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La huelga general de 1930 en Cuba

Rubén Martínez Villena
La “huelga del 30”, conocida así históricamente, fue convocada por la Confederación Nacional Obrera de Cuba dirigida por Rubén Martínez Villena y el Partido Comunista, organizaciones que en esos momentos trabajaban clandestinamente, pues el dictador las había ilegalizado para detener la oleada de huelgas, manifestaciones y protestas contra los crímenes del régimen y la situación económica imperante.

Además, la convocatoria a esta huelga respondía a un llamamiento de la Confederación Sindical Latinoamericana que exhortaba a sus integrantes a una jornada de huelga general en apoyo a los desocupados, que en la región sumaban millones.

En 1925, cuando asumió la presidencia del país el dictador Gerardo Machado, sentenció que durante su gobierno ninguna huelga duraría más de ocho horas; pero se equivocó el tirano porque el 19 de marzo 1930, hace hoy 88 años, una huelga obrera paralizó la nación a pesar del terror impuesto por el régimen contra la clase trabajadora y sus organizaciones sindicales.

El caso de Cuba es un ejemplo, pues en esos momentos existían en la isla más de 250.000 desocupados permanentes, que al sumárseles sus familiares, como mínimo cuatro, alcanzaban un millón de personas, o sea, la cuarta parte de la población del país que en ese entonces era de 3.900.000 habitantes.

No puede hablarse de esta huelga general obrera del 19 de marzo de 1930, que se extendió por 24 horas, sin mencionar el excepcional papel que jugó en su realización, Rubén Martínez Villena, el poeta devenido en dirigente obrero y comunista.

Ese 19 de marzo, en el Centro Obrero de La Habana, se efectuó un gran mitin de masas. Cuentan testigos que a pesar del férreo cordón policial, sobre las nueve de la mañana se apareció Martínez Villena con su figura pálida, consumida por una fiebre de 39 grados que centró la atención de todos. Sus primeras palabras fueron: “Dicen que no había huelga y hay huelga. Dicen que yo no hablaría y estoy hablando”.

La efectiva labor de Rubén Martínez Villena en esta huelga de marzo de 1930 alarmó a la dictadura machadista provocando que el tirano ordenara su asesinato. En tal situación y ante la agudización de la tuberculosis que lo consumía cada vez más, el Partido Comunista del cual era miembro de su Comité Central, decidió su salida del país hacia un sanatorio en la Unión Soviética para reponerse de la cruel enfermedad, que años después lo vencería definitivamente.

http://www.radiomambi.icrt.cu/santiago/huelga-de-1930/

Lucy Parsons: una revolucionaria en el corazón de los trabajadores

Lucy Parsons fue una luchadora que testimonió que nunca la mujer en el movimiento obrero vivió la relación con el hombre como una lucha, sino ambos en lucha contra el poder del capitalismo, que era quien sometía a la mujer, y a los niños a condiciones de infrapersona. También a los varones, pero en mayor grado sometía a los que consideraba más débiles de entre los débiles, mujeres y niños. Esa era la lucha de mujeres y hombres, juntos contra la estrategia de opresión en la historia de la humanidad: la explotación de los débiles.

Lucy Parsons nació en 1853, en la ciudad de Waco, estado de Texas (EE.UU.). Nació esclava, hija de una mexicana negra llamada Marie del Gather y de padre mestizo John Waller. Quedó huérfana a los 3 años y fue testigo del racismo más crudo. Vio con sus propios ojos los linchamientos del Ku Kux Klan y debió huir a Chicago. Allí, en 1870, se unió a un hombre blanco, quien luego fue su compañero, Albert Parsons, que había sido amenazado de linchamiento por defender el registro de votantes negros. Tuvieron que casarse ilegalmente, por las leyes contra la mezcla racial.

Al llegar a Chicago, Albert Parsons consiguió un empleo como auxiliar en una empresa tipográfica, mientras que Lucy abrió un taller de costura donde hacía vestidos por encargo. Al mismo tiempo los Parsons se involucraron en el movimiento obrero de finales del siglo XIX. Ambos contribuyeron con una serie de artículos y reseñas en los periódicos. Lucy escribió para el periódico The Socialist en 1878 y The Alarm, el diario de la Asociación Internacional de los Trabajadores que habían fundado, junto con otros colaboradores, en 1883.

Inspirada por la gran acción de los obreros ferroviarios de 1877 -que desembocó en una histórica huelga general-, redoblaría su compromiso militante. Cuando Albert fue despedido por su actividad política, Lucy, único sustento del hogar y madre de dos hijos, se involucró en el Partido Socialista Laborista y se hizo miembro de los Caballeros del Trabajo, una de las primeras organizaciones que admitieron a negros y mujeres. Cuando no trabajaba como costurera, escribía regularmente artículos y pronto se convirtió en una destacada organizadora del Sindicato de Mujeres Trabajadoras del Partido Socialista Laborista. En 1883 rompería con este partido junto a Albert, enfrentándose a una corriente que adoptó una estrategia reformista, estaba convencida de que solo una revolución podría acabar con este sistema.

El año 1886 marcó un quiebre en la historia estadounidense. El 1 de Mayo fue declarada la huelga general. En Chicago, las fábricas y las calles se convirtieron en un hervidero de reivindicaciones obreras. Frente a la represión, que no se hizo esperar, miles de personas se reunieron en la Plaza Haymarket. Allí, la policía arremetió contra trabajadores y militantes socialistas y anarquistas. Ocho fueron falsamente acusados de poner una bomba. Entre ellos estaba Albert Parsons.

Lucy Parsons sufriría un duro golpe. Sin ninguna evidencia presentada a la corte que vinculase a Albert Parsons a las bombas de los episodios de Haymarket, Albert fue preso y condenado a muerte junto con August Spies, Adolf Fischer, Louis Lingg y George Engel por el estado de Illinois, todos ellos comprometidos con el movimiento obrero en la lucha a favor de la jornada laboral diaria de ocho horas.

Durante el año y medio que Albert estuvo detenido esperando la ejecución, Lucy viajó por todo el país, vendiendo panfletos y realizando multitudinarios discursos. El 21 de octubre de 1886 el diario argentino La Nación publicó una carta del escritor cubano José Martí en la que describía los sucesos que fue testigo el 2 de septiembre en la ciudad de Nueva York cuando fueron sentenciados los ocho obreros de Chicago.

En ella pueden leerse los siguientes fragmentos: “Allí la mulata de Parsons, implacable e inteligente como él, que no pestañea en los mayores aprietos, que habla con feroz energía en las juntas públicas, que no se desmaya como las demás, que no mueve un músculo del rostro cuando oye la sentencia fiera. Los noticieros de los diarios se le acercan, más para tener qué decir que para consolarla. Ella aprieta el rostro contra su puño cerrado. No mira; no responde; se le nota en el puño un temblor creciente; se pone en pie de súbito, aparta con un ademán a los que la rodean, y va a hablar de la apelación con su cuñado”.

De los ocho condenados, cinco fueron ejecutados en la horca el 11 de noviembre de 1887, pasando a ser conocidos en la historia de las luchas obreras como “Los Mártires de Chicago”, y Lucy Parsons –“la mulata que no llora”, como la describió Martí- se convirtió en “la viuda mexicana”.

La ejecución de Albert Parsons ocurrió el día 11 de noviembre de 1887 y, junto con la ejecución de los otros cuatro compañeros se tornó un referente para todo el movimiento obrero mundial, que pasaron gradualmente a adoptar el aniversario del 1º de mayo, como día de memoria y manifestación de la clase trabajadora.

Ese día, Lucy fue apresada y no pudo verlo antes de que fuera ejecutado. Esto no la desmoralizó. Posteriormente escribiría: “Nuestros camaradas no fueron asesinados por el estado porque tuvieran una conexión con la bomba sino porque estaban organizando a los esclavos del salario. La clase capitalista (…) creyó tontamente que matando a los espíritus activos del movimiento obrero del momento, iban a asustar a toda la clase obrera, manteniéndola esclava”.  Esta indómita mujer dedicó su vida a demostrar lo contrario.

Lucy consideraba que sólo la lucha por la libertad de la clase obrera en su conjunto podía llevar a una emancipación total de las mujeres. Por ello, llegó a acusar a la feminista Emma Goldman de perseguir una libertad individual (libertad sexual…) “dirigida a audiencias de clase media”.

La autora Carolyn Ashbaugh publicó en su libro: Lucy Parsons: American Revolutionary, Chicago: “El feminismo de Lucy Parsons consideraba que la opresión sufrida por las mujeres era resultado directo del capitalismo, se basaba en los valores de la clase obrera. Mientras que el feminismo de Emma Goldman tenía un origen diferente que el de la clase obrera”. Lucy cree que el matrimonio y la familia existe de forma natural en la condición humana y criticó a periódicos anarquistas por la realización de artículos de ataque a estas instituciones.

