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Mes: mayo 2014 (página 1 de 2)

‘Podemos’ hasta en la sopa

Juan Manuel Olarieta

Lo malo de desayunar con las noticias es que ahora en los medios no hay otra noticia que «Podemos», y la tostada se me ha indigestado en el paladar. Desde antes de las elecciones europeas ya venía yo un poco saturado de tanto tostón…

La ley número uno de la «información», es decir, de la intoxicación propagandística burguesa, es el principio dialéctico de saturación: cuando hay un exceso de noticias sobre un asunto es porque no hay tal asunto, o sea, porque hay un vacío. Es lo mismo que correr en una bicicleta estática: sudas mucho para no ir a ninguna parte.

El principio número dos de la intoxicación dice así: si estás sudando a chorros y no avanzas nada es porque la bicicleta estática no es para desplazarse sino para ejercitar las piernas. La intoxicación sobre un asunto que no existe tapa el asunto que sí existe de verdad. Por lo tanto, «Podemos» es un señuelo; se están dejando utilizar. Son la salsa rosa de los telediarios, los Paquirrín de la politiquería. Les entusiasma haberse convertido en «vedettes» de algo que se había hundido estrepitosamente, porque antes no se hablaba de otra cosa que del desprestigio institucional, porque antes todo eran escraches, acoso e insultos generalizados, hasta el punto de que muchos actos electorales se habían tenido que suspender.

«Podemos» ha dignificado otra vez la politiquería. La democracia ha vuelto a este país porque se demuestra que nostros «podemos», es decir, que el sueño (el señuelo) es posible: las cosas se pueden cambiar desde dentro y además no es tan difícil ni doloroso, que tenemos «alternancia», o sea, alternativas. Cuando la gente pregunta si es posible una «segunda transición» aquí tiene la respuesta, que ya está en marcha. Por consiguiente, más bien lo que debería preguntar es si la segunda va a ser igual que la primera, es decir, si va a ser otra «traición».

La respuesta es que para que haya traición tiene que haber confianza: si alguien cree que «Podemos» va a hacer algo, quiere hacer o puede hacer algo, se sentirá traicionado lo mismo que hace 35 años. Si quiere ahorrarse una decepción tendrá que empezar desde ahora mismo a pensar en otra cosa. Tendrá que empezar a pensar en podemos en lugar de pensar en «Podemos».

Poniendo a «Podemos» en la primera plana los medios de intoxicación están lavándole la cara a estas podridas instituciones públicas. Se trata del enésimo montaje propagandístico para sacar a este Estado del descrédito, para ocultar que el verdadero y único protagonista de las elecciones europeas ha vuelto a ser el boicot masivo y activo, es decir, que la mayoría no sólo no acepta a unos o a otros sino que no acepta a nadie, que lo que no acepta es esta situación de explotación, miseria y saqueo.

En lo que me concierne, para huir de las noticias de estos días venía dedicándome a leer prensa científica, pero no he podido: también ahí me he topado con «Podemos» en forma de una entrevista al eurodiputado Pablo Echenique-Robba (*), que es doctor en física y miembro del Consejo Superior de Investigaciones Centíficas. Me ha recordado al franquismo, cuando los rectores de las universidades, decanos y académicos eran «procuradores» de las Cortes. Así llamaban entonces a los diputados. Lo mismo pasa con los de «Podemos», que están tan laureados, por lo menos, como los políticos franquistas.

Como la mayor parte de los universitarios y políticos, las declaraciones de Echenique-Robba no van más allá de cuatro vulgaridades espantosas, tales como «las cosas no son buenas ni malas, depende de cómo las utilices». Por ejemplo, «como científico» él no está en contra de los transgénicos. Pero hay «gente desinformada» que no tenemos ni idea del asunto porque no somos científicos como él. «Ya me encargaré yo», dice, primero de informarnos y luego de convencernos.

Veamos: aunque Echenique-Robba no ha preguntado la opinión de sus camaradas, ni la mía, supone que estamos equivocados, y lo que es peor, que no estamos ni siquiera informados al respecto. No nos hemos preocupado de informarnos, luego necesariamente estamos equivocados. De ahí viene el título de la entrevista: “En la izquierda a veces la gente se vuelve anticientífica”. Uno no puede ser anticientífico y la ciencia es lo que los científicos dicen que es, lo mismo que la economía es lo que los economistas dicen que es. Los lectores que no tengan título lo que deben hacer es lo que digan los que sí lo tienen. No pueden opinar de otra manera diferente.

Pues bien: según Echenique-Robba «todos» los científicos están a favor de los transgéncos porque son gente «más instruida». Da gusto y tranquiliza dejar nuestros asuntos en manos de gente tan ilustrada como el eurodiputado Echenique-Robba.

¿Cuál es el verdadero problema de los transgénicos? Que están en manos de multinacionales, las cuales «imponen sus condiciones» a los pequeños campesinos. Mi conclusión es la siguiente: si el problema no son los transgénicos sino las multinacionales (o sea, los monopolios) el asunto pasa de la biotecnología a la economía y entonces el ilustrado Echenique-Robba deja de ser tan ilustre y el expediente lo debemos dejar en manos de los economistas. ¿Qué opinan ellos de los transgénicos? ¿Son rentables? ¿Crean puestos de trabajo? ¿Aumentan las exportaciones?

De la economía pasamos a la política porque la rentabilidad deriva de que los grandes «imponen sus condiciones» a los pequeños y entonces cambiamos de facultad y tenemos que irnos a Somosaguas, a preguntar a politólogos como Pablo Iglesias. Pero atención: no a los políticos, ya que «cualquiera» es político. Me refiero a los polítólogos, que son aquellos que tienen el certificado correspondiente expedido por el Ministerio de Educación.

Antes de ponernos a pensar por nuestra cuenta, los que no tenemos lustre debemos ser ilustrados por profesores y profesionales como Pablo Iglesias. Doctores tiene la Santa Madre Iglesia… y todos ellos están en «Podemos».

(*) “En la izquierda a veces la gente se vuelve anticientífica”, http://esmateria.com/2014/05/30/yo-inclino-por-usar-ratoncitos-en-investigacion-para-acercar-una-medicina-humanos/

Nacionalismo español (III)

Nicolás Bianchi
Hace unos años durante la final de la Copa del Rey entre el Athletic de Bilbao y el F. C. Barcelona el himno español fue ahogado por la sonora pitada de las dos aficiones concurridas en Valencia. Luego, también en Mestalla, se celebró otra final entre el Real Madrid y el Barça. El himno fue vitoreado mayormente por la afición blanca y abucheado por la culé. Una Copa devaluada y venida a menos es celebrada toda la noche en Cibeles de manera freudiana o, mejor, jungiana. Si el rival del Madrid hubiera sido, digamos, el Zaragoza, no hubiera habido tanto rebombio, ni muchísimo menos. Pero se trataba del Barcelona, no el equipo a batir deportivamente, sino el “enemigo” a derrotar. Y ello como quien alancea un moro. Porque un catalán no es un español “como nosotros” y, si lo es, lo es con fórceps. No hace falta que lo llame (=insulte) “separatista” pues, aunque permanezca mudo, yo se lo recordaré ejerciendo de “separador”. Es como el chiste de El Perich: “ríndete, hijoputa, cabrón”. Y el otro: “hombre, si empezamos así, insultando, se va a rendir tu puta madre”.

