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Día: 9 de abril de 2013 (página 1 de 1)

La ley de la transformación de los cambios cuantitativos en cambios cualitativos

Juan Manuel Olarieta

La naturaleza y la sociedad no conocen el reposo. Todo cambia, evoluciona y se
desarrolla. Pero el materialismo dialéctico no sólo afirma la existencia del
movimiento en todos los fenómenos de la naturaleza y la sociedad sino que
describe la forma en que ese movimiento se produce.

La ley de la transformación de los cambios cuantitativos en cualitativos
explica que el movimiento de la materia, de la historia, de las sociedades y
del pensamiento, su evolución y su desarrollo, se produce por cambios que son tanto
cuantitativos como cualitativos, y que la acumulación de cambios cuantitativos
conduce necesariamente a cambios cualitativos.

Esta ley es dialéctica o, como decía Engels, recíproca (1), es decir, que los cambios
cualitativos también conducen a cambios cuantitativos. A veces este último
aspecto no se tiene en cuenta suficientemente. La distinción entre lo
cuantitativo de lo cualitativo es relativa. Los cambios cualitativos lo son en
comparación con otros, que son meramente cuantitativos. Frente a los otros, los
cambios cuantitativos se caracterizan por ser graduales, e incluso
imperceptibles, mientras que los otros son esenciales, cardinales, hasta el
punto de que se califican de saltos, que son las explosiones rápidas y
revoluciones que cambian una situación en muy poco tiempo.

Los cambios cuantitativos no se pueden menospreciar porque son tan importantes
como los cualitativos. La ley afirma que sin pequeños cambios no hay grandes
cambios y sin pequeñas luchas cotidianas no hay grandes combates históricos. No
obstante, hay personas que no acuden a las manifestaciones porque creen que
“no sirven para nada”. Tampoco acuden a las reuniones por el mismo
motivo. Para ellos ninguna movilización tiene utilidad alguna. Las pequeñas
escaramuzas les fatigan y arrojan la toalla. Quizá suponen que al día siguiente
de una manifestación contra el desempleo, el desempleo debe desaparecer. La ley
de la trasformación de los cambios cuantitativos en cualitativos afirma, por el
contrario, que para que se produzca cualquier cambio social importante las
masas deben acumular multitud de pequeñas e insignificantes experiencias por
medio de las cuales se templan y organizan de forma cada vez más consistente.

El movimiento, decía Engels, es una contradicción (2); es a la vez continuo y
discontinuo, producción y reproducción. Uno se divide en dos (cambio
cuantitativo) y dos forman uno (cambio cualitativo). No es sólo crecimiento o
aumento cuantitativo sino, además, la aparición de lo nuevo y la desaparición
de lo viejo, en donde lo nuevo surge de su opuesto: lo viejo. El desarrollo
reproduce lo ya existente y produce lo que antes no existía. Es a la vez
conservador y revolucionario. La evolución de la materia y de las sociedades
produce novedades, crea o genera nuevas cualidades y propiedades, al mismo
tiempo que crece cuantitativamente, multiplica lo ya existente, reproduce lo
anterior, surgiendo varios ejemplares distintos partiendo un mismo original.

En el movimiento aparece tanto la continuidad como la discontinuidad. Por ejemplo,
la reproducción biológica de una especie no es un puro mecanismo cuantitativo,
de multiplicación de varios seres iguales partiendo de un mismo ancestro, sino
cuantitativo y cualitativo a la vez. Los descendientes no son iguales a sus
ascendientes sino que los imitan, es decir, se parecen y no se parecen al mismo
tiempo, se parecen en algunos rasgos y difieren en otros.

Lo mismo sucede con la evolución humana, a lo largo de la cual el cerebro
creció cuantitativamente, aumentó de tamaño, dando lugar a un salto
cualitativo: su lateralización. El cerebro humano, a diferencia del de los
simios, está dividido en dos hemisferios, cada uno de los cuales está
especializado en el cumplimiento de determinadas funciones. Así, el hemisferio
derecho controla la parte de la izquierda del organismo, mientras que el
hemisferio izquierdo controla la parte derecha del organismo. Los seres humanos
son diestros o zurdos, mientras que no ocurre lo mismo con los simios porque su
cerebro no está lateralizado.

Un principio básico del materialismo afirma que lo nuevo no surge de la nada:
“ex nihilo nihil fit”. En palabras de Lucrecio, “nada puede a la
nada reducirse, ni cosa alguna hacerse de la nada”
(3). Lo nuevo surge de su contrario: de lo viejo. Algo tiene que morir para que nazca vida.

Los movimientos materiales más importantes se pueden clasificar en cuatro
tipos: físicos, biológicos, sociales e intelectuales. Cada uno de ellos tiene
características que son propias, es decir, que no se pueden reducir los unos a
los otros. Cuando los fenómenos biológicos se tratan de explicar recurriendo a
las leyes propias de la física, o cuando los movimientos sociales se intentan
reducir a leyes biológicas, se incurre en el mecanicismo, que es una variante
errónea del materialismo.

La vida también es una forma de movimiento de la materia y, por lo tanto, una
contradicción cuya contrapartida es la muerte: “La vida, por tanto, es
también una contradicción presente en las cosas y los hechos mismos, una
contradicción que se pone y resuelve constantemente; y en cuanto cesa la
contradicción, cesa también la vida y se produce la muerte”
(4). A
lo largo de la evolución el surgimiento de unas especies ha supuesto la
extinción de otras, como los dinosaurios.

En otra obra Engels reiteró la misma idea: “Ya no se considera científica
ninguna fisiología si no entiende la muerte como un elemento esencial de la
vida, la negación de la vida como contenida en esencia en la vida misma, de
modo que la vida se considera siempre en relación con su resultado necesario,
la muerte, contenida siempre en ella, en germen. La concepción dialéctica de la
vida no es más que esto. Pero para quien lo haya entendido, se terminan todas
las charlas sobre la inmortalidad del alma. La muerte es, o bien la disolución
del cuerpo orgánico, que nada deja tras de sí, salvo los constituyentes
químicos que formaban su sustancia, o deja detrás un principio vital, más o
menos el alma, que entonces sobrevive a todos los organismos vivos, y no sólo a
los seres humanos. Por lo tanto aquí, por medio de la dialéctica, el solo hecho
de hablar con claridad sobre la naturaleza de la vida y la muerte basta para
terminar con las antiguas supersticiones. Vivir significa morir”
(5).

Los dos aspectos contradictorios del movimiento son, pues, indisociables. No
existen cambios cualitativos que no hayan sido preparados por otros de tipo
cuantitativo, del mismo modo que no hay cambios cuantitativos que no conduzcan,
tarde o temprano, a cambios cualitativos.

Los movimientos no son lineales; no crecen indefinidamente ni en una única
dirección. Son esencialmente discontinuos porque en ellos aparecen rupturas.
Por ejemplo, según el principio de Paracelso, la ingesta de una misma sustancia
tiene consecuencias distintas en el organismo según la dosis cuantitativa.
Incluso provoca efectos opuestos: a pequeñas dosis una medicina es saludable
mientras que una pequeña cantidad adicional resulta letal para quien la
ingiere.

Esta ley comprende el concepto decisivo de transición, que es el punto a partir
del cual uno se transforma en su contrario. Las transiciones son las conexiones
de una cualidad con otra. Los cambios cualitativos o saltos no se producen en
el vacío sino en forma de transiciones más o menos dilatadas en el tiempo. A
estas transiciones Engels y Lenin las llamaron, a veces, “puntos de
inflexión”
. Son los momentos de ruptura en los que un fenómeno se
transforma en su contrario. Es relativamente fácil observar la diferencia entre
un fenómeno y su contrario, decía Lenin, pero no la transición entre ambos,
«y eso es lo más importante”(6). La transición es la esencia del cambio:

“El cambio es, a la vez, en esencia, la transición de una calidad a otra
o, en forma más abstracta, del ser a la no existencia; y ello contiene otra
definición diferente de la gradualidad que es sólo una disminución o un
aumento, y un aferramiento unilateral a la magnitud”
(7).

En este punto los errores posibles son dos. Por un lado, los materialistas
vulgares sólo tienen cuenta los cambios cuantitativos, algo muy corriente entre
algunos científicos que consideran que su tarea consiste sólo en medir, que
sólo hay ciencia sobre los cambios cuantitativos: “se aferran
unilateralmente a la magnitud”
, como dice Lenin.

Pero hay también quienes sólo tienen en cuenta lo cambios cualitativos. Por
ejemplo, cuando los comunistas indican las formas de transición del capitalismo
al socialismo los trotskistas les acusan de “etapismo” porque
consideran que el nuevo modo de producción es un salto súbito que es posible
recorrer de la noche a la mañana. En realidad el socialismo es también una
etapa en el recorrido hacia el comunismo que, a su vez, se compone de varias
fases. Cada una de ellas se puede recorrer más o menos velozmente, e incluso en
determinados países alguna de ellas no será necesaria o en una misma etapa se
podrá realizar simultáneamente el programa que corresponde a otra. Pero no todo
el programa se puede llevar a cabo al mismo tiempo porque ninguna revolución es
un acto sino un proceso.

Engels expuso numerosos ejemplos extraídos de la realidad para ilustrar el
funcionamiento de la ley de la transformación de los cambios cuantitativos en
cambios cualitativos. El más socorrido de ellos es la transformación del agua
del estado sólido al líquido con el descenso de la temperatura, o al vapor con
su aumento. Pero en las ciencias existen muchos otros fenómenos que ilustran la
universalidad de esta ley, como los siguientes:


El punto de Curie

Las propiedades magnéticas de los metales no son inherentes a ellos sino que cambian en razón inversa a la temperatura. Los metales ferromagnéticos van perdiendo su cualidad a medida que la temperatura aumenta. Para cada metal magnético existe una determinada temperatura, llamada punto de Curie, a partir de la cual se transforma en su contrario, en paramagnéticos (no magnéticos).

Por ejemplo, para el hierro el punto de Curie es de 770 grados centígrados. Por
debajo de dicha temperatura el hierro funciona como un imán porque
el comportamiento magnético predomina frente al comportamiento térmico. Por encima
de esa temperatura, el hierro pierde su capacidad magnética porque las
propiedades térmicas prevalecen.


La velocidad Mach

Con el aumento de la velocidad un avión encuentra una resistencia aerodinámica
que crece más que proporcionalmente, hasta que llega un punto, llamado
velocidad Mach, que coincide con la velocidad del sonido (1.029 metros por
segundo, 3.705 kilómetros por hora), a partir del cual la resistencia
aerodinámica se transforma en su contrario: no aumenta sino que se reduce.


El cambio de la atmósfera terrestre

La química conoce dos procesos opuestos, la reducción y la oxidación, según el
átomo gane o pierda electrones. Durante millones de años de evolución del
planeta, la primitiva atmósfera terrestre pasó de ser reductora, es decir,
carente de oxígeno, a su contrario, a ser oxidante.


La cuadratura del círculo

Para ilustrar la ley de la transformación de lo cuantitativo en lo cualitativo,
entre otros ejemplos, Engels toma de Nicolás de Cusa (8) la contradicción entre lo recto
y lo curvo, que procede de la milenaria polémica matemática sobre la
“cuadratura del círculo” que ha subyugado a numerosos pensadores a lo
largo de la historia. La relación entre la circunferencia (una curva) y su
diámetro (una recta) da lugar a un número de distinta naturaleza (“número
sordo”
o número real) que se describe con la letra griega п (pi) y que
aparece por los rincones más insospechados de la matemática para demostrar que
no se puede “cuadrar” un círculo, es decir, que dada la longitud del
diámetro no es posible calcular exactamente el área del círculo. Los números
reales representaban la continuidad; los enteros la discontinuidad.

La expresión “cuadratura del círculo” ha pasado luego al lenguaje
corriente para expresar la esencia de la contradicción, algo imposible de
realizar.


El postulado de continuidad de Arquímedes

Arquímedes (287-212 a.n.e.) fue uno de los primeros científicos que explicó
matemáticamente la ley de la transformación de los cambios cuantitativos en
cambios cualitativos al introducir el postulado de continuidad. Según
Arquímedes una magnitud que evoluciona de un valor a otro, a lo largo de su
recorrido toma todos los valores intermedios entre ambos. Arquímedes aludía a
dos valores extremos, siempre con el sobreentendido tácito de que tales
extremos son comparables, es decir, que sólo se diferencian cuantitativamente
y, por tanto, se puede recorrer el trayecto entre uno y otro. Una magnitud es
comparable a otra si es proporcional, si está construida a escala suya, como
los planos o las maquetas respecto del original.

