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Día: 16 de noviembre de 2019 (página 1 de 1)

Trump indulta a los soldados condenados por cometer crímenes de guerra en Irak y Afganistán

Los matarifes se van de rositas
Ayer Trump indultó a un ex soldado estadounidense condenado por asesinato y a otro acusado de apuñalar a un talibán.

Los indultados son el teniente primero Clint Lorance, condenado por ordenar en 2012 disparar a un grupo de tres civiles afganos, dos de los cuales murieron. Este oficial ya ha cumplido seis años de prisión de los 19 años de su condena.

“Muchos estadounidenses han pedido clemencia para Lorance, entre ellos 124.000 personas que firmaron una petición a la Casa Blanca, así como varios miembros del Congreso de Estados Unidos”, dijo Trump ayer en una declaración.

Trump también indultó a un miembro de los Boinas Verdes, una unidad de élite del ejército estadounidense, por el asesinato premeditado en 2010 de un talibán sospechoso de fabricar bombas.

Por último, el Presidente revocó la decisión de degradar a Edward Gallagher, un soldado de otra unidad de élite, los Navy Seals, acusado de apuñalar hasta la muerte a un joven detenido del Califato Islámico en Irak, y de asesinar a otros civiles.

Gallagher fue absuelto de la mayoría de los cargos en julio, pero fue condenado por haber posado con otros mercenarios de los Seals para una foto que le mostraba con el cuerpo del joven detenido y asesinado.

“¡Felicitaciones al Navy Seal Eddie Gallagher, a su maravillosa esposa Andrea y a toda su familia. Han soportado todo esto juntos. Me alegro de haber podido ayudar!”, dijo Trump en un mensaje publicado en Twiter en julio.

“No hay suficientes palabras para expresar mi gratitud y la de mi familia a nuestro Presidente, Donald J. Trump, por su decisión e intervención”, reaccionó Gallagher en Instagram.

El almirante estadounidense retirado James Stavridis, que fue un alto dirigente de la OTAN, se ha opuesto firmemente a estos indultos. “Dirigí a varios de los soldados a quienes [Trump] podía indultar”, dijo en un artículo de la revista Time. “Perdonarlos debilitará al ejército”, añadió.

Los indultos son “una afrenta a la idea de orden y disciplina y al estado de derecho”, dijo Pete Buttigieg, un veterano de la Armada de Estados Unidos y candidato a las elecciones presidenciales primarias demócratas del año que viene.

‘Si la tortura funciona, ¿hace falta practicarla 183 veces en un mismo prisionero?’

Durante siete años, un investigador del Senado estadounidense, Daniel J. Jones, trabajó en un informe acerca de los métodos para interrogar prisioneros que la CIA implementó tras el 11 de septiembre de 2001. El resultado fueron 6.700 páginas que demostraron que los espías torturaban, ocultaban esas prácticas y, además, no obtenían ninguno de los resultados que buscaban con esas prácticas aberrantes.

“Si la tortura funciona, ¿hace falta practicarla 183 veces en un mismo prisionero?”, pregunta un verdugo de la CIA en la película “The Report”, dirigida por Scott Z. Burns, un especialista en escribir guiones basados total o parcialmente en investigaciones, como El desinformante o La lavandería. Ahora, a cargo tanto del guion como de la dirección, se enfrentaba al desafío de convertir un mamotreto árido y farragoso en una ficción atractiva. Lo logra sólo a medias: “The Report” no es tanto una película de suspense como una lección sobre el funcionamiento de la burocracia estadounidense.

Burns muestra todo el proceso de realización del informe de Jones y se las ingenia para sacar agua de las piedras, explotando al máximo el escaso material dramático que puede proveer una tarea burocrática. Porque la mayor parte de esos siete años, Jones se los pasó encerrado en un sótano sin luz natural revisando correos electrónicos, memorandos y otros documentos internos de la CIA. Era todo lo que el acuerdo entre la agencia y el Senado le permitía: no podía entrevistar agentes.

