La pionera Leyanis Águila, de la secundaria básica Fe del Valle, en Santa Clara, expresó en el acto sentirse orgullosa porque su papá, siendo un niño, acompañó a su abuelo en las labores de edificación de este hermoso monumento en el que el pueblo villaclareño contribuyó en gran medida.
“Soy una pionera que con solo 14 años he sentido la satisfacción de ser cubana y de haber nacido en esta gloriosa tierra bañada del heroísmo y llena de hombres valerosos como el Che. No tuve el honor de conocerlo físicamente pero su inigualable obra revolucionaria es para mí y para todos los pioneros cubanos un ejemplo a seguir”, señaló.
Leyanis añadió que “sus anhelos en el modelo de hombre nuevo que añoraba construir ha sido el empeño de nuestra revolución y sus líderes, por eso los pioneros decimos gracias porque tenemos el beneficio y la oportunidad única en el mundo de disfrutar de una educación y salud gratuita donde a pesar de las dificultades económicas que nos impone el brutal bloqueo imperialista ningún niño ni ciudadano cubano queda desprotegido, somos escuchados y por sobre todas las cosas podemos sonreír con la tranquilidad de vivir en una sociedad en paz”.
“En esta plaza bajo la mirada firme del Che y su destacamento de refuerzo y la siempre presencia de Fidel, ratificamos nuestro compromiso de ser fieles a nuestra Revolución y defenderla perennemente con el estudio, el trabajo, el sacrificio, la disciplina y con la sinceridad que debe caracterizar a todos los pioneros de nuestra generación”, enfatizó.
La pionera expresó que aunque Fidel y el Che ya no están entre nosotros, permanecen unidos en el pensamiento y acción de cada uno de los villaclareños. “Sus ideas viven y vivirán eternamente. Los momentos históricos no serán los mismos, pero sí las inspiraciones”, refirió.
“En esta plaza multitudinaria que ha sido testigos de compromisos con la Revolución, te decimos Guerrillero, continuaremos trayendo resultados y surcos que germinan. Nuestras aulas continuarán colmadas de esperanzas y no habrá descanso, Che Guevara. La lucha por una sociedad más justa continúa y no daremos al imperialismo nada. Con la fuerza, la energía y el compromiso que aprendimos de nuestro eterno Fidel, cuando nos pedía que nos educáramos en el ejemplo del Che, decimos en una sola voz: ¡Pioneros por el comunismo, seremos como el Che!”, concluyó.
El astrónomo soviético Nicolás Chernij estaba un buen día trabajando en el observatorio de Crimea cuando descubrió un asteroide entre Marte y Júpiter. Era el 11 de septiembre de 1972 y podía saltar a la fama sin ningún problema. No es que sea difícil descubrir asteroides, cometas y demás, pero lo que es difícil es evitar el protagonismo. Tenéis el ejemplo del cometa 67P, donde se posó la sonda Philae a mediados del mes de noviembre y que, por unos días, estuvo activa y casi cada minuto recogían la historia los medios de propaganda (antes llamados medios de comunicación). Este cometa lleva el nombre de sus descubridores, los también soviéticos Churyumov-Gerasimenko.
Nicolás Chernij decidió que el nombre que le iba a dar al nuevo asteroide, que por su tamaño es casi un planeta menor, no iba a ser el suyo. Trabajaba en el Observatorio Astrofísico de Crimea y recordó que allí había combatido, y muerto en acción, una heroína soviética, Eugenia Rudneva. Así que decidió que ese iba a ser el nombre del asteroide.
Eugenia Rudneva había nacido en 1920 y pronto había mostrado una fascinación por el universo. Su facilidad con las matemáticas y la astronomía era tal que pronto comenzó a destacar en la Universidad Estatal de Moscú y en 1938, es decir, con 18 años, entró a formar parte de la Sociedad Astronómica y Geodésica de la URSS. Un año después publicó su primer artículo científico. Entró a trabajar en el departamento de estrellas variables del observatorio de Presnia y su futuro era más que prometedor.
Entonces, era 1941, se produjo la invasión nazi y Eugenia no lo dudó ni un momento: se alistó voluntaria. A ver si adivináis en qué arma. ¿No? La aviación. Alguien como ella no podía estar en el suelo, sino lo más cerca posible de las estrellas. Era su pasión. Así que cuando se enteró de que Stalin había accedido a la petición de Marina Raskova de crear tres regimientos aéreos en los que se podían integrar las mujeres, le faltó tiempo para inscribirse.
Eugenia Rudneva fue una de las 17 jóvenes, ninguna mayor de 25 años, que fueron elegidas como las primeras integrantes de uno de estos regimientos, el mítico y legendario 46 Regimiento “Taman”, más conocido como “Las brujas de la noche” y que fue formado en su totalidad por mujeres, llegando a convertirse en la pesadilla de los nazis. Recordad que os hablé del libro que recoge esta extraordinaria historia y si no, pinchad en el enlace anterior. Pues bien, en él hay una nota en la que se habla de Nicolás Chernij y su gesto de nombrar a su asteroide descubierto como Rudneva.
Eugenia Rudneva era militante del Komsomol, las Juventudes Comunistas, y su comportamiento fue ejemplar durante toda la guerra. Era la primera en dar un paso al frente y la última en retirarse. Participó en 645 misiones de combate hasta que su avión fue derribado en septiembre de 1944 en el estrecho del Kerch, en Crimea. Y allí está enterrada junto a su camarada Praskovia Prokofieva, que iba con ella en el avión.
Chernij descubrió el asteroide, casi un planeta menor, en 1972 y en 1976 fue aceptado el nombre de Rudneva por el Centro Internacional de Planetas Menores. El número (1907) es correlativo según se van descubriendo planetas menores, asteroides y cometas.
Ana Teresa Diego
Un poco más tarde que Chernij otro astrónomo, argentino, descubrió un cometa en la misma zona. Era Mario Cesco y trabajando en el Observatorio Astronómico El Leoncito, en San Juan, descubrió un cometa también entre Marte y Júpiter que fue denominado inicialmente como 1975YD, dado que ese fue el año del descubrimiento. Pero unos años más tarde, y a iniciativa de Adrián Brunini, decano de la facultad de Ciencias Astronómicas y Geofísicas de La Plata, pasó a denominarse (11441) AnaDiego.
Ana Teresa Diego era una joven estudiante de astronomía que fue detenida y hecha desaparecer por la junta militar fascista. Había nacido en 1954 y, al igual que Eugenia Rudneva, pronto destacó por su pasión por las estrellas y era una estudiante destacada en el Observatorio Astronómico de La Plata hasta que en 1976 fue secuestrada por orden de la junta militar y hecha desaparecer. Y al igual que Eugenia Rudneva, también Ana Teresa Diego era militante de las Juventudes Comunistas.
