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Día: 23 de enero de 2013 (página 1 de 1)

Biografía de Marx (Parte 7)

Vivir trabajando o
morir combatiendo



Marx decide dejar Alemania, donde las perspectivas son cada
vez más precarias por el propio atraso social del país y por haber agotado los
recursos que intelectualmente el hegelianismo le podía proporcionar. En la
carta de septiembre a Ruge, Marx confiesa que le es cada vez más difícil
respirar en Alemania y piensa irse a Francia, el país de la revolución, en
donde el pensamiento socialista y comunista se desarrollaba profusamente en
todas direcciones.

Ruge estaba estrechamente asociado al proyecto francés que
Marx había perfilado. Cuando Marx se trasladó a París, Ruge le había expresado
su desánimo tras su experiencia con la censura prusiana y la falta de
perspectivas revolucionarias en Alemania. La penúltima carta de Marx a Ruge,
escrita en Colonia en mayo de 1843, está dedicada en parte a levantar el
abatido estado de ánimo de Ruge y da una idea del optimismo de Marx.

A finales de octubre de 1843, Marx se traslada a París,
entonces una ciudad que se debatía entre dos clases sociales, la burguesía y el
proletariado, y entre dos revoluciones, la de 1830 y la de 1848. Tras la
derrota de Napoleón en 1815 había regresado a Francia la reacción Borbónica.
Sólo duró 15 años, hasta que la revolución de julio cambió la dinastía de los
Borbones a los Orleans cuyo jefe, Luis Felipe, era un representante de la
burguesía: su preocupación por la economía era la admiración de los pequeños
comerciantes parisinos.

Mientras la monarquía constitucional enriqueció a la
burguesía, dirigió todas sus fuerzas contra la clase obrera, donde ya se
manifiesta, aunque insuficientemente, una tendencia a la organización
independiente. Después de la revolución fue la época de auge de las sociedades
secretas, compuestas principalmente de estudiantes e intelectuales; los obreros
son únicamente la excepción.

El movimiento más importante de aquella época fueron las dos
insurrecciones obreras que estallaron en Lyon en 1831 y 1834. Durante muchos
días los obreros tuvieron la ciudad en sus manos pero no plantearon ninguna
reivindicación política. Sobre su bandera inscriben su lema: Vivir
trabajando o morir combatiendo
. Se impuso la última opción: fueron vencidos
y sometidos a terribles represalias.

Las insurrecciones de Lyon tuvieron más alcance que la
revolución de 1830 que había actuado principalmente sobre los elementos
pequeño-burgueses democráticos. Pero la doble insurrección lionesa manifestó
por vez primera la importancia revolucionaria de la clase obrera.

De este modo, pues, en esta época, en Francia (también en
Inglaterra), entra en escena una nueva fuerza que comienza a organizarse. Pero
a diferencia de Inglaterra, en Francia los obreros y artesanos no se podían
asociar. Por eso en Francia, y especialmente en París, nacieron muchas
sociedades secretas en las que los obreros acordaban luchar unidos contra la
sociedad burguesa. El representante más genuino de este movimiento es Augusto
Blanqui, quien empieza a organizar comités revolucionarias entre los obreros de
París, en los que participan revolucionarios perseguidos de otros países,
especialmente alemanes.
 
En toda Europa la revolución de 1830 animó levantamientos,
el más importante de los cuales fue la insurrección polaca del año siguiente.
Cada intento revolucionario inundaba París de refugiados, que acudían allí como
otros a La Meca. Con todos ellos los blanquistas formaban grupos de
conspiradores clandestinos para apoderarse del poder mediante un golpe de mano
audaz. En mayo de 1839 desencadenaron en París un intento de insurrección que
fracasó. Entre los conspiradores está el alemán Carlos Schapper quien, junto
con otros, tiene que huir Francia a Londres, donde organiza una sociedad de
educación obrera.



