La web más censurada en internet

Etiqueta: Memoria histórica (página 36 de 81)

Los agentes locales de la CIA en el golpe de Estado contra Chile de 1973

En las últimas semanas, por orden de Donald Trump, se han desclasificado en Estados Unidos más de 27.000 documentos relacionados con la investigación del asesinato de John F. Kennedy en 1963. Muchos de estos documentos tienen poco o nada que ver con la muerte de JFK, pero dado que registran operaciones secretas de algunas de las agencias estadounidenses más cercanas a la investigación del crimen, fueron archivados en la colección que Trump ordenó liberar.

Dentro del material desclasificado hay un dossier de cerca de doscientas páginas de documentos de la CIA de 1973 y 1974 relacionados con Chile. Este material nos permite aproximarnos de manera muy cercana a los medios a través de los cuales se desarrollaban las operaciones encubiertas norteamericanas y a la inteligencia que la CIA podía recolectar sobre Chile en diversas partes del mundo.

Un telegrama de la estación de la CIA en Santiago del 13 de mayo de 1974 informaba a los cuarteles generales de la agencia en Langley de un “agente a sueldo recientemente reclutado” cuyo nombre en clave era Futrunk-1. En el lenguaje cifrado de la CIA durante la Guerra Fría, el prefijo “Fu” denominaba a Chile. La palabra “trunk” denominaba a la institución u organización a la que pertenecía el agente o informante identificado con el nombre en clave.

Este documento de mayo de 1974 respondía a una solicitud de agentes de la CIA en París para ayudar a un periodista de la televisión francesa, identificado como Unsober-1, a obtener una entrevista con Pinochet. La estación de la CIA en Santiago señalaba que la solicitud podría responderse favorablemente a través de los oficios de Futrunk-1.

Los agentes en Chile, sin embargo, no eran partidarios de realizar la gestión, entre otras cosas porque no querían que el periodista francés se enterara de que Futrunk-1 era un agente a sueldo de la CIA, lo cual era virtualmente inevitable si es que la entrevista en efecto tenía lugar.

De esta explicación es posible colegir que Futrunk-1 era un funcionario de gobierno muy cercano a Pinochet —de allí su capacidad de gestionar la entrevista— y que tenía alguna prominencia pública —lo que podría explicar la renuencia de la estación de la CIA en Santiago a que su nombre pudiese ser reconocido por el periodista francés.

Varios reportes emitidos por la estación de la CIA en Santiago en septiembre de 1974 nos permiten reconocer más claramente otras instituciones y organizaciones en las que la CIA contaba con agentes e informantes chilenos. A principios de ese mes, se hizo pública en Estados Unidos una carta del parlamentario demócrata Michael Harrington a su colega Thomas Morgan en la que se detallaban algunas de las actividades encubiertas de la CIA en Chile desde 1964. Ante la amplia publicidad dada por la prensa norteamericana a las afirmaciones de Harrington, la estación de la CIA en Santiago quiso consultar con algunos de sus informantes y agentes sobre el posible impacto que estas revelaciones podían tener en Chile.

En un telegrama del 12 de septiembre de 1974, se informaba de conversaciones con Fuermine-1 y 5, Fubrig-1 y 2, Fupocket-1 y Fubargain-1. Fuermine-1 y 5 eran claramente miembros del Partido Demócrata Cristiano. Fuermine-1 se disponía en esos días a viajar a Europa invitado por una organización de la Democracia Cristiana alemana. Fuermine-5, por su parte, había recibido fondos de la CIA poco después del golpe para financiar un viaje de miembros del partido a varios países de Europa para explicar las razones del derrocamiento de Allende.

En efecto, en octubre de 1973 viajaron a Europa los militantes democratacristianos Juan de Dios Carmona, Juan Hamilton y Enrique Krauss; en noviembre lo hizo Patricio Aylwin. Es probable que ninguno de ellos supiera del origen del financiamiento de sus viajes. No obstante su molestia por la filtración de la información en Estados Unidos, Fuermine-5 manifestó a su interlocutor de la CIA que la imprecisión con que Harrington describía esta maniobra y su propia cautela en la administración de los fondos impedirían que la información se hiciese conocida incluso dentro de su propio partido.

La CIA financió el diario El Mercurio

Fubrig-1 y 2 eran o habían sido altos funcionarios de El Mercurio, de acuerdo a lo que puede inferirse de los reportes de la CIA del 12 y el 17 de septiembre de 1974. Las afirmaciones del representante Harrington no se referían explícitamente a El Mercurio, pero no era difícil hacer la asociación. En los días siguientes, además, la prensa norteamericana aludiría explícitamente al diario de Agustín Edwards como receptor de fondos de la CIA y la misma página editorial de El Mercurio desmentiría enérgicamente las acusaciones, calificando a Harrington como un mero “lugarteniente” del Senador Ted Kennedy, una de las principales voces opositoras a la dictadura militar en el concierto internacional.

La actitud desafiante y agresiva de El Mercurio puede explicarse en parte porque, de acuerdo a lo señalado por Fubrig-2, la nueva administración del diario no sabía de los aportes de la CIA entre 1970 y 1973. Fubrig-2, a quien los reportes de la CIA describen como la persona que “dirigía el show” en El Mercurio en los años de Allende, habría administrado los recursos de la CIA de manera que no quedaran rastros evidentes de su origen, por lo que es probable que oficialmente no hubiera rastro de esos fondos, ni siquiera dentro de la documentación del diario. Por supuesto, otra cosa es asumir que nadie en El Mercurio sabía por medios informales de las significativas cantidades de dinero —alrededor de un millón de dólares de la época— que el diario recibió de la CIA entre 1970 y 1973. Fupocket-1 muy probablemente pertenecía a una organización empresarial o gremial anti-allendista.

El documento del día 12 de septiembre de 1974 señala que este individuo había sido el receptor de 25.000 dólares para la compra de una radio poco antes del golpe de estado. Fupocket-1 también manifestó su molestia con el hecho de que estas operaciones salieran a la luz pública en Estados Unidos. Sin embargo, se mostró confiado de que su nombre no sería asociado a la compra de esta radio, por cuanto su identidad no aparecía en ninguno de los documentos con los que se realizó la transacción y, además, en su “grupo” nadie supo que se destinaron fondos específicamente para esta maniobra.