Cuando en el año 2012 se encontraron unos restos en Avellaneda y se comprobó que eran los suyos, el decano decidió que había que presentar el nombre de Ana Teresa para el cometa 1975YD y así se cambió ese nombre por el actual (11441) AnaDiego. En esta imagen (no he podido conseguir otra) aún aparece con la denominación inicial puesto que es de un año antes de que apareciesen sus restos.
El asteroide (1907) Rudneva es un homenaje a todas las mujeres soviéticas que combatieron a los nazis. Se calcula que unos tres millones de mujeres soviéticas tuvieron una participación directa en la guerra. Todas ellas eran combatientes (en número de 980.000), en todas las ramas militares, guerrilleras (unas 150.000) y sanitarias (142.000 médicas estuvieron en la primera línea). Murieron 94.000 de ellas y otras 32.000 fueron “desaparecidas”. Todas están en ese asteroide.
El cometa (11441) AnaDiego es un homenaje a los 30.000 desaparecidos en Argentina. Se puede decir mucho de ello, pero lo más emotivo es lo que dijo, Zaida Franz, madre de Ana Teresa y otra luchadora puesto que es fundadora de las Madres de Mayo: “No tengo su cuerpo ni su tumba, pero ya sé en qué lugar del cielo está. Desde que me enteré que en un lugar del cielo hay un cuerpo celeste que lleva el nombre de mi hija, pienso en escribirle una carta con las siguientes coordenadas: Ana Teresa Diego. Asteroide 11.441 (entre Marte y Júpiter). Remitente: tu mamá. Y que empiece con algo así como: ‘Por fin, querida hija, me puedo conectar con vos en algún lugar. Un sitio adonde pueda mirar y pensar que estas allí’”. Con ella, en ese cometa, están todos los desaparecidos.
Cada vez que miréis hacia arriba una noche estrellada, pensad en el asteroide (1907) Rudneva y en el cometa (11441) AnaDiego. Y si por un casual veis algún punto rojo en el firmamento, seguro que es alguno de ellos.
[…] Un amigo argentino, Augusto Gabrieli, pintor y arquitecto que reside en la actualidad en Colombia, se ha inspirado en él para hacer una obra que ha donado a la Facultad de Ciencias Astronómicas y Geofísicas de La Plata.
Como dijo otro argentino, Rodolfo Walsh, “las clases dominantes pretenden que el pueblo trabajador no tenga historia, ni teoría, ni héroes, ni mártires; de forma que cada vez haya que comenzar desde cero”. Pero siempre habrá gente como Augusto Gabrieli, como otros muchos, como otras muchas que nos consideramos herederos y herederas de quienes nos fueron mostrando el camino, herederos y herederas de Eugenia Rudneva, de Ana Teresa Diego y de tantos millones de anónimos que dieron lo mejor, su vida, por un mundo nuevo, sin explotadores ni explotados. La Historia, con mayúscula, la hace gente como Eugenia y Ana Teresa. Nosotros, a su lado, somos muy insignificantes. Pero siempre serán nuestras guías. Felicitaciones a Augusto por la iniciativa y gracias por enviarla cuando el 30 de septiembre se han cumplido 41 años del secuestro y desaparición de Ana Teresa Diego provocada por los esbirros de la junta militar fascista.
Edgar Yipsel Harburg (Nueva York, 8 de abril de 1896 – Hollywood, 5 de marzo de 1981), conocido como Yip Harburg, fue un letrista y compositor de canciones estadounidense de música popular, que trabajó con muchos compositores conocidos. Escribió la letra de clásicos, como “Brother, can you spare a dime?” (“Hermano, ¿puedes darme diez centavos?”), “April in Paris” (“Abril en París”), “It’s only a paper moon” (“Es sólo una luna de papel”), y las canciones de la película “El mago de Oz”, que incluyen a “Over the rainbow” (“Más allá del arcoiris”).
Harburg nació con el nombre Isidoro Hochberg en el Lower East Side, uno de los barrios más pobres de Nueva York. Fue el menor de cuatro hijos sobrevivientes (de diez). Sus padres se llamaban Lewis Hochberg y María Ricing. Eran judíos ortodoxos, yidishparlantes que habían emigrado de Rusia.
Algunos creen erróneamente que el apodo de Harburg, “Yipsel” (a menudo abreviado “Yip”), es una palabra que en idioma yidish significa “ardilla”. Sin embargo, surgió de la pronunciación en inglés del acrónimo YPSL (Young People’s Socialist League, Liga de la Juventud Socialista), de la que fue miembro.
Más tarde adoptó el nombre Edgar Harburg aunque siempre fue más conocido como Yip Harburg. Asistió a la Townsend Harris High School, donde conoció a su compañera de clase Ira Gershwin, con quien le unía su afición compartida por Gilbert y Sullivan, trabajaron juntos en el periódico de la escuela y se hicieron amigos de por vida. Al acabar la escuela secundaria asistieron a la universidad City College, que más tarde formaría parte de la Ciudad Universitaria de Nueva York.
Después de graduarse de la universidad, con el fin de evitar ser reclutado para ir a pelear en la Primera Guerra Mundial (a la que se oponía como un socialista comprometido), Harburg viajó a Montevideo (Uruguay). Consiguió trabajó como capataz en una fábrica. Tres años después, cuando terminó la guerra (en 1918), regresó a Nueva York, donde se casó y tuvo dos hijos y empezó a escribir versos ligeros para los periódicos locales.
Se convirtió en copropietario de la empresa Consolidated Electrical Appliance, que quebró a raíz de la crisis de 1929, dejando a Harburg con una deuda entre 50.000 y 70.000 dólares estadounidenses, que él insistiría en pagar en el transcurso de las siguientes décadas. En este punto, Ira Gershwin lo convenció en que debería comenzar a escribir letras de canciones.
Gershwin le presentó a Jay Gorney, quien le puso música a muchas letras de Harburg. Juntos hicieron un espectáculo en Broadway, “Sketchbook Earl Carroll” que fue un éxito. Harburg fue contratado como letrista de una serie de revistas de éxito, incluyendo “Americana” (en 1932). Allí publicó su letra de “Brother, can you spare a dime?” con la melodía de una canción de cuna que Gorney había aprendido cuando era niño, en Rusia. Esta canción expresa el lamento de un vagabundo y se convirtió en el himno de la Gran Depresión de 1929, el contrapunto del “sueño americano”. Aquí pueden escuchar una extraordinaria versión de George Michael interpretada en 2000 en directo:
Cuando en 1937 el fascismo y el militarismo asomaban en Europa, escribió “Hooray for What?” (“¿Hurra por qué?”), una comedia musical antifascista.
Harburg y Gorney obtuvieron un contrato con la Paramount en Hollywood, donde trabajó con los compositores Harold Arlen, Lane Burton, Jerome Kern, Jule Styne y Duke Vernon. Escribió las letras de las canciones de la película “El mago de Oz” por la que en 1940 ganó el Óscar, compartido con Harold Arlen, a la mejor canción original por “Over the rainbow”. Además, fue nominado a un Óscar a la mejor música original, junto con Arlen, por Cabin in the Sky (de 1943) y la mejor canción original por “Can’t help singing” (“No puedo dejar de cantar”), que compartió con Jerome Kern en 1944.
