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Día: 4 de septiembre de 2015 (página 1 de 1)

Un comunista caribeño: Jacques Roumain

Jacques Roumain fue el fundador del Partido Comunista de Haití y muchas otras cosas más: pensador, diplomático y autor de obras científicas y literarias de muy diversa factura, desde la poesía hasta la geografía. Es reconocido entre las voces que contribuyeron a revelar el Caribe y definir sus valores y expresiones comunes en los años 30 y 40 del pasado siglo.

Nació el 4 de junio de 1907 en Puerto Príncipe, la capital, en el seno de una familia adinerada. Su abuelo, Tancredo Augusto, fue presidente de Haití cuando él era niño. Se educó en un colegio católico y luego completó su formación en Suiza, Bélgica, Francia y Alemania, aunque también vino a España, donde estudió agronomía.

Volvió a Haití cuando tenía 20 años, fundando la “Revista Indígena” con Émile Roumer, Philippe Thoby-Marcelin, Carl Brouard y Antonio Vieux, en la que aparecieron sus primeros versos y narraciones, a los que consideraba como “acción”, como “un arma al servicio de su pueblo”, como un panfleto. El poeta, escribió, es “el reflejo de la conciencia de una época”.

Roumain se hizo amigo del antropólogo francés Alfred Metraux con quien viajó por el Haití rural, documentando las tradiciones religiosas, en una investigación que Metraux convertiría en “Vudú en Haití”, un libro muy aclamado.

Por su parte, en 1930 Roumain publica el libro de relatos “La presa y la sombra” en el que hace una aguda crítica del mundo burgués y urbano de Puerto Príncipe. Al año siguiente aparece su novela corta “La montaña embrujada”, expresión de la vida campesina, las costumbres y creencias del vudú.

Al regresar Roumain se encontró con que su país estaba ocupado por el imperialismo, uniéndose al movimiento de liberación nacional. Primero apoyó la fundación de la Liga de la Juventud Patriota Haitiana, cuya lucha contra Estados Unidos y el gobierno títere lo llevaron a la cárcel durante 8 meses en 1928.

En 1934 dio un pasó más: participó en la creación del Partido Comunista Haitiano, por lo que fue nuevamente encarcelado, esta vez durante tres años.

Tras su liberación en 1936, Roumain se exilió en Estados Unidos, donde frecuentó la Universidad de Columbia y trabó relación con Langston Hughes y otros intelectuales.

En 1942 cambió el gobierno y le autorizaron a regresar a Haití, donde fundó la Oficina Nacional de Etnología. En esta época escribe su novela “Los gobernadores del rocío” y el poemario “Bosque de ébano”, donde aparece la expresión “Los condenados de la Tierra” que 40 años después el argelino Frantz Fanon adoptará para encabezar su propia denuncia del colonialismo. Entre sus mejores versos destacan los que defienden a la Unión Soviética y a Stalin de una manera vibrante.

Para sacarlo del país, el gobierno le nombra embajador en México. También viaja Cuba, donde vive un año entero en La Habana con el gran poeta comunista Nicolás Guillén.

Durante sus estancias en la cárcel contrajo el paludismo que, con 37 años de edad, le condujo a la tumba el 18 de agosto de 1944, tres días después de un regreso desde Cuba.

Desde entonces la decisiva obra política e intelectual de Roumain es objeto de estudios continuos. Su influencia sigue pesando en la lucha de los pueblos del Caribe y de toda Latinoamérica, junto a Mariátegui, Mella, Ponce y el Che Guevara.

La novela “Los gobernadores del rocío” es una de las mejores de la literatura caribeña contemporánea. Cuenta la historia de Manuel, un joven campesino que regresa a su empobrecida aldea de Fonds Rouge después de haber cortado caña de azúcar en Cuba durante 15 años, y advierte la pobreza en que se encuentra su tierra.

El título de la novela resume la tesis de Roumain: nosotros, cada uno de nosotros, somos los dueños de nuestro destino. Es una batalla contra el fatalismo y la superstición, que tanto proliferan entre los negros del Caribe (y entre los blancos de otros lugares). No hay maldiciones. Las cosas están ahí para cambiarlas. Sólo hay coger las riendas entre en las manos.

La lectura de Roumain es imprescindible para aquellos cuyas lagunas han convertido al marxismo en un recetario eurocentrista, para quienes desconocen el mundo negro, rural y tercermundista.

La metamorfosis de Alexis Tsipras

José Piquer

Al jurar su cargo el 26 enero de 2015, Alexis Tsipras, el ex primer ministro de Grecia, sabía que su mandato no iba a ser fácil, pero llegar hasta aquí tampoco había sido un camino de rosas. Forjado en la las juventudes comunistas, la carrera de este político sin corbata de 41 años puede resumirse en pocas líneas. En 2006 quedó en tercer lugar en las elecciones para la alcaldía de Atenas. Dos años después fue elegido líder de Syriza, entonces una coalición formada por 13 grupos de izquierda radical, y en 2009 entró en el Parlamento como diputado, pasando a dirigir el grupo parlamentario de Syriza.

Un año después de ser elegido diputado en el Parlamento, Grecia solicitaba el primer rescate. Los acreedores (los países miembros de la zona euro y el FMI) aprobaron prestar a Grecia 110.000 millones de euros (equivalente al 48% del PIB griego) a cambio de que los gobernantes griegos se comprometieran a implementar un programa de ajuste económico sin precedentes en la historia.

Hasta este momento la crítica incendiaria de Syriza hacia la troika y la oligarquía griega y sus diatribas contra el capital y el imperialismo financiero habían suscitado, salvo algunas excepciones, indiferencia, sorna o desprecio. Sin embargo, tras el fracaso de las negociaciones para formar un gobierno de coalición en mayo de 2012, muchos comenzaron a mirar a Tsipras y a Syriza con otros ojos.

Por una vez, Alexis Tsipras parecía agradecido a los Papandréu y Samarás, pues cuanto más fracasaban ellos, mejor parecía irle a él en las encuestas. Discurso tras discurso fue recomponiendo los pedazos de tanto fracaso hasta aupar a Syriza a la segunda posición en las elecciones de junio de 2012, convirtiendo a su partido en una alternativa real de gobierno.

El momento de la alternativa llegó el pasado enero, cuando Syriza obtuvo una mayoría suficiente para formar gobierno con el apoyo de un pequeño partido nacionalista de derecha, Griegos Independientes. La creciente sensación de fraude entre los votantes griegos tras casi cuatro décadas de alternancia política entre los socialistas del Pasok y los conservadores de Nueva Democracia y las dramáticas consecuencias de la crisis habían allanado el camino de la victoria. Ahora la cuestión era saber si el nuevo primer ministro griego, un ingeniero eléctrico sin experiencia de gobierno, sería capaz de satisfacer las expectativas de sus más de 2.200.000 votantes y de un sector de la izquierda europea que vio en su triunfo un espejo de sus propias posibilidades.

Pero cuando en enero Tsipras proclamó eufórico el triunfo de la esperanza y la recuperación de la soberanía nacional para Grecia, el fin del “círculo vicioso de la austeridad” y la promesa de un nuevo paraíso en la Tierra, nunca imaginó que en apenas unos meses esa esperanza dependería de recibir 86.000 millones de euros a cambio de aprobar un nuevo programa de ajuste propuesto por los mismos acreedores que tanto había despreciado.

Los trabajos de Hércules

Tsipras no necesitó mucho tiempo en el cargo para confirmar que la tarea de gobernar un país al borde de la bancarrota es hercúlea, como el tiempo ha acabado demostrando. Durante los últimos siete meses ha gobernado Grecia sabiendo que en algún momento de su mandato tendría que elegir entre preservar la pureza ideológica por la que fue elegido o plegarse al pragmatismo que se espera de un primer ministro.

La crisis del euro le ha concedido varios de esos momentos cruciales en la carrera de un político, pero ninguno comparable con el que vivió la madrugada del 12 al 13 de julio, cuando los líderes europeos negociaban (una vez más) el futuro inmediato de Grecia. Días antes el ministro de finanzas griego, Yanis Varoufakis, se había visto obligado a dimitir tras cinco meses de lucha infructuosa para lograr que sus socios europeos aceptaran una quita parcial de la deuda griega como condición previa a negociar cualquier nuevo programa de ayuda.

Ante la negativa de los acreedores a incluir en el acuerdo las demandas griegas sobre la deuda, Tsipras convocó en julio a los ciudadanos griegos para decidir en un referéndum sobre una propuesta de acuerdo cuyo contenido exacto todavía debaten varios premios Nobel de Economía.

Durante aquel fin de semana Tsipras “el gobernante” transmutó de nuevo en el activista y opositor que nunca quiso (o pudo) dejar de ser. Tsipras pidió a los griegos que rechazaran la propuesta de los acreedores votando oxi (“no”, en griego) en la consulta. La opción del “no” acabó imponiéndose finalmente con más del 60% de los votos para desagrado de Bruselas y Berlín, que siempre interpretaron este referéndum como un desafío y, para qué engañarnos, como un gesto extravagante en la cuna de la tecnocracia.

Pero pocos días después los acreedores iban a hacerle a Tsipras una oferta que, como Marlon Brando en El Padrino, no podría rechazar. La mañana del 13 de julio Tsipras abandonaba Bruselas sabiendo que el acuerdo que acababa de aceptar era, desde un punto de vista económico, la menos mala de todas las alternativas a su disposición. Lo cierto es que nunca tuvo más de dos opciones: aceptar las demandas de los acreedores, o salir del el euro. “Entre una opción mala y una opción catastrófica, nos vemos obligados a elegir la primera opción”, se justificó Tsipras ante el Comité Político de su partido.

Y la metamorfosis de Kafka

Mientras abandonaba el edificio del Consejo de la UE en Rue de la Loi rumbo a Atenas Tsipras pensó, atormentado aún por la dimisión de Varoufakis, que nunca debió haber aceptado ese acuerdo… Como en La Metamorfosis de Kafka, la novela en la que Gregor Samsa se despierta convertido en un gigantesco insecto tras un sueño intranquilo, algo cambió para siempre la mañana del 13 de julio. Tsipras, la primera y última esperanza de la verdadera izquierda europea, había alcanzado la mayoría de edad de forma abrupta.

El ex primer ministro griego regresó a Atenas con el compromiso de recibir 86.000 millones de euros, pero a cambio de aceptar unas condiciones que ni el votante más ingenuo de Syriza habría apoyado una semana antes de haber conocido este desenlace. Entre esas condiciones Tsipras había accedido a crear un fondo para la privatización de bienes públicos griegos por valor de 50.000 millones de euros. Su mayor victoria fue lograr que la sede pasara de Luxemburgo a Atenas.

A pesar de todo, las medidas exigidas por los acreedores fueron aprobadas el 14 de agosto en el Parlamento heleno con 222 votos a favor y 64 en contra. Ya era, sin embargo, demasiado tarde para Tsipras. Durante la votación 25 diputados de su partido se desmarcaron para crear un nuevo grupo parlamentario, Unidad Popular, que hoy ya es el tercer grupo del Parlamento. Tsipras ha hecho los cálculos y sabe que tendría muy difícil lograr los 120 votos mínimos que la Constitución griega exige para sobrevivir a un voto de confianza en el Parlamento. Por eso –explicó en su carta de dimisión– “el pueblo deberá decidir de nuevo si quiere continuar con valentía las negociaciones con los acreedores”. Nunca aclaró qué entendía por valentía, ni si pensaba que sus últimas negociaciones habían sido valientes.

Gobernar era esto

Con frecuencia el tránsito de la oposición al gobierno obliga a posponer la construcción del paraíso en la Tierra para pagar los salarios de los funcionarios el próximo mes. Sobre todo, si ya has dejado de pagar tus deudas. Quien crea que se puede gobernar sin renunciar debería renunciar a gobernar. Pero Tsipras se equivocó al convocar un referéndum ambiguo y precipitado, hacer campaña a favor del “no” y luego renegar del resultado victorioso aceptando un acuerdo mucho peor para Grecia. Se equivocó al negociar su permanencia en el euro y un tercer rescate sin tener un plan B y se equivocó al intentar hacer creíble la ficción de que David podía derrotar a Goliat.

A pesar de todo, es muy probable que Tsipras revalide su mandato. Las próximas elecciones griegas serán un excelente laboratorio para saber si los votantes griegos priman la (i)responsabilidad de sus gobernantes sobre su (in)coherencia ideológica, o viceversa. Esta vez Tsipras podrá atribuir su fracaso al deficiente diseño del euro, a la esclerótica forma de tomar decisiones del Eurogrupo, al egoísmo alemán, podrá, incluso, culpar al terrorismo financiero de la troika de todo los males de Grecia. Pero por muchas razones (y no todas atribuibles a él) lo que ya no podrá hacer es cambiar la historia. Grecia está hoy peor que cuando él asumió el poder y nada indica que el próximo primer ministro tenga en sus manos el poder suficiente para revertir esta situación.

Fuente: http://www.politicaexterior.com/actualidad/la-metamorfosis-de-alexis-tsipras/

Sobre la intervención del ejército ruso en la guerra de Siria

El motivo de las líneas que siguen no es compartir información sino compartir dudas sobre un artículo de Thierry Meyssan que publicamos recientemente (Oficiales rusos llegan a Siria para dirigir la guerra contra el Califato Islámico) que, sin duda alguna, es una noticia de gran alcance. Sin embargo, los medios rusos y simpatizantes con Rusia la han puesto en duda.

Pero no es eso lo que nos plantea dudas. Para nosotros la noticia es cierta y la hemos contrastado por varias fuentes muy distintas. Nuestras dudas proceden de las reacciones o, mejor dicho, de la falta de reacciones ante esa noticia, que supone un giro estratégico en Oriente Medio. Si la noticia es cierta, sorprende que Estados Unidos e Israel no hayan puesto el grito en el cielo, por más que uno de los aspectos sorprendentes de la noticia es que la participación de Rusia en la guerra de Siria se anunció previamente a Washington y Meyssan llegó a decir que estaba “coordinada” con Estados Unidos.

¿Qué está pasando realmente en Siria? No lo sabemos. Desde luego que el papel de Rusia en Oriente Medio es cada vez más importante y que si Rusia no aplasta ahora al Califato Islámico en Siria se lo va a encontrar dentro de sus fronteras próximamente.

Pero, en definitiva, la intervención rusa en Siria consolida la situación del gobierno de Al-Assad, por lo que la política de Estados Unidos, Francia y otras potencias cosecha un fracaso estrepitoso. ¿Cómo es, pues, posible que los medios no nos hayan servido la correspondiente campaña de noticias sobre el “expansionismo ruso”? Lo tienen muy fácil: la intervención rusa se llevaría a cabo con el aval del gobierno de Siria (una dictadura), pero sin el de la ONU…

Hemos seguido el rastro de la noticia. Nosotros publicamos la fuente de la misma, Thierry Meyssan, que la publicó en Voltaire el 24 de agosto. Cuatro días después la confirma Guy Taylor en el Washington Times de una manera indirecta. Taylor dice que la Casa Blanca está presionando a Putin para lograr una cooperación que estabilice la zona. Con ese propósito, ese mismo día Michael Ratney, delegado especial de Estados Unidos para Siria, viajaba a Moscú. Aunque el artículo no hablaba para nada de tropas rusas en Siria, dejaba claro un intento de conciliación por parte de Estados Unidos hacia Rusia, al menos en el asunto de Siria. Es más: da la impresión de que es Obama quien quiere que Rusia vaya a combatir a Siria.

Lo mismo cabe decir de un medio israelí como Ynet (Yedioth Ahronot), que el 2 de setiembre no sólo admite la noticia como buena sino que añade algunos detalles, como que los rusos ya están en Siria o la intervención de Irán, para acabar de una manera complaciente con tal situación que, según nuestro punto de vista, puede llevar a un choque con la aviación israelí. Por lo tanto, tampoco Israel parece tomarse la noticia como un revés.

A partir de entonces, una serie de medios muy solventes (Infowars, Zero Hedge, Daily Beast) reproducen la información y otro medio israelí, DebkaFiles, sigue aportando nuevos datos que la confirman. Según DebkaFiles el tinglado puesto en pie por el imperialismo, el mando conjunto de Estados Unidos, Israel, Jordania y la “oposición siria moderada”, para mantener la guerra ha fracasado. La única manera de solventar la situación, según DebkaFiles, es la participación rusa. ¿Se ha convertido Rusia en la tabla de salvación de Oriente Medio?

Pero DebkaFiles pasa por alto que una estrategia, la del mando conjunto, tiene por objeto acabar con Al-Assad y Hezbolá, mientras que los rusos lo que pretenden es acabar con el Frente Al-Nosra y el Califato Islámico para respaldar la situación de los otros dos, es decir, que se trata de estrategias contrapuestas.

Por su parte, los medios más cercanos a Rusia manifiestan su escepticismo o niegan la intervención militar. El 1 de setiembre Russia Insider y Saker niegan que Putin vaya a arriesgar la vida de un solo aviador ruso en Siria, cuya guerra consideran como un “asunto interno”. Rusia tiene una mala experiencia con los islamistas en su propio suelo. En su apoyo, estos medios citan fuentes del ejército ruso que descartan tal intervención.

Russia Today da un paso más y pide explicaciones al periodista de Ynet, Alex Fishman, por las fuentes de la información, a lo que el israelí se niega. No obstante, afirma que la filtración procede de “diplomáticos occidentales”.

Por su parte, para corroborar la información, Sputnik se dirige a Mark Toner, un portavoz oficial del Departamento de Estado, quien confirma que la posición de la Casa Blanca es la de estimular una mayor implicación de Rusia en la guerra de Siria. Pero Toner no confirma la noticia. Dice que su país no sabe nada. ¿Los satélites de la NSA no son capaces de detectar a 3.000 soldados rusos en Siria? Lo sabe pero no quiere decirlo.

En una entrevista con Russia Today, Richard Spencer, de Alternative Right, lanza un ataque furibundo contra Ynet, calificando la noticia como propaganda de guerra: los rusos no están ni se les espera en Siria. Es el único que ha utilizado un tono agresivo, lo cual también es sorprendente. Por una vez, y sin que sirva de precedente, la falta de agresividad es característica en las informaciones de ambos bandos. ¿Se han opuesto de acuerdo estadounidenses y rusos sobre Siria?, ¿quieren que la intervención de los rusos se haga de manera discreta?

Aunque el asunto no está nada claro, la respuesta tiene que ser negativa. La explicación es que ambas partes están de acuerdo en hacer pasar un giro estratégico en Oriente Medio como algo banal e irrelevante.


Antes de Afganistán, la última vez que sucedió algo parecido fue en 1973, en tiempos de la URSS, cuando durante la guerra del Yom Kippur las fuerzas del general Sharon atacaron en el Sinaí al ejército egipcio, amenazando con aniquilar por completo al III Cuerpo. La URSS anunció que se disponía a intervenir para evitar dicha matanza, ante lo cual Estados Unidos se puso en DefCon-3, es decir, en disposición de lanzar misiles nucleares sobre el ejército soviético. Como en Cuba diez años antes, la situación se solucionó cuando Sharon sacó a su tropas del Sinaí y los soviéticos metieron a sus fuerzas aerotransportadas en sus cuarteles.

Desde nuestro punto de vista, tenemos la impresión de que hay un principio de acuerdo sobre Oriente Medio, del que no sabemos los términos, aunque posiblemente alcanza también a Irán. El motivo del secreto es ese disimulo tan frecuente en los medios: jamás puede parecer que Estados Unidos, Francia e Israel han fracasado en algo, ni tampoco que los rusos sean nunca salvadores de nada sino sólo agresores.

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