Por último, Fubargain-1 era un oficial de alto rango de alguna de las fuerzas armadas, probablemente el Ejército, con acceso directo y aparentemente cercano a Pinochet. De acuerdo a lo señalado por Fubargain-1 a su interlocutor de la CIA, a Pinochet le pareció “tonto” que en Estados Unidos se dieran a conocer las operaciones de inteligencia relacionadas con Chile, pero no se alteró demasiado. Distinta fue la actitud de oficiales de más bajo rango. Para este grupo, al que Fubargain-1 describía como ignorante de las formas de la política estadounidense, las revelaciones sobre la intervención de la CIA en Chile y su amplia difusión en la prensa norteamericana sólo podían representar un intento de sabotaje de la labor del régimen militar. Estos oficiales, además, resentían la falta de reconocimiento a la independencia con la que habían actuado las fuerzas armadas en el derrocamiento de Allende.

Aunque Fubargain-1 no compartía totalmente este diagnóstico, pues sus viajes a Estados Unidos le habían permitido llegar a comprender mejor la política de ese país, en esta ocasión mostró por primera vez ante agentes norteamericanos su disconformidad con lo que él percibía como una creciente incomprensión de la labor de la Junta Militar por parte del gobierno estadounidense.

Los planes de resistencia armada

De acuerdo a algunos reportes de la CIA fechados poco después del 11 de septiembre de 1973, algunos grupos de la izquierda chilena, en algunos casos en colaboración con agentes diplomáticos cubanos, habían diseñado planes de contingencia para la eventualidad de un golpe militar contra el gobierno de Allende. En su libro El gobierno de Allende y la Guerra Fría interamericana, la historiadora Tanya Harmer describe con bastante detalle la batalla que tuvo lugar el mismo 11 de septiembre en la embajada de Cuba en Santiago entre fuerzas militares chilenas y un centenar de ciudadanos cubanos que resistieron por algunas horas parapetados en la sede diplomática. La razón por la cual la embajada de Cuba se convirtió en un campo de batalla fue que en la sede diplomática se almacenaba una gran cantidad de armas que los representantes cubanos habían ingresado a Chile durante el gobierno de Allende y que supuestamente debían ser usadas para defender el gobierno revolucionario de la Unidad Popular ante un golpe militar.

Documentos de la CIA producidos pocos días después del golpe complementan el relato de Harmer, basado principalmente en testimonios personales de agentes diplomáticos cubanos. De acuerdo a un reporte de la estación de la CIA en Ciudad de México del 21 de septiembre de 1973, un oficial de inteligencia cubano había señalado que el golpe militar no los había sorprendido en absoluto. Según lo señalado por este agente, tanto Fidel como la numerosa representación diplomática y militar cubana en Chile consideraban que Allende era un “buen marxista, pero no mostraba suficiente agresividad hacia sus enemigos”.

En efecto, las credenciales revolucionarias del martirizado presidente chileno eran impecables en lo teórico, pero insuficientes para la concreción efectiva de un proyecto de transformación radical como el propuesto por la izquierda chilena. La derrota de Allende sería para Castro y la política exterior cubana una confirmación indesmentible de la insuficiencia de los medios institucionales para el triunfo de una revolución de izquierda.

Más sorpresiva para la inteligencia y la diplomacia cubana había sido la organización de las fuerzas armadas chilenas en el golpe de estado. Aparentemente, los escenarios de posible resistencia que se habían diseñado por parte de la representación cubana en Chile no contaban con la determinación e implacabilidad demostrada por los militares chilenos a partir del 11 de septiembre y se basaban parcialmente, como también señala Harmer, en una expectativa demasiado optimista respecto de la capacidad de organización clandestina de los partidos de la izquierda chilena, muchos de cuyos miembros habían recibido armas y algún tipo de entrenamiento militar por parte de Cuba.

En cualquier caso, el oficial de inteligencia cubano en México manifestaba su confianza en que más temprano que tarde se organizaría algún tipo de resistencia armada a la flamante dictadura militar. Cuba había logrado introducir y distribuir en Chile un alto número de “armas automáticas, explosivos e incluso armas anti-tanques y anti-aéreas”. El destino de esas armas es más o menos incierto. Muchas de ellas, de acuerdo a Harmer, fueron almacenadas en La Moneda y la casa particular de Salvador Allende en calle Tomás Moro, por lo que cayeron rápidamente en poder de los militares. Otra cantidad importante estaba almacenada en la embajada de Cuba en Santiago y de ellas se hizo cargo Harald Edelstam, embajador de Suecia en Chile, quien se comprometió a distribuirlas en cuanto pudiera. En cualquier caso, el testimonio del oficial de inteligencia cubano en México el 21 de septiembre daba a entender que existía un número suficiente de armas y municiones en Chile, a su juicio de mejor calidad y capacidad que el armamento de las fuerzas armadas chilenas, como para poder esperar que se organizara en el mediano plazo una resistencia armada efectiva a la dictadura militar.

Otra línea de apoyo internacional a planes de resistencia de la izquierda chilena habría provenido de Perú. Reportes de la estación de la CIA en Lima fechados el 21 y el 26 de septiembre de 1973 indicaban que pocos días después del golpe el Partido Comunista Peruano de línea soviética (PCP/US) había activado un plan de contingencia en cuyo diseño aparentemente había participado la misión diplomática chilena en la capital peruana. De acuerdo a la fuente de la CIA, identificada como un ciudadano chileno residente en Lima, la embajada de Chile en Perú informó rápidamente al Comité Central del PCP/US del golpe en Chile, aparentemente para activar el plan previamente diseñado.

El Comité Central del PCP/US decidió, mientras esperaba por instrucciones de Moscú, enviar a seis miembros de las Juventudes Comunistas a Chile. Para cruzar la frontera, los comunistas peruanos contaban con pasaportes oficiales con identidades falsas, expedidos antes del golpe por la embajada chilena en Lima.

