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Día: 18 de noviembre de 2012 (página 1 de 1)

Marx tenía razón

Ya no hay
nadie en este pa
ís que no se haya apercibido, que no
sienta, la extrema agravaci
ón de la crisis política que padece el régimen. Uno de sus destacados plumíferos se lamentaba en estos términos no
hace mucho: «Como si Marx tuviera raz
ón, el
desbarajuste en la infraestructura econ
ómica está provocando un descontrol creciente en la superestructura política».
Así es. Al régimen monarco-fascista que Franco dejó «atado y bien atado» le están estallando
las ataduras. Todas las instituciones del Estado, desde la monarqu
ía hasta los sindicatos oficiales, no es que estén desprestigiadas, es que son el blanco de la ira popular. Los
llamados poderes p
úblicos, el ejecutivo, el legislativo y
el judicial, andan hechos unos zorros. El gobierno de Rajoy, que no asoma m
ás que para anunciar más explotación y más miseria, se ha ganado la inquina hasta de quienes le votaron.
«El Parlamento de la naci
ón» y los que se dicen
«representantes del pueblo» tienen que ser defendidos por un ej
ército de antidisturbios, so pena de ser linchados. Las altas
instancias judiciales, andan a la gre
ña: La
Audiencia Nacional contra el Supremo y
éste contra el
Constitucional y todos ellos se
ñalados por el Tribunal de Estrasburgo
(nada sospechoso de izquierdismo) como prevaricadores. Los presidentes de los
gobiernos aut
ónomos ni aparecer pueden en acto público alguno sin que sean abucheados y sin que trabajadores o
estudiantes les prometan que «nuestros recortes ser
án a la guillotina» o «debajo de la nuez», según los casos.
Al descontrol
creciente
se le han venido a unir ahora, como era de esperar, las
reivindicaciones de las burgues
ías catalana y vasca. El «Estado de
las Autonom
ías», ideado para diluir en él las legítimas aspiraciones de los pueblos de Galicia, Cataluña y el País Vasco, se está viniendo abajo: en cuanto las cajas se han vaciado, los reinos de
taifas ya no convienen a quienes durante d
écadas se han
enriquecido metiendo la mano en ellas.
Lógicamente una ocasión así no podía ser desaprovechada por las burguesías
nacionales, especialmente la catalana. Sabe que, aprovechando la enorme
debilidad del r
égimen, puede ponerle contra las cuerdas y
conseguir un «concierto econ
ómico» mucho más favorable para ella. Y para lograrlo no ha dudado en atizar el fuego
del independentismo y utilizarlo como moneda de cambio en sus negociaciones con
Madrid.
Buena parte
de la burgues
ía catalana no va a renunciar, al menos
por ahora, a la «unidad de mercado» que para ella representa Espa
ña (no es casual que el presidente de la gran patronal española sea catalán), lo que sí hará es amagar con exigir la independencia y al tiempo intentar que el
odio de la clase obrera y del resto de los trabajadores hacia sus explotadores
y opresores vaya dirigido
únicamente contra el gobierno de Madrid e
incluso contra los «espa
ñoles» en general. Pero en algo le
han fallado las cuentas a su actual representante, el Sr. Mas. Cre
ía que, tras su entrevista con Rajoy, sería recibido en
Barcelona en olor de multitudes. Sin embargo quienes le recibieron fueron los
trabajadores en huelga de los transportes, quienes no le obsequiaron
precisamente con p
étalos de rosa. El detalle tiene su
importancia porque ha sido la burgues
ía catalana,
de la mano de CiU y codo a codo con el PP, la primera en desmantelar los
servicios p
úblicos, en exigir (y seguramente redactar) una reforma laboral que ha
liquidado lo que quedaba de derechos laborales, ha impuesto leoninas
condiciones de contrataci
ón a la clase obrera de todo el Estado
espa
ñol, etc. etc. Y eso lo tienen muy presente los obreros catalanes. Tal
como ha sucedido otras veces en la historia de Espa
ña, es muy
posible que la lucha revolucionaria del proletariado confluya con la del
movimiento nacional, lo cual redundar
ía a favor de
la clase obrera de todo el Estado.
La oligarquía española seguirá apretando aún más el dogal de la explotación, de la opresión y del terror. Les va en ello su supervivencia. Y ante esa
perspectiva no cabe m
ás que oponerles una tenaz resistencia,
organizando y uniendo
la fuerza de la clase obrera de todo el Estado, con
el objetivo de derribar el Estado monopolista y fascista espa
ñ
ol.

Las formas de dominación del Estado burgués (VI)

Juan Manuel Olarieta

La democracia burguesa como etapa intermedia


El materialismo histórico es el pensamiento científico más avanzado que existe para analizar la evolución de las sociedades a lo largo del tiempo. Se forjó tomando en consideración a los países europeos más adelantados de mediados del siglo XIX y los instrumentos científicos más desarrollados que Marx y Engels pudieron encontrar, por una razón que es importante tener en cuenta: porque históricamente los países avanzan en la dirección que marcan los más adelantados. Por lo tanto, al desentrañar la naturaleza de los países más avanzados del momento, Marx y Engels desentrañaron la naturaleza del capitalismo como tal.

Si tomamos a Francia como referencia, a partir de 1798 la burguesía ya tenía su propio Estado, es decir, había creado un Estado a su imagen y semejanza y se disponía a utilizarlo en provecho propio, o lo que es lo mismo, para el desarrollo del capitalismo, de la explotación y la extracción de plusvalía a gran escala. En toda Europa la burguesía pretendía hacer lo mismo que en Francia.

Pero Francia es el modelo tanto como la excepción. El debate recursivo sobre la democracia burguesa no se plantea con los países que Marx y Engels tomaron como referencia para la elaboración de sus categorías científicas; apenas se discute el capitalismo en Inglaterra o la democracia en Francia. La controversia empieza a partir de ahí con los demás países, cuando el capitalismo convive con el feudalismo o la democracia con el absolutismo. Entonces las referencias se convierten en excepciones y algunos buscan coincidencias que jamás se van a reproducir en la misma forma. En la historia no hay dos asaltos a la Bastilla ni al Palacio de Invierno.

Los agotadores debates sobre la «democracia burguesa» olvidan que se trata de una categoría histórica. Por eso abundan las recetas estereotipadas y se echa de menos el «análisis concreto de la situación concreta». Normalmente lo concreto es que el país en cuestión está atrasado con respecto a los que eran avanzadilla política en aquella época, especialmente Francia, que ya era un país capitalista antes de 1789. No se puede proceder a una extrapolación mecánica del proceso, es decir, a pretender explicar un fenómeno local complejo mediante los conceptos elaborados para un prototipo de excepción, como Francia, porque entonces se producen todo tipo de paradojas.

En los países en los cuales la revolución burguesa no se había producido o no había alcanzado las cotas de Francia, que eran la mayoría de los europeos, la burguesía tuvo que adaptarse a una situación ambigua, vacilante entre la aristocracia feudal y el proletariado. La «revolución democrático burguesa» es una etapa de la historia que expresa de manera muy concreta la penetración del capitalismo en cada país, la manera en que se articula el nuevo Estado burgués, la línea de la vanguardia del proletariado a ese respecto y la necesidad de acumular fuezas revolucionarias.

Lo que algunos partidos comunistas pretendieron con la reivindicación de la «democracia burguesa» era justamente eso, desarrollar el capitalismo, lo que da la vuelta al programa politico originario de la burguesía: para el proletariado la revolución democrática no era la culminación del proceso sino el principio del mismo, no un punto de llegada sino un punto de partida. El proletariado, escribieron Marx y Engels, acepta la revolución burguesa «como una condición de la revolución obrera. Pero ni por un instante pueden mirarla como el objetivo final» (19). De ahí que las organizaciones comunistas hayan propuesto dos programas políticos, uno mínimo, correspondiente a la revolución burguesa, y otro máximo, correspondiente a la revolución proletaria.

A partir de ahí se comprenden otras propuestas del comunismo, como que en un país pueden existir prioridades antes que la construcción del socialismo y que las mismas pueden ser tan trascendentes que requieran de toda una etapa previa o intermedia. En el materialismo histórico tan importante como el concepto de «modo de producción» es el de transición de uno a otro (20), esos momentos grises e «impuros» de la historia en los que el pasado no aparece nítidamente separado del futuro. Si, además, esos momentos se prolongan en el tiempo, si un país no se acuesta feudal y se levanta capitalista, el despiste suele ser monumental. Del mismo modo, el socialismo no «surge» de la noche a la mañana, como los champiñones después del aguacero, sino que se construye, y cualquier albañil sabe que para construir no basta poner un ladrillo encima de otro sino que hacen falta planos, andamios y hormigoneras, entre otras muchas cosas.

Otro aspecto fácil de entender es que no tiene sentido propugnar la «democracia burguesa» cuando el capitalismo ya está desarrollado, es decir, cuando está en su fase monopolista. Ahora bien, ¿significa eso que no tiene ya sentido luchar por la democracia?, ¿o más bien significa que hay que seguir luchando por una democracia que no esté lastrada las limitaciones que la burguesía ha mostrado a lo largo de la historia? ¿existe una democracia que va más allá del programa político de la burguesía?

La respuesta es afirmativa. Una vez que el proletariado maduró, formó sus propias organizaciones políticas y adquirió la suficiente experiencia, avanzó un paso más en la batalla por la democracia, que fue el que correspondió dar a Lenin: al proletariado le correspondía dirigir la lucha por la democracia llevando de la mano a la burguesía. Este sello característico del bolchevismo tampoco cambiaba la naturaleza de la situación: el proletariado seguía interesado en la democracia. En 1900 Lenin resumió la trayectoria del movimiento obrero y la tarea política «inmediata» de la socialdemocracia rusa, en el derrocamiento de la autocracia y la conquista de «la libertad política» (21). Al cabo de los años, en 1915, seguía defendiendo lo mismo: «La forma política de la sociedad en que triunfe el proletariado, derrocando a la burguesía, será la república democrática» (22).

Cuando el proletariado se pone a la cabeza de la lucha por la democracia aparece todo ese cúmulo de expresiones políticas propias del movimiento comunista internacional, como «democracia popular», «nueva democracia» y otras, que tampoco cambian sustancialmente la esencia del planteamiento: los comunistas están por la democracia y el transcurso del tiempo lo que viene demostrando es que son sus defensores más consecuentes.

Lenin insistió en que los programas mínimo y máximo no se oponen sino que se complementan y suceden a lo largo de la revolución proletaria. El programa mínimo significa que el proletariado empieza su lucha allá donde la burguesía no ha llegado ni llegará jamás. Ambos programas corresponden a otras tantas etapas de un proceso, más o menos dilatado en el tiempo. Que dichos programas no se contradicen lo demuestra también el hecho de que entre ambos es posible encontrar toda clase de situaciones intermedias que expresan (o deberían expresar) el grado de penetración del capitalismo en cada país y la correlación de fuerzas entre las clases sociales.

Por el contrario, los semirrevolucionarios consideran que ambos programas son contradictorios, crean ambigüedad y confusión. Ellos sólo quieren programas «puros», ideológicamente impecables. No entienden que una situación social de transición, que no es blanca ni negra, sino gris, exige un programa de transición. Hay semirrevolucionarios de todos los colores. Los de izquierdas se olvidan del programa mínimo porque propugnan un imposible histórico, a saber, que todos los problemas históricos que deja pendientes la burguesía, que son muchos y muy variados, se pueden resolver simultáneamente, en un instante. Los oportunistas de derechas sólo se acuerdan de uno, el programa mínimo, sólo tienen en cuenta la etapa previa y cuando la alcanzan se olvidan de pasar a la siguiente.


Notas:

(19) Marx y Engels: La sagrada familia, cit., pg.248.
(20) Lenin, Cuadernos filosóficos, Obras Completas, tomo 29, pgs.124-125.
(21) Lenin, Tareas urgentes de nuestro movimiento, Obras Escogidas, tomo I, pg.110.
(22) Lenin, La consigna de los Estados Unidos de Europa, Obras Escogidas, tomo I, pg.675.

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