Una de las más importantes y antiguas sociedades secretas
era la Liga de los Proscritos, compuesta por revolucionarios alemanes
refugiados. En parís tuvieron una escisión y una parte de sus miembros, dirigidos
por Schuster, fundó la Liga de los Justos, que subsistió durante tres años, y
cuyos miembros, entre ellos Schapper, participaron en la insurrección de
Blanqui y, al igual que los blanquistas, fueron detenidos y encarcelados. Tras
su liberación, Schapper y sus camaradas se dirigieron a Londres, donde crearon
una sociedad de educación obrera.

Marx seguía el rastro de Schapper desde Alemania. No le
conoció en París pero sí conoció a otros como él, revolucionarios ya curtidos
en numerosas luchas por toda Europa. Visitaba a menudo los suburbios donde
vivían los obreros y refugiados políticos cuyos elementos más avanzados se
reunían en las trastiendas de muchos pequeños cafés y tabernas de las torcidas
callejuelas de París para analizar las experiencias pasadas y extraer las
lecciones correspondientes. Todos estos contactos enriquecieron su experiencia
política. Luego esta sociedad pasó a llamarse Liga de los Justos y Marx entró
en contacto con sus dirigentes, así como con los dirigentes de la mayoría de las
sociedades obreras secretas de Francia. Sin embargo, no ingresó en ninguna de
ellas. También trabó conocimiento con los socialistas utópicos franceses Etiénne
Cabet, Pierre Leroux, Luis Blanc y Pedro José Proudhon. Además se hizo amigo
del poeta alemán Enrique Heine y se entrevistó con el ruso Miguel Bakunin,
iniciándose entre ambos una relación de amistad.

A finales de agosto de 1844 Marx y Engels estuvieron
juntos en París diez días, muy pocos pero los suficientes para apercibirse de
que habían llegado a las mismas conclusiones. Mientras estuvo en Inglaterra,
mantuvo con él correspondencia. Fue entonces cuando empezó su fecunda amistad y
colaboración, sin precedentes en la historia. Como escribió luego Lenin: Las
leyendas de la antigüedad nos muestran diversos ejemplos de emocionante
amistad. El proletariado europeo tiene derecho a decir que su ciencia fue
creada por dos sabios y luchadores cuyas relaciones superan a las más
emocionantes leyendas antiguas sobre la amistad entre los hombres
. En la
lucha por la revolución proletaria, Marx encontró en Federico Engels un
fiel camarada. El artículo Apuntes acerca de la crítica de la Economía
política
, enviado por Engels y publicado en los Anales
franco-alemanes
, incrementó el interés de Marx por los problemas de la
economía política.

Marx tenía en proyecto redactar una gran obra dedicada a la
economía política y por eso analizaba con espíritu crítico obras de los
clásicos burgueses de aquella disciplina, especialmente Adam Smith y David
Ricardo. Los resultados más importantes del trabajo hecho por Marx en aquel
período los conocemos como los Manuscritos filosófico-económicos redactados
en el otoño de 1844, que no fueron publicados hasta 1932 en la Unión Soviética.
Muchos de los primeros escritos de Marx no fueron conocidos por los propios
marxistas, Lenin incluido, durante un largo periodo del movimiento
obrero y luego la burguesía ha pretendido tergiversarlos. Después de la II
Guerra Mundial, en plena guerra fría, toda una legión de estafadores
ideológicos de las más variadas y peregrinas corrientes filosóficas, bajo una
apariencia de progresismo, se dedicó a enfrentar a Marx consigo mismo, a buscar
contradicciones entre el joven y el viejo Marx, que era una forma de enfrentar
a Marx con Engels y, finalmente, a Marx con Lenin, que era el
objetivo final: la Revolución de Octubre no tenía relación con Marx y
el marxismo. En los Manuscritos socialdemócratas y
revisionistas creyeron haber encontrado un verdadero filón. Sólo había que
retorcer un poco el marxismo y, sobre todo, desconectarlo de otros escritos
suyos de la misma época, para acercarlo al reformismo y la charlatanería más
vulgar.

