La web más censurada en internet

Día: 22 de mayo de 2019 (página 1 de 1)

La guerra del Chaco y la injerencia imperial siempre

Darío Herchhoren

Marx enseñaba que la historia es la historia de la lucha de clases. Y tenía razón. Yo agrego por mi parte, que la historia es en realidad un proceso, generalmente largo, que acarrea consecuencias durante un período de tiempo a veces secular, y por lo tanto debe estudiarse como un proceso sujeto a cambios e interpretaciones diversas. Como ejemplo de ello, vease la Revolución Francesa de 1789, y la Rusa de 1917, y la China de 1949, y la más reciente Revolución Cubana de 1959.

La guerra del Chaco, se desarrolló entre el 9 de septiembre de 1932 y el 12 de junio de 1935. Los contendientes fueron Bolivia y Paraguay.

Por parte del ejército boliviano se movilizaron 250.000 hombres, y tuvo 60.000 muertos, y por parte paraguaya se movilizaron 120.000 militares y le costó a Paraguay 30.000 muertos.

Se produjo en el Chaco Boreal, una región que reconoce tres partes. El Chaco Boreal al norte, el Chaco Central, y el Chaco austral. Este último pertenece a Argentina desde tiempo inmemorial, y sus límites están bien fijados por tratados internacionales. El Chaco cenral pertenece a Bolivia, pero el Chaco Boreal, es una región inhóspita, con temperaturas de hasta 50 grados centígrados en verano y 0 grados en invierno. Está casi despoblado, y solo habitan en él insectos que transmiten graves enfermedades como el mal de Chagas, producido por la vinchuca, grandes reptiles y hay poca agua. Es una región semidesértica, que ocupa una superficie similar a la de Francia.

Nunca hubo un tratado de límites entre Bolivia y Paraguay, que solo se produjo a la firma de la paz.

En ese tiempo Bolivia estaba gobernada por la oligarquía terrateniente santacruceña, que pertenece a la etnia camba, es decir que son los criollos descendientes de los conquistadores españoles, y estaban muy ligados a lo que se llamó «la rosca del estaño», o sea la gran minería vinculada a la exportación de ese mineral, y que estaba dirigida por Antenor Patiño, un indio multimillonario, cuya familia vivía en Suecia, y que guardaba importantes relaciones con la familia de Alfred Nobel, el inventor de la dinamita, material este indispensable para las voladuras mineras.

La inmensa mayoría de la población boliviana era de etnia coya o colla, y no hablaban castellano, sino que su lengua era el quechua y el aymara.

La proporción de cambas es del 20 por cien, mientras que los coyas son el 80 por cien, al igual que ahora. Sin embargo los cambas siempre gobernaron el país a su antojo, y marginaron violentamente a la inmensa mayoría de los coyas, prácticamente hasta el triunfo de Evo Morales en las elecciones.

El ejército boliviano estaba constituido en el cuerpo de oficiales por cambas, y muchos de los suboficiales también, siendo la tropa de etnia coya.

Durante la guerra dicho ejército estaba comandado en su estado mayor por un general alemán de nombre Hans Kundt, que había participado en la primera guerra mundial, y que no conocía las tácticas de guerra modernas, es decir que desconocía lo que era la guerra de movimientos, y aplicaba en el campo de batalla solo las estrategias de guerra de posiciones de la primera guerra mundial. Ello llevó a que el ejército boliviano sufriera graves derrotas, lo cual llevo a que el mando pasara al general Enrique Peñaranda, un oficial incapaz, sin formación militar, que llega al alto estado mayor por componendas políticas, y que se dedica al saqueo del presupuesto militar, y vende parte del petroleo que la Standard Oil de California extraía de Santa Cruz de la Sierra, el departamento donde había una mayoría étnica de cambas.

Ese es en realidad el motivo que lleva a la guerra entre ambas naciones. La Standard Oil explota en secreto el petróleo que hay bajo el subsuelo del Chaco Boreal, territorio que Paraguay considera suyo.
                                                                                                                                                                                            
El ejército de Paraguay estaba comandado por el general José Félix Estigarribia, un excelente soldado, culto, y que había estudiado en la academia militar Bernardo O’Higgins de Chile, donde egresa con el grado de teniente y que complementa en la academia superior de guerra en Francia, participando como oficial francés en la guerra de Marruecos.

Estigarribia, a  diferencia de Peñaranda, que rara vez está en el frente, siempre está en primera línea de fuego, y conduce a su ejército a la victoria, que se consolida al firmarse la paz entre los contendientes, a instancias del gobierno argentino y su canciller Saavedra Lamas. El Chaco Boreal forma parte del territorio de Paraguay.

Estigarribia vuelve victorioso a Asunción y una enorme multitud le espera. La situación política de Paraguay, manejado por la oligarquía se enrarece, y Estigarribia es propuesto como Presidente de la República, cargo que asume siendo vicepresidente el coronel Zaldivar Villagra, otro héroe de guerra.

Comienza una acción de gobierno que beneficia a los más pobres, se construyen escuelas y hospitales y se atiende a los mutilados de guerra, iniciándose una reforma agraria que reparte tierra entre los campesinos pobres y se trae maquinaria para roturar y cosechar, pero Estigarribia, ascendido post mortem a Mariscal, muere en un extraño accidente de aviación junto a su esposa, y se sospecha que ese accidente no fue una fatalidad, sino que estaba implicado en la preparación del mismo un teniente de nombre Alfredo Stroessner, que era su ayudante. No hay pruebas directas de ello, pero a la caida del dictador Alfredo Stroessner, hubo una investigación sobre ello y la conclusión era que Stroessner preparó el accidente.

Mi padre tuvo alojado en mi casa siendo yo un niño al coronel Zaldivar Villagra, y que en agradecimiento a esa hospitalidad le regaló su machete y una pistola Luger, y que ocupó la presidencia paraguaya, siendo apartado violentamente de la misma por el general Morínigo, peón de los USA, quien abre las puertas otra vez a la vieja oligarquía paraguaya, y toda la obra de Estigarribia se pierde.

En Bolivia mientras tanto pasa algo parecido. Peñaranda encabeza un golpe de estado, que termina con unas elecciones ganadas por el general Gualberto Villarroel, un militar nacionalista, muy similar a Estigarribia, quien decía que «yo no odio a los ricos, pero me siento mucho mejor entre los pobres». Villarroel aplica medidas de hondo calado social: reparte tierras, construye escuelas y hospitales, favorece la constitución de sindicatos, y mantiene una política de mantenimiento de la empresa Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos en poder del estado. La  diferencia de política con la anterior era abismal.

Demasiado para Bolivia. Una turba de individuos armados del estilo de las primaveras árabes, penetra en el Palacio Quemado, sede del gobierno, captura a Villarroel, lo mata a golpes, y una vez muerto, lo cuelgan de una farola.

Todos estos movimientos nacionalistas, estaban a punto de estallar en toda América del Sur. Una logia de oficiales argentinos, entre los cuales estaban los tenientes coroneles Juan Domingo Perón y José Epifanio Sosa Molina, tenía ya en desarrollo un movimiento continental.

La logia era conocida como GOU. Hay dos posturas sobre el significado de esas letras. Una dice que era Gobierno, Orden, Unidad, y otra cree que era Grupo de Oficiales Unidos. De ese movimiento sale luego el peronismo en Argentina y el Movimiento Nacionalista Revolucionario en Bolivia con dirigentes como Hernán Siles Suazo, Víctor Paz Estenssoro o Juan Lechín.

En Brasil aparecen movimientos de militares, que son conocidos como «tenientismo», ya que eran tenientes del ejército los que empujan los cambios. Surge el Partido Trabalhista (Laborista), de tendencia nacionalista.

Como vemos, los procesos revolucionarios llevan tiempo. Hay que tener paciencia y esperar a que las plantas den fruto.

Imperialismo y rearme: los orígenes del militarismo moderno

El militarismo moderno está indisociablemente vinculado al imperialismo y al monopolismo. Desde hace un siglo los Estados capitalistas más poderosos se organizan en torno a la guerra y la han convertido en uno de los más prósperos negocios.

Es algo que se ha repetido en numerosas ocasiones, aunque raramente se explican las causas, que se diluyen equiparando a los ejércitos contemporáneos con otros cualesquiera de épocas pasadas.

A lo largo de la historia el papel de los militares en la vida civil y política siempre ha suscitado toda clase de prevenciones, por lo que en tiempos de paz las tropas se han reducido al mínimo y los gastos militares también.

Sin embargo, con la entrada del capitalismo en su fase imperialista, ya no ocurre así. Desde la Primera Guerra Mundial el capitalismo es sinónimo de guerra permanente y de gastos militares crecientes.

Para ello la burguesía tuvo que convertir la guerra en una industria, el llamado complejo militar industrial, importante en la economía no sólo por su tamaño sino porque es puntero en ciencia y tecnología. Hasta la llegada del imperialismo los presupuestos militares se consideraban como gastos, un despilfarro; hoy son inversiones de capital.

Históricamente, la burguesía también renegó de los ejércitos profesionales, incluso en Estados Unidos, tratando de sustituirlos por una milicia civil, e incluso popular, esto es, por el “pueblo en armas”. Se trata, pues, de entender la negación de la negación: de qué manera un fenómeno se transformó en su contrario.

En dicha transformación influyeron una serie de fuerzas (económicas, políticas), algunas de las cuales son conocidas. Pero ahora me interesa poner el acento en una de ellas, la ciencia, representada por el físico Robert Millikan, Premio Nóbel en 1923, para poner de manifiesto la complejidad del fenómeno.

Ni la ciencia ni los científicos están al margen de las clases y de la lucha de clases, por lo que Millikan no es una excepción. Además de físico, era un reaccionario furibundo y un racista consumado que creía en la superioridad de la raza blanca, cuyo mejor exponente era Estados Unidos, el país elegido por dios para gobernar el mundo “manu militari”.

A diferencia de los hipócritas científicos de hoy, Millikan tenía las dos cosas muy claras: la ciencia es poder y es negocio. Durante la Primera Guerra Mundial trabajó en el Ministerio de Defensa y siempre se destacó por su defensa de la aviación, que entonces era incipiente y, desde luego, puramente civil.

En el oscuro mundo de la política y la burocracia militar, Millikan conoció al comandante Henry “Hap” Arnold que trabajaba en una fuerza aérea que, en aquellos tiempos, a duras penas era tal fuerza.

Lo mismo que su “fuerza aérea”, Arnold era un marginado dentro del ejército y su situación empeoró al terminar la Guerra Mundial. Entonces pasó a la empresa privada, convirténdose en un “conseguidor” muy bien relacionado, con un pie en los monopolios y otro en el Estado (y no sólo en su aparato militar).

Por su parte, Millikan se dispuso a poner el CalTech, el Instituto Tecnológico de California, en el que trabajaba, a disposición de la industria aeronáutica, es decir, a unir la ciencia y la enseñanza al capital a través de un ingeniero, Donald Douglas, que tenía una empresa con su nombre y cuyos aviones aún lo llevan también. Millikan y Douglas convirtieron a California en el centro más importante de la aeronáutica mundial, que aún conserva.

El CalTech tenía algunas de las piezas maestras del militarismo moderno (capital, ciencia) pero le faltaba una: el ejército, es decir, el Estado, eso que luego se llamó “el sector público”, que llegó con la crisis capitalista de 1929 y el inicio de una nueva era de intervencionismo económico (capitalismo monopolista de Estado).

Hasta entonces la aviación era propia de aventureros, gente romántica aficionada a la tecnología y a las innovaciones. La mayor parte de los aviones que se fabricaban en California estaban destinados a la exportación. Para dar el salto era necesario el Estado, que llegó a finales de los años treinta de la mano del comandante Arnold convertido en general de la fuerza aérea.

Además del Estado, también era necesaria una guerra, que entonces estaba en ciernes, pero sólo en Europa. Estados Unidos necesitaba meter el hocico en ella para salir de la crisis capitalista con gigantescas inversiones públicas de capital en la industria miitar.

En un país profundamente aislacionista y desconfiado de Europa, la intervención militar era imposible sin un previo lavado de cerebro en masa de la población, una tarea que corrió a cargo de un amigo del general Arnold, Jack Warner, el dueño de los famosos estudios de cine y de buena parte de Hollywood, que comenzó a producir películas bélicas y, sobre todo, de las hazañas de la fuerza aérea.

La Segunda Guerra Mundial, los gastos militares, salvaron a Estados Unidos de la bancarrota, de modo que la fórmula contra las crisis del capitalismo quedó al descubierto. En Estados Unidos el militarismo no es consecuencia de la URSS, la Guerra Fría ni la paranoia atómica sino de que el rearme permanente logró impedir -temporalmente- el hundimiento del capitalismo. Desde 1941 la economía de Estados Unidos no ha podido dejar de matar.

Cuando el general Mattis dimitió en diciembre de su cargo al frente del Pentágono, Trump no recurrió al ejército sino a un capitalista, Patrick Shanahan, para sustituirle. Antes de ocupar su destino, Shanahan tuvo que dimitir de Boeing, la conocida empresa de aviación que es heredera de la vieja Douglas… Para una guerra imperialista no bastan militares sino que también son necesarios “emprendedores” y traficantes de armas.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies