas obras de encargo. El Reader’s Digest es sólo uno de los ejemplos más conocidos de esa colonización cultural (3). Hace años Jason Epstein lo resumió de la forma siguiente:

«No es cuestión de comprar a unos escritores o a unos universitarios, sino de establecer un sistema de valores arbitrario y ficticio mediante el cual los universitarios obtienen adelantos, los redactores de revistas son pagados, los sabios son subvencionados y sus obras publicadas, no ya, necesariamente, a causa de su valor intríseco, a pesar de que éste sea a veces considerable, sino a causa de su obediencia política […] La CIA y la Fundación Ford, entre otros organismos, han establecido y financiado un aparato de intelectuales seleccionados por sus posturas correctas en la guerra fría» (4).

Pero no bastó con formar los nuevos cuadros intelectuales que iban a dirigir el mundo «libre»; también fueron necesarios nuevos institutos, universidades y centros de investigación que desplazaran a los anteriores, especialmente a las universidades tradicionales y las enseñanzas tradicionales, que se consideraron «anticuadas». A través de fondos del International Education Board, la Fundación Rockefeller movió los hilos de la «formación» en la Europa de la posguerra. No es una paradoja sino la esencia misma del proyecto: los fondos previstos para la enseñanza no se destinaron a las universidades porque su objetivo no era divulgar los conocimientos ya existentes sino de imponer en Europa lo que en Estados Unidos consideran como nuevo y verdadero conocimiento (filosófico, económico, histórico).

Por ejemplo, a pesar de la oposición de las universidades, Rothschild financió en Francia la construcción del Instituto de biología físico-química que, tras la guerra mundial, pasó a ser financiado por Rockefeller.

En España ocurrió exactamente lo mismo: la fundación del Instituto Nacional de Física y Química, conocido entre los científicos como «el Rockefeller», se inició en 1926 en Madrid gracias a un préstamo de 420.000 dólares de aquella Fundación. Hasta los arquitectos que levantaron los planos del edificio dejaron constancia del servilismo que acompaña siempre a quienes se acojen a la caridad ajena. En su memoria reconocieron que habían optado por el racionalismo americano frente al europeo y que, además, «se proyectó un orden alargado del estilo llamado colonial norteamericano, y se hizo así pensando en que Rockefeller, que prohibe que su nombre figure en sus donaciones, tuviera un recuerdo, aunque fuera mudo» (5).

Todo esto me lleva a sospechar que es probable que en España el espectacular fracaso escolar y universitario tenga alguna relación con el hecho de que las enseñanzas nazis e imperialistas que los profesores imparten en los centros educativos les revuelven las tripas a los estudiantes.

(1) F.Saunders Stonor, La CIA y la guerra fría cultural, Debate, Madrid, 2001.
(2) La CIA infiltre et contrôle la culture des pays d’Europe, http://www.youtube.com/watch?v=qer-2PB8gfM
(3) Joanne P. Sharp: Condensing the Cold War: Reader’s Digest and american identity, University of Minnesota Press, 2000.
(4) Cfr. Claude Julien: El imperio americano, Nova Terra, Barcelona, 1969, pg.338.
(5) Cfr. C.González Ibáñez y A.Santamaría García (eds.): Física y química en la Colina de los Chopos: 75 años de investigación en el Edificio Rockefeller del CSIC (1932-2007), CSIC, Madrid, 2009.

El partido de los mártires

Salam Adil (1924-1963)
Juan Manuel Olarieta

Si a la manera usual medimos la fuerza de un partido comunista por el número de sus militantes, el de Irak fue el más fuerte de Oriente Medio. En la manifestación del Primero de Mayo de 1959 un millón de obreros y campesinos desfilaron bajo sus banderas -y no había otras- por las calles de Bagdad. En aquella época, bajo el gobierno del General Kassem (1958-1963), había 3.500 organizaciones campesinas, de las que un 60 por ciento estaban dirigidas por los comunistas.

Eso es lo que algunos entienden por «fuerza» y no cabe duda de que lo es, sobre todo si, como sucedía entonces en Irak, el partido comunista carecía de rivales: era la principal fuerza organizada, en donde la palabra «organizada» es tan importante -al menos- como la «fuerza». ¿O hemos de entender como fuerza la aglomeración multitudinaria de gente en un concierto de música?

La verdadera fuerza es la organización, algo que no depende sólo de los militantes sino también de la lucha de clases, es decir, que independientemente de la represión que ejerza la burguesía, el proletariado tiene que asegurar la organización de sus fuerzas o, dicho con otras palabras: la vanguardia no puede quedar a merced de la burguesía.

