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Etiqueta: Antifascismo (página 52 de 71)

Otra petición de dos años y medio de cárcel por twittear

Abelardo Collazo Arauxo
Rubén González

Acaba de llegarme la apertura de juicio oral y con ella la petición de la fiscalía. Quien solicita 2 años y 6 meses de prisión para mi persona, así como una multa económica de 2.500 €, por ejercer el derecho a la libertad de expresión mediante la red social Twitter.
Es decir, el Estado fascista que asesinó a quemarropa a Abelardo Collazo quiere condenarme a prisión por denunciar en un tuit su terrorismo de Estado.
Es decir, el Estado fascista que nos ha masacrado durante los 40 años de circo democrático, robándonos hasta las más mínimas libertades democráticas, quiere meterme en prisión por decir en un tuit “Los derechos se conquistan en la calles”.
Es decir, el Estado fascista que está condenando al camarada Arenas, único secretario general de un partido comunista encarcelado en Europa desde Dimitrov, a morir en prisión mediante una cadena perpetua encubierta quiere condenarme por aclarar en un tuit que este señor “Es comunista, no terrorista”.
Es decir, los fascistas, únicos terroristas, tratando una vez más a las víctimas como verdugos.
Solo la unidad y solidaridad pueden frenar esta nuevo atropello.

¡Sin libertad de expresión no hay democracia!
¡Absolución para todos los encausados en la Operación Araña!
¡Amnistía total ya!

Fuente: http://www.lahaine.org/est_espanol.php/suma-y-sigue-otra-peticion

La ‘lucha contra el terrorismo’ es la coartada para la creación de un Estado fascista

Coupat: un culpable a la medida
Juan Manuel Olarieta

Si hablara del yihadismo este artículo perdería su gracia, por lo que hablaré del anarquismo, o sea, de la asimilación del anarquismo al terrorismo y de los réditos que de ella se han derivado siempre, desde hace más de cien años.

Pero si hablara de la “lucha contra el terrorismo” (anarquista o cualquier otro) en España acabaría en una mazmorra inmunda, así que hablaré de otro país, como Francia, por ejemplo, algo que -de momento- no atraerá las iras de ningún inquisidor de la fiscalía (o eso espero).

En 2008 la policía antiterrorista francesa, respaldada por la correspondiente intoxicación mediática, como es habitual, fabricó la historia de los sabotajes a varias líneas del AVE francés (TGV). Un caso claro de terrorismo cuya lotería le tocó a los anarquistas, aunque podía haber tocado a cualquier otro. Lo importante es que la policía y los medios necesitaban ruido y les resulta fácil lograrlo si nadie les hace frente como se merecen.

Como consecuencia de aquellos “sabotajes anarquistas” la policía francesa remueve Roma con Santiago, con redadas y registros en cada uno de los centros donde se reunían los sospechosos, hasta que dieron con el lugar ideal para orquestar la farsa: una comuna de okupas en la localidad de Tarnac.

Aquellos pacifistas y alternativos no eran tan inofensivos como creían los vecinos, sino tipos peligrosos y mal encarados. ¡Hay que estar un poco más alerta y llamar a la policía a la mínima sospecha!

La lotería policiaca siguió cuando algunos (y no otros) fueron acusados de un delito creado en los tiempos en que el general fascista Petain era el amo del Vichy colaboracionista de la Segunda Guerra Mundial. Se llama “asociación de malhechores con fines terroristas”, el equivalente a la “pertenencia a banda armada” autóctona. A Francia no le bastaba con el yihadismo sino que también necesitaba resucitar el “terrorismo de extrema izquierda” para justificarse a sí misma, sus atropellos y sus crímenes: el auténtico terrorismo de Estado.

Para tapar la boca a los escépticos de la prensa, la ministra del Interior daba datos tan exactos como que la red de “terroristas de extrema izquierda” que la policía vigilaba la componían 300 alborotadores dispuestos a todo, sobre todo a luchar contra los recortes presupuestarios y la reforma laboral que el gobierno quería emprender de inmediato.

Tras la redada, el Ministerio de Interior movilizó a 150 sabuesos para demostrarle al juez que aquella película no era de ficción sino real como la vida misma. La policía puso todo su empeño en ello y los hechos, las circunstancias, los testigos, los informes, las pruebas, las pistas, los indicios… todo fue tuneado para la ocasión.

La policía se volcó en el guión que llevaba escrito de antemano, y fue jaleada por los medios hasta tal punto que se pasaron de rosca. Durante meses tuvieron micrófonos instalados en el supermercado del pueblo y llegaron a falsificar los atestados. Era algo tan obvio que tres años después del montaje, un juez abrió un sumario contra la policía por apañar las pruebas.

El asunto dio un giro de 180 grados; los vigilantes se vieron sometidos a lo que más odian: ser vigilados.

Bauer: un socialfascista de libro
El caso de los anarquistas de Tarnac es uno de esos experimentos de laboratorio a los que se han aficionado los países de la Unión Europea. Su detonante no fueron los sabotajes a las líneas ferroviarias de alta velocidad sino el Informe Bauer, redactado poco antes a petición de Nicolás Sarkozi, cuando era Presidente de la República.

Alain Bauer, el artífice del informe, es un antiguo militante socialista que creó una empresa de seguridad con la que se ha llenado los bolsillos gracias a la privatización de la policía. Su informe es tecnología represiva típicamente fascista, es decir, preventiva. Dado que el gobierno sabía que sus recortes y su reforma laboral encontrarían una furibunda oposición, necesitaban atajarla atemorizando a las masas, para lo cual tenían que fabricar un enemigo y rodearle de la parafernalia típica del caso.

Lo mismo que la Operación Pandora en España, en Francia apareció una obra premonitoria sobre “La futura insurrección” firmada por un “Comité invisible” pero atribuida por la policía a una de las víctimas del montaje, el anarquista Julien Coupat, que ha negado ser su autor. El Informe Bauer aseguraba que esta obra era similar a los primeros folletos que publicaron las Brigadas Rojas en Italia.

En la Europa actual asistimos con la mayor naturalidad e indiferencia a que las letras de las canciones, los chistes y los escritos, en digital o en el papel, se conviertan en manos de policías, fiscales y jueces en crímenes de la peor especie, en torno a los cuales se orquestan verdaderos montajes como el de los inofensivos okupas franceses.

Los sabotajes a las líneas de alta velocidad se hicieron colocando ganchos en las catenarias, algo que ya hacía el movimiento antinuclear alemán hace un cuarto de siglo y que es inocuo para los viajeros. No había terrorismo por ninguna parte, ni ningún motivo de alarma y menos para la paranoia que desataron los medios. Nunca hubo ningún otro terrorismo que el de la policía, los fiscales y los jueces.

