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Día: 13 de enero de 2017 (página 1 de 1)

Nuevamente sobre las lacras del idealismo histórico en Euskadi

Juan Manuel Olarieta

Tras haber expuesto una crítica a lo que considero como una defensa del idealismo histórico por su parte, J.González redacta un segundo artículo al que voy a contestar ahora en primera persona a fin de dejar más claro mi propio alineamiento en los puntos que aborda.

La opresión nacional es un fenómeno especialmente complejo por muchas razones pero, sobre todo, porque difiere bastante en cada nación oprimida y, por lo tanto, involucra aspectos históricos, lingüísticos y culturales que, además, se padecen con una tremenda carga emocional, lo cual conduce a un verdadero campo minado.

No obstante, como cualquier fenómeno complejo se puede y se debe resumir, lo mismo que se debe tener cuenta la propia simplificación de algo sobre lo que se ha discutido y se puede discutir hasta la saciedad.

Si a ello le añadimos la complejidad de las palabras con las que se pretende describir esa opresión, es dífícil desactivar ese campo de minas, sobre todo cuando no se introducen para aclararse sino para sembrar aún más confusión de la que ya existe.

No me voy a pelear, pues, con las palabras más de lo necesario, pero tampoco voy a hacer seguidismo de nadie. Sólo quiero aclarar que yo persolamente procuro no hablar nunca de “Estado español” sino de “España” y tampoco utilizo “Euskal Herria” sino “Euskadi” que entiendo como un concepto político para designar a una nación oprimida repartida en dos Estados, el francés y el español.

Por lo tanto, no considero que España sea una “entelequia” ni un “invento”, como asegura González, sino un Estado multinacional. Creo que todas las naciones, dentro y fuera de España, tienen derecho a existir, es decir, a ser reconocidas como tales por los demás, empezando por los que las oprimen. Creo, además, que sólo ellas tienen derecho a decidir si quieren seguir unidas a otras voluntariamente o separarse. Finalmente, también creo que todas las naciones tienen los mismos derechos, o sea, que son iguales.

Ahí no hay ningún “factor subjetivo”, por lo que el hecho de que Euskadi sea una nación no depende de cómo se sienta nadie, ni los vascos ni los españoles, tanto si son muchos como si son pocos los que se sienten de una u otra manera, entre otras cosas porque me parece un planteamiento infame introducido por los fascistas.

Creo que es importante tener eso en cuenta por las continuas alusiones de González a lo que él llama “conciencia”, a la que vuelve a dar una interpretación subjetiva y, por lo tanto, idealista. Con este tipo de asuntos ocurre lo mismo que con esos colectivos empeñados en poner en primer plano esa “conciencia” vinculándola a cada uno de los trabajadores individualmente. Pues bien, para un marxista, dogmático o no, la adscripción de clase, el ser obrero o burgués, no depende de ningún tipo de conciencia sino que es una condición absolutamente objetiva. Del mismo modo, el ser vasco es otra condición, a la que en cada caso individual puede ir añadida la conciencia subjetiva de serlo o de ser otra cosa distinta.

El error que se comete aludiendo a Euskadi como un “marco autónomo de lucha de clases” no se salva en absoluto trasladando la pelota al otro tejado: ¿es España un marco autónomo de lucha de clases?, entre otras razones porque es una pregunta que está resuelta desde el origen del movimiento obrero mismo, entre otros por Marx y Engels en el “Manifiesto Comunista”, que acaba con la consigna de que los proletarios de todo el mundo deben permanecer unidos y de que la lucha de clases “primeramente” es “por su forma” una lucha “nacional” de manera tal que “el proletariado de cada país debe acabar en primer lugar con su propia burguesía”.

Es algo que desde entonces ha sido explicado una y mil veces por los marxistas, por lo que doy al lector por familiarizado con ello y creo que de esa manera contesto a lo que González pregunta: el marco de la lucha de clases no es Euskadi, ni tampoco España porque la lucha del proletariado, por su contenido, es internacional.