Las instrucciones de Moscú llegaron finalmente el 15 de septiembre. De acuerdo a estas directrices y las posibilidades del momento, el Comité Central del PCP/US decidió instruir a un número indeterminado de sus cuadros a asistir a sus camaradas chilenos en la reorganización del partido en la clandestinidad y, eventualmente, en la organización de la resistencia armada a la dictadura. A esta empresa se unirían comunistas de otros países latinoamericanos, que se organizarían en Lima para emprender el viaje a Chile en la última semana de septiembre. La prioridad en ese momento la tenía la reorganización del partido en Chile.

Sólo si la situación lo permitía se consideraría la posibilidad de montar una resistencia armada al régimen. Según los comunistas peruanos, no era necesario ingresar armas a Chile, por cuanto aún había suficientes escondidas en el país para la eventualidad de una insurrección contra la dictadura militar. No existen registros posteriores que den cuenta de la efectiva puesta en marcha de esta operación, lo cual, si es que ocurrió, de todos modos no tuvo ningún efecto en el desarrollo de los sucesos en Chile. Ante la determinación y brutalidad con la que actuaron las fuerzas armadas a partir del 11 de septiembre de 1973 y por más armas que se hubieran ingresado a Chile, ningún plan de resistencia civil podía resultar efectivo.

http://www.theclinic.cl/2018/01/02/los-chilenos-la-cia-otras-historias-nuestra-guerra-fria-mundial/

Otra salvajada de las hordas falangistas en Asturies: los crímenes de Cabo Peñes

El 2 de junio de 1938, los cuerpos de Rita, Rosaura, y María, junto con los de otras diez personas, fueron arrojados al mar desde los acantilados de Cabo Peñes (Gozón) por parte de los falangistas locales del cercano pueblo de Candás. El crimen que cometieron estas trabajadoras de las conserveras Albo y Alfageme era el de colaborar con el Socorro Rojo Internacional, ser familia de sindicalistas o pertenecer a la UGT de sus fábricas de conservas. Algunos cadáveres, devueltos por el mar tras ser arrojados a las frías aguas del Cantábrico, han sido rescatados del olvido por la Asociación por la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) de una fosa del cementerio de Bañugues (Gozón), para que el aniversario de su muerte pueda conmemorarse con la dignidad que sus restos merecen.

Anselmo, “El Rondón”, era uno de los grandes objetivos del Negociado de Orden Público del Ayuntamiento de Carreño cuando comenzó una redada en mayo de 1938 para reprimir a todos los afectos al Frente Popular. La lista negra incluía 52 nombres de Candás, cerca de Xixón. Anselmo no pudo escapar cuando cayó el frente y tuvo que regresar a su casa. Se escondió en un zulo debajo de la cama en su propio hogar, fue uno de los “topos” que intentaban sobrevivir en la oscuridad. Un descuido de un familiar con problemas psíquicos acabó con su vida. Al ir a comprar vino, la mujer dijo que era “para Anselmín”. Los falangistas acudieron a su casa y se produjo una huida que acabó con un tiroteo en el que “El Rondón” resultó herido y uno de los falangistas murió por fuego amigo.

Las autoridades acusaron a Anselmo de ser el responsable de la muerte del falangista. En una recreación del vía crucis, los miembros de Falange arrastraron y golpearon a Anselmo por todo el pueblo. Al final del camino esperaba “Casa Genarín”, el lugar habilitado para las torturas de la Brigada de Investigación y Vigilancia. Los días posteriores se produjeron detenciones masivas de todos aquellos incluidos en la lista de los 52. Los arrestos incluyeron a familiares, con la intención de que los fugitivos pudieran salir de sus escondites. En los interrogatorios se cometieron toda clase de actos atroces y torturas: las violaciones a las mujeres fueron norma, a otra de las detenidas le rompieron las dos piernas, a otra le clavaron una estaca en la espalda. El procedimiento habitual contra los rojos para que hablaran.

Rita “La Camuña”, conservera y responsable del Socorro Rojo Internacional, Rosaura Muñiz, conservera en la factoría Alfageme, y María “La Papona”, encargada de la fábrica de Conservas Albo y de UGT, se encontraban entre las detenidas. Fueron conducidas en un camión junto al resto de arrestados el día 2 de junio de 1938 hacia el Cabo Peñes, un lugar idílico que fue testigo de la tragedia. Lo último que vieron los ajusticiados fue el inmenso y vasto paisaje de las aguas del Cantábrico. Fueron asesinadas y arrojadas por el acantilado.

El mar, como si fuera consciente de la barbarie, devolvió los cuerpos a su terruño para que pudieran ser enterrados por sus familias o amigos. Los cuerpos de las asesinadas fueron apareciendo en las playas de la zona en un goteo de dramas irreconocibles: los días 2 y 3, en la playa de Bañugues; el día 4, en la playa de Las Botadas; el 7, en Muniello. A Rosaura la identificaron por el mandil en el que conservaba el número de identificación de la conservera en la que trabajaba. Los hallazgos causaron una conmoción tremenda. Los cadáveres fueron enterrados en prados cercanos o en fosas habilitadas por los vecinos.

En el cementerio de Bañugues sólo queda una cruz humilde con un ramo de flores marchito. La tierra removida días después de los trabajos de exhumación es evidencia silenciosa de un nuevo acto de recuperación de la dignidad por parte de la ARMH. Una mujer entra en el camposanto y suspira enojada al ver al periodista agachado mientras mira fijamente a la fosa e intenta reconstruir las vidas de las conserveras de Candás. La mujer, que va a poner un ramo en la tumba de algún ser querido, muestra de forma clara y sin disimulo su indignación hacia las familias de los represaliados en Cabo Peñes. Que algún día las familias de los represaliados puedan depositar un ramo de flores en el nicho de las víctimas, como hoy hace ella con su gente, le molesta.

https://www.lamarea.com/2017/05/31/las-mujeres-conserveras-fueron-arrojadas-al-mar-desde-acantilado-cabo-penas/

La Navidad más sangrienta del franquismo: casi 200 asesinatos en Cárceres en 1937

Matías Escalera
Fue el día de Navidad más sangriento de la historia de Cáceres. El 25 de diciembre de 1937 un piquete compuesto por 60 guardias civiles fusiló a 34 hombres en el campo de tiro adyacente al cuartel del regimiento de Infantería Argel 27. Entre las víctimas se encontraban maestros, sindicalistas, militantes de partidos democráticos y hasta cargos públicos como el alcalde de la ciudad, el socialista Antonio Canales, y el presidente de la Diputación, Ramón González Cid, de Izquierda Republicana. La ejecución masiva conmocionó a la ya de por sí atemorizada población extremeña. Sin embargo, la orgía de sangre no había hecho más que empezar. En los días siguientes se multiplicaron los fusilamientos en la capital cacereña hasta completar la escalofriante cifra de 196 ejecutados.

