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‘Los indeseables’: la eugenesia esterilizó a 166.000 personas en Suecia

Entre 1934 y 1975 se llevaron a cabo en Suecia 63.000 esterilizaciones de “indeseables” por motivos de eugenesia o limpieza racial.

Todo esto tuvo su origen en 1921, cuando el parlamento sueco inventó una seudociencia y aprobó la fundación del Instituto Estatal para la Biología de las Razas. Dicho instituto clasificó a los suecos según los distintos tipos raciales.

Durante el primer año desde su creación, más de 100.000 personas, la mayoría laponas, fueron medidas y fotografiadas desnudas. Los médicos suecos de este perverso experimento racial, les medían el perímetro craneal así como la altura de la cabeza.

Los autores de esta muestra de racismo, mantenían que un lapón no debía casarse con un sueco, ya que el fruto de ese matrimonio sería un “indeseable”.

Toda la documentación que recoge este experimento, está guardada en la Biblioteca Universitaria Carolina Rediviva en la Ciudad de Uppsala. Aproximadamente 13.000 fotografías de personas desnudas se guardan entre sus paredes, fotografías que revelan uno de los mayores episodios de racismo de la historia.

Existen artículos que reflejan cuáles razas son menos “indeseables“, así como la recomendación de la esterilización de algunas razas como eugenesia o higiene racial. La mayor limpieza se centró en los lapones.

Científicos defensores de la eugenesia, con la argumentación de la pureza y superioridad racial, exigieron una Ley de esterilización cuyo único objetivo era preservar la “raza blanca” sobre las demás.

En 1934 se aprobó la ley que permitió la esterilización de “los indeseables” en el parlamento sueco bajo el consenso de todos los partidos políticos y, fue ratificada de nuevo en 1941.

Entre 1970 y 1996, 166.000 personas fueron esterilizadas siguiendo la seudociencia eugénica. El Instituto de Biología Racial de la Universidad de Uppsala llevó a cabo una política racial propia de los nazis, bajo el beneplácito de la sociedad sueca.

Los “demócratas suecos” llevaron a cabo una limpieza racial esterilizando a gitanos, judíos, lapones y personas de raza mixta. En 1997 se reconocieron solo 60.000 de todas las esterilizaciones. Se indemnizó a algunos de los afectados, lo que no ha podido deshacer nada de lo sucedido.

https://elestado.net/los-indeseables-eugenesia-suecia/

‘Prohibida la entrada a los perros y a los chinos’ (70 años de la fundación de la República Popular de China)

El general nacionalista Chiang Kai-skek
Manlio Dinucci

Hace 70 años, el 1 de octubre de 1949, Mao Zedong proclamó el nacimiento de la República Popular de China desde la puerta de Tien An Men. El aniversario se celebrará hoy [ayer] con un desfile militar frente a la histórica puerta de Beijing. Desde Europa hasta Japón y Estados Unidos, los principales medios de comunicación lo presentan como una ostentación de fuerza de un poder amenazante. Prácticamente nadie recuerda los dramáticos episodios históricos que llevaron al nacimiento de la Nueva China.

Desaparece así China reducida a un Estado colonial y semicolonial, sometido, explotado y desmembrado, desde mediados del siglo XIX, por las potencias europeas (Gran Bretaña, Alemania, Francia, Bélgica, Austria e Italia), por la Rusia zarista, por Japón y por los Estados Unidos. Así, el sangriento golpe de Estado llevado a cabo en 1927 por Chiang Kai Shek -apoyado por Estados Unidos- que exterminó a gran parte del Partido Comunista (nacido en 1921) y masacró a cientos de miles de obreros y campesinos fue eliminado.

No se menciona la Larga Marcha del Ejército Rojo, que, iniciada en 1934 como una desastrosa retirada, fue transformada por Mao Zedong en uno de los mayores logros políticos y militares de la historia.

Se olvida la guerra de agresión contra China desencadenada por Japón en 1937: las tropas japonesas ocupan Beijing, Shanghai y Nanjing, matando a más de 300.000 civiles en esta última, mientras que más de diez ciudades son atacadas con armas biológicas.

Se ignora la historia del Frente Unido Antijaponés, que el Partido Comunista forma con el Kuomintang: las tropas del Kuomintang, armadas por Estados Unidos, por una parte luchan contra los invasores japoneses y, por la otra, imponen un embargo en las zonas liberadas por el Ejército Rojo y concentran la ofensiva japonesa contra ellos; el Partido Comunista, que pasó de 40.000 a 1,2 millones de miembros, guía a las fuerzas populares de 1937 a 1945 en una guerra a la que el ejército japonés recurre cada vez más.

No se reconoce que, con su resistencia, que costó más de 35 millones de vidas, China contribuyó decisivamente a la derrota del Japón que, derrotado en el Pacífico por Estados Unidos y en Manchuria por la URSS, se rindió en 1945 tras el bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki.

Se oculta lo que sucede inmediatamente después de la derrota de Japón: según un plan decidido en Washington, Chiang Kai-skek intenta repetir lo que hizo en 1927, pero sus ejército, armado y apoyado por Estados Unidos, encuentran ante ellos al Ejército de Liberación Popular de alrededor de un millón de hombres y una milicia de 2,5 millones, respaldados por un amplio apoyo popular. Alrededor de 8 millones de soldados del Kuomintang fueron ejecutados o capturados y Chiang Kai-shek huyó a Taiwán bajo la protección de Estados Unidos.

Este es, en una síntesis extrema, el camino que llevó al nacimiento de la República Popular China hace 70 años. Una historia que raramente o no se explica en absoluto en nuestros libros de texto escolares, que están marcados por una visión eurocéntrica restringida del mundo, cada vez más anacrónica. Una historia borrada a sabiendas por políticos y formadores de opinión porque expone los crímenes del imperialismo, poniendo en el banquillo de los acusados a las potencias europeas, Japón y Estados Unidos: las “grandes democracias” de Occidente que se proclaman jueces supremos con derecho a establecer, sobre la base de sus cánones, qué países son democráticos y cuáles no.

Pero ya no estamos en el momento de las “concesiones” (áreas urbanas bajo administración extranjera) que estos poderes habían impuesto a China, cuando el Parque de Huangpu en Shanghai tenía prohibida la entrada “a los perros y a los chinos”.

https://ilmanifesto.it/70-della-rpc-la-cancellazione-della-storia/

Cuando Estados Unidos deportaba a los revolucionarios a la Unión Soviética

Peter Bianki, deportado a la URSS
Tras la Revolución de Octubre de 1917 Estados Unidos padeció una ola de pánico. “¡Que vienen los bolcheviques!” Era la demostración de que aquellla revolución no era “rusa” sino de que había alcanzado a todo el mundo, incluido Estados Unidos naturalmente.

En una ola así la prensa burguesa desempeñó un papel fundamental, como no podía ser de otra forma. Con sus mentiras, sus engaños y sus fraudes trataton de volver a la población en contra del movimiento obrero local.

Los anarquistas ayudaron lo suyo a la campaña de propaganda. En junio de 1919 un grupo dirigido por el italiano Luigi Galleani detonó bombas en ocho ciudades a lo largo de Estados Unidos contra jueces, funcionarios de inmigración y abogados.

Nadie resultó herido pero estimuló el clima de “guerra social”. Estados Unidos parecía estar en vísperas de una guerra civil o, lo que es peor, de una revolución bolchevique. Una de las víctimas los ataques, el abogado Alexander Mitchell Palmer, dijo en el Congreso que los revolucionarios estaban dispuestos a “levantarse y destruir al gobierno de inmediato”.

El asistente de Palmer era el futuro fundador del FBI, John Edgar Hoover, quien organizó las redadas, una ofensiva de detenciones de anarquistas y sindicalistas. Dado que la mayoría de ellos eran inmigrantes de Europa occidental y oriental, el gobierno decidió expulsarlos de suelo estadounidense.

El 21 de diciembre de 1919, 249 luchadores detenidos fueron llevados a bordo del barco Buford en el puerto de Nueva York y enviados secretamente a Rusia como si fueran un “regalo de Navidad de Estados Unidos para Lenin”. Las familias de los deportados sólo fueron informadas de la expulsión cuando el barco ya había partido.

La prensa lo celebró por todo lo alto y dio al barco un apodo bíblico: “Así como la partida del Arca que construyó Noé fue una promesa para la preservación de la raza humana, así también la partida del Arca Soviética es una promesa para la preservación de América”, tituló el New York Evening Journal.

El Saturday Evening Post compartía los mismos sentimientos: “El Mayflower trajo los primeros constructores a este país, el Buford se llevó los primeros destructores con él”.

Como Estados Unidos y la Rusia soviética no tenían relaciones diplomáticas en aquel momento, el barco fue enviado a través de Finlandia, aunque el gobierno soviético fue informado de su viaje y esperaban dar la bienvenida a tan ilustres invitados, incluyendo a los conocidos dirigentes anarquistas Alexander Berkman y Emma Goldman.