Cuando hablan de “marco autónomo”, esos grupos y colectivos vascos, a los que González califica de “leninistas”, plantean mal dos asuntos diferentes, ambos capitales. El primero es un penoso y escolástico debate que se expone siempre colgado de una nube de ensoñaciones, al más puro estilo idealista. Se trata de los dos aspectos de la lucha de clases en Euskadi, la lucha por el socialismo y la lucha por la independencia, donde las combinaciones posibles se han repetido en muchas discusiones:

a) primero conquistamos la independencia y luego ya construiremos el socialismo
b) queremos ambas cosas a la vez y somos tan revolucionarios que si no hay socialismo tampoco queremos la independencia
c) primero hacemos la revolución socialista (en España) y luego concedemos la autodeterminación a Euskadi

A mi modo de ver los tres planteamientos me parecen otras tantas abstracciones, sobre todo el segundo de ellos. No expresan más que los buenos deseos de cada cual para que la historia tome un derrotero u otro. Ninguno de ellos tiene en cuenta suficientemente las condiciones políticas e históricas, nacionales e internacionales, en que esos acontecimientos se pueden producir.

El segundo aspecto al que se quieren referir los que hablan de “marco autónomo de lucha de clases” es la forma organizativa del movimiento revolucionario en Euskadi, donde también las combinaciones posibles se han repetido muchas veces:

a) los abertzales crean organizaciones que ellos creen de alcance nacional, cuando en realidad se circunscriben a una parte de Euskadi
b) los españolistas crean organizaciones de ámbito estatal que mantienen sucursales en Euskadi

En este punto digo lo mismo que en el anterior, pero, por concretar un poco más, dado que esos planteamientos se metamorfosean, en el caso de los “leninistas” vascos, en la necesidad de crear una vanguardia o un partido comunista sólo en Euskadi, quiero añadir que -sin ningún género de dudas- tal partido llegará, pero por vías que esos “leninistas” ni siquiera son capaces de sospechar; más bien llegará por las vías contrarias y por motivos que no tienen nada que ver con un “marco autónomo” que no existe por más partidos vascos que se fabriquen.

Como poco, me parece oportunista que los otros “leninistas”, los españoles y franceses, se declaren “solidarios” con la lucha de liberación nacional de Euskadi porque -en mi oponión- lo que deberían hacer es asumirla como cosa propia, que es algo bien distinto de lo anterior. Esto no lo digo sólo por aquella frase tan famosa y tan cierta de Engels de que “un pueblo que oprime a otros no puede ser libre”, sino por una cuestión de clase, a saber, porque la lucha de liberación nacional, como cualquier otra lucha contra la opresión, debe dirigirla la clase obrera, que es algo muy diferente de la solidaridad.

Al menos yo entiendo así el leninismo, lo que enlaza directamente con eso que González llama una y otra vez “conciencia” y “factor subjetivo” y que es tan viejo como el “Manifiesto Comunista”, donde Marx y Engels ya dijeron que la “organización del proletariado como clase” no es más que el partido comunista o, en otras palabras, la vanguardia dirigente, el verdadero componente decisivo de cualquier lucha, incluida la que se dirige contra la opresión nacional. Sin embargo, en su escrito González alude a cualquier cosa menos a ello. Repite una y otra vez la palabra “conciencia”, “sujeto revolucionario”, “pueblo concienciado” que, en efecto, no son otra cosa que idealismo y, lo que es peor, conducen al fracaso inevitablemente.

Es un tópico tratar de apañar ambos aspectos con frases, tales como “el íntimo vínculo de lo objetivo con lo subjetivo”, que es más de lo mismo: se repite en boca de todos, pero no va más allá. Siempe queda muy bien en cualquier artículo, cuando en la práctica está ocurriendo todo lo contrario.

En cualquier batalla, los errores son muy importantes, naturalmente, y es inevitable cometerlos. Sin embargo, lo peor es cuando no se corrijen y se convierten así en verdaderas lacras, que se van arrastrando durante décadas. El desastre llega cuando, además, alguien pretende hacer pasar tales errores como si fueran grandes aciertos. También es una forma de idealismo, esa concepción fantástica de la historia que se alimenta de sí misma, de sus mitos y sus leyendas. Sólo ve aciertos por todas partes, confunde los aciertos con los errores y se enfada cuando alguien le critica sus errores. El idealista cree que las críticas son ataques. No se da cuenta de que si le criticas es para que logre los objetivos que se ha propuesto.



Más información:
– En respuesta al articulo de Olarieta ‘En Euskadi el idealismo histórico es una lacra’
– En Euskadi el idealismo histórico es una lacra
– Euskal Herria marco autónomo de lucha de clases

Mario Soares: un lacayo del imperialismo

Darío Herchhoren

La noticia de la muerte de Mario Soares a los 92 años, me pone de actualidad el nombre de un político particularmente odioso. La revolución de los claveles que fue el 25 de abril de 1974, tuvo un eco enorme en América Latina y significó sin duda un cambio de enorme importancia en la política portuguesa.

