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Día: 17 de enero de 2019 (página 1 de 1)

Estrategia de la guerra contrarrevolucionaria: el colonialismo francés en Costa de Marfil (2002-2011)

El general Henri Poncet
La guerra moderna no es lo que uno se espera. Por eso cuando estalla ni siquiera es capaz de darse cuenta de que está metido de lleno en ella. Por ejemplo, es posible que los lectores no sepan que en Costa de Marfil hubo una guerra que duró más que la de Siria, diez años, y que acabó con el gobierno de su Presidente, Laurent Gbagbo, a manos del colonialismo francés.

Eso ocurre por efecto de esa parte de la guerra que es la guerra sicológica, la intoxicación y los embustes de la prensa, capaces de desconciertar al más atento. Que nadie se equivoque: una guerra no es más que un engaño, como escribió Sun Tzu hace 2.500 años. El mayor de ellos es que el enemigo no se entere que le han declarado la guerra.

Del 6 al 10 de noviembre de 2004 el ejército colonial emprendió la primera masacre contra una población desarmada y la ministra del ramo, Alliot-Marie la justificó por la situación insurreccional que vivía el país africano. En realidad, las insurrecciones se emprenden contra un gobierno y lo que estaba ocurriendo era lo contrario: el pueblo había salido a la calle a defenderlo del Golpe de Estado promovido desde la metrópoli.

El carnicero al mando de la tropa era el general Henri Poncet, que no sólo era capaz de llenarse las manos de sangre sino de impartir doctrina también, un ideólogo formado en la escuela francesa de guerra colonial. El genocidio de Ruanda no le resulta ajeno en absoluto porque estaba allí, sobre el terreno.

Aquellos días de 2004 son el “noviembre negro” de Costa de Marfil. Gbagbo ordena a su ejército (FANCI) marchar hacia el norte para aplastar el intento de Golpe de Estado protagonizado por la milicia “Fuerzas Nuevas”, que lo había intentado dos años antes.

Los soldados franceses tratan de impedir la marcha bloqueando con camiones las pistas de aterrizaje del aeropuerto de Abidjan. El general Poncet llama a París y pide carta blanca para disparar contra las fuerzas de Gbagbo. La autorización no llega, por lo que las tropas leales avanzan y están a punto de aplastar el golpe cuando ocurre algo muy sorprendente: los aviones Sujoi de su fuerza aérea atacan una base militar francesa en Buaké matando a nueve soldados franceses.

Es lo que esperaban los colonialistas. La reacción consistió en destruir todos los aviones del ejército leal y la ofensiva se frena en seco. Una vez al corriente de la noticia, la población entra en cólera y rodea a la base del ejército francés. La reacción tampoco se hizo esperar y los colonialistas disparan contra la multitud, matando a 70 personas e hiriendo a varios centenares.

A partir de aquí empiezan las típicas cortinas de humo en la prensa. Los pilotos de los Sujoi que atacaron la base francesa eran bielorrusos, pero ¿qué órdenes obedecían? La pregunta es retórica; se sabe de antemano, pero los datos fiables corren menos que los bulos de la prensa que trata de sacar a los colonialistas del atolladero.

Los bielorrusos fueron capturados por los hombres de Poncet, los mantuvieron cuatro días detenidos en Togo y luego los dejaron marchar libremente. Un juez francés procesó a tres ministros, a los que acusó de dicha fuga, imprescindible para mantener el asunto a buen recaudo.

Poco a poco empiezan a salir todas las lacras del terrorismo de Estado y las falsas banderas, empezando por eso que a algunos les cuesta admitir: en todo este tipo de crímenes negros, la intoxicación es tan importante que los colonialistas tienen que empezar matando a los suyos, a sus propias fuerzas, que para ellos no son otra cosa que carne de cañón.

El general Poncet destruyó la fuerza aérea de Gbagbo por “consejo” de otro general de la misma factura, Jean Louis Georgelin, a la sazón jefe de Estado Mayor del Presidente de la República, Chirac.

Estas almas gemelas, Poncet y Georgelin, adiestraron a las fuerzas ruandesas que cometieron el gencidio en Ruanda en 1994. Después dirigieron a las paracaidistas franceses a finales de los noventa, donde se reclutaban a los mercenarios para las misiones más “especiales”, esas que hacen que la mayoría gire la cabeza hacia otro lado.

La primera matanza de Costa de Marfil ocurrió el 6 y el 7 de noviembre. Durante la noche del día siguiente, una columna de tanques franceses se detuvo frente a la residencia de Gbagbo con los cañones apuntando hacia las ventanas. De nuevo la población se levanta. Miles de personas acuden al lugar y se interponen como escudos humanos para proteger a su Presidente.

Es la segunda masacre: 63 muertos y cientos de heridos. En el campo, las escenas son impresionantes, con cuerpos destrozados e incluso decapitados. Desde la terraza del Hotel Ivoire, los francotiradores franceses de operaciones especiales disparan a todos los que se mueven.

La matanza no logra dispersar a la multitud, que permanece sobre el lugar, las fuerzas coloniales se tienen que retirar y el golpe fracasa. Es “una victoria con las manos vacías”, según expresión gráfica del cineasta marfileño Sidiki Bakaba, presente en el lugar. Las imágenes de la matanza aparecen en la televisión marfileña.

El presidente marfileño acumula ya dos matanzas y tres Golpes de Estado y el ejército francés queda en evidencia cuando trata de justificar torpemente la presencia de sus blindados frente a la residencia de Gbagbo. Los colonialistas no son capaces de hacer una cosa (el Golpe de Estado) ni la otra (mentir), por lo que contratan a una de esas empresas consultoras en asuntos de imagen, que a partir de entonces se encargará de mentir adecuadamente, es decir, de que nadie sepa diferenciar la verdad de la mentira. En algo así la complicidad de los medios es fundamental.

En cualquier clase de dominación el terror es un complemento esencial de la mentira. En Costa de Marfil tomó la forma, como en Vietnam, de bombardeos dirigidos contra supermercados, hospitales y también contra las bases militares del ejército leal a Gbagbo. El número de víctimas aún se desconoce y es posible que nadie quiera conocerlas nunca.

El terror desde el aire se complementó con el terror a ras de suelo, en barrios populares, como el de Abobo, en Abidján, donde junto a las tropas de las ONU y las francesas actuó el “Comando Invisible”, una facción de las “Fuerzas Nuevas”.

La mentira complementa al terror cuando los crímenes que comete una parte se imputan a la contraria, debiendo aclarar que al hablar de crímenes nos referimos a matazas como la de Déukoué, al oeste del país, que costó la vida a 800 personas.

Esta vez la combinación del engaño con el terror logró paralizar al movimiento de masas y el Golpe de Estado se consumó. Gbagbo fue capturado y entregado al Tribunal Penal Internacional. El engaño acababa en un vodevil judicial con los papeles protagonistas cambiados.

En 2017 el carnicero Poncet se unió al partido de Macron, de quien es consejero de Defensa y Seguridad. Cambia el Presidente de la República, los figurines; la República no cambia en absoluto.

Mehdi Nemmouche: retrato de un francés que empezó en el lumpen y acabó en la yihad

Mehdi Nemmouche
Para un periodista no hay nada mejor que reflexionar sobre los motivos por los que una noticia no aparece en ningún periódico. En este caso la noticia es que en Bélgica se celebra el juicio contra Mehdi Nemmouche, acusado de cometer en 2014 la matanza del museo judío.

Nemmouche es uno de los poquísimos yihadistas que ha sido capturado vivo y que ha podido ser juzgado, por lo que se están escuchando -para quien quiera oir- afirmaciones muy sorprendentes, que tampoco son noticia.

Su abogada, Virginie Taelman, presentó el martes un informe de 18 folios al tribunal en los cuales imputa el atentado a… al Mosad, la única banda de asesinos que tiene licencia para matar en todo el mundo. Como dos de las víctimas también eran del Mosad, el servicio secreto israelí parece asumir la doble condición de víctima y verdugo. Algo tan rocambolesco tampoco debe ser noticia…

Pero lo más apasionante es la biografía del yihadista, calcada de otras de la misma factura. Es un francés, nacido en 1985 en Roubaix de una familia de origen argelino. Nunca conoció a su padre ni a su madre, que eran lumpen. Lo mismo que sus dos hermanas, desde los tres meses de edad vivió en hospicios, la típica historia de un paria en la Europa de comienzos del siglo XXI que los europeos -en su infinita ignorancia- creen superado.

En 1999 empezó su vida lumpen: agrede a un profesor con un arma y comete robos. En 2004 un juzgado de menores le condena por primera vez y así inicia el círculo intermintente de entradas y salidas de la cárcel. En sí mismo es una bomba de relojería ambulante dispuesta a explotar en cualquier momento.

El islam no lo conoce Nemmouche en una mezquita árabe sino en una cárcel francesa, donde nada pasa desapercibido. Inmediatamente los funcionarios informan a la policía de que los incidentes sanciones se multiplican y que están amamantando a un yihadista.

Sale de la cárcel el 4 de diciembre de 2012, le dan dinero, le dan un pasaporte y le permiten viajar a Turquía inmediatamente, el paso obligado para llegar a Siria, donde pasa un año en las filas del Califato Islámico haciendo lo que mejor sabe hacer, lo que le han enseñado en Francia: de carcelero.

Nemmouche viaja por buena parte de mundo y su rastro aparece en los registros Schengen, en Estambul, en Malasia, en Singapur, en Bangkok, en Frankfurt… En 2014 regresa porque su campo de batalla está en cualquier sitio de Europa, como la propia Bruselas, donde le acusan de cometer un atentado el 24 de mayo en el Museo Judío: un hombre dispara un arma desde la calle hacia el vestíbulo del museo con un Kalashnikov y luego huye.

Cuatro personas mueren: una pareja de turistas israelíes, Emanuel y Miriam Riva, de 54 y 53 años, una francesa, Dominique Sabrier, de 66, que trabaja como voluntaria en el museo y Alexandre Strens, un belga de 25 años que trabaja como recepcionista.

La detención de Nemmouche se produce varios días después muy lejos del escenario del crimen, en la estación internacional de autobuses de Marsella, a donde llega en un autobús procedente de Ámsterdam vía Bruselas. En su equipaje lleva armas idénticas a las que se emplearon en el atentado del Museo Judío y una gorra similar a la que llevaba el carnicero.

Mientras tanto, el acusado sigue sin querer hablar.

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