El postulado de continuidad es, además, un postulado también de la
discontinuidad. A partir de entonces la matemática habla de magnitudes
arquimedeanas (o no arquimedeanas) en referencia a si se pueden comparar o no.
Entre unas magnitudes y otras no sólo hay diferencias cuantitativas sino
también cualitativas de manera que, precisamente a causa de ello, no se pueden
poner en relación ni comparar. Las arquimedeanas se pueden comparar porque son
homogéneas, pero hay otras incomparables, como el punto y la recta porque un
punto no añade nada a una recta. Del mismo modo, hay magnitudes que nada añaden
a aquellas otras a las que se unen y se las puede despreciar. En las magnitudes
no arquimedeanas no se pueden introducir las medias (aritmética, geométrica,
armónica).


La teoría del límite de Cauchy

En el siglo XIX Cauchy afinó el concepto de límite, que es una aplicación del
postulado de Arquímedes al análisis matemático que define el concepto de salto,
de cambio cualitativo.


La morfogénesis de los embriones

En el desarrollo de cualquier embrión, la multiplicación cuantitativa de las
células da lugar a su especialización cualitativa. Al dividirse una misma
célula produce tejidos completamente distintos, como el riñón o la oreja. Las
células se desarrollan, pues, de manera divergente. No sólo se crean más
células sino células distintas pertenecientes a órganos también distintos. Lo
diferente surge de lo idéntico, lo genérico se diversifica, la cantidad se
transforma en cualidad, lo uniforme se convierte en multiforme. En los
embriones de determinadas especies, como las estrellas de mar, las células que
se multiplican no se amontonan de una manera abigarrada sino en torno a ejes de
simetría (arriba y abajo, izquierda y derecha, delante y detrás). El proceso
sigue fases contrapuestas: unas, predominantemente multiplicativas
(cuantitativas), son imprescindibles para aquellas otras predominantemente
diferenciales (cualitativas).


La teoría del equilibrio puntuado

En la teoría de la evolución hay otra larga polémica entre los partidarios de
una explicación fundamentada exclusivamente sobre los cambios cuantitativos,
como Lamarck y Darwin, frente a otros que, como Cuvier y los actuales
defensores del “equilibrio puntuado”, como Stephen Jay Gould, ponen
el énfasis en los cambios cualitativos, las catástrofes y explosiones
repentinas. Ambas tesis son unilaterales. En la evolución de las especies hay
tanto continuidad como discontinuidad.


La crítica leninista de las paradojas de Zenón

Las cuatro paradojas de Zenón de Elea (495-435 a.n.e.) dieron lugar a otra de
las polémicas más importantes de la historia del pensamiento humano. El objeto
del ataque de Zenón era el movimiento, ya que defendía una concepción
metafísica del universo, inmutable y estático.

Para defender su teoría, Zenón consideraba el movimiento de una manera
discontinua, por etapas, como una suma de estados de reposo o, como decía
Lenin, describiendo el resultado del movimiento pero no el movimiento mismo:
“No podemos imaginar, expresar, medir, describir el movimiento sin
interrumpir la continuidad, sin simplificar, hacer más tosco, desmembrar,
estrangular lo que está vivo. La representación del movimiento por medio del
pensamiento siempre hace más grosera, mata –y no sólo por medio del
pensamiento, sino también por la percepción sensorial, y no sólo del movimiento
sino de todos los conceptos”
(9).

Las paradojas de Zenón ponían de manifiesto que no se puede concebir lo
discreto sin lo continuo ni lo finito sin lo infinito, que el movimiento es una
unidad de contrarios: “El movimiento es la esencia del espacio y el
tiempo. Dos conceptos fundamentales expresan dicha esencia: la continuidad
infinita y la ‘puntualidad’ (=negación de la continuidad, discontinuidad). El
movimiento es la unidad de la continuidad (del tiempo y el espacio) y de la discontinuidad (del tiempo y el espacio). El movimiento es una contradicción, una unidad de contradicciones”
(10).


Notas:

(1) Engels, Dialéctica de la naturaleza, Madrid, 1978, pg.203.

(2) Engels, Anti-Dühring, México, 1968, pg.111.

(3) Lucrecio: De rerum natura, §855.

(4) Engels, Anti-Dühring, cit., pg.112.

(5) Engels, Dialéctica de la naturaleza, cit., pg.235.

(6) Lenin, Cuadernos filosóficos, Obras Completas, tomo 29, pgs.124-125.

(7) Lenin, Cuadernos filosóficos, Obras Completas, tomo 29, pg.108.

(8) Nicolás de Cusa, La docta ignorancia, Barcelona, 1981, pgs.52 y stes.

(9) Lenin, Cuadernos filosóficos, Obras Completas, tomo 29, pgs.245-246.

(10) Lenin, Cuadernos filosóficos, Obras Completas, tomo 29, pg.244.

Trotsky: el hijo pródigo del imperialismo

En torno a la figura de Trotsky existe mucho mito y muy poca realidad. A esto ha contribuido de manera muy importante la propaganda imperialista. En la lucha contra el comunismo y, particularmente, en la labor de destrucción y demonización de una figura histórica como la de Stalin, esta propaganda se ha valido, una vez más, del manido argumento de los buenos y los malos. Y si Stalin, como no se han cansado de repetirnos a lo largo de décadas y décadas, era el malo (y más que el malo, el propio diablo con cuernos y rabo), el bueno debía ser necesariamente Trotsky.

La leyenda que sobre Trotsky ha inventado el imperialismo no es más que una fabulación al servicio de las campañas contra Stalin, vale decir contra el comunismo, por cuanto el antiestalinismo no es más que otra forma de denominar el anticomunismo. Existe una incompatibilidad manifiesta en reivindicarse antiestalinista y comunista a un tiempo. El antiestalinismo es una criatura del imperialismo. Y quien de un modo u otro comparte la propaganda negra sobre Stalin no puede bajo ningún concepto formar en las filas del movimiento comunista.

Trotsky, el ‘legítimo heredero’ de LeninEUU

Una de las grandes mentiras de la historiografía burguesa es la de que el legítimo heredero de Lenin no era otro que Trotsky.

Dejaremos de lado, por el momento, lo que Lenin opinaba sobre Trotsky (aunque citaremos algunas de esas opiniones más adelante), para centrarnos en la relación que éste último mantuvo con el bolchevismo.

Un solo dato sintetiza de la forma más clara la naturaleza de esta relación: Trotsky se hizo bolchevique sólo un par de meses antes de la Revolución de Octubre. Fiel a su inveterado oportunismo, supo subirse a tiempo al carro que más le convenía. Es seguro que si los bolcheviques no hubieran tenido posibilidades de tomar el poder, Trotsky ni se hubiera planteado integrarse en sus filas, como no lo hizo a lo largo de más de una década. De hecho, esperó hasta el último momento para hacerlo, cuando vio confirmado que eran la única fuerza política que podía permitirle hacer carrera como líder revolucionario.

Desde febrero de 1917 hasta su incorporación a los bolcheviques, intentó, como siempre, nadar entre dos aguas, en la fracción de los llamados “interdistritales”, desde la que podía saltar a derecha o izquierda, según se desarrollaran los acontecimientos.

La legitimidad que el trotskismo reclama sobre el bolchevismo no tiene, por tanto, ningún fundamento. Trotsky y el trotskismo han sido siempre completamente ajenos, y, de hecho, hostiles, al bolchevismo. Trotsky, en numerosas ocasiones, a lo largo de más de una década, criticó del modo más acerado a los bolcheviques, acusando a Lenin de querer imponer en el Partido un régimen cuartelero, de querer implantar, no la dictadura del proletariado, sino la dictadura sobre el proletariado. Pronunciamientos de este tipo los hizo por decenas, y no les pueden ser desconocidos a quienes estén mínimamente familiarizados con la trayectoria de este personaje. Se puede decir que los argumentos que utilizó contra Lenin antes de hacerse pasar por bolchevique fueron aproximadamente los mismos que utilizó posteriormente contra Stalin. Hay un hilo conductor que une la lucha de Trotsky contra Lenin antes de 1917 y la que desarrolló después contra Stalin, aunque, en este caso, desarrolló esta lucha, paradójicamente, apoyándose en el propio Lenin.

En una carta a Nikolái Cheidze (líder menchevique) de 1913 (sólo cuatro años antes de la afiliación de Trotsky a los bolcheviques), decía cosas como ésta, cargadas del más radical odio a Lenin y al leninismo: “Los ‘éxitos’ de Lenin no me provocan más preocupaciones. Ahora no estamos en 1903, ni en 1908… En una palabra, todo el edificio del leninismo en el momento presente se levanta sobre mentiras y falsificaciones y lleva consigo el inicio venenoso de su propia disolución. No hay ninguna duda: si el otro bando [los mencheviques] actúa de forma inteligente, en un futuro muy próximo se iniciará una cruel disolución entre los leninistas […]”.

Y todavía al final de su vida, en la seudo-biografía que escribió sobre Stalin (y que no llegó a terminar, debido a un inoportuno accidente con un instrumento de escalada), le vuelve a salir la inquina antibolchevique y llega a afirmar que “lo que sigue siendo misterioso es cómo un Partido [el bolchevique] cuyo Comité Central se componía en sus dos terceras partes de enemigos del pueblo y agentes del imperialismo pudo vencer”.

Dos cosas resultan muy chocantes en esta afirmación, y sólo una conclusión clara sacamos de ella. La primera, que en esta misma “biografía” dice que «un revolucionario de la contextura y los arrestos de Lenin sólo podía estar al frente del partido más intrépido, capaz de llevar sus ideas y acciones a su lógica conclusión» o que la «dirección bolchevique hubiera llegado a encontrar el camino recto sin Lenin, pero despacio, a costa de fricciones y luchas intestinas». ¿En qué quedamos? ¿Era el Partido Bolchevique un partido dirigido por elementos contrarrevolucionarios y, por lo tanto, es un “misterio” que llegara a tomar el poder? ¿O era un partido tan intrépido y revolucionario que hubiera sido capaz de tomar el poder incluso sin el liderazgo de Lenin? Lo que es un “misterio” es como alguien puede ser tan oportunista -y tan estúpido, todo hay que decirlo- como para contradecirse de una manera tan flagrante en el proceso de redacción de un mismo texto.

Por otro lado, no se entiende muy bien que Trotsky, quien reclamaba para sí la herencia bolchevique, hiciera afirmaciones como ésta o que la principal acusación que lanzara contra Stalin fuera la de que en los procesos de Moscú había exterminado a la mayor parte de la vieja guardia bolchevique. ¿Por qué se erigía en defensor de esa vieja guardia si él mismo, después de los procesos de Moscú, consideraba que se «componía en sus dos terceras partes de enemigos del pueblo y agentes del imperialismo»?

Por último, la única conclusión clara que podemos sacar de estas palabras es que bajo el barniz de “bolchevique-leninista” (así se denominaban a sí mismos los trotskistas), Trotsky nunca dejó de ser un feroz antibolchevique y antileninista. Siempre vivió en esta esquizofrenia desde su afiliación a los bolcheviques. Por temperamento, por sus posiciones ideológicas, por su forma de entender la actividad política, tan aristocrática y elitista, no podía ser bolchevique. Pero debía hacerse pasar por bolchevique si quería cumplir algún papel en el movimiento comunista internacional. Finalmente, no consiguió ni una cosa ni la otra: no consiguió hacerse pasar por bolchevique; y el papel que cumplió respecto al movimiento comunista internacional no fue el de un líder, sino el de un enemigo.

Pero regresemos al período anterior a la Revolución de Octubre. A lo largo de este período, Trotsky no fue ajeno únicamente al bolchevismo; lo fue también respecto al propio Partido Socialdemócrata ruso en su conjunto. En su afán por mantener siempre una posición propia (su personalismo rayaba en la patología), Trotsky no terminó de integrarse en ninguna de las diferentes fracciones socialdemócratas; basculó entre unas y otras, si bien con una cierta inclinación hacia los mencheviques. Esta indefinición, este oportunismo llevó a Trotsky a vivir durante años al margen de la disciplina de Partido, sin ninguna relación con el trabajo práctico que éste desarrollaba en el interior de Rusia, fundando periódicos en el exilio para poder dar rienda suelta a su conocida grafomanía y dedicándose a lo único que sabía hacer: a ejercer de charlatán a tiempo completo (en Trotsky, encontramos muchas similitudes con el revolucionario virtual actual, es decir, con aquéllos que se dedican a aleccionar al personal en la red sobre las verdades del marxismo, pero que no desarrollan ni tienen intención de desarrollar ninguna actividad práctica en relación con la ideología que dicen defender). Después de un breve período de militancia juvenil, de un no menos breve paso por prisión, su extrañamiento en Siberia y la posterior marcha al exilio, sólo se dejó caer por el interior de Rusia en los momentos álgidos, con el estallido de la revolución de 1905 (tras la que pasó otro período de prisión y de destierro en Siberia) y la de febrero de 1917. El trabajo gris y ciertamente heroico que desarrollaban los militantes prácticos socialdemócratas en el interior no le merecía la menor atención. Lo suyo eran los grandes mítines, la trascendencia histórica (con la que siempre estuvo obsesionado) y la literatura de altos vuelos. De ahí que sólo se dignara a bajar del pedestal de seudointelectual en el que tan cómodamente se hallaba instalado para realizar alguna actividad realmente relacionada con la lucha revolucionaria cuando dicha actividad consistía en darse un buen baño de masas en algún soviet de San Petersburgo.