En 1905 se fundó la combativa organización Trabajadores Industriales del Mundo (IWW). Sólo hubo dos mujeres presentes. Una fue la valiente Mother Jones; la otra fue Lucy Parsons. En esa ocasión tomó la palabra: “Nosotras somos las esclavas de los esclavos. Somos explotadas más crudamente que los hombres. Cuando los sueldos deben ser rebajados, la clase capitalista usa a las mujeres para reducirlos (…) si cada hombre y cada mujer que trabaja (…) decide que debe tener lo que le pertenece por derecho (…) entonces no hay ejército lo suficientemente grande para vencerlos”. Comenzaron a editar el periódico Liberator, que servía de vehículo de comunicación para la IWW en la ciudad de Chicago. El enfoque de Lucy siempre tenía como base la lucha de clases, contra la pobreza y el desempleo. En enero de 1915 Parson organizó personalmente manifestaciones de hambrientos por las calles de Chicago, llevando tras de sí a la AFL y al Partido Socialista a tomar parte en una gigantesca manifestación el 12 de febrero.

Algunos años más tarde, en 1920 sería etiquetada por el Departamento de Policía de Chicago como “más peligrosa que mil insurrectos”. Parsons precedió a las huelgas sit-down (sentadas) en los Estados Unidos y, más tarde, las ocupaciones de fábricas en la Argentina. Habría dicho, “Mi concepto de la huelga en el futuro no es una paralización que a su fin la gente se vaya a su casa volviendo a sus hogares hambrientos, sino una huelga en que todos se mantendrán de paro y tomarán los medios de producción necesarios para sí”.

En 1927 comenzó a trabajar en el Comité Nacional de Defensa del Trabajo, una organización que tenía como objetivo defender la libertad de organización de las actividades políticas de los trabajadores y la defensa de los afroamericanos que habían sido injustamente acusados por crímenes que claramente no habían cometido.

En 1941 Lucy realizaría su última aparición pública, durante una huelga. Ni la temperatura helada, ni la ceguera, ni sus 88 años, amainaron su discurso. Curiosamente, se dirigía a obreros que se enfrentaban a la fábrica Internation al Harvester, heredera de la planta McCormick, en la cual el asesinato de seis trabajadores había encendido la chispa para la revuelta de la plaza Haymarket en 1886.

Cuando Lucy Parsons murió en 1942, la policía allanó su departamento y confiscó sus cuantiosos libros y artículos, más de 1.500, que fueron entregados al FBI. Aunque la pérdida fue grande, las huellas de Lucy se mantienen vivas. Elizabeth Gurley Flynn escribió en su obituario: “Ella no vivió en el pasado. Ella vivió para el futuro. Ella vivirá en el futuro, en el corazón de los trabajadores”.

https://solidaridad.net/lucy-parsons-luchadora-del-movimiento-obrero/

8 de Marzo, el día que las mujeres proletarias le prendieron fuego al mundo

La comunista alemana Clara Zetkin
Desde hace más de un un siglo, el 8 de Marzo celebra cada año el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. La iniciativa partió de la dirigente marxista alemana Clara Zetkin y fue aprobada en Copenhague en agosto 1910 en el II Congreso de Mujeres Socialistas, convocado por la II Internacional.

El 8 de Marzo surge, pues, por iniciativa de las organizaciones internacionales del movimiento obrero. El objetivo de la Internacional era el de movilizar a las mujeres “de acuerdo con las organizaciones políticas y sindicales del proletariado dotadas de conciencia de clase”.

La iniciativa de Clara Zetkin tenía por objeto contrarrestar la influencia del feminismo burgués, con cuyas organizaciones no cabía realizar ninguna clase de alianzas por encima de las clases sociales.

En la capital danesa participaron mujeres militantes de la II Internacional procedentes de 17 países distintos.

La reunión se celebró en Copenhague porque en aquella época en Prusia las mujeres tenían prohibido pertenecer a organizaciones políticas. A pesar de ello, Clara Zetkin había fundado en 1907 la Internacional Socialista de Mujeres, que era una sección de la II Internacional y que celebró su I Congreso Internacional aquel mismo año, también convocado y dirigido por Clara Zetkin.

Desde 1890 Zetkin dirigía, además, el periódico “Die Gleichheit” (La Igualdad), el primer órgano de prensa feminista de la historia, que tenía 125.000 suscriptores.

No obstante, en el Congreso de 1910 no se fijó una fecha concreta para celebrar cada año el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Al año siguiente, por ejemplo, se convocó el 19 de marzo, en conmemoración de la Revolución de 1848 y la Comuna de París. Las manifestaciones empezaron entonces a llenar las calles con millones de mujeres y hombres, tanto en Europa como en Estados Unidos. Sólo en Berlín se organizaron 45 mítines.

La fecha del 8 de Marzo empieza a cuajar con la Revolución Rusa. El 23 de febrero de 1917 (8 de marzo en el calendario juliano) miles de obreras textiles de Viborg, un barrio obrero de San Petersburgo, iniciaron una huelga que desencadenó la caída del zar Nicolás II. Tras ellas los obreros iniciaron la insurrección y los soldados se sublevaron contra el ejército.

“En 1917 la lucha de las obreras se convirtió en memorable para la historia. Aquel día las mujeres rusas levantaron la antorcha de la revolución proletaria y le prendieron fuego al mundo”, escribió Alejandra Kolontai.

Las trabajadoras desataron la Revolución de Febrero en torno a las consignas del hambre, el retorno de los soldados del frente, la paz y la República.

En octubre de 1917, el primer gobierno soviético incorpora por vez primera en la historia a una mujer, Alejandra Kolontai. El 8 de marzo de 1921 Lenin firma un decreto para declarar aquella jornada como Día de la Mujer Trabajadora y fiesta oficial en el país.

“Para adiestrar a las masas en la política, hay que adiestrar a las mujeres. Porque, bajo el régimen capitalista, la mitad del género humano está doblemente oprimido. La obrera y la campesina son oprimidas por el capital; además, incluso en la más democrática de las repúblicas burguesas, son inferiores al hombre ante la ley; son verdaderas ‘esclavas domésticas’ pues les corresponde la mezquina, desagradecida, dura y aburrida labor de la cocina y el hogar”, escribió entonces Lenin.

Poco después, en el mes de mayo, se celebró en Moscú la II Conferencia de Mujeres Comunistas, presidida por Clara Zetkin y Alejandra Kolontai.

La revolución iraní 40 años después

Mohamad Housseini

El 16 de enero de 1979 el sha Mohammad Reza Pahlavi huyó de Irán tras una revolución popular y dos semanas después el imán Jomeini regresó a Teherán tras permanecer exiliado en Francia. El 11 de febrero de 1979 Irán declaró la victoria de la revolución islámica, llevando al mundo entero a un nuevo punto de inflexión.

El poder y las relaciones políticas varían en una de las regiones más inestables del mundo, un entorno de diferencias y convergencia donde se cruzan trayectorias geográficas e históricas. Irán, que estaba en el centro del conflicto este-oeste, se convirtió inmediatamente en la ecuación clave para la región, que impone sus condiciones bajo el estandarte del islam y configura su propio futuro sin depender ni de Oriente ni de Occidente, a la vez que reorienta la brújula de la nación hacia la causa palestina.

Las dos consignas principales lanzadas por el pueblo iraní, “lucha contra la prepotencia” y “muerte a América», en la época del imán Jomeini, no eran más que una reacción espontánea que expresaba el final de los años de sumisión a Occidente. El asalto a la embajada de Estados Unidos en Teherán, la detención de 52 funcionarios durante 44 días, el cierre de la embajada israelí y la apertura de la embajada palestina en su lugar, tampoco son actos de venganza popular, sino acciones basadas en una visión clara adoptada por los gobiernos iraníes durante los últimos cuarenta años.

La embajada de Washington era una verdadera guarida de espías y un centro diseñado para gestionar proyectos estadounidenses en el este y en los mundos árabe e islámico, mientras que la embajada de “Israel” representaba la base desde la que la hegemonía occidental se extendía a la región. Así, la visión islámica en Irán tiene dos objetivos principales: derrocar la hegemonía norteamericana en el mundo y destruir el proyecto de crear el Estado de “Israel», liberando así a la nación de la hegemonía occidental, permitiéndole tomar sus propias decisiones libres que satisfagan las aspiraciones de los pueblos.

