La web más censurada en internet

Etiqueta: Historia obrera (página 8 de 13)

El Llamamiento internacional

150 años de la fundación de la Primera Internacional (3)

A partir del momento en que la sociedad recibió su nombre, se comenzó la redacción del Programa y los Estatutos. Se presentaron diferentes proyectos porque el Comité se encontraba formado por elementos muy dispares.

En primer lugar estaban los ingleses, quienes, a su vez, se encontraban divididos en numerosos grupos: sindicalistas, antiguos cartistas y antiguos owenistas. Estaban los franceses, muy poco avezados en las cuestiones económicas, pero especialistas en el arte revolucionario. Había también italianos, muy influyentes entonces porque estaban dirigidos por un hombre muy popular entre los ingleses, el viejo revolucionario Mazzini, republicano ardiente y, al mismo tiempo, hombre religioso. Había emigrados polacos, para los cuales la cuestión polaca ocupaba el primer plano. Los emigrados alemanes eran antiguos miembros de la Liga de los Comunistas: Eccarius Lessner, Lochner, Pfender y, finalmente, Marx. Finalmente, los italianos expusieron un proyecto levantado casi sobre el mismo modelo que el francés.

En la subcomisión en la que participaba, Marx defendió sus tesis y, al final, le encargaron presentar su proyecto al Comité. En la cuarta sesión -era el 1 de noviembre de 1864-, fue adoptado por aplastante mayoría el proyecto de Marx con algunas modificaciones insignificantes.

Fue redactado sin caer en compromisos como él mismo dice en una carta dirigida a Engels, «tuve que introducir en los Estatutos y en el programa algunas palabras como ‘derecho’, ‘moralidad’ o ‘justicia’, pero insertándolas de modo que no pudieran ser perjudiciales». Pero no radica aquí el secreto del éxito de Marx en una asamblea tan heterogénea, logrando aprobar casi por unanimidad su tesis. El secreto de su éxito reside en el extraordinario talento (como lo reconoce incluso Bakunin) que desplegó en la redacción del Llamamiento fundacional de la Internacional. En la misma carta a Engels, Marx afirma que era extremadamente difícil exponer las opiniones comunistas de manera que fueran aceptables al movimiento obrero de entonces. Era imposible emplear el lenguaje revolucionario del Manifiesto Comunista. Había que esforzarse por ser agresivo en el fondo pero moderado en la forma. Marx llevó a cabo con brillantez este trabajo.

El Llamamiento fue escrito 17 años después del Manifiesto Comunista. Eran del mismo autor, pero las épocas en las cuales habían sido escritos y las organizaciones para las cuales habían sido redactados diferían profundamente. El Manifiesto Comunista había sido redactado en nombre de un pequeño grupo de revolucionarios para un movimiento obrero todavía muy joven. Pero ya entonces los comunistas subrayaban que no planteaban ningún principio revolucionario con la intención de imponerlo al movimiento obrero, que únicamente se esforzaban en sacar a la luz, en el interior de este movimiento, los intereses generales del proletariado de todos los países, independientemente de la nacionalidad.

En 1864 el movimiento obrero había crecido considerablemente, había adquirido un carácter de masas, pero desde el punto de vista del desarrollo de la conciencia de clase, estaba atrasado con respecto a la pequeña vanguardia revolucionaria de 1848. El nuevo estado mayor de este movimiento, en cuyo nombre escribía entonces Marx, estaba igualmente retrasado con respecto a aquella vanguardia. Había que escribir el nuevo manifiesto teniendo en cuenta el nivel de desarrollo del movimiento obrero y de sus dirigentes, sin renunciar, al mismo tiempo, a ninguna de las tesis fundamentales del Manifiesto Comunista.

Marx, en su nuevo manifiesto, formuló las reivindicaciones alrededor de las cuales debían unirse las masas obreras, y sobre cuya base podía seguir desarrollándose la conciencia de clase. Las reivindicaciones de clase directas del proletariado formuladas por Marx llevaban de un modo lógico a las reivindicaciones más avanzadas del Manifiesto Comunista.

Desde todos estos aspectos, Marx poseía una inmensa superioridad sobre Mazzini, sobre los revolucionarios franceses o sobre los sindicalistas ingleses que presidían el Comité de la Internacional. Durante estos 17 años había realizado un ímprobo trabajo teórico, verdaderamente descomunal. En esta época ya había terminado el borrador de su gigantesca obra, El Capital, y se ocupaba de corregir el primer tomo. Era la única persona en todo el mundo que había estudiado con tanta profundidad la situación de la clase obrera, y que había comprendido los mecanismos internos de la explotación capitalista.

En toda Inglaterra no había una sola persona que se hubiera tomado la molestia de estudiar como él todos los informes de los inspectores de fábricas, así como los trabajos de las comisiones parlamentarias que describían la situación de las distintas ramas de la industria, y las diferentes categorías del proletariado. Marx estaba mucho más enterado de estas cuestiones que los propios obreros del Comité. Los panaderos que lo integraban conocían perfectamente la situación de su oficio, los zapateros conocían la industria del calzado, los carpinteros y yeseros estaban al corriente de la situación de los obreros de la construcción, pero únicamente Marx conocía a fondo la cuestión de las categorías más diversas de la clase obrera y sabía ligarla a las leyes generales de la producción capitalista.

El talento de Marx como agitador se manifiesta en la propia composición de aquel manifiesto. Al igual que en el Manifiesto Comunista, había partido del hecho fundamental de todo el desarrollo histórico, la lucha de clases; del mismo modo, en el nuevo manifiesto no comienza con frases generales, ni con temas elevados, sino por los hechos que caracterizan la situación de la clase obrera: «Un hecho de extraordinaria importancia: desde 1848 a 1864 no ha disminuido la miseria de la clase obrera y, sin embargo, si tenemos en cuenta el desarrollo de la industria y del comercio, este período carece de precedentes en la historia».

Marx demuestra que, aunque en Gran Bretaña el comercio se hubiera triplicado desde 1843, nueve de cada diez hombres se ven obligados a luchar desesperadamente con el solo fin de asegurar su subsistencia. Demuestra también que la inmensa mayoría de la clase obrera se alimenta insuficientemente, degenera, es pasto de enfermedades, mientras que las clases poseedoras incrementan monstruosamente sus riquezas. deduce de todo ello que, a pesar de las aseveraciones de los economistas burgueses, ni el perfeccionamiento de la maquinaria, ni la aplicación de la ciencia a la industria, ni el descubrimiento de nuevas colonias, ni la emigración, ni la creación de nuevos mercados, ni la libertad del comercio pueden suprimir los males de la clase obrera. Por tanto, en tanto el régimen social permanezca sobre sus antiguas bases, cualquier nuevo desarrollo de las fuerzas productivas no hará más que agrandar el abismo que divide actualmente a las distintas clases, y hará aún más patente todavía el antagonismo que existe entre ellas.

Tras indicar los motivos que contribuyeron a la derrota de la clase obrera en 1848, y que provocaron la apatía que caracteriza al período de 1849 a 1889, Marx expone las conquistas realizadas por los obreros durante este período. En primer lugar, la ley sobre la jornada laboral de diez horas. A pesar de todas las aseveraciones de los satélites del capital, la reducción de la jornada de trabajo obrero, lejos de hacer menor el rendimiento del trabajo, lo aumentó. Esta ley, además, supuso el triunfo del principio de la intervención del Estado en el campo de las relaciones económicas frente al antiguo principio de la libertad de competencia. Y concluye, como en el Manifiesto Comunista, que la clase obrera necesita someter la producción al control y dirección de toda la sociedad, dado que una producción social concebida de este modo es el principio fundamental de la economía política de la clase obrera. Así pues, la ley de la jornada de diez horas no sólo fue un éxito práctico sino que marcó la victoria de la economía política de la clase obrera sobre la economía política de la burguesía.

Otra conquista está representada por las cooperativas fundadas por iniciativa de los obreros. Pero, difiriendo de Lassalle, que consideraba las asociaciones de producción como punto de partida para la transformación de toda la sociedad, Marx no sobrevalora su importancia práctica. Por el contrario, solamente las promueve para demostrar a las masas obreras que la gran producción dirigida con métodos científicos puede desarrollarse sin los capitalistas; que los medios de producción no deben ser propiedad de ningún individuo, ni transformarse en instrumento de violencia y esclavitud; que el asalariado, como el esclavo, no es algo eterno, sino un estado transitorio, una forma inferior de la producción, que debe dejar su puesto a la producción social. Una vez extraídas estas conclusiones, Marx indica que, en tanto estas asociaciones de producción estén limitadas a un pequeño círculo de obreros, no serán capaces de mejorar ni siquiera un poco la situación de la clase obrera.

