

La web más censurada en internet




Su ubicación no era casual, ya que Castuera se había convertido en la capital “roja” del frente de La Serena, una línea de resistencia republicana que surcaba las estribaciones de la comarca pacense hasta la frontera con la provincia de Cáceres. Allí las trincheras y el combate cuerpo a cuerpo se mantuvieron hasta el verano de 1938.
Fue uno de los campos de prisioneros de Extremadura, una región donde hubo al menos 17 según las investigaciones del periodista Carlos Hernández de Miguel. Se levantó semanas antes del final de la guerra, cuando los militares franquistas ya tenían claro cuál iba a ser el resultado de la contienda. Tuvo cautivos a militares afines al régimen, civiles, sindicalistas o políticos.
Los testimonios orales de los supervivientes narran la falta de higiene y las duras condiciones que soportaron alrededor de unos barracones desmontables, en los que había mucho tiempo libre y poco pan.
El historiador Antonio López, autor del libro “Cruz, Bandera y Caudillo”, explica que el hambre se agravó con un caso de corrupción perpetrado por los responsables del campo, que desviaron parte del dinero destinado a alimentar a los presos. Con sus “mordidas” eliminaron el rancho caliente previsto en su dieta, que quedó reducida a escasas latas de sardina para compartir y mendrugos de pan.
Se vieron implicados el jefe del campo y el director de la prisión provincial de Badajoz, junto con los directores de las cárceles de Herrera del Duque y Puebla de Alcocer. El caso se destapó cuando se multiplicaron las muertes por inanición y las enfermedades, a lo que se sumó un importante incremento de fugas. Tras los interrogatorios militares los implicados fueron multados e inhabilitados, sólo unos meses.
Uno de los testimonios orales recogidos por el investigador, un guardián original de Fuente de Cantos, relata que las primeras bajas por hambre y enfermedad fueron las de los “valencianos”. Se trataba de prisioneros llegados desde la zona del Levante, cuyos cadáveres fueron arrojados a unas de las fosas cercanas al campo.
La muerte les sacudió con más virulencia porque estaban lejos de sus casas y no podían recibir apoyo familiar. No tuvieron la suerte de los reclusos de Extremadura, que tenían el respaldo de los allegados que se desplazaban hasta allí. Algunos incluso se establecieron en Castuera.
La práctica del terror y la violencia con la entrada de los jefes de la Falange fue una constante. Un modo de amedrentar a todos los prisioneros que se sumaba a las condiciones infrahumanas en las que vivían.
El mejor testimonio que han documentado hasta el momento es el de Albino Garrido, fallecido hace dos años. Conoció el barracón de incomunicados, destinado a quienes iban a morir en un consejo de guerra. Fue protagonista de una historia de resistencia en mayúsculas, porque Albino escapó del campo, estuvo preso casi un año y salió con vida. Más tarde se refugió en Francia, donde fue apresado y trasladado a un campo nazi.
En su libro de vivencias relató la crudeza y la sangre fría de los franquistas. Cuenta el caso de su amigo Isaías Carrillo Sosa, asesinado mientras estaba despiojando a otro preso. En mitad de la rutina de la limpieza que se hacían unos a otros se acercó un falangista, sacó su pistola y lo mató sin mediar palabra. A la víctima la sacaron del barracón ante el pavor y el terror de todos sus compañeros.
Se conserva muy poco de la estructura del campo, por su carácter desmontable, aunque llama la atención una peana de grandes dimensiones que soportaba una cruz erigida en el patio de ceremonias. Un elemento simbólico que dejaba claro el interés del régimen por reeducar a todos aquellos que habían sido fieles a la República, o que habían participado de alguna manera en la revolución social años atrás.
La bandera franquista estaba fuera del recinto alambrado, a 90 pasos. “Un modo de decirle a los prisioneros: tenéis que ser buenos católicos, y luego ya españoles cuando nosotros queramos, claro”, señala López, que también es miembro de la Asociación Memorial Campo de Castuera.
Había unos 80 barracones que se distribuían en torno a un patio central, con dos núcleos de filas a ambos lados. Eran estructuras desmontables, con cubierta de uralita y chapa que rápidamente se llenaron de presos.
El gran volumen de internos hizo necesaria una ampliación del campo y se levantaron “covachas”, cabañas recubiertas de matorrales en los que eran ubicados de dos en dos. Eran conocidas con el nombre de “Villaverde”. Ellos mismos tenían que dar forma a las estructuras para refugiarse, al mismo tiempo que se encargaban del adecentamiento de las calles.
