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Mes: abril 2014 (página 2 de 2)

El imperialismo francés se queda sin presupuesto

El imperialismo no es sólo la fase superior del capitalismo, sino muchas otras cosas que Lenin no tuvo en cuenta, a pesar de que tienen su importancia. Por ejemplo, si envías a un ejército de mercenarios a invadir un remoto país africano, hay que pagarles dietas por desplazamiento y pluses de peligrosidad porque de lo contrario la moral de las tropas se resiente.

Es lo que les ha ocurrido esta semana a los 1.500 pistoleros franceses que invadieron la República Centroafricana. A primeros de mes llegó el momento del cobro y no les han pagado las dietas y pluses prometidos, y lo que es aún peor: el alto mando colonial ha reconocido que, en menos de un par de horas, el impago ya está afectando al estado de ánimo de la Legión Extranjera y es muy posible que a causa de ello disparen con desgana, como en los chistes de Gila.

En su momento el socialista Hollande dijo que la expedición colonial no era tal sino una operación humanitaria que tenía por objeto velar por el respeto a los derechos humanos en África central, así que no me explico cómo es posible que la soldadesca se haya venido abajo tan pronto. ¿Es posible que sólo se apuntaran a la aventura por la paga? ¿No les motivaban de manera suficiente las altas razones humanitarias?

Tenemos más dudas. ¿Está el imperialismo francés sujeto también a recortes presupuestarios? ¿Ha quebrado su ejército? Nada de eso. El Alto Estado Mayor dice que se trata de un fallo informático en el programa «Louvois» que tramita las nóminas. Está anticuado. Lo tendrían que haber cambiado hace tres años, pero se les ha debido olvidar, o no les llega por culpa de los recortes.

El caso es que por una u otra vía llegamos siempre al mismo punto: los recortes del gasto público. ¿Se acabará el imperialismo francés por falta de presupuesto? ¿Podrán llenar el depósito de los helicópteros? Los 1.500 mercenarios franceses ¿esperarán a que el ejército cambie el programa informático o llevarán el asunto a magistratura?

Pero el problema no es sólo Francia. En diciembre 28 países europeos se comprometieron con urgencia a llevar un contingente de tropas, llamado Eufor, a la República Centroafricana. Se trataba de respaldar a Francia, que ya tiene tropas sobre el terreno, es decir, de demostrar que el operativo imperialista era cosa de todos.

La urgencia europea se ha quedado en nada; han ido dando largas y Francia sigue sola en África. Las promesas se han ido rebajando. De los 1.000 mercenarios han pasado a la mitad. Del despliegue ya sólo queda un acantonamiento en la capital y la posible escolta de algunos convoyes de ayuda. Los 40 millones de euros de presupuesto se han reducido a 26. El martes en una reunión en Bruselas rechazaron un presupuesto de 3,7 millones de euros para construir un barracón donde alojar al cuerpo expedicionario.

No se puede ser imperialista contando sólo con la calderilla.

El caso Sogecable: la lucha monopolista en la Audiencia Nacional

Lo que hoy llaman medios de comunicación antes eran propaganda del Estado, que en España gestionaba el Movimiento fascista. Aproximadamente dos terceras partes eran propiedad pública y el resto eran privados, grupos capitalistas de prensa, sobre todo de alcance local como el grupo Godó en Barcelona o el Correo en Bilbao. No hace falta decir que ambos, públicos y privados eran fascistas, aunque sí es imprescindible matizar que -por varias razones diferentes- no eran los mismos fascistas, porque cada vez que sale esa palabra mágica («fascismo») se interpreta como un bloque, algo que no sucede con la palabra «democracia» que se asocia a pluralismo y diversidad.

Para entenderlo mejor recordemos el caso del diario «Madrid» que pasaba por formar parte de una cierta oposición al franquismo y acabó siendo literalmente demolido en 1971; no sólo el diario sino hasta el edificio que lo albergaba. El caso demuestra claramente que en aquellos tiempos había muchas más contradicciones de lo que algunos creen. Los viejos se acordarán de la diferencia que había entre periódicos tan diferentes como Arriba, Ya, Pueblo o Informaciones.