Siguiendo ahora con nuestro autor de referencia, Pérez Garzón, pues no ocultamos nunca nuestras fuentes ni nos tiramos el moco de nada, diremos que desde mediados del siglo XIX hubo manuales escolares de historia española por primera vez obligatorios, es decir, la enseñanza se funcionarizó y ya dejó de ser una función gremial de maestro improvisado de primeras letras, que yo he visto de crío en aldeas burgalesas. Por lo menos, con el Estado liberal, aunque celoso de convertir a sus ciudadanos en “patriotas”, no había tanto cura. ¿Qué enseñaban? A Modesto Lafuente, un precursor involuntario de la Enciclopedia Álvarez franquista donde, al menos, se asumió que la historia era algo más que la mera relación cronológica de reinados y dinastías y se hizo del “pueblo español” el verdadero protagonista de la historia de España, siempre, eso sí, a partir del relato cronológico de los reyes porque, en definitiva, la monarquía se exaltaba como hilo conductor del devenir nacional. El historiador Américo Castro rememora (murió en 1971, creo) que en la escuela le enseñaban que “Túbal, hijo de Jafet y nieto de Noé, fue el primer poblador de España”. O sea, que “España” ya estaba… ahí. Es decir, ”aquí”, pero, ¿cuál? La de las Cuevas de Altamira, Trajano, Numancia, Viriato y Manolete.

Y en los días que hemos estado de procesiones, cirios, saetas y la madre que los parió a todos, recordemos que en el Trienio Liberal (1820-23) de Riego había “procesiones cívicas” (hoy serían ateas) secularizando el martirologio de los luchadores por la libertad: los comuneros de Castilla, los patriotas (entonces “terroristas”) de 1808, los militares Porlier, Lacy y, pocos años más tarde, Torrijos y Mariana Pineda. Ya no eran monumentos a los reyes, sino plazas y paseos como espacios públicos dedicados a bienhechores de la nación y su salud pública. Como, por ejemplo y sin ir más lejos, Iker Casillas, a quien quieren dedicar una calle en Madrid por inventar la penicilina, creo, no estoy seguro.

El niño preguntará al padre: ¿y este fulano, quién es?” Un héroe, hijo, un héroe…

El ‘efecto Podemos’

Nicolás Bianchi

Si nos guiamos por los parámetros electorales de las convencionales democracias burguesas -suponiendo que la española lo sea, que es mucho suponer-, es indudable que los resultados obtenidos por la candidatura a las elecciones europeas «Podemos» (we can, en inglés, yes, we can), encabezada por el profesor Pablo Iglesias, ha constituido una sorpresa -incluidos ellos mismos que tal pareciera o diera la impresión, desde el exterior avisado, al menos para quien esto escribe, que se tomaran las elecciones europeas, después de una farra, como un juego lúdico, un divertimento deportivo, un jijijajá y a ver qué pasa, y ello sin llamar a la abstención activa, no, esto no- y, decíamos, un «éxito» electoral. Desde luego, de lo que estamos seguros, es de que a Izquierda Unida no le ha hecho mucha gracia este «éxito», pero, con el tiempo, ya se entenderán… Para la caverna mediática son de «extrema izquierda». Saben que no es así, pero toca etiquetarlos de esa guisa cara a su parroquia.

De lo que tampoco puede caber duda es que dicho orgasmo electoral no hubiera sido tal -al menos de esa magnitud y en esa medida- de no haber contado con la apoyatura y estiba mediática de los canales (privados) de televisión. Especialmente, más que la sigla, su starring, su protagonista: Pablo Iglesias. Estos partidos (?) que surgen de la nada, como quien dice, y se forman en dos días, como quien dice también, van ligados a una persona, algo que también pasa con los partidos llamados «mayoritarios» lo que le tenía mártir al bueno de Julio Anguita y su «programa, programa, programa». Son Iglesias, en este caso; el tísico y congestionado Javier Nart por Ciutadans; el misoneísta Vidal-Quadras, de familia esclavista en la Cuba finisecular por Vox o el semoviente juez Elpidio Siva, etc. Ya pasó antes, en 1989, creo, en otras elecciones europeas con el extravagante Ruiz-Mateos en que sacó dos eurodiputados.

No son precisamente líderes naturales que se mueven entre la clase obrera y surgen de ella. Esto, nos dicen, es obsoleto. Está pasado de moda y, además, puedes acabar en el trullo, quita, quita. Al revés: lo que mola son los líderes artificialmente creados, construidos, fabricados y catapultados por los medios de (in)comunicación, en concreto la televisión. Y es que ya no existen las «masas» a las que apelaban los grandes revolucionarios desde Espartaco hasta Lenin. No, no, esto no en tiempos posmodernos, o posposmodernos, o transmodernos. AHORA LO QUE HAY ES… «PÚBLICO» (y no gente, masas, pueblo). Un «público» que consume (no ve, no mira: consume como catatónico) televisión y oye (medio adormilado) la radio. Aquí entran los tertulianos, los «tertulistos», una plaga bíblica que asola y azota la especie humana aquí y en Pekín no sabemos, pero aquí cosa mala. Y aquí, también, pues no estamos hablando de un extraterrestre, entra, también, Pablo Iglesias, contertulio de varias cadenas, incluida la desaparecida -en abierto- Intereconomía (la cadena del «Tea Party» español), además del programa -que conduce y presenta él- «Fort Apache» (antes «La Tuerka») que hace en Vallecas. Aquí, en las tertulias, se hizo popular Iglesias. Y ello con un innegable discurso ágil -es académico, o sea, es respetuoso y no grita- y de izquierdas. La caverna, el búnker que se decía hace años, lo tilda de «demagógico». Y los bienintencionados de «utópico». Pero ni una cosa ni otra: lo que dice es razonable, sensato y lo firmaría cualquiera que no sea un hijoputa. Ocurre que hay truco. En boxeo diríamos que hay tongo. Pablo Iglesias, se encuentra como pez en el agua siempre que le pongan como contertulios a trogloditas o fascistas como, se me ocurren, hay más, el histérico y dipsómano Herman Tersch, el amoral y cínico Alfonso Rojo (este iba de anarquista de joven), el impoluto dandy Eduardo Inda, el payaso compulsivo Marhuenda o ande yo caliente y ríase la gente, el histriónico discípulo de Giménez Caballero, Fernando Sánchez Dragó y demás fauna televisiva. En la radio estarían, entre otros, el lamebotas e inculto cum laude Ernesto Sáenz de Buruaga en la COPE, el machista insufrible y facha Carlos Herrera o el sinuoso y sibilino Federico Jiménez Losantos, que este, al menos, de inculto, nada.

Con estos «rivales», tan casposos y cutres, se tiene que «enfrentar» y «debatir» Pablo Iglesias. Lo tiene fácil, se lo ponen a güevo. No hace falta más que decir lo que pasa y la gente ve para salir airoso y ovacionado. Pero -siempre hay un pero- ocurre que el problema sería que se las tuviera que ver con voces, que haberlas haylas, realmente de izquierdas, «sin disfraz ni vacuna», que decía Unamuno, con revolucionarios, con antifascistas, con marxistas-leninistas o con libertarios. Aquí, tal vez, se sentiría incómodo. Estos van de verdad, estos se creen lo que dicen, pensaría. «Están piraos», le dirían sus asesores. Y decimos «tal vez» porque nunca veremos un debate de esas características. Y, si lo hubiera, no iría él. Lo eludiría voluntariamente.

Así que nada, oiga, veremos la Revolución televisada desde el sofá, como quien ve la final de la Champion’s. ¡A ver, qué pasa con esos calamares, cojones, que empieza la Revolución, ostias!

Nacionalismo español (II)

Nicolás Bianchi
No hay que engañarse: lo estricta y genuinamente “español” es lo castellano (como pudo haber sido lo astur-leonés). Pero no podía decirse lo “galaico-castellano” o lo “vascongado-castellano” y menos lo “castellano-castellano”, pero sí lo gallego-español, lo vasco-español y lo español por antonomasia: lo castellano. Todo es español, un término, por cierto, que si a Américo Castro hacemos caso, ni siquiera es “español”, sino de origen provenzal. En términos lingüísticos, no se hablaría el “vasco-castellano”, sino el español sin más, igual que en el Río de la Plata no se habla “argentino”, sino “español”. O en México (pronúnciese la x como jota).