Aun así, su obsesión por el trabajo le permitió llegar a conclusiones lapidarias y sólidamente fundadas. Para amenizar la lectura de esos papeles, tan apasionantes como una escritura inmobiliaria, hay “flashbacks” que recrean las prácticas de los torturadores de la CIA que aplicaron “técnicas de interrogatorio mejoradas”, un eufemismo para evitar la palabra “tortura”. Las famosas fotos de la cárcel de Abu Ghraib parecen un juego en comparación a lo que se muestra la película.

En paralelo están las intrigas palaciegas, las presiones políticas por las consecuencias que traería la publicación del informe. Con constantes diálogos explicativos, la película mantiene el tono didáctico para evitar que nos perdamos lo menos posible en los pasillos de la burocracia estadounidense y poder transmitir un mensaje propagandístico de n¡buena esperanza: a pesar de todo la democracia estadounidense goza de buena salud.

Democracia significa que haya al menos dos partidos y circos electorales cada cierto tiempo. Lo demás no importa, no tiene que ver con la democracia. No importa la salud, ni la vivienda, ni la educación, ni el paro, ni la guerra… Nada de nada.

Teoría y práctica de la traición

Juan Manuel Olarieta

En el mundo lo más extendido es el pensamiento metafísico, que se atiene a lo que las cosas “son” y a veces a lo que “deben ser”.

Las cosas “son” de una determinada manera y no pueden “ser” de otra, de manera que cuando las cosas cambian nos quedamos estupefactos, sobre todo si se convierten en lo contrario de lo que “son” o “deben ser”.

En la medida en que los trabajadores forman una clase social enfrentada a su contraria, la burguesía, suponemos que deben actuar como tales, al unísono, por ejemplo durante una huelga que defiende los intereses de todos ellos.

Sin embargo, en las huelgas hay trabajadores que se posicionan en favor del contrario. Se llaman esquiroles, son traidores a sus compañeros y, desde luego, a su clase social. Toman partido por el bando opuesto y siempre ha habido y hay trabajadores que actúan de esa forma.

El traidor y el esquirol se justifican a sí mismos con alguna explicación, más o menos elaborada. En ocasiones esa explicación llega a formar un cuerpo de doctrina de la traición, como por ejemplo la libertad de elección individual. “Vive y deja vivir”. El capitalismo es un sistema de libertad que permite optar a cada cual por la huelga o por el derecho a trabajar, incluso en medio de una huelga de los demás. “Trabaja y deja trabajar”, “Para y deja parar”…

Un esquirol no es otra cosa que una contradicción, pero los metafísicos sólo tienen en cuenta que “es” un trabajador tan trabajador que quiere trabajar incluso aunque haya huelga. En la realidad las cosas no “son” ni dejan de “ser”. En una huelga, que es una lucha, un esquirol está en la trichera opuesta, es un instrumento de la patronal y como tal, a lo largo de la historia, siempre ha sido objeto de los ataques del movimiento obrero, incluso físicos y violentos.

Lo mismo ocurre en las batallas políticas, así que no cabe extrañarse de que haya quien se ponga al servicio del bando contrario sin quitarse las insignias por una muy buena razón: la mayor parte sólo se fija en las insignias, en las apariencias, en las siglas. Para “ser” comunista basta con autodefinirse uno mismo: levantando el puño, o la hoz y el martillo, o la bandera roja…

El capitalismo es un gran supermercado político en el que es posible elegir libremente, “a diferencia de las dictaduras”. Por eso hay quien se autodefine como comunista, como anarquista, como independentista y así sucesivamente. Lo realmente importante es que quienes se autodefinen quieren que los demás los aceptemos tal y como ellos mismos se presentan, o sea, que “son” así.

A partir de ahí los posicionamientos políticos no son importantes. Da lo mismo. Siempre hay una doctrina que “explica” los motivos por los que “son” una cosa y “hacen” la contraria. Lo importante no son las prácticas sino las doctrinas que las “explican” o las “justifican”.

Por eso las bibliotecas, las redes sociales y los blogs están repletos de teorías, doctrinas y justificaciones, la mayor parte de las cuales tienen en común la superficialidad porque sólo se trata de eso: de cubrir las apariencias.

En el circo político el mayor problema es siempre el más sencillo: llamar a las cosas por su nombre. Un ejemplo son los que apoyan al fascismo con las insignias de la “izquierda”. No están en el bando de la lucha antifascista sino en el contrario.

Es el caso de los trotskistas franceses que durante la ocupación de 1940 a 1945 no se unieron a la resistencia antinazi con pretextos pintorescos, a cada cual más estrafalario. Incluso un trotskista notorio, como Paul Cognet, formó parte del gobierno de Petain, para el que redactó el Estatuto del Trabajo. ¿Como definir a Cognet?, ¿era trotskista?, ¿era fascista?, ¿o era ambas cosas?

A ese tipo de elementos políticos la Internacional Comunista los llamó por su nombre, socialfascistas, o sea, socialistas de palabra y fascistas de hecho. Los comunistas franceses siempre los llamaron hitlero-trotskistas. Si hay alguien interesado por los laberintos doctrinales, puede leer artículos de la época, como “¡Confraternicemos!, ¡Mano tendida a los soldados alemanes!” publicado en el periódico trotskista “La Vérité”, el 22 de junio de 1944. Tres meses después de publicarse el anterior apareció otro con un titular no menos definitorio: “Por qué no nos hemos unido a la resistencia”.

Lo mismo ocurre con los “socialimperialistas”, es decir, toda esa mugre de colectivos y medios de “izquierda” que se posicionan siempre con los imperialistas con algún pretexto, alguna doctrina o alguna teoría. No les sirve de nada que acontecimientos tan definitorios, como una guerra o la invasión de un país soberano, definan dos bandos de manera inequívoca. Lo importante es la doctrina, el pretexto o la teoría.

Recientemente una radio “alternativa” de Euskadi llevaba a dos invitados a un debate sobre la Guerra de Siria, pero cada uno de ellos no representaba a uno de los dos bandos combatientes porque alguien ha inventado un tercer género en discordia: Rojava. Si los organizadores querían mostrar el abanico de opiniones que hay sobre dicha guerra, podrían haber invitado también a un miembro de Al-Qaeda o a un portavoz del Pentágono. ¿Por qué no?

En las guerras revolucionarias no hay más que dos bandos. En la Guerra Civil no hubo más que dos bandos. En la Segunda Guerra Mundial también. Cuando en plena guerra algunos medios como “Viento Sur” fabrican una entelequia doctrinal intermedia, que no es carne pero tampoco pescado, es para camuflar que están con el más fuerte, es decir, con el imperialismo. No es un error, no es una equivocación, ni tampoco un desliz sino que han tomado partido, lo mismo que los trotskistas franceses lo hicieron en 1940: están con los imperialistas y en el futuro lo seguirán estando.

“¿Por qué no nos unimos a la resistencia antifascista?” Porque estamos con el fascismo. “¿Por qué no nos unimos a la lucha antimperialista?” Porque estamos en la trinchera opuesta. No es tan difícil de entender; no hacen falta doctrinas muy librescas. No obstante, donde hay una traición al lado siempre hay una doctrina y hay a quien le gusta perder el tiempo en leerse la doctrina para olvidarse de la traición, que es lo realmente importante, lo realmente definitorio.

A la mugre le encanta debatir sobre los papeles impresos, los artículos, las reflexiones…

¿Están zumbados los ‘conspiranoicos’?

Bianchi

El 12 de enero de 2010 un brutal terremoto golpeó la capital de Haití, Puerto Príncipe, causando la muerte de casi 200.000 personas dejando sin casa a cerca de un millón. A pocas horas de la tragedia, el gobierno de los EE.UU., con la excusa de la ayuda humanitaria, anuncia un despliegue militar propio de una invasión con alrededor de 30.000 marines y alta tecnología militar.

Al margen de la posición geoestratégica de la isla (entre una socialista Cuba y una bolivariana Venezuela), se ha sostenido por parte de expertos que Haití alberga reservas de petróleo y gas en grandes cantidades, hummmmm (ya empieza nuestro instinto conspiranoico a activarse), investigadores no de pacotilla sospecharon -por las extrañas características del terremoto de Haití- del uso de técnicas de modificación ambiental por parte de los USA para provocar dicho terremoto. Unas técnicas, a todo esto, que no son nuevas desde, al menos, el fin de la II Guerra Mundial.

Se sabe -por documentos desclasificados- que a partir de 1944, el gobierno neozelandés inició un proyecto secreto (habrá quien no sepa ni situar en el mapa a Nueva Zelanda) destinado a provocar maremotos mediante explosiones nucleares submarinas. Según los mismos documentos -dados a conocer por el ministerio de asuntos exteriores neozelandés en 1999-, tanto ingleses como usamericanos se interesaron vivamente por el proyecto para desarrollarlo en secreto visto el éxito de las primeras pruebas.

Años más tarde, las autoridades francesas se vieron obligadas a reconocer que el tsunami que en 1979 costó innumerables vidas en el archipiélago Tuamotu en la Polinesia francesa, tuvo su origen en las pruebas nucleares que Francia venía desarrollando en los atolones de Mururoa.

En 1974, el 19 de mayo exactamente, el senador estadounidense Claiborne Pell consiguió que se hiciera pública la «Operación Popeye» desarrollada por el Ejército de los EE.UU. en Vietnam entre 1967 y 1972. El objetivo de la operación fue prolongar, de forma artificial, la estación de lluvias del monzón sobre el territorio por el cual discurría la ruta Ho Chi Minh con el fin de hacerla intransitable. Esta ruta era utilizada por los movimientos de liberación nacional de Vietnam como ruta de aprovisionamiento. La 54ª Escuadrilla de Reconocimiento del Ejército gringo sembró el cielo con yoduro de plata con lo que consiguieron que el período de lluvias aumentara un promedio de 30 a 45 días.

El 18 de mayo de 1977, la ONU, ante la preocupación generada por el uso y desarrollo de técnicas de modificación ambiental, se vio obligada a celebrar, en Ginebra, la primera «Convención sobre la prohibición de técnicas de modificación ambiental con fines militares o con cualquier otro fin hostil». A pesar de que tanto la URSS como los USA firmaron el documento  que salió de la Convención, ambas súperpotencias continuaron desarrollando, en secreto, proyectos de guerra climática.

Por un lado, la Unión Soviética construyó la Pamir, una máquina con la que pretendía provocar pequeños sismos con el fin de evitar otros mayores. Cuando la URSS se derrumba, los responsables de este programa se pasan al servicio de los yankis. En 1995, estando Rusia gobernada por el dipsómano Yeltsin, la US Air Force recluta a los investigadores rusos quienes en su laboratorio de la ciudad de Nizhi Nóvgorod construyen una máquina mucho más poderosa, la Pamir 3, que es probada con éxito.

El Pentágono entonces decide trasladar a estos científicos y su nuevo descubrimiento a los Estados Unidos con el fin de integrarlos en el programa HAARP (del inglés High Frequency Active Auroral Research Program, dicho en argenta: Programa de Investigación de Aurora Activa de Alta Frecuencia), investigación militar financiada por la Air Force (Fuerza Aérea) de los EE.UU., la Marina y la Universisad de Alaska (donde están innstaladas las antenas) dirigida a, oficialmente, «entender, simular y controlar los procesos ionosféricos». Se la considera capaz de intensificar tormentas o prolongar sequías sobre un determinado territorio. Pero esta es otra historia (que la cuente Iker Jiménez, si quiere).

En los años de auge de la guerra fría, en los sesenta, se creó un llamado Congreso para la Libertad de la Cultura que reclutara a la «intelligentsia» occidental del «mundo libre» para contrarrestar la cada vez mayor influencia de los soviéticos en las ciencias, artes, etc. Fue, años después, el propio «New York Times» quien revelara (aunque ya se sospechaba) fehacientemente que dicho Congreso estaba financiado por la CIA. No diremos que tres cuartos de lo mismo sucede -o sucederá- con el cacareado «cambio climático» con el que se aterroriza al personal, que vive en un místico desvivir santateresiano y no gana para sustos, como los terrores del milenio en la época feudal medieval, no somos tan osados, pero sí pelín «conspiranoicos», que es la única manera de acertar con estos criminales.

Buona sera.

Parecía imposible. Pero pasó

Darío Herchhoren

En este «corsi y recorsi» de que hablaba Gramsci la realidad de Latinoamérica hay que mirarla como un todo para poder entender por qué ocurren las cosas que ocurren. Parecía que Evo Morales era o iba a ser eterno, pero cayó ante la coyunda fascista que recorre el continente con los Bolsonaro, los Iván Duque y los Piñera. Como en un contrapunto; a cada triunfo popular se corresponde con una respuesta del fascismo. Ante el triunfo popular en Argentina, un golpe contra el pueblo boliviano, ante la liberación de Lula, el aumento de la represión en Chile.

Parece que la consigna es ahogar al futuro gobierno popular en Argentina y ello surge fácilmente de mirar un mapa. En efecto, Argentina tiene a su lado a un gobierno fascista en Chile, al noreste a Brasil, en manos de otro fascista como Bolsonaro, y ahora tendrá al noroeste, a otro gobierno fascista en Bolivia. Solo falta que en Uruguay gane las elecciones la derecha en la segunda vuelta.

Todos estos datos indican que Evo Morales, no calculó bien sus fuerzas, y pensó que las urnas le iban a dar no solo el gobierno sino el poder. Y resultó que las urnas se le están convirtiendo en urnas funerarias, que serán llenadas con los cadáveres de todos aquellos que se opongan en Bolivia a lo que se viene ahora. Seguramente se desatará una gran represión a cargo del ejército, habrá un baño de sangre, y el pueblo humilde de Bolivia que fue favorecido por los gobiernos de Evo Morales perderá todo lo conquistado. Será un calco de lo ocurrido en Chile luego del golpe de Pinochet.

Quiero recordar que la historia reciente de Bolivia pasó por un episodio similar pero al revés. En efecto, en 1952, el Movimiento Nacionalista Revolucionario a cuyo frente estaban Victor Paz Estenssoro, un abogado que se acercó a los mineros y Juan Lechín, líder sindical de  la Central Obrera Boliviana (COB), consiguieron con la ayuda de Perón acabar con el gobierno de la «rosca del estaño», y una de las primeras medidas que tomaron fue la creación de milicias populares encuadradas militarmente y bien armadas, y la disolución del ejército, que siempre había sido el sostén de los gobiernos de la rosca.

El poder de la oligarquía fue minimizado por el gobierno de Evo, que confió en que las elecciones eran el camino para lograr cambiar la historia de Bolivia, y en un principio, y durante todos estos años los hechos parecían darle la razón. Pero hay algo perverso en la oligarquía y es que se llena la boca de democracia en cuanto le sirva a ella, y es enormemente cruel y despiadada cuando se trata de cuidar y conservar sus intereses. ¿Cómo es posible que un líder experimentado como Evo confíe en una misión de la OEA, cuando sabe que la OEA es solo el brazo del imperio? La ingenuidad en política se paga a un precio muy alto y este error le costará al pueblo boliviano luto y sangre. Ahora es cuestión de salvarle la vida a Evo, cuya casa, por cierto muy humilde ha sido saqueda esta madrugada, y la casa de su hermana ha sido incendiada.

El odio al indio de la oligarquía cruceña y su negativa absoluta a acatar los resultados de las elecciones, salvo cuando les favorecen, han hecho su labor. Ahora toca organizar la resistencia. Costará mucho y muchos militantes serán salvajemente torturados y muertos. Una larga noche espera a los bolivianos.

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