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Día: 8 de marzo de 2015 (página 1 de 1)

Entrecomillando

Nicolás Bianchi

Me pasa, a veces, que a las grandes palabras les tengo que poner comillas y parihuelas porque, a diferencia de quienes se llenan la bocota con, por ejemplo, el concepto «democracia» sin que sufran empacho, yo me quedo famélico. Si escribo democracia, la tengo que entrecomillar, vean: «democracia». Y ello, por supuesto, porque no creo que en el Reino de España -porque esto es un Reino- exista una democracia a no ser que seamos nominalistas y creamos en la magia de las palabras, es decir, que con solo nombrarlas o enumerar una serie de libertades formales ya cobran vida y adquieren consistencia. Una suerte de fiat lux y la luz se hizo, milagreramente, milagrosamente.
Decía el cronopio Julio Cortázar que las palabras pueden llegar a cansarse y a enfermarse, «como los hombres y los caballos». Hay palabras que, a fuerza de ser repetidas y muchas veces mal empleadas, terminan por agotarse. Palabras-cumbre
como libertad, dignidad, derechos humanos, pueblo (o, ahora, «gente», y antes, con Negri, «multitud», no dicen «chusma» de puto milagro), justicia o democracia se ven atacadas por este virus que a mí, NB, me obliga, según quién las pronuncie, a entrecomillarlas para protegerlas. Digo democracia, digo libertad y, de pronto, si no les pongo comillas siento que las pronuncio maquinalmente, como un robot, y, lo que es peor, quienes me escuchan corren el riesgo involuntario de asimilarlas como un estereotipo, como un cliché vacío de contenido. No es ya que padezcan desgaste o erosión, sino que, en efecto, los cuatreros de plusvalía y sus lacayos nos hurtan hasta las bizarras palabras y su significado. Y ello con glotonería. Ni las ningunean ni son anoréxicos con las nobles palabras (aunque no sabemos de palabras «innobles»); al revés, las expectoran a cada rato así no más les pidas la hora te contestan como demócrata que soy son las nueve menos diez, señor ciudadano. Al monopolio de la violencia le agregan el monopolio del verbo y hasta del logos.
Mostraré ahora una impostura. Me valdré de Antonio García Trevijano, político ya provecto pero que hila fino, que ha conseguido hacer calar el término «partitocracia» para calificar «esta» democracia rememorando el «turnismo» de la Restauración decimonónica entre Cánovas y Sagasta, pero no ofreciendo como alternativa una salida revolucionaria precisamente, no, esto nunca, que somos gente de «orden», quien sostiene -GT- que la deslealtad ha sido el motor y paradigma de la llamada Transición española. Empezando -dice- por el Rey, que fue desleal primero a su padre, don Juan, que se dice, y luego a los principios del Movimiento (Nacional) que juró. Lo fue Adolfo Suárez a la Falange. Fraga a su credo franquista. Felipe González -sujeto por el que quien esto firma siente un asco kantiano insuperable- a los postulados socialistas, qué risa, felisa. Y Carrillo, otro que tal baila (ba), al ideario comunista. A los intelectuales y artistas no les toquemos, que están inspirándose. Como puede verse, todo un rosario de traiciones. A cambio del medro y la posición, por descontado. Como decían los milicos argentinos, nosotros somos «derechos» y «humanos». Con este personal nos jugamos los cuartos. O nos jugábamos, que ahora viene la nueva hornada del quítate tú para ponerme yo antes de que la purria se ponga tonta y nos mande a todos a tomar por el orto.
Quienes todavía se mantienen en pie y no de rodillas son los proscritos que aún creen en las grandes palabras y les restituyen su auténtico y prístino significado. Algo más que un metarrelato.

Salario mínimo

Durante las elecciones de 2008 Zapatero prometió elevar el Salario Mínimo Interprofesional hasta los 800 euros mensuales, pero en diciembre Rajoy lo subió apenas tres euros más, un 0,5 por ciento. Hoy no llega a 650 euros al mes para una jornada completa de 8 horas diarias de trabajo: 21 euros diarios, 2,6 euros la hora de trabajo.
El Salario Mínimo Interprofesional es una referencia para aquellos trabajadores que no están cubiertos por un convenio colectivo, que son muchos. En España más de dos tercios de los trabajadores están por debajo del mínimo. Hay unos 215.000 trabajadores que cobran el salario mínimo, el 12,25 por ciento del total de trabajadores, cuatro puntos por encima de la tasa del 2008.
No obstante, según un informe de la Fundación Primero de Mayo, vinculada a Comisiones Obreras, el 35 por ciento de la población ocupada en España recibe, como fruto de su trabajo, una retribución mensual que es igual o incluso inferior al salario mínimo, incluyendo empleos a tiempo parcial y contratos de formación. 
Las mujeres son las que más cobran un salario mínimo: el 7,52 por ciento de los hombres frente al 17,36 por ciento de las mujeres.
El Salario Mínimo Interprofesional se utiliza como referencia para determinar el salario de los trabajadores contratados para la formación, de los empleados de hogar y los penados que realizan actividades laborales en talleres penitenciarios.
Sirve para  determinar la cuantía retributiva mínima que deberá cobrar el trabajador referida a la jornada legal de trabajo e independientemente del tipo de contrato. Es decir, el mínimo que debe cobrar cada trabajador por trabajar una jornada completa.
La regulación de un salario mínimo obligatorio fue establecida por primera vez en el año 1894 en el estado australiano de Victoria, tras una serie de levantamientos obreros.
En España se creó en 1963 y como una de tantas limitaciones impuestas a la voracidad capitalista. Hay un salario mínimo lo mismo que otras limitaciones, como una jornada máxima de 40 horas semanales o una edad mínima de 16 años para trabajar.
Aquí la historia del salario mínimo es ártica: ha pasado la mayor parte del tiempo congelado. Los tres primeros años de su niñez se mantuvo congelado; en 2012 y 2014 también permaneció congelado. En los últimos cinco años ha perdido 5,4 puntos. Dentro de poco será una propina.
Pero algunos nunca tienen bastante. En setiembre de 2013 el Círculo de Empresarios consideró que debía estudiarse la rebaja del salario mínimo para ciertas contrataciones de jóvenes en paro, ya que ello actuaría como un «estímulo directo» para las empresas. Lo mismo dijo el gobernador del Banco de España Luis María Linde, cuando propuso que los capitalistas pudieran contratar por debajo de los 645 euros. Esperanza Aguirre salió en su defensa…

Murió por gritar

El 3 de abril de 1973 el obrero Manuel Fernández Márquez murió asesinado en Barcelona durante una manifestación por disparos de la policía. Muchos años después su nieta recordó su muerte:
Hace 35 años, el día 3 de abril de 1973, a las ocho y media de la mañana, una bala de la policía fue a parar al cuerpo de un trabajador y lo mató. Era mi abuelo, Manuel Fernández y vivía aquí en Santa Coloma.

Él trabajaba en la central térmica de Sant Adrià del Besós y los obreros de esta central, más de 2.000, habían hecho una parada en el trabajo para protestar por la subida de precios. Pedían un aumento de salario de 4.000 pesetas al mes (que son unos 24 euros de ahora), 40 horas de trabajo semanal en lugar de las 56 que hacían, cobrar el salario íntegro en caso de enfermedad, y tener derecho a reunirse en la empresa. Es por esto que estaban concentrados y la policía los vigilaba.

Mi abuela me ha explicado que ella no entendió nunca que le pasara eso a mi abuelo porque él no era violento ni se enfrentaba nunca con nadie. Según ella, aquel día debió llegar al puesto de trabajo preguntando a los compañeros como iban las negociaciones y qué habían decidido hacer, y en aquél preciso instante la policía comenzó a disparar y un tiro impactó en el corazón de mi abuelo y lo mató. Tenía 27 años y su mujer, que es mi abuela Carmen, tenía 24 y un hijo de 2 años, mi padre.

Mi abuelo era de Extremadura y solo llevaba tres meses en Santa Coloma. Años después le dedicaron una calle en Sant Adrià del Besós, la calle Manuel Fernández Márquez, una calle normal y corriente que tiene nombre de persona normal y corriente porque está dedicada a la memoria de un trabajador, como muchos otros, que la policía del régimen de Franco mató sin que nadie entendiera por qué.

A su entierro asistieron más de 2.000 personas y a la salida del cementerio de Pomar de Badalona, cuando un obrero de la central térmica de Sant Adrià, compañero suyo de trabajo, intentó leer un poema que él mismo había escrito para despedirlo, la policía lo impidió y cargó contra los asistentes.

El poema se titulaba «Murió por gritar»:

Martes 3 de abril de 1973
Ese día murió Manuel,
Manuel Fernández Márquez,
obrero.
Pero no murió de cansancio,
como morimos muchos.
Pero no de accidente de
trabajo,
como seguimos muriendo.
Pero no de hambre y de miedo,
como quisieran que muriésemos.
Murió por gritar
que no quería morir por nada de eso.
Murió por gritar
Yo soy yo y mis compañeros.
Murió
porque el único argumento de sus opresores
se le incrustó en el cuerpo
ese martes, ese 3 de abril
teñido en sangre
asesinaron a Manuel, MANUEL FERNÁNDEZ MÁRQUEZ
compañero nuestro.

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