En ese año de 1974, tuve la ocasión de reunirme en Montevideo con dos de los jefes de dicha revolución, que eran el Almirante Rosa Coutinho, y el Brigadier Otelo Saraiva de Carvalho, que viajaron de incógnito a Uruguay para reunirse con algunos de los apoyos que dicha Revolución tenía en Sudamérica.

Yo concurrí en representación de la organización político militar Montoneros, que por aquellos años ya estaba batallando contra la derecha peronista encarnada por el entonces ministro  de Bienestar Social de Argentina José López Rega fundador de la criminal Triple A.

De esa guisa, recibí junto con los compañeros que me acompañaban una información valiosísima y tuve la oportunidad de valorar personalmente la arrolladora personalidad tanto de Rosa Coutinho como de Otelo Saraiva.

Otelo no era un militar de carrera y provenía de lo que eran las milicias universitarias que el salazarismo había copiado de España, y había sido nombrado por el gobierno de Marcelo Caetano sustituto de Salazar; jefe del COPCON, que era el Comando Operacional del Continente encargado de diseñar y operar la política colonial portuguesa en Africa y tratar de sofocar la rebelión de las colonias africanas en busca de su independencia.

Rosa Coutinho era el almirante Jefe de Operaciones de la Flota de Guerra de la marina portuguesa, y en tal carácter era el que daba las instrucciones operativas a los buques militares portugueses que operaban en puertos africanos.

Ambos fueron los jefes de la conspiración anti salazarista, que estalló el día 25 de abril de 1974 con la transmisión por Radio Renascenza de la canción Grándola Vila Morena del poeta José Zeca Afonso, que era la contraseña que puso en marcha la Revolución de los Claveles.

Dentro del grupo civil de apoyo a la revolución había personas como el inolvidable Alvaro Cunhal en aquel entonces  Secretario General del Partido Comunista Portugués, que había logrado fugar de la prisión de Peniche, próxima a Lisboa, y Mario Soares, Secretario General del Partido Socialista, que estaba exiliado en Francia.

Marcelo Caetano era el fiel reflejo de Antonio de Oliveira Salazar, y quienes los conocían decían que la única diferencia entre ambos, era que Marcelo se había casado a diferencia del misógino y asexuado Salazar, y cuando los militares irrumpieron en su despacho del Palacio de Sao Bento y le tomaron prisionero, lo introdujeron en un coche y lo dejaron en su casa, porque vieron que no era capaz de entender que el salazarismo había caido.

Se nombró entonces un presidente provisional de la República, que en principio iba a ser el mariscal Antonio de Spínola, de innegable autoridad en el ejèrcito portugués, pero de origen aristocrático; pero finalmente se designó al Brigadier Vasco Lourenzo, que pertenecía al Partido Comunista.

El nuevo gobierno, inicia la reforma agraria, y liquida los grandes latifundios de la región del Alentejo, que es la Extremadura portuguesa e inicia una reforma urbana, entregando en propiedad las viviendas alquiladas; legalizan los partidos políticos, se retoman relaciones diplomáticas con la URSS y se reconoce al gobierno de Cuba; y lo más importante; se inician negociaciones con las colonias africanas para su independencia.

Todo esto puso en guardia a la vieja derecha, y también a los servidores del imperio. En nuestras conversaciones en Montevideo me explicaron que el Partido Socialista, y su «lider» Mario Soares era en realidad un informante de la CIA, que estaba en nómina de la CIA; es decir que recibía billetes de banco por su tarea. Todo esto culminó, cuando se produjo el relevo del brigadier Vasco Lourenzo, miembro del Partido Comunista que era el presidente de la República Portuguesa por el general Antonio Ramalho Eanes.

El demócrata Soares, viajó a Lages, la base que la OTAN tenía y tiene en las Azores, para solicitar su apoyo (intervención) para echar a Vasco Lourenzo. Ello precipitó su caída, y el ascenso del general Ramalho Eanes, que tuvo como primer ministro al propio Soares, evidentemente un otanista, y servidor lacayo del imperio.

En los años posteriores seguí mis contactos con Otelo Saraiva de Carvalho, y siempre me manifestaba que el general Ramalho Eanes, último presidente militar representante del movimiento de las fuerzas armadas, sentía un profundo desprecio por Soares, a quien consideraba simplemente un puto soplón, sin relieve alguno.

Este es el hombre que ha muerto, al cual le rinden homenaje otros miserables como Felipe González y el criminal Javier Solana.

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