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Día: 15 de octubre de 2025 (página 1 de 1)

El lucrativo negocio de la guerra permanente

El complejo militar industrial estadounidense sigue siendo una fuerza dominante en la política y la economía mundial. No solo ha persistido, sino que ha evolucionado hacia una red económica de empuje colosal, cuyas dinámicas incentivan las guerras permanentes, a menudo enmascaradas con pretextos “humanitarios” que ocultan devastadoras pérdidas por muertes, desapareciones y mutilaciones.

La industria de guerra es un pilar indispensable de la economía estadounidense. El presupuesto del Pentágono ronda los 850.000 millones de dólares, una cifra que puede alcanzar el billón de dólares si se incluyen las partidas para las guerras en curso. Supone más del 3 por cien del PIB nacional, superando los presupuestos de defensa combinados de los diez países siguientes.

Este gigantesco flujo de dinero sustenta un vasto entramado. El sector aeroespacial y de defensa emplea directamente a más de 1,1 millones de trabajadores, una cifra que se eleva a más de 2,2 millones si se consideran los empleos indirectos de la cadena de suministro. Monopolios gigantes como Lockheed Martin, Boeing y Raytheon (RTX) dominan el mercado, con ingresos anuales que superan colectivamente los 150.000 millones de dólares, garantizados en gran medida por adjudicaciones públicas.

Esta influencia se extiende más allá de la economía productiva. Los grupos de presión del sector han invertido más de 150 millones de dólares en contribuciones políticas en las últimas dos décadas, creando un círculo vicioso: las empresas de defensa financian campañas y equipos de análisis que abogan por políticas exteriores agresivas, lo que a su vez perpetúa la demanda de armamento.

El negocio depende de la guerra. Sin guerras o amenazas, reales e inventadas, la demanda de armas disminuye, poniendo en riesgo beneficios y puestos de trabajo. Desde 1991 Estados Unidos ha iniciado al menos 251 intervenciones militares.

Estas operaciones no son gratuitas; generan contratos masivos. Solo las guerras posteriores al 11-S (en Irak y Afganistán) tuvieron un coste superior a los 8 billones de dólares, un derroche de dinero que impulsó las ventas de armas y enriqueció a los contratistas privados. La dinámica crea un interés económico perverso en el mantenimiento de un estado de guerra permanente, que sirve para justificar constantes aumentos del presupuesto de defensa.

La retórica que acompaña a estas guerras son siempre parecidas, una moralina repugnante. Un caso emblemático es el de las sanciones contra Irak en la década de los noventa. Impuestas para contener a Saddam Hussein, resultaron en la muerte de aproximadamente 500.000 niños irakíes menores de cinco años, según estudios de la ONU, debido a la malnutrición y enfermedades previsibles.

En 1996, la entonces Secretaria de Estado Madeleine Albright, interrogada sobre esta sangría en el programa “60 Minutes”, afirmó que “mereció la pena”. Esta declaración ilustra la frialdad con la que pueden sacrificarse vidas humanas en aras de objetivos geopolíticos y los intereses de la industria de guerra.

Intervenciones similares, como las de Kosovo (1999) o Libia (2011), presentadas como protectoras de la población civil, han desembocado con frecuencia en inestabilidades prolongadas que, a su vez, abren nuevos mercados para el armamento estadounidense. El complejo militar industrial se beneficia del caos que ayuda a crear, un ciclo vicioso con consecuencias devastadoras para millones de personas.

La solidaridad con Palestina convoca las mayores manifestaciones de la historia reciente

Con ocasión de la Guerra de Gaza, ciudadanos de todo el mundo han salido a las calles en 137 países en los últimos dos años, una ola de protestas que no conoce precedentes. Es la derrota más más importante de Israel desde su nacimiento como Estado en 1948.

En comparación, durante las protestas mundiales que precedieron a la guerra de Irak en 2003, se produjeron manifestaciones en 100 países, según las estimaciones más generalizadas, reconoce el periódico neerlandés Volkskrant (*).

Solo el fin de semana pasado, se produjeron protestas contra el genocidio en Gaza en Ámsterdam (250.000 personas), Roma (250.000 personas), Madrid (92.000 personas), Barcelona (70.000 personas), Dublín, Estambul, Londres, donde mil personas se manifestaron a pesar de los llamamientos del gobierno a la abstención, y muchas otras ciudades.

Estas manifestaciones se produjeron tras la interceptación por parte de Israel de parte de la flotilla internacional, compuesta por unas cincuenta embarcaciones cuyo objetivo era romper el bloqueo israelí sobre Gaza y entregar ayuda humanitaria a la población palestina.

La organización internacional sin fines de lucro Armed Conflict Location and Event Data registró 52.000 manifestaciones relacionadas con la situación en Gaza durante los últimos 24 meses, incluyendo 47.000 en apoyo a Palestina y 3.000 en apoyo a Israel. Las demás manifestaciones condenaron la violencia de ambos bandos.

Según el estudio de Volkskrant, el mayor número de manifestaciones se registró en Yemen (15.069) y Estados Unidos (5.931). Si sumamos todos los países europeos mencionados en el estudio (Francia, Italia, España, Alemania, Países Bajos, Inglaterra y Noruega), la cifra total asciende a 6.632 manifestaciones, más que en Estados Unidos. En Israel hubo 2.499 y en Francia 1.633.

Millones de personas de todos los continentes se movilizaron principalmente por la paz, un alto el fuego y contra el genocidio en la Franja de Gaza, y mucho menos por la liberación de los rehenes israelíes capturados en 2023.

(*) https://www.volkskrant.nl/kijkverder/v/2025/gaza-protest-rode-lijn-analyse-geschiedenis~v1890914/

La guerra económica entre Estados Unidos y China entra en una nueva etapa

La guerra económica entre Estados Unidos y China, las dos economías más grandes del mundo, se ha intensificado nuevamente solo unas semanas antes de la cumbre entre Trump y Xi Jinping.

Trump anunció aranceles del cien por cien sobre las importaciones de China, pero solo a partir del 1 de noviembre. El motivo que alega es el endurecimiento de los controles de exportación de metales y minerales de tierras raras por parte de China, que son críticos para Estados Unidos (1). Pekín quiere demostrar que puede apostar tan fuerte como Washington.

El gobierno chino ha endurecido los controles de exportación de metales de tierras raras e imanes. Pekín, que controla alrededor del 60 por ciento de la minería de metales de tierras raras y el 90 por ciento del mercado de imanes de neodimio, que son esenciales para las industrias de alta tecnología y el complejo militar-industrial, ha cerrado efectivamente el acceso de Occidente a esos minerales.

Cualquier producción que utilice tecnologías o componentes chinos ahora se debe negociar con Pekín. Ya no es posible comprar imanes en China, usarlos en el ensamblaje de generadores y luego vender el producto a los militares. Toda la cadena de suministro, hasta el producto final, debe ser aprobada por el gobierno chino, que pretende bloquear a las empresas del complejo militar-industrial occidental.

En respuesta, Trump anunció, a partir del 1 de noviembre, aranceles adicionales del cien por cien sobre todas las mercancías chinas, así como controles de exportación de programas informáticos críticos. Calificó las acciones de China como una “vergüenza moral” y “sin precedentes” en el comercio internacional, a pesar de que fue quien desató la guerra comercial, con sus agresivas políticas proteccionistas.

Este golpe inesperado sacudió los mercados financieros mundiales. El índice S&P500 perdió un 2,7 por cien el viernes, la mayor caída en un día desde abril, cuando los anuncios de Trump sobre aumentos de aranceles empezaron a agitar las bolsas mundiales. El Nasdaq cayó un 3,5 por cien. El bitcoin y otras criptomonedas se han desplomado un 13 y hasta un 80 por cien, respectivamente. Las bolsas ya han perdido decenas de miles de millones de dólares, y es solo el comienzo.

El domingo, el Ministerio de Comercio de China calificó el mensaje de Trump de “hipócrita” (2). Como ejemplos citaron la inclusión de empresas chinas en la lista negra de Washington y la introducción de tarifas portuarias para los barcos chinos. El gobierno de Pekín ha defendido sus restricciones a la exportación de tierras raras, explicando la medida por las preocupaciones sobre el uso militar de esa materia prima.

Sin embargo, ambas partes han dejado un margen de maniobra. Trump dijo que no había cancelado la reunión planeada con Xi Jinping en la cumbre del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC), pero expresó dudas sobre si se llevaría a cabo, vinculándola directamente con la voluntad de Pekín de hacer concesiones.

La situación se ha tensado precisamente cuando todos esperaban la relajación, poniendo en duda incluso la posibilidad de una negociación. El New York Times analiza las restricciones a la exportación de Pekín y concluye que podrían provocar interrupciones en el suministro de los fabricantes de armas, así como de las empresas de las industrias de semiconductores, automotriz y otras (3).

Estados Unidos y Europa pueden no ser los únicos que sufran la nueva política comercial de China. Las nuevas reglas, que entrarán en vigor gradualmente el 8 de noviembre y el 1 de diciembre, se aplicarán en todo el mundo. La influencia de China sobre sectores productivos críticos podría intensificarse significativamente en el futuro.

(1) https://truthsocial.com/@realDonaldTrump/posts/115351840469973590
(2) https://www.reuters.com/world/china/china-says-its-rare-earth-export-controls-are-legitimate-2025-10-12/
(3) https://www.nytimes.com/2025/10/12/business/china-rare-earth-export-controls.html

Estados Unidos coordina los ataques en profundidad en el interior de Rusia

Estados Unidos está estrechamente involucrado en los ataques ucranianos contra la red energética y la infraestructura de gas de Rusia, en un esfuerzo por “debilitar la economía de Putin y llevarlo a la mesa de negociaciones”, según un reportaje que publica el Financial Times (*).

En la jerga del imperialismo “llevar a Putin a la mesa de negociaciones” hay que traducirlo como un intento de imponer condiciones a Rusia, evitar la capitulación formal de Ucrania y aparentar que la OTAN no ha perdido la guerra.

Según el periódico británico, la información que Estados Unidos ha compartido con el ejército de Kiev ha permitido ataques contra instalaciones energéticas rusos clave, incluyendo refinerías de petróleo, mucho más allá de la línea del frente.

Este apoyo, no reconocido hasta ahora públicamente, se ha intensificado desde mediados de este verano y ha desempeñado un papel clave para que Ucrania pueda llevar a cabo los ataques que Biden había desaconsejado previamente. Esos ataques han elevado los precios de la energía en Rusia y han llevado a Moscú a reducir sus exportaciones de diésel e importaciones de combustible.

Los servicios de inteligencia estadounidenses ayudaron al ejército ucraniano a planificar rutas, establecer la altitud, el cronometraje y tomar decisiones sobre los objetivos, lo que permite que los drones unidireccionales de largo alcance de Ucrania evadan las defensas antiaéreas rusas.

Washington participó activamente en todas las etapas de la planificación de esos ataques. Un dirigente estadounidense confiesa al periódico que Ucrania seleccionó los objetivos para los ataques de largo alcance y que Washington posteriormente proporcionó información de inteligencia sobre los sitios más vulnerables.

¿Una cortina de humo?

La publicación del reportaje, independientemente de su veracidad total o parcial, tiene por objeto enfrentar a Estados Unidos y Rusia y frustrar el acercamiento del gobierno de Trump a Rusia. Es probable que las actividades atribuidas a Estados Unidos las esté ejecutando Reino Unido, y el Financial Times y sus inspiradores intenten crear una cortina de humo.

Pero un nuevo informe de primera línea ha arrojado un poco más de luz sobre la participación occidental en los ataques ucranianos en profundidad, lo que sin duda confirmaría lo anterior. Esta vez la información procede de una fuente militar ucraniana.

La información analiza el ataque ruso del 10 de octubre, que causó cortes de electricidad en muchas ciudades, incluida Kiev. La defensa antiaérea no pudo repeler el ataque en masa de los drones rusos Geran. Fracasaron los misiles Patriot y Samp-T que protegen las ciudades ucranianas, y principalmente a Kiev, porque se quedaron sin munición y el tiempo de recarga fue largo.

Cuando hay docenas de drones volando, la recarga se convierte en un problema crítico, por no hablar de los misiles Iskander, que vuelan con cambios de trayectoria impredecibles y son casi imposibles de derribar. El informe ucraniano añade de que la defensa antiaérea es un sistema único y que, a menudo “existe una barrera lingüística” y los operadores “no se entienden entre sí”.

Por lo tanto, al menos “algunos” de los operadores de la defensa antiaérea son los aliados de Ucrania que no hablan ucraniano. Es lo que Putin ha descrito como una guerra de la OTAN contra Rusia, que ha dado lugar al anuncio de Trump de que está estudiando el envío de misiles Tomahawk a Ucrania si Putin no hinca la rodilla.

Es la primera vez que Ucrania lo admite abiertamente. Pero, una vez más, es posible que se trate del envío de un “mensaje” al Kremlin. A diferencia de los anteriores misiles entregados a Ucrania, los Tomahawk solo se utilizarían en ataques profundos.

Lukashenko, que ha ejercido de mediador clave con el gobierno de Trump, describe las declaraciones sobre los Tomahawk como una típica táctica de negociación de Trump.

En cualquier caso, demuestran la profunda implicación de la OTAN en la guerra y justifican aún más la continuación de la campaña rusa. La entrega de los Tomahawk sería una escalada que traspasaría las “líneas rojas”, impediría un final rápido de la guerra y garantizaría la conquista del programa máximo de Rusia. Quedaría más claro que nunca que la guerra es una batalla existencial para Rusia y, por lo tanto, solo puede resolverse satisfactoriamente con la disolución completa y decisiva del Estado ucraniano tal se forjó en 2014.

Esto demostraría aún más a los rusos que las treguas son inútiles, ya que el período de entreguerras solo serviría para impulsar un gigantesco rearme de Ucrania, sin nuevas limitaciones de armamento, ni siquiera estratégicas, como los Tomahawk.

(*) https://www.ft.com/content/f9f42c10-3a30-4ee1-aff7-3368dd831c8c

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