Lo que ocurrió en Irán en 1979 fue un Golpe de Estado cuyas consecuencias Estados Unidos aún no ha asimilado, por lo que es natural que la relación entre Teherán y Washington no esté en su estado normal. Irán no es ni el policía norteamericano que empuja a los países árabes ricos en petróleo a la dependencia norteamericana, ni una fuente de gas y petróleo para “Israel», ni un muro de separación construido por Occidente para tratar con las potencias orientales, como la Unión Soviética y China. Irán se ha transformado de un aliado principal a un enemigo principal. La primera reacción norteamericana a la revolución fue la guerra librada contra Irán por los intermediarios árabes y los del Golfo. El presidente Saddam Hussein comenzó la guerra, mientras que Estados Unidos impuso un bloqueo total e intervino militarmente bombardeando petroleros y refinerías iraníes. La guerra duró ocho años sin que Washington lograra romper o doblegar a Irán. A continuación, llevó a cabo una intervención directa, invadiendo Irak en 1991 con el pretexto de la invasión de Kuwait y reforzó sus bases militares desplegadas en los países del Golfo con el pretexto de protegerlos de la amenaza iraní y de Sadam.

Las relaciones entre Washington y Teherán se complicaron cuando el 3 de julio de 1988, la fragata estadounidense Vincent bombardeó un avión civil iraní, matando a 290 personas. La administración norteamericana no se disculpó de este crimen, al contrario, el padre de George Bush se apresuró, después de ganar la presidencia, a describir a Irán como el “eje del mal», así como a Irak y Corea del norte. Mientras persistían las tensiones y el bloqueo total contra Irán y los estadounidenses perseguían la muerte del imán Jomeini, que falleció el 3 de junio de 1989, para cambiar las tendencias políticas de Irán en favor Washington. Su sucesor, el imán Alí Jamenei, confirmó los principios establecidos por el difunto, en particular sobre las cuestiones básicas relacionadas con la fuerza de la República Islámica, en particular el programa nuclear con fines pacíficos y la investigación científica y las capacidades industriales, militares y de seguridad.

Washington ha intentado desestabilizar a Irán paralelamente al asedio impuesto, mediante la creación y el apoyo de movimientos subversivos que han organizado manifestaciones populares contra las medidas económicas adoptadas por el gobierno, y han intentado persuadir a algunos funcionarios iraníes y a cierto miembro del Consejo de la Shura para que entablen un diálogo con el gobierno estadounidense, particularmente en la etapa del presidente Mohammad Jatami. Washington esperaba que estas manifestaciones condujeran a un movimiento interno que desestabilizara al régimen, pero estos movimientos fueron modestos y no produjeron ningún cambio efectivo, y los objetivos maliciosos de estas manifestaciones se revelaron rápidamente y la gente expresó su pleno apoyo al gobierno y a los principios fundamentales de la República.

Los dirigentes iraníes han insistido durante mucho tiempo en que el desacuerdo no era sobre el pueblo estadounidense, sino sobre su gobierno y su política expansionista. La tensión en las relaciones entre Estados Unidos e Irán alcanzó su punto máximo, particularmente después del ataque del 11 de septiembre de 2001, cuando Washington estaba tratando de responsabilizar a Irán por el incidente. La escala de la confrontación cambió cuando, en 2002, Estados Unidos acusó a Irán de desarrollar secretamente un programa de armas nucleares. En 2005, el presidente Mahmud Ahmadineyad anunció que Irán había desplegado un plan de enriquecimiento de uranio, enfrentándose a nuevas sanciones por parte de Estados Unidos y Europa en 2006 y 2010, a pesar de lo cual Teherán continuó su compromiso con el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), que no pudo encontrar ningún indicio de culpabilidad para Irán y apoyó las acusaciones estadounidenses.

Las relaciones bilaterales fueron testigo de un período de relativa calma durante el mandato presidencial de Hassan Rouhani y de la firma del acuerdo nuclear entre Irán y el grupo 5+1 en julio de 2015, bajo la presidencia de Barack Obama, tras 12 años de arduas negociaciones. Irán ha preservado el derecho al enriquecimiento nuclear pacífico en marcos específicos a cambio del levantamiento gradual de las sanciones y el fin de la liberación de activos financieros iraníes en bancos estadounidenses y mundiales. El dirigente de la Revolución Islámica en Irán, Sayed Ali Jamenei, advirtió al presidente Rouhani que no confiara en las principales potencias, en particular en Estados Unidos, en la aplicación del acuerdo. Esto resultó ser cierto, ya que Estados Unidos no respetó los términos del acuerdo, y la guerra se inició en gran medida con la llegada de Donald Trump como presidente y la retirada de Estados Unidos del acuerdo en mayo de 2018, seguida de un aumento de las sanciones contra Irán, lo que condujo a una confrontación directa entre Irán, por un lado, y Estados Unidos y sus aliados árabes y la comunidad internacional, por otro. Aunque Rusia y algunos países europeos no adoptaron las decisiones estadounidenses, es cierto que su posición se basó en la preservación de sus intereses y en el deseo de escapar de la presión ejercida por el gobierno estadounidense en los ámbitos político, de seguridad y económico.

No podemos ignorar el hecho de que Irán ha sufrido y sigue sufriendo los problemas y desafíos derivados de 40 años de confrontación con la alianza estadounidense, occidental y árabe. Los años de bloqueo ensombrecerían a cualquier régimen y conducirían a la derrota, pero el modelo y los principios establecidos por el imán Jomeini en la estructura de gobierno han consagrado la independencia de Irán, que ha adoptado el enfoque de la resistencia en sus diversos aspectos y campos para superar los desafíos internos y externos. Gracias a la sabiduría de la dirección, la confianza y el apoyo popular, la posición de Irán se mantiene firme y se fortalece frente a las crisis para volverse cada vez más sólida frente a cualquier presidente estadounidense.

Las mujeres comunistas que llegaron de Bélgica para combatir el fascismo en España

Feigla “Vera” Luftig era mujer, judía, belga y comunista. Su marido, un brigadista internacional que murió en la batalla de Madrid. Pronto advirtió la amenaza del nazismo, sobre todo cuando comenzaron a llegar a Amberes los primeros huidos de Alemania, a quienes atendió junto a otras colegas en un local marxista donde solían reunirse. Aunque al principio había reprochado a su pareja que se alistase como voluntario para defender la Segunda República, luego tomó conciencia, se infló de valor y convenció a sus hermanas Rachel y Golda para irse a España a luchar contra el fascismo. Al poco entendió que aquella guerra fratricida era un ensayo de Hitler para foguearse ante un combate mayor que todavía se estaba gestando. Cuando pusieron rumbo a Barcelona, eran veintiuna.

“Pese a que muchas no tenían formación, se enrolaron como brigadistas y ejercieron de enfermeras. Veían España como la tierra prometida. Muchas habían salido de los países del Este por el antijudaísmo reinante. Aquí abrazaban no sólo la posibilidad de defender una joven República, sino también de poder vivir en una sociedad socialista. O sea, además de frenar el fascismo, soñaban con tener un hogar y un futuro, porque ya sabían lo que estaba sucediendo en Alemania e intuían que se avecinaba algo grave. La guerra civil española era para ellas algo mucho más que una contienda, porque suponía la oportunidad de defender Europa frente a los totalitarismos de ultraderecha”, explica Sven Tuytens, autor del libro “Las mamás belgas”, como se las conoció popularmente.

El periodista belga ya había abordado su historia en un documental homónimo, pero aquí se centra menos en el aspecto hospitalario para ahondar en las trágicas biografías de las mujeres a partir de su correspondencia y sus diarios, profundiza en su investigación y vuelve a contar con el único testimonio vivo: Rosariet, apodada cariñosamente “La Peque”, porque cuando prestaba ayuda en el Hospital Militar Republicando de Ontinyent (València) tenía sólo quince años. A sus noventa y siete, sorprende su clarividencia y el revelado mental del retrato de Vera. “Fue el primer testigo directo con quien me encontré. Algo increíble, porque no pensaba que sobreviviese nadie de la época”, recuerda el corresponsal en España de la radio televisión pública belga VRT.

“Casi centenaria, es todo un personaje. Una mujer muy fuerte, lúcida, con una memoria impresionante y un gran sentido del drama. Empezó como ayudante de enfermería cuando apenas era una adolescente, ayudando en el quirófano sin saber nada de medicina, y se jubiló como enfermera. En realidad, ninguna conocía el oficio, pues lo aprendieron trabajando, aunque luego ella se formaría en el ramo y siguió ejerciendo hasta su jubilación”, señala Tuytens, quien ha enriquecido la edición española del libro, publicado originalmente en su país, con nuevas aportaciones. Allí, la crítica lo ha calificado como “un merecido homenaje a mujeres luchadoras, que defendieron la igualdad de derechos y la justicia social en momentos en los que reivindicarlos no era tan evidente”, en palabras de Lode Vanoost, del periódico De Wereld Vandaag.

No obstante, la verdadera protagonista es Vera. Y, por extensión, sus hermanas, y sus colegas residentes en Bélgica, y las brigadistas llegadas de otras latitudes, y todas las valencianas que arrimaron el hombro. “Era el motor del grupo y, además de decidida, la que tenía más carácter. Poseía un sólido bagaje político y su pareja, Emiel Akkerman, había sido un destacado sindicalista que falleció en la guerra civil. Aunque, en realidad, seis de ellas también habían perdido a sus novios y maridos, muertos en combate tanto en la Ciudad Universitaria, como en Guadalajara o en el Jarama”.

¿Pero cómo llegó Sven Tuytens a Vera Luftig? La vida, disculpen el tópico, es una caja de sorpresas. Y, precisamente, en una de cartón yacía la fotografía de once mujeres posando el primero de mayo de 1937 en la barcelonesa plaza de Catalunya. La conservaba en su despacho el director de un archivo belga, quien había investigado sobre los brigadistas internacionales de origen judío. “Los historiadores siempre tienen cosas guardadas”, ironiza el periodista, quien se preguntó quiénes serían aquellas enfermeras que esbozaban una contenida sonrisa, desconocedoras de lo que se les venía encima. “La historia de las mujeres ha sido secundaria. Nunca se ha contado y me interesaban mucho más sus vivencias en la retaguardia que las de los hombres en el frente”.

La historia de “Las mamás belgas” no es sólo la de su paso por aquel hospital militar republicano, antaño monasterio de los franciscanos y actual colegio de la Concepción. Cuando la República cayó, se trasladaron a Argelia, desde donde viajaron a Bélgica. Allí se sumaron a la lucha armada, mientras que los brigadistas permanecían detenidos en la capital de la colonia francesa, pues eran considerados peligrosos, según Tuytens. Ese gesto machista permitió que ellas siguiesen combatiendo el nazismo desde casa. “Vera se convirtió en un personaje clave de la red de espionaje soviética Orquesta Roja durante la Segunda Guerra Mundial, aunque luego fue desarticulada por los nazis y sus miembros, torturados y asesinados. Nuestra protagonista, en cambio, logró escapar al sur de Francia y esconderse, hasta que regresó a su país al final de la Segunda Guerra Mundial”.

Peor suerte corrieron sus hermanas. Rachel fue un enlace de la resistencia hasta que la capturaron y dio con sus huesos en un campo de concentración: afortunadamente, sobrevivió. Golda tuvo un hijo a quien llamó Madrid, pero ambos terminaron recluidos en el campo de exterminio de Auschwitz, de donde nunca volverían a salir. De las veintiuna enfermeras, otras cuatro sufrieron el mismo final. “Lo tenían todo en contra: eran mujeres, judías y comunistas”, explica Tuytens, quien durante el esbozo de sus vidas y sus muertes deja entrever tres olvidos. O, si se prefiere, menosprecios, tanto en España como en Bélgica. Antes de la nada y después de todo.

No habían venido aquí sólo para combatir, desde un hospital de la retaguardia, a las tropas de Franco, sino también para alcanzar la emancipación femenina. No querían estar subordinadas a un hombre, fuese un médico o un militar, pero el aura de aquella miliciana armada que aparecía en la foto había comenzado a difuminarse. “Eran brigadistas, mas los varones que ejercían de sanitarios las veían como enfermeras”. Pese a su causa, que iba más allá de la bélica, seguía habiendo una gran diferencia de estatus, por lo que chocaron contra el machismo de los doctores.

“Eran mujeres formadas, instruidas y modernas en un entorno masculino tradicional. Quizás en Barcelona y Madrid hubiese sido diferente, si bien les tocó un pueblo de València, lógicamente más atrasado que esas grandes ciudades. Un ejemplo: las vecinas no hablaban con extranjeros. Por ello, cuando algunas empezaron a trabajar en el hospital, se les abrió la  mente, porque algunas eran muy jóvenes y hasta analfabetas. De algún modo, para las autóctonas, fue una forma de conocer nuevas ideas y burlar el control social, familiar y eclesiástico”, cree el corresponsal de la radio televisión flamenca.

Sin embargo, lo más duro no fue curar las extremidades congeladas de los republicanos que regresaban del frente de Teruel, ni atender a los heridos por los bombardeos de los sparvieri de la Aviazione Legionaria sobre la estación ferroviaria de Xàtiva, una masacre que se llevó por delante a mujeres y niños que esperaban la llegada de un convoy republicano. El éxodo posterior tampoco tuvo un destino feliz, pues Hitler desencadenaba un nuevo conflicto que terminaría trayendo más muerte. Unas guerrearon y sufrieron el encierro. Otras murieron asesinadas. Todas fueron relegadas y, en el mejor de los casos, se traspapelaron en los libros de historia.

Las que permanecieron en Bélgica desconocieron la gloria, pues la historia no sólo la escriben los vencedores, sino también los perdedores que saben escribir bien. “Es llamativo que cayesen en el olvido, pese a que deberían ser consideradas unos ídolos”. ¿Qué ocurrió para que fuese así?, se pregunta años después Tuytens. “Pues lo mismo que le sucedió a los republicanos españoles que combatieron en Francia: la resistencia francesa se vendió muy bien y fueron postergados. Igualmente, en Bélgica, figuraron en un primer plano quienes habían luchado desde dentro, aunque las enfermeras también integrasen posteriormente la resistencia armada junto a los partisanos belgas”.

https://www.publico.es/politica/mujeres-brigadistas-enfermeras-guerra-civil-franquismo.html

Se cumplen 100 años de la histórica huelga general de Seattle (y 2)

Comedor obrero durante la huelga
Kayla Costa

A pesar de las amenazas de represión y violencia de la élite política y corporativa de Seattle, los trabajadores siguieron con sus planes. El principal diario del Consejo Central del Trabajo, el Union Record, publicó una respuesta a la histeria de la clase dominante el 4 de febrero, con un editorial escrito por Anna Louise Strong llamado “Nadie sabe dónde”:

“Estamos emprendiendo el movimiento más grande jamás realizado por los OBREROS en este país, un movimiento que conducirá ¡NADIE SABE DÓNDE! Los obreros alimentaremos a la gente. Los obreros cuidaremos a los bebés y los enfermos. Los obreros preservaremos el orden. Los obreros no solo CERRAREMOS las industrias, sino que REABRIREMOS, bajo la gestión de los oficios apropiados, las actividades necesarias para la salud pública y la paz pública. Si la huelga continúa, los obreros podemos evitar el sufrimiento público reiniciando más y más actividades.
BAJO NUESTRA PROPIA GESTIÓN. Y por eso decimos que empezamos a recorrer un camino que conduce ¡NADIE SABE DÓNDE!”
.

El jueves 6 de febrero unos 65.000 trabajadores abandonaron sus tareas en toda la ciudad a la diez de la mañana en punto, entre ellos 60.000 obreros organizados en los diferentes sindicatos de la AFL, 3.500 wobblies, cientos de obreros japoneses y negros y un número no registrado de trabajadores no sindicalizados. También se impidió que otros 40.000 obreros que no votaron formalmente por la huelga fueran a trabajar.

Cuando los trabajadores salieron de las fábricas, tiendas y comercios, la ciudad se paralizó. Los tranvías del centro dejaron de funcionar, la maquinaria de fábrica se detuvo y las escuelas públicas cerraron. No hubo grandes marchas ni manifestaciones. Los obreros se quedaron en sus barrios. Las reuniones más grandes de los huelguistas se produjeron en los 21 comedores que el Comité de Huelga organizó en toda la ciudad.

Comedores obreros de huelga

Para el cuarto día de huelga, estos comedores habían servido unas 30.000 comidas. Fueron dirigidos por trabajadores de hostelería, sobre todo mujeres. Cualquier persona podía comprar la comida, generalmente estofado de carne o espaguetis con verduras y pan, a un costo de 25 centavos de dólar para los trabajadores del sindicato y 35 centavos para el público en general. El Consejo de Comercio del Metal, al que pertenecían los trabajadores del astillero, pagó todos los alimentos, cocinas y gastos de distribución, que totalizaron cerca de 7.000 dólares. Los obreros de fábrica y camioneros sacrificaron su dinero para asegurar que la leche sin procesar llegara a los almacenes y comedores de la ciudad.

Los dirigentes obreros trataron de evitar enfrentamientos con la policía, que estaba armada y en toda la ciudad, pero también que la huelga “se descontrolara” y encontrara una salida independiente o revolucionaria. Así, se emitieron numerosas declaraciones para mantener el orden. Hasta los dirigentes de IWW amenazaron con castigar a sus miembros si estos agitaban demasiado.

