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Día: 2 de julio de 2019 (página 1 de 1)

El Golpe de Estado en Uruguay en 1973

Del año 1973 muchos militantes guardan el recuerdo del golpe del Estado de Pinochet en Chile. Pero el 27 de junio de ese mismo año tuvo lugar en Uruguay un golpe de Estado militar. La dictadura se mantendría hasta el año 1984. 11 años de tortura, de “desapariciones”, de encarcelamientos, de caza a quienes luchaban por la revolución, a demócratas y sindicalistas, a los y las resistentes, a las personas solidarias. Todo ello se dio a una escala masiva. Se cuentan en 15.000 las personas que fueron retenidas como prisioneras políticas y torturadas, al tiempo que fueron 500.000 las que se fueron al exilio (en un país de menos de tres millones de habitantes).

La represión, sin embargo, había comenzado mucho antes, fundamentalmente con la promulgación de las medidas de excepción, en junio de 1968, con un gobierno “democrático” todavía funcionando. La censura y la posibilidad de realizar detenciones sin cargos fueron así legalizadas. Esto preparó el terreno para los militares, que fueron ocupando una posición cada vez más importante, y culminó el 26 de junio de 1973. El 30 de junio la Convención Nacional de Trabajadores fue disuelta, muchos de sus miembros continuaron la lucha en la clandestinidad, empezando por una huelga general contra el golpe de Estado que se prolongó hasta el 12 de julio.

Estos fueron los años en los que el imperialismo americano instaló y sostuvo dictaduras por toda América Latina.

Si la dictadura militar tuvo su origen en un régimen que se decía democrático, su fin estuvo marcado también por una connivencia similar: la “transición democrática” que comenzó a principios de los años ochenta fue acompañada de la represión feroz de los movimientos sociales. En diciembre de 1986, de nuevo un “régimen democrático” promulgaba una ley de amnistía que permitía que los responsables de esa sangrante represión eludieran a la justicia. Esta situación permite que haya aún hoy responsables políticos y militares que reivindiquen abiertamente la dictadura.

https://www.laboursolidarity.org/URUGUAY-23-de-junio-de-1973-Golpe

La ‘inteligencia artificial’ está al servicio de la carrera de armamentos y del militarismo moderno

McNamara, de la Ford al Pentágono
Las investigaciones seudo-universitarias en eso que llaman “inteligencia artificial” están al servicio de la guerra. Junto con las bases de datos (“big data”) forman parte de la carrera de armamentos y del militarismo moderno, sobre todo desde la Guerra de Vietnam (1).

En los años sesenta quien dirigía el Pentágono era Robert McNamara, un profesor de economía al más puro estilo seudocientífico estadounidense. En las universidades como Harvard, lo más característico es confundir la Economía Política y las demás ciencias con su cuantificacion (econometría), aunque McNamara no se limitó a llenar la pizarra del aula con números, sino que lo puso en práctica en la multinacional Ford.

Lo mismo hizo en el Pentágono, para lo cual nombró a Alain Enthoven Subsecretario de Análisis de Sistemas. A su vez Enthoven reclutó a otros como ellos, llamados los Whiz Kids, para que dirigieran el Sistema de Planificación, Programación y Presupuestos, copiado de los planes quinquenales soviéticos.

El Pentágono empezó a utilizar el “big data” de manera estadística, es decir, procesado por ordenador para llevar a cabo investigaciones operativas y apoyar la toma de decisiones, no sólo en las oficinas sino también en el campo de batalla: Vietnam (2).

Uno de los datos cuantitativos que llegó a obsesionar a los ingenieros fue el recuento de las pérdidas del enemigo (“body count”). El general Douglas Kinnard contó que los soldados estadounidenses asumieron riesgos innecesarios para contar el número de muertos del Vietcong y a veces murieron en el empeño (3).

La contabilidad de los muertos llegó a convertirse en un fin en sí mismo y, además, era errónea. La incautación de documentos de vietnamitas mostraba la imprecisión de las estimaciones estadounidenses.

Pero había que hacer de la necesidad virtud y Enthoven dijo que no había muchos datos sino todo lo contrario: no eran suficientes (4). Los datos también eran un asunto cuantatitivo. No importaba que fueran erróneos. Cuantos más, mejor.

Por equivocados que fueran, los datos sugerían modelos lo suficientemente consolidados como para reflejar las estrategias contrarias e indicar los progresos realizados por ambos bandos, siempre que los analistas fueran capaces de interpretarlos, naturalmente

La lección que los ingenieros extrajeron de la Guerra de Vietnam no fue que el enfoque cuantitativo fuera erróneo sino que ningún experto había sido capaz de entenderlo. En otras palabras: el problema no está en la “inteligencia artificial” sino en que quienes la diseñan no son inteligentes precisamente.

Desde entonces en los pasillos del Pentágono se cuenta una vieja
anécdota: en 1969 McNamara introdujo en su ordenador todos los datos
conocidos sobre Vietnam y Estados Unidos, como la población, el producto
nacional bruto, la capacidad de producción, el tamaño del ejército, el
armamento… Entonces un analista militar le preguntó al ordenador:
“¿Cuándo ganaremos?” Al poco tiempo la máquina le respondió: “Ganamos en
1964“ (5).

Según la “inteligencia artificial”, la
Guerra de Vietnam no sólo la ganaría el ejército de Estados Unidos sino que
ya debería estar ganada.

(1) D. F. Harrison: Computers, electronic data and the Vietnam War, Archivaria, vol. 26, 1988, pgs. 18-32.
(2) G. A. Daddis, No Sure Victory: Measuring US Army Effectiveness and Progress in the Vietnam War, New York, Oxford University Press, 2011.
(3) D. Kinnard, The War Managers, New Hampshire, Hanover, 1977, pg. 73.
(4) A. C. Enthoven y K. Wayne Smith, How Much is Enough? Shaping the Defense Program, 1961-1969, New York, Harper & Row, 1971, pg. 88.

(5) H. G. Summers, On Strategy: A Critical Analysis of the Vietnam War, New York, Presidio Press, 1984, pg. 18.

La sombra de la proliferación de armas nucleares regresa a Europa

El 26 y 27 de junio se reunieron en Bruselas los ministros de Defensa de la OTAN para aprobar nuevas medidas de disuasión contra Rusia, acusada de violar el Tratado de reducción de armas nucleares de alcance intermedio (entre 500 y 5.500 kilómetros) en Europa.

Es complicado de digerir la validez de un Tratado que involucraba a Estados Unidos, que se retiró del mismo el 2 de agosto unilateralmente, salvo que los europeos acepten la ley del embudo: una parte debe cumplir aunque la otra no lo haga.

Pero la cosa es aún más fea: en la ONU la Unión Europea rechazó la propuesta rusa de mantener el Tratado sobre las fuerzas nucleares de alcance intermedio y 21 de los 27 miembros de la Unión Europea forman parte de la OTAN, al igual que Gran Bretaña, que tiene un pie dentro y otro fuera.

En otras palabras, incluida nuestra ministra Margarita Robles, los europeos tienen la cara más dura que el cemento.

Estados Unidos pretende desplegar misiles nucleares de alcance intermedio en una base terrestre en Europa, similar a la de los años ochenta (Pershing II y crucero) que fueron eliminados (con el SS-20 soviético) por el Tratado firmado en 1987 por Gorbachov y Reagan.

Las principales potencias europeas están cada vez más divididas dentro de la Unión Europea y su posición dentro de la OTAN es cada vez más vidriosa, lo mismo que su vínculo militar con Estados Unidos.

El último documento estratégico de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos, Operaciones Nucleares, fechado el 11 de junio y redactado bajo la dirección del Jefe del Estado Mayor Conjunto, asegura que la posibilidad de que algún día lleguemos al uso de armas nucleares aumenta. Lo que no dice -naturalmente- es que aumenta porque así lo quieren quienes han redactado dicho documento.

“Las fuerzas nucleares proporcionan a Estados Unidos la capacidad de perseguir sus propios objetivos nacionales”, dice el documento, subrayando que deben ser “diversificadas, flexibles y adaptables” a una “amplia gama de adversarios, amenazas y contextos”.

Mientras Rusia advierte que incluso el uso de una sola arma nuclear de baja potencia iniciaría una reacción en cadena que podría conducir a un conflicto nuclear a gran escala, la doctrina estadounidense se está moviendo hacia un peligroso concepto de “flexibilidad”.

El objetivo que persigue Estados Unidos con las armas nucleares es el mantenimiento de la hegemonía, lo que el documento explica de la siguiente manera: “el uso de un arma nuclear cambiará fundamentalmente el contexto de una batalla al crear las condiciones que permitan a los comandantes prevalecer en el conflicto”.

Las armas nucleares también permiten a Estados Unidos “tranquilizar a sus aliados y socios” que, apoyándose en ellas, “renuncian a la posesión de sus propias armas nucleares, contribuyendo así a los objetivos de no proliferación de Estados Unidos”.

No todos entendemos el principio de “no proliferación” de armas nucleares de la misma manera que Estados Unidos. Para ellos se trata de que sean los demás los que no tengan dichas armas. Es siempre la ley del embudo: unos tienen los derechos y los demás las obligaciones.

Son situaciones que ya vivimos en Europa durante la Guerra Fría, con la diferencia de que entonces había un movimiento verde que luchaba por la paz y el desarme, que ahora se entretiene con otros asuntos.

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