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Día: 12 de octubre de 2016 (página 1 de 1)

¿Por qué la historia de la URSS es imposible? (1)

Como todas las revoluciones que ha habido en la historia moderna, la de 1917 desató una oleada de simpatía en todo el mundo de tal calibre que en varios países del mundo se transformó rápidamente en revoluciones, insurrecciones y levantamientos.

Con el tiempo esa oleada no se detuvo sino que, por el contrario, llegó a su culmen en 1945 por la victoria soviética contra el III Reich, que liberó al mundo entero de la peste nazi.

Hasta entonces la burguesía no vio la necesidad de poner en marcha un dispositivo especial de propaganda en el mundo entero capaz de contrarrestar esa corriente de simpatía hacia la Revolución de 1917, la URSS y el comunismo, que iban mucho más allá de la clase obrera y llegaron a representar una esperanza para toda la humanidad en su conjunto.

Al principio, en 1940, en Europa sólo se hablaba de que la Wehrmacht era un ejército invencible. Al final, en 1945, todo se veía de una manera muy distinta. No ocurrió lo que la burguesía mundial esperaba: la URSS no fue rápidamente vencida por el fascismo.

La burguesía es una clase social que ni entiende ni acepta ninguna clase de argumentos. Sólo tiene en cuenta el peso de la fuerza militar y la Segunda Guerra Mundial le demostró algo fundamental que hasta entonces no sabía: que el socialismo no sólo era viable sino, además, muy superior al capitalismo.

La victoria de 1945 fue posible porque la revolución de 1917 sacó a un país entero del atraso y la miseria, poniéndole a la altura de cualquier potencia mundial de primera línea en un tiempo histórico que ninguna otra sociedad ha conocido jamás.

En 1945 la URSS ya no contaba entre los parias del mundo, uno de esos países que los imperialistas estaban acostumbrados a tratar. Por el contrario, estaba por encima de una gran potencia imperialista, como Alemania, y tuvo que ser tratada en consecuencia en lo sucesivo.

Por lo tanto, las campañas de propaganda que los imperialistas desataron contra la URSS a partir de entonces no procedían del fracaso sino del rotundo éxito en la construcción del socialismo.

El aspecto más importante de todas las campañas de propaganda de la burguesía consistía en no reconocer esa evidencia: que la URSS no sólo había demostrado la viabilidad del socialismo sino también que sólo el socialismo era capaz de acabar con el atraso.

En ese argumento había una única excepción: la burguesía podía admitir el éxito soviético sólo para denunciar que había pasado de una etapa de guerras defensivas (guerra civil, Segunda Guerra Mundial) a otra de guerras ofensivas, es decir, que el éxito de la URSS la había conducido, al mismo destino que a cualquier otra potencia mundial, al expansionismo.

Si la URSS no hubiera salido del atraso, hubiera fracasado. Pero al salir del atraso, murió de éxito porque nadie se compadece nunca de los países poderosos, geográfica y económicamente. La burguesía nos ha inculcado que quienes tienen mucho poder nunca lo utilizan bien. Siempre abusan.

Si mutuamente las grandes potencias se tratan como iguales es porque son iguales. Es la conclusión que se desprende de la foto tomada durante la Conferencia de Yalta, donde las grandes potencias se repartieron el mundo, según dicen. A todas ellas se las debe meter en el mismo saco, todas son imperialistas y quieren lo mismo: expansionarse, dominar, controlar…

Dos factores diferenciaban el expansionismo soviético de los demás: 1) utilizaba un caballo de Troya, los partidos comunistas locales, que no estaban al servicio de su clase sino de intereses extranjeros, los de la URSS, y 2) porque justificaba sus propios intereses nacionales bajo una cobertura internacionalista (falsa).

Un Estado es sólo un Estado. Entre ellos no hay diferencias de clase. En la diplomacia, que es un asunto “de Estado”, tampoco. La URSS funcionaba como cualquier otro Estado (burgués) y, por lo tanto, ponía sus propios intereses nacionales por encima de cualesquiera otros.

A pesar de todas las mixtificaciones, el lenguaje propagandístico debe ser sutil: Estados Unidos tenía aliados, como Gran Bretaña por ejemplo, mientras que la URSS tenía satélites, como Bulgaria por ejemplo.

En el mundo entero la coordinación de las campañas de propaganda sólo las podía llevar a cabo Estados Unidos, que desde 1945 era la potencia hegemónica. Para ello crearon la CIA que funcionaba también como una agencia de publicidad y relaciones públicas, una disciplina académica que acababa de nacer en Estados Unidos.

Pero en 1945 la propagada experimentó un salto cualitativo: el mundo jamás ha conocido una campaña de las proporciones iniciadas por la CIA contra la URSS, ni en cantidad, ni en calidad, ni en intensidad, ni en alcance.

La literatura antisoviética es un género en sí mismo creado por mercenarios del intelecto que está presente por todas partes: en las hemerotecas, las bibliotecas, el cine, los documentales…

La URSS ha pasado a la historia pero los ataques a la URSS
siguen presentes, de plena actualidad, porque la burguesía confía más que el proletariado en que algo como lo que ocurrió en 1917 se pueda
reproducir en cualquier lugar del mundo.

A fecha de hoy la historia de la URSS es imposible. Lo que hay escrito es una montaña de propaganda y algunos intentos aislados por contrarrestarla.

La historiadores podrán empezar a pensar en la historia de la URSS cuando sean conscientes de que lo que se ha escrito hasta este momento sólo es una parte de una gran campaña de publicidad.

Estados Unidos no quiere compromisos ni con sus mejores amigos

En una sola película “Tras las líneas enemigas” (Behind Enemy Lines), la maquinaria de propaganda imperialista más eficaz, Hollywood, mató varios pájaros de un tiro.

Trataba de la Guerra de los Balcanes, mostrando los crímenes de guerra de los serbios (los malos), con sus matanzas indiscriminadas y sus fosas comunes, mientras que los buenos entonces aún no se calificaban como yihadistas, sino de una manera apologética. La Wikipedia les llama “guerrilla musulmana”.

La Guerra de los Balcanes fue una agresión imperialista de la OTAN, que es lo que permite expresar el aspecto más relevante de la película: el enfrentamiento entre los militares estadounidenses (el almirante Gene Hackman) y los demás comparsas de la OTAN (el almirante Joaquim de Almeida), así como la insoportable situación de que en un operativo militar unos (los estadounidenses) tengan que subordinarse a los demás (los portugueses nada menos).

La película se estrenó en 2001, con la llegada de Bush a la Casa Blanca y muy poco antes de la fatídica voladura de las Torres Gemelas, cuando a la historia se le dio una vuelta de tuerca: convirtieron a los yihadistas en los malos de la película y empezó la “guerra contra el terrorismo”.

El nuevo jefe del Pentágono, Donald Rumsfeld, llevó al Pentágono la amarga experiencia de la Guerra de los Balcanes. Aquello nunca se debería volver a repetir. El tiburón Rumsfeld inició una “revolución” (RMA o “Revolution in Military Affairs”) que no es consecuencia sino causa del atentado contra las Torres Gemelas.

La RMA o Doctrina Rumsfeld se puede resumir en que en el futuro Estados Unidos quiere tener las manos completamente libres. Por ello renuncia a cualquier clase de compromisos, empezando por Rusia, como es lógico, acabando con todos y cada uno de los tratados de reducción de armas que había venido firmando desde los tiempos más remotos de la URSS y no van a firmar ningún otro que les ate las manos.

Por supuesto que tampoco admite ninguna clase de subordinación hacia la ONU, ni instituciones internacionales de ninguna clase.

El Pentágono ni siquiera quiere supeditarse a la OTAN, ni a sus aliados más incondicionales porque está dispuesto a a asumir la iniciativa, sin esperar el beneplácito de terceros. En el Trío de las Azores no había más que un único actor, Bush, mientras que los otros dos (Blair y Aznar) eran meros comparsas.

El ejemplo fue el ataque contra Afganistán en 2001. El Pentágono aceptó la intervención de una fuerza de la ONU, pero sus tropas se quedaron fuera y, desde luego, jamás admitieron instrucciones procedentes de ella.

Hay otros aspectos militares interesantes en la RMA, pero posiblemente el que muestra la película es el más significativo: Estados Unidos no quiere compromisos, ni siquiera con sus mejores amigos (si es que los tiene).

La pequeña burguesía se pasa a la clandestinidad

Aprovechando la fiesta del colonialismo, hemos dedicado varias horas de esta madrugada a tratar de entender el artículo de Joseph A. Todd sobre “Ocupaciones, asambleas y acción directa” que publica la revista Diagonal (*) y que es una traducción del original aparecido en Red Pepper.

Como el artículo es crítico, autocrítico diríamos, hemos de empezar por una crítica de las faltas de ortografía: el verbo rebelarse se escribe con b, mientras que aparece varias veces escrito con v, por lo que cuando se pretende tratar las “tácticas del siglo XXI” hay que empezar por leerse el manual de los programas informáticos de edición de textos que, sin necesidad de saber gramática, realizan un buen trabajo.

De ello hemos sacado la impresión de que el artículo no representa a la “generación de activistas del siglo XXI” sino a la del siglo XIX.

Es muy mala señal que un artículo que va sobre las diversas formas de protesta utilice expresiones (activismo, hacktivismo y clicactivismo) que denotan el origen ideológico del artículo, que no es otro que las múltiples policías estadounidenses y sus equipos de sociólogos y sicólogos expertos en contrarrestar el “activismo del siglo XXI” que Todd propone.

Los estudiantes, como Todd, son aficionados a este tipo de tediosos artículos psicoanalíticos más que políticos. Nosotros no tenemos ni noción de psicoanálisis, por lo que no podemos competir con gente tan leída y tan estudiosa, del estilo Todd y Monedero. No sabemos quiénes son ninguno de los autores que cita, como Nick Srnicek o Fredric Jameson, no sabemos lo que significa “mapeo cognitivo” pero debe ser algo terrible.

En lo que hemos alcanzado a comprender, Todd tiene bastante razón en lo que dice. No sólo en Gran Bretaña los estudiantes están hasta la coronilla de todo ese desfile de comedias que padecemos desde hace décadas y que, como bien dice, se han agotado: las “performances” callejeras, los teatrillos “light” y los “shows” que con la excusa de la protesta y la “lucha” imitan a los carnavales de Cádiz, como los occupys, el Día del Orgullo Gay y otros espectáculos lúdicos, festivos y divertidos.

Nosotros siempre estuvimos en contra de ese tipo de farsas y nos gusta comprobar que ahora también la pequeña burguesía se ha cansado de ellas porque tienen muy poco que ver con el cabreo monumental que muestra otra clase social, como la que pertenecen aquellos que son despedidos de su trabajo o desahuciados de sus viviendas.

Si no hemos entendido mal, lo que Todd propone es algo mucho más “heavy” y está bien argumentado: hacer el payaso en la calle no le evita a nadie la posibilidad de ser golpeado, detenido, juzgado y encarcelado. Por el mismo o similar precio existe la posibilidad de pasarse a la clandestinidad, aunque para no caer en las zarpas de Scotland Yard matiza un poco su propuesta. No pretende animar “a los activistas a realizar acciones más ‘radicales’, que puedan ser violentas, ilegales, peligrosas o perturbadoras”.

Es un pasito, pero tampoco se crea el lector que la pequeña burguesía va mucho más allá. Se trata exactamente de lo que el autor dice: molestar e incordiar. Es lo propio de los adolescentes díscolos.

(*) https://www.diagonalperiodico.net/global/31833-ocupaciones-asambleas-y-accion-directa-critica-la-politica-poner-cuerpo.html

Sortu y el triple salto mortal

Lola Flowers
Bianchi

O cómo rizar el rizo o cómo me la maravillaría yo, que diría la folklórica «Lola Flowers». En una ponencia para el «proceso congresual», así le dicen, el nuevo Sortu -partido de la nueva izquierda abertzale en los nuevos tiempos que corren donde todo es nuevo menos mi calva- busca tener «forma de partido y cualidades de movimiento».