Lunacharski (quien fue compañero de Trotsky en los “interdistritales”) manifestaba lo siguiente: “Trotsky está, indudablemente, más inclinado a retroceder y observarse a sí mismo. Trotsky atesora su papel histórico y es posible que estuviese dispuesto a realizar cualquier sacrificio personal, sin excluir el mayor de todos –el de la propia vida–, a fin de permanecer en la memoria humana rodeado de la aureola del genuino líder revolucionario.» (Lunacharski, artículo titulado “A diferencia de Lenin”).

Podemos comparar esta trayectoria con la de quien la historiografía imperialista considera un usurpador del trono de Lenin. Hablamos, cómo no, de Stalin.

Éste, al contrario que Trotsky, fue bolchevique desde el minuto uno en que se conformó esta fracción en el seno de la socialdemocracia rusa; hasta 1917, fue principalmente un militante práctico (sin excluir la labor teórica, como su folleto “El marxismo y la cuestión nacional”), poco amigo de los lucimientos personales, y siempre dispuesto a abordar cualquier tarea que le encomendara el Partido. Es en Stalin, al igual que en otros muchos militantes socialdemócratas, en quien vemos encarnado el auténtico espíritu bolchevique. En Trotsky, por el contrario, se encarnaba lo peor del intelectualismo pequeñoburgués, una innegable tendencia al exhibicionismo y un no menos innegable narcisismo.

Trotsky, por cierto, tachaba a Stalin de estrecho de miras, de política e ideológicamente limitado, de aldeano, en suma. Lo cierto es que Stalin se sitúa muy por encima de Trotsky (como una secuoya respecto de una babosa), no sólo desde el punto de vista de la militancia práctica, sino también como teórico. Podemos contar a Stalin, sin ninguna duda, entre los más prominentes teóricos marxistas. Y podemos contarlo también entre los teóricos marxistas que con mayor sencillez y sentido pedagógico ha tratado las grandes cuestiones del pensamiento comunista. ¿Qué legado dejó Trotsky? Toneladas de frases altisonantes pero completamente vacías de contenido, un continuo desbarrar intelectual, pura morralla, en definitiva. Salta a la vista, para cualquiera que tenga un mínimo de conocimiento del marxismo, que Trotsky era una nulidad teórica absoluta. Hay que reconocerle una cierta habilidad literaria. Pero esto no le convierte en un teórico marxista. Saber escribir y hacer un correcto análisis de la realidad, son dos cosas muy diferentes.

Su conocimiento de la economía política marxista era de lo más superficial. El materialismo dialéctico ni lo conocía ni, por supuesto, sabía aplicarlo (lo que explica muchas de sus tonterías sobre la “revolución permanente” y su incapacidad para entender en qué consiste una táctica auténticamente revolucionaria). Krupskaia, en una crítica que hizo de un texto de Trotsky titulado “Lecciones de Octubre”, dijo de él: “El análisis marxista nunca fue el punto fuerte del camarada Trotsky”.

Trotsky, sencillamente, no era marxista ni podía serlo. Fue un intelectual pequeñoburgués que se vio arrastrado hacia al marxismo, pero nunca pudo comprenderlo y aprehenderlo verdaderamente. De aquí su inadaptación en el seno de la socialdemocracia rusa, el rechazo más o menos velado o más o menos explícito que le profesaban la mayoría de los miembros de todas las corrientes socialdemócratas. De aquí que terminara por convertirse en el mascarón de proa del anticomunismo. Acabó donde tenía que acabar: en el campo de la reacción.

En cuanto a su importancia histórica, Trotsky tampoco aguanta el tipo en la comparación con Stalin. Por un lado, tenemos a quien comandó de forma exitosa la primera experiencia de construcción socialista de la historia, al Ejército Rojo que derrotó, prácticamente en solitario, a los nazis, a quien contribuyó de manera decisiva a la instauración del socialismo en gran parte del globo. Por el otro, tenemos a un buhonero de la política, al líder de una fantasmal IV internacional, a una marioneta del imperialismo, de quien sólo conservamos recuerdo merced a la propaganda imperialista y merced al propio Stalin, en el sentido de que Trotsky no tiene entidad por sí mismo, sino únicamente como contrapunto a Stalin, como el ángel que el imperialismo necesitaba contraponer al diablo georgiano.

Y, por cierto, en relación a la legitimidad o ilegitimidad de Trotsky o Stalin como herederos de Lenin, se suele sacar a colación el llamado Testamento de este último. Al margen del grado de autenticidad que se le pueda atribuir a este documento, Lenin se limitó a achacar a Stalin que era excesivamente brusco, caprichoso y otros calificativos similares. Pero no deja a Trotsky en mejor lugar, a quien dirige adjetivos poco halagüeños y todos relacionados con su presunción, su altanería y, curiosamente, con su tendencia al burocratismo. Y, en cualquier caso, en este pretendido testamento, no se designa a Trotsky como su heredero (si es que podemos utilizar un término como éste en el seno del movimiento comunista), sino que se descarta tanto a uno como otro como futuros secretarios generales del Partido. De modo que tampoco este documento respalda la teoría sobre el “hijo pródigo” que, según algunos (básicamente, según los cuatro trotskistas que aún continúan en la brecha y según los historiadores anticomunistas), sería Trotsky para Lenin.

Para dejar las cosas bien claras, vamos a citar lo que dijo el propio Lenin sobre Trotsky.

“Trotsky […] no tiene precisión ideológica y política, porque su patente para el ‘no fraccionismo’ […] es simplemente una patente para volar libremente, de acá para allá, de un grupo a otro”.
“[…] escudándose en el ‘no fraccionismo’, Trotsky defiende los intereses de un grupo en el extranjero, que carece particularmente de principios definidos y no tiene base en el movimiento obrero de Rusia”.
“[…] no es oro todo lo que reluce. Hay mucho brillo y mucho ruido, pero ningún contenido en las frases de Trotsky”
(artículo de 1914, titulado “Ruptura de la unidad encubierta con clamores sobre la unidad”)

“Trotsky era un ferviente ‘iskrista’ en 1901-1903, y Riazanov describe su papel en el Congreso de 1903 como ‘garrote de Lenin’. A fines de 1903, Trotsky era un ferviente menchevique, es decir, se pasó de los ‘iskristas’ a los ‘economistas’ […] En 1904-1905 abandonó a los mencheviques y ocupó una posición vacilante, ora colaborando con Martov (el ‘economista’), ora proclamando su teoría absurdamente izquierdista de la ‘revolución permanente’. En 1906-1907 se acercó a los bolcheviques, y en la primavera de 1907 declaró estar de acuerdo con Rosa Luxemburgo”.
“En la época de la desintegración, después de largas vacilaciones ‘no fraccionistas’, se situó de nuevo a la derecha, y en agosto de 1912 formó un bloque con los liquidadores. Ahora ha vuelto a abandonarlos, aunque, en esencia, repite sus burdas ideas”.
“Jamás, ni en un solo problema serio del marxismo, ha sostenido Trotsky una opinión firme. Siempre se las ingenió para ‘deslizarse por entre las rendijas’ de tales o cuales divergencias, y para pasar de un campo a otro’ (El derecho de las naciones a la autodeterminación, 1914).

En una carta a Kollontai, en febrero de 1917, expresa Lenin de manera aún más rotunda qué opinión le merece Trotsky:

“¡¡Este Trotsky es un cerdo: frases de izquierda y un bloque con la derecha contra la izquierda de Zimmerwald!! ¡¡Hay que desenmascararlo […]!!”

Y en la misma línea y por las mismas fechas, esta vez en carta a Inesa Armand:

“¡¡Llegó Trotsky y este canalla se entendió en seguida con el ala derecha de Novi Mir contra los zimmerwaldistas de izquierda!! […] ¡¡Ese es Trotsky!! Siempre fiel a sí mismo, se revuelve, estafa, posa de izquierdista y ayuda a la derecha […]”

Basta con estas pocas citas para que no quede ni asomo de duda sobre cómo valoraba Lenin a su hijo pródigo.

Trotsky, el defensor de la democracia obrera y el antiburocratismo

Se ha solido presentar a Trotsky como el representante de la democracia obrera y como el antiburócrata por excelencia, una vez más, en contraposición a Stalin, el dictador sin escrúpulos y el paradigma del burocratismo. Y, una vez más, también nos encontramos ante una leyenda.

En el debate que a principios de los años 20 se desarrolló en torno al papel que los sindicatos debían jugar en el proceso de construcción de la economía soviética, ya se puso de manifiesto hasta qué punto Trotsky era cualquier cosa menos un irreconciliable enemigo del burocratismo. Trotsky defendía que los sindicatos debían ser absorbidos por el Estado, que debían convertirse en parte del aparato administrativo de éste.

Lenin y Stalin (el gran burócrata) se posicionaron contra este planteamiento. Consideraban que los sindicatos debían conservar una cierta independencia respecto al aparato del Estado, entre otras cosas, porque en aquel período ni siquiera se había iniciado la construcción socialista como tal, sino que apenas se estaban sentando las bases para hacerlo y, como es sabido, la NEP permitía, si bien dentro de unos límites, la economía capitalista, por lo que los sindicatos necesitaban de esa independencia para defender los derechos de los trabajadores. Trotsky, el antiburócrata, era partidario de la burocratización y hasta de la militarización de los sindicatos.

Respecto a su concepción del Partido, unas pocas frases del artículo de Krupskaia anteriormente citado: “Trotsky habla mucho sobre el Partido, sin embargo, para él, el Partido son los líderes, los jefes”. “Trotsky no reconoce el papel desempeñado por el Partido en su conjunto, como una organización única y cohesionada. Para Trotsky, el Partido es sinónimo de dirección central”.

Stalin, por su parte, redundando en este mismo planteamiento, en su artículo “La fisonomía política de la oposición rusa”, dice: “Trotsky no comprende lo que es nuestro Partido. No tiene una idea cabal de nuestro Partido. Mira a nuestro Partido como el aristócrata a la plebe o como el burócrata a los subordinados”.

Krupskaia, que en algún momento parece que tuvo cierta cercanía con los postulados de la llamada Oposición Unificada en los años 20 (fracción encabezada por Trotsky, Kamenev y Zinoviev), consideraba a Trotsky en un sentido totalmente contrario a la mentirología que durante décadas nos han vendido: como un burócrata y como un antidemócrata.

Sobre esto último, resulta muy esclarecedora la forma en que Trotsky ejerció el mando en el Ejército Rojo durante la guerra civil. Promocionó de manera excesiva a los antiguos oficiales del ejército zarista (y ésta fue una cuestión que enfrentó a Trotsky con Stalin, quien consideraba que era necesaria una mayor promoción de los mandos bolcheviques, aunque sin dejar de valerse de la experiencia militar de los oficiales zaristas, en espera de que fueran surgiendo nuevos cuadros militares)
e incluso llegó a fusilar a varios oficiales bolcheviques, lo que originó una dura polémica en el seno del Partido.

Trotsky, el perfecto demócrata, promocionaba a unos oficiales cuyo compromiso con la Revolución de Octubre era cuando menos dudoso, al tiempo que marginaba a los cuadros militares nacidos de esa revolución, cuando no los fusilaba.

Por otro lado, cabe hablar del libro de Trotsky “Terrorismo y comunismo” (recientemente editado y prologado por Slavoj Zizek), libro del que los trotskistas parecen avergonzarse, habida cuenta de que rehúyen hablar de él como si fuera la peste. Por lo visto, el contenido de este libro desmontaría la imagen del Trotsky comprometido con la democracia obrera.

En relación con este libro, lo que interesa analizar no es tanto lo que plantea política e ideológicamente como lo que Trotsky pretendía al escribirlo. Lo que éste pretendía es evidente: hacerse pasar por bolchevique. Pero, en su intento por ser más papista que el Papa, acaba desbarrando, como en él era habitual. Pretende hacer una defensa de la dictadura del proletariado y lo que consigue es caricaturizarla. Sitúa el foco de manera unilateral y excesiva en la dimensión represiva de la dictadura del proletariado. Y de aquí la caricatura.

En este libro, queda patente la falta de sintonía de Trotsky con el bolchevismo. Pretende escribir una obra bolchevique, pretende hablar como un bolchevique, casi parece intentar imitar el estilo literario de Lenin en algunos pasajes. Pero todo suena a impostura. Y, además, no acierta a hacer una exposición correcta del concepto bolchevique sobre la dictadura del proletariado.

Y que efectivamente este libro no es más que una impostura lo demuestra el hecho de que Trotsky, en el llamado “programa de transición” de la autodenominada IV internacional, no tiene empacho en defender todo lo contrario a lo que defendía en “Terrorismo y comunismo”. En este programa defiende la necesidad de que el socialismo se estructure en base a un sistema político multipartidista. Propone que, después del derrocamiento de la “casta burocrática estalinista”, los “partidos soviéticos” deberían ser legalizados, e ilegalizada esa casta burocrática. Lo hace en estos términos, cargados de prejuicios demócrata-burgueses: “es imposible la democratización de los soviets sin legalización de los partidos soviéticos”.

¿Cuáles serían esos “partidos soviéticos”? No pueden ser otros que el menchevique, el de los socialrevolucionarios y el propio partido trotskista. De forma que el proyecto trotskista respecto a la URSS consistía en legalizar a los partidos contrarrevolucionarios menchevique, socialrevolucionario y trotskista (los despojos de la revolución soviética, auténticos cadáveres históricos que no representaban a nada ni a nadie en la Unión Soviética) e ilegalizar a los bolcheviques, pues, por mucho que el imperialismo y el trotskismo digan lo contrario, no había en la URSS otro partido bolchevique que el que lideró
Stalin.

El proyecto trotskista era (y es) un proyecto, no sólo incoherente (capaz de defender una versión tan ridículamente radical de la dictadura del proletariado como la que se expone en “Terrorismo y comunismo”, para, unos años después, defender el sistema político multipartidista del llamado “programa de transición”), sino totalmente contrarrevolucionario.

El ‘internacionalismo’ de Trotsky: ¿posición revolucionaria o derrotismo menchevique?

También se nos ha presentado a Trotsky como el acérrimo defensor del internacionalismo y la revolución mundial, y a Stalin como un estrecho nacionalista, fanáticamente aferrado a su teoría del socialismo en un solo país.

Decía Stalin que el trotskismo era una desviación socialdemócrata (cuando el concepto socialdemócrata ya no tenía ningún componente revolucionario, pues los marxistas revolucionarios ya habían pasado a denominarse simplemente como comunistas) y que, detrás de su fraseología revolucionaria, no se escondía más que el planteamiento menchevique que consideraba imposible la construcción del socialismo en un país atrasado como la Rusia de principios del siglo pasado. Stalin tenía toda la razón. El “internacionalismo” trotskista no era más que una reformulación del derrotismo menchevique.

Bajo el liderazgo de Stalin, no sólo pudo construirse el socialismo, sino que la Unión Soviética, en menos de dos décadas, pasó de ser un país extraordinariamente atrasado a la segunda potencia económica mundial. Esto avala sobradamente el planteamiento de Stalin sobre la construcción del socialismo en un solo país.

Acerca de esta cuestión, no obstante, hay que hacer algunas puntualizaciones. Stalin jamás defendió que pudiera obtenerse la victoria definitiva del socialismo en un solo país. Esta victoria definitiva implica ya el paso al comunismo, y el comunismo sólo puede triunfar como revolución mundial. Aquí sí que no cabe la teoría de la “construcción del comunismo en un solo país”. Lo que Stalin defendía era que el socialismo podía construirse en lo fundamental en un país aislado, que era posible resistir el cerco capitalista por mucho tiempo y que, por lo tanto, era necesario centrarse en el fortalecimiento del socialismo en la URSS, pues este fortalecimiento era la condición necesaria para la extensión del socialismo a otros países. Una vez más, tenía razón: el campo socialista surgió bajo las premisas que defendía Stalin. Si se hubiera hecho caso del aventurerismo “internacionalista” de Trotsky y otros mencheviques camuflados, como Bujarin, que, en su período ultraizquierdista, defendía monstruosidades tales como que era concebible el sacrificio del Poder Soviético en aras de la revolución internacional, es seguro que la Unión Soviética hubiera tenido una historia muy corta.

Por otro lado, hay que decir que la Revolución de Octubre tuvo en sí misma la significación de una revolución internacional, teniendo en cuenta la extensión del territorio ruso y las decenas de nacionalidades que englobaba el imperio zarista. Rusia no era un pequeño país, falto de recursos y que pudiera ser estrangulado y pisoteado por cualquier potencia imperialista, sino un país muy rico en recursos, muy atrasado económicamente pero con unas posibilidades de desarrollo enormes (y el socialismo convirtió esas posibilidades en realidades concretas), con una extensión territorial que hacía imposible cualquier intento de invasión imperialista por un tiempo prolongado…

No eran pocas las dificultades a que se enfrentó el Poder Soviético para construir el socialismo, pero negar la posibilidad de hacerlo era una posición totalmente reaccionaria, digna de un derrotista menchevique como Trotsky. Este último, a la hora de defender sus posiciones, solía remitirse a algunos textos de Lenin, en los que éste incidía en la idea de que la construcción del socialismo en Rusia sería un proceso muy complicado si no se veía respaldado por la revolución socialista en otros países. Pero que un dirigente revolucionario, antes de 1917 o en los primeros años de la revolución soviética (y Lenin sólo llegó a conocer los primeros años de la revolución), albergara dudas sobre la viabilidad del socialismo en un solo país, era algo completamente normal. El conjunto de la dirección bolchevique compartía esas mismas dudas en aquel período. Pero Trotsky, insistió en la inviabilidad del socialismo en un solo país, continúo con sus diatribas derrotistas, cuando la revolución soviética ya había alcanzado un grado de estabilidad importante e incluso durante la década de los años 30, en los que el proceso de construcción socialista había obtenido importantísimos progresos. De aquí lo reaccionario del “internacionalismo” de Trotsky.

“¿Y qué hacer si la revolución internacional ha de demorarse? ¿Le queda a nuestra revolución algún rayo de esperanza? Trotsky no nos deja ningún rayo de esperanza, pues “las contradicciones en la situación del gobierno obrero… podrán ser solucionadas sólo… en la palestra de la revolución mundial del proletariado”. Con arreglo a este plan, a nuestra revolución no le queda más que una perspectiva: vegetar en sus propias contradicciones y pudrirse en vida, esperando la revolución mundial” (*).

Una marioneta del imperialismo

“Mis actividades son incomparablemente más peligrosas para Stalin que para Hitler”. Ésta es una de las frases que aparecen en una carta que Trotsky dirigió en 1940 al fiscal general de México. Sintetiza de manera muy clara, y de su propia pluma, qué papel desempeñó Trotsky en la lucha contra el comunismo. No estoy hablando de que Trotsky fuera formalmente un agente del imperialismo o que formara parte de la nómina de alguna agencia de espionaje o de seguridad de este o el otro país capitalista, si bien existen investigaciones que van en esta línea. Pero no es mi intención centrarme en esta cuestión.

Lo que pretendo analizar es a quién beneficiaba, objetivamente, la actividad de Trotsky. La respuesta es bastante clara: beneficiaba al imperialismo, servía al anticomunismo. La frase citada conduce precisamente a esta conclusión: las actividades de Trotsky eran «incomparablemente más peligrosas» para la Unión Soviética y para el PCUS que para un dictador fascista, para un representante (y qué representante) del capital monopolista alemán.

No puede caber ninguna duda respecto a que Trotsky se convirtió en una marioneta en manos del imperialismo y de que esta condición no parecía molestarle, a tenor de que, a sabiendas de las consecuencias que tenía su labor, continuó desarrollándola en la misma dirección y de modo cada vez más acusado, hundiéndose hasta el cuello en la charca de la colaboración con los capitalistas.

Esta carta al fiscal general de México no sólo contiene la perla anteriormente citada, sino que es todo un compendio de delación e intoxicación sobre el movimiento comunista tanto internacional como mexicano. La idea central que pretendía transmitir Trotsky era que los partidos comunistas de todos los países no eran en realidad más que sucursales de lo servicios de información soviéticos, señalando nombres y apellidos de militantes y dirigentes comunistas. También defendía la absurda idea de que estos servicios de información colaboraban estrechamente con los nazis.

Todos conocemos que la excusa del espionaje ha sido siempre una herramienta que se ha utilizado en los países capitalistas para perseguir al movimiento comunista. Podemos recordar el caso de Ethel y Julius Rosenberg, matrimonio comunista ejecutado en la silla eléctrica en EEUU, en 1953, acusados precisamente de espionaje. Podemos contar a Trotsky entre quienes colaboraron con estas campañas represivas y de intoxicación.

De esta carta podemos extraer pasajes como el que sigue: «Antes que nada, es esencial establecer categóricamente que la actividad de la GPU [organismo soviético de seguridad] está estrechamente ligada a la de la Comintern, o más específicamente de su apara­to, de sus elementos dirigentes y sus hombres de confianza. La GPU necesita una cobertura legal o semilegal para su actividad y un marco favorable para el reclutamiento de sus agentes; este marco y protección los encuentra en los llamados partidos «comunistas».

“La GPU y la Gestapo están conectadas de alguna manera; es posible y probable que para casos especiales ambas dis­pongan de los mismos agentes […]

“Como miembro del Comité Central, el representante de la GPU en el país tiene la posibilidad de relacionarse de manera plenamente legal con todos los miembros del partido, estudiar sus características, confiarles comisiones y arrastrarlos poco a poco al trabajo de espionaje y terrorismo, a veces apelando a la lealtad partidaria y otras al soborno […]

“Res­pecto a los Estados Unidos, Krivitski informó que la hermana de Browder, secretario general del partido, se convirtió en agente de la GPU por recomendación de su hermano.

“Para encontrar a los agentes mexicanos com­prometidos en la corrupción, el soborno y la preparación de los actos terroristas hay que buscar en el Comité Central del Partido Comunista y en la periferia de este Comité Central.

“No cabe la menor duda de que los anteriores y los actuales jefes del Partido Comunista saben quién es el director local de la GPU. Permítaseme suponer también que David Alfaro Siqueiros, que participó en la guerra civil española siendo un activo estalinista, debe saber tam­bién quiénes son los miembros más importantes y activos de la GPU, españoles, mexicanos y de otras nacionalida­des, que vienen a México repetidamente, especialmente vía París. Interrogar al ex y al actual secretario general del Partido Comunista, y también a Siqueiros, ayudaría mucho para descubrir a los instigadores del atentado [un pretendido intento de ejecución de Trotsky] y junto con ellos a sus cómplices”.

Las pruebas del colaboracionismo con la reacción de Trotsky las encontramos por decenas. Toda su obra de hecho se orienta en la misma dirección. Antes de 1917, no se dedicó más que a generar problemas en el seno de la socialdemocracia rusa y a combatir a su fracción revolucionaria, a los bolcheviques. Después de octubre de 1917 y de su sorprendente conversión al bolchevismo, continuó generando problemas al Estado soviético desde el minuto uno: es muy conocido cómo, en 1918, en las negociaciones de paz que la Rusia soviética entabló con Alemania, y en las que Trotsky fue el representante del gobierno soviético, se saltaba a la torera los acuerdos del entonces llamado Consejo de Comisarios del Pueblo y actuaba por libre, creando una situación, con su absurdo planteamiento de “ni paz ni guerra”, en la que los soviéticos se vieron obligados a firmar con Alemania un acuerdo de paz aún más deshonroso y perjudicial que el que Trotsky rechazó en un primer momento.

En política económica, se alineó con los sectores ultraizquierdistas, cuyos planteamientos, de haberse aplicado en el momento en que se propusieron, hubieran provocado una desafección absoluta por parte de los campesinos hacia el poder soviético y la consiguiente caída de los bolcheviques, habida cuenta de que el campesinado era la clase ampliamente mayoritaria en Rusia en 1917 y durante los años veinte.

Por no hablar de sus constantes actividades fraccionalistas en el seno del Partido, terminantemente prohibidas, pero que él continuó desarrollando sin ningún problema.

Se acusa a Stalin de haber sido un represor sin escrúpulos. Sin embargo, si uno lee la propia autobiografía de Trotsky, se extrae una conclusión bien diferente. Stalin tuvo demasiada paciencia, un exceso de paciencia respecto a Trotsky. En esta autobiografía, titulada “Mi vida”, este sujeto se jacta alegremente de sus actividades como dirigente del gobierno y el partido soviéticos. Y estas actividades, en un contexto como el que se daba entonces, con la Unión Soviética sometida al más feroz cerco capitalista, le deberían haber conducido al paredón muy poco después de la Revolución de Octubre. La justicia revolucionaria se demoró en exceso respecto a Trotsky. Ramón Mercader llegó con al menos 20 años de retraso.

Y tras su expulsión de la Unión Soviética, las actividades contrarrevolucionarias de Trotsky, continuaron in crescendo. Entre los hitos de estas actividades, nos encontramos que estuvo a punto de acudir como testigo en los procesos del llamado Comité Dies o Comité de Actividades Antiamericanas de la Cámara de Representantes del Congreso de EEUU, cuyo objetivo era investigar las actividades de las redes de espionaje extranjeras o de los llamados “partidos extremistas”, incluyendo bajo esta denominación tanto a nazis como a comunistas, si bien se centró principalmente en la investigación de estos últimos, siendo precursor de lo que más tarde se conoció como el macarthismo. Trotsky finalmente no pudo prestar declaración en este comité -aunque, literalmente, ardía en deseos de hacerlo- porque, en el último momento, se le denegó el visado de entrada a Estados Unidos.

En un texto titulado “Por qué acepté presentarme ante el Comité Dies”, Trotsky dijo que no tenía intención de colaborar a los objetivos reaccionarios de este comité. Pero si tenemos en cuenta el contenido de la carta al fiscal general de México anteriormente citada, podemos imaginar que Trotsky hubiera servido muy bien a esos objetivos reaccionarios y que, incluso, hubiera superado con creces las expectativas de dicho comité; el anticomunismo no hubiera podido contar con un mejor colaborador para criminalizar al movimiento comunista estadounidense.

Por otra parte, casi en la víspera de la agresión hitleriana contra la URSS, y prácticamente desde su expulsión del país, se dedicaba un día sí y otro también a llamar a la insurrección contra lo que él llamaba “la casta burocrática” o los “termidorianos”, es decir, contra el partido y el gobierno soviéticos. Ahí está la “Carta a los obreros de la URSS, publicada en abril de 1940. En 1939, además, se posicionó también en favor de la independencia de Ucrania de la URSS, coincidiendo en esto con la extrema-derecha ucraniana, cuyo filonazismo era bien conocido. Y todo esto guarda mucha relación con lo que los trotskistas hicieron durante la guerra civil española. Hablo, cómo no, del POUM, partido que, si bien no estaba formalmente afiliado a esa fantasmal IV internacional y mantenía algunas diferencias con Trotsky, ideológicamente debe ser adscrito al
trotskismo.

En mayo de 1937, este partido, estando la II República en una situación ciertamente complicada, con las tropas franquistas y sus aliados italianos y alemanes avanzando en gran parte de los frentes, orquestaron en Barcelona un golpe de estado contra el gobierno del Frente Popular. Es decir, el gobierno del Frente Popular debía combatir en el frente contra los fascistas y en la retaguardia contra los trotskistas. Los trotskistas ejercían de manera efectiva de quintacolumnistas del fascismo. Una muestra más de que el trotskismo no es una variante del marxismo, ni un hijo descarriado del movimiento comunista, sino que siempre ha servido a los intereses del imperialismo, sea por acción, por omisión, por izquierdistas, por derechistas, por aventureros, por pura estupidez o porque estaban manejados de un modo u otro por las potencias imperialistas.

En relación con los famosos procesos de Moscú, que tienen todo que ver con esto que estamos hablando, a la luz de todos estos datos, las acusaciones de traición y terrorismo que se imputaron a personajes como Bujarin, Zinoviev o Kamenev, todos ellos aliados de Trotsky, aunque en algunos momentos tuvieran discrepancias con él (la ya mencionada autobiografía de este último revela algunas cosas sobre las relaciones entre estos sujetos), resultan totalmente creíbles. Debemos recordar que a estos procesos asistió el por entonces embajador de EEUU en la URSS, Joseph E. Davis, quien no siendo sospechoso en absoluto de connivencia con Stalin, reconoció que estos juicios no le resultaron el montaje que después se dijo que habían sido. Reflejó su opinión en un libro titulado “Misión en Moscú”, y lo hizo con las siguientes palabras:

El proceso “reveló las grandes líneas de un complot que estuvo muy cerca de lograr el objetivo de derrocar al gobierno soviético actual […]

“El testimonio extraordinario de Krestinski, de Bujarin y de los otros parecería indicar que los temores del Kremlin estaban bien fundados. Porque parece hoy evidente que existía a comienzos de noviembre de 1936 un complot para ejecutar un gope de Estado dirigido por Tujachevski para el año siguiente. Aparentemente la decisión estaba tomada y estaban decididos a ejecutar el golpe de Estado.

“Pero el gobierno ha reaccionado con mucho vigor y rapidez. Los generales del Ejército Rojo han sido eliminados y toda la organización del partido ha sufrido una purga y una limpieza completa. Apareció inmediatamente que a varios dirigentes les había picado el virus de la conspiración para derrocar al gobierno y trabajaban en connivencia con los agentes de los servicios secretos de Alemania y Japón.

“Este hecho explica la actitud hostil del gobierno respecto a los extranjeros, el cierre de diversos consulados extranjeros en el país, etc. Francamente, nosotros no podemos condenar a la gente en el poder por haber reaccionado como lo han hecho si estaban persuadidos de lo que el proceso revela actualmente”.

La propaganda imperialista y los trotskistas (siempre en comandita) se han dedicado durante años a difundir la idea de que estos juicios no contaron con ninguna garantía, que fueron una farsa, que incluso se drogó a los acusados o que se les sometió a un efectivísimo proceso de manipulación psicológica para que declararan lo que declararon. Y se ha terminado por aceptar esto como una verdad incontrovertible (como los millones de víctimas de la represión estalinista). Pero resulta que estos juicios no se realizaron a puerta cerrada, sino de forma pública, con la presencia de periodistas y personal diplomático de los países capitalistas y parece ser que la opinión de quienes asistieron a las sesiones difiere ostensiblemente de la falacia que nos han vendido siempre.

Y, por cierto, fue gracias a estos procesos, y esto sí que es una verdad innegable, que la URSS pudo afrontar la agresión hitleriana en unas condiciones adecuadas, con una estabilidad y una unidad de voluntad en lo militar, en lo político y en lo social imprescindibles para afrontar un conflicto y un drama como el que vivió la URSS en la II guerra mundial. En este sentido, los procesos de Moscú no sólo fueron conformes a derecho, como diría algún avezado jurista, sino una imperiosa necesidad. Por otro lado, quien esté interesado en procesos judiciales manipulados, en falsificación de pruebas, en imputaciones de delitos inexistentes, no hace falta ni que se vaya a Moscú ni que se retrotraiga 70 años atrás en el tiempo. En la calle Génova, imparten cátedra sobre estas cuestiones casi cada día.

Y, en relación con el carácter de marioneta del imperialismo que sin duda fue Trotsky, un último apunte: ¿qué dirigente soviético rehabilitó a Trotsky, y con Trotsky, a Bujarin, Zinoviev y otros? No fue otro que el agente de la CIA Gorbachov, el máximo responsable de la destrucción de lo que quedaba de la URSS y del campo socialista. Esto, por sí mismo, es suficientemente esclarecedor. El imperialismo los crea y ellos se juntan.

Otra de las grandes contribuciones de Trotsky a la causa anticomunista es la del concepto de totalitarismo y la equiparación del nazismo con el “estalinismo” (pongo estalinismo entre comillas porque éste no existe como corriente diferenciada del leninismo). La teoría de los “monstruos gemelos”, el nazismo y el comunismo, bajo el epígrafe de “totalitarismos”, tiene su origen en Trotsky, es un desarrollo de las posiciones que éste defendía. Son numerosos los artículos en los que incidió enesta idea (“Stalin es todavía el satélite de Stalin”, “Stalin, el comisario de Hitler”, “El acercamiento entre Stalin y Hitler está a la vista”, “Los astros gemelos: Hitler-Stalin”, la carta al fiscal general de México, ya citada en este artículo, y otros muchos textos), la cual fue perfeccionada más tarde por otros agentes imperialistas como la sionista Hannah Arendt; y, desde entonces, llevan machacándonos incansablemente con la cantinela de que los “extremos se tocan”, los nazis y los comunistas son lo mismo y otras tonterías reaccionarias similares. Por lo tanto, el trotskismo, volvemos a insistir, no es una variante del marxismo; existe un nítido hilo conductor que lo une con la forma que la ideología burguesa ha adoptado en las condiciones del imperialismo de los últimos 70 años en su lucha contra el movimiento comunista; Trotsky elaboró en buena medida los fundamentos en los que se basa el anticomunismo.

Las causas de la demonización de Stalin, las razones de su reivindicación

Ya hemos dicho que la leyenda inventada sobre Trotsky por la propaganda imperialista no tenía otro objetivo que la demonización de Stalin. Analizar la figura de Trotsky implica la necesidad de analizar las causas de la demonización de Stalin.

¿Por qué esa inquina contra Stalin, por qué este empeño en destruirlo política, ideológica e históricamente a cualquier precio, imputándole todo tipo de crímenes que, por su magnitud, por su exageración, por su perversidad, resultan del todo increíbles y no pueden ser tomados en serio por ninguna persona cabal (hasta del asesinato de Lenin o de su propia esposa se le ha acusado)? Si diéramos por buenos los datos que los historiadores burgueses reportan sobre la represión “estalinista”, para los que Trotsky y los trotskistas han sido toda una inspiración, nos encontraríamos con que la URSS prácticamente hubiera quedado despoblada después de la II guerra mundial, teniendo en cuenta los 25 millones de soviéticos que perdieron la vida en aquel conflicto y los no sabemos cuántos millones más que exterminó Stalin en su “locura asesina”.

Soljenitsin, eminente premio Nobel, cuyos únicos méritos para obtener este galardón son su ultrarreaccionarismo y su anticomunismo visceral, hablaba, como apunta Olarieta en su artículo “El mito del gulag”, de que en la URSS, desde 1917 hasta la muerte de Stalin, se habrían exterminado por una u otra causa a 110 millones de personas (ahí es nada); Robert Conquest, como también apunta Olarieta en este mismo artículo, es más contenido en sus cifras: apunta unos 26 millones de muertos. En fin, de ser ciertas estas cifras, aparte de que en la URSS después de la muerte de Stalin debieron quedar cuatro gatos y un tambor, nos encontraríamos con que todo el territorio de la antigua URSS vendría a ser una fosa común gigantesca, por la que no se puede dar un paso sin tropezar con algún resto humano. La falsedad de todos estos datos, que no son fruto sino de la imaginación de cuatro “historiadores” que no saben lo que es salir de su despacho y de algún disidente filofascista como Soljenitsin, empeñados durante años en un “¿quién da más?” en cuanto a las cifras de la represión soviética o las famosas hambrunas, se pone de manifiesto por el simple hecho de que los archivos de la seguridad soviética fueron abiertos por Gorbachov en el año 89, y nada aparece en ellos que se acerque ni de lejos a lo que plantean estos “historiadores”. Por otro lado, si las cifras fueron tan elevadas, no sería difícil encontrar los restos de esas decenas de millones de víctimas. Aquí, en España, donde las cifras de la represión franquista fueron de en torno a un cuarto de millón de personas, aparecen fosas un día sí y otro también. Nada de esto ha ocurrido en el territorio de lo que fue la URSS.

El genocidio de los nazis está sobradamente respaldado por todo tipo de documentos y testimonios. El “genocidio” de la URSS es como una verdad revelada, como un dogma católico que no necesita someterse a ningún criterio objetivo, que no necesita de ninguna base material y que se ha dado por bueno por gran parte de la opinión pública de todos los países merced a un machaque constante durante siete décadas, en las que una mentira se ha sobrepuesto a otra y así ad infinitum.

Viene a ser como los rumores de ciertos pueblos, que se inician con un “fulanito es homosexual” y, en el devenir de ese rumor, se acaba diciendo que fulanito está liado con el cura del pueblo. El pueblo en este caso tiene dimensión planetaria y la exageración, la manipulación de la verdad y los añadidos creativos son aún más exagerados. Y si a esto se suma el interés del imperialismo por destruir el movimiento comunista internacional y a sus más importantes dirigentes, la magnitud de la mentira alcanza proporciones inconmensurables.

Para entender todo este montaje contra Stalin y contra el movimiento comunista internacional, necesitamos retrotraernos a lo que el dirigente soviético representaba después de la II guerra mundial, que es cuando la campaña anticomunista adquiere mayor intensidad, para no remitir ya nunca.

Stalin consiguió que la URSS, en apenas dos décadas, pasara de ser un país muy atrasado a la segunda potencia mundial en lo
económico, en lo militar y en lo político, debido esto último a su ascendencia entre los trabajadores de todos los países. La URSS, bajo el liderazgo de Stalin, derrotó prácticamente en solitario a los nazis. El famoso desembarco de Normandía no jugó apenas ningún papel en la derrota de los hitlerianos, teniendo en cuenta que el espinazo del ejército alemán ya estaba roto. Lo rompió la URSS en su contraofensiva, con un coste humano absolutamente brutal; como ya hemos dicho, 25 millones de soviéticos perdieron la vida en la II guerra mundial. Las llamadas potencias occidentales, lejos de colaborar a la derrota nazi, contemporizaron, en espera de que los nazis y los soviéticos se destruyeran entre sí, y así reforzar su propia posición. Se equivocaron en sus cálculos. La Unión Soviética salió de aquel conflicto más fuerte que nunca. Los imperialistas no esperaban este desenlace y temían seriamente por la supervivencia del sistema capitalista ante la pujanza de los comunistas.