Una de esas burdas manipulaciones de los Manuscritos es
la introducción que redactó Rubio Llorente, en un tiempo presidente del
Tribunal Constitucional español, para presentar su traducción al castellano (1).
Como buen picapleitos mentiroso, Rubio Llorente asegura que los comunistas o
bien ignoramos, o bien atacamos los Manuscritos de Marx,
especialmente los bolcheviques soviéticos, que fueron quienes los sacaron del
olvido en que los habían mantenido -precisamente- la socialdemocracia. Como
escribió Rubinstein, al ser la única obra de Marx que trata de temas
sicológicos, los Manuscritos desde hace mucho tiempo fueron
estudiados a fondo en la Unión Soviética, destacando un artículo suyo de 1934,
dos años después de su publicación (2).

Se pueden poner más ejemplos: Lukács, en su estudio de 1938
sobre El Joven Hegel trató de establecer la continuidad entre
Hegel y Marx basándose precisamente en la lectura que llevó a cabo en Moscú de
los Manuscritos en 1930, dos años antes de que su publicaran.
Por tanto, el interés por aquella obra de Marx ni empieza ni es tampoco
exclusiva de los países occidentales.

En la obra, Marx critica a los economistas burgueses,
poniendo en claro toda una serie de rasgos peculiares de la explotación
capitalista. Fustiga el comunismo primitivo, burdamente igualitarista y examina
desde un punto de vista crítico la dialéctica de Hegel y la filosofía hegeliana
en general. Aún se advierte la influencia de Feuerbach, e incluso Marx utiliza
un lenguaje religioso. La resurrección del hombre, dice, es al mismo tiempo la
resurrección de la naturaleza; si el hombre se hace consciente de sí mismo a
través del proletariado, entonces la naturaleza se hace consciente de sí misma
a través del hombre. Esto es interesante ponerlo de manifiesto porque para
enfrentar a Marx con Engels, la burguesía (Schmidt, Colleti) ha tratado de
hacernos creer que la dialéctica de la naturaleza no existía en el pensamiento
de Marx, y mucho menos en su pensamiento juvenil. Pero no se trata sólo de que
Marx también tenga en cuenta a la naturaleza sino de que, a diferencia de la
burguesía (Kojève, Sartre) no la separa del espíritu. La aportación
de Marx y Engels versa sobre todo acerca de la historia y de la
sociedad, pero ni se puede reducir a un humanismo abstracto ni se puede olvidar
su conexión con la naturaleza.

Marx siguió en París el estudio de las obras de Carlos
Fourier, Henri Saint-Simon, Roberto Owen y otros destacados socialistas
utópicos que había iniciado ya en Alemania. Aunque los utopistas sometieron a
la sociedad capitalista a una dura crítica, no pudieron descubrir las leyes de
su desarrollo ni encontrar la fuerza social capaz de crear una nueva sociedad.
Marx también consagró mucho tiempo al estudio de la revolución burguesa que
tuvo lugar en Francia en las postrimerías del siglo XVIII y, particularmente,
al estudio de la historia de la Convención.

El contacto directo con la vida y la lucha de los obreros
franceses y el estudio crítico de la economía política burguesa y las obras de
los socialistas utópicos contribuyeron a que Marx pasase definitivamente del
idealismo al materialismo y de la democracia revolucionaria al comunismo.

Marx no marcha a París ni a improvisar ni a estudiar. Tiene
un proyecto político muy meditado y definido, publicar los Anales
franco-alemanes
, una revista cuyo título lo dice todo: fundir la dialéctica
hegeliana con el materialismo francés, la profundidad filosófica alemana con la
práctica política revolucionaria de los franceses. Así como la filosofía encuentra
en el proletariado las armas materiales, el proletariado encuentra en la
filosofía las armas intelectuales de su liberación. El proyecto de los Anales
franco-alemanes
, pues, no era continuar una revista que a causa de la
censura no se podía publicar en Prusia, sino algo bien diferente. Tampoco es un
proyecto intelectual, sino político: lograr la colaboración de los utopistas
franceses. Marx había puesto muchas esperanzas en este proyecto que debía
tender lazos estrechos entre los revolucionarios franceses y alemanes. Entre
agosto y setiembre de 1843 Marx redactó un breve proyecto de programa para
orientar de la publicación como expresión de una acción organizada. Por tanto,
la preocupación de Marx era militante. Esta dimensión de la obra juvenil de Marx
-el compromiso con una causa y la necesidad de construir una organización
revolucionaria- es uno de los aspectos más ignorados de Marx.