El cerebro de esta operación represiva fue el gobernador militar Ricardo de Rada, un general africanista que se sumó desde el primer minuto al golpe de Estado contra la República liderado por Mola y por Franco. Prácticamente toda la provincia de Cáceres estaba bajo control de los golpistas desde el 22 de julio de 1936, pero los mandos militares franquistas siempre se sintieron amenazados. De Rada, que había sido destinado a Cáceres en julio de 1937, en contacto con sus superiores y especialmente con el general Saliquet, denunció en diciembre la existencia de un complot republicano para recuperar el control de la provincia. Como represalia por esa supuesta amenaza empezó todo. Los estudios históricos han demostrado que ese complot nunca existió.

Los propios franquistas también reconocieron, años más tarde, que se trató de un burdo montaje. El dirigente de la Falange cacereña José Montes fue uno de los que lo dijo con total claridad: “No hubo complot, entre otras cosas porque no había nada organizado, siendo una cosa inventada por los militares de mayor graduación, caso del gobernador militar Rada, para demostrar su autoridad”. La invención se llevó por delante a 182 hombres y 14 mujeres. Sus nombres aparecen en un macabro documento en el que los verdugos hicieron el recuento final de su operación. Por si alguien tenía dudas, en el encabezado del mismo puede leerse: “Relación nominal de personas fusiladas con motivo del abortado complot del 23 de diciembre en Cáceres dirigido por el cabecilla rojo Máximo Calvo”.

Máximo Calvo Cano fue un comunista cacereño y comandante de las milicias que se instaló clandestinamente en Cáceres, desencadenando una intensa actividad guerrillera en la retaguardia franquista.

“A mi abuelo Matías y a muchos otros los detuvieron durante la cena de Nochebuena. Sabían que estarían en sus casas con sus familias. Así era la cruel y endurecida pasta de los que ordenaron sus asesinatos”. Matías Escalera comparte nombre y apellido con su abuelo, uno de los primeros en ser fusilados: “Mi abuela envió a mi padre, que aunque era el mayor de cuatro hermanos solo tenía doce años ¡doce años!, a seguir de lejos al grupo que le llevaba detenido. Quería saber a dónde le trasladaban. Y mi padre les siguió hasta el mismo cuartel, en donde estuvo esperando, a la intemperie, hasta que le echaron de allí los centinelas. Mi abuela Lucía fue también una víctima más desde aquel día. Representa a miles de mujeres que se vistieron de negro siendo jóvenes y murieron de negro, ancianas, guardando una silenciosa memoria de sus maridos asesinados, con una dignidad imbatible”.

Buena parte de los que fueron fusilados el día de Navidad junto a Matías, como el alcalde de Cáceres, el presidente de la Diputación o un grupo de trabajadores ferroviarios de la UGT, llevaban meses en prisión y habían sido condenados a muerte en consejo de guerra. A partir de ahí, y hasta el 21 de enero, no pararon de fusilar. Entre las víctimas destacan algunos colectivos como los 40 militares del ejército franquista que fueron acusados de tener ideología republicana, los 16 mineros ejecutados la noche de Reyes o los 47 vecinos de Cáceres vinculados a organizaciones republicanas.

En Navas del Madroño, un pueblo de apenas 3.000 habitantes, fueron asesinadas 54 personas en un solo día. En Malpartida de Cáceres fusilaron a una decena, entre ellos al popular tabernero Juan Doncel que pudo despedirse de su familia en una emotiva carta: “Escribo a mi esposa e hijos para despedirme de ellos. No podréis dudar de la conducta de vuestro padre que siempre ha sido bueno, honrado y trabajador. Os lo juro por la ceniza de mi padre. Querida esposa, a ti te toca con la ayuda de nuestros hijos defender el pan del día. De lo que disponemos tú dispondrás. ¿Qué más os voy a poner? Tengo en la imaginación tanto que no puedo poner más. Un adiós para todos, para ti Josefa y María, Víctor, Dionisia, Rafael, Luisa, mi Alfonso y mi Antoñita, qué pequeñitos y sin padre. Recuerdos a mi hermana y a todos en general. Se despide tu esposo para siempre. Adiós a todos”. Pero Josefa no pudo “defender el pan del día”. Poco después de recibir la carta fue también detenida y, finalmente, fusilada el 2 de enero junto a otras 26 personas. Sus hijos fueron internados en orfanatos franquistas.

El documento en el que el ejército hizo balance de su acción terminaba con una “suma total” de 196 asesinatos. En el frío listado aparecen apellidos repetidos que indican la ejecución de padres e hijos o de hermanos. Entre los fusilados el 4 de enero pueden leerse los nombres de Ángeles, Antonio y Asunción Brú Casanova, cuyo hermana Rafaela ya había “desaparecido” a manos de los franquistas en agosto de 1936.

Tras más de 40 años de olvido, en 1979 fueron exhumados los primeros cuerpos de las víctimas. El ayuntamiento cacereño levantó un monumento que recoge los nombres de 675 hombres y mujeres asesinados por el franquismo, entre ellos las 196 personas que perecieron mientras sus verdugos celebraban la Navidad de su “segundo año triunfal”.

http://www.eldiario.es/sociedad/anos-masacre-franquista-Navidad_0_721977932.html

El viaje de Lenin en el tren blindado a través de una Europa en guerra

Lenin y su mujer Krupskaia llegaron a Berna, Suiza, en 1914 en calidad de exiliados políticos. Años antes, la pareja había vivido en Ginebra. En esta segunda ocasión se establecieron en la capital helvética hasta febrero de 1916, cuando se mudaron al número 14 de Spiegelgasse, en el casco antiguo de Zurich. Una placa junto al portal recuerda la estancia de Lenin.