Todavía se repite la mixtificación de que los Reyes Católicos unieron “España” cuando, en realidad, sólo casaron dos reinos, pero sobre todo conquistaron otros dos: el navarro y el granadino-nazarí. O que la expulsión de judíos y moriscos se justificaba en aras de esa “unidad religiosa tan necesaria –nos dice Pérez Garzón- para afianzar la unidad política”. Ni existía “España” ni mucho menos la “nación española”. Como tampoco existía la nación vasca o la catalana.

El concepto de España como sustancia con independencia ontológica se fraguó en el siglo XIX para dar soporte de soberanía política al proceso de organización de un Estado liberal homogeneizado y codificado de una nación de ciudadanos propietarios (o sea, la inmensa minoría) y de un mercado para el despliegue de las formas capitalistas. Fuesen republicanos, progresistas, doctrinarios o tradicionalistas, superpusieron la “nación cultural” a la política desde una perspectiva esencialista de España que, al devenir en sustancia, permitía retroproyectar el presente hacia remotos siglos del pasado. Por ejemplo, Isidoro de Hispalis es San Isidoro de Sevilla, de godo a español. Y para Menéndez Pidal, ”historiador nacional”.

A partir de la consolidación de la revolución liberal se hizo realidad un nuevo modo de escribir e interpretar el pasado. Los historiadores lograron reforzar la idea de continuidad histórica desde los primitivos pobladores, prehistóricos, de la península hasta el Estado liberal, y así extendieron la denominación de “españoles” a los pueblos de la antigüedad peninsular (el Jabato sería ibero a fuer de protoespañol, en fin…). Y todos los historiadores se reclamaban “objetivos”.

Al pueblo español se le dotaba de ingredientes perennes y se le definía con carácter inmutable desde la óptica del romanticismo historicista. Bajo este prisma, claro es, no puede extrañar que las dinastías musulmanas de ocho siglos de historia no dejaran de ser el paréntesis de esos “otros” –los árabes- que invadieron “lo español”. O sea, desde Viriato hasta Daoiz y Velarde pasando por el Cid, Fernando el Santo, Guzmán el Bueno o Hernán Cortés como encarnaciones y arquetipos del carácter español.

Hoy los proeles son San Raúl González y Sergio Ramos, mástiles y faros de “la Roja” esa.

Nacionalismo español

Nicolás Bianchi

Vamos a partir de una conclusión que habría que demostrar y a la que llega el historiador Juan Sisinio Pérez Garzón en su libro “La gestión de la memoria”.

La tesis es que, por ejemplo, un concepto tan usado como el de “cultura española” se ve incuestionable por obvio. Juega con la ventaja de un nacionalismo que no se presenta como tal y que da por supuesto que “lo español” ya está definido de una vez por todas y acabáramos.

Vaya por delante que ninguna cultura nacional o idioma o religión se han formado en aislamiento, no son productos endógenos. El lerdismo actual ultranacionalista y chovinista, una vez conquistado el islote de Perejil, hazaña bélica sin par, encuentra uno de sus últimos refugios en el deporte profesional (trufado de dopajes). Pones la radio o enchufas la tele y un locutor nos informa de qué han hecho “los nuestros” en la NBA norteamericana, algo de rabiosa actualidad. Ya no es el español tan bajito. Recuerdo al ciclista ¿español? Luis Ocaña, hijo de emigrantes conquenses en la República francesa. Sus éxitos deportivos vinieron de perlas a la escuálida dieta patriótica española. Pero Ocaña (en francés “Ocana”) tenía un defecto glosopédico: su fortísimo acento francés cuando se expresaba en “español”. Y una tara: en el idioma de Molière se expresaba infinitamente mejor que en el de Cervantes. Luego se suicidó y ya nadie se acuerda de sus gestas en el Tour. Era un español “a medias”, sin el ADN de Bahamontes, que este sí que era español de cojones.

El ejemplo tal vez esté cogido por los pelos, pero las patentes de españolidad dicen que no es lo mismo un triunfo del pinteño Contador que del navarro Indurain, entre un cristiano viejo o un probable agote. Los Reyes Católicos “ya eran españoles”, según la historiografía liberal del siglo XIX, y no digamos el Cid (Viriato no, éste sería “portugués”, lusitano) o Isidoro de Sevilla (Hispalis). Los musulmanes derrotados en Granada no eran “españoles”, ni siquiera “otros españoles” como los sefardíes expulsados de su tierra. Y, sin embargo, en las relaciones internacionales, los “hispanos” eran los árabes peninsulares. El resto astures, leoneses, castellanos, navarros, aragoneses, en definitiva, ”cristianos”, pero jamás “españoles”. Abderramán sería más “español” que Pelayo. A alguien le va a dar un soponcio…

El nacionalismo español, pues tiene la dudosa virtud de presentarse como si no fuera nacionalista, como si sus pretensiones fueran lo natural y normal o incuestionable. En este sentido –dice el autor-, el nacionalismo español, confundido con la propia historia del Estado desde las Cortes de Cádiz, al no definirse como tal nacionalismo, resulta difícil discernirlo de la historia política general en la que el concepto de España se plantea desde el supuesto incuestionable de la existencia unitaria de un Estado que no deja de ser el reducido y menguado heredero territorial de una monarquía tan plural como dispersa en sus posesiones. Seguiremos.

En Europa el fascismo está de moda

Juan Manuel Olarieta

Las cumbres europeas son como las bodas; todos visten sus mejores galas para la ocasión, para salir en los telediarios. Lo que ocurre de puertas adentro ya es otra cosa, como la luna de miel en la habitación del hostal. Nadie lo cuenta, pero nos lo imaginamos.

En época de crisis un personaje estelar de esas cumbres es el ministro alemán de finanzas Wolfgang Schäuble, el tipo mal encarado de la silla de ruedas. Schäuble es a Merkel lo que Montoro a Rajoy, pero con algunas diferencias importantes. Antes de las finanzas Schäuble fue ministro de Interior en dos tramos, el primero entre 1989 y 1991. Nueve días después de la unificación alemana, el 12 de octubre de 1990 fue víctima de un atentado. Desde entonces se desplaza en silla de ruedas.

Como entonces el «terrorismo individual» ya había desaparecido en Alemania, dijeron que el atentado lo había cometido un trastornado mental. Es la explicación idealista de siempre. Sólo cambian las atribuciones. Los perturbados de ahora son los terroristas de antes, o ambas cosas a la vez: los terroristas son unos perturbados y los perturbados son unos terroristas.

Tras la formación de la gran coalición entre democristianos y socialdemócratas, en 2005 Schäuble fue nombrado nuevamente ministro federal del Interior en el gobierno de Angela Merkel, hasta que en 2009 pasó al ministerio de Hacienda. Es un hombre de firmes convicciones cristianas (evangélicas). Si llevara turbante en la cabeza la prensa que le adula diría que es un talibán. Si además supieran que ha estado envuelto en tramas turbias de tráfico de armas, los insultos subirían de tono.

Schäuble defiende lo indefendible. Por ejemplo, ha defendido el uso de la información obtenida por espías extranjeros mediante la tortura de los detenidos y siempre se ha mostrado partidario de la liquidación de terroristas… pero de manera selectiva, es decir, eligiendo muy bien a quién eliminan. Estamos tan habituados a este descaro que ya ni siquiera nos escandaliza, de tal modo que cuando los asesinatos selectivos se conviertan en masivos no nos daremos ni cuenta.

En 2006 el ministro de Defensa Franz Josef Jung se mostró partidario de redefinir el estado de guerra a fin de incluir el terrorismo como un supuesto de hecho que permitiría declarar la ley marcial, es decir, que el ejército se hiciera con las riendas del Estado, que los consejos de guerra sustituyeran a los tribunales civiles, y así sucesivamente.

Un poco antes el gobierno alemán intentó aprobar una ley de seguridad aérea por la cual el ejército podía derribar un avión comercial si sospechaba que pudiera ser utilizado contra la seguridad de las personas en tierra. No hay nada que engendre más inseguridad (en las personas) que la paranoia de la seguridad (en los gobiernos) y por eso en España aprueban leyes tan seguras como las de seguridad ciudadana o de seguridad privada. Gracias a esa seguridad, lo que sólo es posible se transforma en absolutamente cierto; el riesgo de muerte causa muertes seguras.

Las excusas de la burguesía son así de tramposas. Unas veces dicen que lo importante son los derechos de las personas, los individuales, frente al totalitarismo de lo colectivo, de los derechos sociales. Pero otras lo vuelven del revés: lo importante son los derechos colectivos, la sociedad, frente a lo individual, a las personas.

Un Estado criminal como Alemania siempre encuentra un argumento, y el de Schäuble fue el siguiente: en casos de extrema urgencia la protección de la vida de las personas está limitada. Siempre queda en el aire de qué tipo de urgencia se trata, ya que a nosotros nos ponen en el lugar de quien está en el suelo, no del pasajero del avión al que asesinan con un misil junto a otros cientos que se sientan a su lado… pero no hay que preocuparse: eso sólo es posible en casos de urgencia.

Aunque Schäuble puso el argumento, la ley de seguridad aérea no procedía de la derecha sino de la socialdemocracia y Los Verdes, que saben muy bien de lo que están hablando. El antecesor de Schäuble en el Ministerio del Interior fue el verde Otto Schily, quien había sido abogado de la Fracción del Ejército Rojo en el proceso de Stammheim. Más en concreto: Schily fue el defensor de Gudrun Ensslin, una de las dirigentes de la organización armada que en 1977, dos años después del juicio, fue asesinada dentro de la cárcel «selectivamente», junto con otros dirigentes de la misma organización, un crimen colectivo cometido -no hay que olvidarlo- por la socialdemocracia, lo mismo que el de Rosa Luxemburgo 60 años antes.

El Libro Blanco sobre política de seguridad que aprobó el gobierno alemán en el otoño de 2006 dice que es necesario «ampliar el marco constitucional» para poder recurrir al empleo de medios militares con fines domésticos, es decir, en una guerra contra el enemigo interior. Schäuble lo llamó cuasi-defensa, o lo que es lo mismo, cuasi-guerra, y el portavoz del ministro socialdemócrata del Interior, Dieter Wiefelspütz, coincidió con él, exigiendo una nueva interpretación del concepto de «defensa» ya que no importa el origen (exterior o interior) del peligro sino el peligro en sí mismo. La defensa es la protección del territorio nacional cuando la actividad de la policía es insuficiente.

Hasta aquí lo expuesto no es más que un resumen muy apretado de los proyectos represivos en Alemania, que se deben complementar con otros en la misma línea, como el de reabrir los campos de concentración para internar a los sospechosos al estilo de Guantánamo, es decir, sin necesidad de ninguna clase de juicio. A diferencia de los asesinatos, Schäuble ya ni siquiera se tomó la molestia de precisar que se trataba de encarcelamientos «selectivos», por lo que es bastante evidente que se están planeando redadas masivas e indiscriminadas.

Estas medidas aparecen envueltas en una retórica presidida por términos tales como amenaza, peligro o riesgo, es decir, por el vacío. Se trata de medidas que no se pueden justificar con ningún hecho que haya ocurrido realmente sino por puras sospechas carentes de fundamento.

Esa es la Europa a la que llaman «democrática». A partir de aquí hay que imaginar lo que puede ocurrir cuando los fascistas que vienen por detrás se quiten la careta. ¿Qué otra cosa se les puede ocurrir a ellos que no hayan puesto en marcha los «demócratas»? Como en los tiempos del III Reich el papel de los «demócratas» (y socialdemócratas, y progres, y reformistas) es siempre el mismo: dejarlo todo bien preparado para que cuando lleguen los fascistas descarados no tengan ningún contratiempo, no haya nadie que levante la voz, ni escraches, ni pancartas, ni altavoces, ni nada de nada.

Se me ocurre que -como hicieron hace 100 años con Rosa Luxemburgo- los «demócratas» van a empezar asesinando a los revolucionarios para que nadie pueda oponer ninguna resistencia. No perderían votos porque ningún reformista va a levantar la voz. Pero eso no significa que no se esfuercen por hacer pasar a una cosa por su contraria, o que tiren balones fuera, como hacía Schäuble el mes pasado al comparar a Hitler con… Putin. En Europa el fascismo está de moda. En un país o en otro ya nadie deja de hablar de Hitler y de fascismo, es decir, de eso que algunos creían enterrado para siempre.

Es cierto que hay quien aún no sabe poner la trinchera, pero la burguesía sí lo sabe. En 2007 lo dejó bien claro el redactor jefe del diario Die Zeit, Theo Sommer: «Incluso en nuestra parte del mundo nadie puede asegurar de ninguna manera que en el futuro no vaya a haber una revolución». En efecto, en toda Europa no hay más que dos campos: la revolución y la contrarrevolución, los fascistas y los antifascistas. Pero hay algo aún más importante que eso: de aquí en adelante ningún antifascista puede esperar ni la más mínima concesión por parte del reformismo, del legalismo y del pacifismo, que están absolutamente agotados y desacreditados. Cualquier forma de oposición al fascismo está fuera de la legalidad y en contra de la legalidad, por algo que me parece evidente: porque la legislación ya es plenamente fascista.

40 años del ‘Watergate’

(En realidad, cuarenta y dos). En agosto de este año, 2014, se cumplirán cuarenta de la dimisión del presidente Richard Nixon de los EE. UU. como consecuencia de lo que dio en llamarse «Caso Watergate», un hotel con oficinas y apartamentos donde se ubicaba el cuartel general del Partido Demócrata opositor a Nixon en 1972, año de elecciones que, por cierto, Nixon ganara barriendo a George McGovern, revalidando su mandato de 1969.

En la noche del 17 de junio de 1972, un guardia de seguridad del complejo de edificios Watergate, a orillas del Potomac en Washington, advirtió la presencia de alguien husmeando por allí saltándose los controles de seguridad. Llamó a la policía que detuvo a cinco hombres dentro de la oficina del Comité Nacional del Partido Demócrata. Los cinco -luego dos más, siete- fueron acusados de haber entrado en la oficina para robar (sic) documentos, pinchar teléfonos e instalar escuchas electrónicas, esto es, labor de «fontanería», como se dijo entonces. En 1973 fueron juzgados y sentenciados a penas irrisorias de cárcel no superiores a los cinco años. Comenzaron las dimisiones en cadena de los colaboradores más directos del presidente Nixon que amenazaba -comités y comisiones- con interponer un «impeachment» al presidente, es decir, un proceso para incapacitar a Nixon para ejercer la Presidencia.

Resumiendo, Nixon, acorralado, cociéndose en su sarta de mentiras, reconoció haber tratado de encubrir los hechos relacionados con la ilegal entrada en la oficina demócrata en el Watergate y entregar unas cintas grabadas en el Despacho Oval -donde se reúnen los «halcones» con el Presidente-, reclamadas por el Senado norteamericano y que recibió con alguna (cinta) borrada en parte (18 minutos) sin que se sepa qué contenía hasta hoy. Nixon, tramposo paranoico y mentiroso compulsivo. primero quiso entregar unas cintas a fiscales y procuradores previamente «cepilladas», que diría el trilero Alfonso Guerra, y, como no le salió esta jugada, las entrega al Senado, pero «a su manera», my way, que cantara Sinatra. Así y todo, viéndose perdido, presenta su dimisión en la tarde del 8 de agosto de 1974. Su vicepresidente, Gerald Ford -experto en caerse bajando las escalerillas de los aviones-, le sucedió inmediatamente al día siguiente. Lo primero que hizo Ford (quien, por cierto, formara parte de la «Comisión Warren» que dictaminó que a Kennedy lo mató una sola persona, Oswald, y punto pelota) fue indultar -perdonar- a Nixon evitando, así, su incapacitación y deteniendo cualquier procedimiento judicial contra él. Así se las ponían a Fernando VII, el rey felón.

Dice la leyenda que de no ser por dos periodistas del Washington Post -un periódico que presume de ser «local», es decir, del «Este» y no de tirada «estatal» como el New York Times o el Wall Street Journal-, Carl Bernstein y Bob Woodward, Nixon se hubiera ido de rositas. Es posible. Nixon lo creía así. Pero se supone que gracias a sus investigaciones (entonces existía el «periodismo de investigación» de raigambre puramente norteamericana como también el amarillista) y a la fuente secreta que les informaba -sobre todo a Woodward, el Robert Redford de la película «Todos los hombres del Presidente» (Alan J. Pakula, 1976), hombre relacionado con la inteligencia naval antes de ser periodista, algo de lo que jamás habla- , la «Garganta Profunda» que resultó ser -eso dijeron en 2005 en la revista «Vanity Fair»– un director adjunto del FBI, Mark Felt, bajo la presidencia de Nixon. Felt y Woodward se conocían ya antes de esta movida.

La moraleja que se quiso transmitir al mundo («libre», por supuesto) fue que las democracias (occidentales, burguesas) se refuerzan a base de lavar sus trapos sucios. Y, si no los hubiera, no habría democracia. Y es que la corrupción, por ejemplo, es la piedra de toque de una democracia. A mayor corrupción, mayor democracia, siempre que, ojo, destapes algún chanchullo por ahí y de vez en cuando. Y si te cargas al Presidente del Imperio pues no veas: democracia de cojones.

A Nixon no le echaron por mentir ni por hacer cosas malas: ¡¡le echaron por hacerlas mal!! Por manazas, por soberbio, por abusón. De hecho, los «fontaneros» ya habían entrado en mayo de 1972, sin ser pillados, en Watergate. ¿Se sabía esto entonces y no se dijo nada? ¿O tuvo que ser el azar de un guarda de seguridad que los pilló y llamó a la policía y desbarató todo? No nos creemos nada. Y menos después de lo que han sido capaces de hacer con el autoatentado de las Torres Gemelas el 11-S.  O Kennedy. O tanta falsa bandera…

Boko Haram es un submarino de la CIA

A quien los quiera leer, los documentos de Wikileaks le demuestran que la embajada de Estados Unidos en Lagos, la capital de Nigeria, es una fábrica de terrorismo, de grupos terroristas y seudoislamistas, del tipo de Boko Haram, la organización que ha secuestrado a decenas de niñas nigerianas con la excusa de canjearlas por presos de su organización que cumplen condena en las prisiones del país africano.

En torno al secuestro, la intoxicación mediática ha orquestado la consabida campaña, en la que si los islamistas son malos, los africanos son peores. Unos salvajes. Sólo en los dos primeros meses de este año Boko Haram ha asesinado a más de 1.300 personas.

Nigeria es el corazón de África, el centro económico y político del continente. Desde su origen, es uno de los países estratégicos, no sólo por sus yacimientos petrolíferos y su poder financiero, sino porque desde los años setenta del pasado siglo siempre apoyó a las guerras de liberación y ha estado en todas las fuerzas de ocupación que han enviado la ONU y la OUA a los países en guerra.

Desde hace años Estados Unidos está llevando a cabo un programa sistemático de desestabilización de Nigeria como potencia rival que obstaculiza su penetración en África. Los papeles de su embajada en Lagos no sólo refieren el espionaje a políticos, financieros y petroleros nigerianos, con los chantajes que se derivan de una información comprometedora, sino la creación, organización, sostenimiento y apoyo total a los grupos seudoislamistas cuyo objeto es contrarrestar la influencia del ECOMOG, creado en 1990 con ocasión de la primera guerra de Liberia y estrechamente sometido a la influencia de Nigeria. Aunque el ECOMOG significa Grupo Económico de Seguimiento de la Comunidad de Países de África Occidental, se trata de una fuerza militar africana de alcance estratégico.

Inicialmente a Estados Unidos le interéso ECOMOG porque marginaba a las potencias europeas, sobre todo a Francia, que tradicionalmente había dominado en la región. Pero, al mismo tiempo, la presencia de Nigeria crecía exponencialmente, hasta un punto que dejó de interesar a Estados Unidos, que pusieron en marcha el programa ACRI o Iniciativa de Respuesta a la Crisis Africana, que procede de las recomendaciones del Instituto de África-América y el Instituto Brookings, encargados por la CIA de proponer las líneas maestras del imperialismo estadounidense en África oriental, por lo demás bien conocidas. Se trata del divide y vencerás, en donde las divisiones son de naciones, de tribus, de religiones, de clanes, de sectas, en fin de todos los tipos de divisiones que se puedan imaginar; si no existen se inventan y si son pequeñas se agudizan.

Los informes elaborados para la CIA confirmaron el papel central que Nigeria estaba jugando en ECOMOG así como el éxito obtenido en la contención de la crisis de Liberia sin que las grandes potencias occidentales, incluyendo Estados Unidos, hubieran tenido tiempo siquiera de desempeñar ningún papel relevante. En fin, África se bastaba a sí misma y mientras las potencias imperialistas fomentaban la guerra, los países africanos buscaban la paz.

Un cable diplomático de fecha 29 de junio de 2009 muestra que a lo largo del país la CIA estaba reclutando jóvenes islámicos y entrenándolos en campamentos próximos a las fronteras de Níger, Chad y Camerún con instructores llevados desde Oriente Medio. Más en concreto: el cable decía que Arabia Saudita había formado a los “rebeldes” libios, que a su vez habían entrenado a los rebeldes malíes de los que deriva Boko Haram, y continuaba profetizando un atentado devastador de la secta que tuvo lugar dos meses después.

Con ocasión de una oleada de bombas, a finales de 2011 la prensa africana ya denunció que Boko Haram era el brazo de la CIA en Nigeria. La embajada volvió a profetizar que esperaba más explosiones en tres hoteles de Abuja, la capital económica de Nigeria.

Pero las predicciones de la embajada de Lagos van mucho más allá: los informes que manejan los imperialistas afirman que el año que viene -año de elecciones- Nigeria habrá dejado de ser un país, lo mismo que Yugoeslavia, lo mismo que Checoslovaquia, lo mismo que Libia, lo mismo que Ucrania… Pero si la profecía no se cumple, ya se encargarán ellos de que se cumpla. Seguramente se cumplirá siguiendo un guión previsto en tres fases sucesivas, tal y como tiene prevista la embajada de Lagos.

El primer ciudadano del Tercer Mundo

Henri Curiel nació en El Cairo en 1914, cuando las primeras balas de la Guerra Mundial empezaban a silbar. Su cuna fue la de una familia de usureros y banqueros judíos de origen español (sefardí) que llegaron al país en 1800 formando parte de la retaguardia del ejército napoleónico que invadió Egipto, en aquella época una colonia británica.Cuando los egipcios no iban al colegio, los hijos de los colonialistas, como Curiel, aprendían que Egipto se había acabado con los faraones dos mil años antes. Luego llegó el vacío y el silencio, como si las dunas se hubieran tragado al país entero. Si Egipto era un país, en él la familia Curiel eran extrajeros. ¿Egipcios? ¿Árabes? ¿Palestinos? ¿Nubios? ¿Judíos? ¿Que era todo eso? Fuera lo que fuera, era algo que no se aprendía ni en la familia, ni en la escuela, sino en otros lugares, hablando con otras personas, como las que forman parte del servicio doméstico: cocineros, nodrizas, jardineros, amas de llaves, mayordomos, guardeses… El proletariado es para la burguesía una fuente de información, de conocimientos, la que le pone en contacto con el mundo real.

Así le ocurrió al joven Curiel con Rosette Aladjem, la enfermera de la casa, una mujer árabe que le muestra las condiciones de vida de los campesinos del delta del Nilo, incluidos los que trabajan en condiciones miserables en las tierras de su padre. Fue el principio del matrimonio entre un judío y una árabe que se prolongó hasta la muerte de Curiel.

Desde muy joven Curiel supo el origen de su fortuna familiar y de un nivel de vida de lujo que le situaba fuera del mundo real, pero, ¿cómo sublevarse contra un padre ciego, por explotador que fuera? No era un problema personal sino de clase. En Egipto una mula era más costosa que un obrero de las fábricas de algodón que su familia poseía, apenas niños entre 7 y 13 años de edad cuyos pulmones se llenaban cada día con el polvo sofocante de los telares. Como máximo un niño obrero sólo duraba un año en su puesto de trabajo antes de contraer la tuberculosis, o la malaria, o cualquier otra enfermedad que le llevaría a la tumba fulminantemente.

Henri fue de esos comunistas que no pudo escoger su origen de clase, pero sí el destino que quiso para sí mismo y para los suyos, el de aquellos cuya causa había abrazado para siempre. Esa es la única libertad, la de verdad, la que se puede elegir. Por eso desde muy joven Curiel se incorporó a las filas del comunismo, convirtiéndose en uno de los más importantes faros del movimiento anticolonialista de Oriente Medio.

Cuando en setiembre de 1939 estalló la II Guerra Mundial, fundó la Unión Democrática para promover la lucha contra el fascismo. Junto con su hermano Raoul trató de incorporarse al ejército francés de De Gaulle. Entonces Rommel asediaba Egipto y mientras la comunidad judía huyó hacia Jerusalén, Curiel se quedó dentro del país para hacer frente a los tanques del Afrikakorps. Sin embargo, la policía le detuvo e ingresó en prisión por primera vez.

Frente al colonialismo británico muchos egipcios se habían arrojado en los brazos del III Reich, como otros tantos en los países de Oriente Medio. Los independentistas se alían hasta con el diablo. Es pura dialéctica, la negación de la negación. «El enemigo de mi enemigo se convierte en mi amigo». Pero el contraespionaje británico detuvo a la quinta columna egipcia y la envió a prisión, donde coincidieron con Curiel. Tras la previsible victoria nazi, los fascistas y los antifascistas, los judíos y los nazis, iban a servir de moneda de trueque del imperialismo británico. Como siempre.

En la cárcel Curiel se apercibe de la fuerza de la causa anticolonial y, una vez en libertad, al año siguiente funda el Movimiento Egipcio de Liberación Nacional, una organización comunista pionera en la descolonización de Oriente Medio y más allá, hacia las fuentes del Nilo, está las primeras semillas del Partido Comunista de Sudán, un país que entonces formaba parte de Egipto. El Movimiento desempeñó un papel capital en la posguera. Tradujo los textos de Marx, Engels, Lenin y Stalin, publicó folletos, creó escuelas de cuadros políticos y guerrilleros pero sobre todo, convocó las primeras huelgas y manifestaciones masivas que obligaron al colonialismo británico a evacuar las ciudades de Egipto en febrero de 1946.

La situación se complicó hasta el paroxismo con la proclamación del Estado de Israel y las primeras guerras con los palestinos, que dividieron profundamente a las masas según su origen religioso y nacional, a las que habría que sumar las propias querellas intestinas entre los comunistas egipcios. El imperialismo hizo el resto. Divide et impera. No había egipcios sino musulmanes, judíos, sudaneses, nubios, coptos… ¿No se habían convertido los judíos ahora en la nueva quinta columna del país? ¿Quién entendía eso de que el proletariado no tiene patria? ¿Qué es el internacionalismo? No había posibilidad de crear un partido de clase por encima de otras consideraciones (nacionales, religiosas) allá donde algunos sólo podían ser considerados como extranjeros, aunque permanecieran donde siempre habían estado.

En la posguerra a Curiel le encarcelaron varias veces en campos de concentración y finalmente en 1950 el rey Faruk demostró que Marx y Engels tenían razón: el proletariado no tiene patria y a Curiel le privaron de la suya, de su nacionalidad. Se convirtió en uno de esos parias de la Tierra, a los que se puede expulsar de cualquier sitio porque en cualquier sitio el apátrida siempre será un extranjero. No tener nacionalidad es como tenerlas todas. Los verdaderos internacionales son los sin papeles, los que no tienen un pasaporte que mostrar en la aduana, los que no pueden presentarse en ningún sitio. Como tituló el periódico «Le Monde Diplomatique», Curiel fue el primer ciudadano el Tercer Mundo.

De Egipto se tuvo que trasladar a Francia, donde dos años después le sorprendió la llegada de Nasser al poder. Algunos de los «oficiales libres» que encabezaron la revuelta eran el colmo de las paradojas políticas de Oriente Medio. Habían estado muy próximos a Curiel; formaban parte de aquella quinta columna nazi que había conocido en la cárcel en 1942, lo que provocó una nueva confusión, no sólo interna sino internacional. El movimiento comunista denunció el golpe de Estado de Nasser como «fascista».

Ese «fascismo» era un término viejo para una situación nueva, un comodín que servía para no decir nada y no tener que rectificar luego nada tampoco. Ya había sucedido antes con acontecimientos históricos indigestos, como los de Ataturk o Perón, que no venían en el manual de instrucciones que los comunistas siguen arrastrando de mala manera. Tan pronto son lacayos del imperalismo como antimperialistas, o nacionalistas, o populistas, en fin, un amplio surtido de adjetivos para todos los gustos y situaciones que requieran una etiqueta y no comprometan a nada.

Curiel lo tuvo claro, no sólo porque conocía bien a los «oficiales libres» que, como Annuar al Sadat, habían coincidido con él en la cárcel, sino porque otros habían formado parte de su organización. Una mezcla muy extraña, paradógica, llena de contrastes, signo de unos nuevos tiempos, característicos de unos movimientos también nuevos, como son los del Tercer Mundo. Curiel no sólo entendía esa ambigüedad sino que en Francia siempre formó parte integrante de ella porque el manual de instrucciones exige la clarificación de un proceso que está en plena fase de gestación. ¿Será un niño o una niña? Entonces no había ecografías…

En Francia Curiel ni lee un manual de instrucciones, ni habla de oídas sobre el Tercer Mundo: forma parte de él, de todos sus rasgos característicos. Es un precursor de un fenómeno nuevo que estaba a punto de estallar y que marcaría definitivamente la segunda mitad del sigo XX: el fin del colonialismo. Sólo los ambiguos entienden las situaciones ambiguas. Cuando en Francia los comunistas decían que los «oficiales libres» de Nasser eran fascistas, para Curiel se trataba de un movimiento progresista y antimperialista, cualquiera que fuera su pecado original. Acertó y fueron los demás los que tuvieron que rectificar, tarde y mal. Su posición política le costó enfrentarse a los comunistas franceses y a algunos egipcios. En París le tocó ser tan incómodo como en El Cairo. Él siempre supo, además, que el nasserismo suscitaría un amplio apoyo de las masas, no sólo en Egipto sino en el mundo entero. Es el tipo de situaciones que los comunistas nunca deberían descuidar.

A pesar de su nombre, los movimientos de liberación no eran nacionales sino internacionales, y también ese punto está presente en la biografía Curiel, que a partir de 1957 apoya al movimiento independentista argelino, mientras las posiciones de los revisionistas franceses degeneran a pasos agigantados, lo que le conduce a una ruptura abierta con ellos. Como vasos comunicantes, unos se hunden mientras los otros se desarrollan. Pero hay un matiz decisivo que diferencia a Egipto de Argelia y que empeora aún más las cosas para Curiel y para el Partido Comunista reconvertido en «francés»: Argelia forma parte integrante de Francia, de su propio imperio. Tomar parte por la liberación nacional supone convertirse en un traidor a la propia patria… pero sólo para quienes tienen patria.