La producción cooperativa debe extenderse a todo el país. Planteando de este modo la tarea de la transformación de la producción capitalista en producción socialista, Marx señala inmediatamente que esta transformación será combatida por todos los medios por las clases dominantes, que los capitalistas aprovecharán su poder político para defender sus privilegios económicos. Por esta razón, el primer deber de la clase obrera consiste en conquistar el poder político; para ello es necesario organizar en todas partes partidos obreros. Los obreros poseen un factor de éxito: su masa, su número. Pero esta masa no es fuerte mientras no sea compacta, mientras no se oriente en una misma dirección. Sin una profunda cohesión, sin solidaridad, sin ayuda mutua en la lucha por su emancipación, sin una organización nacional e internacional, los obreros están condenados a la derrota. Guiándose por estas consideraciones, añade Marx, los obreros de los distintos países han resuelto fundar la Asociación Internacional de Trabajadores.

Con asombroso arte, bajo una forma moderada, Marx extrajo de la situación efectiva de la clase obrera todas las deducciones fundamentales del Manifiesto Comunista: organización de clase del proletariado, derrocamiento del dominio de la burguesía, conquista del poder político por el proletariado, supresión del trabajo asalariado, nacionalización de todos los medios de producción.

Pero Marx -y de este modo finaliza el Llamamiento fundacional- sitúa en primer plano otra tarea política de primordial importancia. La clase obrera no debe limitarse a la estrecha esfera de la política nacional. Debe seguir atentamente todas las cuestiones de política internacional. Si el éxito de la liberación de la clase obrera depende de la solidaridad de los obreros de todos los países, la clase obrera no puede cumplir su misión si las clases que dirigen la política exterior aprovechan los prejuicios nacionales para enfrentar unos contra otros a los obreros de los diferentes países, derramar en guerras de rapiña la sangre del pueblo. Por ello, es hora de que los obreros aprendan a conocer todos los secretos de la política internacional. Deben vigilar la diplomacia de sus respectivos gobiernos y, en caso de que fuera necesario, resistir por todos los medios y unirse en unánime protesta contra los criminales manejos de los gobiernos. Ha llegado el momento de acabar con este estado de cosas donde el engaño, la expoliación, el robo son autorizados como método normal en las relaciones entre los pueblos; es decir, donde son violadas todas las reglas consideradas como obligatorias en las relaciones entre las personas privadas.

Fuente: censurada web Antorcha.org

Fascismo y revisionismo

Juan Manuel Olarieta

Una de las concepciones más extendidas entre los círculos que debaten sobre la naturaleza de este Estado es la de que España es un país democrático burgués, si bien aún permanecen restos o residuos del fascismo.

Desde luego que esto ya es un pequeño avance porque hasta hace muy poco tiempo nadie ponía en duda que España era un país democrático sin reservas, «con todas las de la ley». Por fin, algunos le empiezan a ver las orejas al lobo.

No obstante, ese avance les permite a los revisionistas seguir emboscados sin dar la cara. La teoría de los residuos parece que lo dice todo pero no dice nada o, mejor dicho, le sigue lavando la cara al fascismo.

La teoría de los residuos no es una concepión nueva, que haya surgido ayer mismo sino la marca de agua de todos los revisionistas españoles desde siempre. Nace como consecuencia de la degeneración del revisionismo en España. A Carrilo y a la dirección del PCE siempre le sirvió para justificar la claudicación y subsiguiente colaboración con el régimen de Franco.

Dicho con otras palabras, para que no quepan dudas: al menos desde finales de los años sesenta, o sea, antes de la muerte del criminal Franco, los revisionistas ya decían que España no era exactamente un país fascista, sino un híbrido, una mezcla de fascismo y democracia, por lo que era posible (y aún necesario) negociar con los «democratas» para que evolucionaran hacia la democracia.

A medida que los revisionistas negociaban más, o sea, claudicaban más, la composición química entre el fascismo y la democracia cambiaba sus porcentajes de pureza: España era cada vez menos fascista y más democrática. Así es como hemos llegado hasta el día de hoy. Por lo tanto, esta tesis residual siempre ha servido para:

a) lavar la cara al fascismo, al que casi se le puede calificar de democrático
b) justificar al revisionismo en su política colaboracionista porque la participación forma parte de la democracia

Los revisionistas explicaron su teoría de varias maneras diferentes, que no cambiaban la esencia del asunto. Un buen ejemplo es el libro de Carrillo en forma de entrevista con Regis Debray, publicado en francés en 1974 y en castellano al aña siguiente que reúne los ingredientes básicos de la teoría revisionista del fascismo con unas ínfulas típicas de esos dos mediocres que eran Carrillo y Debray, que se creían el oráculo de Delfos.

El punto de partida de Carrillo es tópico: el Estado (todos los Estados) han cambiado mucho desde los tiempos de Lenin, dice en términos pedantes, sin aclarar nada. En lo que a la España respecta, aseguraba también que el «aparato del Estado» ya no era el «aparato fascista del pasado. Con retoques casi podría convertirse en un Estado democrático burgués». Como ejemplo Carrillo decía que las torturas «se hacen menos habituales»(1).

Además de un ejemplo de lavado de cara, la tesis revisionista conducía sin disimulo a conclusiones políticas evidentes: ya antes de la muerte de Franco España era un país tan democrático que no necesitaba grandes cambios, sino sólo retoques, cambios cosméticos, que fueron la esencia de la transición. No hacía falta más.

Desde luego que pocas semanas después los hechos iban en dirección opuesta a las teorías revisionistas. El verano sangriento de aquel mismo año 1975 y los fusilamientos del 27 de setiembre obligaron a otro cambio cosmético, añadiendo apresuradamente al libro un breve «Prefacio» a la edición en castellano que al cabo de los años da vergüenza recordar.

Justo antes de las masacres de aquel fatídico verano, el PCE celebró su II Conferencia, cuyos documentos se publicaron muy poco después. En uno de ellos se podían leer cosas como ésta: «La zona de libertad conquistada por el movimiento obrero y por las amplias masas trabajadoras confiere ya a éste [al fascismo] unas características muy diferentes de la imagen clásica de un país fascista»(2).

A muchos ese tipo de concepciones sobre la necesidad de conquistar «zonas de libertad» o «parcelas de contrapoder popular» dentro del «sistema» les sonarán como plenamente actuales y modernas, pero está en la boca de los reformistas desde hace mucho tiempo. No obstante, nunca ha habido nada de eso y si no lo ha habido antes es muy posible que no lo haya nunca.

Hacia 1975 ya había grupos que habían roto con el PCE, por lo que se puede (y se debe) analizar si esa ruptura era sólo organizativa o realmente habían roto con el revisionismo y sus concepciones liquidacionistas. Por ejemplo, a finales de los sesenta, como consecuencia de la Primavera de Praga, bajo la dirección de Enrique Líster, Eduado García y otros, un grupo de militantes del PCE se escindieron para crear otro partido. En 1971 empezaron a publicar una revista llamada «Nuestra Bandera» con los documentos preparatorios del VIII Congreso en los que el análisis del fascismo, además de marginal, es realmente penoso. Según «Nuestra Bandera» en 1971 España ya se había «desfalangistizado» paulatinamente (3). Es pues evidente que, a pesar de las apariencias, Líster, García y los demás no habían roto con el revisionismo. Eran una forma más de revisionismo que en muy poco se diferenciaba del de Carrillo.

Durante la transisión ese tipo de concepciones siempre estuvieron presentes en casi todas las organizaciones que criticaban al PCE para hacer exactamente los mismo que el PCE. Por ejemplo, Carlos Tuya, dirigente del Partido Comunista de los Trabajadores, exponía en aquellos momentos toda esa colección de tópicos en los que nadan los oportunistas: las dictaduras (en general) son regímenes excepcionales, lo normal es que burguesía sea democrática… El mejor ejemplo de ello era que la oligarquía española había logrado desatar lo que Franco había dejado atado, es decir, que nuestra oligarquía no formaba parte del franquismo sino que se oponía a él.

Pero había una contradicción flagrante entre las concepciones revisionistas y los hechos más evidentes. Casi en letra pequeña Tuya contabiliza 11 muertos en los cien primeros días de transición política (4), es decir, un asesinato cada diez días. Me parece que esa cifra más que de una excepción aparece una regla: que el asesinato político formó parte integrante de la transición. Nunca fue nada excepcional sino algo cotidiano y normal. Lo mismo que el fascismo.

Con la perspectva de los años releer toda aquella literatura seudomarxista de la transición deja en evidencia que el papel lo soporta todo o, dicho en otras palabras, entre los revisionistas no hay nunca más que palabrería. Antes igual que ahora. Aquel formidable dirigente comunista que fue entonces Carlos Tuya hoy es el afamado enólogo que escribe en periódicos como El País con el nombre de Carlos Delgado, el verdadero. Pero en sus artículos no aparece nada sobre plusvalía, imperialismo ni cosas parecidas, sino claretes, blancos y tintorros, espumosos o no. Tempus fugit.

(1) Santiago Carrillo, Mañana España, París, 1975, pgs 22 y 23.
(2) Manifiesto Programa del Partido Comunista de España, 1975, pg.48.
(3) Nuestra Bandera, núm.1, enero de 1971, pg.22.
(4) Carlos Tuya, Aspectos fundamentales de la revolución española, Partido Comunista de los Trabajadores, 1977, pgs.10, 12, 42 y 57.