Los Anales franco-alemanes vieron la luz en
París en febrero de 1844 pero ningún colaborador francés respondió a los
llamamientos y todas las contribuciones vendrían de los alemanes. Al criticar
al hegeliano de izquierda Bruno Bauer por sus conceptos idealistas en la
cuestión nacional, Marx, en el artículo Sobre la cuestión judía, formuló por
vez primera, aunque todavía de una manera abstracta, su tesis sobre la
diferencia esencial entre la revolución burguesa y la revolución socialista.
Cuando en estos primeros escritos Marx habla de una nueva era, hay
que tener en cuenta que en Alemania y en una gran parte de Europa, eso
significaba derrumbe del feudalismo y victoria de la república democrática.
Pero, a diferencia de la burguesía liberal, Marx va más allá de la lucha por la
abolición de las trabas feudales y de las restricciones de los derechos civiles
de los judíos, cuya abolición consideraba un paso adelante, contrariamente a
Bruno Bauer. Marx muestra los límites inherentes a la propia noción de derechos
civiles que no significan otra cosa que los derechos del ciudadano atomizado en
una sociedad de individuos en competencia. Para Marx, la emancipación política
-en otras palabras la revolución burguesa que estaba todavía por realizarse en
una Alemania atrasada– no debía ser confundida con la emancipación social
auténtica que permitiría a la humanidad liberarse de la dominación de poderes
políticos ajenos así como de la tiranía del intercambio. Esto implicaba la
superación de la separación entre el individuo y la sociedad. Marx no se
refería sólo a una lucha puramente transitoria hacia una república burguesa,
sino a una lucha que debía proseguir hacia una sociedad liberada de la
explotación capitalista. El compromiso de Marx y Engels con el comunismo
implicaba, desde el principio, la tendencia a conjugar revolución burguesa y
revolución proletaria y pensaban que ésta vendría rápidamente tras aquélla.
Esto queda claro porque Marx ve al proletariado como el sujeto del cambio
revolucionario incluso en una Alemania atrasada y más claro todavía en el Manifiesto
Comunista
 y en su teoría de la revolución permanente elaborada en la
estela de los levantamientos de 1848. Él habría de reconocer más tarde que la
lucha inmediata por tal mundo no estaba aún a la orden del día de la historia,
que la humanidad debía aún pasar por el calvario del capitalismo para que las
bases materiales de la nueva sociedad quedaran establecidas, pero jamás se
desvió de su inspiración inicial. No utilizó el término comunismo, pero las
implicaciones de su punto de vista son evidentes.

Notas:

(1) Manuscritos: economía y filosofía, Alianza Editorial, 5ª Edición, Madrid,
1974, pgs.7 a 42.
(2) El
desarrollo de la psicología. Principios y métodos
, Grijalbo, Buenos Aires,
1974, pg.267.

¿Qué es la conciencia de clase? (II) Crítica de las teorías sobre el nuevo sujeto revolucionario

En los inicios del capitalismo la burguesía impulsó una nueva corriente filosófica, el idealismo subjetivo, que empalma directamente con las concepciones religiosas tradicionales y, especialmente, con el protestantismo. La clase social entonces en ascenso, la burguesía, es individualista; se mira al ombligo y se redescubre a sí misma, su mundo interior. El cristianismo había reducido el sujeto a su conciencia y luego la burguesía redujo la conciencia a su sujeto. Así considerada, la conciencia es un monólogo interno e incomunicable con otros porque cada uno de nosotros somos seres individuales, singulares y diferentes unos de otros. En nuestro interior llevamos a nuestro más severo juez, el que nos dice lo que está bien o está mal. Nadie sabe mejor que uno mismo lo que debe hacer y lo que debe abstenerse de hacer. En fin, hacemos lo que nos dicta “nuestra” conciencia, porque se trata justamente de eso, de la “nuestra”. Ni siquiera sabemos que no es “nuestra” precisamente.