Pero su trabajo en “El mago de Oz” fue mucho más importante aún: fue el editor final de un guion por el que ya habían pasado otros once guionistas antes que él. Escribió todos los diálogos relacionados con las entradas de las canciones, y describió los escenarios y también escribió la parte en la que todos dieron el corazón, el cerebro y los nervios. Le dio a la obra una coherencia y unidad que la convirtió en una obra de arte.
Trabajar en Hollywood no detuvo su carrera en Broadway. En los años cuarenta escribió una serie de guiones para musicales con mensajes sociales, como la muy exitosa “Bloomer Girl” (sobre la militante antiesclavista Amelia Bloomer) y su espectáculo más famoso, “Finian’s Rainbow” (1947), que quizá fue el primer musical de Broadway con un coro integrado por negros, una verdadera denuncia contra el racismo. Le acusaron de “socialista”, uno de los peores insultos entonces en Estados Unidos. En la obra cantaron el poema “When the idle poor become the idle rich” (Cuando el pobre ocioso se convierte en el rico ocioso). La obra tuvo numerosas reposiciones en 1955, 1960, 1967 y 2009, y en 1968 se llevó al cine, protagonizada por Fred Astaire y Petula Clark, dirigidos por Francis Ford Coppola.
Sus poemas siempre mostraban lo que calificó como la “indivisibilidad de la libertad humana”, además de su compromiso social con los desheredados:
Ellos suelen decirme:
“Estamos construyendo un sueño
con paz y gloria por doquier”.
¿Por que tengo que esperar la cola
para que me den un poco de pan?
En 2004 el Irish Repertory Theatre la presentó, protagonizada por Melissa Errico y Jonathan Freeman, con una acogida muy buena. En marzo de 2009 la serie New York City Center Encores! realizó una versión de concierto que fue aclamada por la crítica. Dirigida y coreografiada por Warren Carlyle, estuvo protagonizada por la ganadora del premio Tony, Jim Norton y Kate Baldwin como Finian y Sharon, con Cheyenne Jackson como Woody y Jeremy Bobb como Og, el duende. El 29 de octubre de 2009 comenzó otro revival en el Teatro St. James (de Broadway) con la mayor parte del elenco de los Encores!
Siempre fiel a sus principios, Harburg apoyó la campaña presidencial de 1948 de Henry Wallace por el Partido Progresista recién fundado y escribió la letra de la canción de su campaña: “A todo el mundo le gusta Wallace, el amistoso Henry Wallace”.
Solía decir que Broadway era el único lugar en donde un artista podía practicar su arte… si tenía dinero. Fue acusado de “pinko” (rosado), que en el argot de Estados Unidos designa a alguien que simpatiza con los comunistas, pero no llega a ser un “rojo”, lo que le costó su carrera en Hollywood.
Desde 1951 hasta 1962 fue víctima de las listas negras de Hollywood, cuando los jefes de los estudios prohibían contratar a cualquiera que tuviera una participación real o supuesta con las ideas del socialismo, o alguna simpatía con el Partido Comunista de Estados Unidos. Se negó a convertirse en un delator y le vetaron también en la radio y en la televisión. El Comité de Actividades “antiamericanas” quería saber si el personaje de “Joe” en la canción “Happiness is a Thing Called Joe” (“La felicidad es una cosa llamada Joe”) era José Stalin.
No descansó nunca. Siguió escribiendo comedias musicales de Broadway. Puso la música a una película biográfica sobre Nellie Bly, pionera del periodismo femenino, conocida por sus artículos contra la corrupción y las condiciones de trabajo en las fábricas. Otras de sus obras memorables es “Jamaica”, un libreto contra el colonialismo y la guerra nuclear que le censuraron y mutilaron.
En 1972 llevaron a Harburg al Salón de la Fama de los Compositores. Fue muy amigo del actor Karl Malden y murió el 5 de marzo de 1981 a causa de un ataque al corazón mientras permanecía en su automóvil parado en un semáforo en Sunset Boulevard, en Hollywood.
En 2005 el Servicio Postal de Estados Unidos emitió una estampilla conmemorativa reconociendo sus logros. El sello presenta una imagen tomada por la fotógrafa Barbara Bordnick en 1978, junto con un arco iris y la letra de “Over the rainbow”. La ceremonia se llevó a cabo en la Calle 92 de Nueva York.
Hoy en Hollywood y en la prensa todo el mundo se desvive cuando habla de Yip; nadie cuenta las reresalias que padeció a causa de los principios que defendió toda su vida.
Traducción del poema ‘Hermano, ¿puedes darme diez centavos?’
Una vez construí una carretera, la puse en funcionamiento,
la acabé en una lucha contra el tiempo.
Una vez construí una carretera, ahora ya está acabada
Hermano, ¿puedes darme diez centavos?
Una vez construí una torre hasta el sol,
ladrillo y remache y cal
Una vez construí una torre, ahora ya está acabada
Hermano, ¿puedes darme diez centavos?
Una vez iba con traje caqui
¡Dios!, ¡qué aspecto más maravilloso!
Lleno de vitalidad dum dum.
Medio millón de botas arrastrándose por el infierno
Yo era el niño del tambor.
Dime, ¿no te acuerdas? Me llamaban Al.
Fuí Al todo el tiempo.
Dime, ¿no te acuerdas? Soy tu colega
Hermano, ¿puedes darme diez centavos?
El lunes Evo Morales anunció cinco días de homenajes, entre el 5 y el 9 de octubre, al Che Guevara al cumplirse el 50 aniversario de su asesinato en la selva boliviana.
Morales afirmó que los actos en honor al guerrillero argentino-cubano contarán con la presencia de militares, que lo combatieron, derrotaron y asesinaron en 1967.
“Conversé con ellos, seguramente me acompañarán, pero repito lo que dije, las Fuerzas Armadas nacieron [en el siglo XIX] antiimperialistas”, explicó Morales. “Hemos decidido recordar su lucha antiimperialista y su internacionalismo”, destacó.
Hace unos días el gobierno boliviano anunció la asistencia de los guerrilleros cubanos Harry Villegas (Pombo) y Leonardo Tamayo (Urbano), que lucharon junto a Guevara en Bolivia en 1967.
Los militares bolivianos han mostrado más consecuencia que Morales y dijeron que no participarán en los actos conmemorativos, al considerar que los homenajeados deben ser ellos.
“No asistiremos porque consideramos que esto es algo político”, dijo Mario Moreira, suboficial delegado de los uniformados que combatieron al Che, en declaraciones al diario Página Siete.
