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Mes: septiembre 2013 (página 1 de 1)

Una, grande y libre: el nuevo falangismo de «izquierda»

Óscar Miguélez

En
plena celebración de la Diada el Diario Octubre publica un infame
artículo de Eduardo J. García titulado nada menos que «Los fachalanes»
en donde arremete sin el más mínimo pudor contra el independentismo
catalán. El encabezamiento ya deja claro que, según García, el fascismo
no está entre los opresores sino entre los oprimidos. A partir de ahí
cualquier cosa es posible y para comprobarlo no hay más que tener
estómago para digerir el artículo en su integridad.

En las tres décadas y media transcurridas desde la
transición y, a pesar de la creación del Estado de la Autonomías, las
contradicciones nacionales en España no se han amortiguado, sino todo lo
contrario. Los centralistas tienen la impresión de que han cedido
inútilmente, reaccionan para disimular que la opresión nacional sigue
existiendo y pasan a la ofensiva lanzando el siguiente argumento:
durante la transición España se transformó en un Estado democrático,
prueba de lo cual es que concedió las más amplias competencias a las
autonomías (naciones). ¿Qué más quieren los independentistas?

Son insaciables y no se conforman con nada. En la
argumentación centralista no sólo la opresión nacional ha desaparecido,
sino incluso la propia Catalunya, «un país que no ha existido jamás»,
según García. Entonces la duda es lógica: si no hay opresión nacional,
¿de qué se quejan los independentistas? Y lo que es aún más extraño:
¿cómo es posible que el nacionalismo no sólo no haya sido desactivado,
sino todo lo contrario, haya multiplicado sus fuerzas? ¿Cómo puede
crecer un problema que ya está solucionado?

El artículo de García que publica el Diario Octubre,
como tantas otras publicaciones fascistas, no reconoce la existencia de
una situación oprobiosa de hecho, el sometimiento nacional de
Cayalunya, sino sólo un problema subjetivo, que son los nacionalistas
(la burguesía nacionalista) o, dicho de otra manera, los nacionalistas
(la burguesía nacionalista) están creando un problema donde no lo hay.

La maniobra no puede ser más repugnante. Constituye
un alineamiento descarado con el Estado fascista en contra de los
oprimidos, afirmando que el verdadero problema son ellos. Los que
realmente están oprimidos son los fascistas y su España (una, grande y
libre). En este país el oportunismo sigue despeñándose por los abismos
de la más descarada degeneración moral e intelectual, presentando al
viejo falangismo con un nuevo rostro de «izquierda». La UCE no es más
que un ejemplo, de los que hay varios. A García y el Diario Octubre se
les ha quedado pegado al paladar hasta el lenguaje fascista, cuando
califican de «batasunos» a los miembros de la CUP.

Los oportunistas son al comunismo lo que el inglés a
Ana Botella. Pretenden que es algo consustancial al comunismo crear
«grandes Estados», o que la unidad del Estado (por las buenas o por las
malas) garantiza la unidad de la clase obrera, o que son los
imperialistas (extranjeros) quienes pretenden dividir a la sagrada
patria (que es España), lo mismo que hicieron en los Balcanes.

Cuando en España se habla de nacionalismo el
subconsciente nos traslada mecánicamente a Galicia, Euskadi o Catalunya.
Fuera de ahí no hay nacionalismo; los españoles no son nacionalistas,
un término que hoy, en los tiempos del Banco Mundial, la UE y la OTAN se
ha convertido en sinónimo de terrorismo, violencia, intolerancia, etc.
Además de arcaico, el nacionalismo es hoy contraproducente… siempre
que se trate del nacionalismo de los demás, el de los oprimidos, porque
el propio no necesita presentarse como tal nacionalismo, sino todo lo
contrario. Más bien alardean de internacionalismo y cosmopolitismo.

Para justificar su alineamiento con la opresión, los
nuevos falangistas de «izquierda», además de recordar la naturaleza
burguesa del nacionalismo, exponen el amplio repertorio de «trapalladas»
que cometen a cada paso en sus respectivos cortijos. Pero, ¿qué
esperaban de la burguesía? A cada paso los falangistas (de derechas y de
«izquierdas») nos recuerdan el victimismo de los independentistas. Es
verdad, el victimismo existe, pero no es ficticio. Sus «trapalladas» son
reactivas: se alimentan de las que proceden de Madrid que, por cierto,
permanecen en un segundo plano.

Es el propio centralismo fascista el que durante 35
años ha estado alimentando el crecimiento del independentismo en
Catalunya y demás naciones oprimidas. A lo largo de las últimas décadas
la burguesía catalana ha demostrado verdadera maestría política a la
hora de explotar todas y cada una de las torpezas que proceden de
Madrid. Pero algunos, como García y el Diario Octubre, siguen sin querer
enterarse: los pequeños ejércitos ganan las guerras aprovechando los
errores de los grandes.

Aunque ese es un principio importante, no es en
absoluto lo principal en este asunto. Lo que le está permitiendo a la
burguesía catalana una hegemonía sin precedentes en su cortijo es la
inhición, la absoluta torpeza de los que le hacen el caldo gordo al
fascismo. Lo llamamos falangismo de «izquierda» pero la III
Internacional lo calificó como «socialfascismo»: socialistas de palabra y
fascistas de hecho. Eso es lo que mejor define a García y a medios como
al Diario Octubre, que se mantienen dentro de círculos insignificantes
mientras las fuerzas de los «batasunos» crecen cada día.

(*) Eduardo J. García: Los fachalanes (The catalan Way)

El programa nacional del proletariado

Óscar
Miguélez
Marx y
Engels no pudieron elaborar una línea general capaz de orientar al proletariado
en su lucha contra la opresión nacional, aunque entre sus escritos abundan las
aproximaciones concretas, inspiradas por las circunstancias particulares de
cada país. El motivo es que entonces las naciones estaban en periodo de
formación, lo que bajo el Imperio Austro-Húngaro se conoció como la
«primavera de los pueblos», en referencia a la revolución de 1848. En
tales condiciones no era posible que el proletariado tuviera un programa propio
al respecto que, naturalmente, no puede ser idéntico al de la burguesía.
A pesar de
ello, abundan los oportunistas que partiendo de cartas y apuntes al vuelo han
tratado de deducir conclusiones generales, válidas para cualquier nación y
cualquier momento histórico. Esos intentos son tanto más infructuosos en cuanto
que no tienen en cuenta algunas circunstancias, que son muy importantes:
a) en la
primera mitad del siglo XIX el capitalismo estaba en su fase de expansión
b) los
escritos de Marx y Engels sólo ocasionalmente van más allá de Europa
c) Europa
estaba en proceso de formación, su mapa político era bien diferente del actual
d) los
movimientos nacionales en Europa formaban parte de la revolución democrático-burguesa
Esas
condiciones desaparecieron. En la actualidad la cuestión nacional está ligada a
algo mucho más general, el imperialismo, una fase superior del capitalismo que
Marx y Engels no conocieron. A diferencia de aquella época, en la actualidad,
la cuestión nacional no sólo forma parte de la revolución socialista sino,
además, de otra serie de cuestiones, tales como el colonialismo, el indigenismo
o la cuestión racial.
Sólo al
llegar esta nueva fase el proletariado pudo disponer de una perspectiva más
amplia, verdaderamente internacional, para elaborar una línea política de igual
dimensión, una tarea que llevaron a cabo Lenin, Stalin y la Internacional
Comunista. Bajo el imperialismo, los principios elaborados por los comunistas
para resolver la cuestión nacional, sirven también de fundamento para resolver
las demás cuestiones conexas a ella: colonial, indígena, racial, etc.
Durante la
primera etapa del capitalismo Marx y Engels no pudieron adoptar una postura
única ante unas u otras naciones, de manera que mientras hoy unos oportunistas
se aferran a un repertorio de citas literales, los otros se apoyan en otro
diferente, e incluso opuesto. Traídas a la actualidad, la mayor parte de esas
referencias están fuera de contexto y constituyen otras tantas manipulaciones
históricas del pensamiento de Marx y Engels, que en unos casos parece que eran
independentistas, como en sus conclusiones sobre Irlanda o Polonia, mientras en
otros son furibundos unionistas, como en el caso de los eslavos del sur.
A ello hay
que añadir que su criterio con respecto a algunas naciones, por ejemplo
Irlanda, cambió con el tiempo, como reconoció el propio Marx, entre otros
escritos, en una carta a Engels de 2 de noviembre de 1867. Lenin no sólo
analizó aquel giro de Marx sino que explicó sus dos motivos:
a) la
posición hegemónica del imperialismo británico en el mundo a lo largo del siglo
XIX y la formación de la aristocracia obrera en Inglaterra
b) que Marx
no hacía de los movimientos nacionales algo «absoluto», algo con
entidad por sí mismos, al margen de las clases y de las luchas entre ellas
Es
importante retener este segundo motivo: los movimientos nacionales no son nada
en sí mismos, sino movimientos de las clases social
es. Ahí Stalin reconocía la
«esencia de clase de la cuestión nacional» (1) 
y en uno de sus
primeros escritos lo explicó así: «La cuestión nacional sirve en las
distintas épocas a distintos intereses y adopta distintos m
atices según la
clase que la promueve y la época en que se promueve» (2).
Los
escribanos de bajos vuelos han creído encontrar aquí contradicciones,
incoherencias o incongruencias. Aún no han entendido que la cuestión nacional
cambia con la situación de las clases sociales o el momento histórico o, por
decirlo de otra manera, la cuestión nacional, como cualquier otra cuestión, hay
que analizarla en concreto, es decir, hay que llevar a cabo un análisis
concreto de la situación concreta.
Hay un
segundo aspecto en las cartas de Marx sobre Irlanda que desarticula uno de los
tópicos más manoseados (y falsos) del materialismo histórico, según el cual
Marx y Engels se equivocaron porque ingenuamente creyeron que la revolución
empezaría en los países más adelantados. Siempre que los escribanos lanzan
estos tópicos absurdos nunca mencionan sus fuentes. ¿En que obra defendieron
esa tesis? La lectura de los apuntes de Marx sobre Irlanda demuestra más bien
lo contrario: Marx no sólo dice que la revolución puede empezar en un país
atrasado, como Irlanda, sino que sería conveniente que así fuera:
«Durante
mucho tiempo creí que sería posible derrocar al régimen irlandés por el ascenso
de la clase obrera inglesa […] El estudio más profundo ahora me ha convencido
de lo contrario. La clase obrera inglesa nunca logrará nada antes de que se
haya liberado Irlanda. La palanca debe ser aplicada en Irlanda. Es por ello que
la cuestión irlandesa es tan importante para el movimiento social en
general»
Introducir
dentro de la agenda de la Primera Internacional la lucha contra la opresión
nacional fue una de tantas batallas libradas contra el falso «internacionalismo»
de los proudhonistas. En 1870, en una comunicación confidencial que remitió a
la Primera Internacional, Marx propuso formalmente a la organización
internacional del proletariado la aprobación del siguiente programa: «La
actitud de la Asociación Internacional en el problema de Irlanda es
absolutamente clara. Su primer objetivo es acelerar la revolución social en
In
glaterra. Con tal fin es preciso asestar el golpe decisivo en Irlanda» (3).
Pero el
programa del proletariado no es un brindis al sol sino, ante todo, una práctica
y por eso el 24 de octubre de 1869 la Primera Internacional convocó en Londres
una manifestación exigiendo la amnistía para los presos políticos irlandeses,
una preocupación sobre la que Marx insistió en varias reuniones de la dirección
de la Internacional.
Los hechos
volvieron a dar la razón a Marx y Engels: la revolución estalló primero en
Irlanda. Pero eso no es más que una parte de la cuestión: cuando ellos dijeron
que lo más conveniente era que la revolución empezara en Irlanda, ¿a qué se
referían exactamente? ¿A Irlanda? No. Se referían al proletariado inglés (y
secundariamente también al irlandés). Por eso la manifestación en defensa de
los presos políticos irlandeses no se convocó en Dublín, sino en Londres.
Esa es la
esencia clasista de la cuestión nacional. No se trata de dejar la lucha contra
la opresión nacional circunscrita dentro de los límites de la nacionalidad
oprimida sino, ante todo, de llevarla a la nacionalidad opresora y, en última
instancia, al proletariado internacional. Ahora sólo queda que los comunistas
españoles empiecen a pensar seriamente en celebrar en Madrid la Diada Nacional
de Catalunya o en convocar manifestaciones por la liberación de los presos
políticos vascos.
En
consecuencia, a pesar de la singular casuística de cada nación y cada momento,
Marx y Engels abordaron el problema nacional sobre criterios de clase,
partidistas. En 1917 Stalin dejó muy clara la disyuntiva en la VII Conferencia
del partido bolchevique sobre el mismo asunto: «Existe un movimiento por
la independencia en Irlanda. ¿Con quién estamos nosotros camaradas? O estamos
con Irlanda, o estamos con el imperialismo inglés».
Puesto que
los movimientos nacionales son movimientos de las clases sociales, Marx y
Engels aportaron el punto de vista de la clase obrera al respecto. A diferencia
de los proudhonistas y anarquistas actuales, que se desentienden de la cuestión
nacional porque dicen estar en contra de las naciones y las fronteras, que son
asuntos propios de «burgueses», los marxistas siempre los hemos
incluimos dentro de nuestro programa.
Sin embargo,
hoy algunos que se llaman marxistas siguen defendiendo ese criterio nihilista,
justificándose con aquello de que son «internacionalistas» y que
«el proletariado no tiene patria». Son apartidistas y, por
consiguiente, ajenos al marxismo. Se les olvida la segunda parte de esa frase
del «Manifiesto Comunista»: la lucha del proletariado es
internacional por su contenido pero nacional por su forma. Stalin lo explicó de
una manera muy precisa y elegante en un discurso pronunciado en 1925:
«Proletaria
por su contenido, nacional por su forma: tal es la cultura universal hacia la
que marcha el socialismo. La cultura proletaria no suprime la cultura nacional,
sino que le da contenido. Y, por el contrario,
la cultura nacional no suprime
la cultura proletaria, sino que le da forma» 
(4)
.
Al
proletariado le interesa, pues, abordar la cuestión nacional, tiene que
incorporarla a su propio programa aunque, lógicamente, en ningún caso puede
incurrir en el seguidismo respecto a la burguesía, es decir, el programa
nacional del proletariado no es el mismo que el de la burguesía. Puede
coincidir en parte con el de la burguesía, pero no puede ser idéntico a él.
Notas:
(1) Stalin,
Informe al XII Congreso
(2) Stalin,
Cómo entiende la socialdemocracia la cuestión nacional
(3) Marx,
Extracto de una comunicación confidencial a la dirección de la Internacional
(4) Stalin,
Sobre las tareas políticas de la Universidad de los Pueblos de Oriente

El ambiente de Madrid tras el golpe de Casado a través de «La Voz»

Nos ha llegado un correo con lo siguiente:

Envío
algunos números de marzo de 1939 escaneados de «La Voz», periódico de
la tarde de Madrid. Mas que nada para hacerse una idea del clima que
reinaba tras la derrota de las fuerzas republicanas ante las fuerzas de
Casado, Mera y compañía. Interesantes, por lo que sucedió tres días
después , las mentiras vertidas por Mera-Casado-Besteiro («no dejaremos
gobernar a una minoría despótica«: los comunistas, claro. Los nacionalistas eran, al fin y al cabo, patriotas que querían la paz, como ellos),
la noticia de la detención de Ascanio, de Luis Barcelo Jover, la bilis y
el odio contra el PCE, que sustituyó en las cárceles a los fascistas,
etc.
 Fue el necesario prólogo a los fusilamientos en masa. Espero que lo consideréis de interés. Saludos

He aquí los números de La Voz que hemos recibido:
https://mega.co.nz/#F!HUIxhDoY!GAiDiz5-La4yo0nCasDlrg

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