Para ayudar con estos objetivos de la no violencia, el Comité de Huelga creó la Guardia de Veteranos de Guerra como el cuerpo policial oficial de los obreros. Estaba compuesto por unos trescientos voluntarios, sin autoridad legal ni armas, basado en la noción de que “la gente quiere obedecer la ley si lo pides razonablemente” y no por la fuerza. El estricto código de conducta impuesto por la Guardia de Veteranos de Guerra valió la pena en un sentido. Ni un solo trabajador fue detenido o herido durante la huelga. Incluso los casos criminales de la policía disminuyeron de un promedio de 100 por día a 30, ya que los obreros se abstuvieron de realizar actividades ilegales como el juego y el contrabando. Así, los trabajadores refutaron las afirmaciones de los medios de Seattle de que la huelga provocaría una erupción de la criminalidad de la clase obrera.

Debido a las exenciones del Comité de los Quince a los funcionarios municipales y sindicales locales, prosiguieron todos los servicios esenciales para el funcionamiento de la ciudad. Los operadores telefónicos, funcionarios de hospitales, carniceros, trabajadores de mercados alimentarios y empleados gubernamentales siguieron trabajando, por lo que no se detuvo el funcionamiento básico de la economía.

Sin embargo, se mantuvo la amenaza de violencia estatal contra la huelga. “Déjennos limpiar Estados Unidos de América”, declaró el alcalde Hanson. “Que todos los hombres se pongan de pie y sean contados… Nos negamos a negociar con estos revolucionarios. La rendición incondicional es nuestra única propuesta”.

‘¡Rusia lo consiguió!’
El fin de la huelga

Al tercer día los dirigentes obreros reformistas presentaron una propuesta ante el Comité General de Huelga para terminar el conflicto. La mayoría de los representantes manifestaron su acuerdo con la propuesta, pero tras discutir con los trabajadores de base durante el receso se opusieron por unanimidad y continuaron con la huelga.

Sobre la base de las relaciones existentes entre la burocracia laboral y el sistema político antes de la huelga general, el alcalde Hanson pidió reiteradamente a los dirigentes de confianza que terminaran la huelga lo antes posible. “Jim, la huelga debe ser cancelada para el mediodía”, le dijo el alcalde a Duncan por teléfono. Después de escuchar que los dirigentes no podían detener el impulso de las bases, el alcalde invitó a los miembros del comité a su oficina para una reunión en la que amenazó con imponer la ley marcial en la ciudad a menos que la huelga finalizara en la mañana del sábado 8 de febrero.

Aunque los Quince no se atrevieron a terminarla allí, la huelga había llegado a una encrucijada. O las masas trabajadoras avanzaban sobre una base política, formulando demandas claras y haciendo un llamamiento a los obreros fuera de Seattle, o la dirección sindical y el gobierno terminarían la huelga con las manos vacías.

Las amenazas de ley marcial por parte del alcalde quebraron a algunos de los sindicatos. Los operadores de los tranvías comenzaron a trabajar de nuevo ese sábado, junto con los trabajadores de algunos restaurantes, peluquerías y comercios minoristas. La policía también comenzó a detener a los wobblies, como el portavoz y editor de The Industrial Worker, Walker C. Smith, por distribuir un folleto titulado “¡Russia lo consiguió!”.

Hacia la tarde del sábado, los Quince redactaron una resolución para que todos volvieran a su trabajo el domingo, que ellos propusieron en una reunión del Comité General de Huelga. Tras una larga deliberación, la gran mayoría de delegados rechazó la propuesta. Pero el domingo los delegados argumentaron a favor de la propuesta ante sus diversos sindicatos locales, regresando el lunes por la noche para aprobar el fin oficial de la huelga para el martes 11 de febrero. Se hizo el siguiente anuncio:

“El Comité Ejecutivo está suficientemente satisfecho de que, independientemente de la acción final tomada por las bases, dicho comité está convencido de que las bases se mantuvieron firmes y que la estampida para volver al trabajo no fue decidida por las bases sino por sus líderes. Por lo tanto, se resuelve que la siguiente acción se haga efectiva al mismo tiempo, el 10 de febrero de 1919: que este comité de huelga informe a todos los sindicatos afiliados que han tomado medidas para que sus hombres vuelvan a trabajar, que dichos sindicatos llamarán de nuevo a sus hombres para responder inmediatamente al llamamiento de las bases hasta el mediodía del 11 de febrero de 1919 y para declarar la conclusión exitosa de esta huelga, y que, si los acontecimientos hacen necesaria la continuación de la huelga, esa acción adicional será derivada exclusivamente a las bases”.

Miles de trabajadores volvieron a regañadientes a sus tareas al mediodía de ese día, a menudo presionados por los ejecutivos internacionales y locales de su propio sindicato. Los dirigente obreros declararon que la huelga fue un éxito. El alcalde se elogió a sí mismo ante la prensa nacional por evitar heroicamente una revolución bolchevique en Estados Unidos. Sin embargo, la clase obrera sabía que, a pesar de las grandes hazañas logradas con la realización de la huelga, no habían ganado una sola reivindicación.

Secuelas de la huelga

En medio de la recesión de posguerra, las empresas de la costa del Pacífico buscaron reducir el trabajo de los astilleros, y los de Seattle fueron los primeros en recibir el golpe. El desempleo se disparó, y muchos de los trabajadores que se sumaron a la huelga general se vieron obligados a trasladarse para encontrar trabajo.

El Estado ayudó a las empresas a suprimir a la clase obrera reprimiendo a sus organizaciones laborales y políticas. Union Record, el diario publicado por el Consejo Central del Trabajo, fue cerrado por agentes federales que invadieron la ciudad tras el fin de la huelga. Muchos de los dirigentes socialistas y revolucionarios en el movimiento obrero fueron detenidos y acusados de sedición, y los locales del Partido Socialista y de IWW fueron registrados.

Aunque no jugó un papel de dirección en la huelga, IWW enfrentó lo peor de la reacción capitalista. Marginados hasta el límite de la ilegalización por las criminales leyes de sindicalismo aprobadas en varios Estados en los años anteriores, perseguidos por el gobierno de Wilson con la Ley de Espionaje, los wobblies de Seattle sufrieron redadas, detenciones y encarcelamientos una vez más. La clase capitalista de Washington reveló gráficamente su venganza nueve meses después de la huelga, cuando cinco miembros de IWW fueron asesinados a sangre fría en Centralia, Washington, el día del armisticio.

De esta forma, la reacción en Seattle predijo el primer “Temor Rojo” a nivel nacional y sus infames redadas de Palmer, cuyo objetivo fue aterrorizar a los obreros militantes. Treinta y un miembros locales de IWW fueron detenidos por actividad en la huelga general, entre ellos dirigentes prominentes como James Bruce, Harvey O’Connor y Walker Smith, y treinta y siete más fueron detenidos durante las redadas de agosto. El Estado estadounidense efectuó esta campaña brutal en todo el país en los años anteriores y posteriores a la huelga de Seattle, deteniendo a los dirigentes y miembros militantes de la organización, como Bill Haywood y James P. Cannon.

Lecciones de la huelga

La huelga general de Seattle de 1919 puede enseñar mucho a los trabajadores de hoy sobre sus tradiciones militantes, de las que fueron separados conscientemente por la clase dominante y los sindicatos corruptos. Como muchas luchas militantes en la historia de Estados Unidos, esta huelga revela que la afirmación de que los trabajadores estadounidenses no pueden hacer grandes luchas industriales es una falsificación histórica.

Los trabajadores deben considerar cómo se puede llevar a cabo hoy una gran lucha como una huelga general. Una diferencia crítica entre 1919 y el tiempo que se avecina es el papel de los sindicatos: organizaciones que hoy se denominan “sindicatos” pero que son esencialmente diferentes a los que dirigieron la huelga general de Seattle.

Por temor a ser barridos si no colaboraban, los sindicatos de Seattle en 1919 admitieron las demandas de los trabajadores por una lucha que involucró a todas las ramas de la industria y convulsionó a una ciudad importante. Si bien los dirigentes sindicales eran conservadores y defensores del sistema capitalista, también respondían, hasta cierto punto, a las demandas de los obreros de base. Los sindicatos de hoy luchan con uñas y dientes contra las formas más modestas de solidaridad de clase obrera, en tanto la mundialización económica ha socavado la base nacional para esta otrora útil forma de organización de trabajadores. Cuando se producen huelgas, los sindicatos tratan de aislarlas y destruirlas. En 2019 ningún sindicato estadounidense existente se convertirá en el vehículo para una huelga general.