Es lo que sucedió en Irak en 1963, cuando un golpe de Estado de la CIA y sus tentáculos «nacionalistas» locales (baasistas, panarabistas, nasseristas) derribaron al gobierno del General Kassem. No se puede decir que entonces se iniciara la persecución de los comunistas, que ya existía con anterioridad, sino que se intensificó brutalmente. Los «nacionalistas» lanzaron la famosa Proclama Número 13 llamando al exterminio de los comunistas. El Secretario General del Partido Comunista, Husain Ahmad al-Radi, conocido clandestinamente como Salam Adil, fue detenido y torturado hasta la muerte. Las cárceles se llenaron y miles de militantes fueron asesinados en tiroteos callejeros, emboscadas en las montañas o interrogatorios salvajes. En todo el mundo el Partido Comunista de Irak fue conocido como el partido de los mártires, una página legendaria no sólo del movimiento comunista internacional sino de los propios obreros y campesinos de Irak, en cuya memoria la resistencia comunista adquirió un carácter realmente mitológico, y aún pervive.

Pero la posguerra en España ya había demostrado que el exterminio de los comunistas es una tarea imposible. Se trataba de algo más sutil: de doblegarles, forzándoles a que renegaran de sus principios, de su programa y de su ideología, popularizándose entonces una expresión árabe, Al-Baráa, que puede traducirse como «La Renuncia». Si no era posible acabar con los comunistas, había que lograr que renegaran de sí mismos. Los golpistas sabían que después del XX Congreso del PCUS los tiempos eran favorables: si los soviéticos habían renegado, los irakíes no se iban a quedar atrás.

La lucha interna por mantener la identidad comunista en tan difíciles circunstancias de clandestinidad, exilio y cárcel dio lugar a una vasta labor cultural cuya mejor expresión quizá sea el poema de Mudhaffar al-Nawwab escrito en la cárcel en árabe dialectal, es decir, en un leguaje revolucionario que utilizaba expresiones populares. El poema Al-Baráa se hizo tan célebre en todo el mundo árabe, que el gobierno le añadió al escritor tres meses de cárcel adicionales. Se trata de una carta que la madre y la hermana de un comunista preso le escriben para animarle a mantenerse firme en defensa de sus principios y de su dignidad. Acaba de la siguiente manera:

Hijo mío, estréchame entre tus brazos
y cuenta los cabellos blancos que he adquirido al cuidar de tí hasta esta hora.
Pon tus manos en mis cabellos blancos
y jura por mi noble leche materna, gota a gota,
y por la poca vista que me queda,
Dime:
«No claudicaré, tú eres mi madre
y este es mi Partido,
el orgullo de mi padre, que ni él ni yo hemos dejado caer»
.
Dime:
«No destruiré un Partido
que he construido con mis propias manos»
.

El comunismo no está sólo en las obras escogidas de Lenin, sino en la cultura de la resistencia que ha expandido por los cinco continentes con canciones, con pinturas, con teatro, con novelas que forman parte de la historia de un movimiento obrero pletórico de héroes perseguidos, encarcelados, torturados y asesinados por eso que la madre hace jurar a su hijo en el poema: por no renunciar.

Pero demos ahora un salto de medio siglo en la historia de Irak: en julio de 2003, sólo tres meses después de la ocupación de Irak por el imperialismo, se produjo un vergonzoso acto histórico cuando el virrey de la Casa Blanca en Bagdad, Paul Bremer, incluyó a Hamid Majid Musa, secretario general del Partido Comunista entre los 25 cipayos del gobierno provisional. A otro dirigente, Mufid al-Jazairi, le nombró ministro de Cultura, cargo que siguió ocupando en el gobierno títere entre junio de 2004 y marzo de 2005.

En 1959 votaban a los candidatos comunistas hasta los estudiantes de las facultades de teología islámica; en las «elecciones» de enero de 2005 no obtuvieron ni el 1 por ciento de los votos.

El Partido Comunista de Irak no fue destruido ni por el imperialismo ni por sus agentes locales: se autodestruyó a sí mismo. Sucedió lo que el poema de Al-Nawwab trataba de impedir: los comunistas renegaron de sus principios, de su ideología y de su programa. Los llorones se justificarán echando balones fuera («la culpa fue de la represión, o del imperialismo, o de la guerra») pero en Irak, como en cualquier otra parte, los comunistas saben que su verdadera fuerza no es su número sino su ideología, su programa y su estrategia y que cualquier intento de liquidación empieza por ahí: por Al-Baráa.

Los comunistas irakíes destruyeron al partido de los mártires con sus propias manos y, como a los demás, les costará reconstruirlo, sobre todo si creen que su «fuerza» radica en su número, es decir, en llenarlo de afiliados indolentes, fatigados, acobardados y -sobre todo- renegados. «Un partido se fortalece depurándose», le escribía Lassalle a Marx en 1852, o sea, hace un siglo y medio que el movimiento obrero sabe estas cosas (o debería).

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