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Día: 22 de diciembre de 2017 (página 1 de 1)

Para la Guardia Civil las ‘Diadas’ son una prueba de la rebelión de Catalunya

Catalunya, aparta de mí este cáliz (6)

Es más de lo mismo: en su informe al Tribunal Supremo, la Guardia Civil convierte el ejercicio de los derechos en delitos. Las Diadas celebradas en Barcelona desde 2013 fueron un instrumento para “alentar a las masas” contra la “opresión de la justicia española”.

Naturalmente, el magistrado del Tribunal Supremo que investiga la rebelión, Pablo Llarena, debe estar encantado de que haya tantas pruebas de la rebelión que llevarse a la boca. Necesitan demostrar lo obvio: que las manifestaciones independentistas exigen la independencia.

A las Diadas la Guardia Civil añade más manifestaciones, como las del 13 de noviembre de 2016, el 2 de febrero en solidaridad con Artur Mas y demás acusados por la organización del referéndum, la huelga estudiantil de los días 27 a 29 de septiembre y la concentración en Bruselas del pasado 7 de diciembre: “Por su relevancia pueden ayudar a entender la entidad del desafío independentista catalán”, dice el informe en un alarde de mutación del lenguaje judicial por el periodístico.

La Guardia Civil no tiene otra cosa que hacer y lleva años dedicándose a registrar todas y cada una de las manifestaciones independentistas, sus participantes, sus organizadores, consignas, pancartas y discursos, en algunos de los cuales llamaron a “desobedecer las resoluciones del Tribunal Constitucional”.

Fiel a su estilo, la Benemérita no se corta un pelo en tergiversar el significado de las manifestaciones: “Estos movimientos tenían por finalidad intimidar, menoscabar, amedrentar e incluso violentar derechos y libertades constitucionales”.

Para atraer la atención de los jueces, los tediosos informes policiales se aderezan con un “crescendo”, lo que antes se llamaba “espiral acción-represión”, que los convierte en protagonistas de sí mismos: a partir del 20 de setiembre se está produciendo un “hostigamiento a las fuerzas y cuerpos de seguridad, asedio a cuarteles, edificios del Estado y hoteles en los que se alojaban integrantes de la Policía y la Guardia Civil”.

Ya ven: las fuerzas del orden son hostigadas y asediadas por la chusma, lo que invierte la definición que Max Weber dio del “poder” como el monopolio de la violencia por el Estado. No. Se equivocó. En España quien monopoliza la violencia es la plebe enardecida que se dedica a atacar a las fuerzas de seguridad en cuanto tiene ocasión: manifestaciones, escraches, huelgas, okupaciones, desalojos y toda clase tumultos. La fuerza pública nunca ejerce violencia; es víctima de ella.

El Estado tampoco desafía a Catalunya; es al revés. No son los guardias civiles los que viajaron hasta Catalunya el 1 de octubre; son los catalanes quienes se metieron en los cuarteles de la Guardia Civil de Cuenca, Segovia, Teruel, Murcia…

Juan Carlos Monedero: un imbécil incurable

Aday Quesada

Sé que no  luce bien utilizar determinados calificativos en el debate político. No lo hago nunca. Me desagrada porque la lucha ideológica debe estar siempre presidida por los argumentos. Pero hoy quiero romper esa regla. Me lo pide el cuerpo. Lo siento. Este tío no es más que un papafrita, un pijo del tres al cuarto que presume de ilustrado, que  está jugando como un niño con una pelota a “hacer política”.

Lo peligroso de que a estos idiotas se los deje  subir a un púlpito a soltar sus soflamas es que, al no existir otro púlpito desde donde se le pueda combatir  ideológicamente, sus irresponsables gilipolleces, sus necios divertimentos, pueden llegar a convertirse  en peligrosos. No para él, que al fin y al cabo no es más que un mero  peoncillo sin tino de quienes controlan los hilos de la difusión mediática en España, sino para los miles de personas que han creído, y aún creen, que con estos tahúres de medio pelo era posible llegar a alguna parte.

Me estoy refiriendo, claro, a las declaraciones formuladas por Juan Carlos Monedero –el clarividente “ideólogo” de Podemos– a los socialdemócratas edulcorados de Huffington Post.  Monedero manifestó, con aires de hombre que se lo  sabe casi todo, que “el artículo 155 de la Constitución había que aplicarlo en Catalunya porque los independentistas se habían vuelto locos”.

Y para mantenerse aparentemente equidistante de unos y otros, Juan Carlos Monedero añadió, igualmente, que Rajoy había realizado una “aplicación inconstitucional” del citado artículo. Agregó, además, que personalmente “no está, hoy por hoy, a favor siquiera de un referéndum pactado” sobre la independencia Catalunya, ya que, en su opinión, podría ocurrir algo similar a lo que ha sucedido en la Gran Bretaña con el Brexit, donde después de la consulta hubo muchos ciudadanos británicos que se arrepintieron de haberlo votado. O sea: ¿cómo evitar que los pueblos puedan equivocarse? Pues muy fácil. La receta que nos ofrece este gramsciólogo de pacotilla es expeditiva: evitando que estos tengan la posibilidad de votar. Y el tio se quedó tan pancho.

Quien en tantas ocasiones ha  denunciando la naturaleza corrupta del PSOE y el compromiso de este con el sistema monárquico, ahora ha llegado a la sabia conclusión  de que la mejor combinación para después del 21 de diciembre debe ser un pacto entre los llamados “comunes” –es decir, la sección podemita en Catalunya– y los socialistas del inefable Iceta.

Para más coña marinera, esta mañana las pavadas de este idiota  terminaron  cortándome  la digestión del desayuno. Mientras me dirigía en  el coche hacia el trabajo, pude constatar la alegria que experimentaban los sempiternos tertulianos adictos del Régimen. “¡Hasta Juan Carlos Monedero ha reconocido la oportunidad de la aplicación del 155!”, eyaculaban sin reparos los muy cabroncetes.

Ni qué decir tiene que la de Monedero no ha sido más que una últimísima maniobrilla, previamente concertada con los editores del Huffington, destinada a tratar de recuperar el electorado que según las encuestas –el único leit motiv que domina la actuación política podemita– han perdido con sus precedentes chalaneos entre un fantasmagórico referéndum pactado con Rajoy y un abstracto derecho a la autodeterminación del pueblo catalán.

Pero comprendo que no se fíen ustedes de mis iras furibundas. Por eso les sugiero que entren ustedes al vídeo, y vean y oigan por sí mismos  las confesiones de este imbécil incurable a su coleguilla friqui del Huffington Post. Y si no sienten nada, ni un solo rertortijón en lo más profundo de sus intestinos, por favor, no me vuelvan a leer. Yo no soy de los suyos.

http://insurgente.org/aday-quesada-un-imbecil-incurable/

El último escondite de Lenin

Libardo Muñoz
La lluvia de las dos últimas noches le da a Petrogrado un aspecto húmedo y sucio. A tres kilómetros de la casa de Margarita Wassiljewna Fofanova el zar Nicolás lleva dos noches de insomnio. Un mensaje llega antes de las 7 de la mañana al escritorio del monarca que luce extraño a lo que está ocurriendo: “Empeora aún más la situación, urge tomar decisiones inmediatas, mañana será demasiado tarde, llegó la hora suprema en la que se van a resolver el destino del país y de la dinastía” – Rodzianko-
En vano, Nicolás trata de recuperar algo de sueño y deja el mensaje con un gesto displicente. La historia sigue su marcha. La madera de los coches cruje y los cascos de los caballos suenan contra el empedrado. En las afueras, unos cortejos fúnebres se entrecruzan, son los entierros de ambos bandos, la parte más triste de la Revolución, allí van los que ya no escucharán los cañonazos del “Aurora”, que están más próximos de lo que se cree.
En muchas ventanas hay fusiles emplazados, guardias rojos, como el zar, llevan varias noches sin dormir, y tienen las cartucheras con sus revólveres colgados al pecho. Los alzados tienen su propia decoración en la atmósfera cargada y tensa de la ciudad. Los parias de la tierra, escriben la epopeya que dejará al mundo sin respiración.
En la nomenclatura de la época, Lenin, más impaciente y desesperado que nunca, se esconde en el apartamento 41 de Sverdlovskaia Street. El jefe de la revuelta está de incógnito protegido por Margarita Fofanova, militante bolchevique desde 1902.
Como la Fofanova, así a secas, la conocería el Estado Mayor que le encomendó la tarea de esconder a Lenin, ella y Eino Rahja, con dos revólveres debajo del abrigo, serán las únicas dos personas que estarán más cerca del líder revolucionario antes de la toma del poder.
La mujer que esconde a Lenin
Margarita Fofanova sufrió su primer arresto en 1903, se convirtió en experta en agronomía, en 1917 después de la Revolución de Octubre fue Diputada del Sóviet de Petrogrado. El papel de La Fofanova era, además de protegerlo en su apartamento de un 4º Piso, mantener a Lenin informado de todo y ser su enlace con el Comité Central. Murió La Fofanova el 29 de marzo de 1976 en Moscú, donde nació el 2 de octubre de 1883, mantuvo una gran lucidez mental y nos deja este relato divertido, dramático y estremecedor de aquellas horas cruciales: “A fines de septiembre, Lenin llegó directamente a mi casa, recuerdo que fue un viernes a eso de las cinco de la tarde. Venía directamente de la estación del tren que quedaba cerca de mi casa. Cuando nos quedamos solos, me pidió que le mostrara el apartamento. Cuando entramos a la habitación y le mostré el balcón, Vladimir Illich sonrió alegremente y dijo: ‘Magnífico. Ahora debemos ver si el canalón pasa cerca de mi pieza en caso de que tenga que bajar por él, salió al balcón, contó las ventanas y observó: la pieza está bien elegida’”.
Lenin era un lector insaciable, como correspondía a su papel de ideólogo y conductor de la que iba a ser una sacudida de la humanidad, la de los parias de la tierra, de millones de seres anónimos que ya no tenían más que las cadenas para perder.
Continuemos de la mano de la Fofanova: “Por lo general Lenin leía todos los periódicos que entonces se publicaban en Petrogrado. Como yo no siempre podía comprarlos todos, me veía obligada a ir al centro. Pero incluso allí tenía que buscar los que necesitaba. Si yo no conseguía comprar algún periódico, Lenin se afligía. Por la tarde me daba un papelito en el que anotaba los números que le hacían falta para que yo se los consiguiera de alguna manera. Recuerdo que una vez me pidió que le trajera todos los números de las noticias del Sóviet de diputados campesinos de toda Rusia. Eran muchos y Lenin estuvo dos días leyéndolos, incluso, por las noches. Por último dijo: ‘Bueno, creo que me he estudiado a los socialdemócratas al derecho y al revés. Sólo me queda por leer el mandato de sus campesinos. No es broma el mandato ha sido firmado por 242 diputados locales. Nosotros lo pondremos como base de la Ley sobre la tierra. ¡Que traten entonces de desentenderse los socialdemócratas de izquierda!’”.
Un enérgico mensaje
Desesperado, acosado por el torbellino de los rumores que llegaban a su piso, Lenin envía a Margarita Fofanova al Smolny: “Vaya al Comité Central, averigüe que pasa, ya no se puede seguir aplazando la sublevación armada”. ¿De qué tienen miedo? Pregunta Lenin, y él mismo se responde: no esperaré más allá de las once.
Lenin se queda sólo y da vueltas en la habitación y cada rato mira su antiguo reloj de plata, que siempre lleva en un bolsillo del chaleco.
En un bote de remos, La Fofanova llega por el Neva a cumplir su misión.
Cuando regresa son las once de la noche, sube a tientas casi porque el pasillo no está bien iluminado, mete la llave en la cerradura y no encuentra los fósforos, no puede encender la lámpara pero el cristal aún está caliente.
Lenin deja la cama arreglada y no parece que alguien se haya acostado en ella.
Tampoco está el gabán de Lenin en el perchero. Margarita Fofanova se devuelve y observa que hay una cena servida que apenas fue tocada, los cubiertos están limpios, un papel pisado con el salero dice: “He ido donde vosotros no queríais que fuese. Hasta la vista. Ilich”. Lenin firmó aquella nota por primera vez, en muchos años, con su verdadero nombre.
Petrogrado ya es toda roja y se escucha un tiroteo que viene de la vieja estación de correos.
La victoria
Las prisiones están atestadas y Gorki, con algunas páginas en borrador de “Los hermanos Karamazov” en su bolsillo, llega a Petrogrado para desmentir las noticias alarmistas que daban a San Basilio, en Moscú, como una enorme hoguera ya reducida a cenizas.
Lenin salió a su cita con la historia, trató de ocultarse con la peluca y la vieja gorra grasienta que todos le conocían.
Eino Rahja va un poco más atrás, lleva los dos revólveres empuñados, uno en cada mano dentro de su abrigo también descolorido.
Gracias a un conductor de tranvía, estas dos sombras, Lenin y Rahja, que se deslizan bajo otra llovizna gris, evitan la larga caminata de tres kilómetros que los separan del grito: “Todo el poder a los Sóviets”.
El Smolny es una caldera que hierve, y en el palacio, el Zar cumplirá su tercera noche de insomnio.
Rusia está sin gobierno, a las 10 de la mañana del 25 de ese octubre de 1917, ya se había entregado a la imprenta el llamamiento “A los ciudadanos de Rusia” anunciando que el gobierno provisional acaba de caer.
Es el parto de un mundo nuevo.


http://semanariovoz.com/ultimo-escondite-lenin/

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