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La elaboración de los Estatutos de la Primera Internacional

150 años de la fundación de la Primera Internacional (4)

El Llamamiento fundacional sólo pretendía explicar cuáles eran los motivos que habían incitado a los obreros reunidos en asamblea el 28 de septiembre de 1864 a fundar la Internacional. Pero todavía no era más que un programa, una introducción, una proclama solemne anunciando al mundo entero -como lo indica su título- que se había fundado una nueva unión internacional, la Asociación Internacional de los Trabajadores. Era todavía más importante, y mucho más difícil, redactar los Estatutos de la Internacional. Fueron escritos igualmente por Marx, componiéndose de dos partes: la de los principios y la de carácter organizativo. Marx consiguió con no menor éxito superar esta segunda tarea: formular las tareas generales del movimiento obrero en los diferentes países:

«Considerando: Que la emancipación de los trabajadores debe ser obra de los propios trabajadores, que los esfuerzos de los trabajadores por su emancipación no deben tender a constituir nuevos privilegios, sino a establecer para todos los mismos derechos y los mismos deberes;

Que el sometimiento del trabajador al capital es la fuente de toda servidumbre: política, moral y material;

Que, por este motivo, la emancipación económica de los trabajadores es la gran meta, a la cual debe estar subordinado, en cuanto medio, todo movimiento político;

Que todos los esfuerzos realizados hasta el presente han fracasado, por la falta de solidaridad entre los obreros de las distintas profesiones en cada país, y por la falta de una unión fraternal entre los trabajadores de los diversos países;

Que la emancipación de los trabajadores no es un problema simplemente local o nacional, sino que, por el contrario, este problema interesa a todas las naciones civilizadas, estando su solución subordinada necesariamente a su concurso teórico y práctico;

Que el movimiento, que tiene lugar entre los obreros de los países más industriales de Europa, al tiempo que hace nacer nuevas esperanzas, origina una solemne advertencia para no caer en los viejos errores, y aconseja combinar todos los esfuerzos todavía encerrados».

Luego a lo largo de la historia muchos partidos obreros repitieron textualmente las tesis formuladas por Marx en los Estatutos de la I Internacional.

Pero los miembros del Comité provisional de la Internacional no interpretaban del mismo modo algunas de estas tesis. Los ingleses, alemanes y franceses reconocían todos que la emancipación de la clase obrera debía ser obra de los propios trabajadores, pero cada uno de ellos lo comprendía a su manera. Los sindicalistas y los miembros de las antiguas organizaciones inglesas veían en esta tesis una protesta contra la tutela permanente de la burguesía y una afirmación de la necesidad de la organización obrera independiente. Los franceses, que en aquel momento se encontraban en malas relaciones con los intelectuales, estimaban que esta tesis les alertaba contra los intelectuales traidores, que los obreros no necesitaban su ayuda. Probablemente, sólo los alemanes, miembros de la antigua Liga de los Comunistas, comprendían las consecuencias que se deducían de esta tesis: si sólo la clase obrera se encuentra en condiciones de llevar a cabo su liberación, toda coalición con la burguesía está en evidente contradicción con este principio. Y se subrayaba que no se trataba de la liberación de tal o cual grupo de obreros, sino de la clase obrera, que, por consiguiente, era necesaria una organización de clase del proletariado. De la tesis que muestra que la causa esencial de la explotación es la propiedad privada de los medios de producción en manos de los capitalistas, se deduce que es necesario suprimir la propiedad privada. Y esta deducción se encontraba subrayada, además, por la exposición de la necesidad de suprimir todo dominio de clase, lo que es imposible sin la supresión de la división de la sociedad en clases.

Los Estatutos no dicen expresamente, como el Llamamiento fundacional, que el proletariado, para conseguir esta meta, debe adueñarse del poder político, pero formulan esta tesis con otras palabras. Afirman que la emancipación económica de la clase obrera «es la gran meta a cuya consecución todo movimiento político debe estar subordinado en tanto que medio».

Como esta tesis provocó inmediatamente después la violenta reacción de los anarquistas en el seno de la Internacional, será necesario detenerse en ella.