Más importante aún, la huelga general de Seattle demuestra la necesidad crítica de una dirección socialista. La huelga se inspiró en el ejemplo de Rusia, como comprendieron dolorosamente los capitalistas de Seattle. Aunque atrajo a la lucha a muchos miles de trabajadores con mentalidad socialista, los principales dirigentes sindicales trataron de excluir a la “política” —con la cual se referían a la política socialista— de la lucha.

Los trabajadores de Seattle, en su lucha, trazaron las líneas básicas de clase. En un lado estaban todos los obreros de la ciudad—unificados por encima de las líneas de separación de oficio, nacional y racial que los sindicatos les habían impuesto. En el otro estaban los capitalistas y el gobierno, con la clase media más acomodada detrás de ellos. Pero así como esta división básica de la sociedad de clases moderna se hizo visible en la huelga general de Seattle, la dirección sindical se alistó con las autoridades de la ciudad. Su capacidad par hacerlo depende de la ausencia de una dirección socialista. La militancia sindical por sí sola no fue suficiente para superarla.

Lucha obrera: la cara oculta de Mayo del 68

Asamblea de fábrica en mayo de 1968
El movimiento de los “chalecos amarillos” ha resucitado -medio siglo después- el de Mayo del 68, al que le ha ocurrido como a las 13 Rosas, que han dejado de ser rojas, o al 8M, que ha dejado de ser el Día de la Mujer Trabajadora. La burguesía ha secuestrado la historia y el papel en ella de las clases sociales, para hacer de Mayo del 68 una lucha estudiantil, escondiendo que -por encima de todo- fue una lucha obrera con características propias.

En los países de Europa occidental, los años sesenta no sólo se caracterizaron por el crecimiento económico sino por una explotación extensiva e intensiva de la fuerza de trabajo. El mundo rural se industrializó, llevando a la clase obrera a legiones de campesinos arruinados y a sus hijos. Se crearon nuevas fábricas que incorporaron a las mujeres a las cadenas de montaje. Una riada de emigrantes llegó del sur: italianos, españoles, portugueses, argelinos…

Las viejas organizaciones políticas y sindicales que habían participado en la liberación de Francia estaban en vías de degeneración, pero los nuevos trabajadores estaban al margen de ellas.

Tanto las nuevas como las viejas fábricas introducen nuevos mecanismos de explotación intensiva de la fuerza de trabajo, expresados por el cronómetro y el control del rendimiento de cada uno de los trabajadores. En enero de 1968, en Caen, en la fábrica de Jaeger, los huelguistas protestan: “Los contadores funcionan pero los trabajadores se paralizan”. La mano de obra más veterana no puede el seguir el ritmo extenuante y repetitivo de la producción en masa.

Los trabajadores reivindican un aumento del descanso semanal, un descenso del ritmo y una menor carga de trabajo, como en la Rhodiaceta de Besançon en febrero-marzo de 1967.

Los salarios cada vez se parecen más al destajo; ya no dependen tanto de la cualificación o de la formación sino del puesto ocupado y del rendimiento en el mismo.

A principios de 1968 aparecen también una serie de movilizaciones obreras contra la desaparición de las viejas industrias y las viejas comarcas industriales, como las zonas mineras de Nord-Pas-de-Calais o Saône-et-Loire, los valles de los Vosgos, etc. Cunde un temor generalizado al paro.

El 13 de mayo de 1968 los sindicatos convocan una huega contra la política económica del gobierno y la represión, es decir, que sus protagonistas son los obreros que se manifiestan por las calles de las principales ciudades francesas.

Al día siguiente, en Bouguenais, un barrio de Nantes, los trabajadores de Sud-Aviation se reúnen en asamblea, votan a favor de la huelga, cierran las puertas de la fábrica, la ocupan y secuestraron al director de la fábricas y a varios directivos.

El movimiento de huelgas se extiende a apartir de ahí y va de las grandes fábricas a las pequeñas. El 20 de mayo el paro alcanza a unos dos millones de trabajadores. La ocupación de las fábricas abre las puertas a otros sectores sociales, como los estudiantes, que participan en las reuniones de los obreros y se familiariazan con sus reivindicaciones. A partir de ahí, los estudiantes llevan a los obreros a las asambleas universitarias y acaban paralizando los centros académicos.

Las huelgas se escapan al control de los sindicatos. La ocupación prolongada de los locales acaba formando centros paralelos a los partidos y sindicatos, lo que da al movimiento un carácter espontáneo y conduce a que algunas fábricas como Perrier en Montigny-le-Bretonneux o MCA en Brest, por ejemplo, sean autogestionadas por los propios trabajadores. En Sochaux los huelguistas de Peugeot crean lo que llaman “un foro” para discutir sus aspiraciones.

Para reconducir la protesta, el gobierno eleva el salario mínimo un 35 por ciento y reúne a los empresarios y los sindicatos en Grenelle a fin de iniciar una negociación. El 27 de mayo los trabajadores de Renault rechazan la propuesta, un acuerdo que siguen muchas otras fábricas.

El gobierno trata de tomar la iniciativa también en el terreno político con lo único que sabe hacer la burguesía: convocar nuevas elecciones. El 30 de mayo De Gaulle disuelve la Asamblea Nacional y los reformistas cumplen con su papel aferrándose a las elecciones.

Los sindicatos empiezan a negociar en algunas empresas y luego en sectores productivos siguiendo las pautas marcadas en Grenelle.

El gobierno saca a la policía a la calle, pero las batallas más importantes no se producen ahí sino en el desalojo de las fábricas ocupadas. El 6 de junio asaltan la fábrica de Renault en Flins y el 11 de junio la de Sochaux. La represión ocasiona cuatro muertos, entre ellos los obreros Pierre Beylot y Henri Blanchet, que mueren en Sochaux. El estudiante de secundaria Gilles Tautin muere cerca de Les Mureaux. Además hay ochenta heridos, algunos muy graves. El gobierno expulsa a unos 250 trabajadores emigrantes, incluidos españoles y portugueses.

A partir de entonces el aliento decae, aunque se mantiene hasta bien entrado el mes de junio en un sector estratégico, como el metal.

Luego le tocó el turno a los falsificadores de la historia, que debían encumbrar a una costra de intelectuales de pacotilla, parásitos de la Sorbona e izquierdistas de salón como Daniel Cohn-Bendit, Serge July, Bernard-Henri Lévy y tantos otros (lo peor de lo peor).

Más información:

La huelga de ‘La Canadiense’ cumple 100 años y con ella la conquista de la jornada laboral de 8 horas

José Cobos Ruiz de Adana

La jornada laboral de ocho horas es una de las conquistas sociales más consolidadas. Desde que en 1866 la AIT fijara en su agenda dicha reivindicación, la lucha por la misma costó la vida a cientos de trabajadores; entre ellos, a los cinco mártires de Chicago a quienes honramos en la festividad del primero de mayo. En España el conflicto laboral de febrero de 1919, desatado en un primer momento en la compañía eléctrica Riegos y Fuerzas del Ebro, perteneciente a la empresa conocida como La Canadiense (cuyo capital procedía sobre todo de Canadá y Reino Unido), fue reprimido también con dureza. Se inició el día 2 tras el despido de ocho trabajadores, renuentes a aceptar una bajada de sueldo a cambio de transformar sus contratos temporales en indefinidos. Tres días después acaeció lo mismo a otros 117 empleados de la citada compañía, siendo asumida la dirección del conflicto por los comités de la anarquista CNT.

El 7 de febrero fueron ya 2.000 los trabajadores despedidos, en una huelga que se extendió a los encargados de la lectura de contadores, lo que dejaba a la empresa sin ingresos. Tan solo un operador siguió trabajando: fue muerto a tiros, sin que llegaran a ser descubiertos sus autores. La huelga se extendió a otras empresas, y al textil el 17 de febrero; el paro llegó al sector de los transportes, lo que colapsó la ciudad, así como al servicio de gas y aguas. Al Gobierno del conde de Romanones no le quedó otra salida que militarizar el conflicto: el capitán general Milans del Bosch sacó el ejército a la calle para que los soldados suplieran en sus puestos a los trabajadores, suspendiendo igualmente las garantías constitucionales en Lleida, a donde se había extendido la huelga, y deteniendo a los líderes de la revuelta mientras mandaba cerrar el periódico Solidaridad Obrera. Las movilizaciones se ampliaron a otros lugares y sectores, y los militares, a pesar de la declaración del estado de guerra el 12 de marzo, se toparon, al igual que la patronal, con la obstinada disciplina de los sindicalistas. En el castillo de Montjuic llegaron a internarse a casi tres millares de huelguistas. Además, La Canadiense despidió a todos los trabajadores que seguían apoyando la huelga.