Una de las claves de Castuera es la llegada de Ernesto Navarrete como jefe del campo, “que ya tenía a sus espaldas una hoja de servicios lo suficientemente sangrienta como para estar al frente”. Además estará en la sombra Manuel Carracedo, encargado del servicio de información de policía militar, tal como confirmó él mismo en unos testimonios grabados.
En su cautiverio los presos veían el tiempo pasar, a la espera de un destino incierto y al antojo de las órdenes del jefe del campo y del resto de militares. Permanecían a la espera de recibir informes políticos y sociales. A favor o en contra.
Lo primero que se hacía con ellos, tras ser detenidos a pie de trinchera, era una hoja declaratoria. En ella se reflejaba información relativa a la guerra, su lugar de origen y su municipio.
Una vez recopilados todos los datos los servicios de información se ponían manos a la obra y contactaban con la localidad. Solicitaban informes políticos y sociales al alcalde, el jefe de la Falange, el cura y a otras personas “de bien” -todas de derechas- para que dieran su correspondiente opinión.
A partir de los datos se clasificaba al reo. Se le podía abrir diligencias, con las que comenzaba la instrucción de un consejo de guerra o se le podía dejar allí. “El servicio de información va a facilitar la represión y los juicios sumarísimos en menos de una semana, algo que va a permitir acelerar los fusilamientos”.
Los representantes de la resistencia republicana van a acabar en barracones incomunicados, de los que no paraban de salir nuevas “sacas” de fusilamientos. Las diferentes campañas de catas y excavaciones han constatado varias fosas comunes, como la que se localizó en el cementerio.
El historiador habla de otras fuentes que apuntan a la práctica de la “cuerda india” en Castuera, por la que decenas de presos habrían sido atados y empujados al interior de la mina de La Gamonita, cercana al municipio. Posteriormente se habrían arrojado bombas de mano a su interior para acabar con sus vidas. Es una versión que ya relata Justo Vila en su libro sobre la guerra civil en 1985, y a la que también han hecho referencia los testimonios de los prisioneros supervivientes.
El campo funcionó hasta abril de 1940, a lo largo de un año completo. No se sabe cuántas personas llegaron a pasar con exactitud por la falta de documentación que existe.
Antonio López aclara que la cifra de 15.000 presos debe entenderse de manera orientativa, porque la información que se conserva está incompleta y es heterogénea. Hubo gente que sólo estuvo un día, mientras que otros pudieron estar meses cautivos, o el año entero.
A día de hoy se sigue sin tener acceso a toda la información de la represión franquista. Los investigadores y familiares denuncian que no tienen vía libre al archivo de la Guardia Civil, a lo que se suman los documentos depositados en dependencias del Ejército, que custodia documentación histórica. Por ello han reclamado de manera reiterada que la información sea depositada en el Ministerio de Cultura y en los archivos correspondientes para su libre acceso.
No obstante se sabe, a través de algunos archivos militares y las estimaciones realizadas, que en el mes de abril llegó a haber casi 6.000 prisioneros, y en mayo la misma cantidad. Mientras, en los meses de comenzó a bajar la cifra hasta las 3.000 personas. El número va fluctuando hasta el final, cuando se cierra con unos 1.200 prisioneros.
El número de desaparecidos sigue aumentando, “no paran de llegar biografías que se truncan cuando llegan al campo”. Se trata de familiares de víctimas que pierden el rastro de sus seres queridos allí, como confirman las cartas conservadas, y que ahora reclaman verdad, justicia y reparación.
El campo se cierra finalmente por la propia degradación de las instalaciones y porque las funciones para las que estaba destinado pasan a Mérida, Badajoz o Almendralejo. Los 1.200 prisioneros que quedaban dentro cuando llegó el momento de la clausura fueron repartidos entre Puebla de Alcocer y Herrera, donde los conventos funcionaron a modo de prisión.
Otras personas fueron enviadas a un batallón de trabajos forzosos, al no tener nada que imputarle. Llegan a parar a lugares como las colonias penitenciarias de Montijo, el eufemismo usado para ocultar al campo de concentración que mantuvo en Montijo y otras dos localidades a a 1.500 presos. Fueron obligados a construir parte del actual canal de Montijo y la presa que lleva el mismo nombre.
https://www.eldiario.es/eldiarioex/sociedad/Hambre-corrupcion-franquista-Castuera-concentracion_0_885411842.html

Paco, como le conocían sus amigos y familiares –eran siete hermanos–, fue víctima del terrorismo de Estado. Así lo entienden y reclaman sus vecinos del barrio del Cerro del Águila, donde ocurrieron los hechos que desencadenaron su asesinato.
