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Día: 5 de abril de 2020 (página 1 de 1)

Trump emprende un purga a fondo de la cúpula del espionaje estadounidense

Le ha costado pero, al fin, Trump ha emprendido la purga de la cúpula del espionaje estadounidense, que ha quedado “decapitada”, decía ayer The Guardian. No ha podido hacerlo en cuatro años y ha esperado que la atención estuviera fija en el coronavirus y a que las elecciones se le echaran encima.

El viernes destituyó a Michael Atkinson, inspector general de eso que en Estados Unidos llaman la “comunidad de inteligencia”, que no ha tenido bastante con desestabilizar a los países del Eje del Mal, y se metió a desestabilizar el suyo.

Trump le nombró y Trump le ha destituido. A los demócratas y la prensa les ha faltado tiempo para denunciar el oportunismo del Presidente.

Atkinson se enfrentó a Trump por el montaje de Ucrania, pero no se enfrentó a Biden y a su hijo por los negocios que tenían en su sucursal de Kiev, como ya hemos explicado en varias entradas anteriores.

Biden acudirá a las próximas elecciones presidenciales en representación del Partido Demócrata y la troika golpista (espías, prensa, demócratas) quiere echar tierra encima del candidato cargando contra Trump.

También ha salido por la puerta de atrás el director en funciones de la inteligencia nacional, Joseph Maguire, que ha sido reemplazado por un perrito faldero de Trump: Richard Grenell.

Trump planea colocar a Steve Feinberg, un especulador multimillonario y aliado político suyo, como director de inteligencia nacional.

Más información:
— El proceso de destitución iniciado contra Trump salpica el presente y el pasado de Ucrania
— Elecciones y guerra sucia: comienza la carrera electoral hacia la Casa Blanca

El ferrocarril en manos del estado, herramienta de liberación

Darío Herchhoren

La historia del ferrocarril en Argentina está perfectamente plasmada en el libro «Historia de los Ferrocarriles Argentinos» de Raúl Scalabrini Ortz, que era un patriota que estudió como se construyeron y como el imperio inglés se apoderó de los mismos y amplios territorios a ambos lados de las vías. El primer ferrocarril en Argentina fue tendido en  la ciudad de Buenos Aires y salía de la estación del parque en los terrenos que hoy ocupa el Teatro Colón, y llegaba a la estación Vélez Sarsfield,.  a unos 15 kilómetros de su salida.

Sus propietarios fueron argentinos que compraron coches de pasajeros nuevos hechos en el país, aunque la locomotora era de segunda mano, y fue bautizada como La Porteña, y se guarda en el Museo Histórico Nacional en la ciudad de Luján.

Como tuvo un enorme éxito se pensó inmediatamente en ampliar su recorrido llegando a la estación de Liniers, que estaba a dos kilómetros de los que era el matadero, donde se sacrificaban unos 4000 vacunos diarios. Al principio solo transportaba pasajeros, pero poco a poco se utilizó para cargas.

Ante este éxito el gobierno cipayo de Bartolomé Mitre uno de los fundadores de la gran oligarquía criolla junto al General Julio Argentino Roca, otorgó concesiones para la construcción de otras lineas a la compañía inglesa Midland, sin pagar un centavo, pero además le regaló una franja de una legua a cada lado de la vía «para operaciones ferroviarias», según se decía en el decreto de concesión.

Es así como se comienza a cubrir el territorio nacional de vías férreas, primero con el Ferrocarril Oeste, que se llamó de Buenos Aires al Oeste, que estaba planificado para llegar a Santiago de Chile en el pacífico, luego con el Ferrocarril Midland, que partía del puerto de Buenos Aires, y llegaba a la provincia de Mendoza, junto a la cordillera andina, y de allí a Santiago de Chile, más tarde el Ferrocarril del Norte, que llegó al norte argentino y a la ciudad de La Paz en Bolivia, y finalmente el ferrocarril del noreste actual ferrocarril Urquiza que llegaba a la frontera con Brasil en la provincia argentina de Misiones. En total entre lo construido y lo planificado eran unos 100.000 kilómetros de vías férreas, que en principio sirvieron para vertebrar el país, pero cuya finalidad única era acercar al puerto de Buenos Aires, las mercancías que el imperio inglés necesitaba para su desarrollo capitalista. La confluencia del trazado en un solo punto habla a las claras de cuál era el motivo último de ese trazado.

