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Día: 1 de julio de 2015 (página 1 de 1)

La Unión Europea: un sueño nazi hecho realidad

[…] No solo los nazis, sino los fascistas y los colaboracionistas de muchos países europeos utilizaron el europeísmo para justificar la agresión. Los nazis, los vichystas, los fascistas italianos y muchos otros pasaron muchos años antes y durante la guerra elaborando sofisticados programas de integración política y económica de Europa…

[…] El plan de Hitler de establecer una sola entidad política en toda Europa, su necesidad de buscar respaldo en los propios países ocupados, y muchos elementos centrales de la filosofía nazi, todo ello formaba parte de su pensamiento europeísta.

Los proyectos elaborados por los nazis proclamaban que los estados miembros de la futura Confederación Europea tenían que asegurar que en su territorio no se cometieran actos incompatibles con la solidaridad europea y las obligaciones europeas. En 1943 en una Nota sobre la fundación de una Confederación Europea, Cecile von Renthe-Fink, que ocupaba el rango diplomático de ministro con Hitler, sostenía que las naciones europeas tenían un desarrollo común; decía que Alemania deseaba unir a Europa sobre una base federal; proclamaba que no había intención de inmiscuirse en los asuntos internos de otros países: “Lo único que se requiere de los estados europeos es que sean miembros leales y proeuropeos de la comunidad y colaboren voluntariamente en sus tareas […] El objeto de la cooperación europea será promover la paz, la seguridad y el bienestar de todos los estados europeos y su población”. No se trataba de que un estado o grupo de estados dominara a otros sino de que se establecería una relación de alianza y lealtad mutua en vez de los métodos imperiales de la era anterior. En un tono similar, Werner Daitz declaraba que Europa no se puede administrar de forma centralizada: se debe conducir de modo descentralizado.

Una versión avanzada del plan nazi sobre la futura Confederación Europea volvía sobre el tema del federalismo con la esperanza de encontrar así una solución a la rivalidad entre las potencias imperialistas europeas. Argumentaban que el problema europeo era que una multiplicidad de pueblos tenía que vivir en una superficie relativamente reducida en una combinación de unidad e independencia:

“Su unidad debe ser tan firme como para que nunca más pueda haber guerra entre ellos y los intereses externos de Europa se puedan salvaguardar en su conjunto. Al mismo tiempo, los estados europeos deben conservar su libertad e independencia, para actuar de acuerdo con sus diferentes situaciones y misiones nacionales y cumplir su función particular dentro del marco más amplio, en un espíritu alegre y creativo. La fuerza y la seguridad de Europa no dependen de la subordinación impuesta o exigida por una potencia europea a la otra, sino de la unión de todos. El problema europeo solo se puede resolver sobre una base federal por la cual los estados europeos resuelvan por libre voluntad, basados en un reconocimiento de esta necesidad, unirse en una comunidad de estados soberanos. Esta comunidad se puede designar confederación europea”.

Hasta la hoy famosa y fracasada Constitución Europea es una iniciativa de los nazis. El borrador nazi de Constitución para la Nueva Europa proclamaba el derecho de cada país a organizar su vida nacional como considere adecuado, siempre que respete sus obligaciones hacia la comunidad europea. Otros documentos repetían la misma idea. La actual guerra es también una guerra por la unidad y libertad de Europa, escribió Renthe-Fink:

“Sus objetivos son crear y garantizar una paz duradera para los países europeos […] eliminar las causas de las guerras europeas, sobre todo el sistema de equilibrio de poder […] superar el particularismo europeo mediante la cooperación libre y pacífica entre los pueblos europeos. La lealtad a Europa no significa sujeción sino cooperación franca basada en igualdad de derechos. Cada pueblo europeo debe participar a su manera en la nueva Europa. El único requerimiento es que los estados europeos sean francamente leales a Europa, de la cual son miembros”.

Finalmente, Renthe-Fink añadía: “Cada estado continental debe permanecer consciente de su responsabilidad hacia la Comunidad Económica Europea”. El autor de los proyectos hitlerianos sostenía que no deseaba una burocracia supranacional, ni siquiera un sistema de conferencias intergubernamentales. Cualquier pretensión supranacional podía generar sospechas hacia las ambiciones imperialistas alemanas.

El europeísmo nazi

El europeísmo es, pues, un invento nazi; ellos fueron los primeros en elaborar planes (económicos y políticos) de integración europea. Si extractáramos algunos discursos de la época de Hitler, Goebbels, Ribbentrop y otros dirigentes nazis sin mencionar la fuente, muchos pensarían que son actuales y que se trata de parlamentarios de la eurocámara.

Mucho antes de llegar al poder, en 1932, el dirigente nazi Alfred Rosenberg ya asistió a un congreso de Europa en Roma. Luego Hitler y todos sus portavoces hicieron frecuentes referencias a Europa durante su época de dominación terrorista, incluso antes de la guerra. Hay varias compilaciones, entre ellas un libro profusamente ilustrado, titulado simplemente Europa, cuya introducción escribió Ribbentrop. En 1937, por ejemplo, declaró en el mitin del partido nazi en Nuremberg que quizá estemos más interesados en Europa de lo que otros países necesitan estarlo. Nuestro país, nuestro pueblo, nuestra cultura y nuestra economía han surgido de condiciones europeas generales. En consecuencia, debemos ser enemigos de cualquier intento de introducir elementos de discordia y destrucción en esta familia europea de pueblos.

Poco después, en 1938, Rudolf Hess organizó una presentación en el Congreso del partido nazi, llamada La lucha por el destino de Europa en el Este, que explicaba por qué la colonización alemana de Rusia llevaría la civilización europea a los bárbaros eslavos.

En 1940 Joseph Goebbels dijo: “Estoy convencido de que dentro de cincuenta años la gente ya no pensará en términos de países”. El jefe nazi de propaganda creía que el federalismo alemán podía ser un modelo para Europa porque la absorción de los estados alemanes por parte del imperio alemán había funcionado. Así los estados europeos se podían integrar armónicamente sin atentar contra su identidad: “Si nosotros, con nuestra perspectiva de la Gran Alemania, no tenemos interés en atentar contra las peculiaridades económicas, culturales o sociales de, por ejemplo, los bávaros y los sajones, tampoco tenemos interés en atentar contra la individualidad económica, social o cultural de, por ejemplo, el pueblo checo”.

Los lacayos europeos de los nazis también aceptaban que Alemania era un modelo: Vidkun Quisling declaró que la Confederación Alemana podía servir como modelo para la cooperación con otros estados europeos. Goebbels aseguraba que “nunca hemos tenido la intención de imponer por la fuerza este nuevo orden o reorganización de Europa. De ningún modo debéis pensar que cuando los alemanes traemos un nuevo orden a Europa lo hacemos con el propósito de sofocar a otros pueblos”. Se explayaba sobre el carácter realista de la integración europea: “A mi juicio la concepción que una nación tiene respecto de su propia libertad se debe armonizar con los hechos actuales y las simples cuestiones de eficiencia y propósito. Así como ningún miembro de una familia tiene derecho a turbar la paz por motivos egoístas, no se puede permitir que ninguna nación europea se interponga en el camino de un proceso general de organización”. En el mismo tono, un funcionario del ministerio nazi de Empleo declaró que Alemania podía afirmar que no estaba luchando por sí misma, sino por Europa. Una versión del proyecto nazi de Confederación Europea sostenía que el papel de Alemania en Europa consistía en reconciliar los intereses particulares de los estados europeos con los intereses de Europa en su conjunto. A esta aspiración se sumaba la opinión de que los intereses y necesidades de Alemania están esencial e inseparablemente ligados con los de Europa.

Con frecuencia los nazis enfatizaban que los estados debían unirse voluntariamente a la nueva Europa. “Liderazgo no significa dominación sino protección externa y responsabilidad interna”, era su consigna. Hitler y Mussolini no querían sometimiento sino cooperación sincera: “Todos los pueblos europeos que se han probado históricamente son bienvenidos como miembros de la nueva Europa. Su desarrollo nacional y cultural en libertad e independencia está garantizado”. Cínicamente alegaban que los ejemplos de Finlandia, Hungría, Bulgaria, Rumanía, Croacia y Eslovaquia, países militarmente ocupados todos ellos, demostraban que no había intención de intervenir en los asuntos internos de otros estados: “Nuestro único requerimiento es que los estados europeos sean miembros sinceros y entusiastas de Europa”. Los imperialistas alemanes creyeron encontrar, por fin, un nuevo modo de dirigir Europa sin dominarla: “La idea del liderazgo, que será el concepto dominante de la nueva vida internacional de Europa, es la negación de los métodos imperialistas de una época pasada: significa reconocimiento de la confiada cooperación de estados menores e independientes para abordar las nuevas tareas comunales”.

De la misma manera, Arthur Seyss-Inquart escribió que nadie deseaba ver una Europa dominada por Alemania: “Nuestro único deseo es que surja una Europa que sea realmente europea y consciente de su misión europea”. Después de la invasión de la Unión Soviética, Signal, un periódico de circulación masiva en los tiempos gloriosos del III Reich, señaló también que no habría una Europa alemana: “En realidad los soldados del Reich no solo defienden la causa de su patria sino que protegen cada nación europea digna de ese nombre”. El problema estaba en quienes no eran dignos de ese nombre…

Una constante en la estrategia imperialista nazi consistía en hablar de sus socios y vecinos y pregonar la idea de que la búsqueda común de intereses compartidos había reemplazado a la rivalidad y la competencia capitalistas. Los hitlerianos también fueron pioneros de la globalización y dedicaron mucha atención a asuntos como el sentido europeo de comunidad. Anton Reithinger, gerente del monopolio I. G. Farben, en la conferencia de la Comunidad Económica Europea de 1942, habló del equilibrio entre los diversos intereses de los socios del espacio económico europeo, por una parte, y los intereses comunes de todos los pueblos europeos, por la otra: “Para poner estos intereses en práctica se requiere […] una creencia en la idea europea y en la misión europea de Alemania”.

Los arquitectos de la Nueva Europa

Pero las múltiples declaraciones nazis que se puedan aportar son muy poco comparadas con los planes concretos que dibujaron para la integración económica y política de Europa. No hablamos de que se parezcan a las que luego se pusieron en práctica tras la guerra; lo que estamos diciendo exactamente es que son las mismas, es decir, que la Unión Europea fue diseñada por los nazis.

Los planes nazis de integración europea eran tanto políticos como económicos. Como dijo Heinrich Hunke, se reconoce la necesidad de un orden político para la cooperación económica de los pueblos. Desde mediados de 1941 Goebbels comenzó a intervenir más en la cuestión europea y le dedicó numerosos discursos, mítines y artículos periodísticos. Llenó las páginas de su semanario Das Reich con consignas europeístas: La nueva Europa, El nuevo orden europeo, el Lebensraum de Europa o La visión de una nueva Europa. Entretanto, Ribbentrop señalaba que la lucha contra el bolchevismo, que unía a muchos pueblos del este de Europa, evidenciaba “una creciente unidad moral de Europa dentro del Nuevo Orden que nuestros grandes líderes han proclamado y preparado para el futuro de las naciones civilizadas. Aquí se encuentra el sentido profundo de la guerra contra el bolchevismo. Es signo de la regeneración espiritual de Europa”.

Dentro del Ministerio del Exterior, ese interés culminó con la creación de un comité de Europa en el otoño de 1942. Integraban el comité funcionarios del Ministerio del Exterior y expertos del Instituto para el Estudio de Países Extranjeros. Las luminarias eran Alfred Six, director del Instituto de Asuntos Exteriores -que organizó en 1941 una conferencia llamada La nueva Europa, para 303 estudiantes de 38 países- y Werner Daitz.

En marzo de 1943, se habían trazado planes muy avanzados para una confederación europea. Esos planes adoptaron la forma de constituciones y tratados que delineaban las competencias y la estructura de la futura confederación. El 21 de marzo de 1943 Ribbentrop escribió una nota que comienza así: “Soy de la opinión de que, como ya le he propuesto al Führer en mis actas anteriores, deberíamos proclamar cuanto antes, en cuanto hayamos alcanzado un éxito militar significativo, la Confederación Europea en forma muy específica”. Lo único que paralizó a los nazis en la proclamación oficial de su Confederación Europea fue que el éxito militar significativo que Ribbentrop esperaba no se produjo y las hordas hitlerianas fueron aplastadas en Stalingrado.

El plan de Ribbentrop proponía invitar a los jefes de los estados en cuestión (Alemania, Italia, Francia, Dinamarca, Noruega, Finlandia, Eslovaquia, Hungría, Rumanía, Bulgaria, Croacia, Serbia, Grecia y España) para firmar el instrumento que daría existencia a la Confederación. Junto al memorándum había un borrador que hablaba del destino común de los pueblos europeos y del objetivo de garantizar que nunca estallen guerras entre ellos. También preveía la abolición de barreras aduaneras entre los estados participantes.

En junio de 1943, un funcionario presentó los elementos básicos de un plan para la nueva Europa a un miembro del Comité de Europa. En medio de los habituales mentiras acerca del anhelo de paz de las naciones, la sección titulada La organización económica de Europa anticipaba un comercio basado en el principio de la preferencia europea frente a los países no europeos, con el objetivo de llegar a una unión aduanera europea, un centro de clearing europeo y tipos de cambio estables en Europa, con miras a una unión monetaria europea; y la armonización de las condiciones laborales, lo que parece querer decir que todos los trabajadores europeos deberían ingresar en campos de concentración. El proyecto también anticipaba conferencias en cada especialidad (trabajo, agricultura y demás) para decidir las políticas aplicables a toda la Confederación.

Este documento fue seguido en agosto de 1943 por una Nota sobre la fundación de una Confederación Europea en la que Renthe-Fink escribió:


“En la tremenda lucha por el futuro de Europa, los alemanes somos campeones de un nuevo y mejor orden donde todos los pueblos europeos hallarán un lugar legítimo y digno. Hasta ahora hemos evitado hacer una propuesta concreta en lo concerniente a la cuestión europea […] Si ahora presentáramos la idea de una solución confederada, basada en la libre cooperación entre naciones independientes, ella consolidaría la confianza de los pueblos europeos en nuestra política y aumentaría su voluntad de seguir nuestra guía y trabajar por nuestra victoria”.

Aunque los principios encarnados en el acto constitutivo de la Confederación Europea anexos al memorándum especificaban que la Confederación era una comunidad de estados soberanos que se garantizaban mutuamente la libertad y la independencia, está claro que, bajo la batuta hitleriana, la confederación ejercería un control casi total sobre los asuntos internos de sus estados miembros: “La economía europea será planificada conjuntamente por los estados miembros según sus intereses comunes y nacionales, decía el documento. El objetivo era incrementar la prosperidad material, la justicia social y la seguridad social en los estados individuales, y desarrollar los recursos materiales y laborales de Europa […] para proteger la economía europea de las crisis y las amenazas económicas externas. Sugería que las barreras aduaneras que impiden aumentar el comercio entre los miembros de la Confederación se eliminarán gradualmente y que el sistema intraeuropeo de comunicaciones por ferrocarril, autopistas y vías fluviales y aéreas se desarrollará de acuerdo con un plan unificado”.

El plan europeo de integración de Renthe-Fink preveía la necesidad de un Consejo Económico compuesto por representantes de los estados miembros, el cual se dividiría en comités destinados al comercio, la industria y la navegación, los asuntos de economía y moneda, las cuestiones laborales y sociales, la alimentación, la agricultura y los bosques. El documento repetía los objetivos definitivos de la Confederación:

“La solución de los problemas económicos, con miras a la inmunidad frente a un bloqueo; la regulación del comercio sobre la base de la preferencia por Europa frente al resto del mundo, con miras a una unión aduanera europea y un mercado libre europeo; un sistema central de clearing europeo y tasas de cambio estables en Europa, con miras a una unión monetaria europea. Los objetivos incluirían la estandarización y mejoramiento de las condiciones de empleo y seguridad social, así como la planificación de largo plazo de la producción industrial, agropecuaria y forestal
”.

Como vemos, la producción agropecuaria ocupaba un lugar prominente en los documentos nazis sobre Europa. Era preciso que la agricultura europea fuera autosuficiente.

Los documentos nazis también manifestaban que la integración de Europa era inevitable a causa del desarrollo tecnológico. Solían sostener que la fragmentación de los recursos económicos de Europa era un grave obstáculo para la prosperidad y el progreso social de los diversos países. Se requería coordinación y planificación económica: “Con el objeto de alentar el comercio mutuo y crear un gran mercado europeo, se eliminarán progresivamente las aduanas y otras barreras entre los países”.

Otro proyecto nazi es lo que cincuenta años después los europeístas llamaron redes transeuropeas, una avanzadilla de la modernidad actual. Según Renthe-Fink, la experiencia ha mostrado que el actual sistema de comunicaciones de Europa es inadecuado para el aumento de la demanda. La red interna de ferrocarriles, carreteras y líneas aéreas se desarrollará de acuerdo con un plan común. También el ministro vichysta Jacques Benoist-Méchin, lamentaba la centralización del sistema de transporte francés, como si París fuera el único centro del mundo, y exigía nuevas arterias que se conectaran con las carreteras alemanas e italianas para dar a la infraestructura de transporte de Francia un carácter genuinamente europeo. Un orador de la conferencia sobre la Comunidad Económica Europea proclamó que el futuro pertenece al transporte motorizado.

Las sorpresas de los adelantos nazis no tienen fin. Otro ejemplo es el Tratado Europeo contra el terrorismo de 1977, que está literalmente extraído del Pacto entre Hitler y Mussolini, el llamado Pacto Antikomintern, el acuerdo contra los comunistas. Por eso cuando Rumanía se incorporó a la Unión Europea, emitió una declaración contra el comunismo y, al mismo tiempo, rehabilitó con todos los honores la figura de Antonescu, la versión local de Hitler, Mussolini y Franco.

Europa es justamente eso y nada más que eso.

Fuente: la censurada web antorcha.org

Ruanda según la Audiencia Nacional: el mundo al revés

John Carlin

Podemos suponer que el juez Fernando Andreu de la Audiencia Nacional española reaccionó como casi todo el mundo a los atentados yihadistas que el viernes se cobraron 66 vidas en tres continentes. Lo que no podemos suponer es que el juez Andreu, que fue noticia la semana pasada por su loable pretensión de utilizar el vigor de la ley española contra el terrorismo internacional, hubiera reaccionado con similar estupefacción hace exactamente 21 años cuando se estaba llevando a cabo una de las grandes atrocidades del siglo XX, el genocidio de Ruanda.

Esto es curioso por dos motivos. Primero, porque en abril, mayo y junio de 1994, cuando el juez Andreu ya era mayor de edad y estaba capacitado para leer periódicos, la gente moría en Ruanda a un ritmo no de 66, sino de 8.000 personas al día, liquidadas casi todas con un sadismo que supera la imaginación del yihadista más psicópata. Segundo, porque cabe pensar que el juez Andreu algo sabe de Ruanda, ya que en 2008 inició un proceso judicial contra 40 militares ruandeses que él acusa, entre otros crímenes, de genocidio. El juez fue noticia el lunes pasado a raíz de que uno de los 40, un general llamado Karenzi Karake, fue detenido en Londres a petición suya para que compareciera ante un tribunal español.

El problema es que el juez Andreu cometió un error cuando escribió su sumario hace siete años: se equivocó de genocidio. De las 181 páginas del sumario solo se puede desprender una conclusión: que una fuerza armada liderada por la minoría tribal tutsi se propuso exterminar a la mayoría tribal hutu. Lo cual está tan lejos de la verdad como decir que los responsables del genocidio durante la Segunda Guerra Mundial fueron no los nazis, sino los aliados.

El sumario del juez Andreu empieza con una resumida versión de la historia de Ruanda a partir de 1990. Dice que en aquel año un grupo “terrorista” inició “una serie de actividades de carácter criminal”. Se refiere al Frente Patriótico Ruandés (FPR), un movimiento rebelde predominantemente tutsi cuyo objetivo era derribar al Gobierno, compuesto por miembros de la etnia dominante hutu. El juez Andreu escribe en el tercer párrafo de su sumario que en 1994, “mediante la violencia”, el FPR obtuvo el poder. Esto es verdad, como lo es que los aliados derrotaron a los nazis “mediante la violencia” en 1945. Lo que omite mencionar el juez Andreu es que si el FPR no hubiese tomado el poder el 4 de julio de 1994, poniendo fin a un genocidio que acabó con las vidas de más de 800.000 personas en 100 días, casi todos asesinados a machetazos, el régimen hutu hubiera cumplido con su sistemática misión exterminadora y matado a todos los tutsis que aún quedaban vivos […]

A continuación, el juez Andreu dice en su sumario que el nuevo Gobierno del FPR pretendió “la eliminación de la etnia mayoritaria”, o sea los hutus, afirmación manifiestamente absurda ya que, entre muchas otras cosas, el FPR encarceló a 120.000 hutus que presuntamente participaron en las masacres de los tutsis, el 90% de los cuales hoy han sido liberados.

[…] Gourevitch, que ahora trabaja en un segundo libro sobre Ruanda, dijo que el juez Andreu había presentado “una visión del mundo al revés, una ficción tóxica, objetivamente demencial”. Gourevitch me remitió a un cable clasificado filtrado por Wikileaks en el que el embajador estadounidense en Ruanda en 2008 describe el sumario del juez Andreu como “escandaloso y erróneo”. El cable del embajador agrega: “El proceso español a los 40 militares ruandeses ofrece una versión irreconocible de uno de los episodios más dolorosos y violentos de la historia de Ruanda, distorsionando la verdad establecida, inventando matanzas”.

[…] Los parientes y amigos de tres cooperantes españoles asesinados en Ruanda en enero de 1997, la razón por la cual el juez Andreu tiene jurisdicción sobre ciudadanos ruandeses, también desearán que se haga justicia. Pero no será posible debido a que el proceso abierto por el juez Andreu carece totalmente de credibilidad.

El juez Andreu nunca llegará a la verdad porque la interpretación histórica y política en la que se fundamentan sus investigaciones es poco más fiable que la interpretación que podría haber dado Joseph Goebbels del papel nazi en Europa entre 1939 y 1945. ¿Qué dirían los españoles, se pregunta uno, si un juez ruandés se propusiera investigar el “genocidio” llevado a cabo en la Guerra Civil española y se limitara a pormenorizar las atrocidades cometidas del lado republicano, presentando a los agresores del bando franquista como inocentes víctimas? Lo que diría todo el mundo. Que es una distorsión de la verdad, un escándalo, una locura y, ante todo, una ridiculez.

Fuente: http://internacional.elpais.com/internacional/2015/06/28/actualidad/1435521693_245519.html

(¿La Audiencia Nacional lo cuenta todo al revés? Nos suena bastante a algunos casos que conocemos…)

El dinero del espíritu

Juan Manuel Olarieta

La lógica, escribió Marx, es el dinero del espíritu. De una manera muy típica en él, ponía de manifiesto que, de la misma manera que mediante el dinero las personas intercambian mercancías, mediante la lógica intercambian pensamientos, “mercancías espirituales”. Naturalmente, de ahí se deduce que el pensamiento no es otra cosa que un intercambio entre las personas. También en el pensamiento hay un comprador y un vendedor que oponen sus tesis y sus argumentos.

La mayor parte de las veces consideramos el pensamiento como una serie de postulados sobre algo, descuidando que el pensamiento también trata sobre sí mismo, y ese el significado de la lógica, que se puede definir como una ciencia cuyo objeto es el pensamiento. Es, pues, un error añadirle a la lógica el calificativo de “formal”, como si fuera algo vacío de contenido, pura “forma” porque el propio hecho de separar el contenido de la forma es un error. La lógica no está vacía de contenido porque su contenido es el pensamiento o, como la llamaba Engels, “la teoría pura del pensamiento”.

El calificativo de “formal” se utiliza tambien para oponer la lógica a la dialéctica. En la enseñanza la lógica dialéctica ha desaparecido y toda la lógica es lógica “formal”. También hay manuales seudomarxistas que llevan a cabo ese tipo de exclusiones, calificando a la lógica “formal” de “burguesa” y afirmando que toda la lógica es dialéctica.

Con la lógica también se planean ese tipo de dilemas ridículos, del tipo: niño, ¿a quién le quieres más?, ¿a tu padre o a tu madre? Es como si en una boda alguien tuviera que optar por grabarla en vídeo o sacar fotos. Pues la lógica “formal” es una foto del pensamiento y la dialéctica es el vídeo. Si de una boda alguien cree que toda la ceremonia se redujo al instante fotográfico de cortar la tarta, incurre en un error. Pero si otro opina que la única manera de analizar un boda es mirar el vídeo, se perderá muchos detalles importantes que sólo se aprecian en una buena foto.

Los principios que gobiernan la lógica son la identidad y la contradicción.

El principio de identidad, que se expresa con la fórmula “A=A”, significa que toda cosa es igual a sí misma; expresa la coherencia de que una cosa es siempre la misma y no cambia, así como la repetición, la circularidad, una “foto fija”, el momento estático del conocimiento. Hoy alguno diría que es como un “selfie”. Más que estática es el éxtasis mismo.

Es algo tan amplio que lo dice todo y, por lo tanto, al mismo tiempo, no dice nada. Parece algo vacío, puramente “formal”. Como el pensamiento refleja la realidad, el principio de identidad refleja lo absoluto, una abstracción o una tautología.

No obstante, en la inferencia científica la identidad desempeña un papel importante en las definiciones y, por lo tanto, en los conceptos, que deben permanecer idénticos a sí mismos para preservar la coherencia interna y no hay nada que arruine más una argumentación que su propia inconsistencia. En el lenguaje corriente decimos que una tesis es “lógica” o que es “de cajón” porque se desprende de manera directa de otra, porque no se contradice con ella.

La consistencia se equipara a la ausencia de contradicciones, por lo que en su sentido habitual la lógica se sustenta sobre la no-contradicción y en ese sentido se opone a la dialéctica, que se apoya sobre lo contrario.

Por ejemplo, uno de los santones más importantes del imperialismo moderno, Karl Popper, sostuvo que la dialéctica y la lógica “formal” se excluyen entre sí porque una se basa en la contradicción y la otra en la no-contradicción. La ciencia, decía Popper, no se puede sostener sobre contradicciones y eso es lo que la diferencia de la seudociencia, que es contradictoria. Con su argumento Popper quería llegar a la concluir que el marxismo no es científico, puesto que defiende las contradicciones. Luego el marxismo es una seudociencia.

Las tesis de Popper llevan a la paranoia moderna contra las seudociencias, que se pone de manifiesto en la difusión que tiene actualmente en los manuales de divulgación y en los blogs sobre “ciencia” que proliferan en internet. Además de una variante rancia de idealismo objetivo, la tesis de Popper es una verdadera estupidez.

Los principios de identidad y no-contradicción de la lógica se resumen en el postulado del tercio excluso: si una tesis es verdadera, su contraria es necesariamente falsa; entre la verdad y la mentira no hay un término medio (“tertium non datur”). Es la manera corriente en la que se plantean la mayor parte de las discusiones. Las cosas son o no son, son una cosa o son otra, pero no ambas  al mismo tiempo. El lenguaje coloquial también expresa de manera muy gráfica ese tipo de construcciones lógicas: “son lentejas”, “son habas contadas”, “no hay más cera que la que arde”

La identidad aúna el conjunto de rasgos que individualizan a una cosa frente a las demás y el lenguaje la expresa por medio del verbo ser y la estructura gramatical de sujeto y predicado del tipo “el imperialismo es la fase superior del capitalismo”. Entonces la identidad se puede escribir:

imperialismo = fase superior del capitalismo

Tal y como Lenin lo define, el imperialismo se diferencia de un capitalismo sin monopolios y sin capital financiero. Sus rasgos se referencian en oposición a su contrario. La identidad, pues, no excluye la diferencia sino que es la unidad con esa misma diferencia. No se puede concebir sin la diferencia. Cada cosa se define por oposición a todas lo demás cosas que no son ella misma. El imperialismo sólo se puede entender por referencia al capitalismo premonopolista, una curva se define por oposición a una recta y un animal de una planta.

Toda identidad es relativa, una aproximación. Aunque los científicos creen que trabajan con la realidad misma, con los “hechos”, en realidad utilizan una simplificación, un esquema. Toman algunos hechos y dejan otros aparte. En determinadas circunstancias, “para el uso cotidiano de la ciencia”, dice Engels (1), es suficiente con el empleo de categorías rígidas que convierten en absoluto algo que es sólo relativo y aproximado. Es algo característico también de ciencias abstractas, como la lógica “formal”, la teoría de conjuntos, la axiomática, la matemática o los programas informáticos.

Al considerarla como algo absoluto o abstracto, la identidad prescinde del cambio, de la evolución y del tiempo. Es lo que Frege, uno de los fundadores de la lógica moderna, calificó como “los mojones clavados en un suelo eterno”(2). Ese tipo de pensamiento metafísico concibe el mundo como una “foto fija” en donde las cosas no cambian, siempre son iguales a sí mismas. Es propio de quienes dicen cosas como que “siempre ha existido y siempre existirá el imperialismo”, a diferencia de Lenin que le otorga un carácter temporal: el imperialismo es una “fase” dentro un proceso social y económico en desarrollo.

Si hay cambio es porque la identidad es relativa. Llegado un punto las cosas dejan de ser lo que eran y se convierten en algo distinto. El cambio es consecuencia de la contradicción y en referencia a la lógica llamada “formal” hay que tener presente que, a pesar de los esfuerzos por sacar las contradicciones de su seno, la no-contradicción conduce a la contradicción. Es la lección que la lógica ha aprendido desde finales del siglo XIX. Lo llaman de muchas maneras distintas, como antinomias o paradojas, pero aunque la mona se vista de seda… Ni siquiera la lógica “formal” puede prescindir de las contradicciones.

Pero no sólo la no-contradicción conduce a la contradicción, sino que empieza por la contradicción, como expone la obra del matemático checo Bolzano significativamente titulada  “Paradojas del infinito”, publicado tras su muerte en 1854. El concepto de infinito, en cualquier clase de ciencia, pero sobre todo en la matemática, es dialéctico, contradictorio y paradójico.

El sueño de la lógica “formal” acabó en 1929 con el Teorema de Gödel, que demostró que la aritmética no puede ser, a la vez, consistente y completa. Fue el golpe más duro para el programa utópico que el idealismo objetivo perseguía. La dialéctica extiende el Teorema a cualquier clase de ciencia. Ningún conocimiento es exhaustivo, el saber es inagotable, siempre avanza y progresa. Además, ningún conocimiento está exento de contradicciones, incoherencias o paradojas. Ni siquiera la lógica.


(1) Engels, Dialéctica de la naturaleza, pgs.170-173
(2) Frege, Las leyes fundamentales de la aritmética, pg.139.

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