Pero el fiscal, un verdadero degenerado, puso de manifiesto sus propias taras personales y profesionales cuando aseguró que los okupas eran peligrosos porque eran anticapitalistas y tenían contactos con las “movidas anarquistas internacionales”, lo cual el contraespionaje francés (la hoy desaparecida DST) trató de probar con un informe del FBI sobre la participación de Coupat en varias manifestaciones celebradas en Estados Unidos contra centros de reclutamiento del ejército.

El ejercicio de un derecho básico, como el de manifestación, se convertía en su contrario: en la prueba de un grave delito.

En la “lucha contra el terrorismo” el sistema judicial ha pasado a formar parte, también en Francia, de la guerra preventiva. En unos casos se utiliza para invadir países o derrocar gobiernos; en los otros, para encarcelar indiscriminadamente y atemorizar a la población con farsas seudojudiciales.

En Francia los montajes policiales no han frenado las protestas contra la reforma laboral

Tenemos derecho a festejar la ejecución de un fascista como Carrero Blanco

Antonio Maestre
Jan Kubis y Joseb Gaczik son dos héroes del pueblo checo. Consiguieron ese honor tras atentar contra Reynhard Heydrich, director de la Oficina Central de Seguridad del III Reich y acabar con su vida en el marco de la Operación Antropoide. “El carnicero de Praga” murió el 4 de junio de 1942 por las heridas causadas después de que Kubis y Gaczik lanzaran una mina antitanque modificada contra el vehículo en el que viajaba el jerarca nazi.

Los dos checos que mataron a Heydrich se refugiaron en la iglesia de San Cirilo y San Metodio, donde finalmente fueron encontrados por las tropas nazis y asesinados junto a otros miembros de la resistencia de Praga. Una placa les recuerda en ese templo con las siguientes palabras:

“En esta Iglesia ortodoxa de los santos Cirilo y Metodio murieron el 18 de junio de 1942, defendiendo nuestra libertad, los combatientes del ejército checoslovaco en el exterior Adolf Opálka, Jozef Gabcík, Jan Kubiš, Josef Valcík, Josef Bublík, Jan Hrubý, Jaroslav Švark.

El obispo Gorazd, el sacerdote Citel, el Dr. Petcek, el presidente de la comunidad religiosa S. y otros patriotas checos que facilitaron a los soldados un refugio fueron ejecutados. Jamás los olvidaremos”.

La muerte de Reynhard Heydrich fue tomada por Adolf Hitler como una cuestión personal y ordenó unas acciones de represión desconocidas hasta el momento y que fueron encargadas a Kurt Daluege. La más conocida de todas ellas fue la destrucción del poblado de Lidice y la aniquilación de sus habitantes. Todos ellos fueron asesinados, bien en fusilamientos sumarios en el pueblo o en el campo de exterminio de Chelmno.

El escritor francés Laurent Binet, autor de un libro sobre el atentado contra Heydrich, hablaba así de la masacre de Lidice: “Lidice simbolizó la barbaridad del nazismo, al igual que Gernika simbolizó la barbarie del franquismo y del fascismo”.

Las palabras de Binet vienen a demostrar que la esencia genocida de ambos regímenes era la misma. Colaboraron y participaron activamente para la realización de sus crímenes, por lo que celebrar y alegrarse de la muerte de un dirigente franquista debería estar al mismo nivel que hacerlo de cualquier dirigente nazi. La calificación personal de quien celebra una muerte o hace bromas sobre ella tendría que quedar circunscrita al ámbito moral, nunca al penal.

Ser demócrata en Europa está unido de forma indisoluble a ser antifascista. Algo que en España la herencia franquista de la transición impide ver con claridad. A Cassandra, una estudiante de 21 años, el fiscal Pedro Martínez Torrijos le pide dos años y medio de cárcel por celebrar la efeméride del asesinato de Luis Carrero Blanco, presidente del gobierno franquista, y por hacer chistes del atentado que le costó la vida. En el auto se afirma que sus tuits contienen “graves mensajes de enaltecimiento al terrorismo” y la acusa de un “delito de humillación a las víctimas”, recogido en el artículo 578.1 y 578.2, y 579 bis del Código Penal.

Sólo el hecho de que alguien pueda entrar en la cárcel por bromear o celebrar una muerte ya es grave, pero más lo es que una democracia defienda a los genocidas y verdugos del Estado de derecho. Una democracia que se preciara de serlo garantizaría el derecho a que cualquier ciudadano recordara con alborozo la muerte de un líder de la dictadura franquista.

Conmemorar la muerte de un jerarca nazi es algo asumido como normal en cualquier sociedad democrática, nadie sería juzgado por hacer una broma sobre el asesinato de Reynhard Heydrich, pero la democracia española asume como parte de su corpus penal que celebrar la de Carrero Blanco pueda llevar a una persona a la cárcel.

El nazismo y el franquismo son representaciones diferentes de la misma realidad. Los campos de concentración franquistas contaron con la asesoría de Paul Winzer, jefe de la Gestapo destacado en España, quien además instruyó a la Brigada Político-Social en tácticas de represión. España no será una democracia completa si no incluye el antifascismo como pilar fundamental de sus valores. No lo será si no acepta el derecho a celebrar la muerte de Carrero.

Fuente: http://www.lamarea.com/2017/01/14/derecho-celebrar-la-muerte-carrero-blanco/

España es el país del mundo con más muertos en las fosas comunes

Pinochet y el Rey Demérito de España
La evidente complicidad del régimen español con la dictadura argentina en los tiempos del gobierno del siniestro “Señor X” o Felipe González, donde la monarquía española dio cobijo a la criminal policía política de Videla en España, colaborando activamente para perseguir activistas en el exilio, encubriendo asesinatos de estado y terrorismo sobre quienes salieron de este país sudamericano huyendo de los masivos crímenes de lesa humanidad.

Esa pestilente herencia franquista de los gobiernos de la “democracia” de peineta y saqueo española se hizo evidente respaldando a quien hizo del crimen su metodología funesta, más de 30.000 personas desaparecidas no hicieron mella en la conciencia psicópata del antiguo líder del PSOE, ahora nacionalizado colombiano, activo defensor de pactos con la derecha ultraderechista que ahora ejerce el poder en este corrupto y podrido trozo de la tierra.

Es normal que Aznar, Zapatero y Rajoy colaboren activamente para encubrir a todo tipo de torturadores y asesinos de la dictadura franquista, cerrando todas las puertas para que se juzgue vivos o muertos a quienes participaron directa o indirectamente en el genocidio fascista español.