Mil personas acudieron a su entierro, según las crónicas periodísticas de la época, que ya auguraban también que aquella muerte, como la de Caparrós o la de Verdejo, también en Andalucía, quedaría impune.
Desde el verano de 1977 los trabajadores de Sevilla estaban en la calle en lucha contra el expediente de regulación de empleo presentado por Hytasa.
En 2015 varios miembros de la asociación Aire Libre difundieron un cartel que colocaron ecomo homenaje a Rodríguez Ledesma, que fue nombrado también cerreño del año. “Pusimos un clavel en la imagen porque su hermana nos contó que le dejaban uno todos y cada uno de los días que pasó en el hospital”, cuenta Pepe Verdón.
En aquellas fechas también mataron en París a su amigo Aurelio Fernández, militante del PCE(r). “Las manifestaciones eran asiduas”, añade Verdón.
El barrio evillano tiene una larga trayectoria de lucha y resistencia contra el fascismo desde el mismo inicio de la guerra en 1936. El historiador José María García Márquez destaca un caso en el Cerro del Águila: “Especialmente impactante fue la muerte de Francisco Portales Casamar, de 35 años, empleado del Matadero y afiliado a Unión Republicana, detenido por orden de Queipo el 10 de agosto de 1936, junto a su cuñado Rafael Herrera Mata. Lo juzgaron en consejo de guerra el 21 del mismo mes y lo condenaron a muerte. Al día siguiente, 22, Queipo aprobó la sentencia y el 23 fue asesinado a las seis y media de la mañana en la muralla de la Macarena. Rafael, impresor que trabajó en El Cerro en la imprenta de Luis Barral, fue puesto en libertad poco después, aunque en 1937 sería nuevamente detenido y asesinado el 29 de enero de 1938”.
La hermana de Francisco, Luisa Portales, fue una mujer muy conocida en el barrio por su militancia política en Unión Republicana; y su hermano Luis, activo miembro de las Juventudes Libertarias, estuvo a punto de ser capturado, aunque no lo detuvieron hasta enero de 1938 y lo condenaron a veinte años de prisión, indica García Márquez.
En dos grupos de 11, de 22 miembros de la columna minera de Huelva, que llegó a Sevilla el 19 de julio, fue traicionada por la Guardia Civil y los fusilaron. “Se quiso que toda la ciudad tuviese conocimiento de la ejecución como escarmiento público y por eso los dividieron en grupos por distintos barrios. Las desapariciones se sucedían una tras otra. Llantos, gritos de desesperación, búsquedas de familiares por todos los centros de reclusión de Sevilla, etc., se convirtieron en algo cotidiano y repetido en aquel verano y otoño de 1936”.

La anécdota es un ejemplo gráfico de que en muchas zonas de España, como en Andalucía, no hubo ninguna guerra. Fueron víctimas de la represión fascista. Allí no hubo ninguna guerra, por lo que no es necesario desmontar la excusa de que “las guerras son muy malas”, de que lo mismo hicieron unos y otros.
El historiador Francisco Espinosa ha podido contabilizar 130.199 víctimas de la represión franquista en España, una cifra que aumentará si se sigue investigando. Los cálculos aproximados en Andalucía indican unas 49.000 víctimas de la represión fascista, una cifra aún abierta.
En Andalucía hay más personas desaparecidas que en Chile, Argentina y Guatemala juntos. En Córdoba la represión franquista fue especialmente cruel: 4.000 personas fueron asesinadas y arrojadas a fosas comunes. Córdoba fue el Auschwitz de Franco.
En Écija mataron a 278 personas y los únicos tiros que hubo los dieron los sublevados. Lo mismo ocurrió en Fuentes de Andalucía, donde asesinaron a más de 100.
La historia desmonta que hubiera una cruzada contra la religión católica. De los 12 sacerdotes y decenas de monjas que había en Morón, dos salesianos murieron, ambos beatificados. Pero no fueron fusilados; murieron en un tiroteo provocado por el teniente de la Guardia Civil. Además, uno de los curas, José Blanco, disparó ardorosamente contra los obreros desde el cuartel.