Sin novedad en Odessa

 Félix González

Los 46 abrasados en el edificio de Odessa a manos de los fascistas no supone ningún salto cualitativo, ni abre nuevas perspectivas en los acontecimientos, salvo para esa izquierda imbécil y cobarde que aún sueña con revoluciones de colores, a rayas o con indumentaria árabe, según la moda y la época del año. Nada hay nuevo en la matanza sobre todo de mujeres y adolescentes, siempre los mas vulnerables en esas situaciones, mediante el fuego. Ucrania conoció bien estas actuaciones durante la última Guerra Mundial, durante la cual poblaciones y villorrios enteros, visitados por los nacionalistas ucranianos, enrolados o no en las fuerzas invasoras nazis, fueron pasados a cuchillo y luego incendiados. Su culpa era ser polacos, o judíos, o rusos. Daba igual. Ancianos, mujeres y niños eran colgados con alambre de espino de los árboles.

Hoy gobiernan en Ucrania sus sucesores, mediante el golpe financiado por los EEUU y la participación de otros países europeos (como Polonia) que ha entrenado a los grupos armados.

¿Ignora la progresista, ignorante y miserable izquierda española quien fue Stepan Bandera? ¿O es que eso no lo quieren saber? Izquierda engangrenada que, puesta a olvidar, olvida hasta como sus abuelos pedían desesperadamente al mundo ayuda, socorro contra el genocida Ejército español rebelde, recibiendo como respuesta el desprecio y la indiferencia de los denominados países democráticos, que ya colaboraban discreta y eficazmente para la victoria de las fuerzas llamadas nacionales. A esa angustiosa llamada de socorro solamente respondieron algunos miles de hombres y también mujeres, que sintieron el deber de la solidaridad con sus hermanos, y acudieron a nuestro país. Esos miles de hombres y mujeres, y otros que no pudieron acudir a combatir, pero que ayudaron y colaboraron con una pasión que sólo la hermandad de clase puede producir, son los únicos que merecen nuestro recuerdo, junto con los gobiernos de México y la Unión Soviética.

Nada nuevo en Odessa, por tanto. Es lo de siempre. Es el poder del capital, el fascismo en acción, alimentado por esa potencia terrorista denominada EE.UU. y por los intereses ambiguos de la Unión Europea, ambos creadores del monstruo nazi. Ellos han incubado el huevo de la serpiente. Odessa es lo que la putrefacta progresía española quiere ignorar, porque es el espejo ante el que ven su cualidad miserable, su vileza. Hasta puede ser que adivinen el destino que les espera, cuando, andando el tiempo y los acontecimientos, el proletariado español se apropie del poder, y vuelva después de tantos años a tomar el destino del pueblo en sus manos. No es extraño que tengan miedo a la auténtica revolución social. Por eso, hacen como si el asesinato premeditado de 46 antifascistas no fuera con ellos, y prefieren ignorarlo, porque ser conscientes les obligaría a reflexionar y actuar…contra sus propios intereses.

Pero la matanza de Odessa si que ha tenido repercusiones en España, y muchas. ¿Acaso se han producido protestas, denuncias, pésames, solidaridades? ¿Se han expresado deseos de justicia o de venganza? Por desgracia, muy escasamente. La auténtica repercusión está en el tratamiento, en la forma con que los diversos medios han alimentado el conocimiento colectivo de un grave crimen. Esa es la novedad.

Porque ni siquiera durante los gobiernos franquistas se dio tal uniformidad y censura en la transmisión de información. Siempre quedaba esa forma de decir las cosas, esa sugerencia, esa metáfora que para el lector avezado indicaba que la realidad era mas grave o radicalmente diferente de lo narrado en el papel. La similitud en la descripción del asesinato de 46 personas en los principales medios de comunicación sin excepciones es un triunfo de coordinación, que demuestra la cohesión que la clase dirigente española ha impuesto en esos citados medios, y el alto nivel de organización de nuestros enemigos en la guerra social que se lleva a cabo en el Estado español. La descripción de la incineración de 46 personas cerradas en un edificio (rematando a palos a los que salían) como el “resultado de choques” y de “enfrentamientos” con los “rebeldes prorrusos” abre nuevas vías al surrealismo informativo, e incluso a la reescritura de acontecimientos históricos. Sin ir mas lejos, un par de ejemplos. Como ustedes saben, el resultado de los choques entre las fuerzas gubernamentales alemanas y los rebeldes judíos (y comunistas, y socialistas, y disidentes en general) se saldaron con 8 millones de muertos. Y también, acercando el foco informativo a España, ustedes también sabrán que el resultado de los choques entre las cabezas de los guardias civiles y las balas procedentes de algunos nacionalistas vascos produjeron en años pasados una abundante cifra de bajas. En esos choques, por lo general, suelen llevar la peor parte las cabezas de los guardias civiles. Y así. Dejo a la imaginación de los lectores la reescritura de otros conocidos acontecimientos y sucesos: la llegada de Colón al Nuevo Continente, la violación, los malos tratos, la invención de la aviación, los accidentes mortales de tráfico…

La prensa y las televisiones españolas han hecho y están haciendo con motivo de los sucesos en Ucrania un ejercicio gigantesco de falsificación informativa e histórica. Cierto es que a ello están acostumbrados, porque es su labor cotidiana y su deber mercenario. Pero, al contrario que el suceso en sí (que, repetimos, es el nazismo en acción), la información sobre la masacre odesita si que supone un salto cualitativo en los medios informativos de la burguesía española. Han declarado abiertamente su apoyo al gobierno golpista de Kiev, pero también, despojándose de inútiles melindres, su satisfacción con los métodos terroristas. Y no les guardamos rencor por ello, sino que expresamos nuestra satisfacción, (aún venciendo nuestra vergüenza, asco y odio, como dice un compañero), porque han tomado partido por la barbarie y el terror. Y siempre es de agradecer que las cosas estén claras. Y vuelvo a poner un ejemplo, sin ánimo de señalar. Cuando el día de mañana, un tal Mañueco, corresponsal de ABC en Kiev, niegue su colaboracionismo con la canalla nazi, alegando su profundo amor a la libertad y su democratitis de toda la vida, el fiscal (popular, por supuesto) verá facilitada su labor mostrando al jurado (si, también popular) los accesos de alegría desatada con la que el citado corresponsal informaba de los avances de los mercenarios de la Plaza Maidan y el triunfo del gobierno golpista ultranacionalista implantado por la CIA. El fiscal mostrará la cobertura y la manipulación de la información, la propaganda que tanto ABC, como EL PAIS, como LA VANGUARDIA; como EL MUNDO, tutti uniti, expandían, a la manera que Goebbels aprendió de los publicistas norteamericanos y que Hitler aplicó con tanto éxito que la propia prensa norteamericana los puso en funcionamiento tras la II Guerra Mundial. Esos futuros fiscales populares no tendrán dificultades en demostrar como los periodistas del régimen español se alinearon de forma militante en las escuadras del nazismo resucitado que aparece en Europa. Como los curas genocidas en la Croacia de los años 40, lo han dejado por escrito. Ellos sabrán lo que hacen.

Y trabajar es nuestra labor. Poco podemos hacer por los muertos de Odessa. Las derrotas de las clases populares se cuentan por miles, y los muertos por millones. Nada podemos hacer, ni siquiera lamentarnos. Nuestros hermanos encerrados en el edificio incendiado de los Sindicatos de Odessa han pasado a formar parte de las masas anónimas que tuvieron la grandeza de luchar por lo que creian. Poco mas podemos hacer que inclinarnos levemente en señal de respeto y recuerdo; y, después, reflexionar, pensar, planificar, conspirar, organizar, actuar, prever, planear el aplastamiento de nuestros enemigos de clase y el triunfo definitivo sobre el terror del capital. Aplastar, otra vez y para siempre, el huevo de la serpiente.

Las cuatro metamorfosis del Estado franquista

La muerte de Adolfo Suárez ha devuelto al primer plano a la transición por enésima vez, como los naufragios arrojan a la playa los restos de un viejo barco que se ha ido a pique. Ha sido otra lección de idealismo histórico, un desfile de los famosos personajes que la hicieron posible, es decir, de los que hicieron lo imposible porque todo siguiera igual. Para ello lo cambiaron todo. Ha ocurrido como en esos programas de la tele en los que te reforman tu casa de arriba abajo. Cuando vuelves a entrar en ella ya no parece tu casa, pero en realidad sí es tu casa, sigue siendo tu casa, es la misma casa. Pues alguno sigue sin enterarse.

Con Suárez ha pasado como con Franco. Exactamente igual. Los reportajes no han tratado sobre su muerte -que sólo interesa a su familia- sino sobre su vida, bien entendido que se trata sólo de su vida política, de Suárez como “personalidad”, aunque no tuviera ninguna personalidad, ya que se trataba de una marioneta cuyos hilos movían los militares fascistas.

La muerte de Franco resultó oportuna porque el régimen que se inició en 1939 fue “su régimen”, el franquismo, y los reformistas domesticados de aquella época -como los de hoy- se pasaron años especulando acerca de lo que podría ocurrir cuando Franco muriera porque -como bien sabe el idealismo histórico- los asuntos políticos son consecuencia de la naturaleza humana, de la vida y de la muerte y, por lo tanto, el franquismo dependía de la vida de Franco, de su estado salud. Por eso en 1974 su postrera enfermedad les puso a todos en vilo. El futuro de España dependía de una flebitis.

La transición empieza al año siguiente con la muerte de Franco, igual que el tiempo y la historia se empiezan a contar con Jesucristo. Hay una época antes de él que viene explicada en el Antiguo Testamento, y hay otra después, el Nuevo Testamento. Todo acaba y empieza con la vida y la muerte de alguien. Nada de modos de producción ni cosas parecidas. Lo que separa a una época histórica de otra son grandes personajes históricos, como Jesucristo o Franco. El franquismo era imposible e impensable con Franco muerto porque se trataba de una dictadura personalista, lo mismo que el cristianismo es una religión que ronda en torno a la vida y milagros de Cristo.

¿Es esto una estupidez? En efecto, lo es. Luego también es otra auténtica estupidez creer que la transición empezó en 1975 porque Franco se murió por culpa de una flebitis. ¿Cómo acabar con la estupidez histórica? Podemos empezar por enunciar dos preguntas. La primera es por qué empezó la transición y la segunda es cuándo empezó.

La lucha de clases es el motor de la historia y, por lo tanto, también de los cambios que se producen en los Estados, cualesquiera que sean. Los Estados cambian porque cambian las clases y las luchas de clases, interna e internacionalmente, se puede decir que casi continuamente. Son el antígeno y el anticuerpo del sistema inmunitario: uno es el espejo del otro. Lo que no es tan conocido es que los cambios de un Estado no llegan después de la lucha de clases sino que se preparan para ella, es decir, que son anteriores a los choques entre ellas.

El Estado franquista no fue una excepción, sino que también fue cambiando en vida de Franco, hasta el punto de que adelantó sus propios funerales, todo con el único fin de subsistir, de mantenerse y de sucederse a sí mismo. Los cambios más importantes fueron cuatro, que voy a enumerar sucintamente. Todos ellos tienen en común que fueron acometidos por el Ministerio de la Presidencia (hoy desaparecido) que dirigía el almirante Carrero Blanco.

El primer cambio fue una profunda reforma burocrática que acometió el régimen en los años cincuenta, durante los cuales cambió radicalmente el funcionamiento de todas y cada uno de las instituciones públicas, que daban síntomas evidentes de obsolescencia desde hacía mucho tiempo. Sin este cambio el régimen no hubiera podido emprender ningún otro.

El segundo fue el Plan de Estabilización de 1959 que acabó con la autarquía económica, incorporó a España plenamente a los mercados internacionales e inició los planes de desarrollo de los años sesenta que transformaron España de arriba abajo en un país de capitalismo monopolista de Estado.

El tercero fue el típico cambio que anticipaba los acontecimientos antes de que se produjeran: en 1969 Franco nombró a Juan Carlos como su sucesor a título de rey saltándose la línea dinástica. El príncipe heredero no sucedía a su padre sino a Franco. Esta monarquía empieza con Franco y se convierte en una pieza tan importante del franquismo como el propio Franco, hasta el punto de que el rey también sucede a Franco al frente del Ejército fascista, verdadero pilar del régimen. El rey aseguraba la continuidad del franquismo para cuando Franco muriera. La monarquía es el franquismo sin Franco.

El cuarto fue la reforma política, como se la llamó entonces, o sea, la transición en sentido estricto. Se acometió como consecuencia de un crecimiento de la lucha de clases, que aisló y puso al régimen contra las cuerdas. El operativo consistió en cambiar el decorado, lo cual aún tiene a más de uno despistado: primero les hicieron creer que el régimen franquista era de partido único y luego bastó añadir algún partido más para que pareciera otra cosa.

Puro ilusionismo, magia política. La candidez de algunos era tan pasmante que bastó cambiar de gobierno para hacerles creer que en realidad lo que había cambiado era el Estado.

La verdadera transición política consistió en lo siguiente: en que el Estado no dejó de ser franquista pero la oposición sí dejó de ser antifranquista. Y lo que es peor: seguimos exactamente igual que entonces. Los que dicen ser la oposición no son antifascistas -dicen- porque eso ha dejado de ser necesario. Ya estamos en una democracia burguesa.

¡Hay que volver a Gramsci!

 José Guillén

Para ninguno de los lectores debe de ser nuevo el uso que del camarada Antonio Gramsci y de su obra política hacen en la actualidad gran número de partidos políticos oportunistas y pseudointelectuales de la ciencia política. Lo cierto es que se ha creado todo un conjunto de estereotipos y de prejuicios respecto a los escritos de este genial dirigente comunista, uno de los más importantes del siglo XX, principal líder del PCI a principios del siglo pasado y ante todo un militante revolucionario consecuente que pasó años en las cárceles del régimen fascista italiano sometido a unas condiciones de vida escandalizantes y que murió a los 46 años de edad a causa de una enfermedad terrible que contrajo durante su estancia en la cárcel. Desde luego, todo un ejemplo.

Los revisionistas y oportunistas han creado de esta figura, todo un monstruo, desvirtuando su obra y usando a su favor algunas de sus más importantes contribuciones a la política como el concepto de «Hegemonía» o del «Intelectual orgánico».

Ver en Gramsci a un simple especulador filosófico es un terrible error que pretendo desmentir en el presente artículo. Gramsci siempre usó el materialismo dialéctico como la ciencia para el estudio de la realidad; fue un líder del movimiento obrero italiano que, mediante el análisis histórico de la estructura social de su país y del capitalismo, es decir, mediante el marxismo-leninismo, elaboró una obra política riquísima que es necesario que los marxistas de hoy en día tengamos en cuenta y aprendamos de ella.

En su obra «Notas sobre Maquiavelo, la política y el Estado moderno”, Gramsci analiza en profundidad la obra de Maquiavelo «Il Principe» para desmentir las falacias que sobre la obra de Maquiavelo se lanzaban, tomándole como un mero especulador y no como un político de gran importancia de su época. Gramsci lo deja muy claro en la siguiente cita: «La doctrina de Maquiavelo no era, en su época, una cosa puramente libresca, un monopolio de pensadores aislados, un libro secreto que circula entre iniciados…. Al contrario: es el estilo de un hombre de acción que quiere mover a la acción; es el estilo de un manifiesto de partido».

Para Gramsci, el «maquiavelismo vulgar» es aquel que hace todo aquello que contrariamente hacia Maquiavelo, es decir, «conoce el juego», la realidad concreta de un sistema de producción concreto y no lo enseña, si no que se lo queda para sí mismo y así elaborar toda una filosofía abstracta alejada de la realidad, pura metafísica. Los marxistas, al igual que Gramsci defendía, conocemos las reglas del juego y no nos basta con conocerlas sino que, además, debemos de transformar la realidad, debemos realizar un programa político con el conocimiento de la estructura de la sociedad en la que vivimos, para transformar esa sociedad.

Una vez dejado en claro esto, hay que tratar también que la lucha por la hegemonía, por la ruptura con las relaciones económicas imperantes y la construcción de una nuevas relaciones, económicas, políticas, culturales etc… No es una tarea de pequeños intelectuales iluminados como puede ser el caso de los Pablo Iglesias, Juan Carlos Monedero y un largo etcétera… Es una tarea de un partido revolucionario, de un partido del proletariado, el cual, armado con ese programa político que hemos mencionado antes, comienza toda una batalla política e ideológica contra las estructuras de poder del Estado. Para dejar claro esto hay que volver a citar a Gramsci: «El partido, al desarrollarse, trastorna todo el sistema de relaciones intelectuales y morales por cuanto su desarrollo significa, precisamente que todo acto es considerado útil o dañino». Cuando se refiere a útil o a dañino, se refiere a que toda obra, por ejemplo, filosófica o científica, con el desarrollo del partido, pasará a ser considerada útil o dañina para el avance de la revolución, y todas esas obras dañinas serán arrojadas al basurero de la historia, de donde nunca debieron haber salido.

Ningún pseudointelectual podrá jamás suplir la necesidad y actividad del partido, pues es el partido como fuerza dirigente de la sociedad el cual concretiza la voluntad de una clase en el programa político de esa clase, en nuestro caso, en el programa político del proletariado: «El partido, no puede ser una persona real, un individuo concreto; sólo puede ser un organismo, un elemento de sociedad complejo…. Este organismo ha sido creado por el desarrollo histórico: es el partido político, la primera célula en la que se reúnen unos gérmenes de voluntad colectiva que tienden a convertirse en universales y totales»

La actividad política individual de personas concretas, no es viable, pues sólo serviría para conseguir ciertas o concretas reformas, pero no serviría a la hora de destruir y construir todo un nuevo estado, ya que esta tarea es una tarea prolongada en el tiempo, que lleva consigo la acumulación de una gran experiencia política y, al ser una tarea prolongada, sólo puede ser llevada por un organismo formado por militantes de esa clase que han comprendido la realidad del sistema y las contradicción del capitalismo mediante el marxismo para así pasar a ser parte de la llamada conciencia de clase, es decir, del partido.

No hay que crear conciencias colectivas posmodernas ni nuevas; eso es engañar a la clase obrera, pues no hay una verificación en la realidad de estas mismas y, por tanto, juegan un papel reaccionario que atrasa el avance de la historia y el derrocamiento del Estado capitalista. Hay que partir de las experiencias políticas ya demostradas y contrastadas, pues tienen una verificación en la realidad, y partir también del análisis histórico de la sociedad en la que nos encontramos, su composición, las relaciones de producción existentes, etc. Si nos olvidamos de todo esto, lo único que haremos será engañarnos a nosotros mismos. Por ello es necesario pasar a ese trabajo, quitándonos de encima gran parte de esa política tan «novísima» por la que los nuevos pseudointelectuales y oportunistas abogan, la cual no es más que una vuelta a la metafísica más rancia.

Por esto, es necesario aprender de nuestra misma historia y de los líderes más grandes del proletariado mundial que han sabido hacer lo que antes decía. Por tanto, ¡hay que volver a Gramsci y defenderlo de todos aquellos que nos lo quieran arrebatar!

Un cuento antisoviético: Néstor Majno

El anticomunismo vende, crea grandes y pequeños mitos que se alimentan de sí mismos. La difusión de la narrativa antisoviética en la posguerra demuestra que lo realmente importante en la historia es la cantidad, no la verdad: repetir una y otra vez, escribir mucho y siempre lo mismo. ¿Alguien conoce una versión diferente acerca de Majno? ¿Hay documentales alternativos? ¿Libros? ¿Artículos? ¿Tesis doctorales? ¿Traducciones? Lo que hay es monotonía, distintas versiones de la misma partitura porque una vez que sabemos la verdad no es necesario nada más. La verdad es única y resplandeciente por sí misma. Su brillo ciega.
La historia tiene un problema muy serio: la escriben aquellos que menos hacen por ella. Los que hacen no escriben y los que escriben no hacen. La división capitalista del trabajo la ha convertido en un ejercicio intelectual destinado al consumo intelectual, de otros intelectuales, de profesores, de universitarios, de editoriales y de canales de televisión temáticos.
Se produce una distorsión que es evidente en el caso de Majno: cuando no hay historias que contar se inflan las migajas. El número de libros no es proporcional al número de hechos. Si los anarquistas no tuvieran a Majno, ¿qué contarían de la revolución rusa? Estarían en un serio aprieto porque Rusia es uno de esos países en los que el anarquismo ha sido bandera. Pero en la historia la cantidad nunca va con la calidad y los anarquistas aparecen muy poco en la historia revolucionaria de Rusia. ¿Dónde estaban en 1905? ¿En febrero de 1917? ¿En octubre del mismo año? No estaban pero tienen que estar y para eso recurren al cuento de Majno.
La historia está escrita con esos pequeños retazos. Majno es una anécdota de la Revolución de Octubre, una nota a pie de página. La manera de traerla a la historia es convertirla en única y lo único se convierte en importante por arte de magia. Conocemos a Majno, pero si preguntamos por los nombres de Tambov, Struk, Angel o Grigoriev, no nos suenan porque ningún otro movimiento político parecido al de Majno, en Ucrania o en Siberia, ha recibido tanta atención libresca.
En Rusia como en otras partes, los levantamientos campesinos han sido una constante desde hace siglos y la creación de unidades guerrilleras también, lo mismo que la ocupación de tierras, la formación de comunas, etc. El hundimiento del Imperio ruso en 1917 favoreció un malestar que en el campo venía de muy atrás y que, además, se vio reforzado por la guerra imperialista y, finalmente, por la guerra civil.
Ucrania entró en un caos. Fue un escenario en el que no faltó ningún trauma político. Los imperialistas alemanes y austriacos la invadieron en 1918, los nacionalistas se hicieron con las riendas de un Estado títere de unas u otras potencias, los generales blancos (Denikin, Wrangel) impusieron el terror… Pero además había otros colores, como los rojos o los verdes, cada uno con su propio ejército.
Nada de ese complejo panorama figura en ciertos libros de memorias en los que el relato es tan simple como un cuento infantil. En todo mito rural sólo hay dos bandos; los buenos y los malos. Majno es el Robin Hood ucraniano, el Príncipe de los ladrones, el bandido perseguido que robaba a los ricos para entregárselo a los pobres. El decorado se traslada del bosque de Sherwood a Huliai Polie.
Pero los cuentos de hadas no explican quiénes son los ricos y quiénes los pobres; no quieren saber nada de asuntos complicados porque es mucho más sencillo de lo que parece: los pobres somos nosotros y los ricos son ellos. En una situación así todos queremos ser pobres porque se trata de repartirnos lo que pertenece a los demás. No hace falta decir que fue así como se definió el movimiento de Majno: nosotros somos los campesinos pobres, los que estamos destinados a quedarnos con el botín.
Sin embargo, la caballería les delata. Al ejército de Majno los kulaks llevaron sus propios caballos. Los pobres ni sabían montar ni tenían caballo y, en cualquier caso, no podían permitirse el lujo de perderlo en una guerra. La caballería de Majno la integraba un sector pudiente del campesinado atenazado en medio de una guerra brutal. Ni eran la nobleza zarista, ni tampoco los parias de la tierra, los más explotados y oprimidos. Nadaban entre dos aguas. Eran la pequeña burguesía rural que se armó para defender sus propiedades, su ganado y sus cosechas.
El cuento de Majno demuestra que es más fácil destruir la vieja sociedad que construir una nueva, sobre todo cuando no hay más que utopías, cuando la revolución es de papel impreso, de periódicos y libros. Es más fácil saquear un almacén que llenarlo, para lo cual hay que producir, o lo que es lo mismo: la desagradable función de organizar, de (im)poner orden (ordenar), repartir tareas, establecer horarios, acordar salarios, en fin, la disciplina y demás cosas que no gustan a los que quieren comer sin doblar el espinazo.
El programa es bien simple: defendemos lo nuestro y nos quedamos con lo demás, para lo cual tenemos que armarnos, crear algo tan poco autogestionario como un ejército por más «verde» que lo pinten. Las personas no pueden sustituir a una mala organización porque eso lleva al personalismo y al paternalismo. Majno fue uno de tantos atamanes ucranianos, es decir, un cacique militar, un jefe carismático al que los suyos llamaban «Batko» (El Padre).
Los cuentos anarquistas embellecen algo tan feo como un ejército, dicen que lo formaban «voluntarios» y que los oficiales eran electivos… Por el contrario, no dicen que los comandantes majnovistas ejercían el derecho de veto sobre las elecciones y decisiones asamblearias y que para imponer disciplina recurrían a castigos, e incluso a la pena de muerte. La horizontalidad, la (des)organización y la mala organización no atenúan las reglas coactivas propias de la jerarquía militar, sino que conducen a los peores extremos.
No era nada diferente de ningún otro ejército. Majno creó dos fuerzas secretas de policía que llevaron a cabo numerosos actos brutales, palizas y ejecuciones sin juicio previo. Mataron a muchos prisioneros de guerra. Su policía secreta se encargaba de deshacerse de sus oponentes dentro y fuera del movimiento. Sus actividades condujeron a que durante un congreso los anarquistas le pidieran explicaciones a Majno por sus actividades: «Hemos sido informados de que en el ejército existe un servicio de contraespionaje que se dedica a acciones arbitrarias y no controladas, algunas de las cuales son muy graves, como las de la Cheka bolchevique. Nos han informado de órdenes de búsqueda, detenciones, incluso de tortura y ejecuciones».
Como en cualquier ejército, las borracheras de los soldados estaban castigadas, una norma que los oficiales de Majno aplicaban rigurosamente, excepto al propio Majno, un gran aficionado a la bebida. A una guerra no se puede ir con un pistola en una mano y una botella en la otra porque bajo los efectos del alcohol se adoptan decisiones militares precipitadas que acaban en graves tragedias.
Las borracheras de Majno y sus comandantes degeneraban en orgías sexuales en las que las mujeres no siempre participaban voluntariamente. En el Ejército Verde ellas no eran consideradas «bratishki» (camaradas) porque los campesinos ucranianos no cuestionaban las ideas dominantes en aquella sociedad sobre las mujeres -y sobre otros asuntos- sino que las compartían plenamente. A pesar del culto a la personalidad que le profesan los anarquistas, cuando estaban exiliados en París su mujer trató de matarle en una ocasión con un cuchillo, dejándole una profunda cicatriz en el rostro.
Si el Ejército Rojo lo formaban 5 millones de obreros y campesinos, el de Majno alcanzó los 30.000 en su mejor momento. Los generales zaristas siempre supieron que los anarquistas eran un fenómeno irrelevante. Jamás hubieran podido mover ni un dedo en Ucrania si el Ejército Rojo no hubiera tenido a los blancos batallando en miles de kilómetros de frentes dispersos por toda la geografía de Rusia.
Una anécdota militar se corresponde con una anécdota política. En sus memorias Majno cuenta que en 15 kilómetros a la redonda de su base de operaciones en Huliai Polie solo había cuatro comunas libertarias, más alguna otra en las comarcas cercanas. En total, entre 100 y 300 personas. El historiador anarquista Arshinov reconoce que en las comunas sólo participaron unos pocos miles de campesinos aislados en medio de un océano de varios millones de ellos, un movimiento absolutamente insignificante y no muy diferente de otros a los que nadie recuerda.
En el reino de taifas que fue Rusia durante la guerra civil, Majno regía su propio Estado como otros 30 parecidos al suyo. Pero en sus cuentos los anarquistas le cambian el nombre a las cosas. El Estado majnovista se llamó Consejo Militar Revolucionario y promulgaba leyes como cualquier otro: para censurar la prensa, para distribuir las tierras o para combatir las epidemias. Como los anarquistas son apolíticos y apartidistas ilegalizaron los partidos políticos, a excepción del suyo (al que cambiaron el nombre), de tal manera que sólo ellos podían participar en sus elecciones. Si alguien se quejaba los majnovistas exhibían las bayonetas. El historiador anarquista Paul Avrich señala: «Actuando en conjunto con los Congresos regionales y los soviets locales, de hecho el Consejo militar revolucionario formó un gobierno en el territorio circundante Huliai Polie».
Durante unas pocas semanas fue el primer Estado anarquista de la historia, el Estado que renegaba de sí mismo.