Las razones del traslado fueron políticas: en plena guerra imperialista, Lenin buscaba aliados para reconstruir la Internacional y los socialistas de Zurich estaban más avanzados que los de Berna. En la ciudad a orillas del Limmat, Lenin pasó buena parte de su tiempo asistiendo a las reuniones de los socialistas suizos. En Zurich escribió su obra “El imperialismo, fase superior del capitalismo”, publicada hace 100 años.

Lenin permaneció durante poco más de un año en Zurich. La Revolución de Febrero y la caída del zarismo le abrían las puertas para regresar a Rusia.

Pero para volver necesitaba pasar por Alemania, entonces en guerra con Rusia. A Alemania le interesaba Lenin y a Lenin le interesaba Alemania. Por eso Alemania organizó la expedición en un tren blindado que evitara cualquier contacto entre la población alemana y los bolcheviques rusos.

El 9 de abril de 1917, cuando la dirección bolchevique se reunió en la Estación y se preparaban para salir, apareció otro grupo de exiliados rusos (eseristas, mencheviques y otros) que se les acercó para insultarles, gritándoles que se habían vendido al imperialismo alemán.

Los bolcheviques se habían guardado un as en la manga, una ficción jurídica: obligaron a los alemanes a declarar que el tren era “extraterritorial”, es decir, que es como si nunca hubieran pisado suelo alemán.

El tren dejó la estación de Zurich para adentrarse en la historia. Lenin viajaba en el último vagón del convoy, acompañado de Krupskaia y otros 32 dirigentes bolcheviques que, hasta entonces, habían vivido exiliados repartidos por toda Europa. La mayoría eran rusos, pero también había un suizo y un polaco.

El tren llegó a Berlín el 11 de abril, de donde continuó hacia el Báltico, al puerto de Sassnitz, donde un memorial recuerda la llegada del legendario tren blindado.

En el puerto tomaron un ferry que los trasladó a Malmoe, Suecia, en la otra orilla del Báltico, desde donde se trasladaron a Estocolmo. En la capital sueca hicieron una breve parada para mantener una reunión con los internacionalistas suecos.

Luego no tomaron otro ferry para ir directamente a Petrogrado sino un tren que recorrió toda la costa del Báltico, cruzó la frontera con Finlandia en Tornio e hizo una breve escala en Tampere, el lugar donde Lenin había conocido por primera vez a Stalin en 1905. Hoy en la localidad sigue existiendo el Museo Lenin que evoca los numerosos lazos comunes entre la URSS y Finlandia.

Tras ocho días de viaje, el 16 de abril el tren arribó finalmente a San Petersburgo, donde a Lenin le esperaban muchos bolcheviques en la Estación de Finlancia, la mayor parte de ellos recién salidos de la cárcel.

Estaban exultantes. Creían que la Revolución de Febrero colmaba sus muchos años de lucha y le insistieron a Lenin para que pronunciara un discurso allí mismo. No le quedó más remedio que tomar la palabra, que fue como un jarro de agua fría para sus camaradas: la Revolución no había acabado, como suponían, sino que empezaba en ese momento.

Para eso había viajado enfrascado en la redacción de las Tesis de Abril.

El último escondite de Lenin

Libardo Muñoz
La lluvia de las dos últimas noches le da a Petrogrado un aspecto húmedo y sucio. A tres kilómetros de la casa de Margarita Wassiljewna Fofanova el zar Nicolás lleva dos noches de insomnio. Un mensaje llega antes de las 7 de la mañana al escritorio del monarca que luce extraño a lo que está ocurriendo: “Empeora aún más la situación, urge tomar decisiones inmediatas, mañana será demasiado tarde, llegó la hora suprema en la que se van a resolver el destino del país y de la dinastía” – Rodzianko-
En vano, Nicolás trata de recuperar algo de sueño y deja el mensaje con un gesto displicente. La historia sigue su marcha. La madera de los coches cruje y los cascos de los caballos suenan contra el empedrado. En las afueras, unos cortejos fúnebres se entrecruzan, son los entierros de ambos bandos, la parte más triste de la Revolución, allí van los que ya no escucharán los cañonazos del “Aurora”, que están más próximos de lo que se cree.
En muchas ventanas hay fusiles emplazados, guardias rojos, como el zar, llevan varias noches sin dormir, y tienen las cartucheras con sus revólveres colgados al pecho. Los alzados tienen su propia decoración en la atmósfera cargada y tensa de la ciudad. Los parias de la tierra, escriben la epopeya que dejará al mundo sin respiración.
En la nomenclatura de la época, Lenin, más impaciente y desesperado que nunca, se esconde en el apartamento 41 de Sverdlovskaia Street. El jefe de la revuelta está de incógnito protegido por Margarita Fofanova, militante bolchevique desde 1902.
Como la Fofanova, así a secas, la conocería el Estado Mayor que le encomendó la tarea de esconder a Lenin, ella y Eino Rahja, con dos revólveres debajo del abrigo, serán las únicas dos personas que estarán más cerca del líder revolucionario antes de la toma del poder.
La mujer que esconde a Lenin
Margarita Fofanova sufrió su primer arresto en 1903, se convirtió en experta en agronomía, en 1917 después de la Revolución de Octubre fue Diputada del Sóviet de Petrogrado. El papel de La Fofanova era, además de protegerlo en su apartamento de un 4º Piso, mantener a Lenin informado de todo y ser su enlace con el Comité Central. Murió La Fofanova el 29 de marzo de 1976 en Moscú, donde nació el 2 de octubre de 1883, mantuvo una gran lucidez mental y nos deja este relato divertido, dramático y estremecedor de aquellas horas cruciales: “A fines de septiembre, Lenin llegó directamente a mi casa, recuerdo que fue un viernes a eso de las cinco de la tarde. Venía directamente de la estación del tren que quedaba cerca de mi casa. Cuando nos quedamos solos, me pidió que le mostrara el apartamento. Cuando entramos a la habitación y le mostré el balcón, Vladimir Illich sonrió alegremente y dijo: ‘Magnífico. Ahora debemos ver si el canalón pasa cerca de mi pieza en caso de que tenga que bajar por él, salió al balcón, contó las ventanas y observó: la pieza está bien elegida’”.
Lenin era un lector insaciable, como correspondía a su papel de ideólogo y conductor de la que iba a ser una sacudida de la humanidad, la de los parias de la tierra, de millones de seres anónimos que ya no tenían más que las cadenas para perder.
Continuemos de la mano de la Fofanova: “Por lo general Lenin leía todos los periódicos que entonces se publicaban en Petrogrado. Como yo no siempre podía comprarlos todos, me veía obligada a ir al centro. Pero incluso allí tenía que buscar los que necesitaba. Si yo no conseguía comprar algún periódico, Lenin se afligía. Por la tarde me daba un papelito en el que anotaba los números que le hacían falta para que yo se los consiguiera de alguna manera. Recuerdo que una vez me pidió que le trajera todos los números de las noticias del Sóviet de diputados campesinos de toda Rusia. Eran muchos y Lenin estuvo dos días leyéndolos, incluso, por las noches. Por último dijo: ‘Bueno, creo que me he estudiado a los socialdemócratas al derecho y al revés. Sólo me queda por leer el mandato de sus campesinos. No es broma el mandato ha sido firmado por 242 diputados locales. Nosotros lo pondremos como base de la Ley sobre la tierra. ¡Que traten entonces de desentenderse los socialdemócratas de izquierda!’”.
Un enérgico mensaje
Desesperado, acosado por el torbellino de los rumores que llegaban a su piso, Lenin envía a Margarita Fofanova al Smolny: “Vaya al Comité Central, averigüe que pasa, ya no se puede seguir aplazando la sublevación armada”. ¿De qué tienen miedo? Pregunta Lenin, y él mismo se responde: no esperaré más allá de las once.
Lenin se queda sólo y da vueltas en la habitación y cada rato mira su antiguo reloj de plata, que siempre lleva en un bolsillo del chaleco.
En un bote de remos, La Fofanova llega por el Neva a cumplir su misión.
Cuando regresa son las once de la noche, sube a tientas casi porque el pasillo no está bien iluminado, mete la llave en la cerradura y no encuentra los fósforos, no puede encender la lámpara pero el cristal aún está caliente.
Lenin deja la cama arreglada y no parece que alguien se haya acostado en ella.
Tampoco está el gabán de Lenin en el perchero. Margarita Fofanova se devuelve y observa que hay una cena servida que apenas fue tocada, los cubiertos están limpios, un papel pisado con el salero dice: “He ido donde vosotros no queríais que fuese. Hasta la vista. Ilich”. Lenin firmó aquella nota por primera vez, en muchos años, con su verdadero nombre.
Petrogrado ya es toda roja y se escucha un tiroteo que viene de la vieja estación de correos.
La victoria
Las prisiones están atestadas y Gorki, con algunas páginas en borrador de “Los hermanos Karamazov” en su bolsillo, llega a Petrogrado para desmentir las noticias alarmistas que daban a San Basilio, en Moscú, como una enorme hoguera ya reducida a cenizas.
Lenin salió a su cita con la historia, trató de ocultarse con la peluca y la vieja gorra grasienta que todos le conocían.
Eino Rahja va un poco más atrás, lleva los dos revólveres empuñados, uno en cada mano dentro de su abrigo también descolorido.
Gracias a un conductor de tranvía, estas dos sombras, Lenin y Rahja, que se deslizan bajo otra llovizna gris, evitan la larga caminata de tres kilómetros que los separan del grito: “Todo el poder a los Sóviets”.
El Smolny es una caldera que hierve, y en el palacio, el Zar cumplirá su tercera noche de insomnio.
Rusia está sin gobierno, a las 10 de la mañana del 25 de ese octubre de 1917, ya se había entregado a la imprenta el llamamiento “A los ciudadanos de Rusia” anunciando que el gobierno provisional acaba de caer.
Es el parto de un mundo nuevo.


http://semanariovoz.com/ultimo-escondite-lenin/

La gran masacre del imperialismo japonés en Nankín en 1937

Entrada de los japoneses en Nankín
Se da el nombre de Masacre de Nankín a los crímenes cometidos por el Ejército Imperial de Japón en Nankín (China) y sus alrededores tras la caída de la entonces capital de la República China frente a las tropas japonesas el 13 de diciembre de 1937 (aunque la violencia se prolongó hasta febrero de 1938).

El contexto fue la segunda guerra sino-japonesa. Capturada Shanghai tras una durísima batalla en octubre de 1937, los japoneses se trasladaron hacia el norte y conquistaron Nankín. Los comandantes del ejército nacionalista chino habían huido antes de la entrada de los nipones, dejando atrás a miles de soldados chinos atrapados en la ciudad amurallada. Muchos de ellos se quitaron los uniformes y escaparon a la llamada Zona de Seguridad, preparada por y para los residentes extranjeros de Nankín. Lo que ocurrió después ha sido la base de una constante controversia histórica y tensión política entre China y Japón hasta hace pocos años.

Los crímenes de guerra cometidos durante este episodio incluyen el pillaje, la violación y la matanza de civiles y prisioneros de guerra, en muchas ocasiones con extrema crueldad. El debate entre China y Japón sobre el alcance de las atrocidades va desde la afirmación del gobierno chino de que la cifra de muertos no combatientes fue superior a 300.000 hasta la del ejército japonés, ante el Tribunal Militar Internacional de Extremo Oriente (conocido como Tribunal de Guerra de Tokio) después de la Segunda Guerra Mundial, de que los muertos habían sido todos militares y de que no hubo masacres organizadas contra los civiles.

No obstante, el Tribunal de Guerra de Tokio estimó el número de muertes en 250.000. Mucho más tarde, en diciembre de 2007, algunos documentos desclasificados por el gobierno de Estados Unidos, que hasta entonces habían sido secreto de Estado, arrojaron una cifra total de muertos de 500.000, tomando en consideración también lo sucedido en los alrededores de la ciudad antes de su captura.

Al margen de la «guerra de cifras», el relato de testigos presenciales tanto occidentales como chinos mostró al mundo que, en el transcurso de seis semanas después de la caída de la ciudad, las tropas japonesas se entregaron a una brutal orgía de violaciones, asesinatos, robos, incendios y otros crímenes de guerra. Prueba de ello son los diarios de algunos extranjeros, como John Rabe y Minnie Vautrin, que optaron por quedarse con el fin de proteger a los civiles chinos en la medida de lo posible.

La violencia no respetó a nadie: niños, jóvenes, mujeres y ancianos fueron violados, atravesados a bayonetazos, decapitados, mutilados o enterrados vivos. Una prueba de la crueldad de la masacre: se halló a decenas de miles de personas enterradas con las manos atadas a la espalda. Y un episodio especialmente truculento: el «concurso» entre dos oficiales japoneses, Toshiaki Mukai y Tsuyoshi Noda, para ser el primero en matar por decapitación a 100 personas con una catana. Ganó Mukai, que se dejó llevar y asesinó a 106. Tras la capitulación de Japón, ambos fueron fusilados por sus crímenes en Nankín.

https://www.muyhistoria.es/contemporanea/articulo/la-masacre-de-nankin-un-atroz-crimen-de-guerra-japones-651513092098

El farero apagó la luz para que los franquistas no pudieran seguir matando indiscriminadamente

El farero Anselmo Antonio Vilar
Las más de 120.000 personas que integraron la caravana humana que en febrero de 1937 huía de las tropas franquistas hacia Almería, un episodio conocido como la Desbandá, encontraron a su paso por Torre del Mar un aliado: el farero que apagó la luz y que salvó con ello miles de vidas.

En este núcleo de población de Vélez-Málaga, en el que se concentraron las personas que escapaban desde Málaga y los que procedían del interior de la comarca de la Axarquía, no se produjeron bombardeos ni ametrallamientos por parte de la aviación italiana y la marina del bando nacional.

La culpa de esto la tuvo Anselmo Antonio Vilar, el farero de Torre del Mar, natural de Lugo e hijo del que fuese a su vez primer farero de la población, que durante dos días mantuvo apagado el faro, lo que dificultó que los aviones y los barcos pudiesen ubicarse y localizar a la población que huía en este punto de la costa.

Vilar salvó a muchas personas de las ametralladoras y las bombas, pero su decisión le costó la vida, ya que pocos días después de la entrada de las tropas nacionales fue fusilado, según ha explicado Jesús Hurtado, vecino de Vélez-Málaga e investigador de este suceso.

Hurtado, que ha publicado varios escritos sobre este hecho, ha presentado una iniciativa para homenajear y distinguir al farero y que su gesta no quede olvidada.

Faro de PenaHa asegurado que Vilar fue «un héroe», que al incumplir la principal obligación de su cometido y dejar sin referencia a los aviones salvó a las miles de personas que se ocultaban en la zona en la que se encontraba el antiguo Faro de Torre del Mar, actualmente encajonado entre unos edificios en la avenida Toré Toré.

Ante la falta de referencia, los barcos utilizaron el faro de Torrox, que sí funcionó en los días en los que se produjo la Desbandá y se ubicaron frente a este punto del litoral, que recibió el grueso de los bombardeos, según los partes de guerra estudiados por Hurtado.


Vilar tuvo el arrojo de apagar la luz del Faro de Torre del Mar y de «dar luz a la población» que se refugiaba en este punto de la costa, «mientras escapaba de la barbarie».

El Concello de Lugo ha logrado el consenso de la corporación municipal para reconocer al farero en la capital gallega. «Queremos conseguir el máximo consenso, como ya ha pasado en Lugo, y que este gesto supremo de humanidad quede en los anales de la historia».

https://www.elprogreso.es/articulo/cultura/farero-apago-luz-salvar-miles-vidas-desbanda/201712152030121285355.html

 

Se estrena la primera película sobre los crímenes que la OTAN/Gladio cometió en Bélgica

Bélgica acaba de estrenar su primera película sobre la Red Gladio de asesinos de la OTAN que sembraron el terror en la posguerra europea cometiendo crímenes de bandera falsa. Se trata de “Tueurs” (Asesinos) que inicialmente llevaba el subtítulo “La stratégie de la tension” (La estrategia de la tensión) porque se pretendía relacionar con la matanza de la Estación de Bolonia, en Italia.

Luego se cambió el contexto por otro parecido, los crímenes de Bravant, que sacudieron a Bélgica a comienzos de los ochenta. La película tiene alguna similitud con “Bastille Day”, otra película sobre el mismo asunto con más presupuesto, que se estrenó el año pasado.

Arranca con el asesinato de un juez que, como en los crímenes de Bravant, es un encargo de las más altos dirigentes políticos belgas a los pistoleros de la OTAN. Tras el juez, los testigos van cayendo uno tras otro, algunos de ellos suicidados y otros no tanto.

La obra es del director belga de 47 años, François Troukens que, antes de dedicarse al cine, fue un gangster conocido en su país, aunque el guión en ningún momento refiere que se apoya en hechos reales y la CIA sólo aparece una vez al principio de la película.

Los crímenes de Bravant se refieren al asesinato en Bélgica entre 1982 y 1985 de 28 personas, niños algunos de ellos, que aparentemente parecen cometidos de manera gratuita, sin razón aparente. Los autores nunca fueron identificados.

Como suele ocurrir en estos casos, la investigación se convirtió en una odisea imposible de recorrer. Algún juez que se lo tomó en serio se encontró con un muro: secreto militar de la OTAN.

En Bélgica la matanza es una preocupación recurrente. Recientemente salieron nuevas revelaciones en Het Laatste Nieuws y la televisión flamenca le volvió a dedicar otra emisión: el hermano de un gendarme de élite, Christian Bonkoffsky, declaraba que en su lecho de muerte había confesado su participación en los crímenes.

No han sido pocos los que han advertido sobre las enormes similitudes existentes entre las matanzas de Bravant y las actuales del yihadismo. El periodista del diario “Le Soir”, René Haquin, ha defendido que después del traslado de la OTAN a Bruselas en 1966, se alzaron numerosas voces alertando de que Bélgica tenía “un agujero de seguridad” que había que llenar.

En aquella época la preocupación era mucho mayor tanto por la existencia de movimientos guerrilleros, en pleno apogeo en Europa, como por las importantes luchas populares contra la guerra nuclear.

El santuario de la OTAN también necesitaba sus “años de plomo”, lo mismo que Italia.

Un juzgado de Gipuzkoa investigará la violación de una niña de 14 años y otros crímenes franquistas

El juzgado de Instrucción número 4 de Bergara (Gipuzkoa) investigará de oficio los crímenes del franquismo denunciados por el Ayuntamiento de Elgeta. Se trata de una decisión histórica, que quiebra lo ocurrido hasta ahora en los tribunales españoles, donde este tipo de denuncias eran sistemáticamente rechazadas.