El gobernador militar de Sevilla prohibió que se cortara el tráfico en la carretera que va desde La Algaba al cementerio de Sevilla. Los arrieros que iban con las mulas a abastecer los mercados de la capital tenían que escuchar los gritos y los culatazos. Es la crónica del horror que empiezan a documentar los libros de historia con 80 años de retraso.
En La Rinconada asesinaron a las diez de la mañana en la plaza a dos personas acusadas de asaltar a un terrateniente. Sabían que no habían sido ellos y aun así los ejecutaron. Luego mataron a los culpables.
Las mujeres padecieron todo tipo de barbaridades. Los franquistas consideraron a las mujeres republicanas como botín de guerra, cosificándolas, deshumanizándolas; convirtieron el cuerpo de las mujeres en un campo de batalla más, usándolo como medio y como mensaje. Para los varones vencidos, era el medio por el cual se les humillaba nuevamente tras la derrota. ”A La Trunfa le dieron una paliza y, sin dejar de maltratarla, la introdujeron en un cuarto del cortijo, donde la intimidaron” tendiéndola en el suelo, “obligándola a remangarse” y exhibir “sus partes genitales; hecho esto, el sargento, esgrimiendo unas tijeras, las ofreció al falangista Joaquín Barragán Díaz para que pelara con ellas el vello de las partes genitales de la detenida, a lo que este se negó; entonces el sargento, malhumorado, ordenó lo antes dicho al guardia civil Cristóbal del Río, del puesto de El Real de la Jara. Este obedeció y, efectuándolo con repugnancia, no pudo terminar, y entregó la tijera al jefe de Falange de Brenes, que terminó la operación. Y entre este y el sargento terminaron pelándole la cabeza”.
Tras la guerra llegaron las incautaciones de bienes, que no fueron palacios, ni grandes casas. Se llevaron lo poco que tenían: las gallinas, los aperos, las mantas, el colchón…
Llegó, por supuesto, el hambre, la otra matanza con la que el franquismo doblegó aún más a una población aterrorizada.
Llegaron también los campos de concentración, y los trabajos forzados, y la censura, y las torturas, y los estados de excepción, y las redadas, y las cárceles, y el Tribunal de Orden Público…
La guerra contra el fascismo no acabó el 1 de abril de 1939. No ha acabado. El franquismo nunca dejó de matar, de reprimir, de encarcelar… Lo hará hasta el último aliento que le quede.
https://www.lamarea.com/2019/03/29/la-guerra-que-guerra-no-acabo-el-1-de-abril-de-1939/

Picornell fue un “personaje absolutamente rompedor”, una persona que consiguió desmontar “el rol tradicional de las mujeres” a principios del siglo XX, como comenta el historiador David Ginard Féron. Autor de Aurora Picornell: feminismo, comunismo y memoria republicana en el siglo XX (2018) y de Aurora Picornell: de la historia al símbolo (2017), Ginard es uno de los expertos más reconocidos en este ámbito. “Picornell es el icono perfecto: tiene un nombre emblemático, es mujer y, además, activista. Hasta hay camisetas de ella”, comenta.
Nacida en 1912, Picornell destacó desde muy joven en una sociedad cerrada, católica y tradicional como la mallorquina. Ginard comenta que Picornell se movió en dos ámbitos novedosos para la mujer de la época: el laicismo –en 1930 pasó a formar parte de la Liga Laica de Mallorca– y el feminismo –en 1928 hizo el prólogo del libro La mujer, ¿es superior al hombre?, de la escritora Margarita Leclerc. Picornell dio importantes pasos en el feminismo de los años 30 y fue la primera en impulsar actividades por el día de la mujer en Baleares en 1934.
Tras la instauración de la Segunda República, Picornell se incorporó en el Partido Comunista de España y se convirtió en “la figura más importante del partido en la isla, a pesar de ser solo una militante”, afirma Ginard. Su capacidad de oratoria, unida a su empatía y movilización constante, la llevaron a dar el salto al mundo sindical: como se dedicaba al textil, al igual que gran parte de las mujeres mallorquinas, organizó el Sindicato de Sastrería de Mallorca.
La sastre Picornell adquirió una “enorme popularidad”, como recuerda Ginard. “Incluso, las personas jóvenes escribían cartas a la prensa obrera diciendo que querían ser como ella”, recuerda el historiador. Por ello, no le sorprende que fuera una de las primeras personas en ser detenidas tras el golpe militar el 18 de julio de 1936. Mallorca estuvo, desde el principio, en la zona sublevada. Picornell fue llevada a la prisión provincial de Palma, mientras el régimen franquista tumbaba la República.
Poco tiempo duró en prisión: en la noche de reyes de 1937, del 5 al 6 de enero, el régimen la mató. Tenía 24 años. “Fueron unas circunstancias particularmente trágicas, la asesinaron junto a cuatro mujeres, una era una madre que estaba con sus dos hijas”, dice Ginard. Las cinco fueron asesinadas mediante la técnica de las “sacas de presos“: con una orden de liberación firmada por el gobernador civil, los agentes sacaban a los prisioneros para “ponerlos en libertad”, aunque en realidad terminaban matándoles a sangre fría.
Picornell y sus cuatro compañeras fueron asesinadas en el cementerio de Porreres. El cuerpo de la sastre fue enterrado en la fosa común del Camposanto y sus restos no han sido localizados. Pero la tragedia en torno a la Pasionaria de Mallorca no terminó tras su asesinato: el franquismo también mató a su padre y a sus dos hermanos. Además, su marido, al acabar la Guerra Civil, intentó organizar la resistencia en el Partido Comunista. Acabó detenido, torturado y asesinado (*).
Picornell ha vuelto a ser noticia tras la instalación de un busto suyo en el barrio de El Molinar (Palma), gracias a la iniciativa “Mallorca té nom de dona”, del Consell Insular. “El objetivo es poner, en el espacio público, nombres de mujeres que han significado mucho para la isla”, explica Jesús Jurado, vicepresidente segundo y conseller. La familia dice que está “muy contenta de que se reconozca la figura de Aurora y de que se haya hecho al menos un poco de justicia”.
No es casualidad que Picornell sea una de las mujeres escogidas para feminizar el espacio público. “Ella ha sufrido un proceso de simbolización. La sociedad la ha convertido, mientras estaba viva y una vez muerta, en un icono”, comenta Ginard. El historiador menciona, incluso, todas las teorías que giran en torno a la sastre: por ejemplo, que uno de los asesinos se paseó por los bares de El Molinar con un sujetador de Picornell lleno de sangre. “Es parte de la cultura popular, aunque solo sea una de los 1.5000 republicanos muertos en Mallorca”, concluye.
https://www.eldiario.es/sociedad/Aurora-Picornell-pasionaria-Mallorca-republciana_0_879462265.html
(*) El marido de Aurira Picornell se llamaba Heriberto Quiñones.
Su extrema brutalidad y la fiereza de sus zarpazos le valió el apodo de La Tigresa, aunque otros prisioneros decidieron denominarla ‘Brígida la Sanguinaria’. Aquella mujer alta, rolliza, de espeso cabello castaño, gozaba fustigando a los internos que con miedo, ni tan solo se atrevían a mirarla a la cara. Hildegard Lächert parecía un “demonio demente”, tal y como aseveraban los supervivientes.
Era como si una fuerza maligna se hiciera dueña de su mente y de su cuerpo. Hasta la expresión de su cara se tornaba cuando sentía esa violenta necesidad de golpear y asesinar. Esta guardiana fue el “azote sádico” de campos de concentración nazis como Majdanek o Auschwitz. Pero tras quedar en libertad, la sorpresa llegó cuando se convirtió en una agente espía de la CIA.
Esta temida criminal nazi, de nombre completo Hildegard Martha Lächert, había nacido el 20 de enero de 1920 en Berlín. En cambio, lo único que se conoce de ella es que se dedicó a la enfermería en la capital alemana y que tuvo varios hijos. Dos de ellos antes de los 22 años y justo antes de ingresar en el campo de concentración de Majdanek como Aufseherin (vigilante); y el tercero lo tuvo en 1944 mientras servía en el centro de exterminio de Auschwitz.
Apuntar primeramente que Lächert ni siquiera formaba parte del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP) antes de ser guardiana, simplemente decidió alistarse para “ayudar” en el Frauenlager (campamento femenino) de Majdanek. Su profesión como enfermera podría servirles de mucho al personal del campo en cuestión. Aunque como veremos, sus tareas se extralimitaron.
Durante sus andanzas en este centro de internamiento algunas testigos como Janina Latowitcz, contaron durante el juicio de Majdanek que Lächert “era como una bestia, hambrienta de sangre”. Se trataba de una mujer perversa y retorcida. A pesar de tener dos hijos pequeños, los niños sufrieron los peores maltratos. Era como si les profesase un odio especial. La Aufseherin era el “azote sádico del campo”, como llegó a argüir otra de las supervivientes.