El sujeto y el objeto de la historia

Juan Manuel Olarieta

Las disquisiciones sobre el sujeto histórico o sujeto revolucionario, ampliamente difundidas por la verbena seudomarxista, son otro ejemplo de la presión intelectual -filosófica en este caso- que ejerce la burguesía sobre el proletariado y el idealismo sobre el materialismo. Como tantas otras entelequias de la burguesía, parece que tiene que ver con algo que no es ella misma y sus fantasmas.

Que nadie se confunda con estas filosofías. Como todo asunto filosófico, no es otra cosa que un asunto político transfigurado. De lo que hablamos es de política. Detrás de la filosofía cabalística de la burguesía está su ramplonería política, su mediocridad y su ineptitud. Seguimos de carnaval. En cuanto escarbas un poco, las fatigosas exégesis filosóficas dejan paso a la romería, los disfraces y chirigotas.

Más exactamente, de lo que hablamos es de la burguesía jugando al izquierdismo, o lo que es lo mismo, del izquierdismo pequeño burgués. Es, pues, más viejo que un catarro. Lenin lo explicó hace ya casi 100 años en su obra «El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo» porque en aquel momento, muy parecido al actual, la plaga estaba causando estragos. Hay que tener precaución porque el izquierdista es un sujeto contrarrevolucionario cuyas pretensiones no son otras que las de seguir vociferando dentro del propio capitalismo, al que sirve con absoluta fidelidad.

Entre otras, hay dos circunstancias que explican el auge del izquierdismo entonces y ahora. La primera es que se trataba de una reacción simétrica al derechismo de la II Internacional. La segunda es que el entusiasmo despertado por la Revolución de Octubre había llevado a las filas del comunismo a un aluvión de corrientes que traían sus propias concepciones ideológicas debajo del brazo. Eran consejistas, luxemburguistas, anarcosindicalistas y espontaneístas que representaban la quiebra ideológica de la pequeña burguesía.

Las teorías sobre el sujeto revolucionario surjen de aquella corriente izquierdista que Lenin denunció. Se trata de una entelequia del idealismo alemán, especialmente de Fichte, que el izquierdismo rescató a comienzos del siglo pasado para oponerse al revisionismo imperante en la II Internacional, en el que predominaba el mecanicismo, el determinismo económico, la omnipresencia de las fuerzas productivas y la sucesión inexorable de los modos de producción.

Si en 1900 el revisionismo se nutría exclusivamente de las famosas condiciones objetivas, un siglo antes el idealismo alemán había puesto en primer plano a las condiciones subjetivas. La historia era expresión de las aspiraciones humanas más sentidas, especialmente la libertad tal y como la entendía entonces la burguesía. Por consiguiente, la historia carece de entidad propia; es un predicado cuyo sujeto es el hombre, una abstracción (el hombre) que fabrica otra abstracción (la historia).

Se trataba, pues, de metafísica, de oponer lo activo a lo pasivo, lo natural a lo social (o artificial), la sociedad (lo privado) al Estado (lo público) o la libertad a la necesidad (el determinismo). Hay muchas dicotomías como esas -o parecidas- que desde hace un siglo los burgueses -grandes o pequeños- llevan intentando introducir en el materialismo histórico.

Los izquierdistas, como Lukacs, Korsch, Pannekoek y la Escuela de Frankfurt, llevaron al materialismo histórico las concepciones del idealismo alemán sobre el sujeto histórico, que intentaron colar bajo el nombre de sujeto revolucionario. Para ello tuvieron que falsificar también el concepto de práctica (praxis), que queda en un limbo. Para ellos la praxis es una chistera de la que te puedes esperar cualquier cosa. Lo único evidente es que ellos mantienen una concepción individualista y existencialista de la práctica, como una especie de esfuerzo o sacrificio personal (la militancia), e incluso una aventura. La praxis es siempre una praxis del sujeto. Unamuno la calificaría de «agonía» y Korsch de «lucha» pero ambos hablaban de lo mismo.

Las corrientes dominantes en la II Internacional creían que el capitalismo se hundiría fatalmente como consecuencia del estallido de sus propias contradicciones internas. Para el reformismo la historia es un engranaje ajeno a las clases sociales y a sus luchas y, por lo tanto, a los seres humanos. Es la tesis defendida también por Bujarin y después por Althusser sobre una historia sin sujetos. Para el reformismo los movimientos son puramente sociales (apolíticos) y las reivindicaciones fundamentalmente sindicales. Ante esto, los izquierdistas pusieron el acento en las cuestiones políticas, ideológicas y culturales, degenerando en una retórica vacía acerca de la conciencia, la ideología, la alienación y el fetichismo, cuyo mejor ejemplo es la denominada Escuela de Franckfurt (Adorno, Marcuse, Habermas).

Aquella polémica era por completo ajena al materialismo histórico, que ignora esa separación metafísica del objeto con el sujeto, concebidas como otras tantas abstracciones, que no cambian cuando en lugar del hombre o del sujeto ponen a las masas o a la sociedad de consumo. No salen de la filosofía de la historia típica del idealismo alemán de comienzos del siglo XIX.

La burguesía introduce una dicotomía entre el objeto y el sujeto para sostener que uno de los extremos siempre es pasivo, es decir, efecto o consecuencia del otro. Donde la II Internacional decía que la historia hace a los hombres, los izquierdistas dicen que los hombres hacen la historia. Nunca ambos interaccionan entre sí. Precisamente la práctica no es otra cosa que una interacción entre ambos o, en palabras de Sartre, «el hombre está mediado por las cosas en la misma medida en que las cosas están mediadas por el hombre». Marx criticó en Feuerbach su concepción de la filosofía como mera contemplación de la realidad:

«El defecto fundamental de todo el materialismo anterior -incluyendo el de Feuerbach- es que sólo concibe el objeto, la realidad, la sensoriedad, bajo la forma de objeto o de contemplación, pero no como actividad sensorial humana, como práctica, no de un modo subjetivo. De aquí que el lado activo fuese desarrollado por el idealismo, por oposición al materialismo, pero sólo de un modo abstracto, ya que el idealismo, naturalmente, no conoce la actividad real, sensorial, como tal».

Pero no se trataba sólo de Feuerbach sino de algo común entre los filósofos que, hasta Marx y Engels, no han hecho otra cosa que interpretar el mundo, una y otra vez. El trabajo es una forma de práctica, algo que los filósofos burgueses ignoran.

En el materialismo histórico la práctica reúne tres elementos fundamentales, sin los cuales no se puede entender:

a) la praxis es tan concreta como la historia y como los sujetos. Los sujetos pertenecen a clases sociales. Marx diría que son personas con ojos y orejas, tan concretas como los momentos en los que les ha tocado vivir, las ciudades en las que se han criado, las organizaciones con las que han combatido y las manifestaciones en las que han desfilado

b) más que activa la praxis es interactiva, es decir, el sujeto actuando sobre el objeto y el objeto sobre el sujeto, son las condiciones de trabajo (el salario, las horas, los descansos, la movilidad) tanto como el convenio colectivo (las negociaciones, las huelgas, las manifestaciones) que las modifica

a) la praxis es colectiva o social: el sujeto actúa en la historia formando parte de clases sociales, por lo que los sujetos interaccionan tanto con los que forman parte de la misma clase social como con los de la clase contraria, se agrupan con unos para enfrentarse a los otros

Decir que el hombre hace la historia es un obviedad. No hay historia sin hombres y mujeres. Pero el hombre no hace la historia igual que hace un botijo, es decir, algo de lo que no forma parte. En palabras de Marx, los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que exis­ten y les han sido legadas por el pasado.