En los países anglosajones la burguesía concibe la conciencia como “mente” (“mind” en inglés), llevándola al terreno de la sicología y convirtiéndola en un ente que, además de espiritual, tiene vida propia. En inglés, la primera persona singular (“yo”) se escribe con mayúscula (I), como si fuera un nombre propio, distinto de cualquier otro. La conciencia también se personifica y se escribe con mayúsculas: es el Alma, el Espíritu, la Razón o cualquier otra abstracción parecida, naturalmente separada de lo material y lo concreto, de las necesidades y los intereses. La conciencia no tiene que ver con nada ajeno a ella misma; no es sólo subjetiva sino que es el sujeto por antonomasia.

Esta concepción idealista (religiosa y burguesa) es la que prevalece hoy como ideología dominante extendida entre amplios sectores de la sociedad. Algunos filósofos burgueses, como Sartre, la presentan incluso con la apariencia de una teoría revolucionaria. En 1960 Sartre publicó su “Crítica de la razón dialéctica” con la que pretendió adherirse a un marxismo aderezado de individualismo, existencialismo y voluntarismo. A partir de entonces la burguesía difunde la existencia de un supuesto “sujeto histórico” o “sujeto revolucionario” que está empeñada en poner de moda (1) para remarcar que aún tiene algo que decir, que aún no ha salido definitivamente de la historia. Otros utilizan esa terminología para referirse de manera inapropiada a clases, sectores o fuerzas sociales. Esa forma de hablar da un tono libresco a dichas corrientes, que se formulan en nombre de Marx y del marxismo.

No obstante, el concepto de “sujeto histórico” suele ir acompañado del adjetivo “nuevo” para mostrar de manera definitiva el enfrentamiento ideológico de la burguesía con el marxismo. A la manera religiosa, hablan de pobres y ricos, categorías que deducen de una pirámide cuantitativa salarial, lo que les conduce a sostener que las clases se han diversificado, convirtiendo su lucha en algo más complejo de lo previsto por Marx y Engels, cuyas concepciones se han quedado anticuadas. Según ellos, existen otro tipo de “agentes sociales” cuya condición es aún peor que la de la clase obrera, que no sólo no se ha empobrecido, como habían pronosticado erróneamente Marx y Engels, sino que se ha “aburguesado”, especialmente en los países capitalistas más fuertes gracias al expolio imperialista. Incluso afirman que los obreros se han convertido en cómplices de ese expolio. La revolución se debe llevar a cabo también contra esa clase obrera “aburguesada”.

A partir de entonces, el papel revolucionario de la clase obrera lo tienen que asumir los nuevos parias de la tierra, “la multitud”, según Toni Negri, que es otra de esas imprecisiones deliberadas a las que tienen que llenar de contenido seudorrevolucionario. ¿Quiénes son esos nuevos parias de la tierra? Con los fastos del 500 Aniversario de la colonización de América y la comedia zapatista en Chiapas dos años después, los indígenas se pusieron de moda (2). Luego, tras el levantamiento de los suburbios de París en 2005 algunos (3) pusieron al lumpen en primer plano. El teólogo brasileño Frei Betto se ha destacado por inculcar esa concepción, que con las modas bolivaristas y el “socialismo del siglo XXI” se han extendido entre la burguesía latinoamericana (4): los verdaderos revolucionarios no son los obreros sino los marginados sociales, homosexuales, prostituidos, delincuentes o toxicómanos. Incluso el Vicepresidente de Bolivia se permitió el lujo de exponerlo de una manera tautológica, dando muestra de la superficialidad de este tipo de concepciones: “El sujeto revolucionario es el que hace la revolución” (5).