En esta situación insostenible, el Gobierno, temiendo que el conflicto se extendiera aún más a otras zonas de España con el sostén de la CNT y la amenaza de la central socialista UGT de sumarse a ella, no tuvo otra salida que convencer a la patronal para que negociara en la sede del Instituto de Reformas Sociales, liberar a los presos, sustituir al gobernador civil por otro más moderado y comprometerse ante la clase trabajadora a instaurar por decreto las ocho horas de trabajo para todos los oficios, medida por la que se llevaba luchando cerca de seis lustros. En la plaza de toros una multitudinaria asamblea de huelguistas aceptaba el acuerdo. El día 3 de abril de 1919 el Boletín del Consejo de Ministros estableció la jornada máxima de ocho horas al día o cuarenta y ocho horas a la semana en todos los trabajos a partir del primero de octubre, decreto firmado por Romanones justo antes de su dimisión. Nuestro país se convertía así en uno de los pocos que daba soporte legal a tan legendaria reivindicación de los trabajadores de todo el mundo, tras una huelga de cuarenta y cuatro días que paralizó Barcelona y pasó a ser considerada como histórica. La huelga fue todo un éxito para la clase obrera y, sobre todo, para la CNT, que con su movilización consiguió ser reconocida por la patronal, convirtiéndose de este modo en una de las fuerzas sociales más importantes del territorio nacional.

La huelga, con pocos actos violentos de la filial de Barcelona de Traction, Light and Power Company limited, había concluido con éxito para los sindicatos, ya que fueron muchos los trabajadores de diferentes sectores que, gracias a ese esfuerzo, consiguieron mejoras en sus trabajos. A los pocos días de finalizar el conflicto de La Canadiense se declaró una huelga general en toda Cataluña, debido a que no habían salido todos los presos a la calle. En este caso el Gobierno reaccionó con mayor dureza, sacando el ejército a la calle y organizándose un somatén para abrir negocios cerrados y abastecer a la ciudad, con lo que la huelga fue decayendo en intensidad, y más aún a raíz de que se publicara, el 3 de abril, el decreto acordado. La huelga finalizaría el 14 de abril. La dura represión condujo a una espiral de radicalización, permitiendo que el pistolerismo renaciese en la ciudad de Barcelona, hasta llegar a hacerse endémico. Hoy, cien años después, las ocho horas de trabajo dependen de las negociaciones concretas en cada sector o empresa, superándose en algunos casos el citado límite hasta alcanzar jornadas laborales interminables.

https://www.diariocordoba.com/noticias/opinion/100-anos-huelga-la-canadiense_1280460.html

El asesinato de Rosa Luxemburgo un siglo después

Josefina L. Martínez
La historia política alemana del último siglo puede leerse como el relato de un crimen. Un asesinato político que anticipó un genocidio. Pero para eso hubo que aplastar, primero, la esperanza de una revolución.

El 15 de enero de 1919, Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht fueron arrestados en el piso donde se escondían y trasladados a la sede de la Guardia de Caballería de los “freikorps” (cuerpos paramilitares) en el aristocrático hotel Eden. Cuenta una testigo que Luxemburgo colocó algunos libros en una maleta, pensando que le esperaba una nueva temporada en la cárcel. Unas horas después, el capitán Waldemar Pabst se comunicaba telefónicamente con el ministro del Ejército del Reich, el socialdemócrata Gustav Noske, para pedirle indicaciones sobre cómo proceder con tan importantes prisioneros. Hacía días que la prensa lanzaba amenazas e insultos contra “Rosa, la sangrienta”, dirigente de la Liga Espartaco y del recién fundado Partido Comunista Alemán (KPD).

Los socialdemócratas se encontraban en el poder desde la dimisión del Kaiser. El levantamiento de los marineros y trabajadores de Kiel había sido el puntapié inicial de una serie de insurrecciones locales que culminaron con una huelga general en Berlín el 9 de noviembre. Ese día, el socialdemócrata Philipp Sheidemann proclamaba la Republica alemana desde una ventana del Reichstag. Pocas horas después, Karl Liebknecht anunciaba –prematuramente– la creación de la Republica Socialista Libre de Alemania desde el balcón del Palacio.

Se vivía una situación de doble poder, con la formación de consejos de obreros y soldados, siguiendo el ejemplo ruso. Para evitar que ese fuera el camino, el 10 de noviembre el Gobierno llegó a un acuerdo con el Estado mayor alemán: el objetivo era frenar la revolución y liquidar a los espartaquistas, su ala más radical. “¡Odio la revolución como la peste!” había declarado Friedrich Ebert.

Después de su conversación con Gustav Noske, el capitán Pabst dio las órdenes y el teniente Vogel dirigió el comando de ejecución. Rosa Luxemburgo fue arrastrada escaleras abajo, pateada y golpeada en el estómago. Cuando cruzó la puerta, el soldado Otto Runge destrozó su cráneo con la culata del fusil. Agonizante, la subieron en un coche donde el oficial Hermann Souchon le dio un tiro final en la sien. Su cuerpo fue arrojado en el Landwehrkanal donde apareció flotando cuatro meses después. Karl Liebknecht había sido fusilado unas horas antes en un parque cercano. La primera versión “oficial” fue que habían sido asesinados por una “turba” furiosa cuando intentaban escapar. Pero el bulo no resistió la menor pesquisa. Leo Jogiches, quien había sido compañero de Rosa Luxemburgo durante muchos años y dirigente de la Liga Espartaquista, investigó y expuso quiénes eran los responsables del asesinato. El 19 de marzo de 1919 Leo Jogiches fue asesinado en la cárcel “intentando escapar”; miles de espartaquistas y obreros revolucionarios fueron fusilados en los meses siguientes. El cineasta alemán Klaus Gietinger prueba todos estos hechos en un riguroso trabajo de investigación que se publica por primera vez en inglés este año por editorial Verso.

En 1962 el capitán Pabst hizo alarde de su responsabilidad en el asesinato de los dirigentes revolucionarios: “Yo participé, en aquel entonces (enero de 1919), en una reunión del KPD, durante la cual hablaron Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo. Me llevé la impresión de que los dos eran los líderes espirituales de la revolución, y me decidí a hacer que los mataran. Por órdenes mías fueron capturados. Alguien tenía que tomar la determinación de ir más allá de la perspectiva jurídica… No me fue fácil tomar la determinación para que los dos desaparecieran… Defiendo todavía la idea de que esta decisión también es totalmente justificable desde el punto de vista teológico-moral”.

Pabst tan solo contó lo que la cobarde socialdemocracia no se atrevió a confesar. El capitán volvió a tener protagonismo durante el golpe de Estado de Kapp (Kapp Putsch) en 1920. Más tarde colaboró en la organización de grupos paramilitares de ultraderecha en Austria. Si bien nunca se afilió al partido nazi, formó parte de grupos ultraderechistas hasta su muerte, en 1970. Nunca fue juzgado por sus crímenes.

Ya sabemos quién mató a Rosa Luxemburgo. La pregunta más importante ahora es por qué. Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht se habían opuesto a la traición de la socialdemocracia que apoyó los créditos de guerra en el Reichstag el 4 de agosto de 1914. El Partido Socialdemócrata Alemán se había transformado en la organización más poderosa de la Segunda Internacional: un bloque de 110 parlamentarios, más de 4 millones de votos, 90 periódicos propios, numerosas asociaciones juveniles y de mujeres. Pero ese monumental aparato fue puesto a disposición del Imperio alemán cuando comenzó la guerra, justificando con la idea de la “defensa nacional” que los trabajadores alemanes se mataran en las trincheras con los franceses.

Luxemburgo y Liebknecht representaban la lucha contra la guerra imperialista, el combate contra el militarismo alemán, la denuncia de las capitulaciones de la socialdemocracia, la defensa de la revolución rusa y el ala más decidida de la revolución alemana. Como escribió Karl Liebknecht el mismo 15 de enero de 1919, unas horas antes de morir: “‘Espartaco’ significa fuego y espíritu, significa alma y corazón, significa voluntad y acción en favor de la revolución proletaria. ‘Espartaco’ significa toda la necesidad y el anhelo de felicidad, significa toda la determinación a luchar del proletariado con conciencia de clase. ‘Espartaco’ significa socialismo y revolución mundial”.

