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Día: 13 de enero de 2019 (página 1 de 1)

La masacre de My Lai: símbolo de los crímenes imperalistas en Vietnam

Era el 16 de marzo de 1968, cuando las tropas estadounidenses invadieron la región de Son My en la búsqueda de vietcongs (integrantes del Frente Nacional de Liberación de Vietnam), considerados terroristas por los americanos. El teniente William Laws Calley tenía asignada la zona My Lai 4, donde se proponía llevar a cabo las más viles acciones. Al escuchar que se alejaba el sobrecogedor sonido de los helicópteros, los aldeanos imaginaron que ya había pasado el peligro, pero no sabían que Calley y sus hombres se habían lanzado en paracaídas y merodeaban en la zona con las peores intenciones. Al llegar, sin mediar palabra, violaron a las mujeres y a las niñas, mataron el ganado y prendieron fuego a las humildes viviendas hasta arrasarlo todo. Para terminar, reunieron a los supervivientes en una acequia y los fusilaron sin piedad. Aunque nunca se sabrá la cifra exacta de asesinatos, pues el Gobierno echó tierra sobre el asunto, se estima que fueron al menos 504 personas indefensas: en la macabra operación se incautaron apenas tres armas.

Como era de suponer, dado el clima de paranoia propio de la Guerra Fría, la prensa apenas divulgó la masacre más de un año después, cuando el editor Seymour Hersh decidió publicarla en notas aparecidas el 13, 20 y 25 de noviembre de 1969 en el diario St. Louis Post Dispatch. Le siguió el Cleveland Plain Dealer, que publicó las fotos de Ronald L. Haeberle, un exfotógrafo del ejército, quien había sustraído las fotos al control oficial, pues fueron tomadas con su cámara personal. Esto fue aún más perturbador, pues las imágenes (en color) mostraban que la mayoría de los cientos de ejecutados eran ancianos, mujeres y niños, incluso muchos bebés (la escena más famosa de la película Platoon, de Oliver Stone, fue inspirada en esta matanza).

Se demostró que el teniente Calley era una persona muy inestable con serios problemas de actitud que, al no lograr ascensos ni condecoraciones, decidió cometer una matanza y fingir que los asesinados eran enemigos abatidos (sobra resaltar las similitudes con la infame realidad colombiana). Y aunque fue juzgado y condenado por los actos de My Lai, solo pasó tres años bajo arresto domiciliario, pues fue indultado por el presidente Richard Nixon en persona. En 2006 el periódico Los Ángeles Times informó que durante aquella invasión (entre 1965 y 1971) se registraron 178 asesinatos más de no combatientes. A la larga, los tribunales militares solo condenaron a 23 personas por esos hechos.

Por supuesto, esta no fue la única matanza cometida por las fuerzas estadounidenses, pero sí la que más escándalo desató a causa de las mencionadas publicaciones, que provocaron la ira del presidente Nixon y miembros del Ejército, además de la indignación general en gran parte del país. Este tipo de actos bárbaros, peor que el perpetrado por los nazis en Oradour, daba la razón a los estadounidenses pacifistas, para quienes la guerra de Vietnam no era una contienda justa ni necesaria. A su vez, el Gobierno restaba importancia a dichas manifestaciones, acusando a sus integrantes de hippies, lunáticos y hasta terroristas enemigos del país.

En este contexto, las protestas antibélicas con motivo de la guerra de Vietnam iban en ascenso en Estados Unidos, en particular contra la invasión a Camboya (anunciada con gran jactancia por Nixon en la televisión nacional). Fue así como en mayo de 1970 se desarrollaron fuertes protestas por esta causa en la Universidad Estatal de Kent (Ohio), con el incendio de un edificio, disturbios, amenaza de saqueos y el despliegue de policías, bomberos y, por orden del alcalde, incluso acudieron unos mil efectivos de la Guardia Nacional, con el resultado de que los estudiantes fueron tiroteados por esta fuerza, con un saldo de cuatro asesinados (Allison Krause, Jeffrey Glen Miller, Sandra Lee Scheuer y William Knox Schroeder) y nueve heridos (uno de ellos sufrió parálisis permanente), pues dispararon contra los estudiantes indiscriminadamente y los redujeron con bayonetas, ya que también resultaron heridos varios transeúntes que observaban las protestas en la distancia.

Los deplorables sucesos recibieron la atención inmediata de toda la nación: cientos de universidades, colegios e institutos promovieron una huelga estudiantil y hubo cierre masivo de los centros educativos. El país estaba de luto y asombrado: ¿no que la guerra era allá? Por entonces surgió un clamor en la juventud del país, siempre señalada de vivir una ilusión hippie de tinte comunista.

Por eso no querían ser parte de una guerra donde, además de ellos, muchos latinos y negros irían a pelear contra amarillos que no les habían hecho nada para proteger la tierra que los blancos les habían arrebatado a los pieles rojas y volver a casa en un cajón. De hecho, los jóvenes les tenían pánico a los planes de reclutamiento para participar en una guerra absurda e incluso incendiaban la citación (como se aprecia en la película Hair, de Milos Forman). Así, los campus universitarios de todo el país estallaron en protestas y oposiciones al conflicto, en lo que la revista Time tituló de “huelga estudiantil a lo largo de la nación”.

Por esta razón las fotografías de los muertos y heridos de la Universidad Kent, publicadas en los periódicos del mundo, amplificaron la sensación de furia hacia la política expansionista, imperialista e invasiva de Estados Unidos, aunque esta vez la violencia estalló en su propio jardín. En particular, las imágenes captadas por el fotógrafo John Filo de Mary Ann Vecchio, una niña de catorce años, llorando sobre el cuerpo de Jeffrey Miller, asesinado de un disparo en la boca, causaron estupor en el mundo entero y ganó ese año el premio Pulitzer, convirtiéndose en una de las imágenes más impactantes de la masacre.

Además de desencadenar numerosas protestas en los campus universitarios del país, la actitud ante el tiroteo quedó expresada en una pancarta creada por los estudiantes de la Universidad de Nueva York: “No podrán matarnos a todos”. Durante una manifestación en Washington D.C., unas 100.000 personas repudiaron la política criminal de Nixon y la ciudad fue un campo de batalla, con una muchedumbre rompiendo ventanales y destrozando vehículos, así que Nixon se atrincheró en Camp David bajo protección militar. Los ocho guardias nacionales involucrados fueron acusados y enjuiciados, pero alegaron defensa propia y un juez retiró los cargos en 1974.

Tras ver las fotos de la masacre de Kent en la revista Life, el canadiense Neil Young quedó en estado de shock y al instante escribió la canción “Ohio”, que su banda Crosby, Stills, Nash & Young grabó de inmediato en Los Ángeles en unas pocas tomas y tocando en directo en los estudios de Atlantic Records. La cara B del sencillo se titulaba, quizá de forma desafiante: “Find the Cost of Freedom” (Encuentra el costo de la libertad), compuesta por Stephen Stills. La canción de protesta, escrita como reacción a la masacre, es considerada el mejor homenaje de la cultura popular ante los trágicos sucesos. Apenas dos semanas y media después, el tema salió al aire en las principales estaciones de radio de todo el país y cobró gran resonancia y popularidad.

En las notas del álbum recopilatorio Decade (1977), Neil Young escribió que “David Crosby lloró cuando acabó su toma”; de hecho, al final de la canción se puede escuchar a Crosby gritando: “Cuatro, ¿por qué? ¿Por qué murieron? ¿cuántos más?”.

La letra de la canción suscita sentimientos de horror, indignación y sobrecogimiento tras los disparos. Comienza con el verso “Tin soldiers and Nixon coming” (Soldaditos de plomo y Nixon llegando), reflejando así el sentimiento de la comunidad, que atribuyó la culpa de las muertes al presidente. Crosby declaró que incluir el nombre de Nixon en la canción fue “lo más valiente que he oído nunca”. Fue así como, sin proponérselo, el grupo se convirtió en vocero del movimiento de contracultura estadounidense, dándoles el estatus de líderes del pensamiento a lo largo de la década de 1970.

Y claro, algunas estaciones de radio prohibieron la canción, a causa de la mención del presidente Nixon, pero recibió cobertura en las radios FM ilegales en universidades y ciudades grandes. “Ohio” fue incluida por la revista Rolling Stone en su lista de las 500 mejores canciones de todos los tiempos. Crosby, Stills y Nash visitaron el campus de la Universidad de Kent por primera vez el 4 de mayo de 1997, donde cantaron la canción para la Conmemoración Anual del 4 de mayo.

A causa del famoso escándalo del Watergate, Nixon finalmente se vio obligado a renunciar, también por televisión, en 1974.

https://www.elespectador.com/noticias/cultura/la-masacre-de-my-lai-nixon-y-una-cancion-de-protesta-articulo-833720

De los ‘chalecos amarillos’ a los ‘brazaletes blancos’: cómo domesticar una movilización espontánea

Las nueve semanas de protesta de los “chalecos amarillos” están siendo el mejor laboratorio moderno de lo que Lenin explicó ya hace cien años en su “¿Qué hacer?”, a saber, el componente espontáneo de una lucha, sus limitaciones y sus lecciones. Es uno de esos casos en los que la vanguardia tiene que aprender de las masas.

El gobierno lo está intentando todo para frenar las movilizaciones pero, sobre todo, para “encauzarlas”, convertirlas en cortejos inofensivos. Ayer se demostró que hasta ahora ha fracasado, lo cual demuestra la profundidad del descontento y el hastío opular.

Nada menos que a la agencia de noticias AFP se le ocurrió ayer (*) algo que tiene poco que ver con su cometido profesional, que creíamos que era el de informar. Lo que propone no es que el gobierno cambie su política económica; quienes deben cambiar son siempre los explotados y humillados que, como van a seguir por siempre en su misma condición, explotados y humillados, también van a seguir protestando.

A los “chalecos amarillos” hay que domesticarlos lo mismo que a los sindicatos. Primero hay que domesticar a la dirección para que a su vez convoque protestas a su imagen y semejanza, es decir, domesticadas.

La AFP dice que los “chalecos amarillos” son poco “profesionales”, personas que no tienen la costumbre de manifestarse habitualmente, al estilo festivalero y jocoso de las protestas domesticadas, donde la gente en lugar de luchar lo que hace es divertirse, disfrazarse de payasos y bailar acompañados de una charanga.

A eso le llaman hoy “manifestaciones”, en las que no pueden faltar nunca, dice la agencia, los “brazaletes blancos”, o sea, el servicio de orden, de tal manera que la policía no tenga que sacar la porra para desempeñar la tarea represiva que le es propia. Los convocantes deben ser policías de sí mismos para que nadie “se pase”. Que vayan por donde tengan que ir y que griten lo que tengan que gritar.

El servicio de orden de una manifestación domesticada es como el perro pastor que guía el rebaño de ovejas, lo vigila y finalmente lo conduce al redil.

Por eso ayer en París se vieron escenas que hasta ahora no se habían visto: una joven se sube a la marquesina de una parada de autobuses y la emprende a patadas para derribarla, mientras un señor vestido con su “chaleco amarillo” le increpa: no lo hagas porque los antidisturbios lo pueden utilizar como excusa para cargar.

Es una opinión muy corriente entre los domesticados para echar las responsabilidades siempre sobre los manifestantes. La policía no necesita ninguna excusa, ni para cargar, ni para disparar, ni para aporrear. Las cargas no tienen ningún otro motivo que la orden que da un jefe que ni siquiera está presente sobre el terreno, o bien responden a un plan preconcebido, discutido y aprobado el día anterior a la manifestación.

En Marsella, durante una manifestación de los “chalecos amarillos”, un antidisturbios lanzó un bote de humo contra la ventana de una vivienda y mató a la anciana que se disponía a cerrarla, al acanzarla en la cabeza. ¿Qué tumulto quería disolver?, ¿qué excusa cabe?, ¿le juzgarán al policía por asesinato?

La cadena LCI ha entregado cascos industriales a los periodistas que cubren las manifestaciones, gafas aislantes y máscaras antigás. En las calles de Francia las manifestaciones son lo más parecido a una guerra sin cuartel de las que estallan en cualquier país africano. Hoy los periodistas tienen dos cosas muy claras: que en París se juegan el físico y que los causantes de ello no son los “chalecos amarillos” sino la policía.

En las manifestaciones la violencia tiene una solución muy sencilla: basta con que la policía no acuda.

(*) http://journalmetro.com/monde/2044678/mobilisation-des-gilets-jaunes-en-hausse-en-france-premiers-heurts/

Escena de la manifestación de los ‘chalecos amarillos’ ayer en Bourges, una localidad del centro de Francia

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