El marxismo sostiene todo lo contrario: que el mundo entero se proletariza progresivamente. Cada día el capitalismo no sólo produce mercancías, levanta fábricas y crea nuevo valor, sino también obreros de manera masiva. En palabras de Marx y Engels, no solo produce las armas que deben darle muerte, sino a aquellos que van a empuñarlas: “La burguesía produce a sus propios sepultureros”, que no son otros que los obreros. El proletariado es el producto más peculiar del capitalismo; sólo él es una clase verdaderamente revolucionaria.

El transcurso del tiempo ha dejado sobradamente claro no sólo que en este punto nada ha cambiado desde hace 150 años, sino que las previsiones de Marx y Engels se han confirmado puntualmente (6). Los demás sectores sociales que se enfrentan a la burguesía pierden energía y finalmente desaparecen con el desarrollo de la gran industria. Como consecuencia de ello, la sociedad actual no es más compleja, como sostiene la burguesía, sino mucho más simple que sus predecesoras. Las contradicciones de clase se han simplificado: “Toda sociedad va dividiéndose, cada vez más, en dos grandes campos enemigos, en dos grandes clases, que se enfrentan directamente: la burguesía y el proletariado” (7). Pero la actual crisis económica ha sido más implacable que cualquiera de las críticas que se han lanzado contra las teorías burguesas; el objeto ha demostrado que los sujetos no eran tales.

En Europa durante los años sesenta, como consecuencia del ascenso del revisionismo en el movimiento comunista internacional, las teorías sobre el nuevo sujeto revolucionario se propagaron, llegando a convertirse en el rasgo diferenciador de la denominada “nueva izquierda”. El individualismo característico de la pequeña burguesía dio nuevos vuelos al voluntarismo y el espontaneísmo, frente al cual el revisionismo desató una reacción de signo opuesto. Los estructuralistas, como Althusser, criticaron aquellas concepciones subjetivistas, como las de Sartre, a costa de incurrir en otras igualmente erróneas: las del “proceso sin sujeto y sin fines”. Como cualquier otra teoría fría de la conciencia, el estructuralismo reduce la conciencia a una “superestructura”, la ideología a los “aparatos ideológicos” que se presenta como “objetiva”, pasiva y neutral, es decir, cuya naturaleza de clase no aparece por ninguna parte (8).

En cualquiera de sus formas el pensamiento burgués separa lo “objetivo” de lo “subjetivo”, como si se tratara de mundos opuestos uno de otro, lo abstracto de lo concreto, lo inmaterial de lo material, lo interno de lo externo. El marxismo nace de la lucha contra este tipo de “disquisiciones”, porque son “abstracciones vacías” típicas del hegelismo en las que “tenemos juntas todas las ilusiones de la especulación”, un supuesto de pura “contemplación”, decía Marx (9).

El supuesto típico de pura especulación al que se refería Marx aparece cuando alguien afirma de manera retórica que “se dan las condiciones objetivas, pero no las subjetivas”. Si la conciencia refleja una realidad objetiva, para un materialista resulta extraño que ambos marchen por separado, es decir, que las condiciones subjetivas no reflejen las objetivas. Es un motivo de extrañeza por partida doble porque, en el sentido contrario, nadie dice: “se dan las condiciones subjetivas, pero no las objetivas”.

Aunque pueden aparecer con cierto retraso, tarde o temprano las circunstancias subjetivas reflejan siempre a las objetivas, e incluso se deben adelantar a ellas. Por eso a un partido comunista se le denomina vanguardia: porque va por delante. Un comunista jamás puede admitir que estén presentes las condiciones objetivas sin las subjetivas. Lenin habló incluso de una etapa inicial del movimiento revolucionario ruso en el que existía vanguardia pero no existía movimiento (10). ¿Cómo es eso posible? Si no hay movimiento, ¿cómo puede existir una vanguardia suya?

Porque el movimiento de masas es discontinuo, se mueve a saltos, mientras la vanguardia realiza tareas que son continuas. A las masas no se les puede pedir lo que los comunistas piden a una vanguardia, a saber, que esté preparada, porque su lucha es instintiva y se mueve a grandes impulsos. Pero además, hay algo aún más importante: una vanguardia no se prepara para las etapas anodinas del movimiento, sino todo lo contrario: para cuando el movimiento esté en su apogeo. Para esas situaciones la vanguardia asume un compromiso muy claro: “nosotros estamos preparados y en cuanto exista una situación propicia dirigiremos la revolución”. Quien tiene el deber de prepararse no son las masas sino la vanguardia. Cuando las masas trabajan a corto plazo, la vanguardia trabaja, además, a largo plazo; cuando las masas hacen un trabajo local, la vanguardia trabaja, además, a escala nacional e internacional; cuando las masas hacen trabajo sindical, la vanguardia trabaja, además, en el terreno político; cuando las masas hacen trabajo legal, la vanguardia trabaja, además, ilegalmente; cuando las masas trabajan pacíficamente, la vanguardia trabaja, además, militarmente; y así sucesivamente.

Lo contrario es propio del reformismo, que profundiza en el atraso (real o ficticio) de la clase obrera. Para que ellos se puedan presentar como “vanguardia” y justificar su claudicación política necesitan insistir en que la clase obrera está rezagada. Los reformistas no pueden reconocer su propio atraso. Raramente pronuncian frases como ésta: “si nosotros, la vanguardia, estuviéramos preparados podríamos encabezar una revolución porque la situación está madura”. Entonces echarían la responsabilidad sobre sus propios hombros, que es la manera de proceder de los partidos comunistas. Por ejemplo, hace más de un siglo Lenin en el “¿Qué hacer?” se autocriticó de esta forma: “Que ningún militante dedicado a la labor práctica se ofenda por este duro epíteto, pues en lo que concierne a la falta de preparación me lo aplico a mí mismo en primer término”. Como en tantos otros países, en Rusia el diagnóstico de Lenin era que la vanguardia no estaba a la altura de las masas. La “causa fundamental de la crisis de los marxistas rusos” era su atraso con respecto al movimiento espontáneo de las masas (11). En realidad, la vanguardia era una retaguardia.

Pero los reformistas jamás reconocerán que los rezagados son ellos, que no son tal vanguardia. Cuando se refieren al atraso de la clase obrera, de las condiciones subjetivas, se refieren a sí mismos en tercera persona. Pero el más somero análisis diagnosticaría que esas condiciones subjetivas no son ajenas: no son nada distinto de ellos mismos. Quieren decir que subjetivamente ellos no están a la altura de las circunstancias objetivas y entonces buscan justificaciones en la subjetividad de los demás, en el atraso o aburguesamiento de la clase obrera.

Por lo tanto, no se trata sólo de una separación entre las condiciones objetivas y las subjetivas, sino de algo peor: de considerar que el partido comunista no es una parte de la clase obrera sino algo distinto o separado de ella. Para ellos el partido comunista tampoco es una condición objetiva ni subjetiva; no parece tener relación con nada. Cuando los reformistas insisten en la “falta de conciencia de clase” ellos no se consideran como una parte de esa clase, ni tampoco como su conciencia. En palabras de Lenin, se trata de “blandengues” amarrados a la inercia del movimiento de masas (12). Están tan aferrados a la espontaneidad de las diversas luchas que son indistinguibles de ellas; han disuelto la vanguardia dentro del movimiento.

Los reformistas tampoco consideran que puedan hacer mucho por cambiar “la situación”, salvo una propaganda rutinaria, “propia de vendedores de enciclopedias”, como decía Gramsci. Para justificar su claudicación proponen esperar pacientemente a que “se den” las circunstancias adecuadas, a que algo o alguien se las sirva en bandeja, a una situación idílica y perfecta: una crisis revolucionaria. Esas circunstancias que los reformistas esperan jamás van a aparecer tal y como ellos esperan porque la historia no es una abstracción. No la hacen la cuota de ganancia, la crisis de sobreproducción o una conciencia (sea de clase o cualquier otra forma de conciencia) que cae llovida del cielo. Según Marx, el motor de la historia es la lucha de clases; los que la forjan son seres humanos de carne y hueso: “Los hombres hacen su propia historia” (13).

La vanguardia que ejerce como tal no se limita a contemplar las condiciones (objetivas o subjetivas) sino que se esfuerza por cambiarlas. La actitud contemplativa es la opuesta a la conciencia en el sentido marxista, que no se limita a reflejar pasivamente el mundo exterior sino que se adelanta a él. Las condiciones, tanto las objetivas como las subjetivas, también se alteran, e incluso se crean. La conciencia de clase no sólo reacciona a la realidad exterior después de que se produce, sino que se anticipa a ella, precisamente porque pretende modificarla. La burguesía intenta conservarla y el proletariado cambiarla. Según Marx, “las circunstancias hacen al hombre en la misma medida en que éste hace a las circunstancias” (14). En otra obra repitió lo mismo:

“La teoría materialista de que los hombres son producto de las circunstancias y de la educación, y de que, por tanto, los hombres modificados son producto de circunstancias distintas y de una educación distinta, olvida que las circunstancias se hacen cambiar precisamente por los hombres y que el propio educador necesita ser educado […] La coincidencia de la modificación de las circunstancias y de la actividad humana sólo puede concebirse y entenderse racionalmente como práctica revolucionaria” (15).

Quienes opinan lo contrario no han entendido en qué consiste exactamente la tarea de dirección de la vanguardia, bien porque consideran que esa vanguardia no forma parte del proletariado, o bien, por lo contrario, porque la han confundido con el mismo proletariado.

Tampoco han entendido que “dirigir” no consiste en vender enciclopedias, ni en impartir órdenes que los demás deben cumplir, sino que es una “práctica revolucionaria”.

Notas:

(1) Por ejemplo: La aparición de un sujeto revolucionario es la verdadera y única ‘crisis mortal’ del capitalismo, https://mpr21.info/2012/05/13-derrumbe-del-capitalismo-o-sujeto.html
(2) Félix Pablo Friggeri, El movimiento indígena como núcleo del sujeto revolucionario popular en el proceso contrahegemónico de América Latina, http://seer.fclar.unesp.br/estudos/article/view/5429
(3) Marco Antonio Esteban: Los suburbios franceses y el sujeto revolucionario, Nou Treball, 7 de diciembre de 2005, http://www.rebelion.org/noticia.php?id=23819
(4) Marcelo Colussi, https://mpr21.info/2010/10/proletariado-o-pobretariado-cual-es-el.html
(5) Álvaro García Linera, El sujeto revolucionario es el que hace la revolución, https://alainet.org/active/35302
(6) Cfr. Los cambios en la composición de la fuerza de trabajo, https://mpr21.info/2007/07/los-cambios-en-la-composicin-de-la.html
(7) Marx y Engels, El manifiesto comunista, Obras Escogidas, tomo I, pgs.22, 28 y 34.
(8) Althusser, Lenin y la filosofía, México, 1970, pg.48; Escritos, Barcelona, 1974, pgs.105 y stes.
(9) Marx, Manuscritos: economía y filosofía, Alianza Editorial, Madrid, 1974, pgs.185, 197 y 204.
(10) Lenin, ¿Qué hacer?, Obras Escogidas, tomo I, pg.261.
(11) ídem, tomo I, pgs.200 y 217.
(12) ídem, tomo I, pg. 217.
(13) Marx, 18 Brumario, Obras Escogidas, tomo I, pg.250.
(14) Marx y Engels, La Ideología Alemana, Montevideo, 1959, pg.41.
(15) Marx, Tesis sobre Feuerbach, Obras Escogidas, tomo I, pg.427.

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