Era el «pluralismo fascista», un ejemplo de lo que algunos califican sofisticada pero erróneamente como «contradicciones interburgueses» y que no son hoy otra cosa que competencia monopolista. Lo que ocurre es que en ese punto la confusión reaparece, porque hay quien cree que eso es cosa de los mercados, de la economía, que poco tiene que ver con la política. Con esa separación artificial y antimarxista llegan a la conclusión de que la burguesía necesita «democracia» para resolver sus contradicciones internas, mientras que utiliza la «dictadura» frente a la clase obrera. Por eso califican a la democracia como burguesa y sostienen que la burguesía, o sea, los monopolistas, resuelven sus conflictos democráticamente. El caso del diario Madrid demuestra que no es así, hasta tal punto que su promotor, Calvo Serer, se tuvo que exiliar en París, a pesar de que ser un miembro destacado del Opus Dei. Esa es una de las formas en que se resuelve hoy la competencia monopolista que, como se ve, no tiene nada de democrática.

En aquellos tiempos en materia audiovisual sólo existía lo público, TVE, luego llegó lo privado por varias razones que confluyeron, de las que destacaremos dos. Primero, el desarrollo de las fuerzas productivas y de la publicidad, que convirtió en rentable la explotación de comercial de las cadenas. Segundo, la necesidad de lavar al cara al fascismo, acabar con las viejas cabeceras y los viejos periodistas. Del maquillaje forman parte los nuevos partidos políticos porque en las elecciones no sólo juegan ellos sino que juega sobre todo la televisión, la radio y los periódicos.

En los medios la competencia monopolista no sólo se intensificó sino que cambió de forma, involucrando a la banca y al propio Estado, lo que desmiente varios tópicos corrientes, como la teoría del neoliberalismo. Por ejemplo, el gobierno del PSOE subastó 21 de los 27 diarios que en los ochenta todavía permanecían bajo la tutela del Estado. Las subastas no beneficiaron a las tradicionales familias periodísticas sino a nuevos monopolios que entraban al mercado como Prisa, Zeta y el Grupo 16.

Luego el PSOE asignó las frecuencias de la radio y en 1989 concedió las primeras licencias de televisión privada, que supusieron la creación de los nuevos canales de televisión:

– Tele5: Berlusconi (Fininvest), ONCE, Anaya,
– Antena3: Godó, Prensa Española, Grupo Correo
– Canal+: Prisa, BBV, Banesto (hoy Banco de Santander)

El proceso de privatización fue aparente, un aspecto del fenómeno, pero no el fenómeno mismo. Confirmó el acierto de la tesis leninista acerca de las nuevas relaciones que bajo el monopolismo se establecen entre lo público y lo privado, mucho más estrechas, como lo demuestra la relación de los medios con los partidos políticos en las nuevas condiciones de la transición. Desde 1982 el objetivo del PSOE fue el de consolidar un poderoso grupo audiovisual (Prisa, diario El País, Radio El País) estrechamente ligado a su partido.

Tampoco había nada nuvo. El origen de Prisa está en el franquismo, cuando Polanco tenía una modesta empresa de edición de libros escolares llamada Santillana. La ley fascista de educación de 1970 fue su oportunidad. Al cambiar los planes de estudio, Polanco obtuvo información privilegiada de su peón en el Ministerio, el subsecretario Ricardo Díaz Hochleitner, que le sopló la manera en que los libros de texto se tenían que adaptar a la nueva ley.

Entre otros cargos, Díaz Hochleitner también ostenta el de presidente honorario del Club de Roma. El primer director de El País Juan Luis Cebrián era hijo del periodista franquista Vicente Cebrián. Comenzó su carrera como Director de los Servicios Informativos de la TVE franquista de la mano de Fraga.

Otros dirigentes de Prisa estaban hechos de la misma factura fascista. Por ejemplo su abogado, Córdoba, había sido fiscal del Tribunal de Orden Público. En suma, así era el grupo que el PSOE asoció a su proyecto político en los ochenta. Pero además de Sogecable, en la televisión el brazo de Prisa fue algo novedoso en España, un canal de pago: Canal+ (hoy la Cuatro). Pues bien, en 2004 fue nombrado presidente de Sogecable un reconocido fascista como Martín Villa para confirmar que en el PSOE y sus alrededores tampoco había nada nuevo, nada distinto del fascismo sino socialfascismo.

No cabe duda, pues, de que en la transición los medios, lo mismo que el fascismo, tampoco cambiaron absolutamente nada. Lo que cambiaban eran las condiciones, la manera de repartirse un pastel que prometía ser muy goloso y sobre el que los buitres no llegaron a un acuerdo, lo que desencadenó una verdadera guerra que -como tantas otras- ha quedado fuera de la memoria histórica. Esa guerra entre los monopolistas fue absolutamente ajena a las más elementales reglas de la democracia, incluidas las de la democracia burguesa. Más que sucia fue una guerra repugnante.