Pese a que físicamente tenía apariencia de “buena niña” e incluso “muy bella”, Henryka Ostrowska declaró que “cuando hablaba con los hombres de las SS o con sus camaradas, era encantadora y muy divertida. Pero cuando nos hablaba y nos golpeaba, la cara era horrible. La cara, no era la cara de una mujer”.
El sobrenombre de “Brígida la Sanguinaria” no era por casualidad. Le encantaba azotar a las reclusas hasta que la carne empezaba a sangrar a borbotones. Aquella “puta sádica brutal”, como la denominaba su compañera Christa Roy, se divertía jugando con el látigo, azotando una y otra vez la espalda y el pecho de los presos. Ninguna parte de su cuerpo se libraba de su seña de identidad.
Por otro lado, Lächert siempre salía bien armada a pasear por el campo. Portaba una pistola y siempre alardeaba ante los reos de ser una buena tiradora. Era la mejor manera de infundirles pavor. Otras veces, cuando veía a alguien robando comida, utilizaba una barra de metal. En ese instante, La Tigresa embestía atrozmente contra la víctima hasta dejarla sin conocimiento.
Curiosamente, el mayor Schiffer presentaba a la guardiana como un modelo de mujer nazi, ya que mostraba una “firmeza necesaria”. Esta descripción chocaba de lleno con la que hacían sus reclusas que manifestaban que la Hildegard normalmente corría por el campo gritando como alma que lleva el diablo, mientras abofeteaba a todo aquel que no se quitase el sombrero cuando pasaba.
De las 500.000 personas que poblaban el campamento, la mitad fueron asesinadas impunemente y seleccionadas a morir en las cámaras de gas. La exagerada irritación que sentía hacia los niños de Majdanek, la llevaron al menos en dos ocasiones, a gasear a grupos de más de cien pequeños. Para conseguirlo, les daba caramelos. De este modo se ganaba su confianza a la hora de subirlos a los camiones.Por otro lado, durante el último año de servicio en el campo, Lächert se quedó embarazada y tras dar a luz a su tercer hijo, en 1944 deciden trasladarla al campo de concentración de Auschwitz. Allí permaneció hasta el mes de diciembre. Escapó cuando se enteró de la inminente llegada del Ejército Soviético.
Pero las referencias sobre lo que ocurrió después no son concluyentes. Hay informes que sitúan a Hildegard como supervisora de Bolzano, un campo de detención en el norte de Italia, mientras que otros insisten en que estuvo en el campo de Mauthausen-Gusen en Austria.
Sea como fuere, el 24 de noviembre de 1947 la Tigresa se sentó en el banquillo de los acusados con otros 23 ex miembros de las SS, en el famoso juicio de Auschwitz. Entre los procesados de esta primera vista judicial celebrada en Cracovia (Polonia), destacaron criminales como María Mandel, Luise Danz, Alice Orlowski o Therese Brandl.
El 22 de diciembre el Tribunal llega a un veredicto y condena a Hildegard Lächert a 15 años de prisión por los crímenes de guerra cometidos en Auschwitz y Płaszów. Enviada a una cárcel de Cracovia, la ex Aufseherin pasa allí parte de su pena. Tan solo nueve de los quince años que le impusieron. Queda en libertad en 1956.
Durante casi veinte años Hildegard recuperó su vida. Se hizo ama de casa, cuidó de sus pequeños y pasó desapercibida entre la comunidad de vecinos. Pero cuando parecía que todo había acabado para la ex guardiana nazi, el gobierno alemán decide reabrir el caso y detener a 16 antiguos vigilantes del campo de concentración de Majdanek. Entre ellos, Lächert.
Este proceso -considerado uno de los más largos en la historia de los crímenes de guerra nazi- se inició el 26 de noviembre de 1975 y concluyó el 30 de junio de 1981 en una Corte de Düsseldorf. Uno de los principales motivos por los que se alargó tanto fue que la mayoría de los testigos no querían que sus antiguos verdugos los vieran, ni pasar de nuevo por el horror de contar lo sucedido.
Respecto al iracundo comportamiento de Lächert en el campo de concentración, gran parte de los testigos la describieron como la “peor” persona de todo el campo, “la más cruel”, “la bestia”, “el pánico de los reclusos”.
Se la acusaba de ser cómplice de más de 1.200 asesinatos. Pero uno de los principales cargos que se le imputaron fue el de haber incitado a uno de los perros que siempre la acompañaba, a que atacase a una presa judía. Su único delito: haber sido violada y embarazada por un oficial de las SS del que la Aufseherin se había encaprichado. El animal acabó destrozando a la confinada.
