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Día: 15 de marzo de 2015 (página 1 de 1)

Ni victoria ni derrota, sino todo lo contrario

Juan Manuel Olarieta
El viernes el director de la CIA John Brennan dijo ante el Consejo de Relaciones Exteriores que Estados Unidos no pretende el hundimiento del gobierno de Damasco porque dejaría el campo libre al Califato Islámico, y mencionó a Rusia expresamente para decir que Putin tampoco lo quiere.
Las palabras de Brennan suscitan dos tipos de conclusiones, de las que eliminaré toda referencia al hecho de que el Califato Islámico no es otra cosa que un brazo de los propios imperialistas.
La primera de ellas es que teníamos razón todos los que hemos venido asegurando que en Siria no había una «oposición moderada», es decir, que a partir de 2011 la alternativa a Al-Assad es el Califato Islámico y que la excusa imperialista de apoyar a la oposición moderada sólo servía para justificar el apoyo al Califato Islámico.
En una interesante entrevista en Alfadaiya, la televisión siria, el periodista libanés Nasser Kandil aseguró (1) que la atención puesta en los crímenes atroces del Califato Islámico ha sido tan intensa que a su lado el Frente Al-Nusra parece una organización moderada, o lo que es lo mismo: el Califato Islámico ha dejado a la rama siria de Al-Qaeda como una organización moderada.
Naturalmente que en Siria siempre ha habido una oposición al gobierno baasista, duramente reprimida. También es cierto que las reivindicaciones populares que desencadenaron las movilizaciones de 2011 eran y son justas. Pero me parece indiscutible que en 2011 el imperialismo se puso a la cabeza de la lucha contra el gobierno de Al-Assad y desencadenó una guerra, lo que cambió completamente la situación y, con ella, la naturaleza de la propia lucha contra el gobierno baasista.
De las palabras de Brennan se desprende que hoy no hay una tercera posición. No hay más alternativa al gobierno de Damasco que el Califato Islámico y que mientras esa situación no cambie, la batalla está planteada en esos términos y la posición del imperialismo está muy clara: aunque hablen de «oposición moderada» apoyan al Califato Islámico, apoyan el terrorismo y cada uno de sus horrendos crímenes.
La segunda deducción que se desprende de las palabras de Brennan es que, lo mismo que en otras regiones del mundo, desde Afganistán hasta Libia, al imperialismo no le interesa que en Siria ganen unos u otros. Ni siquiera le interesa ganar la guerra; lo que le interesa es la guerra misma. Es la política del caos controlado o, como dice algún medio, el «equilibrio dentro de la crisis».
Las palabras de Brenan me recuerdan a las que pronunció John Kerry en una reunión celebrada en julio de 2013 en el Palacio de Congresos del Mar Muerto, en Jordania: «Queremos evitar una situación de vencedores y vencidos en la region».
Este tipo de declaraciones explican mejor que nada las paradojas de las guerras, unas recientes y otras no tanto, en Oriente Medio, el norte de África y el Sahel: el imperialismo promueve el terrorismo fundamentalista al mismo tiempo que «lucha» contra él o, dicho en otras palabras, el imperialismo necesita sus propios enemigos en ciertas regiones del mundo. Necesita un cierto tipo de enemigos, aquellos que cumplen un cierto papel, que no es precisamente el de la lucha contra el imperialismo.
Ahora bien, en Oriente Medio funciona desde siempre el juego de las siete sillas: siempre hay un perdedor y la derrota del Califato Islámico en Siria va a tener una primera consecuencia inevitable: la de reconocer la victoria del gobierno de Damasco, que no sería más que el principio de otra serie de victorias en cadena, como la de Irán y, naturalmente, la de Hezbollah.
Por lo tanto, un desenlace así de la guerra de Siria llegaría muy lejos. ¿Qué pensarán en Tel-Aviv del fortalecimiento de Irán y Hezbollah?
Pero no sólo perdería Israel sino también los países del Golfo y, en particular, Arabia saudí, y sería su segunda derrota en muy poco tiempo. Ya había perdido en 2012 en Yemen.
En la entrevista Kandil sostiene que Turquía sería uno de los países más perjudicados por el nuevo reparto de cartas en Oriente Medio. La victoria kurda en Kobani es lo que Turquía había tratado de evitar. Por eso nunca formaron parte de la coalición internacional. Para la revista Newsweek (2), Turquía había instrumentalizado a los takfiristas para derrotar a los kurdos. Turquía está en el bando perdedor y acabará perdiendo Kurdistán. Tras su victoria los kurdos salen victoriosos, pierde el Califato Islámico, pierde Turquía… y posiblemente pierda también el gobierno de Damasco.
La derrota del Califato Islámico en Kobani pone en evidencia todas sus limitaciones y, lo que es peor, marca una pauta. No es fácil explicar qué motivos les llevaron a atacar la ciudad fronteriza kurda, pero es evidente que no fueron de tipo confesional. No tenían nada que ver con su salafismo. Pero tampoco tenía ningún sentido apoderarse de Quneitra o Tikrit.
La pregunta es relevante porque John Kerry había reconocido que Kobani no tenía un carácter estratégico (3). Sin embargo, para asaltar esa ciudad, el Califato Islámico tuvo que abandonar puntos que sí eran estratégicos, como Idleb o Alepo. Algunos dicen que quisieron obtener un paso fronterizo hacia Turquía. Pero ya tenían otros dos.
Hay quien sostiene que era una táctica de distracción, que el verdadero objetivo era atracar Bagdad, o bien que Kobani atrajo la atención hacia otras acciones de mayor envergadura en Irak.
Según Kandil el objetivo del Califato Islámico fue acercarse a Irbil, la capital del Kurdistán irakí, lo que tampoco tiene ningún objetivo confesional. Pero para el Pentágono Irbil, como Samarra, es un «muro de fuego», la línea que no se puede cruzar sin el debido salvoconducto.
No cabe duda de que la victoria kurda en Kobani ha fortalecido a Massud Barzani, el dirigente del autoproclamado Estado independiente kurdo de Irak. «La resistencia siria vencerá», aseguró Barzani. «Saldremos de esta guerra como vencedores». Pero los que se apuntan la victoria no son los kurdos de Siria sino los de Irak, las marionetas de Israel. Nada menos que 12 dirigentes kurdos le han rendido pleitesía a Barzani. Ya no es necesario que los takfiristas se hagan con Kobani.
Pero, ¿por qué han sido los kurdos irakíes los que se han apuntado la victoria en Kobani, y no los sirios?
Los policías de todos los países se preguntan: después de la derrota, ¿qué ocurrirá con los terroristas del Califato Islámico?, ¿a dónde irán?, ¿volverán a Londres?, ¿a París? A los del Califato Islámico no los quieren ni en Ryad, donde los jeques rezan para que la guerra de Siria no se acabe nunca. Es la manera de mantenerlos entretenidos.

(1) Alfadaiya, 9 de noviembre, https://www.youtube.com/watch?v=hpRL3c5Qm_Q
(2) ISIS Sees Turkey as Its Ally: Former Islamic State Member Reveals Turkish Army Cooperation, 7 de noviembre de 2014.
(3) Pourquoi Kobané n’est pas une ville stratégique pour les USA, http://tempsreel.nouvelobs.com/monde/20141009.OBS1700/pourquoi-kobane-n-est-pas-une-ville-strategique-pour-les-usa.html

La ley de la pauperización creciente

Hasta la crisis de 2007 la burguesía engañaba a los estudiantes de las Facultades de Economía asegurando que el capitalismo había creado una sociedad de abundancia que, además, nunca tendría fin. A diferencia del siglo XIX, vivíamos en la era del consumo y el bienestar.

Una vez más, las teorías burguesas se han dado de bruces con la realidad. Ya no engañan a nadie, por lo que todos vuelven sus ojos hacia Marx, quien demostró que el capitalismo es sinónimo de pauperismo, no como consecuencia de la crisis sino como una tendencia general e inevitable, es decir, como una auténtica ley del capitalismo. Marx la calificaba como una ley general de la acumulación capitalista.

El pauperismo no es un problema de nivel de vida, de comparación puramente cuantitativa de una época histórica con otra sino que tiene varias facetas distintas, de las que se pueden destacar tres.

1. El pauperismo internacional

El pauperismo supone, en primer lugar, un empeoramiento en las condiciones de existencia de los países dependientes. Son muchas las cifras que periódicamente se exhiben sobre esta cuestión, a cada cual más dramática y escandalosa. Con ello se demuestra que la diferencia entre las metrópolis imperialistas y los países dependientes se ensancha a pasos agigantados y que, además, las condiciones de existencia en estos países se deterioran progresivamente, con consecuencias que son sobradamente conocidas y no necesitan nigún tipo de aclaraciones.

El verdadero problema de los países dependientes no es sólo la carestía; no se trata de que no tengan sino de que deben. Con la crisis la deuda exterior de muchos países se ha multiplicado, asfixiando cualquier posibilidad de escapar del dogal en que están atrapados por las grandes potencias. La deuda exterior es un instrumento de dominación. Aprovechando su situación ruinosa, las potencias imperialistas y sus instituciones financieras (Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional) vienen imponiendo draconianas políticas de ajuste.

De ese modo, mientras los países dependientes padecen toda suerte de calamidades, cada vez más monstruosas, entre las grandes potencias aparecen sectores parasitarios y rentistas que acaparan fabulosas riquezas.

En las metrópilis imperialistas el pauperismo es compatible con la existencia de un reducido sector de obreros aristócratas. El imperialismo es un sistema de soborno de una parte de los trabajadores, de creación de una aristocracia obrera corrompida y cómplice de las maniobras de los monopolistas. Las crecientes dificultades del capital necesitan de auxiliares suyos dentro de las filas obreras: de los reformistas, de los sindicatos amarillos y otros colaboracionistas. El capitalismo actual ha entrado en su fase imperialista, caracterizada por la agonía, la decadencia y la putrefacción de todo el tejido social. En el plano político esta fase última del capitalismo sustituye la democracia por el fascismo, la paz por la guerra, la libertad por la reacción. La descomposición penetra por todos los poros de la sociedad y no deja ámbito exento de la podredumbre burguesa.

2. La pauperización de la clase obrera

En segundo lugar, bajo el capitalismo el proletariado experimenta un proceso creciente de pauperización, es decir, es cada vez más pobre. El principio establecido por Marx, según el cual el salario se fija por la cantidad necesaria para la reproducción de la fuerza de trabajo, no se puede identificar con la ley de bronce de los salarios, con el mínimo fisiológico imprescindible para el sustento cotidiano del trabajador. Para Marx los salarios oscilan entre un mínimo de mera supervivencia y un valor real por encima de él, ya que no depende sólo de las necesidades físicas, sino también de las necesidades sociales, tal como se hallan históricamente determinadas (1).

Las necesidades de la clase obrera son sociales, también las impone el capitalismo. Lo que los burgueses califican de incremento en el nivel de vida no es más que un cambio histórico en la estructura del gasto, del consumo de la clase obrera. El porcentaje que los trabajadores dedican a alimentación por ejemplo, se ha reducido, pero el resto no les sobra y no lo pueden ahorrar porque si el gasto ha cambiado es porque las necesidades han cambiado, y además de alimentarse los trabajadores tienen otras necesidades tan imprescindibles como la alimentación. Si disponen de lavadora no es en concepto de lujo o para mejora de su bienestar sino porque no pueden lavar la ropa en el río más próximo. El cambio en la estructura del gasto demuestra un cambio en las necesidades de los trabajadores y no una mejora en su situación objetiva.

La condición material de la clase obrera no es hoy mejor que hace 150 años; es simplemente distinta porque el capitalismo ha creado necesidades distintas. Desde ese punto de vista no cabe duda que la situación de la clase obrera sigue siendo la misma: el salario sigue siendo una medida de las necesidades de reproducción de la fuerza de trabajo. Las previsiones de Marx sobre la proletarización y el empobrecimiento creciente de la clase obrera son, pues, absolutamente exactas y responden a leyes inexorables del capitalismo. La condición de la clase obrera empeora con el avance del capitalismo.

La acumulación tiene que incrementar el sector de la producción dedicado a fabricar bienes de consumo; una parte de la acumulación se tiene que destinar a incrementar el capital variable; el desarrollo de ese sector dedicado a la fabricación de bienes de consumo es también fundamental porque contribuye a abaratar el coste de la mano de obra. Esta es la clave para analizar la cuestión de la pauperización de la clase obrera: el sector dedicado a la fabricación de medios de producción crece más rápidamente que el dedicado a fabricar bienes de consumo, pero eso no significa que éste no crezca en absoluto.

El que los salarios reales aumenten no significa que no sea válida la ley general de la acumulación capitalista; sólo significa que ha aumentado el valor de la fuerza de trabajo o, lo que es lo mismo, que han aumentado sus necesidades de reproducción. Cada vez las necesidades son mayores y cada vez, por tanto, hay menos posibilidades de satisfacerlas: “Justamente porque la producción crece, y en la misma medida en que esto sucede, se incrementan también las necesidades, deseos y pretensiones, y la pobreza relativa puede crecer en tanto se aminora la absoluta” (2). La prueba más evidente de ello es que los trabajadores no pueden ahorrar, que sus ingresos se consumen casi diariamente. Si los obreros pudieran ahorrar cantidades importantes de dinero, no irían a trabajar y eso es justamente lo primero que ocurre cuando les toca la lotería. Está comprobado, por ejemplo, que los salarios no pueden subir indefindamente, porque por encima de un determinado nivel salarial, los obreros lo que hacen es reducir su jornada de trabajo o aumentar su periodo de vacaciones. El capitalismo necesita permanentemente un volumen de población en busca de empleo y eso sólo es posible cuando no tienen otra cosa que ofrecer que su fuerza de trabajo, cuando el proletariado está desposeído de toda propiedad sobre los medios de producción: “La existencia de una clase que no posee nada más que su capacidad de trabajo es una premisa necesaria para que exista el capital”, dice Marx (3).

Hay toda una serie de indicadores estadísticos para demostrar la pauperización creciente de la clase obrera. La evolución de los salarios reales se utiliza para comprobar la evolución en el tiempo de la remuneración de los trabajadores. Así en España, entre 1994 y 2007 se produjo una caída importante de los salarios reales, es decir, perdieron poder adquisitivo de forma sistemática: se empobrecieron.

Pero las estadísticas burguesas tienen su trampa. El nivel de los salarios es un promedio de la remuneración de los trabajadores ocupados. Por tanto, no tiene en cuenta a los desempleados ni, en consecuencia, al volumen de los desempleados. De aquí se deduce que si se calculara el salario medio sobre la base de toda la fuerza de trabajo, esté ocupada o no, el descenso de los salarios resultaría verdaderamente vertiginoso.

Desde 2009 España no publica la tasa de cobertura del desempleo, es decir, la relación entre el número de parados registrados y los que reciben algún tipo de prestación, pero a partir de la crisis es obvio que el número de parados va en la dirección opuesta a las prestaciones que percibían. Como consecuencia de ello, más de 4 millones de parados registrados oficialmente no cobra ninguna clase de prestación.

Mucho más grave es el descenso del salario mínimo en términos reales. En los años ochenta perdió un 10 por ciento de su poder adquisitivo. En 2003 los trabajadores que percibían este salario tenían la capacidad adquisitiva correspondiente a 1975.

En España este salario mínimo afecta a unos 400.000 trabajadores en activo y a un número importante de parados que cobran el seguro de desempleo. El 27 por ciento de los trabajadores cobra salarios por debajo del mínimo, es decir, menos de 800.000 pesetas al año y casi tres millones de personas perciben ingresos inferiores a esa cuantía.

3. La pauperización relativa de la clase obrera

Si la pauperización se analiza relativamente, el acierto de la ley marxista es indiscutible, porque confirma la creciente penetración de las relaciones de producción capitalistas en todas las esferas de la vida y la desaparición de los modos de vida independientes, de la pequeña producción, del comercio individual y de las profesiones liberales, que es justamente la situación que, como hemos visto, se ha producido.

Relativamente, la situación de la clase obrera con respecto a la burguesía es infinitamente peor que hace siglo y medio; el abismo entre las condiciones de vida de ambas clases se ha ensanchado. Hay muchos más trabajadores que antes y muchos menos capitalistas pero, sin embargo, la parte de la renta que corresponde a los capitalistas crece, mientras se reduce la que corresponde a los trabajadores. El capitalismo exhibe un dramático contraste entre las condiciones de vida del proletariado y la gigantesca acumulación de riquezas alcanzada, de la cual únicamente pueden beneficiarse un puñado de oligarcas. La burguesía impide que el desarrollo de las fuerzas productivas se utilice para mejorar la calidad de vida y de trabajo de millones de trabajadores, que tienen vedado el acceso al tiempo libre, a la cultura, a los servicios y a la mayor parte de las posibilidades de expansión personal creadas bajo el capitalismo. Pero este modo de producción no puede entenderse de otra forma, no podría funcionar elevando los salarios y el consumo de las masas, disminuyendo la explotación y generalizando el disfrute de las riquezas obtenidas.

Marx explicó las razones por las que, aún en el supuesto de que crezcan los salarios reales de los trabajadores, se produce un empobrecimiento relativo: “Un aumento sensible del salario presupone un crecimiento veloz del capital productivo. A su vez, este veloz crecimiento del capital productivo provoca un desarrollo no menos veloz de riquezas, de lujo, de necesidades y goces sociales. Por tanto, aunque los goces del obrero hayan aumentado, la satisfacción social que producen es ahora menor, comparada con los goces mayores del capitalista, inasequibles para el obrero y con el nivel de desarrollo de la sociedad y los medimos, consiguientemente, por ella, y no por los objetos con que los satisfacemos. Y como tienen carácter social son siempre relativos […] Por tanto, si con el rápido incremento del capital, aumentan los ingresos del obrero, al mismo tiempo se ahonda el abismo social que separa al obrero del capitalista, y crece, a la par, el poder del capital sobre el trabajo, la dependencia de éste con respecto al capital […] Si el capital crece rápidamente, pueden aumentar también los salarios, pero aumentarán con rapidez incomparablemente mayor las ganancias del capitalista. La situación material del obrero habrá mejorado, pero a costa de su situación social. El abismo social que le separa del capitalista se habrá ahondado” (4).

Una comparación entre la evolución de los ingresos de burgueses y obreros tiene que tener en cuenta la evolución de la productividad que, al crecer, aumenta la parte de la plusvalía de la que se apropian los capitalistas. Como Marx previno, aunque los salarios suban, la productividad sube siempre mucho más; así en España entre 1975 y 1993 los salarios crecieron a un ritmo anual de 1’9 por cien mientras la productividad creció al 2’6 por ciento anual, por lo que los capitalistas se van quedando cada vez con una parte mayor de la producción.

Los capitalistas también se van quedando cada vez con una parte mayor de la renta nacional. La participación de los salarios en ella mide la situación relativa de los trabajadores en relación con las demás clases sociales. En España a principios de los ochenta los asalariados recibían el 73 por ciento de la renta, mientras que en 1992 el porcentaje bajó al 69 por ciento y en 2010 era sólo el 61 por ciento.

La creciente precariedad en el empleo es también otro indicador del empobrecimiento alcanzado por los trabajadores, ya que les impide realizar cualquier tipo de planes de futuro, dado su incierto porvenir laboral.

Los contratos basura, que no dan derecho al cobro del seguro de desempleo, suman medio millón, bajo las denominaciones de contrato de aprendizaje, en prácticas o a tiempo parcial. Los trabajadores a tiempo parcial cobran un 23 por ciento menos.

La creciente movilidad geográfica de los trabajadores es otro índice del progresivo deterioro de las condiciones de vida y trabajo de la clase obrera forzando a muchos trabajadores al desarraigo, al nomadismo.

La frustración profesional de los titulados es otro rasgo que ha aparecido en los últimos tiempos: sólo el 22 por ciento de los titulados trabaja en el oficio para el que se les ha capacitado; la mayoría o están en el paro o desempeñan tareas no cualificadas. Los académicos que afirman la creciente cualificación de la mano de obra en base al dato de que un porcentaje cada vez mayor de los obreros tienen estudios, silencian que, en realidad, esos estudios no tienen nada que ver con el trabajo que realmente desempeñan.

Este empobrecimiento brutal de las masas obreras anuncia el final próximo del capitalismo: “Para oprimir a una clase -escribieron Marx y Engels- es preciso asegurarle unas condiciones que le permitan, por lo menos, arrastrar su existencia de esclavitud. El siervo, en pleno régimen de servidumbre, llegó a miembro de la comuna, lo mismo que el pequeño burgués llegó a elevarse a la categoría de burgués bajo el yugo del absolutismo feudal. El obrero moderno, por el contrario, lejos de elevarse con el progreso de la industria desciende siempre más y más por debajo de las condiciones de vida de su propia clase. El trabajador cae en la miseria y el pauperismo crece más rápidamente todavía que la población y la riqueza. Es, pues, evidente que la burguesía ya no es capaz de seguir desempeñando el papel de clase dominante de la sociedad ni de imponer a ésta, como su ley reguladora, las condiciones de existencia de su clase. No es capaz de dominar, porque no es capaz de asegurar a su esclavo la existencia, ni siquiera dentro del marco de la esclavitud, porque se ve obligada a dejarle caer hasta el punto de tener que mantenerle, en lugar de ser mantenida por él” (5).

(1) Marx, El Capital, Fondo de Cultura Económica, III-50, págs. 793-794.
(2) Marx, Manuscritos, Filosofía y economía, Alianza Editorial, pág. 60.
(3) Marx, Trabajo asalariado y capital, en Obras Escogidas, tomo I, pg. 77.
(4) Marx, Trabajo asalariado y capital, en Obras Escogidas, tomo I, pgs. 80 y 84.
(5) Marx y Engels: Manifiesto Comunista, en Obras Escogidas, tomo I, págs. 30-31.

Las guerras híbridas de la OTAN

El 7 de noviembre del año pasado la BBC publicaba un articulo titulado Qué es la nueva ‘guerra híbrida’ entre Rusia y Occidente”(1). El medio británico seguía fielmente los pasos de la OTAN que, al mismo tiempo, publica un artículo titulado “Guerra híbrida: ¿una oportunidad para la colaboración OTAN-UE?”.
La nueva guerra híbrida es una guerra de última generación, un concepto bélico que viene a dar por superada la guerra asimétrica, es decir, la lucha de un ejército convencional contra una fuerza insurgente.
La OTAN ya ha aprobado la creación de una fuerza de intervención rápida, encabezada por España y compuesta por varios países miembros de la Unión Europea, cuyo cometido sería abortar cualquier intento de una hipotética guerra híbrida en otro país de Europa oriental.
La organización imperialista, que es quien desencadena toda clase de guerras en el mundo, tanto híbridas como puras, se considera víctima y no victimaria de ellas. Para dejar bien claras cuáles son sus intenciones hacia Rusia, ha creado en Riga (Letonia) un Centro de Comunicaciones Estrategicas. Esta institución fue reconocida en la última cumbre de Gales cuya declaración final incluía, en su punto 13, la necesidad de afrontar el desafío de la guerra híbrida.
A raíz del conflicto ucraniano, los estrategas del imperialismo han decidido emprender una tarea ambiciosa: desarrollar un conjunto de herramientas para disuadir y defenderse contra adversarios que libren una guerra híbrida”.
En una guerra híbrida ”el enemigo trata de influir a los estrategas políticos más destacados y a los principales responsables de la toma de decisiones combinando el uso de la presión con operaciones subversivas. El agresor a menudo recurre a actuaciones clandestinas para no asumir la responsabilidad o las posibles represalias. Sin la existencia de pruebas fehacientes resultará difícil que la OTAN acuerde realizar una intervención”.
En el último informe del IEEE elaborado para el Ministerio español de Defensa, el teniente coronel Pedro Sánchez Herráez expone varias definiciones de lo que es la nueva guerra híbrida (2). La primera se refiere a la amenaza híbrida, que es ”cualquier adversario que de manera simultánea y adaptativa emplea una mezcla de armas convencionales, tácticas irregulares, terrorismo y comportamiento criminal en el espacio de batalla para alcanzar sus objetivos políticos”.
Naturalmente que para el teniente coronel sólo el adversario lleva a cabo este tipo de acciones criminales, en ningún caso ellos mismos. Por eso todos los antiguos Ministerios de la Guerra ahora se llaman Ministerios de Defensa: nadie ataca y todos se defienden de los demás.
La segunda definición considera la guerra híbrida como sinónimo de ”guerra compuesta””guerra combinada”, es decir, el combate de fuerzas regulares e irregulares de manera concertada, ”pues sus capacidades complementarias influyen en el adversario obligando a un despliegue de recursos que el permita hacer frente a la panoplia de diferentes amenazas a las que hacer frente, dificultándole la concentración, planteando el viejo dilema militar de concentración frente a dispersión”.
En tercer lugar, el español Calvo Albero señala que guerra híbrida es aquella en la que al menos uno de los adversarios recurre a ”una combinación de operaciones convencionales y guerra irregular, mezclada esta última con acciones terroristas y conexiones con el crimen organizado”.
Por lo tanto, el concepto incluye una variedad de capacidades con la participación de fuerzas regulares, fuerzas regulares no identificadas como tales, paramilitares, sistemas de armas avanzadas, tácticas dignas de un grupo terrorista-criminal, blindados, ciberdefensa, guerrilla urbana (AK-47),  misiles de defensa antiaérea, guerra de la comunicación (por supuesto, también en internet) o la guerra económica de las sanciones.
El teniente coronel Sánchez Herráez también señala en su análisis un denominador común: ”Uno de los matices esenciales de esta tipología de guerras es que con carácter general siempre hay un Estado detrás, bien directamente, bien con un altísimo grado de apoyo a sus ‘delegados’”.

(1) http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2014/11/141106_guerra_hibrida_rusia_occidente_jgc
(2) http://www.ieee.es/Galerias/fichero/docs_analisis/2014/DIEEEA54-2014_NuevaGuerraHibrida_PSH.pdf

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