Toda la demagogia filosófica sobre el sujeto revolucionario tiene en cuenta sólo la primera parte, «los hombres hacen su propia historia», pero se olvida de la segunda. Es la esencia del izquierdismo. La historia se hace en unas determinadas condiciones, a las que normalmente se califica de «objetivas». Esas condiciones hay que analizarlas minuciosamente porque de lo contrario eso que llaman «lucha» no es más que voluntarismo, una aventura puramente personal.

La Organización Especial en acción

El 20 de agosto de 1941, a las 11 de la mañana, un joven de 22 años al que llaman Fredo se trasladó a la estación de metro de Barbés, en París, para reconocer el lugar. No lo eligió al azar. Los oficiales de la Wehrmacht que habían ocupado la capital francesa se hospedaban en el cercano hotel Carlton y pasaban por allí con frecuencia. A esa hora de la mañana apenas había viajeros. La estación dibuja una curva y desde su emplazamiento, el jefe de estación no puede ver el vagón de primera, frente al cual había una salida a la calle.

Hasta ese día los nazis habían cumplido su objetivo militar sin ninguna clase de resistencia. Al día siguiente un comando armado de jóvenes militantes comunistas compuesto por Fredo junto con Brustlein, Zalkinov y Gueusquin se sitúan meticulosamente en uno de los arcenes de la estación. Un oficial de la Kriegsmarine, Alfonso Moser, espera la llegada del convoy. Cuando se aproxima reduciendo su velocidad, Fredo le dispara dos veces y el oficial alemán cae fulminado. El comando huye.

El operativo fue criticado por todos, incluso por el general De Gaulle, que acusó a Fredo de «terrorismo individual». En Francia la resistencia empezó contra viento y marea, en medio de reproches y críticas. Nada sucedía al azar. Unos días antes, el 19 de agosto, tras una manifestación junto a la estación de metro de Strasbourg-Saint-Denis, los alemanes habían detenido a Samuel Tyszelman y Henri Gautherot, dos jóvenes militanes comunistas, que fueron fusilados inmediatamente en el bosque de Verrières.

Poco antes el Partido Comunista había creado la Organización Especial para combatir a los nazis con las armas en la mano. Junto con Danielle Casanova y Albert Ouzoulias (coronel André), Fredo dirigía los comandos de la Organización Especial.

Uno de los que participó en el operativo de la estación de metro de Barbés era Gilbert Brustlein, otro militante de las juventudes comunistas francesas que había logrado fugarse de la prisión poco antes. El 20 de octobre de aquel Brustlein ejecutó en Nantes a Karl Hotz, el jefe de la Kommandantur. La prensa de entonces calificó a Brustlein de terrorista y a la resistencia de «bolcheviques», «judíos» y «extranjeros» destinados a los pelotones de fusilamiento.

A partir de entonces en París las acciones de los grupos de combate de la Organización Especial se suceden vertiginosamente. El 3 de septiembre Asher Semhaya dispara dos veces contra un suboficial alemán al que hiere de gravedad; tres días después André Kirschen abate a tiros al teniente Hauffmann; cinco días después Semhaya ejecuta a un oficial alemán en el Bulevar Strasbourg; dos días después Kirschen ejecuta a un suboficial de la Kriegsmarine alemana y en otro lugar otro comando de la Organización Especial acaba con la vida de dos oficiales alemanes más.

Fredo había sido panadero, ferroviario y luego obrero del metal. Militaba en las juventudes comunistas desde los 14 años y tenía una dilatada experiencia militar. Había combatido en España con las Brigadas Internacionales, donde fue herido tres veces y alcanzó el grado de subteniente del Ejército Popular de la República.

Los guerrilleros de la Organización Especial eran miembros de las juventudes del PCF y su edad rondaba los 20 años. Los llamaban «el Batallón de la Juventud» o «Grupos Ardientes».
Desde 1939 el PCF era clandestino y sus militanes se llamaban por apodos. El verdadero nombre de Fredo era Pierre Georges y Danielle Casanova era la guerrillera Vincentella Perini, una dirigente de las juventudes comunistas dotada de una extraordinaria capacidad de organización, tanto de las mujeres como de los estudiantes. Había nacido en Córcega, en 1935 participó en Moscú en el congreso de la internacional comunista juvenil y al año siguiente organizó en Francia el movimiento de solidaridad hacia los antifascistas españoles en guerra.

En 1942 fue detenida por la Gestapo junto a George Politzer y su mujer, siendo asesinada en el campo de concentración de Auschwitz al año siguiente.

Por su parte, el padre de Fredo y su cuñado fueron fusilados por los alemanes como represalia. El propio Fredo fue detenido en París el 30 de noviembre de 1942, siendo salvajemente torturado durante varias semanas, primero por los vichistas y luego por los nazis. Logró fugarse cuando le deportaban a un campo de trabajo, se reincorporó a la guerrilla y luego fue uno de los organizadores de la insurrección de París que desalojó a los alemanes de la capital francesa. Más tarde continuó la guerra con el grado de coronel del ejército francés de liberación, hasta que el 27 de diciembre de 1944 murió al estallarle una mina.

De terrorista Fredo se convirtió en un héroe de la resistencia francesa con el apodo de «coronel Fabien». En el centro de París la antigua Plaza del Combate aún lleva su nombre de guerra. Allí el gran arquitecto comunista Oscar Niemeyer edificó la que desde 1967 fue sede de un Partido Comunista que ya era irreconocible. Con el cambio de siglo organizaron en sus salones un desfile de ropa de la marca Prada…

La sublevación de Kronstadt

En marzo de 1921 los marineros de la fortaleza naval de Kronstadt, en el golfo de Finlandia, se levantaron contra el gobierno bolchevique y establecieron una comuna contrarrevolucionaria que sobrevivió durante 16 días, hasta que el gobierno presidido por Lenin envió al Ejército Rojo a través de un mar helado, que logró aplastarla. Defendiendo la revolución socialista perdieron la vida 1.385 soldados y oficiales del Ejército Rojo; otros 2.577 resultaron heridos.

El motín de Kronstadt es el centro de una polémica histórica en la que chocan tesis diametralmente opuestas. Sucede como con mayo de 1937 en Barcelona: lo que para los comunistas fue una contrarrevolución, los demás lo convierten en una revolución y, a falta de otros méritos, se desviven por apuntarse a ella. Hoy de Kronstadt sólo se acuerdan los anarquistas, pero es porque los demás han desaparecido. Ya no hay mencheviques, ni eseristas, ni zaristas, ni kadetes, ni guardias blancos. Entonces parece que quienes dirigieron Kronstadt fueron ellos, los anarquistas, una vez más enfrentados a los comunistas.

En Kronstadt y en mayo de 1937 se produce otra coincidencia: los anarquistas, que se consideran a sí mismos como revolucionarios, saltan al ruedo rodeados de muy malas compañías. En el caso de Kronstadt van de la mano de los reaccionarios, los zaristas y la guardia blanca, pero también de los reformistas, los mencheviques y los eseristas. La revolución francesa ya forjó una Santa Alianza en el bando opuesto. Las uniones sin principios, las coincidencias oportunistas, son típicas de cualquier revolución, donde siempre aparece, además, alguien que se cree más revolucionario que la misma revolución.

Los comunistas se han quedado solos y con fama de represores, ya no sólo de la reacción sino de los auténticos revolucionarios. ¿Cómo es posible que fuerzas sociales tan dispares aprieten sus filas contra los comunistas? Según los anarquistas Kronstadt fue la tercera revolución rusa, una continuación de las de febrero y octubre de 1917. Si eso es así, ¿cómo es posible que los reaccionarios, lo más negro del zarismo, la apoyen?, ¿es posible que la contrarrevolución defienda la revolución?

El ejemplo más clamoroso de esa Santa Alianza anarco-zarista se produjo el 10 de enero de 1994 cuando Boris Yeltsin se unió a ella para defender oficialmente la revuelta contra el poder soviético y rehabilitar la memoria de los amotinados. Contra la URSS siempre ha valido todo, cualquier argumento es bueno, ni siquiera las mentiras han importado nunca.

No obstante, cualquier mentira tiene las piernas cortas. La declaración de Yeltsin en 1994 condujo a un error capital por parte de los mentirosos, sobre todo de quienes se creen sus propias fabulaciones: abrió los archivos históricos, que luego condujeron a la publicación en 1999 de una enorme colección de documentos originales en la editorial de la Agencia Federal de Archivos de Rusia.

La leyenda de Kronstadt, como todas las demás leyendas antisoviéticas, se hundió. Los documentos confirman, sin ningún género de dudas, la naturaleza contrarrevolucionaria del alzamiento de Kronstadt.