Ese anhelo de felicidad volvió a resurgir en Alemania en 1921 y en 1923. La historia de aquellos intentos revolucionarios ha sido invisibilizada por la historiografía, pero la esperanza de un mundo nuevo renació desde las cenizas una y otra vez en el corazón de Europa occidental.

https://ctxt.es/es/20190109/Politica/23896/Josefina-L-Martinez-Rosa-Luxemburg-politica-Alemania-Karl-Liebknecht-Otto-Runge.htm

La masacre de My Lai: símbolo de los crímenes imperalistas en Vietnam

Era el 16 de marzo de 1968, cuando las tropas estadounidenses invadieron la región de Son My en la búsqueda de vietcongs (integrantes del Frente Nacional de Liberación de Vietnam), considerados terroristas por los americanos. El teniente William Laws Calley tenía asignada la zona My Lai 4, donde se proponía llevar a cabo las más viles acciones. Al escuchar que se alejaba el sobrecogedor sonido de los helicópteros, los aldeanos imaginaron que ya había pasado el peligro, pero no sabían que Calley y sus hombres se habían lanzado en paracaídas y merodeaban en la zona con las peores intenciones. Al llegar, sin mediar palabra, violaron a las mujeres y a las niñas, mataron el ganado y prendieron fuego a las humildes viviendas hasta arrasarlo todo. Para terminar, reunieron a los supervivientes en una acequia y los fusilaron sin piedad. Aunque nunca se sabrá la cifra exacta de asesinatos, pues el Gobierno echó tierra sobre el asunto, se estima que fueron al menos 504 personas indefensas: en la macabra operación se incautaron apenas tres armas.

Como era de suponer, dado el clima de paranoia propio de la Guerra Fría, la prensa apenas divulgó la masacre más de un año después, cuando el editor Seymour Hersh decidió publicarla en notas aparecidas el 13, 20 y 25 de noviembre de 1969 en el diario St. Louis Post Dispatch. Le siguió el Cleveland Plain Dealer, que publicó las fotos de Ronald L. Haeberle, un exfotógrafo del ejército, quien había sustraído las fotos al control oficial, pues fueron tomadas con su cámara personal. Esto fue aún más perturbador, pues las imágenes (en color) mostraban que la mayoría de los cientos de ejecutados eran ancianos, mujeres y niños, incluso muchos bebés (la escena más famosa de la película Platoon, de Oliver Stone, fue inspirada en esta matanza).

Se demostró que el teniente Calley era una persona muy inestable con serios problemas de actitud que, al no lograr ascensos ni condecoraciones, decidió cometer una matanza y fingir que los asesinados eran enemigos abatidos (sobra resaltar las similitudes con la infame realidad colombiana). Y aunque fue juzgado y condenado por los actos de My Lai, solo pasó tres años bajo arresto domiciliario, pues fue indultado por el presidente Richard Nixon en persona. En 2006 el periódico Los Ángeles Times informó que durante aquella invasión (entre 1965 y 1971) se registraron 178 asesinatos más de no combatientes. A la larga, los tribunales militares solo condenaron a 23 personas por esos hechos.

Por supuesto, esta no fue la única matanza cometida por las fuerzas estadounidenses, pero sí la que más escándalo desató a causa de las mencionadas publicaciones, que provocaron la ira del presidente Nixon y miembros del Ejército, además de la indignación general en gran parte del país. Este tipo de actos bárbaros, peor que el perpetrado por los nazis en Oradour, daba la razón a los estadounidenses pacifistas, para quienes la guerra de Vietnam no era una contienda justa ni necesaria. A su vez, el Gobierno restaba importancia a dichas manifestaciones, acusando a sus integrantes de hippies, lunáticos y hasta terroristas enemigos del país.

En este contexto, las protestas antibélicas con motivo de la guerra de Vietnam iban en ascenso en Estados Unidos, en particular contra la invasión a Camboya (anunciada con gran jactancia por Nixon en la televisión nacional). Fue así como en mayo de 1970 se desarrollaron fuertes protestas por esta causa en la Universidad Estatal de Kent (Ohio), con el incendio de un edificio, disturbios, amenaza de saqueos y el despliegue de policías, bomberos y, por orden del alcalde, incluso acudieron unos mil efectivos de la Guardia Nacional, con el resultado de que los estudiantes fueron tiroteados por esta fuerza, con un saldo de cuatro asesinados (Allison Krause, Jeffrey Glen Miller, Sandra Lee Scheuer y William Knox Schroeder) y nueve heridos (uno de ellos sufrió parálisis permanente), pues dispararon contra los estudiantes indiscriminadamente y los redujeron con bayonetas, ya que también resultaron heridos varios transeúntes que observaban las protestas en la distancia.

Los deplorables sucesos recibieron la atención inmediata de toda la nación: cientos de universidades, colegios e institutos promovieron una huelga estudiantil y hubo cierre masivo de los centros educativos. El país estaba de luto y asombrado: ¿no que la guerra era allá? Por entonces surgió un clamor en la juventud del país, siempre señalada de vivir una ilusión hippie de tinte comunista.

Por eso no querían ser parte de una guerra donde, además de ellos, muchos latinos y negros irían a pelear contra amarillos que no les habían hecho nada para proteger la tierra que los blancos les habían arrebatado a los pieles rojas y volver a casa en un cajón. De hecho, los jóvenes les tenían pánico a los planes de reclutamiento para participar en una guerra absurda e incluso incendiaban la citación (como se aprecia en la película Hair, de Milos Forman). Así, los campus universitarios de todo el país estallaron en protestas y oposiciones al conflicto, en lo que la revista Time tituló de “huelga estudiantil a lo largo de la nación”.

Por esta razón las fotografías de los muertos y heridos de la Universidad Kent, publicadas en los periódicos del mundo, amplificaron la sensación de furia hacia la política expansionista, imperialista e invasiva de Estados Unidos, aunque esta vez la violencia estalló en su propio jardín. En particular, las imágenes captadas por el fotógrafo John Filo de Mary Ann Vecchio, una niña de catorce años, llorando sobre el cuerpo de Jeffrey Miller, asesinado de un disparo en la boca, causaron estupor en el mundo entero y ganó ese año el premio Pulitzer, convirtiéndose en una de las imágenes más impactantes de la masacre.

Además de desencadenar numerosas protestas en los campus universitarios del país, la actitud ante el tiroteo quedó expresada en una pancarta creada por los estudiantes de la Universidad de Nueva York: “No podrán matarnos a todos”. Durante una manifestación en Washington D.C., unas 100.000 personas repudiaron la política criminal de Nixon y la ciudad fue un campo de batalla, con una muchedumbre rompiendo ventanales y destrozando vehículos, así que Nixon se atrincheró en Camp David bajo protección militar. Los ocho guardias nacionales involucrados fueron acusados y enjuiciados, pero alegaron defensa propia y un juez retiró los cargos en 1974.

Tras ver las fotos de la masacre de Kent en la revista Life, el canadiense Neil Young quedó en estado de shock y al instante escribió la canción “Ohio”, que su banda Crosby, Stills, Nash & Young grabó de inmediato en Los Ángeles en unas pocas tomas y tocando en directo en los estudios de Atlantic Records. La cara B del sencillo se titulaba, quizá de forma desafiante: “Find the Cost of Freedom” (Encuentra el costo de la libertad), compuesta por Stephen Stills. La canción de protesta, escrita como reacción a la masacre, es considerada el mejor homenaje de la cultura popular ante los trágicos sucesos. Apenas dos semanas y media después, el tema salió al aire en las principales estaciones de radio de todo el país y cobró gran resonancia y popularidad.

En las notas del álbum recopilatorio Decade (1977), Neil Young escribió que “David Crosby lloró cuando acabó su toma”; de hecho, al final de la canción se puede escuchar a Crosby gritando: “Cuatro, ¿por qué? ¿Por qué murieron? ¿cuántos más?”.

La letra de la canción suscita sentimientos de horror, indignación y sobrecogimiento tras los disparos. Comienza con el verso “Tin soldiers and Nixon coming” (Soldaditos de plomo y Nixon llegando), reflejando así el sentimiento de la comunidad, que atribuyó la culpa de las muertes al presidente. Crosby declaró que incluir el nombre de Nixon en la canción fue “lo más valiente que he oído nunca”. Fue así como, sin proponérselo, el grupo se convirtió en vocero del movimiento de contracultura estadounidense, dándoles el estatus de líderes del pensamiento a lo largo de la década de 1970.

Y claro, algunas estaciones de radio prohibieron la canción, a causa de la mención del presidente Nixon, pero recibió cobertura en las radios FM ilegales en universidades y ciudades grandes. “Ohio” fue incluida por la revista Rolling Stone en su lista de las 500 mejores canciones de todos los tiempos. Crosby, Stills y Nash visitaron el campus de la Universidad de Kent por primera vez el 4 de mayo de 1997, donde cantaron la canción para la Conmemoración Anual del 4 de mayo.

A causa del famoso escándalo del Watergate, Nixon finalmente se vio obligado a renunciar, también por televisión, en 1974.

https://www.elespectador.com/noticias/cultura/la-masacre-de-my-lai-nixon-y-una-cancion-de-protesta-articulo-833720

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