Como no es el caso de Curiel, se incorpora a la red Jeanson de apoyo al FLN argelino en París, las tripas de la metrópoli. Cuando en 1960 el contraespionaje francés detiene a Francis Jeanson, asume la dirección de la red, al tiempo que organiza el Movimiento anticolonialista francés. Aquel mismo año le detienen, encarcelándole en Fresnes (París) y ordenando su expulsión de Francia, lo que la policía nunca logró ejecutar.

A su salida de la cárcel organiza el grupo clandestino Solidaridad que aglutinó a los refugiados políticos de los países del Tercer Mundo que vivían escondidos en Francia, y otros represaliados, como los antifranquistas españoles, latinoamericanos, portugueses, griegos y sudafricanos. Otro campo de actividades de la organización fue el apoyo a los desertores estadounidenses que se negaban a colaborar en la guerra de Vietnam.

La solidaridad seguía -sigue- siendo el gran proyecto pendiente. El plan de Curiel era parecido a otros de aquella época como la OSPAL (Organización de Solidaridad de los Pueblos de África, Asia y América Latina) surgida en 1957 de la mano del marroquí Mehdi Ben Barka o la Tricontinental del Che Guevara, que se debía inaugurar en 1966 en La Habana. El imperialismo aún no había empezado a tapar sus vergüenzas con las ONG.

De aquella red solidaria formaron parte muchos comunistas habituados al trabajo clandestino desde la época de la Resistencia contra la ocupación nazi de Francia. La red no sólo proporcionaba apoyo sino formación teórica y práctica en organización política, agitación, tácticas de lucha clandestina, tránsito de fronteras, falsificación de documentos de identidad, impresión y transporte de propagada, de fondos…

Algunos de ellos se fueron desligando de las posiciones del Partido Comunista «francés». Otros eran viejos combatientes que procedían de las colonias, como la comunista egipcia Didar Fawzy-Rossano, fallecida en 2011. En su autobiografía, titulada Memorias de una militante comunista (1942-1990), Fawzy-Rossano cuenta que fue Curiel quien la incorporó al comunismo en 1942, junto con su entonces marido Osman, que era oficial del ejército egipcio y participó en el golpe militar nasserista. En 1954 Osman fue nombrado agregado militar de la embajada de Egipto en Moscú. Dos años después Fawzy-Rossano se separó de él y se trasladó a París para fundar el grupo Solidaridad. Fue detenida por la policía francesa pero escapó de prisión y en 1960 logró llegar clandestinamente hasta Argel, ciudad en la que creó un ramal del grupo.

El levantamiento de mayo de 1968 fue como si el movimiento anticolonial rebotara en forma de huelgas en la fábricas y barricadas en el mismo centro de París. Causó un empeoramiento de la situación de una organización clandestina como Solidaridad. La reacción francesa necesitaba contener un movimiento de masas que, lo mismo que en los países vecinos (Irlanda, Italia, Alemania, España) se encaminaba hacia la lucha armada a pasos agigantados, una tendencia que requería poner en marcha todos los resortes sucios del Estado burgués.

Empezando por la prensa. Desde 1976 la prensa francesa fue preparando el asesinato de Curiel con una repugnante campaña orquestada por el periodista Georges Suffert desde la revista «Le Point» bajo un titular sonoro: «El jefe de las redes de ayuda a los terroristas». En la prensa intoxicadora de entonces Curiel fue una especie Bin Laden con el agravante del KGB, es decir, con las peores recomendaciones del momento. Naturalmente la red terrorista internacional (Brigadas Rojas, IRA, Fracción del Ejército Rojo) que Curiel dirigía estaba orquestada desde Moscú.

Las campañas de intoxicación siempre van dialecticamente unidas a la guerra sucia y a las actividades paralelas y parapoliciales del Estado burgués. El contraespionaje francés salió de sus cloacas. El 4 de mayo de 1978 unos pistoleros penetraron en la casa de Curiel en Paris y le asesinaron junto al ascensor de tres disparos percutidos a quemarropa.

No fue un caso aislado. Su asesinato forma parte de otros muchos cometidos en la capital francesa siguiendo el mismo estilo provocador, en el que el contraespionaje francés actúa al unísono con matones de países en los que imperan brutales gobiernos fascistas, como es el caso de la España de la transición. Un año después de Curiel asesinaron en el mismo sitio a Martín Eizaguirre y Fernández Cario, militantes del PCE(r) siguiendo el mismo formato: previa campaña de intoxicación de la prensa franquista, en este caso, de Alfredo Semprún y el diario ABC.

A finales de los setenta del pasado siglo París se había convertido en una ratonera para los revolucionarios que se habían instalado allá huyendo de sus países respectivos, creyendo que Francia seguía siendo la cuna de los derechos humanos, un país de asilo y refugio. En un reciente libro René Gallissot lista la cadena de asesinatos políticos cometidos allá entre 1965 y 1996, que suman un total de 60. No me salen las cuentas; creo que son algunos más…

La investigación del asesinato de Curiel sigue siendo secreto de Estado a fecha de hoy. El Estado se tapa a sí mismo, pero no hay nada que tapar. ¿Como asesinar a alguien tan estrechamente vigilado por la policía francesa? La pregunta desvela la respuesta: quien asesinó a Curiel fue la propia policía francesa.

Tras la mentira, el secreto crea una segunda cortina de humo. A partir de él lo que se convierte en una tarea de investigación periodística es la muerte, no la vida. ¿Quién fue Curiel? ¿Qué fue Curiel? Lo explica Fawzy-Rossano en un documental grabado poco antes de su muerte, cuando le define como un «revolucionario profesional».

Esos perros que ni comen ni dejan comer

Insurgente enlaza un artículo de François Vercammen titulado “Lenin y la cuestión del partido” que remite a la publicación digital trotskista “Sin Permiso” la cual, a su vez, lo ha traducido de la LCR belga (1), un grupo trotskista. Por su parte, Vercammen fue un dirigente de la IV Internacional trotskista.

El artículo no es ninguna novedad, ya que se publicó hace 9 años y se puede complementar con otro aún más antiguo sobre el mismo asunto (2) que tiene el mismo origen trotskista en el dúo de publicaciones que forman Inprecor y Sin Permiso. Como bien reconoce Vercammen, el partido fue el “punto débil” de Trotski, que jamás fue capaz de crear ninguno, a lo que hubiera debido añadir que un siglo después sus seguidores padecen esa misma ineptitud, por lo que es conveniente analizar los motivos de ello, que se encuentran en los propios artículos de Vercammen, es decir, en que la concepción trotskista de eso que ellos llaman “el partido” es antipartido, como la experiencia ha demostrado siempre en todas partes.

Pero la cuestión no es esa; no se trata de que los trotskistas no sepan lo que es una vanguardia comunista y, por consiguiente no sean capaces de construir ninguna, sino que se oponen a aquellos que sí las han construido, por lo que en este punto el trotskismo no es otra cosa que antileninismo. Son como esos perros que ni comen ni dejan comer.

Al más puro estilo trotskista, Vercammen manipula el pensamiento y la obra de Lenin, del cual asegura que “nunca formuló una teoría del partido”. Esa es la mejor manera de introducir sus propias tesis de soslayo: se trata de colmar un vacío que Lenin dejó pendiente… para que los trotskistas la completaran.

Lo cierto es que, a diferencia del inútil de Trotski, Lenin sí fue capaz de crear un partido comunista, lo cual no es más que la primera parte del asunto, porque la segunda es aún más interesante: el partido que Lenin creó fue diferente del que había y que todas las demás organizaciones obreras del mundo, agrupadas en la II Internacional, ya conocían de antemano. Por fin, hay una tercera cuestión: nada de eso hubiera sido posible si Lenin no hubiera tenido en su cabeza una noción muy clara de lo que un partido comunista debía ser. Su obra “¿Qué hacer?” así lo demuestra.