Bajo el liderazgo de Stalin, surgió el campo socialista. Y la admiración que la figura de Stalin despertaba en millones de trabajadores de todo el mundo, representaba un fenómeno desconocido hasta entonces.

Todos estos elementos resultaban muy peligrosos para el capitalismo mundial. Era necesario desatar una campaña para acabar con la amenaza comunista. Y es a partir de ese momento que el antiestalinismo, estrechamente imbricado con la llamada “guerra fría”, se torna más agresivo. Había que destruir la figura de Stalin porque era la forma de destruir el movimiento comunista. Y para conseguir este objetivo valía y sigue valiendo todo; no hay crimen que no se le haya imputado a Stalin. Existe tal grado de exageración, que todo resulta caricaturesco y falso. Es inconcebible un ser humano con un grado de maldad y de crueldad como el que se le achaca a Stalin; parece ser que no hubo ni un minuto en su vida en que no estuviera planeando la destrucción o asesinato de algún adversario, cuando no de los miembros de su propia familia.

No tengo intención de entrar en una guerra de cifras sobre la represión en la URSS contra los elementos contrarrevolucionarios. No hay duda de que esa represión fue enorme y que no podía ser de otro modo. La Unión Soviética hubo de enfrentarse a una situación extremadamente conflictiva desde su mismo nacimiento. La Unión Soviética nace al calor de la I guerra mundial e inmediatamente se ve arrastrada a una guerra civil absolutamente cruel entre el nuevo poder surgido de la Revolución de Octubre y los elementos del viejo régimen, respaldados éstos por las potencias imperialistas, que también destacaron tropas en territorio soviético. Se ve sometida al más asfixiante cerco capitalista. El sabotaje de la economía soviética y las conspiraciones internas y externas contra el poder soviético fueron constantes. Tuvo que enfrentarse a la agresión hitleriana.

No pretendo hacer, sin embargo, una defensa acomplejada de la figura de Stalin, como las que suelen hacer ciertos “estalinistas”, en el sentido de que el pobre Stalin se vio obligado a hacer lo que hizo, o caer en las concesiones a los prejuicios burgueses diciendo aquello de que “yo defiendo a Stalin, pero hay que reconocer que se cometieron desmanes”, que es una forma absolutamente vergonzante y vergonzosa de defender al gran dirigente soviético.

He definido, en líneas muy generales, el contexto en el que se desarrolló la construcción del socialismo en la URSS y he intentado explicar los porqués de la represión soviética. Pero, eso, he intentado explicar, que no justificar esa represión soviética, pues los comunistas no debemos justificar nada ni mucho menos justificarnos ante la burguesía, casi pidiendo perdón por existir. Los comunistas nunca hemos defendido aquello de que “el fin justifica los medios”. Las justificaciones son para los curas y los moralistas. Los comunistas nos guiamos por un principio mucho más sencillo y menos hipócrita: el fin determina los medios.

En la URSS, se hizo lo que dictaban las circunstancias de la época. Ni más ni menos. Los comunistas no elegimos las condiciones en que se debe hacer una revolución. Éstas vienen dadas. Evidentemente, lo ideal es que el proceso revolucionario sea lo más incruento posible. Pero, en el terreno de la realidad, nos encontramos con que las revoluciones se desarrollan siempre en unas condiciones muy difíciles. Y esto determina que las revoluciones se hayan desarrollado y se habrán de desarrollar de forma cruenta. La lucha de clases determina este carácter cruento.

En el período que va de 1917 al XX congreso del PCUS (momento en que se produce el giro revisionista, también sobre la plataforma del antiestalinismo), no todo debió ser perfecto, ni tampoco podía serlo (toda actividad humana es necesariamente imperfecta). Pero todo marxista-leninista debe reivindicar este período. Y quien se muestre titubeante en esta reivindicación, quien recurra a argumentaciones tangenciales, quien caiga en los “sí, pero…”, lo único que estará demostrando es que los prejuicios burgueses, la propaganda imperialista y anticomunista con la que nos han machacado en todo tiempo y desde todos los frentes, se le ha introducido hasta el tuétano; y esto, en tanto no sea superado, le incapacitará para militar en el movimiento comunista.

No hago, desde luego, un llamamiento a aceptar de forma acrítica ninguna conclusión respecto a aquel período. Esto tampoco es propio de comunistas. Si por un lado tenemos a los “estalinistas” acomplejados, por otro también tenemos a quienes reivindican a Stalin, de un modo que podríamos definir como talibánico, sabiendo muy poco o nada sobre su papel histórico o sobre su obra teórica y práctica. Los primeros son incapaces de desprenderse totalmente de los prejuicios burgueses; los segundos padecen exactamente del mismo mal, pero lo ocultan bajo una pose de puros y duros estalinistas; y suele ocurrir que estos superestalinistas terminan en no pocas ocasiones yendo a dar con sus huesos en el revisionismo y en las peores formas del oportunismo político.

No hay que caer, por tanto, ni en posiciones acomplejadas ni en el talibanismo. Hay que hacer siempre un análisis profundo de todas las cuestiones. Ahora bien, no hay que hacer nunca este análisis desde la óptica de la ideología burguesa, nunca desde los prejuicios que nos han sido inoculados por el capitalismo.

Por último, del mismo modo que las razones por las que la propaganda imperialista ha engrandecido a un sujeto tan despreciable como Trotsky son las razones que deben llevarnos a señalarlo como un enemigo del movimiento comunista, las razones por las que esa misma propaganda ha demonizado a Stalin son las que obligan a cualquier comunista consecuente a reivindicarle y a restituirle en el lugar que le corresponde en la historia y en el movimiento comunista internacional. No hay ningún dirigente político que haya sido más denostado que Stalin. Nos corresponde a los comunistas desmontar las mentiras que sobre él se han construido. La rehabilitación de Stalin es parte fundamental de la lucha contra la ideología burguesa; es parte, por tanto, de la lucha por la reconstrucción del movimiento comunista. El antiestalinismo, ya lo hemos dicho, no es sino otro de los nombres que adopta el melifluo anticomunismo. Y como tal debemos combatirlo.

(*) Stalin: La Revolución de Octubre y la táctica de los comunistas rusos, diciembre de 1924.

Comentario a un documento ‘interno’ de los CJC

Por
uno de esos azares del destino, ha venido a caer en nuestras manos un
documento “interno” de los llamados Colectivos de Jóvenes Comunistas,
titulado “El izquierdismo hoy: nuevas formulaciones, misma práctica”. En
él, sus “ideólogos” se dedican, durante unas 25 páginas, a exorcizar
los temores que en estos momentos parece que atenazan al revisionismo, y
que vienen a sintetizarse en uno solo: los cabecillas del PCPE y de sus
juventudes saben que, en un contexto de agudización de la crisis
general del capitalismo como el que estamos viviendo, no tienen nada que
ofrecer ni a la clase obrera ni a la juventud combativa y temen que en
algún momento se produzca una desbandada en sus filas, ante el
escoramiento a la izquierda que se está dando entre los sectores
avanzados.

Este documento, y la contrarrevolucionaria y cobarde
crítica que en él dirigen a nuestro Partido (ni siquiera se han atrevido
a hacerla pública, como correspondería a una auténtica organización
comunista), son un intento desesperado por evitar esa desbandada, que no
cabe duda que se producirá más pronto que tarde. Ningún comunista
honesto puede permanecer por mucho tiempo en las filas del revisionismo.

Una cuestión previa

Antes
de entrar en mayores honduras sobre el documento que estamos tratando,
nos gustaría mencionar un pequeño detalle que nos ha llamado
poderosamente la atención. No es otro que el sorprendente hecho de que
los “teóricos” de los CJC pretendan respaldar sus posiciones recurriendo
a varias citas de Stalin.

Nos dicen que algunos jóvenes “sin la
suficiente formación o información” se pueden ver atraídos por nuestro
Partido. Pues bien, para que quienes militen o pretendan militar en el
PCPE-CJC cuenten con la suficiente información y no vayan por el mundo a
ciegas, como parece que les ocurre a los jóvenes que se acercan a
nuestro Partido, nos gustaría aportar alguna información sobre estos
comunistas de los pueblos de España, sobre cuáles son sus orígenes y
hasta qué punto sus postulados no tienen nada que ver en absoluto con
los que defendiera Stalin.

El PCPE no surge, como surgimos otros,
hace ya más de cuarenta años, en la lucha que en aquellos momentos se
desató entre el revisionismo y el comunismo revolucionario. Surge bien
entraditos los 80, por lo que comparten con los carrilistas no sólo todo
el proceso de degeneración política e ideológica que se inició a partir
de la adopción por el PCE de la política de reconciliación nacional,
sino también lo que fue la culminación de ese proceso; es decir, la
llamada transición, donde se plegaron hasta casi partirse el espinazo a
los intereses de la oligarquía financiera y de los franquistas. El PCPE,
en este sentido, es partícipe y cómplice del carrillismo en aquella
farsa en la que se echó por tierra y se pisotearon décadas de la más
heroica lucha antifascista.

Por otra parte, el PCPE no nace como
una “escisión revolucionaria” del PCE, sino que simplemente es una
criaturita del ultradegenerado PCUS de los años 80. El PCE se había
desmarcado de la URSS para abrazar el eurocomunismo, y, ante eso, el
PCUS necesitaba crear un partido que continuara cumpliendo el papel de
testaferro del revisionismo soviético en nuestro país. De aquí nace el
PCPE, son éstos sus heroicos orígenes: mientras algunos continuamos
manteniendo en alto la bandera de la resistencia y de la lucha por el
socialismo (cuando esta bandera ya había sido arrojada al barro por la
mayor parte de las organizaciones que se autodenominaban “comunistas”),
otros se dedicaban a “trincar rublos” (como diría algún periodista),
generosamente donados por la mafia que en aquellos momentos se había
instalado en el gobierno, el partido y el Estado soviéticos. ¿Puede dar
lecciones de marxismo-leninismo una organización semejante?

El PCPE puede hacer todos los requiebros ideológicos que quiera; ha sido, es y será parte del campo revisionista.

Y
es aquí donde entra la cuestión de Stalin. Pocas organizaciones hay más
ajenas a Stalin que el PCPE. Ni siquiera cabe aplicarles el concepto de
jruschovistas. Su revisionismo no es ni siquiera el del XX Congreso del
PCUS. Es algo mucho peor. El PCUS de los años 80, su “alma mater”, más
que revisionista, era un semillero de agentes del imperialismo apenas
disimulados. ¿A cuento de qué se dedican los peceperos a citar a Stalin?
Su pretensión de hacerse pasar por “estalinistas” (entendiendo
“estalinista” como sinónimo de marxista-leninista) resulta, más que
cómica, patética. El PCPE representa un proyecto viciado en origen,
emparentado con los Carrillo, los Gorbachov y elementos similares.

Actualmente,
no es más que el ala izquierda del revisionismo. Es más, resulta
incomprensible que no opte por integrarse directamente en IU, coalición
de la que fue miembro fundador. Desde la óptica de los comunistas
revolucionarios, no se aprecian grandes diferencias entre el tal Carmelo
Suárez y los Cayo Lara y Llamazares. Todos comparten la misma impronta
ideológica, la que les viene del tronco común del carrillismo.

Sobre el carácter del Estado, la República Popular y los lugares comunes del oportunismo

Parece
que todas las variantes del oportunismo, de “izquierda” y de derecha,
coinciden en los mismos elementos a la hora de hacer una crítica de la
línea de nuestro Partido. Los peceperos no iban a ser menos.

Niegan
que el Estado español tenga un carácter fascista. Dicen que “España, a
la muerte de Franco y con la posterior “transición política” se equipara
al resto de las democracias burguesas occidentales, quedando una
serie de reminiscencias del antiguo régimen (tribunales especiales,
corona, etc.) pero que en ningún momento condicionan la correcta
caracterización de España como una democracia burguesa al uso. Además,
una vez finalizada la dictadura fascista, España se incorpora de facto a
la cadena imperialista europea”.

La última frase de esta cita
resulta bastante incomprensible. ¿Es que España, antes de la farsa
transicional, era un Estado antiimperialista y sólo después “se
incorpora de facto a la cadena imperialista”? Por el tono que los
“ideólogos” de los CJC utilizan a lo largo de este documento, da la
impresión de que tienen un alto concepto de sí mismos en el plano
teórico. Sin embargo, en ciertas afirmaciones, como ésta que
mencionamos, demuestran tener graves carencias políticas e ideológicas y
ser más unos diletantes que marxistas más o menos formados. El
franquismo estaba incorporado a la cadena imperialista desde el 18 de
julio de 1936.

Por otro lado, hay algunos datos que se les olvida
mencionar a los “ideólogos” de marras, aunque quizá no deberíamos
tenérselo en cuenta, pues, ciertamente, el PCPE sí ha vivido en una
“democracia burguesa al uso”, en el sentido de que estas más de tres
décadas que han transcurrido desde la farsa transicional han
representado para este partido un período extraordinariamente apacible,
parafraseando a Mayor Oreja (que, al igual que los peceperos, también
cree firmemente que vivimos en una democracia, y, en su momento, cuando
desempeñaba las funciones de ministro del interior, se marcó el objetivo de convencernos a todos de ello, con lo medios más pedagógicos).