El Estado “tiene la obligación de homenajearnos a nosotros que defendimos la patria”, reclamó el militar, que participó en los combates con la guerrilla del Che, entre el 23 de marzo y el 8 de octubre de 1967, día de la captura del guerrillero argentino-cubano.
Un día después de su captura, Ernesto Guevara fue asesinado cobardemente, con lo que finalizó la guerrilla abatida por el ejército regular, dirigido por Estados Unidos.
Mi primera impresión de Indonesia es como la de cualquier turista: rumor y muchedumbre, hormigueo de personas y motocicletas, hacinamiento y embotellamientos. La densidad poblacional es aquí, en efecto, una de las mayores del mundo. No dejo de ver gente y de tropezar con ella mientras camino. Sin embargo, cuando hablo con mis anfitriones y recuerdo lo que ocurrió hace poco más de medio siglo, alcanzo a sentir y entrever un gigantesco vacío que está detrás y por debajo de todo. Y entonces las masas de indonesios aparecen proyectadas como sombras de wayang en la pantalla con la que se oculta el vacío que está en el fondo.
Es como si el espacio vacío fuera mayor y más profundo y más verdadero que lo lleno y multitudinario que se ve por todos lados. La presencia de la multitud no corrige la ausencia de quienes faltan. El saldo es negativo. Todo es demasiado poco para llenar de verdad, más allá de las apariencias, el hueco dejado por los comunistas.
¿Comunistas en Indonesia? Los hubo, pero se les exterminó en 1965. Fueron demasiados los masacrados: no mil ni diez mil ni cien mil, sino al menos medio millón, aunque seguramente más, un millón, y quizás aún más, dos o tres millones.
El furor anticomunista se desató hace exactamente 52 años, el 30 de septiembre de 1965, y se abatió sobre las mayores islas del archipiélago. Barrios y pueblos enteros quedaron desiertos. Los cadáveres flotaban por decenas en los ríos y obstruían los canales. Y no se les mató ni en serie ni en masa, ni con bombas ni en cámaras de gases ni de modo mecanizado y automatizado, sino manualmente, artesanalmente, uno por uno, y a veces poco a poco, dándose tiempo de humillar, torturar o castrar antes de apuñalar, desmembrar, ahorcar o decapitar. Las hileras de cabezas clavadas en picos alternaban con las cadenas de penes amarrados en cordones.
Los asesinos eran militares, paramilitares, pandilleros o delincuentes, civiles ordinarios, muchos extremistas musulmanes, pero también hinduistas y hasta estudiantes católicos. Los diferentes grupos consiguieron superar sus diferencias y aliarse a sus enemigos de siempre con el fin de luchar todos juntos contra los nuevos enemigos de todos, los comunistas, a los que se acusaba de haber asesinado a seis generales de la Armada Indonesia. Era la ocasión perfecta para deshacerse de unos rojos ateos que no sólo ponían en peligro la religión y la moralidad, sino también lo que realmente importaba: las jerarquías y los privilegios de ciertos sectores, las estructuras tradicionales de sujeción y dominación, la opresión religiosa de la mujer, la discriminación y segregación de los chinos y de otros grupos étnicos, la dependencia neocolonial del país, las abismales desigualdades en Java, la explotación en las grandes plantaciones en Sumatra y el sistema de castas en Bali, así como también, desde luego, los intereses de los Estados Unidos en la región.
La embajada estadounidense proporcionó listas interminables con los nombres de los comunistas a los que se debía eliminar. Los militares iban tachando a los eliminados y luego devolvían las mismas listas en la embajada. El gobierno de los Estados Unidos contaba, sumaba y calculaba. Sabía muy bien lo que hacía y lo hizo del modo más efectivo. Había que acabar con el PKI, el Partido Comunista de Indonesia, el mayor del mundo tras los de China y la Unión Soviética. Las elecciones de 1957 habían convertido al PKI en la primera fuerza electoral de Indonesia. Para el Secretario de Estado norteamericano, John Foster Dulles, el PKI era “el principal problema” de aquel país y no podía resolverse con los “medios ordinarios democráticos”.
Los Estados Unidos también querían derrocar al presidente Sukarno, el Gran Líder, el Proclamador, el Padre de Indonesia, culpable de aliarse con los comunistas y de organizar en 1955, en Bandung, la Conferencia de “países no alineados”, entre ellos la China de Mao, la India de Nehru, la Yugoslavia de Tito y el Egipto de Nasser, todos ellos opuestos al intervencionismo neocolonial y al reparto del mundo entre los bloques estadounidense y soviético. A Sukarno se le imputaban también otros crímenes como los de confiscar bienes de compañías holandesas, nacionalizar el petróleo, realizar una tímida reforma agraria, oponerse al imperialismo estadounidense y adoptar la doctrina de nasakom, síntesis de nacionalismo, religión y comunismo. Y, por si fuera poco, la estrategia política de Sukarno, basada en el consenso, pretendía superar la democracia parlamentaria occidental, representativa y liberal, centrada en la mayoría y juzgada intrínsecamente conflictiva e insuficientemente democrática.
Sukarno fue testigo de la brutal aniquilación de sus aliados antes de ser depuesto y condenado al aislamiento y al arresto domiciliario. Quien ocupó su lugar fue uno de los principales responsables de las matanzas de comunistas, el general golpista Suharto, el hombre de los Estados Unidos, famoso por su corrupción y por su lucrativa participación en el saqueo de los recursos naturales de Indonesia. Durante su gobierno autoritario, que se prolongó de 1968 a 1998, Suharto se dedicó además a nutrir el miedo y el odio hacia esos comunistas a quienes tan sólo podía reprocharse que se hubieran dejado matar. El comunismo fue presentado como la mayor amenaza en discursos gubernamentales, programas de televisión, periódicos, libros y películas.
Hoy en día, veinte años después del final de la dictadura, una gran parte de la población de Indonesia continúa temiendo y aborreciendo a esos mismos comunistas que ya no existen desde su exterminio en 1965. Es como si los espectros de los centenares de miles de víctimas estuvieran acechando a quienes deberían tener mala conciencia. La sociedad sigue obsesionada con los comunistas. El comunismo no deja de ser castigado por la justicia y violentamente atacado por grandes sectores de la sociedad.
Ayer, en la víspera del aniversario de la masacre, decenas de miles de indonesios recorrieron las calles de Yakarta para manifestarse contra “la creciente amenaza del comunismo”. Hace unos días, en la misma ciudad, una multitud enardecida, lanzando piedras y gritando consignas anticomunistas, arremetió contra el edificio en el que se realizaba un seminario sobre las matanzas de 1965. Por su parte, la policía indonesia prohibió la realización de varios eventos académicos “sospechosos” de comunismo y encarceló a un manifestante por llevar una pancarta con la hoz y el martillo. El mismo símbolo estampado en una camiseta hizo que un turista ruso fuese recientemente agredido y arrestado en Riau. También hay el rumor de un comerciante detenido por vender una medalla de la armada soviética. Y cuando se me ocurre preguntar si aún hay comunistas, provoco gestos de asombro e inquietud, así como respuestas reveladoras: “no, porque es ilegal”; “no, porque te matan si eres comunista”; “no, porque los mataron a todos”, etc.