Goldman, conocida como “Emma La Roja”, relató el viaje: “Durante 28 días fuimos prisioneros. Centinelas a las puertas de nuestra cabina día y noche, centinelas en cubierta durante la hora en que se nos permitía respirar aire fresco todos los días. Nuestros semejantes estaban encerrados en barrios oscuros y húmedos, miserablemente alimentados, todos nosotros en total ignorancia de la dirección en la que íbamos. Sin embargo, nuestro espíritu era igual al de Rusia, libre, la nueva Rusia estaba delante de nosotros”.

El barco llegó finalmente a Finlandia, donde los pasajeros del “arca” fueron escoltados por el ejército finlandés hasta la frontera soviética. La mayoría de ellos habían nacido bajo el Imperio zarista, había luchado contra la autocracia y se vieron obligados a exiliarse. Ahora, esperaban quedarse en tierras soviéticas para siempre.

Acogidos calurosamente por el gobierno soviético, los pasajeros del “arca” comenzaron a encontrar su lugar en aquella situación convulsa. El destino de la mayoría de ellos sigue siendo desconocido, pero se han documentado los caminos tomados por algunas figuras clave.

Goldman y Berkman viajaron por todo el país, encontrándose con Lenin, dirigentes bolcheviques y ciudadanos comunes en su camino. Sin embargo, la realidad nunca coincide con las utopías ni con los sueños y la Revolución estaba asediada por una terrorífica guerra civil.

Las guerras siempre han desbordado a los anarquistas, sobre todo si son intelectuales, como Goldman y Berkman. El fusil pesa más que la pluma. Ocurrió en 1919, ocurrió en la guerra civil española y se ha repetido en la Guerra de Siria. Se desencantaron tan pronto como se habían encantado.

Cualquier obrero sabe algo que la intelectualidad radical ignora: las conquistas no sirven de nada si no se defienden. Una revolución proletaria no se acaba con la toma del poder político; más bien es entonces cuando empieza de verdad. Quien no esté dispuesto a defender una revolución es mejor que se quede en su casa.

En 1921, poco después del aplastamiento de la revuelta de los marineros de Kronstadt, Goldman y Berkman abandonaron el país, para no volver nunca más. Desde entonces se dedicaron a lo que mejor sabían hacer: escribir, sobre todo en contra de la URSS.

Sin embargo, Goldman y Berkman no eran la norma sino la excepción. Un obrero como Peter Bianki, dirigente del poderoso Sindicato de Trabajadores Rusos en Estados Unidos, entendió la Revolución cabalmente.

A diferencia de los intelectuales, se puso “manos a la obra”. Ayudó a restaurar el sistema de transporte en Siberia, que había sido dañado durante la guerra civil y sirvió como funcionario del gobierno municipal en Petrogrado e incluso como comisionado adjunto a bordo de un barco hospital en el Mar Báltico.

El 10 de marzo de 1930 Bianki y otros diez militantes y funcionarios del Partido Comunista fueron asesinados durante uno de los levantamientos antisoviéticos en la región de Altai. Todos ellos fueron proclamados héroes de la revolución socialista.

La institucionalización del horror en las cárceles franquistas: trabajos forzados, hacinamiento, hambre y muerte

Una vez finalizada la II Guerra Mundial, en la segunda mitad del siglo XX, se generalizó entre la población mundial el conocimiento de los campos de concentración y su pavorosa realidad. A partir de entonces, su sola evocación causa un estremecimiento, un sentimiento de horror que tiene que ver fundamentalmente con el desprecio de las vidas humanas. Víctimas que lo son por quiénes eran y a las que sus verdugos privaron de su razón de ser, del sentido de la existencia. Los nazis lo expresaron como «vidas indignas de ser vividas». El rostro del mal.

Hasta tiempos relativamente recientes, la presencia de campos de concentración en la España de la Guerra Civil y la Postguerra ha sido un hecho generalmente desconocido, condenado a la desmemoria. Aunque con distinta caracterización, profusión, intencionalidad y resultados, su existencia fue un asunto común al bando franquista y al republicano mientras duró la contienda.

Las penurias, el miedo, la enfermedad y la muerte formaban parte del día a día de los campos de concentración que operaron en España entre 1936 y 1947. Sin embargo, su finalidad no radicaba en el asesinato sistemático de sus ocupantes, por lo que no hay que confundirlos con campos de exterminio. El objetivo de estos últimos era la aniquilación sistemática, el genocidio, habitualmente de judíos, gitanos, homosexuales, comunistas, rojos españoles, etcétera. (ahí está el recuerdo de los campos nazis de Auschwitz, Treblinka, Jasenovac, Belzec…). En todo caso, más allá de su dimensión física, los campos de concentración configuran espacios históricos y simbólicos para las generaciones posteriores a su existencia.

El campo semántico de la represión política y el control social que padeció la población opuesta o desafecta al régimen franquista es abundante e incluye denominaciones como: campos de concentración, Batallones de Trabajadores, Batallones Disciplinarios de Soldados Trabajadores, depósitos, Destacamentos Penales, cárceles, talleres penitenciarios, Colonias Penitenciarias Militarizadas, Regiones Devastadas, hospitales penitenciarios… El régimen franquista utilizó la expresión «horda de asesinos y forajidos» para referirse a los prisioneros de guerra.

Con carácter general, podemos definir los campos de concentración franquistas como recintos provisionales dependientes del ejército en cuyos límites se encuentran recluidos, en condiciones infrahumanas, combatientes republicanos y población civil privados de libertad de modo arbitrario, que no han sido sometidos a juicio previo, tan solo a una clasificación, y que tampoco disponen de garantía judicial alguna.

Los campos de concentración franquistas tuvieron un carácter provisional y disperso a lo largo y ancho del territorio español. Según las investigaciones más recientes, hasta 1939 se crearon 286 recintos, permaneciendo 23 abiertos a finales de dicho año. Otros rasgos definitorios del sistema concentracionario franquista fueron la falta de coordinación y la masificación de la población prisionera. Su función social consistió en la represión, humillación y sumisión de toda persona encuadrada y clasificada de forma previa como disidente del nuevo régimen.

La caracterización de los campos de concentración franquistas se halla en estrecha relación con la evolución y larga duración de la Guerra Civil. Aunque la creación de los primeros campos se remonta al inicio de la contienda, su proliferación se produjo en los últimos meses de 1936, diseminados fundamentalmente por algunas localidades de la retaguardia de la mitad norte peninsular, cuando la acumulación de prisioneros de guerra y, en menor cuantía, civiles desbordaba ya las cárceles y los presidios.

De este funcionamiento preinstitucional e irregular se pasó en julio de 1937, al hilo del desmoronamiento del Frente Norte republicano, a uno oficial que vería la luz a partir de la publicación de una orden del General Franco en el Boletín Oficial del Estado con el título ‘Campos de concentración de prisioneros’, en la que urgía su creación. «S. E. el Generalísimo de los Ejércitos Nacionales ha dispuesto la constitución de una Comisión que, previos los asesoramientos necesarios y con la máxima urgencia, proceda a la creación de los Campos de Concentración de prisioneros…» Boletín Oficial del Estado. Burgos 5 de julio de 1937. Número 258

Ese mismo mes se instituyó la Inspección de Campos de Concentración de Prisioneros (ICCP), con el fin de gestionar la organización y control de estos lugares, así como dirigir la política concentracionaria. En la práctica predominaron la falta de previsión, el hacinamiento y el funcionamiento errático, existiendo apreciables diferencias entre los numerosos recintos habilitados.

De los más de medio millón de prisioneros que pasaron por los campos de concentración de Franco, más de 100.000 fueron recluidos en el año 1937; de ellos, casi la mitad cayeron en Cantabria. Una vez detenida o presentada la persona, la primera fase del proceso represivo era la clasificación. El criterio utilizado para tal fin partió de la Orden General para la Clasificación de Prisioneros y Presentados, dictada en marzo de 1937, anterior por lo tanto al nacimiento «oficial» de los campos de concentración franquistas. Se establecieron cuatro categorías en las que unas comisiones clasificatorias de naturaleza militar encuadraban:

a) Quienes eran afectos o no hostiles al Movimiento Nacional. En caso de haber formado en las filas enemigas, que lo hubieran hecho obligados. En este último supuesto podían ser considerados dudosos si no se conseguía información que los apoyara.

b) Quienes habían formado parte voluntariamente del ejército republicano y no tenían responsabilidades sociales, políticas o comunes. Indiferentes o desafectos leves.

e) Jefes y Oficiales del ejército republicano, quienes hubieran cometido actos de hostilidad contra las tropas franquistas, dirigentes y miembros destacados de partidos y sindicatos contrarios al nuevo régimen y también quienes fueran presuntos responsables de delitos de traición, rebelión o de orden social o político efectuados antes del comienzo del Movimiento Nacional (en la práctica se extendía hasta los sucesos revolucionarios de octubre de 1934). Desafectos graves.

d) Quienes eran presuntos culpables de delitos comunes.

En lo que constituye una inversión jurídica o justicia al revés, se trataba como sublevados a quienes habían permanecido fieles a la legalidad republicana. Eran las personas detenidas las que debían probar su inocencia, por lo que sus familias se lanzaban a la búsqueda de avales que la acreditaran. Habitualmente recurrían al alcalde, al cura, al Jefe de la Falange o a personas con poder para justificar documentalmente la exención de responsabilidades.

Sin contar los asesinatos cometidos por falangistas, otros grupos de paramilitares y también guardias civiles mediante las sacas de internos y los fusilamientos sin formación de causa, sobre todo durante la Guerra, se estima que dentro de los campos hubo más de diez mil víctimas debidas a las atroces condiciones en las que se desarrollaba la existencia diaria. La generación de terror en la población era un elemento consustancial a la propia existencia de los campos.

En síntesis, una vez clasificados, proceso no sujeto a ningún plazo temporal, el destino que esperaba a los internados en los centros era el siguiente: los afectos al Movimiento Nacional, en caso de que estuvieran en edad militar, pasaban a la caja de reclutas como trámite previo a la incorporación al frente al lado de los rebeldes. A los grupos de dudosos, indiferentes y desafectos leves se les reasignaba a los Batallones de Trabajadores o bien eran trasladados a otro campo, esperando un destino permanente. Los calificados como desafectos graves sufrían un consejo de guerra con el habitual resultado de elevadas penas de prisión o pena de muerte. Finalmente, aquellos que no había conseguido probar su inocencia de delitos comunes quedaban a disposición de la autoridad judicial que les correspondiera.

El despliegue concentracionario franquista no contempló la existencia de campos para mujeres de una forma regularizada. Ahora bien, consta su presencia en alguno de ellos y en determinados recintos que funcionaron como prisiones, normalmente a cargo de órdenes religiosas, como fue el caso de las Oblatas en Santander. Se estima que había en España, a principios de 1940, más de 40.000 mujeres encarceladas En este caso, a la represión general se suma la específica de género. A las mujeres se las castigaba, humillaba y reeducaba para que tomaran conciencia del papel subordinado que, en el marco del hogar y la familia católica, las esperaba al otro lado de los muros.

Igualmente, en cuanto familiar (madre, mujer, hermana…) de encarcelado o prisionero, las mujeres experimentaron otra vertiente represiva, ya que sobre ellas descansaron las tareas de sostenimiento familiar y de asistencia al detenido. En estas circunstancias se produjeron violaciones, amenazas y ruindades de todo tipo por parte de los guardianes de los campos.

Hacia finales de julio de 1938 el total de prisioneros y presentados en los campos de concentración alcanzó las 210.113 personas, de las que 37.674, casi un 18 por ciento, estaba pendiente de clasificación. De las ya encuadradas (172.439, algo más del 82 por ciento, aproximadamente) a un 58 por ciento se las consideró afectas a la causa, a más de un 20 por ciento como dudosas, en torno al 12 por ciento desafectas leves, más de un 8 por ciento como desafectas graves y a casi el 2 por ciento como delincuentes comunes.

https://www.eldiario.es/norte/cantabria/desmemoriados/Caracteristicas-evolucion-sistema-concentracionario_6_946715324.html

Cuando el soviet de los obreros ejecutó a la familia imperial zarista

La ejecución del zar Nicolás II y de la familia imperial en el sótano de la Casa Ipatiev de Ekaterimburgo, en la noche del 16 al 17 de julio de 1918, es la materia favorita de la prensa amarilla disfrazada de “historia”. En fin, otra cortina de humo para los amantes de los cuentos de príncipes y princesas que llega hasta la actualidad con la película de animación “Anastasia” que han obligado a tragarse a tantos niños.

Los principales autores de la ejecución la relataron con todo lujo de detalles, de manera oficial, aunque sus testimonios se mantuvieron secretos hasta el final de la Unión Soviética.

Cuando el ejército blanco recuperó temporalmente Ekaterimburgo unos días después de la ejecución, confiaron la investigación de la desaparición de los Romanov a un juez de instrucción, Nikolai Sokolov. Una copia de las actas de los interrogatorios que practicó se conservó en un monasterio ortodoxo en Estados Unidos. Los historiadores han tenido acceso a esa documentación y a las declaraciones de los testigos que participaron en la ejecución, que se hicieron públicos cuando se abrieron los archivos de la URSS. La comprobación cruzada de ambas fuentes permite obtener una idea relativamente cercana de los acontecimientos y de su motivación.

En agosto de 1917 la familia imperial se había refugiado en Tobolsk, en Siberia occidental, hasta que los bolcheviques llegaron al poder y en abril de 1918 los trasladaron a Ekaterimburgo, en los Urales, una ciudad industrial y, por lo tanto, con una gran población obrera. La consideraban más segura y, sobre todo, más alejada de los ejércitos blancos que en ese momento se encontraba en un periodo de formación.

Los alojaron en la Casa Ipatieff, custodiada por trabajadores locales dirigidos por Alexander Avdeyev y luego por Yurovsky, un miembro de la Cheka o policía regional.

La decisión de ejecutar a los Romanov la tomó el Comité Ejecutivo del Soviet Regional de los Urales, que tenía su sede en Ekaterimburgo precisamente. Previamente el Comité consultó a la dirección de los soviets en Moscú y Sverdlov, Presidente del Comité Ejecutivo Central y, en consecuencia, una especie de Jefe de Estado soviético, lo aprobó.

A punto de caer la ciudad en manos contrarrevolucionarias, el soviet de Ekaterimburgo quería evitar que la familia imperial fuera liberada por las tropas checoslovacas que avanzan y, sobre todo, satisfacer las demandas de la clase obrera local que constantemente criticaba la indulgencia de la que disfrutaban los Romanov, en un contexto en el que era urgente movilizar a los trabajadores para hacer frente a los ejércitos blancos.

Con un ejército enemigo a las puertas, la ejecución no pudo ser más improvisada. El soviet discutió varios modos de ejecutar a los Romanov: granadas, apuñalar a las víctimas mientras dormían o ejecutarlas con un revólver, que finalmente fue la solución elegida.

Cada participante en la ejecución dio su propia versión de los hechos, aunque probablemente fueron fusilados por un pelotón de 11 hombres con 12 revólveres Nagant, un revólver de gran calibre y dos pistolas de calibre medio: un mauser y una browning.

Luego fueron enterrados en un pozo de la mina, luego, unas horas después, se retiraron los cuerpos y se quemaron. Finalmente, volvieron a ser enterrados a pocos kilómetros bajo un camino de tierra que conducía al pueblo de Koptiaki.

En 1991 el análisis de los restos indicó que hubo incluso un intento de dispersarlos. El Presidente del soviet de Ekaterimburgo, Pavel Bykov, dijo que los obreros trataron de no dejar reliquias en manos de los contrarrevolucionarios que les permitieran jugar con los sentimientos de las masas populares más ignorantes e incultas.

Al día siguiente de la ejecución, la prensa local se limitó a mencionar la muerte del zar, por lo que algunos creyeron que los demás Romanov se habían salvado. Fue el punto de partida de la leyenda de la supervivencia de las Grandes Duquesas.

En 1998 los restos de la familia imperial fueron enterrados religiosamente en la Basílica de Pedro y Pablo en San Petersburgo, aunque la Iglesia Ortodoxa aún no se ha pronunciado oficialmente sobre su autenticidad hasta la fecha.

Todos los demás Romanov que no abandonaron la URSS fueron ejecutados sumariamente, sobre todo en Perm y Alapaevsk, en junio y julio de 1918. La casa Ipatieff fue arrasada por Yeltsin (secretario local) en 1977, por orden de Andropov, para evitar que se convirtiera en un lugar de peregrinación. En su ubicación actual hay una iglesia.

80 años del Pacto Molotov – Von Ribbentrop (una jugada maestra de la diplomacia soviética)

Desde hace 80 años el imperialismo utiliza el Pacto de no agresión entre Alemania y la URSS de 1939 para equiparar al III Reich con la URSS y a Hitler con Stalin, la manida expresión de “los unos y los otros” o el “ambos son iguales”.

Es una espina que tienen clavada en lo más hondo. Entre 2006 y 2009 la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa, el Parlamento Europeo y la Asamblea Parlamentaria de la OSCE aprobaron el canon ideológico por el cual el estallido de la Segunda Guerra Mundial se imputa a ambos países y el día de la firma del tratado, el 23 de agosto de 1939, lo convierten en el Día Europeo del Recuerdo de las víctimas del stalinismo y el nazismo.

El origen de esta ideología es la Guerra Fría. Al final de la Segunda Guerra Mundial Reino Unido y Estados Unidos buscaban justificar los nuevos planes de agresión militar contra la URSS y desviar la atención de la opinión pública mundial de su propia colaboración con la Alemania nazi. Luego, la caída de la URSS y el final de la Guerra Fría no acabaron con la campaña intoxicadora sino todo lo contrario. La demonización del Pacto se utilizó como pretexto para separar a los Estados bálticos y Moldavia de la URSS y luego acelerar su integración en la UE y la OTAN.

Los imperialistas presentan el Pacto dentro de una cadena de aberraciones históricas que manipulan hasta lo más evidente: cuando se firmó, la Segunda Guerra Mundial ya había comenzado, y no sólo en Europa. En 1936 comenzó la guerra civil española (y la “no intervención”) y al año siguiente estalló otra en el Lejano Oriente entre Japón y China.