El actual régimen español en 2017 avergüenza al mundo al ser el segundo país con mayor número de personas asesinadas por el estado en fosas comunes y cunetas después de Camboya, si se tirara solo un poco de la manta se podría comprobar cómo la estrategia gubernamental es seguir tapando la sangre inocente, los brutales crímenes que denuncian diariamente cientos de miles de familiares de los asesinados.

Jamás podrá existir una democracia mientras esté sustentada en la ocultación premeditada de todo tipo de asesinatos, torturas aberrantes, violaciones, desapariciones, ejecuciones, fusilamientos, etc., encubriendo a personajes reclamados internacionalmente por la justicia, buscados por la Interpol como los policías Billy “El Niño”, Jesús Muñecas, el suegro del ex ministro de Justicia del PP Alberto Ruíz-Gallardón, el ex ministro franquista José Utrera Molina y otros fascistas vinculados al PP como el ministro de Interior Martín Villa.

El viejo Borbón no solo mató elefantes y pagó con dinero público sus putas y concubinas, también mantuvo oscuras relaciones con todo tipo de criminales como quienes ejecutaron a lo mejor del pueblo argentino, uruguayo o chileno, a miles de personas asesinadas por defender la democracia y la libertad.

Un día no muy lejano serán reconocidos como activos colaboradores directos de estos holocaustos fascistas en España y Latinoamérica, junto a Hitler, Mussolini, Franco, Videla, Pinochet o Bordaverry.

La historia jamás los absolverá.

Fuente: http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/2017/01/un-regimen-criminal-de-lesa-humanidad.html

Franco y las redes fascistas internacionales en la posguerra europea

Entre los mitos arraigados del franquismo, uno de los que mejor sobrevive el paso del tiempo, tanto en el imaginario popular como en los círculos académicos, es el de un régimen aislado del mundo, una dictadura singular y exclusivamente endógena, un producto político típicamente español –como la cultura íbera o la tauromaquia– y sin vínculo con la Europa resurgida de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial. Pero tras la leyenda se esconde la verdad, con sus claroscuros y su complejidad: ni el franquismo fue una dictadura autóctona –en su sentido ideológico, material y cultural– ni Franco un caudillo refractario al trato con el exterior.

En los últimos tiempos, los historiadores están poco a poco tratando de romper esa penúltima barrera de la mitología franquista: la de su sempiterno aislacionismo. “Transnational Fascism in Twentieth Century: Spain, Italy and the Global Neo-fascist Network” (Bloomsbury Academic, 2016), de los investigadores Pablo Del Hierro y Matteo Albanese, es una de esas obras que contribuye a liquidar la quimera del aislacionismo en uno de los aspectos más controvertidos de la dictadura: su simpatía hacia los movimientos fascistas resurgidos tras la caída de Hitler. Del Hierro, profesor de la Universidad de Maastricht, y Albanese, docente en la de Lisboa, muestran cómo el Estado franquista, con el propio Franco y sus ministros a la cabeza, financió con millones de liras los movimientos neofascistas italianos (primero al MSI, luego a Orden Nuovo). El franquismo, lejos de ser un actor pasivo y doméstico, se implicó en la escena internacional más de lo que se cree, se preocupó por la deriva política en su entorno cercano, en el que trataba de influir con dinero y presiones de distinto tipo, y sirvió de refugio dorado para antiguos fascistas italianos, belgas o croatas.

El estudio de Del Hierro y Albanese abarca, cronológicamente, bastante más que los años centrales del nacionalcatolicismo. Por un lado se remonta a los orígenes y primeros pasos de Falange –años 30– y los entonces incipientes contactos con el fascismo mussoliniano, y por otro se extiende hasta las décadas de los setenta y comienzos de los ochenta, cuando las conexiones entre la extrema derecha española e italiana vivieron su canto de cisne. Transnational Fascism in Twentieth Century, todavía sin traducción al español, despliega dos ideas capitales. Una de ellas, desmenuzada en los párrafos anteriores, es la de que el franquismo no permaneció al margen de la lucha por las ideas tras la Segunda Guerra Mundial; otra, que el fascismo, como ideología global, no se diluyó en el bunker de Berlín ni a la orilla del lago de Garda, sino que supo sobrevivir larvado y mutar de lenguaje, métodos y objetivos durante la posguerra europea. La Segunda Guerra Mundial fue un punto y aparte, pero también en cierta manera un punto y seguido; el fascismo es un ejemplo de cómo las ideas que contribuyeron a hacer estallar la contienda mundial sobrevivieron a su exterminio físico; y en este sentido, el régimen de Franco llegó a convertirse el nexo fundamental en el desarrollo y crecimiento de la redes de extrema derecha durante las décadas venideras.

Parte de la obra de Del Hierro y Albanese abarca la conflictiva década de 1970. Los llamados años de la estrategia de la tensión en Italia y del tránsito de la dictadura a la democracia en España. Años de atentados terroristas, secuestros, presiones políticas y temores ciudadanos en los que las relaciones trasnacionales entre el fascismo italiano y la extrema derecha española experimentaron su canto de cisne. Años sin duda violentos, pero huérfanos todavía –sobre todo en España– de una explicación histórica alejada del mito de la modélica y pacífica transición.

España debía proceder con urgencia a una revisión crítica de su transición, matar al padre, hacer como Francia con el periodo de la resistencia o Alemania con el nazismo, salvando las distancias temporales y trágicas. No se trataba, como burdamente a veces se concibe, de moralizar en el sentido contrario la transición. Hablar de régimen del 78 como un periodo sucio y turbio, carente de legitimidad; sino de introducir el bisturí del análisis histórico desprejuiciado –que no despolitizado, el matiz es importante– en lo que hasta ahora había sido una ciénaga donde, por si las moscas, era mejor no introducirse.

— Empezáis el libro con una breve pero sutil referencia al presente. Como historiadores, estáis convencidos de que para evitar el resurgimiento del fascismo en Europa hay que comprender bien su génesis y desarrollo. ¿Qué hemos entendido mal hasta ahora? ¿Cómo educar a la sociedad para prevenir de nuevo, en un contexto de populismo y ultranacionalismo crecientes, el resurgimiento de grupos fascistas?

— Nosotros creemos que la clave nos la da Umberto Eco quien en su artículo Ur-Fascism, de 1995, nos explicaba cómo las sociedades democráticas debían mantenerse alerta y no olvidar nunca lo que significa el fascismo. En su opinión, el fascismo como ideología universal no había desaparecido de Europa tras la Segunda Guerra Mundial; simplemente se había mantenido escondido a la espera de un contexto más adecuado para poder resurgir. El problema, advertía Eco, es que cuando resurgiera, lo haría de manera distinta, bajo otro envoltorio. En ese contexto, los nuevos fascistas no irían más con camisas negras, dando palizas a judíos y pidiendo que se reabriese Auschwitz. No, el fascismo podría presentarse de las formas más inocentes. En realidad, el artículo de Eco apunta a un tema de discontinuidades y continuidades. La Segunda Guerra Mundial se interpreta tradicionalmente como un turning point clásico, ya que cambió muchas cosas en el mundo occidental. Sin embargo, no todo fue cambio; numerosos elementos de la Europa de entreguerras permanecieron inalterados en nuestras sociedades. La ideología fascista constituye uno de esos casos. La guerra implicó el final de los regímenes fascistas, pero no de su ideología. La ideología sobrevivió de la mano de los propios fascistas que lograron escapar de los aliados. Gente como Leon Degrelle, Otto Skorzeny, Ante Pavelic, Gastone Gambara o Filippo Anfuso, que se refugiaron en España después de 1945 y lograron transmitir sus ideas a las nuevas generaciones. Por supuesto, esas nuevas generaciones adaptaron el pensamiento a sus propias circunstancias y al nuevo contexto internacional. Ello ha llevado a un intenso debate académico sobre cómo denominar la ideología resultante, dependiendo de la valoración de las continuidades o las discontinuidades. El término “extremismo de derecha” posee un mayor valor explicativo y tiene más rigor; sin embargo, nosotros sostenemos que no pone suficiente énfasis en el tema de las muchas continuidades entre el periodo de entreguerras y los años posteriores a 1945. Es por ello que nosotros preferimos usar el término neo-fascismo, que deja muy claro que es un fascismo evolucionado, con muchos cambios, algunos de ellos importantes, pero en el que la esencia sigue allí desde 1922. Y es nuestro deber recordárselo a la sociedad para que esté atenta y no se deje engañar por ese “fascismo de paisano” que denunciaba Eco.

— ¿Se entiende mejor la violencia terrorista, en este caso en concreto la violencia de extrema derecha, desde una perspectiva transnacional? ¿Qué aporta esta visión que no aportara la tradicional perspectiva autóctona o simplemente nacional del fenómeno?

— Otra de las premisas de las que parte nuestra investigación es que el fascismo, como ideología de vocación universal, es inherentemente transnacional. Es una manera de entender el mundo que no se puede contener exclusivamente dentro de las fronteras nacionales; el fascismo debía extenderse por todos los países hasta convertirse en un fenómeno global. De hecho, y como demostramos en el libro, la ideología fascista viajó (y sigue viajando) mucho: partiendo de Italia se extendió por todo el mundo, ganando adeptos desde Adelaida hasta Buenos Aires, desde Londres hasta Johanesburgo. Entender cómo esa ideología se mueve a través de los países y es reinterpretada por las personas dependiendo de las distintas coyunturas es una tarea fundamental para el estudio del fascismo en el siglo XX, pero también en el XXI. Asimismo, es importante comprender que el fascismo contenía en sí una interpretación de la violencia política y del terrorismo que tampoco se limitaba al espacio nacional. El jefe de los servicios secretos del régimen de Mussolini, Mario Roatta, ya había encargado el asesinato de comunistas exiliados en Francia en los años treinta a través de una red de contactos entre fronteras. Los elementos fascistas de la colonia italiana en París, Nueva York y Buenos Aires habían llevado la violencia política a las calles de sus ciudades durante la década de los veinte en un intento por universalizar la ideología fascista. En este sentido, lo que pasa en Italia en los años sesenta y en España en los setenta no es nada nuevo; el terrorismo de derechas, como parte de la ideología fascista, se mueve a través de las fronteras y los académicos debemos ser conscientes de ello si queremos entender el fenómeno adecuadamente. También es necesario aclarar que la perspectiva transnacional no niega los enfoques nacionales o locales. Los enriquece al ofrecernos otra manera de mirar a este tipo de fenómenos. En otras palabras, la clave nacional es importante para entender el fascismo y el terrorismo neofascista, pero no suficiente. En este sentido, la perspectiva transnacional es complementaria y, en nuestra opinión, enriquecedora.

— ¿Cómo explican, como historiadores, la gran paradoja del neofascismo de combinar el ultranacionalismo con el internacionalismo? ¿Qué ventajas tuvo para ellos, para su supervivencia y extensión a lo largo de las décadas, el combinar ambas?

— La ideología fascista (y (neo)fascista) es inherentemente contradictoria. Igualmente, hay que entender que el fascismo, como ideología política, es bastante más pobre que otras ideologías. Por ejemplo, si coges el anarquismo, el liberalismo o el marxismo, puedes encontrar bibliotecas enteras con sus obras fundacionales o textos de gran calado filosófico que discuten su naturaleza. El fascismo produjo mucha menos literatura de calidad; apenas sí hay libros que expliquen su naturaleza o sus principales características. Esto ha favorecido que a lo largo de los años se hayan hecho numerosas interpretaciones, también entre los propios correligionarios, y ello ha potenciado los aspectos contradictorios. Por otro lado, hay que volver a recalcar que nosotros vemos el fascismo como una ideología intrínsecamente transnacional. También su funcionamiento lo fue. Ya desde sus inicios el régimen de Mussolini creó canales para propagar la ideología por todo el mundo. En 1934 por ejemplo, las autoridades italianas organizan en Montreux la primera conferencia de partidos fascistas del mundo a la que acuden representantes de 39 países (entre ellos España). Más tarde, la Guerra Civil supone uno de los puntos álgidos del fascismo transnacional: de hecho, a España vienen voluntarios de muchos países para luchar a favor de los ejércitos franquistas: no sólo italianos, también irlandeses, alemanes, portugueses o rumanos. Sin embargo, es a partir de 1945 cuando se acentúa el funcionamiento transnacional en un mayor grado: la derrota del Eje en la guerra, y, sobre todo, la huida forzosa a otros países convence a los supervivientes fascistas de que la única manera de mantenerse vivos y, con ellos, su ideología, es operando a través de las fronteras. De hecho, si no hubiese sido por la ayuda de los regímenes de Franco, Salazar o Perón, y de los fascistas que allí vivían, esas personas no habrían podido eludir la persecución aliada. Así pues, esa generación de fascistas vive en primera persona las ventajas de operar a través de las fronteras nacionales y se convence de que vivimos ya en un mundo global donde los confines entre países importan cada vez menos; estas convicciones serán transmitidas a las nuevas generaciones de neofascistas que llevarán ya ese sello transnacional en su ADN político.

— Tradicionalmente, se considera a Franco y su régimen como un modelo profundamente aislacionista. Ustedes demuestran que no lo era, y no solo eso, sino que, en años todavía de penuria como son los primeros 50, el régimen financió los movimientos neofascistas italianos para tratar de obtener cierto beneficio político (quizá también por la nostalgia de los buenos tiempos del dictador) del asunto. Franco como mecenas del neofascismo… ¿Por qué hasta ahora no se había puesto el dedo en esta llaga? El régimen franquista como refugio de viejos luchadores fascistas… ¿No se la jugaba Franco con esto? ¿Qué beneficios obtenía de esta política? ¿Tan impune se sentía, en el plano internacional, como para hacer del país un refugio del fascismo internacional pese a la aparente vigilancia a la que las potencias internacionales tenían sometido al Estado?

— El franquismo crea ya en 1943 una narrativa de régimen meramente autóctono, que no recibe ninguna influencia del extranjero. Lo hace a sabiendas de que la Segunda Guerra Mundial se está decantando a favor de los aliados y que estos no van a ver con buenos ojos a un régimen formado con la inestimable ayuda de Hitler y de Mussolini. La solución está clara: crear una historia oficial que presente la Guerra Civil como un conflicto exclusivamente entre españoles, en el que la intervención extranjera fuera casi inexistente. Lo mismo se hace con todas las estructuras del régimen, incluyendo Falange: no existió ni influencia ni inspiración proveniente del extranjero; todo autóctono. Ahí se empieza a fraguar la leyenda del aislacionismo del país, y del Spain is different. En realidad, eso le convenía al régimen de Franco. Y obviamente, a fuerza de repetirlo esa narrativa cala en todos los sectores de la sociedad, incluyendo en el sector académico. Afortunadamente la cosa está empezando a cambiar, y los trabajos de historiadores como Ferrán Gallego, Ismael Saz, Ángel Alcalde o Javier Muñoz Soro, entre otros, son buena prueba de ello. Por otro lado, también es necesario explicar que el análisis de estos contactos transnacionales no es nada fácil desde el punto de vista práctico. Matteo Albanese y yo hemos tenido que visitar archivos de seis países para tratar de encontrar las piezas del puzle. Además, nosotros estábamos buscando documentos que normalmente brillan por su ausencia: los diplomáticos franquistas no solían dejar constancia de los pagos entregados a grupos neofascistas de otros países. En muchos casos, era como buscar una aguja en un pajar, con el agravante de que los archivos hispano-italianos funcionan bastante mal, como ya hemos dicho.

— Sobre el terrorismo de extrema derecha en España en los 70 se ha pasado, y se sigue pasando, de puntillas. ¿A qué creen que se debe esto? ¿Cierta voluntad política de olvido premeditado? ¿Miedo latente a desnudar una parte del pasado que muchos pretender obviar? ¿Sucede igual en Italia con los años de la estrategia de la tensión o allí el pasado ha sido más removido y está más normalizado?

— Respecto a la cuestión de los años 70 es necesario añadir un argumento adicional: la noción de la Transición española como un mito intocable. Yo me licencié en historia contemporánea por la UCM en el año 2004. A esas alturas, la transición era explicada por el personal docente como un proceso ejemplar y pacífico, casi inmaculado; ello venía corroborado por la mayor parte de los periodistas y políticos del país. En consecuencia, los alumnos no sentíamos la necesidad de indagar en este proceso desde una perspectiva crítica. En todo caso, estudiábamos cómo el modelo español podía ser visto como ejemplo por la comunidad internacional y exportado a otros lugares. En otras palabras, se potenciaba el estudio de la transición de manera acrítica y desde el punto de vista de las relaciones internacionales. Las cosas empezaron a cambiar con la crisis de 2008 y con el estallido de los grandes escándalos de corrupción. Ello nos convenció aún más de proseguir con nuestra investigación tratando de ir más allá del mito, al mismo tiempo que evitábamos acabar en el otro lado del espectro. En efecto, uno de los problemas de estudiar la Transición es el maniqueísmo que muchas veces permea del debate: si la Transición no fue modélica como nos dijeron, entonces fue un desastre de la que no cabe salvar nada. Nosotros simplemente nos esforzamos por buscar una imagen más moderada que se ajustara en mayor medida a la realidad de las fuentes que estábamos consultando. La Transición tuvo muchas cosas buenas. Pero admitir eso no quiere decir que la Transición fuese perfecta. No lo fue. Tuvo también muchos elementos negativos: fue violenta, injusta para con las víctimas del franquismo, y demasiado benévola con los verdugos. Integrar esos dos elementos en un relato fue nuestro desafío y creo que el de muchos historiadores a día de hoy.

Cardenal Stepinac: de criminal de guerra fascista a beato del Vaticano

El criminal de guerra croata Alois Stepinac (1898-1960) fue nombrado arzobispo de Zagreb por Pio XII en diciembre de 1937. Fue el máximo dirigente de la Iglesia católica en Croacia durante la II Guerra Mundial y, a la vez, vicario castrense de las Fuerzas Armadas fascistas (ustachis). En un régimen que, como en España, reconocía al catolicismo como el corazón de su identidad nacional, la influencia del arzobispo en los crímenes que ocurrieron durante la guerra fue decisiva.

Para Stepinac la imposición del Estado ustacha independiente por los nazis significaba la realización de las aspiraciones católicas. En una carta pastoral publicada menos de un mes después de la fundación del nuevo Estado, Stepinac lo legitimaba diciendo que tras él estaba la influencia de la mano divina.

Por eso aplaudió el final de la tolerancia religiosa y el establecimiento de la ‘shariá’ católica, los dogmas del Vaticano  como leyes del nuevo Estado fascista y, por lo tanto, la imposición de la pena de muerte por aborto. En su primera entrevista con Pavelic, el arzobispo apoyó la persecución de las demás confesiones religiosas:

“El Arzobispo le dió su bendición [a Pavelic] por su trabajo […] Cuando el Arzobispo había concluido, el poglavnik [caudillo] contestó que deseaba dar todo su apoyo a la Iglesia católica. También dijo que arrancaría de sus raíces a la secta denominada Viejos Católicos que no era más que una organización para el divorcio. Continuó diciendo que no mostraría ningún tipo de tolerancia hacia la Iglesia ortodoxa, porque a su parecer, no era una Iglesia sino una organización política. Todo esto dejó al Arzobispo con la impresión que el poglavnik [caudillo] era un católico sincero y que la Iglesia católica tendría libertad de acción, aunque el Arzobispo no se autoengaña pensando que todos estos planes son fáciles de ejecutar”.

Stepinac se quejó de que los fascistas italianos que ocuparon parte de Croacia durante la guerra permitían una libertad religiosa excesiva que amenazaba la estabilidad del Estado. Los fascistas eran unos blandos. Stepinac le escribe al obispo de Mostar diciendo:

“Los italianos han vuelto y han reimpuesto su autoridad civil y militar. Las iglesias cismáticas revivieron inmediatamente después de su regreso y los sacerdotes ortodoxos hasta ahora escondidos volvieron a reaparecer con libertad. Los italianos parecen favorecer a los serbios y perjudicar a los católicos”.

También envió una queja similar Ministro de Asuntos Italianos en Zagreb: “Ocurre que en los territorios croatas anexionados por Italia se puede observar una caída constante de la vida religiosa y un evidente viraje del catolicismo al cisma. Si la parte más católica de Croacia dejara de serlo en el futuro, la culpa y la responsabilidad ante Dios y la historia sería de la Italia católica. El aspecto religioso de este problema lo transforma en mi obligación y deber hablar en términos simples y abiertos desde el momento que yo personalmente soy el responsable del bienestar religioso de Croacia”.

Al final de la guerra, el 24 de marzo de 1945, Stepinac convocó a la Conferencia Episcopal croata. Los obispos suscribieron una carta pastoral en la que defendían la política que Pavelic y sus ustachis fascistas habían llevado a cabo durante todos aquellos años. En la misma pastoral lanzaban una crítica implacable contra los guerrilleros de Tito, a quienes calificaba de bolcheviques y antirreligiosos.

Cuando los ustachis huyeron precipitadamente de Zagreb ante el avance de la guerrilla, acudieron de nuevo al arzobispo para que intercediera por su causa ante la Santa Sede. Stepinac ayudó a esconder a los criminales de guerra ustachis de alto rango como Mints, Smelled, Skull, Maric y otros. Muchos ministros ustachis como Canki, Balen y Petric dejaron sus bienes bajo el cuidado de la alta curia católica y en el palacio de Stepinac el ministro Alajbegovic enterró los archivos del Ministerio de Asuntos Exteriores.

El secretario de Stepinac, el sacerdote Viktor Salic, mantenía a estos grupos en contacto. En el otoño de 1945 desde su escondite Pavelic envió a Yugoeslavia a uno de sus lugartenientes de máxima confianza, el antiguo jefe de la policía ustacha, el coronel Erik Lisak. Éste entró en Yugoslavia de forma ilegal a través de Trieste, contactó inmediatamente con Salic y así pudo reunirse con Stepinac. En las dependencias del arzobispo recibió información sobre el paradero de los miembros de los grupos fascistas que quedaban en el interior, a quienes ordenó incrementar las acciones terroristas. A raíz de esto los ustachis lanzaron un programa de sabotaje y asesinato de oficiales de la nueva República yugoeslava para impedir su consolidación.

Estos grupos adoptaron desde entonces un glorioso nombre cristiano que los definía a la perfección: los Cruzados, el mismo que habían utilizado para realizar sus actividades legalmente en Yugoslavia antes de la guerra. De nuevo fue la Iglesia católica quien facilitó que llevaran a cabo sus planes. Desde las iglesias y monasterios en los que se ocultaban los refugiados fascistas en Roma, enviaban órdenes a los grupos cruzados que aún quedaban en la nueva Yugoslavia. En la capilla de Stepinac consagraron una bandera para aquellos cruzados.

El golpe más duro contra los ustachis fue la detención del arzobispo el 12 de junio de 1946, acusado de colaboración con el régimen derrocado. El 11 de octubre Stepinac fue condenado a 16 años de trabajos forzados y 5 de privación de sus derechos cívicos, siendo enviado a un campo de prisioneros. En 1951 la pena le fue conmutada por la de arresto domiciliario, lo cual, lejos de calmar, acrecentó las provocaciones del Vaticano. Al año siguiente Pío XII anunció su decisión de hacer cardenal a Stepinac y Yugoeslavia tuvo que romper las relaciones diplomáticas con la Santa Sede. A pesar de todo, el Papa hizo efectivo el nombramiento al año siguiente. Stepinac permaneció recluido en la parroquia de Krasic durante ocho años, hasta su muerte en febrero de 1960.

El 14 de febrero de 1992, el Parlamento de la nueva Croacia independiente decidió rehabilitar la memoria de Stepinac y de todos los demás criminales de guerra ustachis. La Congregación para las Causas de los Santos le declaró mártir en 1997 y fue beatificado el 3 de octubre de 1999 por Juan Pablo II.

Churras y merinas, lachas y carranzanas: todo mezclado

Bianchi
Como las ovejas de diferentes castas. Como un potaje que, culinariamente, puede estar rico y sabroso, pero, políticamente, va a ser que no. Hay cosas que son inmiscibles como el agua y el aceite, de distinta densidad, como un ánodo se repele con otro del mismo signo (positivo) o un cátodo con otro cátodo (negativo). Se atraerían si fueran de distinto signo y carga, pero esto en electrónica, no en política.

El próximo sábado día 14 se celebrará en Bilbao la ya tradicional manifestación de carácter anual -convocada por la red ciudadana Sare, próxima a círculos del nacionalismo vasco oficial- en favor de los derechos de los presos (ya no se añade el calificativo denotativo «políticos»). En el titular de la noticia de una web podemos leer que la manifestación está convocada por «familiares de víctimas de ETA y los GAL».  O sea, una mezcla entre elementos heterogéneos y cantidades inmiscibles (no mezclables), ya se dijo.

Quienes presentaron el acto -dos familiares de víctimas de ETA y los GAL, respectivamente- dijeron que «somos víctimas de las diferentes violencias» (negrita nuestra), esto es, se equiparan las violencias sin distinguirlas y, aún peor, sin atender a sus causas, es decir, deteniéndose única y exclusivamente en las consecuencias del llamado «conflicto vasco» olvidándose de sus causas que siguen ahí, pendientes y sin resolverse. Es un poco la vieja cantinela de condenar las violencias, todas las violencias, «vengan de donde vengan», meterlas en un mismo saco, insacularlas, mezclarlas, y tira millas con el gazpacho resultante aunque sea indigerible y maloliente.

Ya ni siquiera se habla de «paz por presos»: es lo que tiene la «unilateralidad». Nunca han estado en peor situación los presos políticos vascos ni más dispersos como ahora (salvo con Aznar que trajo a la península desde Salto del Negro, Canarias, a algunos prisioneros cuando Aznar hablaba del MLNV vasco), no excarcelan ni a los que están muy enfermos. No ha cambiado nada este Estado criminal, y no tiene por qué hacerlo viendo que quienes cambian son los otros, la izquierda abertzale oficial que, con su deriva reformista y renegada, asume la problemática de los presos como quien asume una patata caliente de la que quiere deshacerse a toda costa por molesta e incordiante para sus «nuevos ciclos». ¿Y cómo? Pues acogiéndose a la legalidad penitenciaria española (esto se ha hecho siempre sin que nadie se escandalice porque sería de género bobo no hacerlo) pero buscándose la salida personal a todo trance y a como dé lugar, como dicen los mexicanos. Es la llamada «vía Rufi (Etxebarria)» -casi lo mismo que la «vía Nanclares», que no se atreven a nombrar- proclamada en enero pasado, justo hace un año, otrosí: búscate la vida, chaval, pero eso sí, sin que haya arrepentimiento ni delación. Pues sólo faltaría, que diría el otro, y, sin embargo, ya le han dado la pista, involuntariamente, al Gobierno español: que delaten y se arrepientan y entonces (igual) hablaremos. No se reconoce el carácter fascista del régimen español y se apela al PNV para que intente que el Gobierno español mueva alguna ficha, haga algún gesto, dé alguna migaja. Se olvidaron las movilizaciones -salvo esta que decimos convertida en una suerte de procesión, y las concentraciones semanales que se hacen en los pueblos- y se aparca la consigna y bandera de AMNISTÍA, que ha recogido una organización antirrepresiva de reciente formación -ATA (Amnistia ta Askatasuna, Amnistía y Libertad) que no hace más que reivindicar los que hasta ayer mismo, como quien dice, decía la izquierda abertzale oficial (ya hay que expresarse en estos términos).

Si se mezcla todo, si se confunden las cosas en un «melting pot», no se va a entender nada. Se habla constantemente de «sufrimiento», que nadie niega, cuando, en realidad, lo que se está haciendo es gestionar, como se dice ahora, las consecuencias de la lucha del pueblo vasco por su liberación nacional (la social es ya otro cantar de los cantares), obviando la realidad última: el cansancio y la rendición, ni siquiera un armisticio (paz por presos), nada. Se está engañando al pueblo vasco por enésima vez en la penúltima traición. Y esa es la «lógica» del régimen fascista español nacido en 1939 (y no en 1978), la de «vencedores y vencidos». Ellos bien saben que las víctimas del conflicto no son ni iguales ni equiparables. Salvo cuando les interesa nivelarlas pero ya en aras de la «reconciliación nacional» que predicara Carrillo en los años sesenta del siglo pasado. Y entonces sacan el Día de las Fuerzas Armadas, del Desfile militar, que se montan como en los tiempos de Franco, sacan, digo, a desfilar a un legionario y a un… viejo miliciano republicano juntos, aberración donde las haya. En Euskadi vendría a ser casi lo mismo, sólo que el Gobierno no está por esa labor, aunque observa, tolera, consiente, en vista de que son otros quienes le hacen el trabajo de «gestionar» los «desastres de la guerra» y aquí paz y después gloria y a otra cosa, mariposa, y borrón y cuenta nueva, que en este refranero se resumen los «nuevos tiempos y ciclos» del abertzalismo oficial rampante.

Buenos días.

Bulgaria aprueba la celebración de la fiesta de la resistencia antifascista

El gobierno búlgaro ha aprobado dedicar el 21 de febrero a homenajear a quienes durante la Segunda Guerra Mundial lucharon contra los nazis en Bulgaria. La resolución se ha presentado como un medio de estimular los valores democráticos en el país balcánico.

La propuesta la presentó Nikolai Nentchev, ministro de Defensa, en el último Consejo de Ministros del año. La fecha se ha elegido porque el 21 de febrero de 1941 la oposición búlgara se reunió por primera vez con Nikola Muchanov, dirigente del Partido Democrático, para hacer frente a la incorporación de Bulgaria a las potencias del Eje.

Para Nentchev se trata de recordar a los búlgaros que combatieron al fascismo y no a la lucha antifascista, en general.

A finales de febrero de 1941 el zar Boris III trató de mantener la neutralidad militar de Bulgaria en la Segunda Guerra Mundial, a pesar de las presiones de Alemania e Italia para que se uniera al Eje.

Sin embargo, con la excusa de evitar una ocupación de las tropas nazis instaladas en Rumanía, el 1 de marzo Bulgaria firmó una alianza con los países fascistas.

El gobierno búlgaro considera que el 21 de febrero se podría homenajear a los combatientes de la guerrilla, llamados partisanos, que desataron la lucha armada contra el fascismo, tanto en Bulgaria como en Yugoeslavia y el conjunto de los Balcanes.

Algunos historiadores han criticado la elección del 21 de febrero como fecha para celebrar el día de la resistencia antifascista. Según Milen Semkov, profesor de las Universidad de Sofia, en esa fecha aún no se había formado un verdadero movimiento antifascista en Bulgaria. En las esferas oficiales sólo había unos pocos políticos que aceptaron el acuerdo del gobierno de 1941.

Esos demócratas, afirma Semkov, no pertenecían a un movimiento de resistencia sino que juzgaron con pragmatismo que la elecciones del gobierno llevaría al país a una catástrofe militar, que se sumaría a las experimentadas durante las guerras balcánicas y la Primera Guerra Mundial.

España: el paraíso perfecto para todos los criminales latinoamericanos

Michael Townley: un pistolero en Madrid
Las dictaduras latinoamericanas no tuvieron demasiados amigos a este lado del Océano Atlántico. A fuerza de torturar, violar y lanzar gente viva al mar, sus crímenes se volvieron inocultables. Sin embargo, hubo un país que abrió sus puertas a regímenes tan siniestros como el de Augusto Pinochet o Jorge Rafael Videla. Cuando alguno de ellos pretendía exportar el horror contra los exiliados que habían huido a Europa, la España de la transición no tuvo ningún inconveniente en “dejarles hacer”. En otras palabras, estaban como en casa.

La Audiencia Nacional guarda pruebas muy valiosas de aquellos años. Así lo atestiguan los documentos generados durante el proceso -inconcluso- que llevó adelante el exjuez Baltasar Garzón contra los militares argentinos a finales de los años noventa. En aquel contexto, el magistrado recibió la declaración del ex fiscal del distrito de Columbia (EEUU), Ernest Lawrence Barcella –ya fallecido-, quien en su momento investigó el asesinato del ex ministro de Asuntos Exteriores chileno, Orlando Letelier, ocurrido el 21 de septiembre de 1976 en Washington D.C. En aquel atentado también murió su secretaria, Ronni Karpen Moffitt.

A lo largo de sus averiguaciones, Barcella había recabado distintas informaciones que señalaban directamente a Madrid. “La DINA [siglas bajo la que actuaba la sangrienta Policía Secreta de Pinochet] realizó algunas operaciones en España”, afirmó de manera categórica. “Sus investigaciones demostraron que agentes de la DINA venían con frecuencia a España, sobre todo a Madrid, con la intención de localizar a exiliados chilenos que estaban viviendo en España o estaban en España de viaje (sic)”, puede leerse en otro párrafo.

En su informe, el exfiscal citó concretamente el caso de Michael Townley, un mercenario estadounidense que trabajó para ese temido cuerpo de seguridad chileno. En su currículum figuran varios asesinatos, incluyendo el de Letelier en EEUU. De hecho, una de sus especialidades eran las operaciones en el extranjero: el 30 de septiembre de 1974, se encargó de activar el explosivo que acabó con la vida del general Carlos Prats y su esposa, Sofía Cuthbert, quienes habían huido a Buenos Aires en busca de refugio. Además, participó en el fallido atentado contra el ex ministro chileno Bernardo Leighton en Roma, donde contaba con el apoyo de fascistas locales.

El agente también es señalado como uno de los responsables del asesinato del diplomático español Carmelo Luis Soria, quien fue secuestrado en Santiago de Chile en julio de 1976. Sin embargo, Townley vive hoy plácidamente en algún lugar de EEUU, bajo un programa especial de protección de testigos. En 2014, la Audiencia Nacional pidió al gobierno de Barack Obama que fuera extraditado a España para ser juzgado por el caso de Soria. No hubo suerte.

Un asesino en Barajas

Según consta en los documentos, este mercenario fue enviado a España en diciembre de 1976 por el entonces jefe de la DINA, Manuel Contreras, y su número dos, Pedro Espinoza, “para cazar enemigos de la junta chilena”. Junto a él viajó otro hombre que no pudo ser identificado. El objetivo de ambos –según determinó el exfiscal Barcella- era “intentar matar” al ex secretario general del Partido Socialista de Chile, Carlos Altamirano, a quien “estuvieron siguiendo pero finalmente no consiguieron matarlo”.

Altamirano relató este caso al historiador Gabriel Salazar, autor de un libro sobre sus memorias. “A esta ciudad [en alusión a Madrid] fui invitado a un acto político e iba saliendo del aeropuerto de Barajas por uno de esos larguísimos corredores, cuando siento que, de repente, alguien me llama por detrás: ¡Carlos!…. Extrañado, me volví bruscamente y al hacerlo, choqué con alguien que venía muy cerca detrás de mí. Era un tipo más corpulento y más alto que yo. Al atropellarlo, se le cayó el maletín que traía en su mano. No sé por qué razón, pero me quedé mirando el maletín, como que lo encontré muy pesado”, contó Altamirano. Según pudo comprobar unos meses después, el hombre con el que se había cruzado era nada más y nada menos que Michael Townley.

Terror sin límites

En el documento elaborado por Barcella también aparece el nombre de Pinochet. En noviembre de 1975, el dictador chileno había aprovechado su asistencia al funeral de su amigo Francisco Franco para mantener un encuentro con el ultraderechista italiano Stefano Delle Chiae, quien unos meses más tarde participaría en el asesinato de dos militantes carlistas en el monte navarro de Montejurra. Del mismo modo, Delle Chiae actuó como un fiel colaborador del régimen pinochetista en Italia, donde tenía la misión de “intentar localizar a exiliados chilenos que estaban o viviendo” en ese país.

Según las investigaciones del ex fiscal de Columbia, la DINA “también entabló relaciones con otras organizaciones terroristas y delictivas que operaban en Francia” e incluso “realizaron operaciones conjuntamente”. Asimismo, la Policía Secreta hizo seguimientos y fotografió “determinados lugares” en el Reino Unido. De hecho, Barcella asegura que Pinochet “estaba molesto con los británicos por las críticas que hacían en contra de su gobierno y de las condiciones en las cárceles chilenas”. Por ello, el dictador “ordenó a la DINA que recabara información sobre el funcionamiento de las cárceles en Irlanda del Norte controladas por los británicos con el fin de utilizar esta información en contra de Gran Bretaña”. En cambio, España era un lugar agradable para sus agentes.

Fuente: http://www.publico.es/internacional/espana-abrio-puertas-policia-secreta.html

La revista oficial del ejército promociona a la Fundación Francisco Franco

“La reconquista de España” es una obra en 34 tomos sobre la “cruzada” fascista realizada por la Fundación Francisco Franco en Maryna Ediciones. En su página 12 este mes la revista del Ejército de Tierra inserta publicidad gratuita de esa propaganda carvernaria.

Pero cuando el periodista Ildefonso González destapa el asunto en Twitter, el ejército trata de tapar sus vergüenzas y el anuncio desaparece de la web. Ahora el ejército fascista difunde una nueva versión donde una felicitación navideña sustituye a la publicidad fascista.

La obra que publicitaba la revista del ejército está escrita por Víctor Ruiz Albéniz, al que se presenta como un “cronista sin silencio de nuestra cruzada”, que es el término que se utiliza en el lenguaje fascista para aludir a la Guerra Civil.

El recopilatorio de 34 títulos –entre los que están La historia del Caudillo, Así empezó el movimiento salvador o Madrid en el cepo- presume de incluir en cada tomo “la firma de la duquesa de Franco” y “un sentido prólogo de D. José Utrera de Molina”, un destacado falangista que ocupó varios ministerios importantes en la dictadura, además de ser suegro de Alberto Ruiz-Gallardón, fue uno de los cargos franquistas contra quien se dictó orden de detención universal por parte de la jueza María Servini, que investigaba en Argentina los crímenes del franquismo.

La obra promocionada por la revista del Ejército de Tierra llevaba tiempo siendo publicitada por la Fundación Nacional Francisco Franco, organización que lo vende en su tienda en línea al precio de 200 euros, aunque antes se ofrecía por 500 euros.

A la oferta se ha sumado la publicación del Ministerio de Defensa que dirige María Dolores de Cospedal hasta que ha sido denunciado por el periodista Ildefonso González en Twitter.

Su primer tuit fue el 16 de diciembre, y en este tiempo, el Ejército español se ha esmerado para borrar la publicación de su web. Actualmente, es imposible encontrar la versión original en todos los enlaces que hay en la página del Ejército de Tierra y el contenido ha sido también eliminado de su Slideshare.

Desde que denunciara su publicación, Ildefonso González está sufriendo la ira de una cuenta anónima de Twitter, creada hace unos días, que
sólo se dedica a exigirle que borre las capturas de la versión antigua, bajo el argumento de que quiere hacer publicidad a la editorial responsable del
libro franquista y de que su denuncia es falsa.

Además, se ha difundido un nuevo ejemplar de la revista donde el anuncio franquista ha sido sustituido por una felicitación navideña de la redacción.

Fuente: http://www.elplural.com/politica/2016/12/21/el-ejercito-de-tierra-promociona-en-su-revista-oficial-un-libro-sobre-la-cruzada

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