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Día: 2 de enero de 2015 (página 1 de 1)

Arana, un melancólico

Nicolás Bianchi

Las humoradas de algunos españolazos retornan a la astracanada y la gracieta cachazuda. Para denigrar e insultar a Sabino Arana, fundador del Partido Nacionalista Vasco (PNV), recurren a su expediente académico en Barcelona. Escribe Sabino: «quiso mi madre (doña Pascuala, que así se llamaba esta señora) que me pusiera a estudiar (en 1883, con 18 años y en Barcelona) lo que a mí menos me gustaba: la carrera de leyes». O sea, pashaba del Derecho y los exámenes, al igual que su conocida fobia al baile «agarrao» en un hombre que, cuando se casó, se fue de luna de miel a Lourdes.

Zarandear a Sabino Arana (1865-1903) viene bien para, en realidad, darle una patada en el trasero al pueblo vasco que, por descontado, no era ni remotamente sabiniano. Y para ello nada mejor que echar mano del socorrido racismo aranista. ¿Fue racista Arana? El aranismo moderno, si se puede hablar así, entiende que no, pero admiten (J. C. Larronde) que sí era xenófobo e hispanófobo (sic). Si Sabino no fue racista fue porque no se entrenó más. Lo que sí es claro y meridiano es su feroz odio cerval a España (apenas usaba la expresión «Estado español»). Para él, su antiespañolismo y antimaketismo no son sino el resultado de la invasión española (primeras oleadas de inmigrantes con el desarrollo siderometalúrgico del País Vasco).

Ítem más: maketo no es igual a extranjero: maketos son todos los españoles y sólo los españoles. Un belga, pongamos por caso, o un inglés, no serían maketos, sino extranjeros. El concepto que el Aguilucho de Abando tiene de «raza» es telúrico, tectónico, terrenal. Sólo Dios es lo más (Juramento de Larrazábal, una cervecería en Begoña, un barrio de Bilbao, cerca de la Basílica de Begoña). La raza es para Arana el elemento definidor de la nación. Una raza definida por los apellidos (de aquí lo de «ocho apellidos vascos», como en la película taquillera). Si desaparece la raza vasca apaga y vámonos, ergo: desaparece la nación vasca. La raza es la «sustancia» mientras que la lengua, las instituciones y el carácter y las costumbres son «accidentes», dicho sea a la aristotélica manera. Su idea de nación es metafísica: cree que las naciones han existido desde siempre, desde toda la puta vida (como el españolismo rampante cree que Pelayo era «español» o Trajano, en fin… ), desde el tubalismo (Túbal, mítico nieto del no menos legendario Noé). La esencia de lo vasco sería, como para Larramendi (un sacerdote hugonote del siglo XVIII de la parte francesa de Euskadi), el baserritarra (el campesino), la anteiglesia (preurbana), el municipio… Ruralismo preindustrial, foral, ultramontano, melancólico. Lo que no quitó ni obstó a que jugara en Bolsa y comprara minas (su padre fue un armador naval semiarruinado al irrumpir los barcos con planchas metálicas y no de madera como los que hacía él).

Desconozco si es porque estas rotundeces sabinianas son inasumibles por el «posmoderno» aranismo de hoy, pero es la cosa que circula -a guisa de exculpación- la tesis marxista -involuntaria por parte de sus promotores, claro- de que Sabino era «hijo de su tiempo». De una época que justificaría sus abundosidades. Y es verdad.

Pero ocurre que también, por ejemplo, Tomás Meabe era hijo de aquellas témporas y de mendigoizale («montañeros», «alpinistas» guardianes de la pureza aranista) se pasó a las filas del socialismo bien que semimístico. Determinismo, pues, pero hasta cierto punto.

Vemos, pues, al chovinismo granespañol sacando pecho echando mano de lo peor del antimaketismo excluyente y reaccionario de Arana para alimentar, de paso, la «fractura social» de la que se hablaba en Euskal Herria a principios de 2000, lo mismo el PSOE que el PP.

La transición fue una traición

Lidia Falcón
Cayo Lara dice que su generación que vivió la dictadura sabe lo que es la Transición. “Yo soy de los que defiende que se hizo lo que se podía, los sindicatos y la izquierda conquistaron lo que pudieron. Y fue un pacto no de élites. Algunos lo califican de pacto de élites… Fue un pacto de élites que estaban en la cárcel y en el exilio y otros que estaban en el poder y en la dictadura. Se habría podido avanzar mucho, pero la ruptura de ese pacto por parte de la derecha política y económica es lo que nos ha llevado a esta situación de deterioro. El no haber desarrollado España como Estado federal y plurinacional nos ha llevado a la situación actual respecto a Catalunya”.
No sólo Cayo Lara y su generación vivieron la dictadura y la Transición. Otros como yo, que pertenecemos a la generación anterior, y todavía la de mis padres, que muchos estaban vivos, las vivimos también. Y estuvimos en pie de guerra durante largos años para que no se ratificaran los pactos que nos traicionaban. La Transición fue la gran Traición. De los que estaban en el exilio, como Carrillo. y de los que habían estado en la cárcel, como Camacho. Solé Tura y otros redactores de la Constitución ni habían estado en la cárcel ni en el exilio, y pronto se vio el beneficio que obtuvieron. Por supuesto los grandes beneficiados fueron los que estaban el poder y que no lo abandonaron.
Es falso que se hubiera podido avanzar mucho con los pactos de la Transición, la prueba es el camino que hemos andado. Y no únicamente por culpa de la derecha, a menos que creamos que las derechas son demócratas y benéficas y sólo ahora, con Rajoy de gran culpable, han cambiado. Desde el momento en que el Partido Comunista acepta la Monarquía, el himno franquista y la bandera borbónica; el mismo Ejército que había masacrado a su pueblo, la misma Iglesia que había sido cómplice del genocidio español, y consiente en mantener intacto el reparto de la riqueza, el poder de la banca, de los grandes consorcios industriales y de los latifundistas del sur y del oeste de España, y aprueba la Ley de Amnistía del 77 que dejaba impunes a los asesinos fascistas, la rendición de las clases trabajadoras era sin condiciones. Tan sin condiciones que un año antes de aprobar la Constitución se firmaban los Pactos de la Moncloa para entregar todo el poder al capital y dejar al proletariado sometido a la patronal.
Y tan humillante rendición se acepta por el PCE para implantar esta parodia de democracia que reinstaura a una Casa Real corrupta, que nos está esquilmando desde hace 39 años, y que alterna en el gobierno a uno u otro partido, ambos siervos de la Banca Mundial, de las multinacionales y de la empresa armamentística, mediante la parodia de elecciones en que los resultados están previstos de antemano. Es demasiado el precio que se ha pagado por el acta de legalización del Partido Comunista.
Que nadie arguya que sin esa legalización el PCE no podía participar en política. Un partido que fue el hegemónico durante 40 años de dictadura, cuyos heroicos militantes habían sufrido persecuciones, torturas y asesinatos sin cuento, ¿qué podía temer en la era de las “democracias” europeas? Todos sabíamos que la clandestinidad se había acabado, quizá no pudiera obtener los escaños en el Congreso y las concejalías en algunos ayuntamientos, pero el precio de tanta rendición era demasiado barato.
A raíz del golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 escribí un análisis que publiqué en Poder y Libertad (¿dónde iba a ser) sobre la imposibilidad de que aquel golpe triunfase. Y eso que todavía no tenía todas las claves de la implicación del rey y de los socialistas en el diseño del otro golpe, el de Armada. No me equivoqué. Ni la situación de Europa en aquel año ni el lugar que tenían en la producción, y en la ideología dominante, el Ejército, la banca, los consorcios industriales, los Grandes de España que poseen Andalucía y Extremadura, y la Iglesia, podían propiciar un golpe a lo del año 36. Como decía Marx, si la primera vez fue una tragedia, la segunda fue una farsa. Y así fue y así ha sido. Al fin y al cabo, los vencedores de la Guerra Civil seguían, y siguen, siendo los que detentaban el poder; no necesitaban provocar una nueva guerra.
Los Pactos de la Moncloa hundieron la capacidad adquisitiva del proletariado, el Estatuto de los Trabajadores anuló ventajas y derechos que había concedido la dictadura y la Ley de Amnistía garantizó la impunidad de los asesinos y ladrones que nos habían aniquilado y esquilmado. Todavía están en todas las cunetas, caminos, cementerios y carreteras de España los restos insepultos de nuestros padres y de nuestros abuelos, que en número de más de 150.000 convierten a España en el más grande cementerio. Y cuando en esforzado trabajo, costeado por ellos mismos, los nietos de los asesinados han conseguido hallar una fosa con restos humanos, los jueces se niegan a acudir a levantar los cadáveres, contraviniendo toda norma legal.
Somos el país con más desaparecidos del mundo, en proporción a su población, después de Camboya. Y el más desgraciado. Porque hasta en Camboya y en Sudáfrica se ha constituido una Comisión de la Verdad y se ha enjuiciado a algunos de los criminales que perpetraron las matanzas. En Argentina, en Chile, en Uruguay, en Guatemala, en El Salvador, en Italia, en Grecia, en Portugal, en Alemania, se ha procesado a algunos de los verdugos, que hasta han llegado a ingresar en prisión, mientras que en España los genocidas son los que gobiernan el país, ellos o sus hijos o sus cómplices. Nunca se ha investigado la fortuna de los Franco, de la que siguen disfrutando sus herederos. Nunca se ha enjuiciado a Manuel Fraga, a Serrano Suñer, a Arias Navarro, a Martín Villa, que mantiene las mismas prebendas y negocios.
Contra todo lo que defienden los hagiógrafos de La Ley de Amnistía, desde Nicolás Sartorius a Manuel Fraga, ese cuerpo legal no vino a sacar de la prisión a los antifranquistas encarcelados sino a garantizar la impunidad de los franquistas. El indulto del 27 de noviembre de 1975, por la coronación del nuevo rey, dio la libertad a miles de presos por delitos de asociación, opinión, sindicalismo, prensa, como al propio Sartorius y a Camacho y a los del proceso 1001. Y sobreseyó los sumarios y dejó sin juicio a miles de nosotros que nos encontrábamos en libertad provisional. El segundo indulto en el 76 concluyó de liberar a los que tenían acusaciones de más calado y posteriormente, en el 77, cuando se aprueba la Ley de Amnistía, solo quedaban encarcelados 70 u 80 presos de ETA condenados por terrorismo. Esta fue la única contrapartida por haber dejado sin Memoria Histórica, sin pasado, sin justicia y sin compensaciones a cientos de miles de represaliados por el fascismo y a todo un pueblo.
Cayo Lara podía saber, y debía decir, que es falso que los redactores de esa perversa Constitución se propusieran construir un Estado Federal. Ni en 1978 ni en 2015. Desde el mismo momento en que aceptaron la Monarquía sabían que estaban aherrojando a los pueblos de España. Para eso la escribieron, para seguir explotando a los trabajadores y las trabajadoras, para impedir que se proclamara la III República, para que no se pudiera articular la forma de Estado como una Federación. Sometido el país al Ejército como garante de la unidad de España. Ni aunque ahora el PSOE invente esa farsa de federalismo tiene voluntad de implantarlo, porque lo primero que es preciso para ello es proclamar la III República. Nunca se ha visto mayor disparate político y jurídico que el de una Monarquía Federal. Y ni siquiera Cayo Lara se lo dice.
Todo esto, y mucho más, como los más de trescientos trabajadores, mujeres, y militantes de la izquierda, asesinados por los fascistas entre 1975 y 1982, contuvo la tan elogiada Transición. Y Cayo Lara no sólo debería saberlo, sino que debería explicárselo a nuestros hijos y a nuestros nietos antes de que se embrutezcan totalmente con las enseñanzas oficiales, con la propaganda dominante de las televisiones en poder de las oligarquías. Cayo Lara tiene la responsabilidad de estar informado y de informar, porque para eso es dirigente de Izquierda Unida, y aunque ya no se llame Partido Comunista muchos camaradas están ahí, muchas mujeres y hombres de izquierda siguen entregando su esfuerzo para que este país no sea tan amnésico, tan cruel, tan indiferente, tan cainita con sus antepasados y con sus contemporáneos. Y las mujeres y los hombres de las clases explotadas no se merecen una explicación falsa y traicionera como la que precisamente está defendiendo la derecha, desde Rajoy a González. ¿No es una extraña casualidad?
Fueron los comunistas los que inventaron la autocrítica. Más exigentes que los que les habían precedido hasta entonces en las luchas políticas, decidieron no entregarse a la autocomplacencia de sentirse satisfechos con todo lo actuado. Tanto han sido críticos con ellos mismos que en ciertos momentos se han despedazado, y ahora, cuando ya ha llegado el momento de ajustar cuentas con el enemigo, ahora aceptan la tesis de éste y muestran que están padeciendo el síndrome de Estocolmo, como decía tan certeramente Carlos París.
Pero lo que nosotros, los resistentes, no podemos aceptar con resignación es que la Historia la escriban los enemigos y los conformistas. Porque nuestros antepasados, aquellos que dieron la libertad y la vida por evitar el triunfo fascista, se merecen que se reivindique su heroicidad, y también nuestros descendientes se merecen que les cuenten la auténtica historia, a los que de otra manera dejaremos en la ignorancia y el engaño para que sufran nuevas derrotas. Como también nosotros mismos, los que aún estamos vivos y sabemos lo que fue la interminable lucha contra la dictadura y más tarde contra la democracia, por tener un país digno que legarle a nuestros hijos, no nos merecemos tanta mentira.
Hasta la última gota de saliva, hasta el último resuello del aliento, hasta el último minuto de vida, debemos seguir gritando la verdad; esa que, como decía Antonio Gramsci, es siempre revolucionaria.

Fuente: http://blogs.publico.es/lidia-falcon/2015/01/01/la-transicion-fue-una-traicion/

La masacre de los obreros de Vitoria en 1976

Los  sucesos del 3 de marzo de 1976 siguen muy vivos en la memoria de Vitoria. Aquel día, la Policía desalojó por la fuerza a los trabajadores que celebraban una asamblea en la Iglesia de San Francisco. El desalojo se saldó con cinco muertos por heridas de bala disparadas por los agentes y cientos de heridos. Ese episodio sangriento de la historia vitoriana quedó plasmado en el documental Vitoria: marzo 1976. Un documental grabado, montado y distribuido en la España post-franquista por el Colectivo de Cine de Madrid (CCM), que en aquellas fechas se desplazó a la capital alavesa para filmar de manera clandestina.
Adolfo Garijo, uno de los cinestas integrantes de CCM, ha rememorado casi 40 años después de aquella tragedia cómo fue la grabación. Invitado por la Asociación Víctimas 3 de Marzo, Garijo reflexionó sobre la importancia del cine y la fotografia en la activación social. «Una mezcla de pasión, inconsciencia y militancia nos llevó a filmar el 3 de Marzo», asegura el cineasta, acostumbrado hasta ese momento a grabar protestas y huelgas obreras en Madrid.
El documental de Garijo ha permitido mantener vivo durante todos estos años la denuncia de lo que pasó en Vitoria. Con apenas 22 años, se acercó a la capital alavesa desde Madrid con otros dos compañeros. Era el día después del 3 de marzo. «En un día agotador, caída ya la tarde tras la impresionante manifestación que fue el entierro, la gente de Comisiones nos llevó al escenario donde habían ocurrido los hechos. En las paredes se veían los impactos de bala y aún quedaba sangre en el suelo donde alguien había sido abatido».
«Borrachos de multitud como nunca lo habíamos estado en esa contradictoria y reprimida España pos-franquista, habíamos rodado por primera vez sin interferencias policiales porque la policía, la uniformada, no estaba en la calle. Se había ordenado que permanecieran en los cuarteles para no provocar una nueva masacre», recuerda Garijo en algunos pasajes del libro que escribió sobre sus experiencias fílmicas. Pero acabado el entierro, también terminó la tregua. «Los grises hicieron de nuevo su aparición en la calle».
A pesar del riesgo, Garijo y su equipo insistieron en realizar una última entrevista a familiares de las víctimas. Esa entrevista jamás se le olvidará. «De un golpe, se nos pasó la alegría de ver a una ciudad entera en la calle manifestándose contra la dictadura». El enlace de Comisiones les acercó hasta un piso de protección oficial donde les esperaban un hombre de 50 años, su mujer y una hija. «La policía había matado a su hijo. La euforia de vernos entre una multitud que gritaba contra la dictadura había dado paso al tremendo drama humano de una familia ante la muerte».
«El padre», prosigue Garijo, «que quería ser entrevistado y hablar de la injusticia de la muerte de su hijo sufrió una rotura en sus entrañas y comenzó a llorar. Solo se oían sollozos o lágrimas silenciosas. Nadie hablaba. La cámara rodaba y rodaba y el pobre hombre lloraba y lloraba, con unas lágrimas como cataratas de agua o trozos desgajados de sufrimiento que salían a borbotones de sus órbitas». Quería hablar, pero el llanto se lo impedía. «Regresamos a Madrid en un silencio espeso que nos había amargado el baño multitudinario antifranquismo».
Uno de los socios de Garijo vendió posteriormente los derechos de la mayor parte del documental a TVE, que lo ha encerrado en un cajón y del que nadie ha sabido nada. «He pleiteado por esos derechos, pero el juez no me ha dado la razón. El documental completo es patrimonio de todos los ciudadanos que aparecen en esas imágenes, de la ciudad de Vitoria», clama Garijo.
Koldo Larrañaga también es autor de muchas de las fotografías que han acompañado la denuncia de lo ocurrido el 3 de Marzo. Este sacerdote, fotógrafo y cineasta amateur grabó las imágenes de la montaña de casquillos y balas disparadas por la policía y recogidas en la Iglesia de San Francisco. «Unas imágenes que ‘misteriosamente’ han desaparecido«, se lamenta Larrañaga.

Documental sobre la masacre de 1976 en Vitoria
http://www.eldiario.es/norte/euskadi/Adolfo-Garijo_0_340516610.html

Dos millones y medio de niños carecen de vivienda en Estados Unidos

Las personas sin vivienda siempre fueron un fenómeno característico de los países del Tercer Mundo, como Bangladesh, pero a partir de 1980 son muy visibles también en las ciudades de Estados Unidos. Hasta entonces, el gobierno de Estados Unidos subvencionaba viviendas para los obreros con bajos salarios, pero después las ayudas se redujeron en un 92 por ciento. Entonces se destapó el alcance de la miseria. Por primera vez desde la gran depresión aparecieron por las calles masas de vagabundos viviendo en la calle.

No son sólo alcohólicos, drogadictos o enfermos mentales. En Estados Unidos siempre hubo drogadictos, alcohólicos y enfermos mentales sin tener miles de familias viviendo en la calle. Un indicio de lo que ha cambiado es que los sin techo -una minoría de la totalidad de los pobres- lo son a pesar de que el 64 por ciento de ellos tiene trabajo, algunos incluso dos, pero según los criterios gubernamentales continúan siendo pobres a causa de los bajos salarios.

La falta de vivienda convierte al sueño americano es una verdadera pesadilla para los más pobres, y especialmente para los niños. Cada día y cada noche. Según un informe publicado en noviembre por el National Center of Family Homelessness (Centro Nacional de Familias sin Vivienda) en Estados Unidos hay dos millones y medio de niños que carecen de vivienda. Uno de cada treinta viven en la calle, en garajes, furgonetas, tiendas de campaña u otros lugares precarios.

«Los niños han sido invisibles pero son la nueva cara de los sin techo», asegura la doctora Carmela DeCandia, directora del Centro Nacional de Familias sin Vivienda y coautora del informe, que habla de «proporciones de epidemia». Según el informe, en Estados Unidos los índices de pobreza han crecido un 8 por ciento entre 2012 y 1013 y sus efectos a largo plazo sobre la infancia pueden ser devastadores. Casi una cuarta parte de los niños que carecen de vivienda padecen perturbaciones intelectuales, emocionales o conductuales, un porcentaje que en edades escolares alcanza el 40 por ciento.

Las organizaciones que trabajan con los sin techo coinciden al diagnosticar las causas, especialmente el impacto de la crisis económica, que ha disparado a un 85 por ciento el número de menores sin hogar. Además, influyen la creciente desigualdad y la elevada tasa de pobreza.

El problema es particularmente grave en California, que tiene una octava parte de la población de Estados Unidos y que representa más de una quinta parte de los niños sin hogar, con una cifra de casi 527.000. Una de estas familias sin hogar es Gina Cooper y su hijo, de 12 años de edad, que tuvieron que abandonar su hogar en 2012, cuando su salario de menos de 10 dólares, insuficientes para pagar el alquiler de una vivienda. Después de unos meses como nómadas, encontraron refugio y apoyo en Hogar y Esperanza, un programa interreligioso en Burlingame, California, y se quedaron allí cinco meses.

«Fue un momento doloroso para mi hijo», dice Cooper. «En el camino a la escuela lloraba: ‘No me gusta esto'», sollozaba.

Según Shahera Hyatt, director del Proyecto de la Juventud sin Hogar de California, el principal problema es el elevado nivel de vida, junto con una vivienda asequible insuficiente. «Los adolescentes corren el peligro de caer en el intercambio de sexo por un lugar para quedarse porque están tan sumidos en sus necesidades de supervivencia del día a día».

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