En Europa, en marzo de 1938 Hungría ocupó la Ucrania subcarpática y en septiembre del mismo año Polonia invadió la región checoslovaca de Cieszyn. Alemania destruyó y ocupó Checoslovaquia el 14 de marzo de 1939, en violación de los términos del acuerdo anglo-francés-alemán-italiano, conocido como los Acuerdos de Munich, que rigen la transferencia a Alemania de los territorios checoslovacos de los Sudetes.

A principios de abril de 1939 Hitler ordenó la ejecución del plan Fall Weiss para la invasión de Polonia, que estaba previsto que comenzara el 25 de agosto del mismo año.

Con estos antecedentes, hay que tener muy mala baba para acusar a la URSS de iniciar la Segunda Guerra Mundial por la firma de un Pacto de no agresión.

Desde 1938 la URSS había estado en guerra en el Lejano Oriente con Japón, uno de los futuros impulsores de la Segunda Guerra Mundial. Al gobierno soviético se le plantéo, pues, un panorama muy peliagudo desde el primer momento: una guerra en dos frentes simultáneamente. Por lo tanto, cuando Alemania propuso a la URSS un acuerdo de no agresión, la suerte estaba echada.

Ningún país del mundo se hubiera negado a firmar. Polonia había firmado un pacto de no agresión con Alemania en 1934. Inglaterra y Francia habían firmado pactos mutuos de no agresión con Alemania en 1938. Estonia y Letonia habían formalizado sus relaciones con Berlín en 1939. La posición de Moscú fue la misma.

80 años después los “historiadores” con menos vergüenza, verdaderos lacayos del imperialismo, pretenden que el Pacto entre Alemania y la URSS constituía una conspiración entre dos “imperios totalitarios”.

No puede haber nada más irreprochable que la firma de un Pacto de no agresión. La URSS sabía que Polonia iba a ser aplastada por el III Reich, lo mismo que lo sabían los imperialistas británicos, por poner un ejemplo. ¿Acaso la URSS debía convertirse en garante de la integridad de Polonia, un país con el que había estado en guerra 20 años antes y que le había arrebatado una parte de su territorio?, ¿debía la URSS abandonar su neutralidad o ponerse del lado polaco?, ¿por qué motivo?

A pesar de todo (y de las permanentes muestras de hostilidad del gobierno polaco), la URSS le ofreció garantías de seguridad, que rechazaron.

Es igualmente falso que la URSS se repartiera el territorio de Polonia con el III Reich. La URSS recuperó las fronteras que había perdido durante la agresión de Polonia 20 años atrás. Dichas fronteras (la línea Curzon) no las estableció la URSS sino un ministro británico de Asuntos Exteriores y son las mismas que hoy existen porque fueron aprobadas en 1945 por el Tratado de Yalta, o sea, por los mismos que hoy critican el Pacto de 1939.

Dicho Pacto fue otra jugada maestra de la diplomacia soviética. Hasta entonces toda la política del imperialismo occidental, esencialmente británico y francés, había consistido en estimular al III Reich hacia el este a fin de que Alemania entrara en guerra con la URSS. Incluso habían promovido durante años una cruzada antibolchevique para luchar conjuntamente con Hitler en una guerra conjunta contra la URSS.

El tiro les salió por la culata y las instituciones de la Unión Europea aún se lamentan de ello.

Dos fiscales investigan las redes terroristas de la OTAN en Europa

El Primer Ministro sueco Olof Palme
Robert Harkavy y Patrik Baab, autores de un interesante libro sobre tres acciones de servicios secretos, creen que el asesinato del primer ministro sueco, Olof Palme, sucedido hace 33 años, podría aclararse. En una entrevista con NachDenkSeiten Baab explica que por primera vez el Fiscal general de Suecia, un veterano cercano a la jubilación de nombre Krister Petersson, está decidido a investigar en serio el asunto.

Palme fue asesinado la noche del 28 de febrero de 1986 a la salida del cine en Estocolmo. Un hombre se situó detrás de Palme y su mujer, disparó un único tiro letal al primer ministro y desapareció tranquilamente. La hipótesis oficial del asesino solitario queda relativizada por cierto movimiento de personas con “talkie-walkis” en los alrededores, así como por el hecho de que la decisión de los Palme de ir al cine fue casi improvisada y solo podía ser conocida por quienes hubieran pinchado su teléfono. Según Baab, el fiscal general Petersson cree en algo más realista: en la acción de un profesional con formación militar y con implicación de los servicios secretos locales. ¿En Suecia?

Se suele tener una idea de Suecia algo desdibujada. Al lado de figuras como Palme y de su tradición de socialdemocracia incisiva, el país presenta los mismos aspectos oscuros  de cualquier otro país europeo. No era miembro de la OTAN, pero disponía de su propio contingente de la red Gladio (Stay Behind). Parece que Petersson ha investigado en las tres direcciones, mas complementarias que excluyentes, que rodean a este caso. Primero, el asunto Iran-Contras mediante el que Ronald Reagan toreaba al Congreso entregando considerables cantidades de armas a Irán a través de países terceros entre ellos Suecia. Palme se opuso a ese asunto. Segundo, el 28 de febrero de 1986 faltaban tres semanas para una visita de Palme a Moscú en la que iba a negociar una zona desnuclearizada en Europa central y una Escandinavia neutral con Mijail Gorbachov. El ex líder soviético siempre ha considerado que, “no hay duda de que fue un asesinato político, porque amenazaba intereses muy poderosos partidarios de mantener el estado de cosas”. La neutralidad escandinava era considerada un peligro por la estrategia de la OTAN. Y tercero, Palme era un acérrimo adversario del régimen racista sudafricano, su país era el primer donante del Congreso Nacional Africano (ANC) de Nelson Mandela. Los documentos del régimen dejan bien claro que era considerado un enemigo. Los tres aspectos, juntos o por separado, hacen plausible un atentado atlantista. Y parece que el fiscal Peterssen investiga las tres líneas. Es su último trabajo y parece dispuesto a ir hasta el final, dice Baab, coautor del mencionado libro.

Y otra noticia en el mismo frente del terrorismo noratlántico (no esperen referencias en la prensa convencional que nunca ha mencionado este sensacional asunto): la fiscalía de Luxemburgo ha anunciado este verano que presenta cargos contra nueve personas, seis policías y tres investigadores en el asunto conocido como Bommeleeër.

Entre el 23 de enero de 1984 y el 25 de marzo de 1986, en Luxemburgo se cometieron 20 atentados con bomba sin víctimas y siete robos de explosivos y material electrónico para detonarlos. Algo nunca visto en este pequeño país, paraíso fiscal y oasis europeo en paz social y violencia política. Bombas sin motivo aparente ni reivindicación; contra postes de telecomunicaciones, el radar del aeropuerto, la piscina olímpica de Kirchberg el barrio de las instituciones europeas, con motivo de una cumbre europea, en los despachos de jueces y sedes policiales, en una planta de gas, contra el palacio de justicia… Atentados profesionalmente realizados, desvergonzados por su audacia. Aquella inusitada ola duró dos años y tres meses. Y dio lugar a un proceso sin precedentes, el proceso del siglo, el proceso Bommeleeër, literalmente “colocador de bombas”. Los cargos contra los nueve es una señal -no una certeza- de que este proceso aparcado desde hace cuatro años, podría retomarse. El nexo con Peterssen es que también aquí se adivina la sombra de la OTAN y su Gladio/Stay-Behind.

La historia del “stay behind”, una estructura clandestina dentro de la OTAN, ha sido reconocida hasta por el gobierno alemán, que dice haber disuelto la suya, compuesta por un centenar de hombres, al concluir la guerra fría en 1991. En los años sesenta, setenta y ochenta aquella red fue utilizada políticamente, surtiéndose de elementos de la extrema derecha europea pilotados por los servicios secretos americanos con la colaboración de sus homólogos europeos.

Fue en Italia donde se llegó más lejos en el conocimiento de la red local  del “stay behind”, conocida como Gladio. Reconocida por el primer ministro Giulio Andreotti en agosto de 1990, la investigación del Senado italiano sobre la red concluyó, en junio de 2000, que, “aquellas masacres, bombas y acciones militares (491 muertos y 1.181 heridos en 18 años), fueron organizadas, o promovidas o apoyadas, por hombres dentro de las instituciones del Estado italiano y, como se ha descubierto más recientemente, por hombres vinculados a las estructuras de la inteligencia de Estados Unidos”.

En Bélgica se relaciona al “stay behind” con la insólita e inexplicada ola de atentados registrada en el país entre 1983 y 1985 conocida como las masacres de Brabante (28 muertos y 40 heridos). Las armas y explosivos procedían del robo efectuado en una acción  clandestina de entrenamiento  de las fuerzas especiales norteamericanas en la localidad belga de Vielsalm, el 13 de mayo de 1984, en la que un gendarme belga resultó gravemente herido. El proceso por estos hechos lleva años empantanado en Bélgica.

Un activista de extrema derecha y ex mercenario belga en Katanga (ex Congo belga) llamado Dislaire, confesó haber sido contratado por los americanos para transportar al comando en la acción de Vielsalm. Dislaire dijo que también colaboró en la comisión de atentados en Luxemburgo. Ese es un cabo, entre otros, que vincula la trama del “stay behind” con la serie de Luxemburgo.

El caso del ‘chequista’ Saturnino Andrés Alba fusilado en Madrid por los fascistas tras la correspondiente farsa judicial

Fernando Hernández Holgado

Si buscamos en la red el nombre de Saturnino Andrés Alba, nos encontraremos con dos entradas de noticias suyas de un mismo periódico, el ABC, con una distancia de casi ochenta años. La primera pertenece al archivo histórico digital del medio: el 2 de mayo de 1939, un largo artículo con el título “Siguen practicándose detenciones de sujetos acusados de asesinatos y robos” desgranaba una larga lista de nombres asociados a crímenes, a cual más truculento, desde “capitanes rojos” a “responsables de checas”. Uno de esos nombres era el de Saturnino Andrés, “de la CNT, que formó parte de la checa del cine Europa; se le acusa de haber cometido numerosos asesinatos, entre ellos el de una religiosa”. Los periódicos de la época  Arriba, Ya, Informaciones- publicaban esta clase de partes oficiales para jalear la campaña represiva contra sus oponentes políticos. Aquellos que los abrían sabían leer entre sus líneas la cotidiana realidad que se desarrollaba detrás: la de una serie continua de encarcelamientos y ejecuciones en las mismas cárceles y, principalmente, en las inmediaciones del cementerio del Este o de la Almudena.

Resulta casi grotesco que solo en 2018 se haya podido aquilatar la cifra más o menos exacta de ejecuciones -por fusilamiento y por garrote- producidas entre abril de 1939 y febrero de 1944 en Madrid capital, en un trabajo encargado por el anterior Ayuntamiento -por la ya desaparecida Oficina de Derechos Humanos y Memoria, que facilitó el acceso de un equipo de historiadores a la documentación del cementerio-, y que hasta el momento asciende a 2.936, ochenta de ellas mujeres. El estudio sobre la cifra y datos básicos de estas 2.936 personas debía servir precisamente para inscribir sus nombres completos en un monumento proyectado en el cementerio de la Almudena por el prestigioso artista Fernando Sánchez Castillo, actualmente paralizado por el actual consistorio.

Fue precisamente para denostar este proyecto apenas presentado que el periódico ABC publicó una relación de 335 personas -de estas 2.936 ejecutadas- que, en su condición de presuntos “chequistas”, siempre según este medio, no debían figurar en el monumento proyectado. La página de portada del día 19 de febrero de 2018, con el titular “Carmena homenajeará a 335 chequistas en un Memorial”, recogía una relación de los nombres y apellidos de los mismos en telón de fondo, por detrás de una fotografía de Carmena. Así, cerca de ochenta años después, volvía a aparecer el de Saturnino Andrés Alba.

No me referiré aquí a la polémica surgida en su momento, que salpicó al ya desaparecido Comisionado de Memoria Histórica del Ayuntamiento, y en la que tuve ocasión de intervenir como responsable del equipo de historiadores mencionado. Por otra parte, las asociaciones memorialistas encabezadas por Memoria y Libertad, el colectivo de familiares de víctimas del franquismo en Madrid, llevan ya tiempo denunciando la situación por la parte que les toca. Mi intención es doble. La primera es la de examinar la documentación conservada sobre uno de estos 335 casos de “chequistas” y leerla con un sentido crítico, a la luz de otras fuentes e informaciones. La segunda es la de reflexionar, también como historiador, sobre esta mala práctica de utilizar la -mala- historia como arma política de ocasión, sin reparar en el daño que pueda hacerse a las familias de las personas mencionadas. Porque detrás de cada nombre, de cada uno de estos nombres que deberían figurar en el proyectado monumento de recuerdo, y que durante décadas han estado ocultados cuando no vilipendiados, hay una familia. Es una cuestión de rigor historiográfico, desde luego, pero también, y sobre todo, de sensibilidad moral. Y, para ello, bien podemos empezar con uno de esos 335 nombres a los que, casi ochenta años después de su ejecución sumaria, se pretende condenar por segunda vez al olvido remachando de paso la calumnia de la que fue víctima en 1939. Empecemos pues por Saturnino Andrés Alba, el presunto “chequista”.

1. La acusación

Había transcurrido justamente un mes desde la entrada oficial de las tropas sublevadas en Madrid cuando el albañil Saturnino Andrés Alba Millán, de 48 años de edad, fue detenido en el barrio de Tetuán donde residía por tres agentes del Servicio de Investigación Político-Militar (SIPM) de Cuatro Caminos, compuesto mayoritariamente por miembros de la Falange clandestina y policías y militares de la República que habían trabajado como “quintacolumnistas” durante la guerra. Eran Adolfo del Yerro, Gregorio Triviño y otro Saturnino, este de apellido Millán. Es de suponer que Adolfo del Yerro Rodríguez, la voz cantante de los tres, se había bregado como “quintacolumnista”, ya que justo un año atrás, a finales de abril de 1938 figuraba como sargento del Ejército de Maniobra en Madrid. Lo mismo podría decirse de Gregorio Triviño Utesa, nombrado auxiliar de la Dirección General de Seguridad en mayo de 1936. En este primer atestado policial, los tres agentes justificaron la detención alegando “fundadas” sospechas de que el albañil había pertenecido a la “checa” del cine Europa, en Cuatro Caminos, y de que había violado a una monja a la que asesinó después.

Saturnino Andrés firmó su declaración recogida a máquina con una firma llamativamente temblorosa –que contrastaría con las firmas posteriores de las sucesivas declaraciones ante el juzgado-, elocuente indicio del maltrato sufrido a manos de dichos policías. A veces un simple trazo irregular en un documento escrito puede informar tanto como las palabras que reproduce. Palabras, por cierto, que todo historiador debería someter siempre a crítica –al igual que ocurre con los “subjetivos” relatos orales- no tanto por lo que dicen sino por cómo lo dicen, y aún más por lo que ocultan. Porque, ¿sabemos de alguna dictadura del siglo XX que haya levantado escrupulosa acta de una sesión de tortura, práctica a la que tanto se recurrió, y más aún durante la posguerra española? La dictadura franquista no, desde luego. Y torturas hubo durante toda la dictadura, y especialmente en los exaltados y vengativos momentos de la conquista y ocupación del Madrid republicano.

En aquella primera declaración ante la policía de fecha 30 de abril de 1939, Saturnino reconoció haber pertenecido a la CNT –un dato habitual, dado que la sindicación fue obligatoria durante la guerra- y haber estado de guardia en el “Europa” cuando un tal “Cándido” y un tal “Avelino” llevaron un día al cine a una “monja medio desmayada y con las ropas desgarradas”, y que esa misma noche “los citados se la llevaron, acompañados por el declarante, en coche hasta las cercanías del Alto del Hipódromo”, donde le dispararon varios tiros y regresaron al Europa.

2. Un paréntesis: la sugestión de la palabra escrita

Hasta ahí esa primera declaración de fecha 30 de abril, escrita a máquina en el cuartel del SIPM, con la temblorosa firma de Saturnino debajo. Nunca deja de asombrarme el tremendo poder de sugestión de veracidad, casi fetichista, de la palabra escrita, sobre todo cuando se trata de un documento oficial, en este caso del subgénero político-jurídico. La sugestión no es otra que la de su presunta “objetividad” –en contraste con un relato a viva voz, en primera persona- pero un mínimo examen siempre nos informa de las importantes mediaciones que contiene. Para empezar, ese uso de la tercera persona –la del “declarante”- con el que se pretende mantener una distancia, objetivizar un relato con una frialdad que no puede contrastar más con la escena a la que, desgraciadamente, no podemos llegar más que con la imaginación, eso sí, partiendo de indicios: la de un hombre convertido en un animal acorralado. En segundo lugar, el lenguaje, que no es otro que es el de un formalismo secular –aquí se nos representa la importancia del funcionario escribiente, del secretario del atestado policial- en sus expresiones, tan alejadas seguramente del habla vulgar de los policías que detuvieron a Saturnino. El resultado no habría podido ser otro que respuestas construidas sobre las propias alambicadas preguntas, a partir de lo que seguramente no serían más que monosílabos pronunciados por el “declarante”, y concretamente el monosílabo buscado por los policías, el que justificaba la acusación.

3. De la comisaría a la cárcel

Pero volvamos a nuestro caso, y retengamos de momento los evanescentes detalles de la acusación: no hay apellidos, sino solo un tal Cándido y un cual Avelino, y la ejecución de una monja desmayada y con las ropas desgarradas. Cuando Saturnino vuelve a declarar, menos de quince días después, lo hace ya ante el juez militar de guardia de Chamberí, distrito al que pertenecía el comité de defensa instalado en el cine Europa desde la sublevación. Aquí se produce ya una importante diferencia por lo que se refiere al contexto de la declaración. Esta vez no se trata de la primera declaración obtenida seguramente bajo tortura en una dependencia policial, sino de una presentada ante el juez militar de guardia en ocasiones en la propia prisión, en locutorio judicial. Ha pasado ya algún tiempo, es posible que el acusado se haya recuperado físicamente en la prisión de Yeserías –por lo general todos los relatos orales coinciden en el alivio que suponía el paso de la comisaría a la cárcel- y haya podido armar de mejor manera su argumentación de defensa. Efectivamente, con fecha 13 de mayo, Saturnino empezó negando haber pertenecido a la “checa” del Europa y colaborado en ejecución alguna para afirmar, no sin un dejo de orgullo –imaginamos-, que había pertenecido a la UGT desde 1914 hasta 1934, y después a CNT. Continuó después reconociendo que se había presentado como voluntario en el Europa –que no en la “checa”- y que después estuvo “fortificando” en Toledo, donde prestó asimismo servicio en un hospital confederal.

Al contrario que en la declaración del atestado policial de abril, la declaración ante el juez militar de 13 de mayo resulta rica en datos y referencias de lugares, que no de nombres. Cabe aquí imaginar que no se trató de una ristra de monosílabos en respuesta a preguntas más o menos artificiosas o efectistas. El orgullo sindical del viejo albañil se manifestaba en el dato del reconocimiento de su primera afiliación a la UGT ni más ni menos que en 1914 –en los archivos policiales, los datos históricos de afiliaciones o actuaciones sindicales no solían retrotraerse más allá de 1934-, así como en su paso a la CNT, que seguramente algo tendría que ver con los sucesos de octubre. En esta primera declaración ante el juez, Saturnino reconoció también su incorporación como voluntario al “Europa”. No a la “checa” –término de los “otros”, que no de los propios- sino a lo que había significado “el Europa” del verano de 1936, un comité de defensa confederal que no se limitó a labores de seguridad interior en situación de guerra -y “revolución”- sino también a la la organización de abastos y repartos de alimentos, talleres, comedores sociales, formación política y actividades educativas. En cuanto a las labores de fortificación y asistencia en hospitales, no eran de extrañar en un hombre ya bien entrado en los cuarenta, poco apto por tanto para el combate en los frentes.

4. La instrucción

Cuando efectuó esta primera declaración ante el juez de guardia el 13 de mayo, Saturnino se hallaba encarcelado en la abarrotada prisión de Yeserías, una de las más de veinte que salpicaban la capital por aquel entonces. Poco más de una semana atrás su nombre había aparecido en la noticia de prensa reseñada al principio de este artículo como “acusado de haber cometido numerosos asesinatos, entre ellos el de una religiosa”, en tanto que componente de la “checa” del cine Europa. La prensa alimentaba por entonces los ánimos revanchistas sin escatimar hipérboles, como la de que catorce individuos habían sido acusados de cometer, solamente ellos, mil asesinatos, recogida en esa misma noticia.

La Auditoría de Guerra, órgano centralizador de la justicia militar, encargó el día 23 de mayo la instrucción de la causa al juzgado de instrucción número 5 de Madrid, de manera que todas las diligencias efectuadas hasta el momento se remitieron a dicho juzgado. Entre ellas, el puesto de la guardia civil de Tetuán –barrio donde estaba domiciliado el procesado- aportó informes de su actuación anterior a 1936, un clásico en la casuística de la represión franquista en Madrid, ya que al contrario de lo que ocurrió en otros lugares, como Barcelona, los archivos policiales de la capital se habían conservado durante toda la guerra. Estos archivos proporcionaron una munición importante para la instrucción de los sumarios militares de posguerra, donde el simple hecho de haber roto una farola durante la insurrección de octubre de 1934 podía reforzar gravemente la incriminación del perseguido.

En su declaración ante el juez instructor de 7 de junio de 1939, Saturnino solamente reconoció que había sido “obligado” a fortificar. Es posible que, conociendo por entonces otros casos similares al suyo en Yeserías, alterase su declaración convencido ya de que el simple reconocimiento de haber participado voluntariamente en labores de retaguardia le acarrearía una condena grave, para no hablar de la de haberse presentado como voluntario en el cine Europa, registrada incluso en prensa. En esa fecha aportó ya informes favorables de sus vecinos dirigidos al SIPM de Cuatro Caminos –su esposa y cinco vecinos más- acerca de su conducta moral, su carácter trabajador y el dato de que no estuvo envuelto en actos violentos durante la guerra. Seguramente hemos de ver aquí la mano de su esposa, como la de tantas mujeres que, con sus maridos en prisión, se afanaron en buscar avales favorables que nunca estaban exentos de peligro para aquellos que los firmaban. Y he aquí que tropezamos con la primera sorpresa, que hizo trastabillar la instrucción: el propio SIPM de Cuatro Caminos informó con fecha 9 de junio de que el procesado presentaba una “excelente conducta y era un excelente trabajador”.

Dadas las contradicciones obrantes en la causa, la instrucción hubo de prolongarse durante todo el mes de junio, cuando, tratándose de presunto autor o cuanto menos cómplice de la violación y del asesinato de una monja, el consejo de guerra y la consiguiente ejecución deberían haberse tramitado con gran celeridad. Durante esta instrucción prolongada, uno de los agentes del SIPM de Cuatro Caminos que lo detuvieron, Adolfo del Yerro Domínguez, se ratificó en sus acusaciones del 13 de mayo.

Vamos con la segunda sorpresa. Con fecha 23 de junio, la delegación de la Falange de Chamberí en Cuatro Caminos afirmó que Saturnino efectivamente estuvo en el “Europa” pero que trabajó después como encargado en el cementerio del Este, señalando que el procesado “no ha debido de tener una actuación muy destacada ni ha debido de participar en ningún hecho delictivo”. A la altura de la primavera de 1937, la plantilla de la necrópolis del Este había quedado mermada por las movilizaciones y los vacíos se cubrían con personal no cualificado, mayor de 45 años, nombrado por las organizaciones sindicales: seguramente ese sería el caso de Saturnino. Y haber trabajado en el cementerio del Este durante la guerra no supondría precisamente un grave cargo a ojos de las nuevas autoridades, al menos a partir de la primavera de 1937, con su director y consejero delegado de cementerios de Madrid, el cenetista Melchor Rodríguez, El Ángel Rojo, favoreciendo bajo mano a gentes de derechas con la concesión de nichos y tumbas. Y no ya la Falange de la delegación de Chamberí, sino el propio Ayuntamiento de Chamartín de la Rosa –al que pertenecía Saturnino en razón de su domicilio en Tetuán- en un informe de conducta firmado el 27 de junio afirmó ignorar que el procesado hubiera cometido crímenes.

5. La sentencia

Los informes parecían favorecer al procesado. Cualquier proceso judicial mínimamente garantista, incluso dentro de la jurisdicción militar, habría exonerado a Saturnino. Una primera declaración no ratificada realizada en condiciones harto especiales, una grave acusación formulada sin nombres completos -el de sus cómplices, el de la monja- ni detalles; varios informes oficiales no demasiado desfavorables –uno municipal, otro de la propia Falange de Chamberí-; avales de vecinos… Si el sistema represivo hubiera sido coherente con su propia parafernalia de simulacro jurídico, el procesado habría debido librar la vida cuando menos. Pero lo que reveló el sistema fue precisamente la gratuidad del simulacro. Porque todo volvió al punto de partida, a aquella primera declaración de los tres agentes del SIPM de Cuatro Caminos que detuvieron y seguramente torturaron a Saturnino para que se incriminara como uno de los ya clásicos “chequistas” del Europa, en la terminología revanchista de las nuevas autoridades.

El último informe del jefe de información de Falange en Tetuán –seguramente relacionado con los tres agentes del SIPM de la primera acusación- incorporado a la instrucción del sumario, alegó que alguien “había oído jactarse” a Saturnino de “haber participado en el asalto al cuartel de la Montaña y de haber violado a una monja”. Mayor vaguedad no cabe, cuando ni siquiera se nombra a ese “alguien” que supuestamente oyó “jactarse” a Saturnino. Pero finalizada la instrucción, fue esta la versión que quedó consagrada en los escritos del auto resumen y del fiscal, y que terminó reproduciéndose en la sentencia con condena a muerte de 12 de agosto. Y es que la sentencia estaba ya escrita desde aquella primera detención de abril, cuando se acusó a Saturnino de pertenencia a la “checa” del Europa y del crimen de la monja. Si acaso, la posterior aparición de algunos palos en las ruedas –de cierta importancia, a juzgar por las contradicciones entre los informes de las autoridades falangistas de Tetuán y Cuatro Caminos- solo sirvió para que se reforzara la acusación inicial con otras sobrevenidas y de lo más tópicas, como la de haber participado en el asalto al cuartel de la Montaña, porque si hacemos caso de las acusaciones recogidas en los miles de sumarios de posguerra, medio Madrid había colaborado en dicho asalto, o incendiado la iglesia de San Luis, por citar otro ejemplo citado ad nauseam.

6. Destinos dispares

Los policías del SIPM que sostuvieron la burda acusación contra Saturnino, dos de ellos al menos, continuaron ejerciendo su profesión durante años y fueron condecorados por ello. En 1960, el inspector jefe Adolfo del Yerro Rodríguez fue ascendido a comisario de segunda clase del cuerpo general de policía. El también comisario del mismo cuerpo Saturnino Millán Criado recibió la cruz con distintivo blanco al mérito policial en 1965.

