La posibilidad de un derrame de petróleo en el Golfo Pérsico alimenta un miedo entre los países de la región: la parálisis de las plantas desalinizadoras de agua de mar. Quizás incluso más que infraestructura energética, el agua es un tema crucial en Oriente Medio.

Estas gigantescas fábricas, algunas construidas o incluso operadas por empresas europeas como Veolia o Suez, se han multiplicado en los últimos años para hacer frente a un consumo de agua cada vez mayor. Ahora son vitales. Producen el 90 por cien del agua potable que se consume en Kuwait, el 86 por cien en Omán y el 70 por cien en Arabia Saudí. Las plantas alimentan tanto los hogares como la agricultura en esos países.

La desalinización del agua de mar es tan estratégica para Oriente Medio que la región por sí sola representa casi la mitad de la capacidad mundial. El mercado está en auge. Arabia Saudí planea aumentar su capacidad desalinizadora en un 50 por cien entre 2022 y 2030, Emiratos Árabes Unidos y Kuwait en un 70 por cien.

Por el momento, ninguna de estas fábricas ha sido blanco de ataques. Sería un riesgo para Irán, que también depende de la desalinización para sus propias necesidades.

Pero las desalinizadoras podrían ser las víctimas colaterales de la guerra. Sobre todo porque están bastante expuestas: construidas junto al mar y en la superficie, están menos protegidas que las centrales nucleares, por ejemplo. A diferencia de otros activos estratégicos, no tienen sus propias defensas antiaéreas.

También consumen mucha energía y su producción puede verse gravemente perturbada si una de las centrales eléctricas que los alimentan se ve afectada. Esta semana Emiratos Árabes Unidos ha mostrado su preocupación después de las interrupciones en el complejo Fujairah, que alberga una central eléctrica que da servicio a una de las principales plantas desalinizadoras del país.

Lo mismo ocurre con la contaminación del agua. El jueves los temores se vieron alimentados por informes de una explosión en el petrolero Sonangol Namibe, con pabellón de las Bahamas, pero no hubo ninguna fuga de combustible.

Un derrame de petróleo que afecte a las costas de los países del Golfo podría tener consecuencias importantes y detener, al menos temporalmente, la producción industrial, incluso si algunos extraen agua de las profundidades y no se ven afectados por la contaminación.

La cuestión ya causó revuelo en 1991, durante la primera Guerra del Golfo. Desde entonces, las técnicas han mejorado. Una planta desalinizadora de agua de mar puede tratar casi cualquier cosa. Hasta tal punto que es necesario mineralizar el agua al final del circuito de tratamiento.

En cualquier caso, la situación pone de relieve la fragilidad de los recursos de la región. Las necesidades de agua potable de Riad, la capital Saudí, están cubiertas en un 90 por cien sólo por la fábrica de Jubail. Según un cable diplomático estadounidense de 2008, Riad debería ser evacuada en el plazo de una semana si la fábrica, sus tuberías o la infraestructura eléctrica asociada a ella sufrieran graves daños o fueran destruidas.

En una entrada anterior sobre el negocio de la mierda ya hablamos de Veolia, un empresa cabecera en la desalinización de agua de mar. Supone el 15 por cien de la capacidad instalada en la región, es decir, 5 millones de metros cúbicos diarios. Opera a través de su filial Sidem y el año pasado, en Abu Dhabi, entregó una unidad -construida con Engie- con una capacidad de 550.000 de metros cúbicos cada día para suministrar agua potable a unos 210.000 hogares.

El contrato puso 300 millones de euros en los bolsillos de Veolia. Este año, Sidem entregará otra planta a Dubai para cubrir las necesidades de dos millones de personas.