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Día: 27 de octubre de 2014 (página 1 de 1)

El próximo Maidan será la Revolución Bolchevique

En relación a las elecciones celebradas en Ucrania, el 25 de octubre el diario británico The Economist, uno de los portavoces del imperialismo, manifestaba su temor a una próxima revolución bolchevique: «El próximo movimiento Maidan, dice The Economist, se parecerá menos a un carnaval y más a la Revolución Bolchevique de Octubre de 1917. He ahí lo que debe concentrar la atención del gobierno ucraniano»(*).

Los imperialistas tienen motivos sobrados para asustarse. Hace unos días, A. Zacarchenko, el Primer Ministro de la República Popular de Donetsk declaró que iba a nacionalizar un número importante de empresas. De momento el Estado ya ha asumido el control de tres empresas importantes, dos de los cuales son propiedad del oligarca R. Ajmetov. La primera fábrica ya ha sido ocupada y está bajo el control de los obreros.

Zacarchenko también se ha comprometido a que el Estado va a controlar los precios de los alimentos y, lo que es más importante: la población va a poder suspender el pago de las deudas contraídas con los bancos.

El Donbass vive un decisivo proceso de radicalización de la clase obrera. Los obreros de Zugres, Obras de Ingeniería de Energía y Mecánica (ZEMZ), se han organizado, poniéndose por encima de los administradores de la empresa. Han puesto la fábrica bajo su propiedad en autogestión. Desde los tiempos de la URSS la fábrica ZEMZ tiene una larga trayectoria. Está especializada en la producción de grúas industriales pesadas que se utilizan actualmente en India, México, Vietnam y otros países en el mundo.

¿Qué intenciones tienen los trabajadores de ZEMZ? Han publicado una declaración a partir de la cual se extraen las siguientes claves:

«La gestión de la fábrica está completamente bajo el control de los trabajadores.

«Los trabajadores tiene derecho a destituir de inmediato al director de su puesto y para la remoción de los administradores son necesarios dos tercios de los votos emitidos por votación directa.

«El sueldo del director no podrá exceder el salario medio de un obrero. Las gratificaciones serán decididas y votadas por los trabajadores de forma colectiva.

«El director tiene derecho a un período de vacaciones anuales. Su duración su salario durante ellas serán votadas por los trabajadores».

En pocas palabras: los trabajadores han expulsado a sus jefes y les han sustituido con sus propios representantes. Esto significa que ahora ellos tienen el control y el dominio de su puesto de trabajo. La declaración concluye recordando que esta iniciativa ha sido aceptada por el Soviet Supremo de la República Popular de Donetsk.

La nacionalización sin indemnización y colocación de las fábricas bajo el control de los obreros es el comienzo de un cambio real de la situación en Donbass y Lugansk.

Dada la importancia de los trabajadores industriales en el Donbass, es posible que tales iniciativas se extiendan a otros centros de trabajo y, eventualmente, podrían involucrar al resto de la clase obrera en Ucrania, que fue devastada por el capitalismo y las draconianas condiciones laborales impuestas durante años a las masas por el FMI y el gobierno de Kiev.

(*) The battle for Ukraine’s future, http://www.economist.com/news/europe/21627706-country-running-out-time-overcome-corruption-battle-ukraines-future?zid=307&ah=5e80419d1bc9821ebe173f4f0f060a07

De herejes

N. Bianchi

Todas las religiones, exceptuando los ritos iniciáticos, las sociedades secretas (pongamos los Templarios) y discretas (digamos el Opus Dei), esotéricas, etc., una vez organizadas (como la católica), oficializadas y en el co-poder, se convierten de perseguidas en perseguidoras, ineluctablemente, sin solución de continuidad y «sub specie aeternitatis». Esta regla de oro vale igual para la cristiana que la musulmana que la judía (las tres grandes religiones monoteístas) que la budista (que no puede decirse, en rigor, que sea una «religión» y sí, más bien, una filosofía o una «religión laica») que la sintoísta (que tampoco es, en puridad, una religión en Japón). ¿A quién persiguen? A los herejes, palabra que viene del griego airesis y que significa «elección, separación». En los tiempos de Jesucristo (ya casi se antoja baladí saber si fue un personaje histórico o ficticio porque su «densidad histórica» se ha impuesto, «velis nolis, nolens volens», como una verdad a fuerza, quizá, de repetir machaconamente una mentira y una falsedad histórica), con atmósferas más bélico-filosóficas que puramente religiosas y no digamos teológicas, hereje sería un esenio (un «abertzale» de entonces, secta a la que, dicen, perteneció Jesucristo que, de haber existido, repito, hubiera sido un judío patriota antirromano «desjudaizado», después, por el tarsiota Pablo, judío romanizado y este. sí, realmente existente) respecto de un ordenancista saduceo (los de las «trampas saduceas», que decían los políticos franquistas tecnócratas) pero no un nazareno (como era el mítico Sansón, el greñudo, que sería, hoy, y entonces para los romanos, un «terrorista»). Después, y ya con pleno sentido religioso, fue el cristianismo -más bien el agustinismo político-, ya acomodado y apoltronado, quien decidió en sus Concilios, los mandamases, lo que es herejía, lo que es canon y lo que va a misa, nunca mejor dicho. Con el tiempo, la escuela aristotélico-escolástica, tomística, y ya no de Agustín de Hipona que tenía a la filosofía como «ancilla» (esclava) de la religión, se dedicó a justificar las sanciones de la jerarquía eclesiástica con enrevesados argumentos «quodlibetanos» (hala, al diccionario) y de claustro. Al hereje, leña, pero razonada. Era la llamada Segunda Escolástica y la «doble verdad», un intento (imposible) de conciliar razón y fe, o sea, Aristóteles con la Revelación o átame esa mosca por el rabo.

Hubo en la historia montañas de herejías, pero un montón. En la Alta y Baja Edad Media, no tan «oscura» como suele decirse, había donatistas, pelagianos, priscilianos y, mayormente, arrianos (como eran los hispanovisigodos que veis en los reyes de la baraja española). Más tarde, en el siglo XIII, el patarismo (en la Pataria, hoy Padania italiana) y el valdismo y el catarismo («cátaros», en griego «puristas», esto es, aquellos que se veían en la excelente película «El nombre de la rosa» basada en la novela histórico-policíaca-detectivesca de Umberto Eco). O los husitas checos, bogomilos, begardos… Estos herejes (un hereje nunca se llama a sí mismo «hereje», les llaman, les etiquetan) no eran, como diría Durkheim, «anómicos», esto es, aceptaban la religión cristiana pero basada en las puras reglas. Iban a las fuentes. No eran fanáticos. Eran, un poco, si puede decirse así, la quintaesencia de unos principios.

Aquí, afortunadamente, tenemos una Constitución sacra, eterna y perenne para poder meter en cintura (léase «reglas del juego») a los nuevos herejes se disfracen como plazcan: abertzales, comunistas, anarquistas, antifas, ácratas, okupas, antidesahucios, antisistema y, por supuesto, el «entorno». Y hasta gentes de orden como en Catalunya. Lo dijo el siniestro quelonio Alfonso Guerra muy bien: «el que se mueva no sale en la foto». O sea que a ponerse guapos…

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