Saturnino Andrés Alba, natural de Alcalá de Henares y avecindado en Tetuán, hijo de Tomás y de Francisca, esposo de Enriqueta y padre de siete hijos, albañil, fue fusilado en las inmediaciones del cementerio del Este el 2 de diciembre de 1939 junto con otras veintiuna personas. Como se apuntaba al principio, es uno de los 335 nombres a los que medios de derecha y la actual corporación municipal madrileña quieren negar su inscripción en el proyectado monumento a las personas ejecutadas durante la posguerra en Madrid –y de paso los de las más de dos mil seiscientas personas ejecutadas restantes- basándose en la difusa y ofensiva acusación de “chequista”, oprobioso término del franquismo que dichos medios parecen saborear como un caramelo. Más arriba comentábamos el paralelismo de las dos entradas del periódico ABC, con una diferencia de casi ochenta años. De 1939 a 2018, los mismos términos, el mismo lenguaje, las mismas ofensas.

Si el actual Ayuntamiento de Madrid persiste en su actitud de bloqueo al monumento y a la inscripción de todos los nombres –los de las 2.936 personas ejecutadas en el periodo 1939-1944- por su incuestionable condición de víctimas de los procesos represivos de la dictadura, faltos de toda garantía jurídica, habrán validado con ello los irregulares procesos incoados contra decenas de miles de personas, al margen de las acusaciones de las que cada uno fuera objeto. Habrán sancionado y ratificado farsas judiciales arbitrarias y de ánimo tan revanchista como la de Saturnino Andrés Alba. Es lo que hizo ya el periódico ABC al exhibir y publicar los nombres de los supuestos “chequistas” hace año y medio con el único propósito de insultar su memoria y a sus familiares. Solo que ahora se trata de borrarlos efectivamente del monumento proyectado y ahora en suspenso, de desterrarlos de la memoria pública, cohonestando de paso los procedimientos criminales del franquismo… más de cuarenta años después de la muerte del dictador.

https://www.nuevatribuna.es/articulo/cultura—ocio/caso-fusilado-saturnino-andres-alba/20190722174903164707.html

Pearl Harbour: los imperialistas crean un mito para ir siempre de víctimas por la vida

El capitán de corbeta Arthur McCollum
A finales del año pasado falleció Robert Stinnett, un marino y fotógrafo que durante la Segunda Guerra Mundial trabajó en la radio de la Armada y luego acabó convertido en periodista. En 1992 buceaba en los Archivos Nacionales de Belmont, California, para escribir un libro sobre la carrera de George Bush en el reconocimiento aéreo durante la campaña del Pacífico Sur (1) cuando topó con unas grabaciones de audio que nadie se había preocupado de catalogar.

Las grabaciones consistían en transmisiones de radio interceptadas a los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial que daban una descripción del ataque a Pearl Harbour muy diferente de lo que ha trascendido como “historia”. Stinnett dedicó a ello ocho años de investigación, demostrando que Roosevelt supervisó la elaboración de un plan para alentar el ataque de los japoneses. Las conclusiones aparecieron en 1999 en forma de un libro titulado “Day of Deceit: The Truth About FDR and Pearl Harbor” que lleva 47 páginas de apéndices documentales con reproducciones fotográficas de documentos oficiales clave (2).

El plan que condujo al ataque japonés a Pearl Harbor fue implementado a principios de octubre de 1940 sobre la base de un memorando de ocho puntos del capitán de corbeta Arthur H. McCollum, jefe de la Oficina del Lejano Oriente de la Oficina de Inteligencia Naval.

Es poco probable que McCollum las redactara por iniciativa propia, pero ahí está lo interesante, según Stinnett: “Sus ocho acciones exigen en la práctica un ataque japonés contra las fuerzas terrestres, aéreas y navales estadounidenses en Hawai, así como contra los puestos coloniales británicos y holandeses en la región del Pacífico”.

Estados Unidos interceptaba y decodificaba las comunicaciones de radio diplomáticas y navales japonesas y McCollum supervisaba el flujo de comunicaciones a Roosvelt desde principios de 1940 hasta el 7 de diciembre de 1941, proporcionando al Presidente informes de inteligencia sobre la estrategia militar y diplomática de Japón. Todos los informes militares y diplomáticos japoneses interceptados y decodificados para la Casa Blanca pasaron por la sección del Lejano Oriente de la Oficina de Inteligencia Naval que dirigía McCollum.

En el otoño de 1940, mientras hacía campaña en Boston para un tercer mandato, Roosevelt dijo: “Ya lo he dicho antes, pero lo diré una y otra vez: los muchachos no serán enviados a guerras en el extranjero”. El 1 de noviembre en Brooklyn, dijo: “Lucho para mantener a nuestro pueblo fuera de las guerras extranjeras. Y seguiré luchando”. En Rochester el día 2 dijo: “El gobierno nacional… es también un gobierno de paz, un gobierno que pretende mantener la paz para el pueblo estadounidense”. Ese mismo día en Buffalo, dijo: “Vuestro Presidente dice que este país no irá a la guerra”, y al día siguiente, en Cleveland, dijo: “El primer objetivo de nuestra política exterior es mantener a nuestro país fuera de la guerra”.

Roosevelt mintió en la campaña electoral. Quería entrar en la guerra pero, como es habitual, las declaraciones públicas van en una dirección y la política real en otra muy diferente. Según su orden directa de 27 y 28 de noviembre de 1941, Japón debía cometer la primera agresión de manera clara y evidente.

El almirante Richardson, comandante de la Flota del Pacífico, se opuso a las órdenes de Roosevelt de estacionar la flota en Pearl Harbor porque la ponía en peligro, por lo que fue reemplazado por el almirante Kimmel, con el almirante Anderson, de la Oficina de Inteligencia Naval, en el tercer escalón de mando. Sin embargo, este último no informaba a su superior de las comunicaciones de radio interceptadas. El general Walter Short tampoco fue informado de las comunicaciones japonesas. Más tarde ambos, Kimmel y Short, se convirtieron en chivos expiatorios del ataque.

Por su parte, Anderson fue enviado a Hawai para verificar la información, pero estableció su alojamiento personal lejos de Pearl Harbor, fuera del alcance del inminente ataque.

A principios de enero de 1941 los japoneses decidieron que en caso de guerra con Estados Unidos, comenzarían con un ataque sorpresa contra Pearl Harbor. Los servicios de inteligencia estadounidenses se enteraron de este plan el 27 de enero.

Hasta finales de noviembre Estados Unidos siguió bloqueando los intentos de los diplomáticos japoneses para llegar a un acuerdo que evitara la guerra entre ambos.

Desde el 16 de noviembre las interceptaciones de radio revelaron la agrupación de la flota japonesa cerca de las Islas Kuriles en el norte de Japón, y desde el 26 de noviembre hasta la primera semana de diciembre, McCollum vigiló estrechamente cada uno de sus pasos a lo largo del del Pacífico hasta Hawai.

El Jefe de Operaciones Navales, almirante Stark, era uno de los 34 que estaban informados del ataque. Fue quien ordenó a Kimmel que enviara sus portaaviones con una gran flota de escoltas para entregar los aviones a las islas Wake y Midway. Por orden de Washington, Kimmel dejó sus barcos más antiguos dentro de Pearl Harbor y envió 21 barcos de guerra modernos, incluyendo sus dos portaaviones, hacia el oeste a Wake y Midway. Con su partida, los barcos de guerra que quedaban en Pearl Harbor eran en su mayoría reliquias de la Primera Guerra Mundial, de 27 años de edad. Por lo tanto, “los acorazados hundidos en Pearl Harbor con sus tripulaciones fueron utilizados como señuelos”, concluye Stinnett.

El 22 de noviembre de 1941, una semana después de que la flota japonesa comenzara a agruparse y cuatro días antes de partir hacia Oahu, el almirante Ingersoll ordenó a Kimmel que retirara sus patrullas de la zona desde la que se iba a organizar el ataque aéreo japonés.

La fila de acorazados de Pearl Harbor y sus viejos y ruinosos barcos de guerra, escribió Stinnett, eran un objetivo atractivo. Pero fue un gran error estratégico para los japoneses. Los 360 aviones de combate japoneses deberían haberse concentrado en las enormes reservas de petróleo de Pearl Harbor y destruir la capacidad industrial de los diques secos, talleres de maquinaria e instalaciones de reparación de la Armada.

La “investigación“ sobre el ataque a Pearl Harbor comenzó inmediatamente después, poniendo en la picota al almirante Kimmel y al general Short, y continuó luego con ocho “investigaciones” más del Congreso durante y después de la guerra, con una auténtica tramoya, al más puro estilo estadounidense, con eliminación de documentos y declaraciones en falso. Hace 20 años, en el momento de la publicación del libro Stinnett, todavía muchos documentos permanecían ocultos o habían sido objeto de una censura significativa.

Uno de los elementos clave de la investigación de Stinnett fue el descubrimiento de copias duplicadas de las comunicaciones japonesas, descifradas, traducidas y luego enviadas después de la guerra a los Archivos Nacionales de Belmont, California, y que aún se encuentran allí, mucho después de que las copias de los archivos de Washington hayan desaparecido.

Sin embargo, aún hay “historiadores” que aseguran que McCollum no había logrado descifrar los códigos navales japoneses o que la flota japonesa guardaba silencio en la radio. El pretexto de que los códigos navales y diplomáticos japoneses no habían sido descifrados fue desestimado por primera vez en un tribunal federal de Chicago en 1943. Cuando se produjo la batalla de Midway, la prensa estadounidense atribuyó la victoria a la capacidad de la Oficina de Inteligencia Naval para descifrar las comunicaciones japonesas. El Departamento de Justicia decidió acusar al Tribune y al Times-Herald de revelar secretos militares. El Fiscal General consideró que la información periodística equivalía a una traición, ya que daba a los japoneses la posibilidad de cambiar sus códigos. El editor del Times-Herald, Waldrop, fue citado a Chicago para testificar ante un gran jurado. En medio de su declaración la Armada reveló que uno de sus censores había examinado previamente el artículo.

Por lo tanto, se supo desde el primer instante que la Armada estadounidense era capaz de descifrar las comunicaciones japonesas y que les habían dejado hacer porque necesitaban un pretexto para entrar en la guerra. Ese pretexto era Pearl Harbour y lo demás son películas.

(1) George Bush: his World War II years, Washington DC, Brassey’s, 1992
(2) Day of Deceit: The Truth About FDR and Pearl Harbor, Simon & Schuster, 1999

La Guerra de Corea 1950-1953: la primera guerra de la Guerra Fría aún no ha terminado

En 1871 el imperialismo estadounidense había intentado por la fuerza establecer acuerdos comerciales con la dinastía Joseon de Corea. Sin embargo, después de que Japón se anexionó la península de Corea en 1910, los gobiernos estadounidenses mostraron poco interés.

Hasta 1943 Estados Unidos no se preocupó por la “esclavitud de los coreanos” por parte de Japón, prometiendo apoyar a Corea como nación libre e independiente “a su debido tiempo”. Este interés repentino no facilitó una independencia real. La principal preocupación de Estados Unidos fue la de controlar las antiguas colonias japonesas para extender su influencia en Asia.

Cuando las tropas soviéticas entraron en Corea en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, un mes antes de la llegada de las tropas estadounidenses, Estados Unidos propuso la división de la península en el paralelo 38. Aparentemente, el objetivo era supervisar la rendición de las fuerzas japonesas, con Estados Unidos y la Unión Soviética facilitando conjuntamente la “descolonización” de Corea a ambos lados de una frontera “temporal”.

La selección del paralelo 38 no fue arbitraria. En un memorando de 1950, publicado 17 días después del comienzo de la Guerra de Corea, el futuro Secretario de Estado de Estados Unidos, Dean Rusk, explicó que fue elegido para “armonizar el deseo político de los estadounidenses de viajar lo más al norte posible para recibir la rendición de las tropas japonesas y la obvia limitación de la capacidad de las fuerzas estadounidenses para llegar a esta zona”.

En otras palabras, se eligió el paralelo 38 para facilitar el control estadounidense de la mayor parte del territorio de Corea.

La ocupación militar de Corea, que duró casi cuatro años, comenzó oficialmente el 8 de septiembre de 1945, cuando el general John Reed Hodge llegó al país. El historiador James Matray señala que Hodge, así como los soldados bajo su mando, eran “arrogantes y despectivos hacia todo lo que era coreano”.

Fuertemente anticomunista y considerando el territorio bajo control estadounidense como una “zona enemiga”, Hodge estableció un régimen militar autocrático, explotador y políticamente represivo. Según Matray, para muchos coreanos, Hodge y el gobierno militar de Estados Unidos en Corea (Usamgik) simplemente habían reemplazado al odiado Gobernador General de Japón en la cima de una “pirámide de poder represivo”.

Dos días antes de la llegada de Hodge, cientos de militantes independentistas coreanos que habían luchado contra el colonialismo japonés establecieron la República Popular de Corea (RPC). Kim Il-sung y Syngman Rhee, que se convirtieron en los dirigentes de la recién dividida Corea del Norte y del Sur respectivamente, se encontraban entre los 55 candidatos elegidos para formar el nuevo gobierno coreano.

Aunque el partido progresista KPR no era originalmente un partido comunista, pidió reformas radicales. El mismo día en que Hodge llegó a Corea, el periódico del KPR pidió “una revolución social para una segunda liberación”, que incluyera la emancipación total de la mujer, una jornada laboral de ocho horas y un salario mínimo, la redistribución de la tierra, las industrias y los bancos, el control de los alquileres, la libertad de expresión, de reunión y de religión, y el fin del analfabetismo. El KPR también prometió cooperar con los Estados Unidos, la URSS y otras potencias.

La República Popular de Corea y las ideas que expresó recibieron un amplio apoyo del pueblo coreano. Según George Katsiaficas, en su libro “Unknown Uprisings” (Levantamientos desconocidos), una encuesta norteamericana de 8.500 coreanos en agosto de 1946 reveló que el 70 por ciento estaba a favor del socialismo, el 7 por ciento del comunismo, el 14 por ciento del capitalismo y el 8 por ciento no tenía opinión.

En los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, con el Japón de rodillas, los coreanos establecieron comités populares de base en todo el país. En diciembre de 1945, más de 2.500 personas actuaban como gobiernos de facto en aldeas, distritos, condados, ciudades y provincias. También se crearon más de 1.000 nuevos sindicatos. En noviembre de 1945 se creó el Consejo Nacional de Sindicatos Coreanos, que representaba a más de medio millón de trabajadores al sur del paralelo 38.

El Usamgik se negó a trabajar con los comités populares del KPR y reclutó a empresarios y propietarios de la reacción, muchos de los cuales habían colaborado con los japoneses. Según el periodista John Gunther, Hodge y el Usamgik instalaron “una heterogénea variedad de expatriados, colaboradores, reaccionarios fascistas, asesinos profesionales e intelectuales confundidos”.

El 12 de diciembre, apenas tres meses después de su llegada a Corea, Hodge prohibió el KPR y los comités populares, los declaró “enemigos públicos” y detuvo a sus dos dirigentes. Cuatro días antes, había prohibido las huelgas y el 18 de diciembre creó una nueva fuerza policial, de la que más del 80 por ciento eran antiguos colaboradores japoneses.

Bajo la protección del Usamgik, Syngman Rhee -el candidato elegido por Estados Unidos para convertirse en el dirigente permanente de la nueva Corea del Sur- utilizó esta nueva fuerza policial para aplastar a las fuerzas progresistas. Las detenciones arbitrarias, la extorsión, la tortura y la represión de manifestaciones políticas se convirtieron en algo habitual.

En respuesta a las acciones represivas del Usamgik y Rhee, medio millón de coreanos se manifestaron en las calles de Seúl el 1 de marzo de 1946. Siete meses más tarde, los coreanos se levantaron contra la ocupación colonial estadounidense y la revuelta comenzó con una huelga general de trabajadores ferroviarios en Busan. La huelga se extendió rápidamente a Daegu y otras regiones.

Según el periodista Mark Gayn, fue una “revolución a gran escala”, con cientos de miles, si no millones, de personas. Los militares estadounidenses declararon la ley marcial y abrieron fuego contra los manifestantes, matando a más de 1.000 de ellos (algunos hablan que 7.000 muertos) e hiriendo a más de 20.000 personas. Después, entre 20.000 y 30.000 personas fueron detenidas y encarceladas.

Estados Unidos facilitó la elección de Rhee en mayo de 1948, a pesar de las muchas objeciones de los coreanos a las elecciones mientras la península seguía dividida. Un mes antes de las elecciones aprobadas por la ONU, los coreanos en la isla de Jeju organizaron manifestaciones masivas para expresar su oposición, atacando colegios electorales y comisarías de policía. Rhee y el Usamgik enviaron tropas a la isla para reprimir brutalmente el levantamiento, matando a más de 30.000 personas.

En octubre de 1949, horrorizados por la masacre de Jeju, casi 2.000 soldados progresistas -junto con estudiantes y trabajadores- en la provincia sureña de Jeolla también desencadenaron un levantamiento contra Rhee y el Usamgik. Apoyado por las tropas imperialistas, Rhee declaró la ley marcial y aplastó la rebelión.

Estados Unidos puso fin oficialmente a su ocupación militar en junio de 1949, cuando su candidato tomó las riendas del poder. Sin embargo, un año después, estalló el primer conflicto armado de la Guerra Fría cuando Kim Il-sung lanzó una ofensiva para unir a las dos Coreas.

Estados Unidos reaccionó con una fuerza brutal lanzando más napalm y bombas sobre ciudades al norte del paralelo 38 que durante toda la campaña del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial. La guerra, que afectó a todas las familias coreanas en el norte y en el sur, finalmente condujo a un punto muerto.

El número de muertos, heridos y desaparecidos en aquella guerra se estima en más de 4 millones de personas, incluidos 3,3 millones de coreanos (unos 1,3 millones en el sur y 2 millones en el norte).

Aunque se firmó un armisticio en 1953, nunca hubo un tratado de paz. Así que la guerra nunca terminó oficialmente. Sesenta y cinco años después, Estados Unidos sigue amenazando a Corea del Norte con una invasión o la aniquilación.

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