Los recientes ataques en Irán han puesto de relieve la fragilidad de los centros de datos en la guerra. Estas infraestructuras, vitales para la economía, se han convertido en objetivos privilegiados, relanzando el debate en torno a su seguridad.
La lista de daños colaterales de la guerra de Oriente Medio se alarga a cada minuto. En reacción a los ataques estadounidenses e israelíes en su territorio, Irán ha estado atacando a los países árabes vecinos durante varios días. Además de las bases militares estadounidenses, también albergan infraestructuras digitales.
Tres centros de datos de Amazon Web Services (AWS) han quedado reducidos a cenizas. Dos estaban ubicados en Emiratos Árabes Unidos, pulverizados por drones, y otro en Bahrein, alcanzado por una explosión cercana. La destrucción ha provocado una parálisis temporal de los servicios digitales en el Golfo.
Aunque los ataques no provocaron una interrupción repentina de las operaciones, AWS pidió a sus clientes locales que migraran su carga de trabajo a otros países). Esos nodos tecnológicos que albergan servidores críticos, pueden paralizar el funcionamiento de un país enero.
Irán ha comprendido bien la nueva situación. Durante años, el régimen ha optado por trasladar una parte crítica de su infraestructura digital a la clandestinidad. Beneficiándose de la autonomía energética y de una mayor protección, los fortines de datos, enterrados bajo tierra, albergan la Red Nacional Iraní (NIN), la red local de internet.
El NIN permite al gobierno desconectar a la población de la red mundial y, en particular, de las plataformas durante las campañas de desestabilización que han sacudido al país. En caso de ataque, asegura la continuidad de sus servicios básicos, como bancos, hospitales o administración, cuyos datos se almacenan todos en suelo nacional.
Ya existen centros de datos enterrados en otras partes del mundo, pero no son muchos. En Estados Unidos, Pensilvania alberga un centro de datos ubicado a más de 60 metros bajo tierra en una antigua mina de piedra caliza cerca de Boyers. Se utiliza para almacenar datos del gobierno y las instituciones económicas estadounidenses.
En Europa, además del suizo Fort Knox, un centro de datos situado en una fortaleza militar en el corazón de los Alpes suizos, los países escandinavos son los más avanzados en este campo. Suecia tiene Pionen, un centro de datos de montaña diseñado para albergar los servidores de Wikileaks. Noruega, por su parte, ha ampliado su emplazamiento en Lefdal, que hoy se extiende hasta galerías de hasta 600 metros y que se enfría con las aguas del fiordo vecino.
Los centros de datos subterráneos tienen otra ventaja: la refrigeración de los equipos es más barata por la temperatura de las cuevas.
Próximo objetivo: los cables submarinos
El próximo objetivo no será otra refinería de petróleo, ni otra base de datos. Son los cables submarinos de internet los que están en juego. Diecisiete cables importantes cruzan Oriente Medio: el Golfo Pérsico, el Mar Rojo y el Mar Arábigo.
Irán y los hutíes se encuentran justo encima de estos cuellos de botella. Un solo cable cortado puede desconectar a millones de personas. Los huthíes dañaron los cables del Mar Rojo en 2024 y 2025. Cualquier corte adicional afectaría directamente a Europa, Asia y África. Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, India y Europa dependen de ellos.
Irán controla el lecho marino del Golfo Pérsico. Irán cuenta con submarinos, buzos y drones submarinos capaces de alcanzar esos cables.
Una de las vulnerabilidades militares del capitalismo contemporáneo está en una arquitectura digital extremadamente concentrada: unos pocos nudos financieros y unos pocos centros de datos unidos por cables submarinos.
Más del 80 por cien de las transacciones financieras internacionales pasan por infraestructuras digitales ubicadas entre Europa, el Golfo y Asia. Los sistemas de pago interbancarios, las plataformas de negociación de alta frecuencia, las redes Swift y las cámaras de compensación dependen de conexiones de alta capacidad.
Si se cortan varios cables importantes sólo durante unas pocas horas, los mercados se ciegan, los bancos ya no pueden sincronizar sus transacciones, las bolsas no pueden arbitrar precios entre continentes y las cadenas de suministro se desmoronan.