Lo
que olvidan mencionar nuestros jóvenes “comunistas” es que las
reminiscencias del franquismo que arrastramos, no sólo consisten en la
existencia de un tribunal especial o de la institución monárquica (que
más que una reminiscencia franquista es una reminiscencia feudal), sino
en otras muchas; a saber: la utilización de la tortura de forma
sistemática en la represión de la disidencia política, la utilización
del terrorismo de Estado y la guerra sucia (en fechas tan recientes
como 2009 todavía el Estado secuestró, torturó, asesinó y desapareció a
un militante antifascista, como es el caso del independentista vasco Jon
Anza), la ilegalización de organizaciones políticas, el encarcelamiento
de militantes políticos, cuyas condenas se cuentan por décadas (esas
condenas que en este documento se consideran “ridículas desde el punto
de vista militante”)… La democracia española “al uso” resulta en realidad
muy “sui generis”, y mantiene tantas concomitancias con el franquismo
que a algunos nos lleva a cometer el imperdonable error, propio de unos
incorregibles izquierdistas, absolutamente ignaros de los principios del
marxismo-leninismo, de considerar que vivimos bajo un Estado fascista.
Pero es que nosotros vivimos en una realidad paralela… la que le toca
vivir a las organizaciones revolucionarias. La realidad de los
comunistas “al uso” que viven en democracias “al uso” es bien diferente.

Y,
a riesgo de resultar reiterativos, nos gustaría traer aquí una cita muy
interesante, cuya procedencia revelaremos al final de la misma: “España
es el Estado europeo donde más población reclusa existe, donde más duro
es el Código Penal y donde las normas sancionadoras se aplican con
menores garantías, respecto a otros Estados del continente.

”Con
más de un millar de presos políticos, con más de una veintena de
organizaciones ilegalizadas o disueltas a base de persecuciones, con
reiterados informes de los diferentes relatores de Naciones Unidas,
constatando la práctica reiterada de la tortura durante las custodias de
detenidos o presos, así como las escasas o nulas consecuencias penales
para sus autores, merece la pena analizar la represión con especial
hincapié”

”Tras las leyes de amnistía dictadas por las Cortes
franquistas en 1976 y 1977, izquierdas y derechas parlamentarias han
proclamado al mundo la plena consecución de las libertades públicas en España, así como la absoluta inexistencia de presos políticos en su territorio.

”En
la medida en que la estructura política, económica y militar del Estado
español quedó apenas intacta tras la promulgación de la Constitución de 1978, era evidente que volvería a
haber presos políticos, y la realidad que hoy vivimos deja muy clara
esta afirmación.

”En el año 2002, los dos grandes partidos de la
burguesía, PSOE y PP, lanzaban la promulgación de la conocida como Ley
de Partidos, instrumento legal que ha sido indispensable en la conculcación de los derechos civiles de miles de personas en todo el Estado.

”En
virtud de este texto, más de una veintena de organizaciones políticas,
sociales, de defensa de los derechos humanos o culturales han sido
ilegalizadas, y decenas de dirigentes y militantes encarcelados, así
como de mucha gente que ha sido relacionada con organizaciones o
movimientos sin ser parte de ellos, para poder condenarles sin ningún
tipo de prueba real, bajo la argumentación de ser un instrumento legal
con fines terroristas. Este tipo de condenas se han dado en procesos
judiciales con múltiples irregularidades, mediante tribunales de
excepción y sin las debidas garantías procesales.

”De una manera o
de otra, los procesos penales que se han dado en los últimos 30 años
contra la disidencia en todo el Estado, han sido denunciados por
diferentes organismos internacionales por la total ausencia de garantías
de los mismos: autoinculpaciones y confesiones obtenidas bajo tortura
durante los días que la Ley Antiterrorista habilita para que el detenido
no tenga medios de defensa, condenas formuladas en base a diligencias
policiales y sin pruebas, o la existencia de tribunales de excepción
como la Audiencia Nacional, son la base para una represión que afecta
a militantes comunistas, anarquistas, independentistas, antimonárquicos
y jóvenes inconformistas con este sistema en general.

”Este
marco represivo que, con unos medios de comunicación totalmente
domesticados y el silencio general en la izquierda reformista, abre el
camino para que se reabran viejas fórmulas represivas y el terrorismo
de Estado, fórmulas que de hecho nunca fueron cesadas. Actualmente,
existe un pacto de Estado sobre malos tratos y tortura, que involucra a
jueces, que ni investigan ni condenan a fuerzas policiales; políticos,
que dirigen en la sombra; policías y guardias civiles, que ejecutan; y
medios de comunicación, que silencian o desacreditan las denuncias.

 
”Es igualmente ilustrativo el sistema carcelario
español que, reconocido por sus propios mentores como uno de los más
crueles de Europa, se configura no solamente como aparato de represión,
sino que supone el medio esencial para la anulación física de las
personas reclusas, donde la represión abarca todas sus formas. Torturas y
aislamiento son los métodos habituales de trabajo del personal de
prisiones”.

Sólo cabe extraer una conclusión de estas líneas, y
no es otra que la de la pervivencia del fascismo tras el tongo de la
transición. ¿Qué otra conclusión cabe sacar cuando se dice que en “la
medida en que la estructura política, económica y militar del Estado
español quedó apenas intacta tras la promulgación de la Constitución de
1978, era evidente que volvería a haber presos políticos” o que
prácticas como el terrorismo de Estado “nunca fueron cesadas”?

¿Y
de dónde ha sido extraída esta cita? ¿Tal vez es un producto de nuestra
ultraizquierdista y retorcida mente? Va a ser que no. Esta cita viene
de otro lado. El título del documento, muy poético y combativo, es
“La juventud a la ofensiva construyendo revolución”, y sus autores
son… los propios CJC. Y no es un simple articulillo publicado por
alguna oveja descarriada de estos colectivos, sino que viene a ser algo
así como el informe político que se sometió a debate en el 7º congreso
de las juventudes del PCPE. Sorprendente, ¿no?

Y ahora lo que hay
que analizar es cuál es la verdadera posición de los CJC: si la que se
expresa en el documento “interno” “ultrasecreto” o el documento del 7º
congreso. Nosotros consideramos que en ambos documentos se expresa la
verdadera posición de los CJC (el oportunismo, siempre por encima del
bien y del mal, puede permitirse el lujo de defender una cosa y la
contraria). Y nos explicamos: con el documento del 7º congreso
pretendían contentar al sector más combativo de sus militantes; y con el
documento “ultrasecreto” lo que pretenden es neutralizar las tendencias
revolucionarias de esos mismos sectores combativos. Hay una
compatibilidad total entre ambos documentos, desde el punto de vista de
la estrategia de los peceperos y de sus juventudes para retener a sus
militantes, no vaya a ser que, faltos de “formación e información”, se
decidan a ir por otros derroteros políticos e ideológicos, alejándose
para ya no volver de este producto de la perestroika que es el PCPE-CJC.

Continuando
con los lugares comunes en que suelen incurrir gran parte de las
organizaciones oportunistas a la hora de criticar a nuestro Partido,
debemos entrar en la cuestión de la República Popular y qué papel juega
en la estrategia y la táctica que defendemos.

Los oportunistas
suelen defender que nuestro Partido no lucha por el socialismo, sino que
nos limitamos a defender un proyecto “populista” (en el sentido en el
que el leninismo entiende este concepto), meramente
democrático-revolucionario. Quienes hacen esta interpretación de
nuestras posiciones, y no son pocos, o bien no saben leer o bien se
dedican a acercar el ascua a su sardina y no entienden otro modo de
atraer al personal a su organización que manipulando y falseando
lasposiciones de la “competencia”. Los CJC, a este respecto, dicen en su
documento que nuestro posicionamiento sobre el carácter fascista del
Estado español “tiene un único objetivo: rechazar la necesidad
estratégica de la revolución socialista”. A esto podríamos contestar que
el posicionamiento de los peceperos sobre el carácter no fascista del
Estado español tiene también un único objetivo: el de justificar su
apego a la legalidad burguesa, al electoralismo y a los métodos de lucha
no revolucionarios.

Nuestro Partido, por activa y por pasiva,
siempre ha dicho que la revolución pendiente en España sólo puede tener
un carácter socialista. ¿Podría ser de otro modo en un país de capitalismo monopolista de Estado como el nuestro?

Ahora
bien, ¿cómo llegamos al socialismo? ¿Cómo nos “acercamos” al
socialismo? ¿Es necesaria alguna fase intermedia? Nosotros creemos que
sí.

Partimos de la base de que toda revolución socialista, aunque
se dé en un país imperialista, tiene, nos guste o no, un cierto
componente popular. Esos purismos de “clase contra clase” tienen más que
ver con el trotskismo que con el marxismo. Ciertamente, las clases
determinantes en las sociedades capitalistas son la burguesía y el
proletariado; son estas dos clases los principales actores en la lucha
por el socialismo.

Pero existen también los llamados sectores
populares (trabajadores autónomos, pequeños propietarios,
campesinos…), sectores no proletarios que los comunistas debemos saber
ganarnos para la revolución o neutralizarlos en caso de que lo primero
no sea posible, sencillamente porque, de no hacerlo, los tendremos
enfrente, en el campo de la burguesía, del fascismo. Y hay que tener en
cuenta que estos sectores no proletarios representan todo un “ejército”
formado por millones de personas. Sería, desde luego, una política muy
poco inteligente dejar que esta fuerza social se “decantara” hacia el
campo de la reacción.

No se puede derrotar a un Estado fascista,
armado hasta los dientes y dispuesto a desencadenar, como ya ha
demostrado en numerosas ocasiones (antes y después de 1978), la más
sanguinaria y terrorista represión contra el movimiento revolucionario,
sin forjar la más amplia unidad obrera y popular, que es a lo que
nosotros denominamos como Movimiento de Resistencia Popular.

Existen,
además, algunas cuestiones democráticas que resolver, como es el caso
de la opresión nacional; y, en relación con esto, debemos establecer
relaciones de colaboración y entendimiento con las expresiones
progresistas de los movimientos de liberación nacional de las
nacionalidades oprimidas por el Estado español, cuyo componente de clase
tampoco es precisamente proletario.

Éste es el sentido de
nuestras posiciones democrático-populares y ésta es la razón por la que
consideramos que la revolución socialista deberá pasar por un breve
período de transición (tal vez de sólo unos meses) que prepare las
condiciones para iniciar el proceso de construcción del socialismo como
tal. En nuestro programa, se expresa con bastante claridad: “Con la
instauración de la República Popular se inicia el periodo que va desde
el derrocamiento del Estado fascista e imperialista a la implantación de
la dictadura del proletariado. Dicho periodo cubrirá una corta etapa de
transición que puede ser considerada también como de comienzo de la
reestructuración socialista”.

Nuestro planteamiento sobre la
República Popular y el gobierno provisional democrático-revolucionario
encaja perfectamente con lo que Dimitrov, en el VII Congreso de la
Internacional Comunista, definía, siguiendo a Lenin, como las “formas
especiales de transición o de acercamiento a la revolución proletaria”.
Quien quiera encontrar contradicciones, ambigüedades o posiciones ajenas
al marxismo-leninismo en un planteamiento como el nuestro, o es un
manipulador o no entiende absolutamente nada de la teoría, de la
práctica y de la historia del movimiento comunista. Encontramos un poco
de todo esto en el documento de los jóvenes “comunistas”.

No hay
en nuestra posición ninguna “innovación” en lo que se refiere a la lucha
por el socialismo. Todos los procesos de construcción socialista que se
han dado a lo largo de la historia han tenido este componente popular:
antes de la Revolución de Octubre se dio la revolución de febrero, y el
gobierno surgido de Octubre no era un gobierno puramente obrero, sino
un gobierno obrero y campesino; por no hablar del período de la NEP, en
el que se estableció una alianza temporal no sólo con la pequeña
burguesía campesina, sino también con la pequeña y mediana burguesía
industrial y comercial. Ahí tenemos también la revolución china o los
procesos que se dieron en las “democracias populares” de Europa del
este. Y este componente popular, aunque en menor medida, dado el grado
de desarrollo actual del capitalismo en todos los países, que tiende a
simplificar al máximo el conflicto de clase (sin llegar a reducirlo
totalmente a la “purísima” fórmula de burguesía “versus” proletariado),
continuará jugando un papel en el futuro. Nuestro Partido cree que este
papel debe ser tomado en cuenta y tener su reflejo en la táctica
revolucionaria. Por el contrario, las organizaciones que pretendan
soslayarlo, sólo estarán demostrando que tienen una concepción
abstracta, puramente teoricista y metafísica de la lucha de clases y una
manifiesta incapacidad para desenvolverse en el plano de la realidad,
en el plano de lo concreto.

El ‘señuelo’ de los presos políticos

En
otra parte del documento se dicen cosas como ésta: “Mediante su praxis,
el PCE(r) busca en los frentes no la hegemonía, como debiera hacer un
destacamento comunista, sino atraer a militantes a su organización
utilizando por ejemplo la solidaridad hacia los presos políticos (…)
Debido a esto, muchos militantes están en la cárcel cumpliendo condenas
ridículas desde el punto de vista militante, lo cual es verdaderamente
peligroso y resulta improductivo para el avance de las posiciones
revolucionarias en el seno de la clase obrera”.

Al margen de la
cuestión de los presos políticos, esta parrafada nos suscita un par de
reflexiones. La primera es que nos vuelve a dejar estupefactos la
capacidad que tienen nuestros críticos para decir tonterías a diestro y
siniestro (más a diestro que a siniestro, teniendo en cuenta la
organización en la que militan). Lanzan contra nuestro Partido la
“gravísima” acusación de que queremos atraer militantes a nuestra Organización, en vez de buscar la hegemonía.

Nuestro
Partido, como todos los partidos comunistas que son y han sido, tiene
entre sus objetivos fundamentales el de atraer militantes a sus filas y
fortalecerse orgánicamente. ¿Es que el PCPE acude a los
frentes de lucha buscando únicamente “adhesiones morales”? Y, por otro
lado, ¿de qué manera se puede obtener esa hegemonía si no se cuenta con
una organización fuerte, no sólo en lo político e ideológico, sino también en lo orgánico?

Y,
en la última parte de la cita, se lanza una advertencia a quienes
pretendan tomar el camino de la lucha revolucionaria, intentando
meterles el miedo en el cuerpo y demostrando cuál es el carácter del
PCPE-CJC. Vienen a decir que hacerse militante del PCE(r) es algo
“verdaderamente peligroso” (y no es propio de comunistas… al menos no
lo es en el caso de los comunistas de los pueblos de España… correr
peligros de ningún tipo) porque se puede acabar en la cárcel y, lo que
es peor, terminar haciendo el ridículo, pues las condenas que se nos
imponen son “ridículas desde el punto de vista militante”. No sabemos
qué se pretende expresar con esto de lo ridículo desde el punto de vista
militante. Debe ser otra ocurrencia de nuestros aprendices de
marxistas, que cuando no saben qué decir, salen por la tangente con
frases rimbombantes de este tenor. Lo que ocurre es que, en este caso,
les han traicionado los duendes del subconsciente y ha salido el
contrarrevolucionario que llevan dentro.

¿Ridículas las condenas a
los militantes del PCE(r)? ¿Deben considerar igualmente ridículas
“desde el punto de vista militante” la muerte de José Ortín, de
Sevillano, de Crespo Galende y de muchos otros presos políticos y
militantes comunistas asesinados por el terrorismo de Estado?

Los
cabecillas del PCPE-CJC, aunque no lo manifiesten a menudo (si lo
hicieran, buena parte de sus propias bases se los comerían vivos),
profesan un profundo odio a nuestro Partido y a nuestros militantes,
presos incluidos. Su documento “interno” es una clara prueba de ello. Y
es bastante entendible este odio, en el que coinciden todos los
reformistas y oportunistas: somos el espejo en el que se deben mirar y
lo que ven no les gusta nada; somos el contrapunto a su claudicación, a
su venalidad, a su inconsecuencia. Desean de todo corazón que desaparezcamos
del mapa de una vez para siempre, pues, de ese modo, podrían hacerse
pasar por revolucionarios ante la imposibilidad de establecer una
comparativa entre los “bolcheviques de postal”, que tienen la completa
seguridad de que dormirán cada noche en su casa -después de leer
apaciblemente algún clásico del marxismo con la bata y las pantuflas-, y
entre quienes creen que la lucha por el socialismo exige un grado de
compromiso y de sacrificio que está a años luz del que están dispuestos a
asumir estos señores. Los auténticos comunistas no tienen ningún
complejo y no temen hacer el mayor de los “ridículos” dando con sus
huesos en la cárcel si a eso les conduce su compromiso revolucionario; y
el compromiso revolucionario, cuando es auténtico, suele tener la
desagradable consecuencia de conducir a los militantes comunistas a los
cuarteles, comisarías y mazmorras del fascismo.

Y aquí enlazamos
con la cuestión de los presos políticos, que según los peceperos no son
más que el señuelo que utilizamos para captar militantes “sin la
suficiente formación e información”. Como siempre, y siendo consecuentes
con la mezquindad política que rezuma el documento que estamos
analizando, nuestros jóvenes diletantes interpretan las cosas de la peor
manera, pretendiendo adjudicarnos sus propias cualidades morales.

Nosotros
no nos dedicamos a manipular a la gente (como hacen los CJC en su
documento) ni utilizamos la cuestión de los presos políticos como un
caramelito con el que embaucar a ningún pobre ingenuo (los peceperos
parten de la base de que todos aquéllos que no militan en sus
organizaciones están aquejados de la más profunda estupidez y falta de
luces).


Los presos políticos no son ningún señuelo; más bien son un
testimonio. ¿Un testimonio de qué? Pues, sencillamente, son el
testimonio de quiénes están dispuestos en este país a luchar hasta las
últimas consecuencias.

Sí, los presos políticos representan un
“polo de atracción” para los militantes más honestos. Pero no
por los motivos que creen los peceperos, no por un humanista sentido de
la solidaridad, no porque nos dediquemos a explotar la vena sensible del
personal relatándoles compungidos la situación tan penosa en que están
nuestros pobres presos. Ést no es nuestro estilo. En las charlas que dan
nuestros ex-presos o en las cartas que escriben los que aún se
encuentran dentro, se transmiten cosas muy diferentes a esta patética
sensiblería. Se denuncia, como no podía ser de otro modo, la situación
en que viven los presos, las palizas, el aislamiento, etc. (sobre lo
cual el PCPE-CJC guarda en general, salvo honrosas y contadas excepciones,
un sepulcral silencio, haciéndose con ello cómplice de los actos
criminales del fascismo). Pero, sobre todo, se anima a continuar la
lucha, a organizarse, a seguir combatiendo por el socialismo. Y esto es
lo que valoran los jóvenes combativos y los sectores avanzados de la
clase obrera: cómo en las condiciones más difíciles se pueden mantener
la moral, el espíritu y los principios revolucionarios. Ya lo hemos
dicho: un movimiento que cuenta con presos políticos demuestra que va en
serio en esto de hacer la revolución. Y esto no es un señuelo de
nada; es un hecho objetivo, tangible, que se explica por sí mismo. ¿Qué
demuestra, por su parte, el PCPE-CJC? Con presentarse a las elecciones,
obtener dos concejales en todo el Estado, practicar el más mezquino
seguidísimo respecto a las mafias sindicales al servicio del capital (ya
hasta hace sus mítines en la sede central de la UGT) y enmierdar a las
organizaciones revolucionarias de aquí a la India (la posición del PCPE
respecto a los naxalitas dice mucho de la naturaleza
contrarrevolucionaria de este partido) tiene suficiente. Y esto también
se explica por sí mismo.

¿Alguien se va a extrañar cuando a la
vuelta de no mucho tiempo no quede en este partido ni un solo militante
honesto? Quedarán el tal Carmelo Suárez (insigne dirigente y “teórico”
marxista) y los cuatro gatos de la extinta Unión Proletaria (dónde
quedaron los buenos tiempos de “La Forja”, en que estos señores se
presentaban como los sumos guardianes de las esencias del
marxismo-leninismo, partidarios de la organización clandestina y de los
métodos ilegales de lucha…). Si en este momento son algunos más, ello
sólo se debe a que la represión se ha encargado durante cuarenta años
de que en este país la alternativa auténticamente revolucionaria se
haya visto imposibilitada de desarrollarse a un mayor nivel. Ésta es la
razón de que organizaciones como el PCPE hayan adquirido alguna fuerza.
Y, siendo así, resulta muy llamativo que los peceperos afirmen en su
documento que el relativo desarrollo que en momentos de agudización de
la lucha de clases se produce en lo que ellos llaman el “izquierdismo”
se debe a “la ayuda que le brinda el Estado burgués a estos grupos para
acometer lo que mejor saben hacer, dinamitar el trabajo del Partido de
la revolución marxista-leninista”. Una de dos: o los “ideólogos” del
PCPE-CJC tienen serios problemas en el córtex frontal y perciben la
realidad como les viene en gana o pretenden tomarnos a todos por
imbéciles. ¿A quién ha ayudado el Estado burgués? ¿Al PCE(r), contra el
que el Estado ha practicado todas las formas habidas y por haber de
represión y terrorismo? ¿O al PCPE,
“el-partido-de-la-revolución-marxista-leninista”, que lleva vegetando en
la legalidad burguesa desde su mismo nacimiento?

Animamos
encarecidamente al PCPE-CJC a que continúe por esta línea, a que siga
hundiéndose en la charca revisionista. La crisis y el colapso de esta
organización son tan inevitables como la crisis y el colapso del propio
capitalismo, por cuanto el proceso de destrucción del capitalismo está
indisolublemente ligado al proceso de destrucción del revisionismo y el reformismo.
Por nuestra parte, tenemos la certeza de que, a pesar de la represión y
de la labor que los oportunistas de todos los colores desarrollan
contra nosotros, seremos capaces de articular la alternativa
revolucionaria que la clase obrera, los sectores populares y la propia
situación política y económica están reclamando. No nos cabe duda de que
aún nos quedan muchos golpes por recibir, de que aún debemos superar no
pocas dificultades, de que aún tenemos por delante un ingente trabajo
que realizar. Pero sabremos estar a la altura de las exigencias de la lucha revolucionaria. El futuro, ya lo hemos dicho muchas veces, es de los que persisten.

La solidaridad con los presos políticos, siempre presente

Es notorio que el
acercamiento de cada vez más gente al comunismo y al antifascismo es
paulatinamente menos selectivo, cosa muy lógica por otra parte, ya que también la
represión lo es. Por eso no debemos de dejar de recordar conceptos que para
nosotros están claros desde hace años, pero que sirven de aprendizaje para los
nuevos militantes que se acercan al movimiento, o lo que es lo mismo y
parafraseando al rapero comunista Pablo Hasel en una canción que tiene sobre la
idea que quiero desarrollar en este artículo, «sé que a veces me repito,
pero hay cosas que sabemos tú y yo, el resto no».
Pues es para esa
cantidad creciente de gente para la que hemos de repetir cosas que para nosotros
estén más que claras, ya que les servirá de aprendizaje y concienciación.
En este caso, me
gustaría hablar de porqué es necesario la lucha por la amnistía de los presos
políticos, y porqué está en el deber de amplios sectores populares (que no tienen
porqué coincidir cien por cien con ellos ideológicamente) el luchar por
conseguirla.
Me gustaría decir una
vez más que los presos políticos son personas que en su momento renunciaron a
su vida (más o menos tranquila o asegurada) por un bien que no les iba a
tocar directamente a ellos, por un bien que ni si quiera sabían si iban a poder
disfrutar, por la obtención de derechos que muy seguramente a ellos les serían
negados.
Y lo hicieron en pro
de la causa de una sociedad mejor, con igualdad de derechos para todos, sin
«explotadores ni explotados», donde imperase la justicia social, es decir, por
el advenimiento de una sociedad socialista.
Es verdad que nadie
se lo ha pedido, pero no es menos cierto que la sinceridad y generosidad que
emanan de su ejemplo no puede dejar indiferentes a aquellos sectores que se han
visto favorecidos por la lucha de estas personas (la mayoría social) ante el
machaque sistemático que sufren por parte de las autoridades francesas y
españolas.
Nadie que se
considere demócrata, con conciencia, antifascista, comunista, patriota de una
nacionalidad oprimida, puede dejar de reconocer la justeza y el innegable valor
ejemplarizante encarnado en la lucha de estos hombres y mujeres que pelearon
por un mundo mejor y ahora están presos por ello.
Ellos no se fijaron
en quién iba a salir beneficiado con su lucha, porque su objetivo era (y es)
que salga beneficiado el mayor número de gente posible, ya que es
precisamente el mayor número de gente posible la que está explotada y a merced
de este sistema.
Así que es necesario
que por encima de diferencias ideológicas se imponga lo que nos une sobre lo
que nos separa en pro de los objetivos comunes, en este caso la amnistía. Da
igual que seamos anarquistas, independentistas, comunistas, antifascistas,
ecologistas, patriotas de las nacionalidades oprimidas, o simplemente
demócratas. Lo que importa es que todos juntos luchemos por arrancar de las
mazmorras de los estados español y francés a estos hombres y mujeres que de una
forma desinteresada lo dieron todo para la mejora de nuestros derechos y
condiciones.
Un solidario. Euskal
Herria.

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