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Día: 19 de marzo de 2020 (página 1 de 1)

La recesión en Estados Unidos amenaza un millón de puestos de trabajo

La recesión en Estados Unidos amenaza un millón de puestos de trabajo, según la empresa de investigación Oxford Economics en una nota publicada ayer por Reuters.

No obstante, el informe asegura que la crisis, que es “profunda, generalizada y persistente”, no es “permanente”. Pero no hay ninguna garantía de que acierten porque para este año habían pronosticado un crecimiento del 1,7 por ciento.

Ahora estos analistas esperan que el Producto Interior Bruto (PIB) de la segunda economía del mundo se estanque este año.

Sólo en el segundo trimestre, estiman que el PIB se podría contraer un 12 por ciento, lo que equivale a una disminución del 3 por ciento desde el primer trimestre.

“Es probable que un descenso masivo del gasto social y no forzado conduzca a la mayor contracción trimestral del gasto de los consumidores que se haya registrado”, dice el informe, mientras que es probable que la inversión de las empresas disminuya a un ritmo sin precedentes desde la crisis financiera de 2008.

“Al final, esperamos una pérdida total del PIB de 350.000 millones de dólares (320.000 millones de euros) en 2020 y la pérdida de alrededor de un millón de puestos de trabajo”, añade Oxford.

A escala mundial, sus proyecciones muestran un estancamiento del PIB mundial en el segundo trimestre.

¿Por qué nos empeñamos en suponer que nuestra salud les importa algo a ellos?

El niño Simeon Shaw con su madre
En enero de 1946 diagnosticaron a un australiano de cuatro años de edad, Simeon Shaw, de una forma altamente maligna de cáncer de hueso. En un esfuerzo desesperado para salvar vida del niño, sus padres decidieron llevarle a Estados Unidos para su tratamiento. La familia acudió al hospital de la Universidad de California en San Francisco.

Una vez en América, Simeón no recibió el tratamiento médico que buscaban desesperadamente sus padres para salvarle la vida. En su lugar fue atrapado por un experimento médico. Fue uno de los 18 pacientes inyectados con plutonio radiactivo, por los “científicos” (léase carniceros) que trabajan para el Proyecto Manhattan, la organización que fabricó la bomba atómica. Los matarifes del gobierno querían descubrir cómo eliminaba el plutonio el cuerpo humano.

A Simeon le faltaban dos meses para su quinto cumpleaños cuando el 26 de abril de 1946 le inyectaron, 0.169 microcuries de plutonio 239, una dosis de radiación casi 24 veces lo que la persona promedio recibe en 50 años. Una semana más tarde, se tomaron muestras del hueso, la sangre y tejidos del niño. También se obtuvieron muestras en otras ocasiones. Simeón murió ocho meses después de la inyección (1).

Muchos estadounidenses fueron expuestos a experimentos parecidos con radiaciones sin ninguna clase de objetivo médico curativo. El plutonio carece de utilidad médica. Las inyecciones de plutonio en seres humanos no tenían ningún propósito distinto que el de proporcionar información para determinar las normas de seguridad para la producción de armamento nuclear.

Algunos experimentos humanos con radiaciones se realizaron en Estados Unidos en la década de 1940 y 1950, pero otros se realizaron durante los años sesenta y setenta. Es posible que el programa involucrara a más de 1.000 personas. Estos experimentos se realizaron dentro del Proyecto de Manhattan.

Entre 1945 y 1947, como parte del Proyecto Manhattan, los pacientes a quienes diagnosticaron enfermedades con una esperanza de vida de menos de 10 años, fueron inyectados con plutonio. Además de la Universidad del Hospital California, los estudios se realizaron en el hospital de Distrito de Manhattan, Oak Ridge, Tennessee; Strong Memorial Hospital, Rochester, N.Y.; y la Universidad de Chicago. A pesar de los diagnósticos originales, siete de los 18 pacientes vivieron más de 10 años y cinco sobrevivieron más de 20.

Investigaciones internas de la AEC demostraron que los pacientes no fueron informados de que se les había inyectado plutonio hasta 1974.

El 18 de julio de 1947 tres médicos y una enfermera inyectaron plutonio en el hospital de la Universidad de California en la pierna izquierda de Elmer Allen. Tres días más tarde, le tuvieron que amputar la pierna y la extremidad la enviaron a patología para un estudio radiológico (2). Erróneamente a Allen le diagnosticaron que padecía un cáncer de hueso, cuando se había caído de un tren a finales del verano de 1946 y se había lesionado su rodilla izquierda. Estaba lejos de padecer una enfermedad terminal.

Allen vivió hasta el 10 de junio de 1991, con horribles complicaciones derivadas del experimento de plutonio. Sufría convulsiones epilépticas, alcoholismo y finalmente fue diagnosticado de esquizofrenia paranoide, que su médico de familia cree que se debió a la forma en que había sido incluido dentro del experimento del plutonio.

(1) https://medium.com/lessons-from-history/a-child-came-to-the-u-s-for-cancer-treatment-but-was-injected-with-plutonium-sent-home-to-die-c55b154511db
(2) https://ehss.energy.gov/ohre/roadmap/achre/chap5_4.html

Contagio: si aplaudimos la ley marcial, también aplaudiremos la censura total

La histeria del coronavirus es una maniobra para imponer el fascismo, la ley marcial, el toque de queda y la anulación definitiva en todo el mundo de las reliquias que quedaban de derechos y libertades fundamentales. Dos siglos después, todo aquello se viene abajo, con el aplauso entusiasta de los propios afectados.

Si un país puede sacar al ejército a la calle, también imponer la censura típica de toda guerra, aunque ya no necesitará hacerlo por decreto, ya que para eso están las empresas tecnológicas que manejan las redes sociales a su antojo.

Esas multinacionales ya han empezado a censurar noticias sobre el coronavirus, e incluso están eliminando cuentas completas de sus usuarios. Quien censura ya no es el Estado o los jueces sino empresas privadas, con el pretexto de poner coto a las informaciones “falsas”.

Los grandes monopolios digitales quieren que Ustedes sólo puedan leer noticias veraces, objetivas, rigurosas y contrastadas sobre cualquier materia. La paranoia del coronavirus les está sirviendo como entrenamiento para futuras cribas.

YouTube ha amenazado con cambios frente a la pandemia: la llamada “inteligencia artificial” se encargará de la censura de contenidos. Nos quieren convencer de que es así de aséptico: no somos nosotros los que censuramos, sino un algoritmo. Pero, ¿quién ha sido el mequetrefe que ha escrito el algoritmo?, ¿quién se lo ha ordenado?, ¿qué instrucciones le han dado para que lo haga?

La propia pandemia tiene la culpa de la censura: “A medida que COVID-19 evoluciona, hacemos todo lo posible para apoyar a los que ven, crean y se ganan la vida en YouTube. Muchos de nosotros aquí y en nuestro personal ampliado no podemos trabajar como de costumbre, por lo que estamos reduciendo algunas oficinas, causando trastornos”, dice Youtube en un post de Twitter.

“Con menos gente para revisar el contenido, nuestros sistemas automatizados intervendrán para mantener seguro a YouTube. Se eliminarán más vídeos de lo habitual durante este período, incluyendo contenidos que no violen las directrices de nuestra comunidad. Sabemos que esto será difícil para todos ustedes”, advierten.

Hasta los propios censores reconocen que su “inteligencia artificial” no es tan espabilada y que van a eliminar muchos contenidos.

Huele a podrido porque YouTube no explica por qué no pueden seguir como hasta ahora de manera remota.

Otras grandes empresas tecnológicas como Facebook y Twitter también han aprovechado la paranoia para implantar un sistema de censura automatizado.

Facebook ha hecho el paripé. La semana pasada los sindicalistas de pacotilla le criticaron porque exigía a sus trabajadores que acudieran a sus puestos a pesar de la histeria. Ahora ha cedido: envía a los trabajadores a casa y la censura será automática. “Podríamos ver tiempos de respuesta más largos y cometer más errores como resultado”, también advirtió Facebook.

Lo mismo que antes: la “inteligencia artificial” no es tan lista como nos quieren hacer creer y se equivocará, nos advierten de antemano.

Como Ustedes sospechan, los algoritmos atacan especialmente a los medios alternativos porque así han sido diseñados. En el pasado, Facebook ha eliminado cuentas antimperialistas, antifascistas, proputin, propalestinas, procubanas y alternativas, en general, como el Informe de la Agenda Negra, por poner un ejemplo.

A principios de febrero, Twitter no sólo bloqueó la cuenta de Maduro sino que borró las de 2.000 de sus seguidores. Lo mismo ha ocurrido con cuentas asociadas al Eje del Mal, como Irán.

El medio de comunicación alternativo 21st Century Wire ha sido suprimido.

A MintPress le han censurado un artículo sobre la respuesta de Cuba al coronavirus.

Los algoritmos promueven a las grandes y pequeñas cadenas mundiales de intoxicación, las que blanquean a los fondos buitre, encubren la represión y jalean las guerras imperialistas.

Es normal porque redes sociales, como Twitter, están en manos de fondos buitre, como Elliott.

Por su parte, Facebook se ha asociado a la OTAN y a los sionistas con el propósito de justificar los crímenes imperialistas.

Pero la censura no la promueven sólo los grandes monopolios sino también mequetrefes reformistas, como un tal Pablo García, que públicamente ha pedido en Twitter que le quiten la licencia y censuren a una médico que ha denunciado el alarmismo sobre la pandemia. Los inquisidores y los torquemadas están por todas partes. Como decía la III Internacional, los fascistas no son muy distintos de los socialfascistas.

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