La concesiones se dieron por 80 años, que vencían en 1949, y pasaban al estado argentino sin compensación alguna. Era obvio que al tener una fecha de caducidad, los concesionarios se ocuparon muy poco de modernizar y sustituir el material rodante, el sistema de señales, la automatización de los cambios de vías, y los talleres de reparación ferroviaria.

Los ferrocarriles británicos en Argentina se desgastaron por el uso, a lo que hay que agregar que las empresas ferroviarias inglesas amparándose primero en la primera guerra mundial, y luego en la segunda no invirtieron nada en su mantenimiento, siendo en muchos casos el estado argentino el que debía hacerse cargo de las reparaciones más urgentes.

Mientras tanto los troperos de carretas que eran los que transportaban las cargas más voluminosas, se vieron abocados a su casi desaparición ante la competencia ruinosa que les hacían las lineas de ferrocarril. Cada carreta transportaba unas 50 toneladas, lo mismo que un vagón de carga.

Pero había algo más que es necesario señalar: el ferrocarril inglés fijaba sus propias tarifas tanto de carga como de pasajeros, sin intervención alguna del estado argentino. Una bicoca.

Llegamos al año 1949, en que el gobierno de Juan Domingo Perón, nacionaliza los ferrocarriles, y para administrarlos se crea la empresa estatal EFEA (Empresa de los Ferrocarriles Argentinos), que debe renovar todo el parque rodante ferroviario y hacer un nuevo tendido de vias, ya que el original estaba en su mayor parte totalmente obsoleto.

Todo ello implicaba un enorme esfuerzo económico y técnico, y el gobierno de Perón se propuso poner los ferrocarriles argentinos al servicio de la Argentina, para lo cual compra rieles nuevos y nuevas locomotoras de vapor y diésel eléctricas, electrificando las líneas de cercanías. Todo el material nuevo provenía de la URSS, o de Hungría que proveyó las locomotoras Gantz capaces de arrastrar hasta 70 vagones de 50 toneladas cada uno.

La caída de Perón en 1955 significó el principio del fin de los ferrocarriles argentinos. Tanto los gobiernos militares como los constitucionales con el peronismo ilegalizado, se dedicaron a sabotear al ferrocarril, primero diciendo que era era antieconómico, segundo levantando ramales enteros incomunicando a grandes regiones del país, y desvertebrando al propio país.

¿Cuál era el motivo oculto de esa política? Era favorecer la instalación de fábricas de camiones y automóviles de las empresas multinacionales. Es así como Mercedes Benz, Scania Vabis, Mack, Fiat, se convierten rápidamente en las marcas que surcan las carreteras argentinas y ya no pasa el ferrocarril.

Este es sucintamente el resultado poner al estado al servicio del gran capital y contra el interés nacional. Recién el gobierno de Néstor Kirchner y el de Cristina Fernández, comienzan la tarea de reconstrucción del ferrocarril trazando nuevas lineas, y utilizando material rodante chino, que comienza a fabricarse en el país.

La crisis capitalista conducirá a España a un rescate dramático

La crisis capitalista amenaza la economía española con un rescate ante el desajuste de las cuentas del Estado, como la deuda, el déficit y la seguridad social. Sin la ayuda de la Unión Europea, la deuda pública -que según el dato del último trimestre de 2019 se sitúa en el 95,5 por ciento- se disparará hasta alcanzar el 140 por ciento del Producto Interior Bruto (PIB) para finales de este año, según el instituto europeo Bruegel, presidido por el expresidente del Banco Central europeo (BCE) Jean-Claude Trichet.

El hundimiento económico será mayor que el de la crisis financiera de 2008, que provocó una escalada de la deuda española que casi culmina con la intervención de la economía a finales de 2011, cuando la deuda llegó hasta el 69,5 por ciento del PIB. Ante esta situación, el frenazo del consumo, la mayor caída histórica del empleo y el aumento del gasto, la ayuda de la Unión Europea será fundamental para evitar la quiebra y la intervención de las cuentas.

Muy probablemente el aumento del déficit de este año será el más elevado registrado en un solo año en la historia moderna. España es el segundo país de la Unión Europea con un mayor déficit en sus cuentas durante los años 2009 y 2018, solo por detrás de Irlanda.

En este tiempo, España consolidó, de media, un desajuste en sus finanzas públicas del 6,93 por ciento del PIB, según los datos del Banco Mundial. Los países de su entorno no superan el 5,5 por ciento, que es el caso de Portugal. Además, España se ha desviado del objetivo de déficit marcado por Bruselas más de seis veces en estos años.

Para evitar su intervención, en 2012 Madrid tuvo que recurrir al Mecanismo de Estabilidad Europeo (Mede). Ahora, el Eurogrupo estudia de nuevo utilizar esta medida para lanzar ayudas a los países más afectados por la crisis, como España.

Sin embargo, el incumplimiento de la senda de déficit durante estos últimos años resta credibilidad a España para solicitar ahora apoyo económico y mutualización del riesgo de la deuda soberana, reservada para los países que han mantenido unas cuentas saneadas y el rigor presupuestario exigido y exigible, como es el caso de Alemania y Holanda.

El Mede no es suficiente, tal y como está dotado ahora, para hacer frente a las peticiones de los países europeos. En este momento, tiene unos recursos propios que ascienden a 410.000 millones de euros. España pretende conseguir un crédito en torno a los 200.000 millones de euros. De este modo, casi la mitad del mecanismo de estabilidad europeo tendría que destinarse a España.

El gasto público se ha disparado en las últimas tres semanas. Los costes de las medidas aprobadas por el Gobierno de España para paliar la crisis se acercan ya a los 20.000 millones de euros. Solo las primeras medidas supusieron unos costes de 17.427 millones de euros, el 1,4 por ciento del Producto Interior Bruto (PIB).

El término ‘pandemia’ fue sinónimo de corrupción hasta hace muy poco tiempo

El 30 de enero la OMS (Organización Mundial de la Salud) declaró el coronavirus como una “emergencia de salud pública de interés internacional” y le llovieron las críticas y, sobre todo, las presiones políticas. Querían una pandemia ya; la necesitaban.

El portavoz de la OMS, Tarik Jasarevic, tuvo que ponerse delante las cámaras para explicar por qué no se había declarado una pandemia. “No existe una categoría oficial [para declarar una pandemia] … La OMS no está utilizando el antiguo sistema de seis fases -que pasó de la fase 1 [sin informes de gripe animal que causara infecciones humanas] a la fase 6 [una pandemia] que algunas personas experimentaron a causa del H1N1 en 2009”.

La OMS no aguantó las presiones ni un mes y medio, hasta el 11 de marzo, cuando los pandemonios se salieron con la suya. Pero, además de las presiones, hay que retener dos datos fundamentales: el cambio de nombre del coronavirus por una nueva sopa de letras, abandonado términos gastados, como “gripe”, y la comparación con la pandemia de 2009.

Así, con 4.291 muertos en todo el mundo, empezó esta pandemia, un cifra ridícula que se infló añadiendo 118.000 “contagiados” o “infectados”, términos que no tienen ningún significado médico porque se trata de personas sanas (pero en este tipo de cambalaches hay que mezclar las churras con las merinas).

La anterior declaración política de pandemia en 2009 fue la “gripe porcina” o H1N1 en la sopa de letras de los virólogos. A diferencia de hoy, entonces el escándalo fue mayúsculo y la OMS ha tenido que esperar un tiempo para que todo se olvide convenientemente, incluso la espiral de corrupción trabada en torno a este tipo de declaraciones.

El término “pandemia” se convirtió en sinónimo de corrupción médica internacional y desapareció por un tiempo de la terminología. Por eso el 30 de enero la OMS habló de una “emergencia de salud pública de interés internacional”.

Son juegos malabares: discretamente la OMS quería cambiar la definición de “pandemia”. Ya no era necesario que una enfermedad notificada estuviera extremadamente extendida en muchos países y fuera extremadamente mortal o debilitante. Sólo era necesario que se extendiera como la gripe estacional, más o menos.

En 2009 los primeros informes no hablaban de Wuhan sino de Veracruz, en México. Un joven presentaba síntomas de gripe H1N1, que son los de un resfriado fuerte.

Entonces la directora de la OMS era Margaret Chan y se lanzó a la piscina de cabeza: oficialmente el mundo entraba en la fase 6, o sea, pandemia. Cada gobierno tuvo que poner en marcha los programas de emergencia que implicaban compras gubernamentales de miles de millones de euros de vacunas contra la pandemia de gripe H1N1, tirados a la basura en plena época de recortes… incluso en sanidad.

El ridículo fue de los que hacen época. Desde el primer momento se comprobó que las muertes por el H1N1 eran insignificantes en comparación con la gripe estacional de todos los años. El doctor Wolfgang Wodarg, al que ya hemos mencionado, especialista en neumología, era entonces Presidente de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa. Pidió que se investigara el conflicto de intereses en torno a la respuesta de la Unión Europea a la gripe porcina.

El Parlamento holandés descubrió que el profesor Albert Osterhaus, de la Universidad Erasmus de Rotterdam, que en 2009 se encontraba en el epicentro de la pandemia mundial como asesor de la OMS en materia de gripe, se estaba llenado los bolsillos con la venta de vacunas.

Osterhaus no es una excepción. Muchos de los expertos de la OMS que aconsejaron a Chan percibieron dinero directa o indirectamente de las principales multinacionales farmacéuticas, entre ellas GlaxoSmithKline y Novartis.

La declaración de la OMS sobre la pandemia de gripe porcina fue consecuencia de la corrupción. La temporada de 2009 a 2010 estuvo marcada por la gripe más leve del mundo desde que la medicina comenzó a hacer seguimientos de este tipo de enfermedades. Los gigantes de la industria farmacéutica cobraron miles de millones de dólares gracias a la alarma mundial y los gobiernos se quedaron con las vacunas en las estanterías.

Después de aquel escándalo, la OMS dejó de utilizar la declaración de pandemia en seis fases y pasó a la declaración confusa que quiso utilizar en enero de este año, “Emergencia de salud pública de alcance internacional”. Pero las presiones pudieron más y reintrodujeron el término “pandemia”, admitiendo al mismo tiempo que todavía están buscando una definición.

En otras palabras, la OMS utiliza una terminología que nadie sabe lo que significa; ni siquiera ellos.

Esta pandemia es una guerra de todos contra todos (capitalismo salvaje en estado puro)

En entradas anteriores ya explicamos el enorme interés del Pentágono y la CIA por asuntos, como la salud pública, que están muy lejos de las cuestiones militares… sólo para quienes no entienden lo que son las cuestiones militares en el mundo moderno.

Sin embargo, la salud pública y, en consecuencia, las epidemias siempre fueron un elemento primordial de los ejércitos, al menos desde los tiempos de Napoleón que fue el primero en vacunar masivamente a los soldados del Gran Ejército antes de intentar el asalto de Rusia.

Cuando hablamos de “salud pública” nos referimos a la tropa y a los caballos, que en tiempos pasados fueron un instrumento de guerra. Por eso los primeros cuerpos de veterinarios eran oficiales del ejército y los mejores estudios sobre epidemias procedían de ejército, ya que su prevención formaba parte del potencial bélico. De ahí también que los CDC en Estados Unidos formen parte de la guerra moderna y, por extensión, la mismísima Organización Mundial de la Salud.

En la entrada de ayer no desarrollamos una parte del informe de la CIA que concernía a la farmacia, que es otro de los capítulos fundamentales que explican los delirios de la sanidad moderna. Como es natural, la CIA no aludía a las grandes multinacionales farmacéuticas sino a los propios fármacos, que en una sociedad capitalista no sólo son mercancías, sino “material estratégico”, lo mismo que el plutonio, por poner un ejemplo.

Desde hace años una de las preocupaciones fundamentales de la CIA es que Estados Unidos (y otras grandes potencias imperialistas) importan los fármacos de China y, por lo tanto, dependen de China en aspectos que son fundamentales en una guerra.

En sus informes la CIA destaca que los fármacos no sólo son mercancías y no se pueden dejar en manos del “libre mercado” porque si algo ha dejado claro la pandemia es que sólo aquellos países que han sacado a los fármacos del puro negocio (Rusia, China, Cuba, entre otros), han demostrado ser capaces de hacerla frente.

Pues bien, lo que decimos de los fármacos se puede hacer extensivo a cualquier otro material sanitario, incluidas mercancías tan simples como las mascarillas quirúrgicas. Todo se fabrica en China y todo depende de China, que es uno de los pocos países que puede suministrar material sanitario de cualquier tipo al mundo entero.

Esta mañana lo volvía a poner de manifiesto un medio vinculado al ejército canadiense: en su “lucha contra Beijing”, Estados Unidos se enfrenta a la “cruda realidad” de que “depende desesperadamente del equipamiento chino para luchar contra la pandemia”.

El resto del artículo es una pura intoxicación contra China, otra más, asegurando que la pandemia ha tenido allá su origen, que el gobierno de Pekín ha mentido sobre ella, que ha habido muchos más muertos, que no ha habido transparencia, etc. La propia OMS ha asegurado que es falso, pero los altavoces del imperialismo van a seguir a lo suyo en lo sucesivo.

Estados Unidos reniega de China porque depende de China en aspectos tan básicos como el material sanitario. El capitalismo ha quedado sorprendido en su propia trampa y suenan de nuevo los clarines del keynesianismo y las diatribas contra la “globalización”, el “neoliberalismo” y demás, multiplicadas por el Partido Demócrata, cada vez más proclive a la autarquía, el déficit y el New Deal (el verde y el rojo).

“Necesitamos nuevas políticas para poner fin a la excesiva dependencia de nuestras cadenas de producción de China, especialmente para productos clave como las vacunas”, acaba de decir un sujeto tan característico como John Bolton, del Partido Republicano. Por su parte, el senador republicano Tom Cotton propone prohibir todas las importaciones de ingredientes activos para la industria farmacéutica de China a partir de 2022.

Este es el tipo de mensajes que vamos a empezar a escuchar en todo el mundo, especialmente en boca del progrerío y los “izquierdistas”, que se van a convertir en dominantes. Además, en lo sucesivo los altavoces van a repetir hasta el hastío el mensaje antichino, con y sin pandemia, aunque la raíz del asunto es, evidentemente, económica: China se ha puesto a la cabeza del mundo capitalista y el bloqueo de las grandes potencias imperialistas trata desesperadamente de invertir una situación que es, por sí misma, irreversible.

China produce casi la mitad de las importaciones de mascarillas quirúrgicas de Estados Unidos, que ahora padece una escasez crítica. Frente a la pandemia, tanto si es real como si es ficticia (a estos efectos da igual), los países asiáticos, en general, han logrado lo que los occidentales no pueden, viéndose obligados a pedir ayuda, algo que su soberbia imperialista siempre les impedirá reconocer, recurriendo a las peores artes periodísticas que conocemos desde hace décadas, como destacar la “mala calidad” del material chino.

Si algo tan simple como una mascarilla se ha convertido en un problema serio, la cuestión de las materias primas necesarias para la producción de fármacos es dramática. Estados Unidos importa más del 80 por ciento de los ingredientes farmacéuticos más elementales, que se elaboran en China e India.

La ola de histerismo ha conducido a que unos gobiernos roben material sanitario a otros en las mismas pistas de los aeropuertos de China o de otros países en los que hacen escala, que sobornen al personal de vuelo para que se desvíen de su ruta y a bochornosas subastas de contenedores en los hangares. Estamos asistiendo al espectáculo de la competencia capitalista más descarnada en vivo y en directo. Nunca se había visto a los embajadores, cónsules y diplomáticos occidentales corrompiendo a las empresas de logística chinas para apoderarse de un equipo sanitario y de laboratorio que ya estaba vendido y pagado por otro país. Otros, como Israel, han recurrido al Mosad y a sus redes de espías para robar directamente material sanitario de los depósitos chinos. En medio de la desesperación, los gobiernos han enviado policías y militares para escoltar los cargamentos sanitarios y asegurar su llegada.

La tele no informa de estas cosas tan poco aleccionadoras, para las cuales la palabra “histeria” ya no resulta suficiente. Algunos países de la Unión Europea han prohibido la exportación de material sanitario y han lazando a los espías a confiscar los almacenes donde suponen que hay depositados contenedores con jeringuillas, suero, guantes, ventiladores…

A su vez, la prohibición de exportaciones ha desatado protestas de otros países, como Suecia, que dependen de ellas, convirtiendo a la Unión Europea en un circo muy mal avenido. Es la guerra de todos contra todos.

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