Podemos intuir qué se quiere decir con eso, pero no nos atrevemos a tratar de desentrañarlo pues no somos cabalistas ni alquimistas, sino materialistas dialécticos, o sea, que no somos dados a vestir muñecos con prosopopeyas pretenciosas pero vacuas y hueras.

Acabaremos rápido porque se acerca la hora del vermú y no queremos pasar por parecer el azote bíblico ni el pepito grillo de esta muchachada con líderes ya carrocillas expertos en blanquear sepulcros. Y lo haremos mencionando lo que ellos mismos dan en definir a Sortu (crear, nacer, brotar, en euskera) como un «partido-movimiento», y ello -se dice- «en la medida en que se tiene que desenvolver tanto en la lucha institucional como en la de masas». Lo segundo suponemos que será una inercia de viejos discursos de lucha reivindicativa, mientras que lo primero es lo que priva y se persigue, es decir, qué hay de lo mío, que esto es lo «nuevo».

Si el «podemismo rampante» decía ser «ni de derechas ni de izquierdas», máxima del falangismo joseantoniano y nacional-sindicalista (el nacional-socialista era el nazismo hitleriano), esto es, un partido desideologizado por encima de la lucha de clases y casi de las clases mismas, nos vemos sorprendidos ahora por algo tan novedosísimo como en «Partido-Movimiento», suponemos que «nacional» tal y como lo prescribía también Primo de Rivera (hijo) que abominaba de la palabra «partido» de resonancias demoliberales y acuñó el término «Movimiento» para evitar tener que llamarse «partido único», que es a lo que aspiraban.

No seremos tan burros de estar comparando a unos y a otros, pero, por favor, elijan mejor sus logos-tipos, o estudien un poco de historia para evitar resonancias enojosas que no son precisamente «nuevas» como presumen ustedes Y es que cuando se habla de «participación, activismo, asamblearismo, movimientos populares, etc.» me parece estar oyendo el eco de viejísimas consignas que se repiten cíclicamente cada equis tiempo y que se pretende que son «nuevas» arrinconando la vieja y muy molesta lucha de clases.

Buenos días.

El coste de la velocidad hacia ninguna parte

Gara
Samsung suspendió ayer definitivamente la producción y venta del Galaxy Note 7, un híbrido entre teléfono y tableta, tras constatar que es incapaz de encontrar una solución al error que provoca que algunos aparatos ardan literalmente. En un primer momento la multinacional decidió sustituirlos, pero los nuevos terminales presentaban el mismo problema, lo que ha llevado a tomar la drástica decisión de abandonarlo totalmente. Todavía no se conocen oficialmente las razones del fallo, que puede deberse al parecer o a un defecto en la pila del dispositivo o a un problema en el software que gestiona la batería.

La compañía ha alegado para justificar la decisión que su prioridad es la seguridad de los consumidores, pero los hechos muestran que no fueron su principal preocupación cuando decidió producir y lanzar al mercado un producto cuya validez no estaba suficientemente contrastada. Esta decisión fue inducida probablemente por la feroz competencia que obliga a comercializar periódicamente nuevos productos con el objeto de mantener ventas y cuota de mercado, y consiguientemente con los bonos de los directivos o los dividendos a sus accionistas. La mayoría de los nuevos artilugios que se comercializan no suelen aportan innovaciones sustanciales, pero incitan a los consumidores a tirar sus antiguos aparatos –a pesar de que continúan siendo perfectamente funcionales– y a comprar los nuevos. El fenómeno se conoce desde hace tiempo como obsolescencia programada y es uno de los múltiples gastos ocultos que genera el actual sistema capitalista en su afán por acrecentar el poder y los beneficios de una minoría. Esta vez el señuelo ha fallado estrepitosamente.

Mientras se concede el Nobel de Economía a aquellos que conciben sofisticados modelos que justifican las elevadas remuneraciones a los directivos de las grandes multinacionales, estos continúan pisando el acelerador de un sistema que corre a toda velocidad hacia ninguna parte.

Fuente: http://www.naiz.eus/iritzia/editorial

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