La guerra de Oriente Medio ha puesto a prueba al capitalismo mundial, como cabía esperar. Todos los ingredientes están en marcha. Ayer en Bangkok, Kristalina Georgieva, directora del Fondo Monetario Internacional (FMI), expresó un único y piadoso deseo: que la guerra acabe cuanto antes.
Los “expertos” lo llaman estanflación, que combina lo mejor de cada casa: superproducción e inflación. No es que la situación dependa de la guerra exactamente, sino más bien de la duración de la guerra, sobre todo si el tráfico marítimo en la zona sigue paralizado.
Los hidrocarburos son a la economía lo que los virus a la epidemiología. No falla nunca: un aumento duradero de los precios de los hidrocarburos (petróleo y gas) que pasan por el Estrecho de Ormuz causará inflación.
Si el precio del barril de petróleo, que antes de la guerra rondaba los 65 a 70 dólares, aumentara en 30 dólares, se produciría un aumento de precios del 2 por cien en la zona del euro y del 2,5 por cien en Estados Unidos. Como consecuencia, la actividad económica caería 0,8 puntos en Europea y 1,4 puntos en Estados Unidos.
Pero, a diferencia de los epidemiólogos, los economistas son muy optimistas. Creen que después de tres meses de guerra, se alcanzaría un punto de inflexión y aparecería la recesión. Tres meses de guerra es una eternidad. No habría que llegar ni a las tres semanas.
La inflación va a influir en la política monetaria, a pesar de que la experiencia histórica dice lo contrario. Los bancos centrales nunca han reaccionado a las crisis del petróleo, sino que han endurecido ligeramente sus tipos de interés en tiempos de alta inflación.
Pero si los precios del petróleo alcanzan los 100 dólares el barril o si el aumento de los costos afecta los precios a un ritmo más rápido de lo normal, todo puede cambiar.
En lo que respecta a la política presupuestaria, la situación es más complicada. Si la inflación aumenta de manera sostenida, las tasas de interés a largo plazo se endurecerán, degradando aún más las finanzas públicas europeas y estadounidenses. Las guerras son caras. Estados Unidos ya tiene un déficit más del 7 por cien del PIB y podría llegar al 10 por cien.
En un momento en el que los inversores internacionales se alejan del mercado estadounidense, no van a poder financiar el déficit. Es probable que el dólar caiga bruscamente y que los tipos de interés aumenten, y si Wall Street tose, otros centros financieros internacionales también se verían afectados. Las crisis económicas son más contagiosas que los virus.