La gran meta del movimiento obrero es la emancipación económica de la clase obrera, que únicamente se puede alcanzar con la expropiación de los medios de producción y la supresión de todo dominio de clase. Pero, ¿de qué modo se puede alcanzar esta meta? ¿Es necesario evitar la lucha política, como proponían los anarquistas? No, responde la tesis, tal como fue formulada por Marx. La lucha política de la clase obrera es tan necesaria como la lucha económica. Es necesaria una organización política, el movimiento político de la clase obrera debe desarrollarse necesariamente. Ahora bien, esta lucha no es un fin en sí misma, como en el caso de la democracia burguesa, o en el caso de los intelectuales radicales, que ponen en primer término la modificación de las formas políticas, la instauración de la república, pero que no quieren ni oir hablar de la tarea fundamental. Por esta razón, Marx subraya que, para la clase obrera, el movimiento político no es más que un medio para alcanzar su meta, que se trata de un movimiento subordinado. Ciertamente, esta fórmula no era tan neta como la del Manifiesto comunista, o incluso la del Llamamiento fundacional, donde se decía que la conquista del poder político se había convertido en la principal obligación de la clase obrera.

Para los miembros ingleses de la Internacional, la fórmula de Marx era ciertamente inequívoca. Los Estatutos estaban escritos en inglés, y Marx había empleado una terminología familiar a los antiguos cartistas y owenistas miembros del Comité. Los cartistas luchaban contra los owenistas, que se limitaban a reconocer la «gran meta», y no querían ni oir hablar de la lucha política. Cuando los cartistas redactaron su carta con los seis célebres puntos, los owenistas les habían reprochado olvidarse completamente del socialismo. Los cartistas, por su parte, subrayaban que tampoco para ellos la lucha política era la meta principal. Y empleaban exactamente la misma fórmula que Marx veinte años más tarde. Para los owenistas la lucha política no es más que un medio y no un fin en sí misma. Por consiguiente, la fórmula de Marx no suscitaba ninguna duda en el seno del Comité. Sólo algunos años más tarde, cuando comenzaron las discusiones con los bakuninistas sobre la cuestión de la lucha política, este punto se convirtió en la manzana de la discordia. Los bakuninistas sostenían que, originalmente, las palabras «en cuanto medio» no se encontraban en los Estatutos, que Marx las había introducido más tarde, con el fin de pasar así de contrabando sus tesis. Y, en efecto, si se rechazaban las palabras «en cuanto medio», este punto adquiere un sentido completamente diferente.

Ahora bien, en el texto francés, estas palabras precisamente se habían omitido produciéndose un malentendido que hubiera sido fácilmente disipable, pero que, en medio de la lucha ideológica, condujo a los anarquistas a acusar a Marx de falsificar los Estatutos. El texto francés decía: «La emancipación económica de los trabajadores es la gran meta a la cual debe quedar subordinado todo movimiento político».

Dice Riazanov que la supresión se hizo para no atraer la atención de la policía francesa, que vigilaba cuidadosamente todo movimiento político entre los obreros y consideraba a los internacionalistas franceses, no como «políticos», sino como «economicistas». Así eran también considerados por los blanquistas que, en cuanto «políticos», no se recataban en atacar a quienes para ellos no eran más que vulgares «economicistas». Pero puede que sobre la traducción también influyeran los proudhonistas franceses, a quienes tampoco gustaban las batallas políticas.

En cualquier caso, la traducción francesa, desnaturalizada de este modo, se imprimió en la Suiza de lengua francesa y, desde allí, repartida por los países en que se empleaba más el francés, es decir, en Italia, España y Bélgica. En el primer Congreso internacional que ratificó los Estatutos, cada nación aceptó los puntos de los Estatutos según la traducción porque la Internacional carecía de fondos para imprimir sus textos en tres idiomas. El texto inglés con el Llamamiento fundacional, no ocupaba más que una hoja de imprenta y sólo fue impreso en una edición de mil ejemplares, que, por otra parte, se agotó con gran rapidez. Guillaume, un anarquista de los más encarnecidos adversarios de Marx, al que le acusa de falsificación, asegura en su historia de la Internacional, que sólo en 1905 pudo ver, por vez primera, el texto inglés con las palabras «en cuanto medio». Si hubiera querido, hubiera podido convencerse fácilmente con anterioridad de que Marx no era un falsificador, pero su actitud no hubiera cambiado.

En los Estatutos existía un punto contra el que no protestaban los anarquistas, pero que, desde el punto de vista marxista, suscita dudas.

Para lograr el acuerdo entre los elementos heterogéneos que formaban el Comité, Marx se había visto obligado a realizar algunas concesiones. Estas concesiones no se presentaban en el Llamamiento fundacional, sino en los Estatutos. Los anarquistas afirman aún hoy que Marx manejaba los hilos del Consejo General de manera omnímoda, pero los hechos -y precisamente estas concesiones- demuestran todo lo contrario, que Marx trataba de aglutinar a un movimiento amplio, a las distintas corrientes y que para ello estaba dispuesto a ceder en aspectos importantes de sus tesis más avanzadas. Dijo Engels en una carta:

«En nuestra Asociación tenemos hombres de todo género: comunistas, proudhonistas, unionistas, tradeunionistas, cooperadores, bakuninistas, etc., e incluso en nuestro Consejo General hay hombres de opiniones bastante diferentes.

En el momento en que la Asociación se convirtiera en una secta, estaría perdida. Nuestra fuerza reside en la amplitud con que interpretamos el artículo primero de los Estatutos».

Tras haber expuesto los principios en base a los cuales los miembros del Comité elegidos por la asamblea del 28 de septiembre de 1864 habían resuelto fundar la Asociación Internacional de Trabajadores, Marx continúa:

«El Congreso declara […] que esta asociación internacional, así como todas las sociedades e individuos que se adhieran a ella, reconocerán que la base de su conducta respecto a todos los hombres debe ser: la Verdad, la Justicia, la Moral, sin distinción de color, creencia o nacionalidad.

El Congreso considera como un deber reclamar no solamente para los miembros de la Asociación, sino para cualquiera que cumpla con sus obligaciones, los derechos del hombre y del ciudadano. No más deberes sin derechos, no más derechos sin deberes».

El propio Marx escribía sobre este tema a Engels: «Todas mis propuestas han sido aceptadas por la subcomisión. únicamente se me ha obligado a insertar en la introducción de los Estatutos dos o tres frases con las palabras ‘obligación’, ‘derecho’, ‘verdad, moral y justicia’, pero todo ello queda dispuesto de modo que no entorpece en nada al sentido general».

En efecto, no hay en ello nada particularmente equívoco. Se puede hablar de verdad, de justicia, de moral, a condición de tener en cuenta que ni la verdad, ni la justicia, ni la moral son algo eterno e inmutable, algo absoluto, independiente de las condiciones sociales. Marx no niega ni la verdad, ni la justicia, ni la moral; demuestra únicamente que el desarrollo de estos conceptos se encuentra determinado por el desarrollo histórico y que cada clase les atribuye un sentido diferente.

Lo que hubiera sido criticable es que Marx se hubiera visto obligado a repetir la declaración de los socialistas ingleses y franceses, a probar que es necesario realizar el socialismo porque la verdad, la justicia y la moral lo exigen, y no que, como lo ha expuesto en el Llamamiento fundacional, es inevitable y se desprende lógicamente de las propias condiciones creadas por el capitalismo, de la situación que ocupa la clase obrera. Tal como habían sido dispuestas por Marx, estas palabras no eran más que la constatación del hecho de que los miembros de la Asociación Internacional de Trabajadores se comprometen a guiarse en sus relaciones mutuas sobre la base de la verdad, de la justicia y de la moral, es decir, a no traicionarse unos a otros, a no traicionar a su clase, a no engañarse mutuamente, a actuar como camaradas. Estas ideas, que para los utopistas eran los principios, el fundamento de las reivindicaciones del socialismo, se convierten en Marx en reglas de conducta para una organización proletaria.

Pero, en el punto que examinamos, se dice que estos principios deben ser la base de las relaciones de los miembros de la Internacional entre ellos y con todos los hombres, independientemente de su raza, su religión o su nacionalidad. Esto no dejaba de ser racional. En aquella época la guerra civil hacía estragos en Estados Unidos; poco antes, la insurrección polaca había sido aplastada definitivamente; las tropas zaristas completaban la conquista del Cáucaso; en una serie de Estados, las persecuciones de carácter religioso estaban en su apogeo; incluso sólo hacia 1858 en Inglaterra los judíos habían obtenido sus derechos políticos y, en los restantes países europeos, no gozaban todavía del régimen ciudadano. La propia burguesía no había realizado aún sus «eternos» principios de moral y justicia respecto a los miembros de su propia clase en su propio país, y los violaba sin contemplaciones cuando se trataba de otro país o de otra nacionalidad.

El segundo punto sobre los derechos y deberes suscita muchas más objeciones. Impone, no se sabe por qué, a cada miembro de la Asociación la obligación de obtener los derechos del hombre y del ciudadano. No sólo para él mismo, ciertamente, sino también para los demás. Pero este añadido no le da un sentido más claro. A pesar de toda su diplomacia, Marx, en ese caso, se ve obligado a efectuar una gran concesión a los representantes de los emigrados revolucionarios franceses miembros del Comité.

La revolución francesa proclamó los derechos del hombre y del ciudadano en 1789. En su lucha contra la nobleza y el absolutismo, que se habían apropiado de todos los privilegios y no habían dejado a los demás más que las obligaciones, la burguesía revolucionaria había reclamado la igualdad, la fraternidad y la libertad, así como el reconocimiento para todo hombre y ciudadano de una serie de derechos intangibles, entre los cuales el derecho de propiedad era frecuentemente violado por la aristocracia y el poder real en detrimento del tercer estado.

A esta declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, los jacobinos no aportaron más que algunas enmiendas que dejaron intacto el punto referente a la propiedad individual, pero que radicalizaron en gran medida la declaración desde el punto de vista político, al consagrar en ella el derecho del pueblo a la insurrección y al subrayar en ella la fraternidad entre todos los pueblos. En esta forma es conocida bajo el nombre de Declaración de los derechos de 1973, convirtiéndose en programa de los revolucionarios franceses a partir de 1830.

Los seguidores de Mazzini insistían en que fuera adoptado su programa. En su célebre libro De las obligaciones del hombre, que traducido al inglés era muy popular entre los obreros ingleses, Mazzini, conforme a su lema «Dios y el pueblo», y al contrario que los materialistas franceses con su Declaración de los derechos del hombre, fundados en la razón y la naturaleza, ponía como fundamento de su ética idealista la concepción del deber, de las obligaciones del hombre, que le habían sido impuestas por Dios.

Así se comprende la fórmula de Marx: No más derechos sin deberes, no más deberes sin derechos. Obligado a introducir en su documento la reivindicación de la «Declaración de los derechos del hombre», aprovechó la diferencia entre los franceses y los italianos para subrayar en su fórmula la diferencia de esta reivindicación con la antigua reivindicación de la burguesía. El proletariado reclama también derechos para él mismo, pero, desde el comienzo, declara que no reconoce derechos al individuo sin deberes con respecto a la sociedad.

Cuando, años más tarde, fueron revisado los Estatutos, Marx propuso eliminar únicamente las palabras en las cuales se hablaba de la «Declaración de los derechos humanos». En cuanto a la tesis: No más derechos sin deberes, no más deberes sin derechos, subsistió y fue introducida posteriormente en el programa de Erfurt, modificada del siguiente modo: «Derechos iguales y deberes iguales».

Los Estatutos decían:

«Se ha creado una asociación para conseguir un punto central de comunicación y de cooperación entre los obreros de diferentes países que aspiran al mismo fin, a saber: el apoyo mutuo, el progreso y la completa liberación de la clase obrera.

El nombre de esta asociación será Asociación Internacional de Trabajadores.

En 1865 será convocado en Bélgica un congreso internacional obrero integrado por representantes de todas las sociedades obreras que se adhieran a la Internacional. El congreso deberá proclamar ante toda Europa las reivindicaciones generales de la clase obrera, aceptar bajo su forma definitiva los Estatutos de la Asociación, examinar los medios necesarios para el éxito de su acción y nombrar un Consejo central.

El congreso se reunirá anualmente.

El Consejo central reside en Londres y se compone de obreros de diferentes países representados en la Asociación Internacional. Elige en su seno los funcionarios necesarios para la gestión de los asuntos: un presidente, un tesorero, un secretario general, secretarios especiales para las relaciones con los diferentes países.

Cada año, el Consejo central rendirá al congreso un informe sobre su actuación durante el año. Nombrado por el congreso tiene el derecho de cooptación. En casos extraordinarios, podrá convocar al congreso antes de que haya transcurrido el plazo de un año.

El Consejo central establecerá relaciones con las diferentes asociaciones obreras, de tal modo que los obreros de cada país se encuentren constantemente al corriente de los movimientos de su clase en los demás países; que se realice simultáneamente y con un mismo espíritu una encuesta sobre la situación social; que las cuestiones propuestas por una sociedad y cuya discusión sea de interés general sean examinadas por todas, y que cuando una idea práctica o una dificultad internacional reclame la acción de la Asociación, ésta pueda actuar de un modo uniforme. Cuando le parezca necesario, el Consejo Central tomará la iniciativa de las propuestas a someter a las sociedades locales o nacionales.

Puesto que el éxito del movimiento obrero no puede asegurarse en cada país más que por la fuerza resultante de la unión y de la asociación; que, por otra parte, la utilidad del Consejo central depende de sus relaciones con las sociedades obreras, bien sean nacionales o locales, los miembros de la Asociación Internacional deberán realizar todos sus esfuerzos, cada uno en su país, para reunir en una asociación nacional a las diversas sociedades obreras existentes».

Los principios fundamentales de los Estatutos fueron inmediatamente ratificados por el Congreso. Una de las principales modificaciones que fueron introducidas fue la supresión, a propuesta de Marx, de la función de presidente del Consejo central, que posteriormente fue denominado «Consejo general». La experiencia de la Unión obrera general alemana, fundada por Lassalle, había mostrado los inconvenientes de este cargo totalmente inútil. El Consejo general elegía un presidente para dirigir la asamblea, mientras que, para la solución de los problemas cotidianos, los secretarios de los diferentes países se reunían con el secretario general.

Los Estatutos de la Internacional fueron posteriormente utilizados en numerosas ocasiones en el movimiento obrero internacional. Las modificaciones introducidas en los Estatutos durante ocho años no cambiaron sustancialmente sus rasgos fundamentales. Únicamente hacia el final de la Internacional los poderes del Consejo General se habían incrementado.

El Llamamiento internacional

150 años de la fundación de la Primera Internacional (3)

A partir del momento en que la sociedad recibió su nombre, se comenzó la redacción del Programa y los Estatutos. Se presentaron diferentes proyectos porque el Comité se encontraba formado por elementos muy dispares.

En primer lugar estaban los ingleses, quienes, a su vez, se encontraban divididos en numerosos grupos: sindicalistas, antiguos cartistas y antiguos owenistas. Estaban los franceses, muy poco avezados en las cuestiones económicas, pero especialistas en el arte revolucionario. Había también italianos, muy influyentes entonces porque estaban dirigidos por un hombre muy popular entre los ingleses, el viejo revolucionario Mazzini, republicano ardiente y, al mismo tiempo, hombre religioso. Había emigrados polacos, para los cuales la cuestión polaca ocupaba el primer plano. Los emigrados alemanes eran antiguos miembros de la Liga de los Comunistas: Eccarius Lessner, Lochner, Pfender y, finalmente, Marx. Finalmente, los italianos expusieron un proyecto levantado casi sobre el mismo modelo que el francés.

En la subcomisión en la que participaba, Marx defendió sus tesis y, al final, le encargaron presentar su proyecto al Comité. En la cuarta sesión -era el 1 de noviembre de 1864-, fue adoptado por aplastante mayoría el proyecto de Marx con algunas modificaciones insignificantes.

Fue redactado sin caer en compromisos como él mismo dice en una carta dirigida a Engels, «tuve que introducir en los Estatutos y en el programa algunas palabras como ‘derecho’, ‘moralidad’ o ‘justicia’, pero insertándolas de modo que no pudieran ser perjudiciales». Pero no radica aquí el secreto del éxito de Marx en una asamblea tan heterogénea, logrando aprobar casi por unanimidad su tesis. El secreto de su éxito reside en el extraordinario talento (como lo reconoce incluso Bakunin) que desplegó en la redacción del Llamamiento fundacional de la Internacional. En la misma carta a Engels, Marx afirma que era extremadamente difícil exponer las opiniones comunistas de manera que fueran aceptables al movimiento obrero de entonces. Era imposible emplear el lenguaje revolucionario del Manifiesto Comunista. Había que esforzarse por ser agresivo en el fondo pero moderado en la forma. Marx llevó a cabo con brillantez este trabajo.

El Llamamiento fue escrito 17 años después del Manifiesto Comunista. Eran del mismo autor, pero las épocas en las cuales habían sido escritos y las organizaciones para las cuales habían sido redactados diferían profundamente. El Manifiesto Comunista había sido redactado en nombre de un pequeño grupo de revolucionarios para un movimiento obrero todavía muy joven. Pero ya entonces los comunistas subrayaban que no planteaban ningún principio revolucionario con la intención de imponerlo al movimiento obrero, que únicamente se esforzaban en sacar a la luz, en el interior de este movimiento, los intereses generales del proletariado de todos los países, independientemente de la nacionalidad.

En 1864 el movimiento obrero había crecido considerablemente, había adquirido un carácter de masas, pero desde el punto de vista del desarrollo de la conciencia de clase, estaba atrasado con respecto a la pequeña vanguardia revolucionaria de 1848. El nuevo estado mayor de este movimiento, en cuyo nombre escribía entonces Marx, estaba igualmente retrasado con respecto a aquella vanguardia. Había que escribir el nuevo manifiesto teniendo en cuenta el nivel de desarrollo del movimiento obrero y de sus dirigentes, sin renunciar, al mismo tiempo, a ninguna de las tesis fundamentales del Manifiesto Comunista.

Marx, en su nuevo manifiesto, formuló las reivindicaciones alrededor de las cuales debían unirse las masas obreras, y sobre cuya base podía seguir desarrollándose la conciencia de clase. Las reivindicaciones de clase directas del proletariado formuladas por Marx llevaban de un modo lógico a las reivindicaciones más avanzadas del Manifiesto Comunista.

Desde todos estos aspectos, Marx poseía una inmensa superioridad sobre Mazzini, sobre los revolucionarios franceses o sobre los sindicalistas ingleses que presidían el Comité de la Internacional. Durante estos 17 años había realizado un ímprobo trabajo teórico, verdaderamente descomunal. En esta época ya había terminado el borrador de su gigantesca obra, El Capital, y se ocupaba de corregir el primer tomo. Era la única persona en todo el mundo que había estudiado con tanta profundidad la situación de la clase obrera, y que había comprendido los mecanismos internos de la explotación capitalista.

En toda Inglaterra no había una sola persona que se hubiera tomado la molestia de estudiar como él todos los informes de los inspectores de fábricas, así como los trabajos de las comisiones parlamentarias que describían la situación de las distintas ramas de la industria, y las diferentes categorías del proletariado. Marx estaba mucho más enterado de estas cuestiones que los propios obreros del Comité. Los panaderos que lo integraban conocían perfectamente la situación de su oficio, los zapateros conocían la industria del calzado, los carpinteros y yeseros estaban al corriente de la situación de los obreros de la construcción, pero únicamente Marx conocía a fondo la cuestión de las categorías más diversas de la clase obrera y sabía ligarla a las leyes generales de la producción capitalista.

El talento de Marx como agitador se manifiesta en la propia composición de aquel manifiesto. Al igual que en el Manifiesto Comunista, había partido del hecho fundamental de todo el desarrollo histórico, la lucha de clases; del mismo modo, en el nuevo manifiesto no comienza con frases generales, ni con temas elevados, sino por los hechos que caracterizan la situación de la clase obrera: «Un hecho de extraordinaria importancia: desde 1848 a 1864 no ha disminuido la miseria de la clase obrera y, sin embargo, si tenemos en cuenta el desarrollo de la industria y del comercio, este período carece de precedentes en la historia».

Marx demuestra que, aunque en Gran Bretaña el comercio se hubiera triplicado desde 1843, nueve de cada diez hombres se ven obligados a luchar desesperadamente con el solo fin de asegurar su subsistencia. Demuestra también que la inmensa mayoría de la clase obrera se alimenta insuficientemente, degenera, es pasto de enfermedades, mientras que las clases poseedoras incrementan monstruosamente sus riquezas. deduce de todo ello que, a pesar de las aseveraciones de los economistas burgueses, ni el perfeccionamiento de la maquinaria, ni la aplicación de la ciencia a la industria, ni el descubrimiento de nuevas colonias, ni la emigración, ni la creación de nuevos mercados, ni la libertad del comercio pueden suprimir los males de la clase obrera. Por tanto, en tanto el régimen social permanezca sobre sus antiguas bases, cualquier nuevo desarrollo de las fuerzas productivas no hará más que agrandar el abismo que divide actualmente a las distintas clases, y hará aún más patente todavía el antagonismo que existe entre ellas.

Tras indicar los motivos que contribuyeron a la derrota de la clase obrera en 1848, y que provocaron la apatía que caracteriza al período de 1849 a 1889, Marx expone las conquistas realizadas por los obreros durante este período. En primer lugar, la ley sobre la jornada laboral de diez horas. A pesar de todas las aseveraciones de los satélites del capital, la reducción de la jornada de trabajo obrero, lejos de hacer menor el rendimiento del trabajo, lo aumentó. Esta ley, además, supuso el triunfo del principio de la intervención del Estado en el campo de las relaciones económicas frente al antiguo principio de la libertad de competencia. Y concluye, como en el Manifiesto Comunista, que la clase obrera necesita someter la producción al control y dirección de toda la sociedad, dado que una producción social concebida de este modo es el principio fundamental de la economía política de la clase obrera. Así pues, la ley de la jornada de diez horas no sólo fue un éxito práctico sino que marcó la victoria de la economía política de la clase obrera sobre la economía política de la burguesía.

Otra conquista está representada por las cooperativas fundadas por iniciativa de los obreros. Pero, difiriendo de Lassalle, que consideraba las asociaciones de producción como punto de partida para la transformación de toda la sociedad, Marx no sobrevalora su importancia práctica. Por el contrario, solamente las promueve para demostrar a las masas obreras que la gran producción dirigida con métodos científicos puede desarrollarse sin los capitalistas; que los medios de producción no deben ser propiedad de ningún individuo, ni transformarse en instrumento de violencia y esclavitud; que el asalariado, como el esclavo, no es algo eterno, sino un estado transitorio, una forma inferior de la producción, que debe dejar su puesto a la producción social. Una vez extraídas estas conclusiones, Marx indica que, en tanto estas asociaciones de producción estén limitadas a un pequeño círculo de obreros, no serán capaces de mejorar ni siquiera un poco la situación de la clase obrera.

La producción cooperativa debe extenderse a todo el país. Planteando de este modo la tarea de la transformación de la producción capitalista en producción socialista, Marx señala inmediatamente que esta transformación será combatida por todos los medios por las clases dominantes, que los capitalistas aprovecharán su poder político para defender sus privilegios económicos. Por esta razón, el primer deber de la clase obrera consiste en conquistar el poder político; para ello es necesario organizar en todas partes partidos obreros. Los obreros poseen un factor de éxito: su masa, su número. Pero esta masa no es fuerte mientras no sea compacta, mientras no se oriente en una misma dirección. Sin una profunda cohesión, sin solidaridad, sin ayuda mutua en la lucha por su emancipación, sin una organización nacional e internacional, los obreros están condenados a la derrota. Guiándose por estas consideraciones, añade Marx, los obreros de los distintos países han resuelto fundar la Asociación Internacional de Trabajadores.

Con asombroso arte, bajo una forma moderada, Marx extrajo de la situación efectiva de la clase obrera todas las deducciones fundamentales del Manifiesto Comunista: organización de clase del proletariado, derrocamiento del dominio de la burguesía, conquista del poder político por el proletariado, supresión del trabajo asalariado, nacionalización de todos los medios de producción.

Pero Marx -y de este modo finaliza el Llamamiento fundacional- sitúa en primer plano otra tarea política de primordial importancia. La clase obrera no debe limitarse a la estrecha esfera de la política nacional. Debe seguir atentamente todas las cuestiones de política internacional. Si el éxito de la liberación de la clase obrera depende de la solidaridad de los obreros de todos los países, la clase obrera no puede cumplir su misión si las clases que dirigen la política exterior aprovechan los prejuicios nacionales para enfrentar unos contra otros a los obreros de los diferentes países, derramar en guerras de rapiña la sangre del pueblo. Por ello, es hora de que los obreros aprendan a conocer todos los secretos de la política internacional. Deben vigilar la diplomacia de sus respectivos gobiernos y, en caso de que fuera necesario, resistir por todos los medios y unirse en unánime protesta contra los criminales manejos de los gobiernos. Ha llegado el momento de acabar con este estado de cosas donde el engaño, la expoliación, el robo son autorizados como método normal en las relaciones entre los pueblos; es decir, donde son violadas todas las reglas consideradas como obligatorias en las relaciones entre las personas privadas.

Fuente: censurada web Antorcha.org

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