Entre quienes me rodean en Indonesia, muchos no dudan en situarse a sí mismos en la extrema izquierda. Sienten una gran afinidad con el comunismo. Podrían ser comunistas. Quizás lo fueran en otro lugar, pero aquí no pueden serlo.
Conocí al nieto de una de las víctimas de las matanzas de 1965. Me confesó que le habría gustado ser comunista como lo era su abuelo, pero que no hubo nadie para “enseñarle el comunismo”. ¿Cómo ser comunista en el vacío, en la orfandad, a partir de nadie, solo, ex nihilo, después del exterminio de todos los comunistas?
Los exterminados no dejaron sino su ausencia. Es tan sólo un vacío, pero está en el centro de todo lo que se dice y se discute actualmente en Indonesia. Es como un punto de referencia para cualquier posicionamiento ético y político.
Los indonesios empiezan por tomar posición ante el vacío de los comunistas asesinados. Este vacío es lo que está en juego desde un principio y hasta el final. Todos lo señalan y lo rodean, hablan de él y lo ven con terror. No importa que aquello que aterre sea el rojo de la sangre o el rojo del comunismo. Lo importante es que hay algo aterrador que se vislumbra en ese desolador vacío dejado por los asesinados y por todos aquellos que no han podido ser lo que habrían sido, que no han tenido ni siquiera la ocasión de nacer, entre ellos los hijos de quienes murieron, sus nietos y bisnietos, sus seguidores y sus compañeros más jóvenes.
Es mucho lo que no pudo ser, lo que ha quedado pendiente y en suspenso. Afortunadamente la historia de Indonesia, como la del resto del mundo, no ha terminado todavía. Queda el futuro para ocuparse del pasado, hacer justicia y honrar la memoria de los muertos.
El vacío de ayer es el mismo de mañana. Volverse comunista puede ser una manera de resucitar al menos a uno de los cientos de miles de asesinados injustamente. Se entiende que la izquierda consecuente pueda sentirse tan provocada por el abismo. Se entiende también que la derecha siga sintiéndose amenazada. Quizás lo que aterre sea “ese porvenir eternamente amenazador, provocador”, como lo caracteriza Pramoedya Ananta Toer al abrirse el telón de su monumental Cuarteto de Buru. ¿Cómo calmarse ante el insondable abismo de lo que habrá de ser? Nadie sabe lo que puede salir de ahí. ¿Cómo no temer que salga otra generación de comunistas? ¿Cómo no sentirse tentado a formar parte de ella?
Hitler pretendía convertir la Unión Soviética en una serie de comisariados del Reich una vez hubiese derrotado al Ejército Rojo. Moscú hubiese acabado dentro del ya bautizado como Reichskommissariat Moskowien. Siegfried Kasche, embajador alemán en el estado satélite de Croacia, fue designado el 16 de julio de 1941 como futuro Reichskommissar, un auténtico virrey para territorios que comprenderían el norte y centro de Rusia hasta los Urales. Kasche se quedaría esperando el resto de la guerra a que los panzer germanos entrasen en la ciudad del Kremlin, cosa que nunca ocurrió. Murió ejecutado el 7 de junio de 1947 tras ser condenado en Yugoslavia por sus crímenes de guerra.
También el 16 de julio de 1941 Hitler declaró sus deseos personales sobre la división de los territorios orientales que adquiría Alemania. La península de Crimea, junto con un gran hinterland al norte que hubiese abarcado gran parte del sur de Ucrania, sería «desalojada» de toda la población local y repoblada similar. Además, los estados bálticos, la «colonia del Volga» y el distrito de Bakú (como concesión militar) también anexados al Reich. Dentro del Reichskommissariat Moskowien existirían a su vez una serie de Generalkommissariat más pequeños. Se llegaron a nombrar a las personas encargadas de administrar estos territorios. El terrible Odilo Globocnik, jefe de la SS de Lublin (Polonia) dirigiría el Generalkommissariat de Sverdlovsk.
A Wolf-Heinrich Graf von Helldorf, General de la SS, jefe de policía de Berlín que se hizo rico extorsionando judíos a mediados de los años 30, se le encargó la tarea de esclavizar y expoliar a los habitantes de la región de Yaroslavl.
Los nazis habían asumido que la Unión Soviética no sería totalmente derrotada por medios militares, incluso conquistando la capital y sus principales ciudades, por lo que se pensó crear una “frontera” en la bautizada como «línea A-A» (Arkanguelsk y Astraсán). De alcanzar las divisiones de Hitler estas posiciones, significaría que el país más grande del mundo perdía un 86% de sus recursos petrolíferos. Los tanquistas alemanes podían parar sus vehículos y salir a fumarse un cigarrillo. Para acabar con la capacidad de producción de la URSS, se iniciaría entonces una campaña estratégica de bombardeos con aviones diseñados para ellos.
El 20 de abril de 1943, día de su cumpleaños, Hitler mostró a su arquitecto Albert Speer un diseño que había dibujado personalmente para la construcción de un búnker con capacidad para seis personas, equipado con ametralladoras, cañones anti tanque y lanzallamas. El dictador comentó que debían construirse centenares de fuertes similares a lo largo de la nueva frontera con los restos de Rusia.
Cuando los alemanes avanzaban en la Operación Tifón hacia Moscú, Hitler decidió que Moscú, Leningrado (actual San Petersburgo) y Kiev serían arrasadas, y sus cuatro millones de habitantes, exterminados para impedir la creación de focos de resistencia. La ciudad de Moscú sería sumergida abriendo las esclusas del canal Moscú-Volga. ¿Pensaba Hitler hacerlo sin evacuar la población antes? Muy probablemente.
Durante el avance a Moscú, el conocido como “el hombre más peligroso de Europa”, el especialista en operaciones especiales que liberaría en 1943 a Mussolini de su detención en el Gran Sasso, Otto Skorzeny, tenía asignada la tarea de capturar estas estructuras y dinamitarlas.
En una conversación mantenida el 2 de noviembre de 1942 con el Ministro Danés de Exteriores Scavenius, el canciller Ribbentrop le comentó que los alemanes creían que la Rusia asiática superviviente a la conquista de la parte europea de la URSS, acabaría convertida en una serie de “inofensivas repúblicas campesinas”. El futuro de los territorios conquistados era el de ser colonizado por colonos alemanes o por minorías raciales locales. Por otro lado, Hitler ordenó que no se permitiese, incluso a sus sucesores en el futuro, la existencia de ningún estado ruso al este de la línea A-A. El 16 de septiembre de 1941, Hitler había mencionado a Otto Abetz, embajador alemán en París, que todo el territorio al este de los Urales sería, estableciendo un paralelismo con el Imperio Británico, “la India de Alemania”.