También se la imputó por emplear constantemente una fusta de montar reforzada con bolas de acero y con la que provocó la muerte a más de un preso; de disparar a sangre fría a una judía griega después de que su perro le diese caza; de ahogar a dos internas en el pozo negro por no haber limpiado suficientemente los retretes del campo; y como no, de formar parte en la selección a las cámaras de gas.
En su defensa, la acusada intentó negar lo sucedido: “Yo nunca lesioné gravemente o maté a nadie, ni siquiera tomé parte en la selección” de personas para ser asesinados. Aún así, “Brígida la Sanguinaria” se enfrentó a ocho cadenas perpetuas por los cargos anteriormente citados. Y finalmente, el Tribunal la condenó a 12 años de prisión.
Cuando la gente congregada en la abarrotada sala escuchó la sentencia y el veredicto, comenzaron a gritar y exclamar: “Esto es un escándalo” y “una ofensa para las víctimas del nazismo”. De todos los inculpados, solo uno de ellos fue condenado a cadena perpetua. Aquel 30 de junio de 1981 terminó en Düsseldorf “el último gran juicio” del nazismo bajo las airadas protestas de los asistentes.
Tras cumplir su pena, Hildegard Lächert fue puesta en libertad y pasó sus últimos años en su ciudad natal, Berlín, donde murió en el año 1995. Sin embargo, una investigación realizada por el semanario alemán Der Spiegel en 2016, reveló entre otras cosas que salió antes de tiempo de prisión y que llevó una doble vida tras el proceso judicial. Parece ser que tanto la Agencia Central de Inteligencia norteamericana (CIA) como el Servicio Federal de Inteligencia alemán (BND), reclutaron a esta asesina como espía para luchar contra la antigua Unión Soviética y los países socialistas.
“Por primera vez ha quedado demostrado que una vez que concluyó la Segunda Guerra Mundial los servicios secretos de los países occidentales reclutaron no sólo a criminales nazis hombres, sino también mujeres”, explica la publicación germana. Porque ambas instituciones gubernamentales “sabían a quien tenían en sus filas”. Tras varios años de espionaje, las agencias de inteligencia finalmente prescindieron de sus servicios por un curioso motivo: hablaba demasiado.

Uno de esos tópicos es la abolición de la esclavitud por parte del Lincoln, que dio lugar a la Guerra de Secesión en Estados Unidos. Da la impresión de que Lincoln era enemigo de la esclavitud, mientras los sudistas se oponían a ella.
Sin embargo, cuando se lee la declaración de abolición de la esclavitud firmada por Lincoln, lo que aparece es que sólo concierne a los Estados del sur.
También es falso suponer que los esclavos obtuvieron su liberación en 1862 gracias a Lincoln. De los más de tres millones de esclavos que había en los Estados Unidos, sólo 200.000 fueron liberados.
La proclama de Lincoln se llevó a cabo en dos etapas. El 22 de septiembre de 1862 el Presidente firmó un primer decreto que declaraba libre a todo esclavo que viviera en el territorio de la Confederación no controlado por la Unión. El segundo decreto, de 1 de enero de 1863, enumera explícitamente los territorios afectados.
Cuando hacía campaña para las elecciones al Senado de 1858, Lincoln expuso su punto de vista en un discurso en Columbus:
“Por lo tanto, diré que no estoy ni he estado por la igualdad política y social de los negros y los blancos, que no estoy ni he estado nunca a favor de que los negros voten ni formen parte de los jurados, ni por el hecho de formarlos para que desempeñen estas funciones, ni a favor de los matrimonios mixtos; y diré además que existe una diferencia física entre la raza blanca y la raza negra, que siempre prohibirá que las dos razas vivan juntas en condiciones de igualdad social y política. Y en la medida en que no pueden vivir juntas, deben coexistir, y para ello es necesario que haya una posición de superioridad e inferioridad, y yo, como cualquier otro hombre, estoy a favor del hecho de que la posición de superioridad se atribuya a la raza blanca“.
Este principio lo volvió a repetir cuatro años más tarde, en 1862, pocos días después de proclamar la emancipación de los esclavos, en un discurso dirigido a los propios negros. Básicamente, lo que les dijo es que el hecho de ser libre no significa ser igual a los blancos.

No se esperaba nada extraordinario aquel 8 de octubre de 1950 en el aeródromo soviético de Sujaia Retchka, en el Lejano Oriente ruso. A pesar de la guerra desenfrenada que se desató en Corea a unos cientos de kilómetros al sur, nadie podía sentirla aquí.
Junto con Estados Unidos, la Unión Soviética participó en la guerra, pero los soviéticos se limitaron a proporcionar armas y asesores militares a los norcoreanos. Los enfrentamientos aéreos entre los pilotos soviéticos en los MiG-15 y los americanos en los F-86 en el cielo coreano aún no habían comenzado.
Parecía que el personal de servicio asignado al 821 Regimiento de Aviación de Combate en Sujaia Retchka no tenía nada que temer. Sin embargo, estaban completamente equivocados: la guerra salió de su caja como un demonio.
Después de volar más de 100 kilómetros sobre territorio soviético, dos aviones de combate americanos Lockheed P-80 Shooting Star aparecieron sobre Sujaia Retchka y abrieron fuego.
El ataque estadounidense dañó a seis combatientes soviéticos en el suelo y quemó a uno de ellos. Afortunadamente, no hubo víctimas.
Irónicamente, los aviones estadounidenses también atacaron a los cazas estadounidenses, Bell P-63 Kingcobras, que habían sido entregados a la Unión Soviética durante la Segunda Guerra Mundial como parte del contrato de préstamo.
El regimiento soviético en el aeródromo se quedó corto y no reaccionó en absoluto. Sus cazas no tenían combustible y, aunque lo hubieran tenido, los Kingcobras de pistones habrían tenido pocas posibilidades de alcanzar a los Shooting Stars.
Sin embargo, la alerta general se disparó y la información sobre el ataque se transmitió inmediatamente a los dirigentes de Moscú.
Los dirigentes soviéticos quedaron perplejos y no podían determinar si se trataba de un error de pilotaje o del comienzo de la Tercera Guerra Mundial.
La Fuerza Aérea Soviética estaba en alerta máxima. Los nuevos aviones de reacción MiG-15 se trasladaron rápidamente al Lejano Oriente. Poco después, participaron en la batalla por Corea.
Nikolai Zabeline, piloto del 821 Regimiento de Aviación de Cazas, recordó: “Después del ataque, el regimiento fue puesto en alerta en combate por primera vez desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Las 24 horas del día, estábamos sentados en el avión o cerca de él. Se acercaba una sensación de guerra…”
Al día siguiente del incidente, la Unión Soviética presentó una queja ante la ONU sobre el ataque estadounidense al aeródromo.
De hecho, la Fuerza Aérea de Estados Unidos no había planeado atacar territorio soviético. Su objetivo era un aeródromo norcoreano cerca de Chongjin.
Debido a errores de navegación, ambos aviones se perdieron y entraron en el espacio aéreo soviético. Localizaron un aeródromo no identificado y lo consideraron su objetivo. Las grandes estrellas rojas pintadas en los aviones no los disuadieron, porque los estadounidenses pensaron que era el emblema de la Fuerza Aérea de Corea del norte.
Las primeras dudas aparecieron cuando los aviones enemigos no se incendiaron. Esto significaba que no se les suministraba combustible y, por lo tanto, no estaban preparados para el combate. Un avión de combate sin combustible era impensable en un aeródromo militar norcoreano.
A la vuelta, los pilotos vieron una isla que no esperaban ver. Uno de los pilotos, Alton Quanbeck, recordó en un artículo escrito para el Washington Post titulado “My Brief War Against Russia”: “Oh, oh, oh, oh, pensé, no había ninguna isla cerca de Chongjin”.
Después de analizar los datos de la base aérea, se confirmaron las sospechas: un avión estadounidense había atacado un aeródromo soviético.
El comandante de los pilotos, el General de División Earl E. Partridge, dijo a los dos pilotos: “Por esta misión o se les concede la Cruz al Servicio Distinguido o un consejo de guerra”.
El 20 de octubre el presidente de Estados Unidos, Harry Truman, al hablar ante la ONU, admitió su culpabilidad y declaró que el ataque al territorio de la Unión Soviética fue “el resultado de un error de navegación y de cálculo erróneo” por parte de los pilotos.
Los dos pilotos -Alton Quanbeck y Allen Diefendorf- se enfrentaron a un tribunal militar, pero lo hicieron bien. Fueron reasignados a bases en el Japón y Filipinas, respectivamente.
La parte soviética aceptó las disculpas, pero no confió plenamente en ellas y consideró el ataque como una provocación.
Debe estar conectado para enviar un comentario.