Los motivos son obvios: ningún monopolio puede dejar que su posición dominante quede a merced de una votación, cualquiera que sea (salvo que la pueda ganar). Por ejemplo, para que Telefónica pudiera desembarcar en las televisiones privadas con la compra de un paquete de acciones de Antena 3 TV, el gobierno tuvo que cambiar la legislación de la noche a la mañana, sin debate parlamentario.

Se produjeron espectáculos tan dantescos como la grabación y difusión clandestina en 1997 del vídeo sexual del director de El Mundo Pedro J.Ramírez con una prostituta. Se abrió la llamada «guerra del fútbol» en la que el gobierno del PP declaró aquel año las retransmisiones televisivas «de interés nacional». Fue una lucha sin cuartel en la que no faltó nadie: partidos políticos, bancos, monopolios, autonomías, la Liga de Fútbol Profesional, las productoras de cine, la Unión Europea…

No hubo chantaje ni instrumento de presión al que los monopolios no recurrieran, incluido uno de los favoritos en España: las querellas en los juzgados, que fueron a parar a la Audiencia Nacional como si de bandas armadas se trataran. Todo empezó cuando un ultraderechista como Jaime Campmany, director de la revista Época, denunció a sus colegas socialfascistas de Prisa por un fraude contable de 23.000 millones de las antiguas pesetas.

Así nacía el llamado «caso Sogecable» que acabó -como tantos otros- explotando en las manos del juez de la Audiencia Nacional Gómez de Liaño, que creía a pies juntillas en eso de que «el que la hace la paga». Pero la teoría fascista se llama «agua de borrajas». No solamente los cabecillas de Prisa no se sentaron en el banquillo sino que llevaron al banquillo al mismo juez. El único delincuente era él. Para ello contaron la inestimable ayuda de Garzón, un amigo de Liaño, al quien traicionó. Los fascistas y los monopolistas no tienen amigos; sólo socios.

La lucha monopolista se trasladó a un tribunal fascista en el que los jueces fascistas que formaban parte de él fueron tan independientes que también acabaron salpicados, lo mismo que la cúpula judicial, empezando por las asociaciones de jueces, la fiscalía, el Consejo General del Poder Judicial y el Tribunal Supremo.

En 1997 el caso Sogecable demostró lo mismo que el diario Madrid había demostrado 25 años antes: la naturaleza fascista de este Estado.

Con el rabo entre las piernas

Juan Manuel Olarieta
La denominada «filosofía de la praxis» es una teoría idealista que se ha situado con fuerza junto al marxismo como consecuencia del influjo revisionista desatado por el XX Congreso del PCUS en 1956. Sin embargo, nació un siglo antes en el seno del movimiento de los jóvenes (anti)hegelianos, que recurrieron a Fichte para oponerse a Hegel. Entre ellos destacó el polaco August Von Cieszkowski, que es quien acuñó la expresión «filosofía de la praxis» en una fecha tan temprana como 1838. Los rasgos distintivos de esta corriente son, pues, los característicos de la izquierda (anti)hegeliana: un movimiento burgués radicalizado en lo político e idealista en lo filosófico. Ambos rasgos se conservan hasta la actualidad.

Los partidarios de la «filosofía de la praxis» sostienen el núcleo del idealismo de Fichte en dos aspectos nucleares porque, además de la supuesta «praxis» hay que incluir el supuesto carácter «crítico» del idealismo que Fichte recupera de Kant. Son los dos términos de moda entre la intelectualidad moderna, con los cuales combate su tercera suposición, el dogmatismo marxista, que ellos presentan como dogmatismo stalinista.

La «filosofía de la praxis» es idealismo puro. Cieszkowski lleva a cabo (*) un planteamiento de la filosofía completamente opuesto al de Marx y Engels, que la dividían en un campo materialista y otro idealista. Para el polaco, por el contrario, las dos filosofías enfrentadas son la de la acción y la de la especulación, la acción interior (pensamiento) y la exterior. La acción es la extroversión. Va del sujeto al objeto mientras que el reflejo materialista recorre el camino inverso: va de fuera hacia dentro.

Otro miembro de los jóvenes (anti)hegelianos que contribuyó a la creación de la «filosofía de la praxis», el alemán Moses Hess, le aportó al movimiento una variedad de socialismo utópico («socialismo verdadero» lo llamaron Marx y Engels en el Manifiesto Comunista). Como ya dijeron Marx y Engels la crítica de Hess y de los secuaces la «filosofía de la praxis» es de tipo religioso. No se enfila contra el capitalismo sino contra el mundo en el que vivimos, que pretenden sustituir por otro («otro mundo es posible»). El mundo que ellos quieren es idílico. No sólo no tendrá nunca las lacras del capitalismo, sino que tampoco será nada parecido al socialismo real que hemos conocido. A los idealistas lo real no le gusta nada; prefieren lo ideal. En eso consiste su «crítica»: en evadirse de la realidad y practicar el onanismo filosófico, como dijeron Marx y Engels.

La segunda etapa de la «filosofía de la praxis» procede de las corrientes izquierdistas de Lukacs, Korsh, Pannekoek y otros que se enfrentaron a Lenin tras la I Guerra Mundial. Aunque la obra de estos autores es bien diferente entre sí, tiene varios puntos en común. Un siglo después de la muerte de Hegel ya no quedaban hegelianos confesos, ni viejos ni jóvenes. Todos se llamaban marxistas y la tarea que emprendieron fue la de defender la verdadera filosofía de Marx frente a las tergiversaciones de Lenin.

La Revolución de Octubre les tapó la boca a los izquierdistas que, a pesar de su insistencia en la práctica, jamás fueron capaces de llevar a cabo nada a la práctica. Su praxis se diluyó en medio de su teoría y en el caso de alguno de ellos, como Korch, acabaron renegando hasta de sus ancestros. La cabra intelectual siempre tira al monte burgués.

Cuando en 1956 los revisionistas dilapidaron la herencia de Octubre, una parte de ellos recordó que los izquierdistas siempre habían tenido razón. Dado que habían sido los únicos que se habían enfrentado a Lenin, era ahí había que buscar la fuente de inspiración para acabar con todos y cada uno de los fundamentos del marxismo. El núcleo de su ataque es que a partir de 1917 un partido despótico (centralista, jacobino) creó en la URSS una sociedad a su imagen y semejanza: despótica. En todo el mundo había que acabar para siempre con los partidos comunistas, defender otras formas de (des)organización del proletariado y, en suma, erradicar toda práctica, reconvertir al marxismo en una teoría («crítica», eso sí).

A partir de entonces en la «filosofía de la praxis» confluyen revisionistas e izquierdistas, en donde el radicalismo verbal camufla el reformismo de toda la vida. Pero no hay que engañarse. Sólo son palabras, puro onanismo filosófico, pajas mentales. La mayor parte de los intelectuales que hoy visten ropajes marxistas ponen a la praxis en el primer plano cuando en realidad su praxis no existe; se trata sólo de cursillos y lecciones magistrales. A pesar del nombre, la «filosofía de la praxis» no es más que una teoría.

La mezcla de derechismo e izquierdismo ya estaba presente en el propio Lukacs, verdadero maestro al que veneran los partidarios actuales de la «filosofía de la praxis». Su obra «Historia y conciencia de clase» es buena muestra de ello. Se trata de una recopilación de ocho textos diferentes, escritos en momentos también diferentes. En seis de ellos, los primeros en ser redactados, leemos a un Lukacs que es posible calificar como «luxemburguista» en cuanto a su concepción de la «conciencia de clase» y del partido «de masas». Los otros dos son posteriores y fueron escritos especialmente para el libro. Uno es «La reificación y la conciencia del proletariado» y el otro «Observaciones metodológicas sobre la cuestión de la organización». En ellos Lukacs hace un verdadero esfuerzo por acercarse al leninismo.

Toda la obra de Lukacs es igualmente sinuosa, desigual. De ahí que en el momento de su aparición sus concepciones fueran criticadas desde varios puntos de vista diferentes. Muy recientemente se ha sabido que el autor respondió a aquellas críticas, aunque no han publicadas hasta 1996. El título original de esa respuesta, «Chvostismus und Dialektik», es una mezcla de ruso y alemán, en donde la primera palabra, la rusa, se ha traducido al castellano como es habitual: como «seguidismo». En realidad la palabra rusa es una jerga que utilizaba Lenin para designar el rabo o cola de un animal. La traducción al catellano no tiene la carga de desprecio que Lenin quiso dar a quienes ponen al proletariado a bailar al ritmo con el que la burguesía mueve su rabo.

Es elocuente de las posiciones políticas que Lukacs defendía, es decir, que su izquierdismo es una forma de lo que Lenin llamó «economicismo», o sea, derechismo. Por eso Lukacs acabó de la misma manera que empezó o, mejor dicho, de la manera opuesta, ya que su izquierdismo infantil devino luego en un derechismo senil.

El problema de Lukacs es el mismo que el de todos los críticos. Escriben muchas críticas de la pintura pero nunca han pintado un cuadro. Cuando hablan, pues, de praxis, ¿a qué se refieren? Al cotilleo: a criticar la praxis de los demás.

(*) August Von Cieszkowski, Prolegómenos a la historiosofía, Universidad de Salamanca, 2002.

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