Afortunadamente, nada de esto ocurrió. La maquinaria de guerra de Hitler fracasó en su lucha contra los eslavos a los que tanto despreciaba, tratándolos de “subhumanos”. La victoria del Ejército Rojo frenó los megalómanos planes expansionistas del líder nazi, que parecían no conocer límites. https://es.rbth.com/historia/79271-plan-hitler-asesinar-poblaci%C3%B3n-mosc%C3%BA
Phuong, una niña de unos ocho años, delgadita como casi todas las vietnamitas, no deja de abrazar al periodista. Es alegre y parlanchina y parece sufrir un síndrome muy similar al de Down. Pero puede decirse sin temor a equivocarse que es la más afortunada de estas varias docenas de criaturas que son atendidas en un ala especial del hospital Tû Dû de Ho Chi Minh City, la antigua Saigón. En este pabellón situado junto a la cantina del centro médico viven grupos de niños afectados gravemente por el terrible legado del Agente Naranja, el defoliante utilizado por Estados Unidos durante la Guerra de Vietnam –que terminó ayer hace 40 años– para destruir la jungla y dejar a los guerrilleros Vietcong sin posibilidad de camuflaje.
Cuatro décadas después del fin del conflicto aún siguen naciendo criaturas con deformidades terribles. “No podemos estar seguro todavía del tiempo durante el que se extenderán sus efectos, pero muchos científicos ya lo estiman en tres generaciones”, dice la doctora Lành.
En la misma habitación donde vive Phuong, hay varias cunas en las que vegetan críos que nunca podrán levantarse. Algunos tienen una cabeza hasta seis veces mayor de lo normal y aplanada, otros enormes ojos de pez… Un pobre adolescente muestra toda la piel de su cuerpo como si estuviera rayada y además padece un síndrome nervioso extremo que obliga a sus cuidadores a esposarlo a los barrotes de una cama para no autolesionarse. No cesa de llorar y gritar histérico.
“No es fácil asegurar la cifra de niños afectados por el Agente Naranja en Vietnam, pero se estima en unos 500.000 los casos que podría haber en los hospitales de todo el país y en muchas aldeas donde sobreviven con sus familias”, declara la enfermera Kim Hoa.
El Agente Naranja, del que se irrigaron más de cuarenta millones de litros entre 1962 y 1970 desde aviones estadounidenses sobre los bosques de Vietnam era un poderoso herbicida compuesto por una mezcla de dos productos químicos: el 2,4,5–T y el 2,4–D. El primero de ellos provoca la aparición de minúsculas cantidades de dioxina conocida como TCDD, el veneno más tóxico de los elaborados por el hombre, que en tiempos de la guerra nadie se preocupó de depurar.
El defoliante destruía la foresta prácticamente en 24 horas, pero sus efectos iban a perpetuarse mucho más allá de que en esos terrenos no volviera a formarse una jungla. En los primeros años de la posguerra se dieron la aparición de un número inusual de tumores raros de cáncer en las zonas donde se había irrigado con el herbicida. Paralelamente se dispararon los casos de bebés nacidos con malformaciones muy graves: cabezas enormes, brazos que eran muñones terminados en dos o tres dedos, bocas sin paladar, ojos ciegos, síndromes nerviosos, parálisis, etcétera. Y también se multiplicaron los inusuales nacimientos de siameses. En muchos casos, los padres no habían padecido ni un dolor de cabeza, pero su ADN había sido dañado por la dioxina, un veneno del que basta un microgramo ingerido directamente para causar la muerte.
Al mismo tiempo, miles de veteranos estadounidenses, australianos o neozelandeses también empezaron a sufrir a dolencias idénticas a los de sus antiguos enemigos. Y también tuvieron una tasa disparatada de nacimientos de niños con minusvalías, efectos coincidentes con los que se se habían dado entre las víctimas del escape de dioxina en Seveso (Italia) en 1976.
Más de 230.000 veteranos de guerra reclamaron indemnizaciones a siete empresas químicas productoras del Agente Naranja –una ley norteamericana prohíbe querellarse contra el gobierno por acciones de guerra– y Víctor Yanacone, el abogado principal del consorcio de empresas que representaba a los veteranos, expuso ante los jueces una realidad incuestionable: durante la guerra las empresas Dow Chemical y Monsanto produjeron grandes cantidades del herbicida sin preocuparse por eliminar la dioxina; la Fuerza Aérea estaba pidiendo cantidad y no calidad.
Los ejecutivos de las empresas rechazaron cualquier conexión de su producto con el problema, que atribuyeron a causas psicológicas, el llamado síndrome Vietnam –que afectaba a miles de jóvenes que volvían derrotados y rechazados por su propia sociedad–, hasta que el número de afectados fue tan alto que hizo absurdas sus alegaciones.
Los directivos de la Dow alegaron que las autoridades se negaron a aceptar los peligros que corrían con su empleo. “Pero nos prohibieron hasta que etiquetáramos el producto con señales de advertencia”, declaró un directivo de la empresa.
Así, una hoja de instrucciones entregada en 1966 a las tripulaciones de los aviones encargados de fumigar la selva se afirmaba que “este defoliante no es tóxico para la vida humana o animal”.
Sin embargo, los efectos letales de la dioxina ya eran conocidas para la Administración estadounidense. Una explosión en la fábrica de herbicidas de la empresa Monsanto en 1949 en Virginia (EEUU) y un escape en 1964 durante su producción en una planta de la Dow Chemical habían mostrado las fatales consecuencias entre sus trabajadores.
En 1984 las siete empresas productoras del herbicida –Dow Chemical, Monsanto, Diamond, Uniroyal, TH, Hercules y Thompson– aceptaron en un tribunal de Nueva York la creación de un fondo de más de 162 millones de euros para cubrir los gastos médicos que requirieran las víctimas y sus hijos durante un período de 25 años.
Pero, aunque Vietnam también se ha querellado contra estas empresas químicas, sus alegaciones se han desestimado. Monsanto aduce en su página web que “crearon el Agente Naranja para salvar vidas de norteamericanos” y que es una cuestión “que corresponde debatir entre los gobiernos”.
Los vietnamitas no recibirán ni un dólar de compensación. Por su parte, el gobierno de Estados Unidos exige con presteza pagos por reparaciones de guerra cuando gana una contienda, pero no concede indemnizaciones si la pierde, como sucedió en Vietnam, de donde se retiró en 1973 con 58.000 de sus militares muertos y muchos más con graves secuelas.
Ni siquiera acepta pagos cuando ha cometido un error, o que se lo pregunten a las familias de los 290 pasajeros y tripulantes del avión comercial iraní abatido en 1988 por un misil de un buque estadounidense en el Golfo Pérsico, al confundirlo con un caza iraquí.
Además del Agente Naranja, Estados Unidos fumigó las selvas de Vietnam con unos 30 millones de litros de otros defoliantes de efectos dañinos: el Agente Blanco y Agente Azul. Todo un arsenal de armas químicas que acompañaron al tristemente célebre napalm que dejó a miles de victimas con gravísimas quemaduras en las aldeas de este hermoso país.
Al abandonar el hospital Tû Dû, que ya visité en 1995 con motivo del veinte aniversario del fin de la guerra, me despido de Nhung, un chico de unos catorce años cuyas piernas terminan abruptamente en las rodillas y su cabeza en pico. Me sonríe tristemente e intenta darme la mano con dificultad, porque tiene los dedos unidos por membranas.
En la calle, los vietnamitas se preparan para celebrar los festejos de los 40 años del fin de la guerra contra Vietnam del sur, una república títere de Estados Unidos. Y Minh Quân, un veterano del Vietcong, que regenta un puesto de frutas tropicales cerca del hospital, me recuerda orgulloso que su ejército ha vencido en todas las guerras a las que se ha enfrentado en el siglo XX: a Francia, Estados Unidos y hasta a los chinos que invadieron brevemente el norte del país en represalia a la victoria vietnamita sobre la Camboya de Pol Pot.
Pero hoy, Vietnam pasa casi por primera vez en su historia por un largo período de paz. Aunque los causantes del “síndrome naranja” no ayuden a las víctimas, varias asociaciones de otros países sí lo están haciendo, y Estados Unidos, al menos, ha comenzado recientemente a colaborar con la descontaminación de amplias zonas de terreno destruido por sus armas químicas.
Luis Mazarrasa http://www.eldiario.es/internacional/Agente-Naranja_0_383212103.html
O, ¿qué hubiera pasado si…? Si, por ejemplo, los turcos no hubieran sido expulsados/derrotados de Europa. Pues que hoy todo cristo, menos los malteses, profesaríamos el Islam y no el cristianismo cuyo ritual, como decía Unamuno, sólo consiste en que te bauticen por la Iglesia (incluida la protestante que no observa todos los sacramentos católicos), te cases por la misma y te entierren por el rito católico, que eso y nada más, aparte misas y rosarios, puras reliquias, es el catolicismo.
La presencia de los turcos en Europa significa un hecho totalmente nuevo en la historia de los pueblos cristianos, o cristianizados. Los turcos otomanos hacen algo más que los turcos selyúcidas, pues si aquellos se islamizaron, éstos, en cierto modo, se europeízan, ya que, sin perder su credo, ideología y modo de vida, organizan ejércitos al modo occidental, utilizan los adelantos militares de Europa y empiezan apracticar el sistema de soberanía, vasallajes, pactos, tratados y treguas, propios del mundo occidental ergo: civilizado (ponga el lector las comillas si lo desea). La Cristiandad, o sea, los «buenos», va a tener un terrible enemigo en Suleimán II, de alias Solimán el Magnífico (por la pompa y el lujo de su corte, de ahí viene lo del «lujo asiático»). Este Sultán será la pesadilla europea de 1520 a 1560.Los avances son extraordinarios en Europa y en Asia. Belgrado (Beograd, en la Serbia austríaca) se había rendido derrotando Solimán a los húngaros cayendo Buda (la parte de Budapest que separa el Danubio, hoy apenas poblada) en poder turco que se planta frente a la mismísima Viena, o sea, el ángor político de Europa, su corazón cultural (¿se imaginan un Mozart derviche? Salieri tal vez). Sólo se libró, ya se dijo, la isla de Malta defendida por Juan de La Valette (su actual capital).
Eso de llegar a las puertas de Viena era pasarse tres pueblos, inquietante. El Emperador Carlos V (y I de España, como nos enseñaban en los colegios franquistas), ocupado en sitiar y saquear la Roma vaticana (1527), enfadarse con Francisco I de Francia, perseguir luteranos y otras distracciones, cogió el toro turco por los cuernos y envió al Marqués del Vasto (con uve) a parar los pies a Solimán y sus vaivodas (una suerte de príncipes feudales) y sus jenízaros (una especie de guardia pretoriana). No tuvo mucho éxito, sobre todo por mar. Fue su hijo, Felipe II (que, a diferencia de su padre, sabía protoespañol), quien en «Santa Liga», uniera los estados católicos (Venecia, Génova, el papa y España) para al mando de Juan de Austria, su hermano (bastardo, que entonces no tenía la carga peyorativa que tiene hoy), vencer a los turcos en la célebre batalla de Lepanto (por el mar Jónico griego, o el Egeo, que siempre me confundo y me he bañado en esas aguas llenas de medusas en verano, conste) y que costara el brazo izquierdo de un erasmista -la doctrina no es pacífica al respecto-, Cervantes, posiblemente uno de los pocos soldados españoles en la famosa batalla (casi todos eran lansquenetes o mercenarios, muy típico de Carlos V).
Por fortuna, los turcos tuvieron la decencia y el gesto de dejarse derrotar por los «buenos» ahorrándonos engorrosos problemas con el velo de nuestras mujeres amén de los enfadosos ramadanes. No como estos «yijadistas», creados por «Occidente», que tienen de musulmanes lo que yo de cura.
Condenado dos veces por espionaje a favor del Corea del norte, con 30 años de reclusión a sus espaldas en Corea del sur, no hay ONG humanitaria que se apiade para cumplir el último sueño de Seo Ok-Ryol: morir en el país por el que ha sacrificado su vida (Corea del norte).
El sueño tiene su explicación: Seo nació y vivió en el sur, lo mismo que su familia, pero él quiso algo muy distinto: que fuera como el norte. Toda su lucha fue por ese sueño. Está muy cerca, apenas unos cuantos kilómetros; pero le separan las alambradas y los nidos de ametralladora del paralelo 38.
Eligió un bando que tiene muy mal cartel. Si hubiera sido al revés, ya habríamos visto su rostro en Tele5, la CNN, la Cadena Ser y toda clase de tertulias, donde hablarían de presos políticos y de que es muy poco humano tener a un anciano de 90 sin poder ver a sus familiares durante décadas.
En su pequeño apartamento se mueve despacio, con bastón, aspecto fatigado, la espalda curvada y los ojos hundidos en sus cuencas. Otra cosa es la cabeza y la argumentación, al que le llevan siempre empezando por el mismo punto: “¿No se arrepiente Usted?”
Entonces el abuelo saca energías de alguna parte escondida del alma para levantar un poco la voz: “No he hecho daño a nadie, sólo he amado a mi patria”, que no es ni el sur ni el norte sino ambas a la vez.
Corea sigue “de moda”. Alguien no se conforma con haber destruido a un anciano, como Seo Ok-Ryol, y quiere acabar con todos los coreanos, uno por uno. El candelero del Extremo Oriente ha permitido que la agencia AFP envíe a su corresponsal en Seúl a hablar con el viejo espía.
No ha pasado tanto tiempo cuando, tras la histórica cumbre de 2000 entre las dos Coreas, el gobierno de Seúl permitió que 60 ancianos encarcelados durante décadas pudieran volver a sus casas en el norte, casi en silencio para que nadie se entere que donde realmente hay presos políticos no es donde creíamos sino al otro lado de la línea de alto el fuego que separa a ambas Coreas.
Entre aquellos ancianos no estaba Seo Ok-Ryol, convertido en un héroe también para los movimientos progresistas del sur, un símbolo de resistencia inquebrantable. Ahora hacen campaña por su liberación y de la de otros 17 ancianos, uno de ellos de 94 años, para que puedan vivir sus últimos años en el lugar de sus sueños: Corea del norte.
Hace ya muchas décadas, cuando Seo Ok-Ryol era estudiante en Seúl, se afilió al Partido del Trabajo, incorporándose al ejército del norte en 1950, durante la guerra contra Estados Unidos.
Tras el armisticio comenzó a impartir clases en la universidad de Pyongyang, hasta que en 1961 se matriculó en una escuela de espionaje y le destinaron al sur para reclutar a un alto miembro del gobierno cuyo hermano había desertado al otro lado. Cruzó ilegalmente la frontera por el Río Yeomhwa y pudo ver a sus familiares por última vez.
Pero su encuentro con el alto cargo del gobierno de Seúl resultó un fiasco total. Llevaba una carta para él escrita por su hermano, pero no quiso recibirla. “Mi hermano ha muerto para mí. Le dije a las autoridades que murió durante la guerra”, fue su respuesta.
Al tratar de regresar al norte llegó tarde a la cita con el barco. Trató de cruzar el paralelo 38 a nado, pero la corriente le devolvió al sur, donde le detuvieron. Le interrogaron durante meses y fue duramente torturado. Le dejaron sin comer y le privaron del sueño. Finalmente, un consejo de guerra le condenó a muerte.
En la cárcel ha vivido en estricto aislamiento, con una alimentación a base de arroz hervido y pescado salado. En 1963 le conmutaron la pena de muerte por la cadena perpetua, aunque diez años después le volvieron a condenar a muerte por otro crimen grave: había tratado de afiliar al Partido del Trabajo a otro preso.
“Seis veces he escuchado las palabras ‘pena de muerte’ en boca de fiscales y jueces”, le dice al periodista. “Mi madre se desvaneció varias veces y mi familia vendió su casa para pagar los gastos de mi defensa”. Una vez más, logró fintar a la muerte en el último momento. Pero sus padres murieron viéndole entre barrotes y rejas.
Minúsculas celdas de castigo, poco más grandes que un féretro… Palizas… Torturas… Simulacros de ahogamiento… Un año, otro y otro. Luego una década tras otra… No es el relato de la vida de un preso en las cárceles del norte sino en las del sur.
Después de una infección que la cárcel se negó a curar, el anciano perdió un ojo. En medio de la penumbra del apartamento, su mayor orgullo es poder gritarle a todo el mundo a la cara que él tampoco ha cedido ni un ápice porque cuando ya no te queda nada, la derrota depende de tí mismo: de seguir diciendo que no, a pesar de las promesas, de las migajas y de los cantos de sirena. “No puedo cambiar mis convicciones políticas a cambio de un ojo”, le dice al periodista. “Mi ideología política es más preciada que mi propia vida”.
En 1991 aceptó un compromiso con el gobierno y prometió respetar la ley surcoreana: libertad condicional bajo control judicial. Se instaló en la localidad meriodional de Gwangju, feudo de las fuerzas progresistas surcoreanas, cerca de su ligar de nacimiento, soñando con ver a su mujer y a sus dos hijos, que siguen viviendo en el norte.
A quien le quiera oir, saluda la resistencia numantina del gobierno de Pyongyang frente al imperialismo, un país al que pone como ejemplo de sociedad igualitaria donde cualquiera puede estudiar en la universidad a cargo del Estado.
El gobierno de Pyongyang -dice- tiene que defender a su pueblo con todas las armas a su alcance, incluidas las nucleares, frente a sujetos como Trump, al califica de “loco furioso”.
Este año ya ha sido hospitalizado dos veces por problemas cardiacos. Le queda muy poco aliento. En su humilde apartamento recibe a todo el mundo y tiene el apoyo más completo de 25 organizaciones populares del sur que promueven una campaña para que pueda volver al norte a ver a su mujer y a sus dos hijos.
Si logra verlos, es seguro que no podrá reconocerlos. “¿Qué les diría si les viera?”, le preguntan. “Les daría las gracias por seguir vivos. Me han faltado todos estos años. No esperaba haber vivido separado de ellos tanto tiempo”.
Ayer varias manifestaciones recorrieron las calles de las principales ciudades griegas para conmemorar el asesinato, hace cuatro años, del cantante antifascista de rap Pavlos Fyssas a manos de un militante neonazi en un barrio popular de la capital griega.
La más importante de ellas se produjo en Atenas, donde los manifestantes marcharon desde la Plaza Syntagma, frente al Parlamento heleno, hasta la sede de Amanecer Dorado, tras recorrer algunas de las principales calles del centro de la capital griega.
Los manifestantes, que habían sido convocados por sindicatos, inmigrantes y la asociación antifascista KEERFA, llevaban pancartas de recuerdo a Fyssas y de repulsa a, entre otros, el partido neonazi Amanecer Dorado, uno de cuyos militantes está considerado el presunto autor del asesinato.
Asimismo, entre las consignas que coreaban los manifestantes se escucharon algunas en recuerdo a la militante antirracista Heather Heyer, muerta el pasado mes de agosto en la ciudad estadounidense de Charlottesville al ser atropellada por un fascista blanco que arremetió con su coche contra una manifestación popular.
La marcha recorrió la calle Vasilis Sofías, una de las arterias principales de la capital griega, vigilada de cerca por las fuerzas de seguridad, que blindaron puntos clave y escenarios de tensión de manera habitual, como las oficinas de la Unión Europea y la embajada de Estados Unidos.
“Estamos manifestándonos para protestar contra Amanecer Dorado y pedimos el cierre de sus sedes por toda Grecia, que son la base de los neonazis”, clamó ante la multitud el director de KEERFA, Petros Konstantinu.
“Han pasado cuatro años desde la muerte de Fyssas y el juicio contra Amanecer Dorado debe concluir y los neonazis deben ir a la cárcel”, subrayó.
El juicio contra el supuesto autor del asesinato y otros 68 miembros del movimiento nazi que se enfrentan a acusaciones de dirección y pertenencia a organización criminal, además de otros delitos, avanza lentamente y nadie ha sido condenado por el momento.
También en Salónica, la segunda ciudad de Grecia, se produjo una concentración, aunque menos numerosa, que partió del centro de la ciudad y que terminó en la sede neonazi, aunque la policía bloqueó el acceso desde la Universidad Politécnica para evitar incidentes.
Manifestación durante el primer aniversario del asesinato
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