Como Vercammen no acepta lo más evidente, tiene que enredar el texto y el contexto de la manera farragosa que acostumbran los trotskistas porque, a fin de cuentas, ellos son mencheviques, es decir, no admiten el partido leninista de nuevo tipo, que tratan de sustituir por el partido de viejo tipo de la socialdemocracia, el partido de masas, que es lo que Lenin critica en el “¿Qué hacer?”

A partir de ahí llegan los ataques -cubiertos y descubiertos- al partido leninista que tantas veces escuchamos en boca tanto del reformismo, como del trotskismo y del anarquismo: si un partido comunista no es de masas lo que hace es sustituir o suplantar a la clase obrera. La concepción leninista del partido de nuevo tipo es un “sistema de sustitución política” de la clase obrera, escribió Trotski hace más de un siglo (3), lo cual está en contradicción con lo que propugnaron Marx y Engels: que la liberación de clase obrera sería obra de la propia clase obrera.

Las consecuencias del leninismo son que la revolución de 1917 no fue tal revolución sino un golpe de Estado que llevaron a cabo los bolcheviques, una ínfima minoría. A eso Vercammen le llama como su maestro Trotski, “sustitucionismo” y sugiere que es una reminiscencia del populismo ruso. Conclusión: Lenin era otro populista ruso del montón. Por lo tanto, Lenin no desarrolla la obra de Marx y Engels sino que es un autor que sigue doctrinas genuinamente rusas, blanquistas dirían algunos.

A su vez, las taras del leninismo nos conducen a la otra genialidad de ciertas corrientes pequeño burguesas: la degeneración burocrática de la URSS tiene su origen en el partido de nuevo tipo, algo que también expresó Trotski muy gráficamente: el partido suplanta a la clase, la dirección suplanta al partido y al final Stalin suplanta al mundo entero. Algunos escriben la historia con este tipo de frases sonoras, tanto más sonoras en cuanto que están vacías de contenido real.

Esas concepciones absurdas aún se pueden enredar y empeorar todo lo que sea necesario: desde 1902 Trotski insultó a Lenin a causa de sus tesis sobre el partido de nuevo tipo: “Lenin quiere ser la traducción en lengua marxista” del jacobinismo, escribió Trotski (3). Eso significaba dos cosas al mismo tiempo: que Lenin era un burgués y que, además, era un burócrata. Sin solución de continuidad, esa imputación la heredó Stalin de Lenin y el Estado soviético la heredó del partido bolchevique, que es la tesis que Vercammen repite un siglo después en su artículo: la raíz de la degeneración burocrática de la URSS estuvo en la creación de un partido leninista jacobino y burocrático, “una organización centralizada y conspirativa, armada con dinamita”, escribió Trotski.

Siguiendo las tesis de Trotski, las corrientes izquierdistas de los años veinte del pasado siglo (consejistas, asamblearios, autogestionarios) concluyeron que, en realidad, la Revolución de 1917 no fue una revolución proletaria sino burguesa, ya que estaba dirigida por burgueses a la manera burguesa, es decir, jacobina, blanquista y populista. La Revolución de 1917 fue lo mismo que la revolución francesa un siglo antes: una minoría burguesa dirigiendo a la gran masa del proletariado, en nombre del proletariado y sustituyendo al proletariado. Si, como escribió Trotski, Lenin era “el dirigente del ala reaccionaria de nuestro partido”, ¿qué otra cosa se podía esperar de un reaccionario como Lenin?

Según la pequeña burguesía, hay otro aspecto del “¿Qué hacer?” que así lo demuestra: la tesis de que la conciencia de clase es exterior al proletariado, que le llega “desde fuera” procedente de intelectuales, o lo que es peor, de burgueses, o de ambas cosas a la vez. ¿No eran burgueses Marx y Engels? ¿No era Lenin otro burgués? No sólo la conciencia es externa al proletariado sino que el partido también lo es. Ahora bien, matiza Vercammen, tras la revolución de 1905 Lenin rectifica el “¿Qué hacer?” y “rehabilita el espontaneísmo”. Así es como los trotskistas se fabrican una historia a su medida, la que necesitan en cada momento.

Cuando en el “¿Qué hacer?” Lenin utiliza esa expresión (“desde fuera”) no hace más que transformar en consciente, en conciencia, es decir, en ciencia, lo que la historia del movimiento obrero de cualquier país del mundo muestra: la conciencia de clase ha penetrado “desde fuera” del propio movimiento obrero. Es más: ha penetrado desde fuera del propio país, desde el extranjero, porque siempre ha existido (existe y existirá en el futuro) una dirección del movimiento obrero que procede de las partes más avanzadas del mismo y se dirige hacia las más atrasadas, y no al revés. Por eso el partido de nuevo tipo ejerce el papel de vanguardia o avanzadilla: porque transmite una experiencia de vanguardia y sus formas de organización a las partes más rezagadas y a los países más rezagados.

Aunque los anarquistas -lo mismo que los trotkistas- rechazan las concepciones leninistas, lo cierto es que en España el movimiento obrero, como tal movimiento de clase, lo inician dos extranjeros como el italiano Giuseppe Fanelli, por los libertarios, y el franco-cubano Pablo Lafargue, por los marxistas. Así ha ocurrido siempre en todo el mundo y sigue ocurriendo en la actualidad: la conciencia de clase, las formas de organización, la ideología y todas las herramientas que el movimiento obrero necesita para alcanzar sus objetivos han procedido (siguen procediendo y seguirán en el futuro) de fuera. Por eso un partido leninista de nuevo tipo no sólo es necesario sino imprescindible para la revolución: porque le aporta al movimiento obrero algo que por sí mismo, por sus propias fuerzas, no puede alcanzar, algo tan importante como esa conciencia de clase que Marx llamó conciencia para sí.

Para aportar al movimiento algo que el movimiento por sí mismo no ofrece hay que ser exactamente una vanguardia, es decir, formar parte del movimiento sin confundirse con el propio movimiento, sin disolverse en él. Una vanguardia no es sólo una organización diferenciada, sino un trabajo diferenciado, una ideología diferenciada y un programa diferenciado. Eso es lo que Marx, Engels y Lenin explicaron de mil maneras diferentes, entre ellas lo que significa hacer algo “por sí mismo” y hacer algo “para sí mismo”. ¿Verdad que cuando hacemos algo para nosotros mismos, lo hacemos también nosotros mismos?

Traducido al lenguaje leninista: la conciencia de clase no procede “desde fuera” de la clase obrera, no procede de intelectuales, ni tampoco de burgueses, sino que se transmite (o se comunica) de los sectores más avanzados del movimiento obrero a los más atrasados. Obviamente para entender eso hay que tener en cuenta aspectos importantes del movimiento obrero: la clase obrera (y sus luchas, y sus experiencias) no tiene carácter local sino internacional. También hay que tener en cuenta que Marx, Engels y Lenin jamás fueron burgueses, sino los primeros espadas del proletariado, quienes crearon y desarrollaron la teoría para que la práctica fuese realmente científica. Para acabar: la vanguardia comunista no sólo no es nada distinto de la clase obrera sino que forma parte de la misma. ¿Qué parte? Exactamente esa: su conciencia.

(1) Lénine et la question du parti. Remarques autour de ‘Que faire’?, marzo de 2005, http://www.lcr-lagauche.be/cm/index.php?option=com_sectionnav&view=article&Itemid=53&id=244
(2) La cuestión del partido o el punto débil de Trotsky, Inprecor, setiembre de 2000, www.sinpermiso.info/articulos/ficheros/4vercammen.pdf
(3) Trotski, Nuestra tareas políticas, http://www.marxists.org/espanol/trotsky/eis/1904-nuestras-tareas.pdf, pg.54.

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