Elgeta, una localidad de mil habitantes situada a 66 kilómetros de Donostia. Hace 80 años, sus vecinas y vecinos conocieron en carne propia la crueldad de los sublevados franquistas, quienes llegaron a violar a una niña de 14 años. Se llamaba Anttoni Telleria y aquel día no sólo tuvo que soportar los abusos sexuales: también vio cómo los verdugos mataban a sus padres.

Este caso figura entre los 14 crímenes denunciados por el ayuntamiento de Elgeta que ahora serán investigados por el juzgado de Bergara. En la denuncia figuran también dos casos registrados en junio y julio de 1980, durante la transición, y atribuidos a grupos fascistas que formaban parte de la denominada “guerra sucia”: se trata de un atentado con explosivos cometido contra el ayuntamiento de Elgeta y otro contra el bar Ostatu. Ambos ataques, que se saldaron con daños materiales, nunca fueron aclarados.

“Estamos esperanzados; creemos que es un paso muy importante en la lucha contra la impunidad”, señaló el alcalde. La batalla de este pueblo para conseguir justicia empezó, al menos desde un punto de vista judicial, en julio del año pasado, cuando la corporación decidió querellarse contra los crímenes del franquismo en el juzgado de Buenos Aires a cargo de María Servini de Cubría, donde se investigan casos de este tipo. Al mismo tiempo, el ayuntamiento formalizó una denuncia ante el juzgado de Bergara. El auto de este último tribunal está fechado el 14 de noviembre, pero ha sido dado a conocer hoy.

La magistrada ordena abrir diligencias previas ya que entiende que los hechos denunciados “presentan los caracteres de un delito de genocidio y crímenes contra la humanidad, que es perseguible de oficio, por lo que procede instruir la causa criminal que corresponda en atención a la pena señalada al delito”.

La jueza a cargo de las investigaciones citará ahora a varios testigos, que declararán a mediados de enero. Se trata, principalmente, de familiares de víctimas del franquismo que por primera vez serán escuchadas en un tribunal español.

http://www.publico.es/politica/juzgado-gipuzkoa-ordena-investigar-crimenes-del-franquismo-localidad-euskadi.html

Virginia González, fundadora del Partido Comunista de España

Virginia González, fundadora del PCE
Nació en Valladolid el 2 de abril de 1873. Era guarnecedora o ribeteadora de calzado. Comenzó a trabajar en este oficio a los nueve años. Se casó con el zapatero Lorenzo Rodríguez Echevarría, natural de Ponferrada, donde nació el 1 de junio de 1870.

Por motivos de trabajo, el matrimonio se trasladó a León y de allí a La Coruña, donde se desenvolvieron en un ambiente anarquista. En 1893 ingresaron en la Sociedad de Zapateros y Guarnicioneros de La Coruña y en 1894 allí nació su único hijo César.

En 1899 se trasladaron a Bilbao, donde tomaron contacto con el socialismo organizado y se unieron a sus filas. En el periódico “La Lucha de Clases” publicó Virginia sus primeras colaboraciones periodísticas.

En 1904 fundó y presidió el Grupo Femenino de Bilbao y en 1905 representó a los constructores de calzado de Bilbao en el VIII Congreso de la UGT.

Por falta de trabajo, en 1906 emigró a Buenos Aires, donde permaneció poco más de un año. Al regresar a España residió en Vigo, Palencia y León, donde Virginia participó activamente en la huelga general de 1909 y como consecuencia de ello fue encarcelada primero y expulsada de León después, emigrando esta vez a Bayona (Francia).

A finales de 1910 se instaló en Madrid, donde abrió una tienda en las cercanías de la Casa del Pueblo. Ingresó en el Grupo Femenino Socialista de Madrid el 1 de diciembre de 1910, ocupando diversos cargos de su Comité y de la Mesa de discusión.

A partir de entonces desarrolló una intensa actividad política y sindical realizando numerosas excursiones de propaganda por toda España, en la mayoría de las ocasiones acompañada por Andrés Saborit, presidente de la Federación de Juventudes Socialistas de España en esos años.

Fue vocal del Comité Nacional del PSOE de 1915 a 1918 y Secretaria Femenina de la Comisión Ejecutiva en 1918-1919. También ocupó el cargo de vocal del Comité Nacional de la UGT de 1916 a 1918.

En 1914 representó a los conserveros de Vigo (Pontevedra) en el XI Congreso de la UGT y en 1916 en el XII Congreso a los zapateros de Madrid.

El 23 de septiembre de 1916 fue condenada a un año, ocho meses y veintiún días de destierro y 750 pesetas de multa por injurias a la Iglesia católica.

Formó parte del Comité de la huelga general de agosto de 1917 por lo que fue detenida, aunque luego resultó absuelta. Representó al Grupo Femenino Socialista de Madrid en el IX Congreso del PSOE en 1912, en el X Congreso en 1915 y en el Congreso Extraordinario en 1919.

En el Congreso Extraordinario en 1921 representó a las Agrupación Socialista de Begíjar (Jaén), Puebla de Cazalla (Sevilla), San Julián de Musquiz (Vizcaya) y Lancey (Francia).

Partidaria de la Tercera Internacional, firmó el manifiesto tercerista y abandonó el PSOE en abril de 1921, participando en la constitución del Partido Comunista Obrero Español en la reunión celebrada en los locales de la Escuela Nueva de Madrid. Su hijo César siguió su mismo camino, mientras que, por el contrario, su marido Lorenzo Rodríguez siguió afiliado al PSOE.

El recién constituido Partido Comunista Obrero Español la designó para participar en el III Congreso de la Internacional Comunista en Moscú. Al llegar a París tuvo que dejar a sus compañeros de delegación y regresar a Madrid gravemente enferma.

Fue elegida Secretaria Femenina del Comité Central del Partido Comunista de España en su I Congreso, celebrado en marzo de 1922 y falleció en Madrid el 15 de agosto del año siguiente.


http://www.fpabloiglesias.es/archivo-y-biblioteca/diccionario-biografico/biografias/9398_gonzalez-polo-virginia

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies