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Día: 23 de junio de 2017 (página 1 de 1)

Cuando Estados Unidos manipuló las elecciones rusas de 1996 para mantener a Yeltsin de marioneta

Hasta ahora nuestros lectores conocen la historia de Trump, el candidato manchú, y la manera en que los rusos han adquirido la rara habilidad de manipular las elecciones en Estados Unidos, con el riesgo que eso supone para la democracia, así, en general.

Después de contar el chiste, ahora deben prepararse para saber la otra cara de la realidad, la de verdad: el Partido Comunista de la Federación Rusa, heredero nominal del viejo PCUS, ganó las elecciones de 1996, pero Clinton puso al frente del Kremlin a su mejor peón: el borracho Yeltsin.

En aquellas elecciones, a punto de dar a puntilla al “viejo oso ruso”, los imperialistas no se contentaron con elaborar el programa electoral y seguir al minuto los sondeos al pie de cada una de las urnas, sino que las acabaron trucando porque los resultados no fueron de su grado. Tenía que ganar Yeltsin y no Guenadi Ziuganov, el secretario general del PCFR.

No cabe duda de que las elecciones se pueden manipular, pero no cualquiera es capaz de hacerlo. Para eso hace falta una experiencia que sólo tienen en Estados Unidos, donde los candidatos se seleccionan cuidadosamente, y si sale alguno, como Bernie Sanders, que no es del agrado, se le aparta con métodos más o menos truculentos.

Lo mismo cabe decir de las elecciones en terceros países: no todos tienen capacidad para hacerlo. Estados Unidos sí puede hacerlo y lo ha hecho en muchas ocasiones en varios países; siempre que lo ha necesitado. Entre 1946 y 2000 se calcula que 81 procesos electorales han sido trucados por Estados Unidos (sin contar invasiones, golpes de Estados y otros métodos truculentos).

En 1996 Rusia se encontraba en sus horas más bajas desde la caída de la URSS. Nunca un país había dado tantas muestras de sumisión ante Estados Unidos y quien tenía las riendas, Yeltsin, aspiraba a renovar su mandato, con el apoyo explícito de Clinton y todo el aparato político de su embajada en Moscú.

No obstante, los sondeos electorales mostraban que en Rusia no había nadie más despreciado que Yeltsin, dadas las catastróficas consecuencias del desmantelamiento de la URSS, la contracción del PIB a la mitad, la hiperinflación, el desmantelamiento de la sanidad pública, el impago de las pensiones, la corrupción, la criminalidad… Rusia era un desastre, un país a punto de desintegrarse, y Yelsin era el culpable más visible.

La situación era tan crítica que en 1993 dio un autogolpe para acabar con la oposición política: disolvió el parlamento por decreto, prohibió las manifestaciones y sacó el ejército a la calle. Los cálculos estiman en unos 2.000 los manifestantes que murieron. La prensa habló de la posibilidad de que también se suspendieran las elecciones para evitar el triunfo de Ziuganov, el dirigente del grupo más importante de la oposición.

Entonces fue cuando llegaron los consejeros directamente desde la embajada al rescate de Yeltsin: no importaba perder las votaciones en las urnas porque ellos se encargarían de apañar el recuento. No crean que esto es ningún relato confidencial, conspiranoico o una exclusiva mundial que les relatamos. Para nada. No se cortaron ni un pelo en reírse de los votos, de los votantes y de las votaciones. La manipulación la publicó la revista Time en su momento, en portada y con todo lujo de detalles.

Clinton envió a Moscú a sus tres consultores políticos favoritos, los mismos que le habían ayudado a ser gobernador de Arkansas. Uno de ellos era Michael Caputo. Durante cuatro meses trabajaron a pleno rendimiento en Moscú y cobraron por ello 250.000 dólares. El Fondo Monetario Internacional también puso su granito de arena con un préstamo 1.200 millones de dólares para que el gobierno pudiera pagar a los funcionarios y pensionistas. Ya ven: entonces no había bloqueo económico, ni sanciones, sino todo lo contrario, dinero a raudales, pero tuvo que ser Putin el que se encargara —años después— de devolver el dinero con sus intereses.

Se sabe que Yeltsin obtuvo un 6 por ciento de los votos, por lo que la proeza para amañar los recuentos fue un ejercicio notable de prestidigitación. Malabarismo electoral.

El bocado del petróleo iraní es tan grande que no se puede seguir diciendo siempre lo mismo

En abril Qatar anunció la explotación conjunta con Irán de uno de los mayores yacimientos de gas conocidos.

Al mes siguiente Irán anunció que inauguraba la extracción de cinco fases del referido yacimiento.

Un mes después Qatar quedaba expulsado del Consejo de Cooperación del Golfo.

El sábado el ministro iraní del Petróleo, Bijan Zanganeh, declaró que su gobierno había firmado un acuerdo con la multinacional francesa Total para abrir la fase 11 del campo de gas, al que los qataríes llaman “North Field” y los iraníes “Pars South”.

El nuevo Presidente francés, Emmanuel Macron, declara que la guerra contra Libia ha sido un error cometidos por las potencias occidentales y que en y Siria Francia ya no pretende la destitución de Bashar Al-Assad.

La secuencia es bastante obvia: los mapas del mundo hoy los dibujan los pozos de petróleo, los campos de gas y los oleoductos. Los alineamientos diplomáticos y las declaraciones de los imperialistas dependen, entre otros, de los contratos de gas que tengan firmados. Lo que está en juego son 4.800 millones de dólares.

En Oriente Medio hoy lo que prima es que en julio de 2015 se produjo el desbloqueo de Irán, después de 36 años, y que dos meses más tarde los aviones rusos llegaron a Siria. Las cosas no han vuelto a ser como antes. Tras la revolución de 1979 Irán tuvo durante muchos años una guerra a un costado de sus fronteras, en Afganistán, y otra en el lado opuesto, en Irak, pero ahora no queda nada de aquello, sino más bien lo contrario.

Pero hay que seguir echando cartas sobre el mapa para acabar de dibujarlo: Total es el operador de cabecera del Proyecto Pars South 11 con un 50,01 por ciento del capital y junto a él está Petropars, propiedad pública de Irán y de de China.

No obstante, el paisaje no es tan idílico como parece: la multinacional francesa tiene que esperar a que Estados Unidos acabe de desbloquear a Irán, lo cual no es tan sencillo con Trump en la Casa Blanca; más bien todo lo contrario.

Irán está intentando atraer a 29 grandes monopolios internacionales, europeos y asiáticos, para desarrollar su sector energético, entre los que están algunos típicos, como los rusos (Gazprom, Lukoil) y los chinos (CNPC, Sinopec) y otros no tanto: Shell (Reino Unidos, Holanda), Schlumberger (Holanda), Eni (Italia), además de Total.

Si todo va como está previsto, dentro de poco las declaraciones de los políticos cambiarán de tono. Todo por la pasta.

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