Los impacientes no necesitaron tanto tiempo. En 1970 el historiador Paul Avrich, un anarquista originario de Odesa (Ucrania) y profesor de la Universidad de Queens, en Nueva York, ya descubrió documentos originales, como el “Memorándum para organizar un levantamiento en Kronstadt” de los zaristas en el que se detalla la situación militar y política dentro de la fortaleza y el plan para reclutar a un grupo de marineros para utilizarlos contra los soviets. En su obra sobre el levantamiento Avrich reconoció “que los bolcheviques estaban justificados en someter” a los amotinados de la fortaleza.

Sin embargo, Avrich también afirmó que no había ninguna evidencia de vínculos entre los marineros y los guardias blancos antes de la revuelta. Los comunistas estaban mintiendo al equiparar a ambos. Es más: las pruebas que proporcionaban era harto sospechosas ya que procedían de la Cheka, la temible policía soviética, y consistían en confesiones de los detenidos, seguramente obtenidas bajo torturas, etc.

Los documentos que se publicaron en 1999 son aplastantes y proceden de una gama de fuentes que no puede ser más variopinta, ya que además de las soviéticas, incluye informes de las potencias imperialistas, de los zaristas, mencheviques, eseristas y anarquistas. No hubo ninguna clase de torturas a los detenidos porque no hacía falta. Kronstadt fue una contrarrevolución. Los marineros que dirigieron el motín estaban en contacto y actuaban por cuenta de los zaristas. Las declaraciones de los que confesaron durante su detención coinciden exactamente con los testimonios de los 8.000 que escaparon.

Después de aplastar el motín la Cheka abrió una investigación que llevó a cabo Yakov S. Agranov, quien el 5 de abril de 1921 informó a la dirección de la policía soviética que “el levantamiento adquirió un carácter sistemático y fue dirigido por las experimentadas manos de los viejos generales”, o sea, por los más altos militares zaristas.

A los anarquistas se les llena la boca con la libertad. En la URSS ellos querían soviets libres y cuando hablan de «libres» se refieren a soviets libres de comunistas, por lo que no quieren acordarse de que el levantamiento empezó encarcelando al comisario de la Flota del Báltico, Nikolai Kuzmin y otros dirigentes comunistas para que no pudieran exponer sus puntos de vista en las asambleas y acallar los falsos rumores que propagaba la contrarrevolución. La libertad consiste en que sólo hablen ellos. El testimonio presencial de un comunista sobre la asamblea del soviet fue el siguiente:

“En medio de la conmoción y el pánico se pidió apresuradamente un nuevo voto sobre algo. Unos minutos después, el presidente de la reunión, Petrichenko, silenció a la asamblea y anunció que ‘El Comité Revolucionario, formado por este Presidium y elegido por ustedes, declara: ‘todos los comunistas presentes deben ser detenidos y no deben ser puestos en libertad hasta que se aclare la situación’. En dos o tres minutos, todos los comunistas presentes fuimos detenidos por marineros armados”.

Stepan Petrichenko, según el anarquista Avrich, fue el marino de Kronstad más destacado en la dirección de la revuelta y previamente a ella ya había intentado unirse a los zaristas. Tras su fracaso huyó a Finlandia, se alió con los guardias blancos emigrados para imponer en la URSS una “dictadura militar temporal” que remplazara al gobierno soviético.

Unos 300 comunistas fueron detenidos en la sublevación; muchos más tuvieron que esconderse o huir. Aunque dicen que están en contra del poder, en Kronstadt, lo mismo que en la II República, los anarquistas se apoderaron de las cárceles. El comandante del presidio era el anarquista Stanislav Shustov, quien propuso fusilar a los comunistas detenidos y la amenaza de ejecuciones masivas de comunistas estuvo a punto de cumplirse. En la madrugada del 18 de marzo, Shustov puso una ametralladora fuera de la celda donde estaban 23 presos comunistas, que salvaron su vida gracias al avance del Ejército Rojo sobre el hielo.

Los amotinados suprimeron el soviet, elegido democráticamente, poniendo en su lugar a un “Comité Revolucionario Provisional” que -en contra de lo que dijo Petrichenko- se eligió a sí mismo y declaró que asumía todo el poder en la fortaleza naval, que es la manera en que los anarquistas acaban con el poder: quedándoselo para sí mismos.

John Bernal, científico y comunista

John D. Bernal (1901-1971) fue un científico y comunista irlandés que destacó por su labor pionera en el ámbito de la cristalografía de rayos X, biología molecular e historia de la ciencia.

Tras realizar estudios en la Universidad de Cambridge y licenciarse en matemáticas y ciencias en 1922 siguió estudios de postgrado bajo la tutela de William Bragg en los laboratorios Davy-Faraday en Londres.

Hacia 1924 logró determinar la estructura molecular del grafito, una forma del carbono. En la Universidad de Cambridge, y junto con su discípula y futura ganadora del Premio Nobel Dorothy Crowfoot Hodgkin, tomó las primeras fotografías de rayos X de cristales proteicos, dando uno de los primeros pasos para los estudios de las macromoléculas orgánicas basados en cristalografía.

No le otorgaron el Premio Nobel a causa de la Guerra Fría, a pesar de que varios de sus discípulos y compañeros de investigación fueron laureados. Justo por entonces la cristalografía de proteínas se convertía en una herramienta clave para el avance de la biología molecular, pero a Bernal le dejaron fuera. Sin embargo, en 1962 sus colegas Max Perutz y John Kendrew se llevaron el Nobel de Química por sus estudios cristalográficos de las proteínas hemoglobina y mioglobina, y Francis Crick, James Watson y Maurice Wilkins obtuvieron el de medicina por sus descubrimientos sobre la estructura de la doble hélice del ADN.

Siempre le entusiasmó la conquista del espacio exterior. El monolito negro que expresa la inteligencia extraterrestre en la saga de novelas de Arthur Clarke («2001 Una odisea del espacio») también procede de Bernal. Fue un pionero de las estaciones espaciales orbitales, verdadera ciencía ficción para aquella época. En 1929 propuso la construcción de una estructura en forma de asteroide hueco y esférico, que se conoció como la Esfera de Bernal, de 16 kilometros de diámetro, capaz de mantener contingentes de 30.000 personas en el espacio de forma permanente.

En 1937 le nombraron miembro de la Royal Society de Londres, la máxima institución científica de Gran Bretaña. En 1958 le nombraron para la Academia de Ciencias de la URSS.

En junio de 1994 la revista francesa de divulgación científica «La Recherche»
publicó un número especial dedicado a un acontecimiento histórico que
se ha querido mantener oculto: el decisivo papel de un comunista en el desembarco de los aliados en las playas de Normandía. Para ello Bernal inventó los llamados puertos prefabricados Mulberry que se usaron en el desembarco y realizó la topografía del terreno y el suelo marino. La Armada Británica le asignó el rango de comandante para minimizar problemas relacionados con tener a un civil al cargo de las fuerzas de desembarco. Tras orquestar el Día D, Bernal desembarcó en Normandía al día siguiente.

Otra de sus aportaciones más importantes concierne al debate sobre el origen de la vida. En los países capitalistas conocemos al soviético Alexander Oparin gracias a que Bernal tradujo su obra al inglés. Pero Bernal propuso sobre el asunto hipótesis novedosas, como la intevención de la arcilla en la formación de quiralidad de las moléculas orgánicas. Luego las investigaciones de James Ferris confirmaron que las arcillas pueden actuar como catalizadores en la formación de las cadenas de ARN. El Premio Nobel Jack Szostak también ha demostrado que las arcillas pueden producir los ácidos grasos que componen las membranas de las células.

Bernal fue profesor en la Universidad de Londres. Junto con el soviético Boris Hessen, revolucionó la historia de la ciencia y sus obras, basadas en el materialismo dialéctico, han tenido gran difusión. En 1939 escribió un libro con el que inició de los estudios sociales de la ciencia y la tecnología, llamado «La función social de la ciencia». En 1954 publicó otra obra maestra «La ciencia en la historia».

Supo generalizar magistralmente los resultados obtenidos por la ciencia en su conjunto, puso de relieve el valor filosófico de la ciencia y su importancia para la historia de la humanidad, aclaró el carácter contradictorio de su desarrollo en las sociedades de clase y su incesante progreso bajo el socialismo.

A la muerte de su amigo, también científico y comunista, Frédéric Joliot-Curie, ocupó la presidencia del Consejo Mundial de la Paz y en 1953 la URSS le concedió el premio Stalin de la Paz por su contribución a la amistad entre las naciones.

En 1923 se afilió al Partido Comunista, una ideología que defendió a capa y espada hasta su muerte, ocurrida en 1971. Por eso en los países capitalistas la obra de Bernal ha sido salvajemente censurada, combatida e ignorada. Sin embargo, después de su muerte, en 1989, se celebró en Hamburgo un Simposio al más alto nivel para conmemorar el 50 aniversario de la publicación de su obra pionera «La función social de la ciencia».

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies