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Mes: enero 2013 (página 3 de 3)

El fascismo postmoderno: cien partidos y política única

¿Dónde esta el fascismo?, se preguntaban los jóvenes en uno de sus carteles. En la reforma laboral, en el código penal, en las Empresas de Trabajo temporal, en la penalización de la insumisión, en la reforma de la Ley penitenciaria, en los Cuerpos Represivos (policía, sistema judicial…), en el paro estructural, en las reconversiones.

El fascismo no fue algo que paso a la historia con personajes tan negros como Hitler, Mussolini o Franco, como quieren hacer creer los ideólogos burgueses. No estamos en los años 30, si no en la era de la informática y de la “aldea global“. El fascismo postmoderno ya no puede tener las mismas señas de identidad de entonces: el partido único fascista, el sindicato vertical, la militarización de la sociedad, la brutalidad indiscriminada, el oscurantismo religioso… Esas formas burdas se podrían calificar como la “etapa infantil del fascismo” y puede asegurarse que, a la postre, fueron un fracaso y un pésimo negocio porque generaron un impresionante movimiento antifascista y revolucionario. Las masas aprendieron a combatirle en aquellas condiciones y a hacerle retroceder, alcanzando importantes conquistas: baste recordar que tras la II Guerra mundial el campo socialista se extendió a un tercio del mundo y las luchas de liberación de los pueblos oprimidos por el imperialismo a todo el planeta.

La burguesía no es tonta y también aprendió la lección; así, aunque su régimen político actual tiene las mismas características explotadoras, represivas y contrarevolucionarias del viejo fascismo, sus formas ya son otras y se nos presentan bajo el manto de la “democracia“. En tres se pueden resumir los rasgos que más lo identifican:

La política de Estado

Monopolismo y democracia son incompatibles. En la medida que se va concentrando el poder económico en manos de unos reducidos grupos oligárquicos, éstos no se limitan a ejercer desde sus consejos de administración. La burguesía financiera necesita apoderarse -y así lo ha hecho- de todos los aparatos y resortes del Estado para ponerlos enteramente a su exclusivo servicio. Ellos son el Estado y el poder. Y hay que distinguir muy bien entre el poder real y el circo de los políticos que sirve para embellecer al fascismo.

La burguesía ha aprendido que puede haber cien partidos (cuanto más cacareo, mas confusión, y a río revuelto…) siempre que se garantice su política única. Es más, la existencia de esos partidos es una necesidad para dar legitimidad y base social a esa política de Estado y convertirla en “política nacional” decidida “democráticamente“. El gobierno, los parlamentarios, los cargos públicos, los jueces, etc., etc., no son el poder sino los ejecutores y gestores de esas política de Estado de los monopolios. Esas son las reglas del juego, y quien no las acate es excluido de la legalidad.

En esas condiciones, ¿qué necesidad tienen los partidos de presentarse a unas elecciones con un programa? Lo único que precisan son piquitos de oro, asesores de imagen y chupar mucha cámara. Su función no es otra que engatusar, engañar, confundir al personal y hacerle tragar con lo que se decide en los despachos de la Banca y las multinacionales. Solo Anguita repite como un loro lo de “programa, programa, programa…” ¿Y cual es su famoso programa? ¡¡ La Constitución !! Para ese viaje no hacia falta tanta demagogia… Y lo triste para él es que, por reivindicar la Constitución, lo acusan de peligroso y estalinista y no le dejan levantar cabeza. ¡Pobre desgraciado!

Pues bien, la Constitución -que por algo fue redactada e impuesta por los oligarcas y gerifaltes del régimen- ya dejo “atados y bien atados” los principios de esa política de Estado: la santísima propiedad privada y la libertad de explotación, la sagrada “unidad” de España y la opresión de las nacionalidades históricas, la monarquía heredera de Franco, su bandera y su himno, el ejército golpista del 18 de julio como garante de los privilegios y del poder de la oligarquía, su voluntad de participar en los foros internacionales como potencia imperialista… Y así sucesivamente.

No hay más que ver en los hechos cuál a sido el desarrollo de esa política de Estado por lo sucesivos gobiernos” democráticos” de la UCD, del PSOE y del PP. En nombre de la “modernidad ” y la “competitividad” han llevado a cabo la reconversión y la desindustrialización de toda la economía (siderurgia, astilleros, textil, pesca, agricultura, ganadería, etc., etc. ), convirtiendo a España en una autentica fábrica de parados. Han impuesto el despido libre, la precariedad en el escaso empleo, los contratos basura. Han ido eliminando una tras otra todas las conquistas sociales impuestas en la lucha de los años 60 y 70. Han privatizado todo el sector público y amenazan hasta con privatizar la Seguridad Social. Han ido reduciendo el poder adquisitivo de las masas por medio de las subidas de los precios, los impuestos, los “medicamentazos”, las congelaciones salariales y de las pensiones o seguros de paro… No hay consejo de ministros en la que no aparezca un decretazo contra los trabajadores, eso sí, previamente pactado con “los legítimos representantes de la voluntad popular”. Igualmente, las grandes superficies, las cadenas comerciales, los bancos, han arruinado a cientos de miles de pequeños y medianos comerciantes, campesinos, transportistas, industriales, etc. Han extendido, como arma política, las redes de la droga hasta el último rincón del país, con la “sana” intención de destruir a una juventud a la que quieren robar el futuro y evitar que sea una juventud consciente y luchadora.

Pero no es suficiente. El monopolismo es imperialismo, no tiene fronteras. La integración en Europa, Maastricht, la OTAN etc., a permitido a los monopolistas -ya homologados como “demócratas”- ampliar la exportación de sus capitales y participar mucho más de la explotación de los pueblos, aunque sea como potencia de segunda fila.

Tienen motivos de mucho peso, en billones de pesetas, para defender a sangre y fuego su democracia. Cada año los bancos aumentan sus beneficios en un 30 ó 40 por ciento sobre el anterior. Hablan de miles de millones con la mayor naturalidad. Nunca antes ganaron tanto ni tuvieron tanta libertad, nunca hubo tanta especulación, tanta corrupción y dinero negro del trafico de drogas, de armas, de influencias… La “democracia” es el paraíso de los grandes capitalistas, sin más objetivo que la ganancia que puedan obtener de la explotación más feroz que puedan imponer a los trabajadores.

El Estado-policía

Esa política única es impensable sin el monopolio del poder, sin el monopolio de la libertad de expresión, de dictar leyes, de expresar su ideología reaccionaria, y sin el monopolio de la violencia. El Estado “democrático” actual es el brazo armado hasta los dientes de la oligarquía. No en vano la Constitución declara garantes de la democracia al Ejercito, la Guardia Civil y la Policía, que gozan de total impunidad.

No hay que olvidar que en España la reforma supuso un portentoso milagro, como el de la virgen que parió a Cristo y siguió siendo virgen. Aquí el fascismo parió a la democracia “sin romperlo ni partirlo”, sin hacer una sola depuración ni destitución en los aparatos del Estado. Continuaron los mismos milicos, los mismos torturadores, los mismos jueces prevaricadores. Continuaron las mismas leyes, especialmente dedicadas a la represión política: las de Bandidaje y Terrorismo contra rojos y separatistas, corregidas y aumentadas se llamaron Ley Antiterrorista; el TOP (Tribunal de Orden Publico) pasó a llamarse Audiencia Nacional; la BPS (Brigada Político Social) tomó el nombre de Brigada de Información. Ni un solo día pararon los torturadores en su faena, ni cesaron las detenciones, los asesinatos y la guerra sucia. Ni un solo día dejo de haber presos políticos.

Los “padres de la Constitución” sólo recogieron -a la fuerza ahorcan- las libertades que ya se habían impuesto en la lucha, pero para inmediatamente pasar a recortarlas y eliminarlas. ¿Qué ha pasado con la libertad de huelga? Que ha sido asfixiada con mil requisitos y condiciones previas, que tienen que garantizar unos “servicios mínimos” que son máximos, que tienen que respetar todos los cauces del diálogo y sólo pueden declararla los sindicatos. ¡Nada de “coacciones”! ¡Nada de piquetes! ¡Nada de solidaridad! ¡La libertad de los esquiroles es sagrada!

Exactamente igual ocurre con el derecho de reunión o manifestación. En cuanto sales a la calle ya es un asunto de “orden público” y entran a saco los “criterios públicos” con sus porras y sus metralletas. ¡Nada de alterar la Paz social! ¡Nada de cortas calles o carreteras, de gritar consignas “subversivas”! ¡No se puede coartar “el libre desenvolvimiento de la vida ciudadana”!

Las asambleas sólo pueden ser informativas, las decisiones ya las tomaron los representantes legales. Las manifestaciones sólo pueden ser procesiones silenciosas, debidamente “protegidas” por servicios de orden y la policía o la Guardia Civil. De hecho la mayoría de las huelgas, asambleas y manifestaciones son ilegales. Se hacen al margen y en contra de los sindicatos, de los partidos y de esa legalidad asfixiante… Y frente al aparato represivo.

También el Estado actúa preventivamente extendiendo el miedo entre la población: el despido libre y la precariedad en el trabajo son una amenaza que pesa sobre cada trabajador y hay que pensárselo dos veces antes de plantarse. Las listas negras funcionan más que nunca. El control policiaco se extiende desde el puesto de trabajo al bar, en la vivienda, en el barrio, a través de la Seguridad Social, de Hacienda, de los bancos, de las escuchas telefónicas, los policías de barrio, las cámaras de vídeo. Eso sin olvidar a los propios partidos y sindicatos o las redes de chivatos que son los traficantes de drogas. Todo ello forma un entramado que fomenta el miedo y alienta a la “colaboración ciudadana”. El ciudadano ejemplar es el más rastrero y chivato.

Esta labor represora se complementa con las campañas de guerra sicológica permanente en los medios de comunicación. Estos, de entrada, ya son propiedad de los grandes banqueros o monopolistas tipo Polanco. Y son los estrategas y expertos del CESID y del Ministerio del Interior los que dictan la “línea informativa”, controlan las agencias de noticias y deciden lo que se puede decir y cómo hay que decirlo. Así que las “estrellas” del periodismo lucen por su adhesión militante a esa política de Estado, por su espíritu policiaco y su capacidad de manipulación de la opinión pública.

El Estado ha invertido miles de millones en multiplicar sus efectivos y en tecnología punta, así como en fondos reservados para la guerra sucia. Sobre la base del control exhaustivo van reciclando la vieja mentalidad de la represión a lo bestia e indiscriminada por la selectividad y la “ciencia” (da gusto ver que el torturador te revienta asistido por médicos que le dicen dónde duele más y cuándo tiene que parar…). Esa selectividad implica que con quien destaca en la lucha todo vale: la tortura, las condenas sin pruebas, las cárceles de exterminio, la guerra sucia y la cal viva. Todo el que no comulgue con su política de Estado es “terrorista” o “violento”, y es combatido con la represión más brutal y ejemplarizante. Así es como han machacado y machacan a los obreros cuando defienden su puesto de trabajo, a los parados que se manifiestan, a los okupas, a los insumisos, a todo el que se resista y levante el puño o la voz. Y no digamos ya si se trata de los “rojos” o “separatistas” ¡Todo vale!

El Estado de los monopolios sólo puede ser un Estado-policía. En la etapa actual de crisis permanente y de descomposición del capitalismo, bajo el nombre de “democracia”, lo que se ha impuesto como normalidad es el Estado de excepción permanente, la propaganda fascista, el terrorismo de Estado y la guerra sucia.

La integración del reformismo

El régimen fascista no podía legitimarse a sí mismo tras la muerte de Franco. El gran “invento” de la Reforma fue la integración del reformismo, que debía aportarle legitimidad y base social. Así fue como los Carrillo y Camacho se convirtieron en los mejores aliados del régimen durante toda la “transición”. Al mismo tiempo, a toda prisa y a base de millones de pesetas y marcos fabricáron un PSOE a su medida. Para que la farsa democrática funcionara, los fascistas de nuevo cuño echaron mano de sus “40 años de lucha antifranquista” y sus “100 años de honradez”, así como de la experiencia en demagogia, traiciones y marrullerías de estos vendidos. Los reformistas se pusieron manos a la obra, enterraron las consignas de “ruptura” con el franquismo, la tradición republicana, la lucha reivindicativa… y comenzaron los cambalaches y los consensos. En cuanto les dieron plaza en el pesebre se convirtieron en los más rabiosos abanderados del régimen. Ya nunca más hablaron de fascismo, de lucha de clases, de explotación y otras antiguallas. Ahora todos éramos “ciudadanos y ciudadanas”, “señores trabajadores” (da igual que sea un banquero, un torturador o un albañil); todo es consenso, pacto, diálogo… todo se negocia y de todo se cobran comisiones, ya sea de un AVE, un “Pacto por el empleo”, una reconversión o un asesinato del GAL.

En cuanto a los sindicatos mayoritarios, hóy son calificados por los obreros avanzados como “mafias sindicales”. Su función ha sido la de imponer a los trabajadores las reconversiones, las congelaciones salariales, la precariedad, el despido libre, los ritmos infernales de trabajo…; a través de continuos “pactos”, “acuerdos” y “negociaciones” han ido eliminando una tras otra las conquistas sociales, anulando en la práctica los derechos de huelga, reunión y manifestación. Han saboteado toda lucha consecuente, han manipulado asambleas, han intrigado para romper la unidad y las luchas. Y, ¡como no!, han denunciado ante los empresarios y la policía a los trabajadores más combativos. Hoy los “sindicatos” han quedado reducidos a un aparato de “liberados” pagados por el Estado que en la práctica son un cuerpo de funcionarios al servicio de la política económica monopolista: un sindicato estatal de elementos corrompidos y mafiosos.

Pero para su desgracia y la de sus amos monopolistas, tanto los partidos como los sindicatos “institucionales” se han hundido al fundir-se con el Estado en una sola pieza. Se jodieron los amortiguadores, podridos de puro servilismo y corrupción, se quemó la hoja de parra del reformismo que debía tapar al régimen sus vergu~enzas. Mientras en otros países capitalistas la “democracia” lleva funcionando décadas y aún tiene cierto margen de maniobra, aquí ha tardado sólo unos años en mostrar su calavera fascista. S¡n embargo, no por ello renuncia la oligarquia a su “juego democrático”; a pesar de que cada vez tienen que actuar más a cara de perro, los fascistas y su desprestigiado coro de partidillos y mafias sindicales no cesañ de bombardearnos con su cantinela de que todo lo hacen en nombre de la “democracia”: dominan por decreto invocando “los intereses generales”, reprimen para “defender la democracia” y explotan para salvaguardar la “economía nacional”. Los enemigos del régimen son “fascistas y terroristas”, y hasta se apoderan de los símbolos de la Resistencia. La ideología, el lenguaje, el arte y la cultura han quedado sometidos al dictado de los intereses del Estado fascista, que amplifica hasta el infinito su mensaje reaccionario y demagógico con el monopolio que ejerce sobre los medios de difusión y la educación.

En conclusión

Hay que darles la razón a los fascistas hispanos cuando dicen que la Reforma está terminada. Efectivamente, el marco está definitivamente cerrado y bunkerizado, con los “demócratas” prietas las filas en torno a la política del Estadopolicía. Sin embargo, ni un solo día ha cesado la resistencia de las masas y las organizaciones revolucionarias. En estas últimas décadas, cada medida que ha tomado el régimen, cada reconversión, cada decreto aprobado por los Gobiernos de tumo, cada ley votada en el parlamento, han tenido que imponerlas de la mano de la Guardia Civil y la policía. La lista de represaliados, detenidos, torturados, encarcelados y asesinados por la “democracia” es espeluznante. De esta forma, las masas obreras y populares han sido expulsadas del sistema, sin ninguna posibilidad de utilizar ese marco legal para defender sus intereses y reivindicaciones. Lo único que nos han dejado es el voto cada equis años y porque les sirve para legitimar al fascismo, de tal manera que ese voto en vez de ser un arma es una cadena a nuestro propio cuello; votar en esta “democracia” no es un acto de libertad sino de esclavitud.

Es Impensable utilizar la legalidad para acumular fuerzas democr~ticas y revolucionarias. Hay que asumir este hecho incuestionable, que ha venido a convertirse también en un ras-go distintivo del moderno Estado capitalista, y descartar cualquier intento legalista y reformista: el fascismo no puede reformarse, sólo se le puede combatir. Hoy, nuevamente, las luchas obreras y populares tienen que prescindir sin complejos de esa legalidad asfixiante, tienen que plantearse de entrada, y desenvolverse, al margen y frente a la ley y al orden del Estado fascista. Y por la misma razón, porque no nos dejan ningún resquicio y los únicos argumentos que nos dan son la represión y la violencia, no tenemos por qué ser respetuosos y exquisitos: estamos legitimados -y obligados- para utilizar todos los medios a nuestro alcance y todas las formas de lucha.

—http://lahaine.org/espana/fascismo_unica.htm

El marxismo contra el empirismo

«El hombre (…) no analiza los hechos empíricos con una conciencia ‘vacía’ sino con una conciencia que se ha desarrollado en el curso de su educación. Es decir, capta siempre los hechos desde el punto de vista de tal o tal concepto. Lo quiera o no, no puede sin esto pensar activamente, comprender los hechos; en el mejor de los casos no puede sino constatarlos activamente (…) Quien cree expresar los hechos ‘absolutamente sin idea preconcebida’, sin ningún concepto ‘anteriormente admitido’, no está desprovisto de ellos. Al contrario, es inevitablemente esclavo de los conceptos más vulgares y más absurdos». 


Ilienkov, Problemas actuales de la dialéctica

Problemas filosóficos de las ciencias modernas

(Digitalizado por Historia Popular)

Se dice en el libro: «El conjunto de los trabajos que damos a conocer en este volumen fueron realizados por un grupo de militantes del Partido Comunista de España (reconstituido) presos en la Cárcel de Alta Seguridad de Herrera de la Mancha«


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Hoy en día todos los filibusteros
expertos en cátedras quieren medirse con el materialismo dialéctico, con el
marxismo, no solamente en el terreno político y social, sino también en los
demás terrenos que alcanza la actividad humana, entre otros los de las Ciencias
Naturales. Esta es una muestra más de la gran vitalidad del marxismo. Uno de sus
«críticos» más famosos en la actualidad es Mario Bunge (está considerado
como uno de los autores más influyentes en España y Latinoamérica), quien se
está convirtiendo nada menos que «en el patriarca de la teoría de la ciencia
en lengua castellana» (1). Bunge,
además
de querer «actualizar» el materialismo a la luz de «la lógica, la
matemática, la ciencia y la tecnología contemporánea»,
pretende refutar la
dialéctica por «confusa», por «estar alejada de la ciencia», por
faltarle «precisión, detalle y sistematicidad» y ser «una manera
primitiva de pensar» (2)
.

Que un monista pluralista o realista crítico (como se
prefiera) no entienda la dialéctica, no debe extrañarnos (hoy, en Occidente, en
el «Mundo Libre», la mayoría de los profesores de universidad no saben nada de
dialéctica). Pero, ¿acaso es culpa de la dialéctica que un «realista»,
materialista vulgar, no la entienda? La culpa, en todo caso, es del realista y
de los pontífices de universidad, los «alma mater» de nuestra sociedad. No
obstante, en una cosa parecen coincidir todos estos testaferros ideológicos del
capital: en rechazar la dialéctica. Ellos dicen que la refutan pero mueve a
risa comprobar cómo lo consiguen. Algo similar ocurre con el bioquímico
francés, premio Nobel de Medicina, Jacques Monod, quien eleva a los
altares de la ciencia la más tópica concepción sobre el azar o la casualidad
que se haya visto jamás, invocando para ello el «principio de autoridad» de
la física cuántica. Claro que este «experto» bioquímico arremete contra Engels
porque vapuleó la insípida teoría de la «muerte térmica del universo» de
manera brillante (azotaina de la que está tan necesitada la versión moderna de
esta idea conocida por el nombre de «Teoría de la gran explosión»), y
también porque tanto Engels como Marx, si bien admiraban la teoría
darwinista por lo que significaba de progreso, no aceptaban su explicación, «la
lucha por la existencia»,
de claro contenido malthusiano, salvo como «primera
expresión, provisional e imperfecta, de una realidad recién descubierta» (3)
. «Toda la doctrina darwinista de la
lucha por la vida —
dice Engels— no es más que la transposición de la sociedad
a la naturaleza animada, de la doctrina de Hobbes sobre el bellum ómnium contra
omnes (la guerra de todos contra todos) y de la doctrina económico-burguesa de
la concurrencia, unidas a la teoría demográfica de Malthus» (4).

Los neodarwinistas están todos de acuerdo en una cosa, en
el hecho de la evolución. Esta es una conquista científica, una gran verdad que
nadie se atreve a negar hoy día. Pero los neodarwinistas, entre los que se
encuentra Monod,
no logran ponerse de acuerdo a la hora de explicar la
evolución, porque parten de presupuestos unilaterales, lo que origina múltiples
y disparatadas teorías. Y esto ocurre así porque menosprecian la dialéctica y
se mantienen atados a las formas más ramplonas de pensamiento. De todas
maneras, si bien Monod no niega la existencia de la dialéctica misma, sí
niega el hecho de que sea la dialéctica objetiva de las cosas la base y la
razón de aquella «dialéctica subjetiva» del pensamiento, resultando realmente
duro para él tener que admitir que la contradicción dialéctica sea la ley
fundamental de todo movimiento (5). En esto coincide con M. Bunge para
quien, como mucho, la contradicción dialéctica sería la base de «algunos»
fenómenos…

Por desgracia, esta última es una posición mucho más
extendida de lo que a primera vista pudiera parecer. También para muchos
filósofos oficialistas de la URSS como Burlatski: «en una serie de casos,
los opuestos no reflejan la unidad real y lucha de los contrarios»
(6). En sustitución de la
ley de la contradicción, la más importante de la dialéctica, Konstantinov,
por su parte, ha introducido, al parecer sin ningún esfuerzo, la «interacción
universal» (que hoy sirve de fuente inagotable de inspiración a los círculos científicos
soviéticos), adobada con buena dosis de agnosticismo kantista y humista.

Varias son las circunstancias que han contribuido a que el
materialismo dialéctico no haya penetrado del todo en el terreno de las
ciencias naturales de manera consciente, consecuente y profunda; entre ellas
podemos resumir las siguientes: 1.°) Su carácter de clase, ya que el
materialismo dialéctico no es una filosofía especulativa que sirva a la burguesía
en sus intereses y objetivos, sino que es la filosofía del proletariado, de la
clase más avanzada y revolucionaria de la sociedad capitalista; 2.°) El hecho
reconocido de que, hasta hace muy poco, la investigación haya sido un reducto
de privilegiados con intereses egoístas de dominio y explotación, y donde prima
la individualidad, aunque en honor a la verdad tengamos que admitir que cada
día es mayor el número de científicos serios, honestos, responsables y
comprometidos con la lucha liberadora de las masas oprimidas de todo el mundo,
y 3.°) Si bien la experiencia histórica de la URSS es alentadora en muchos
aspectos, en general se puede decir que allí el revisionismo ha despojado al
materialismo dialéctico de su contenido esencial, vivo, revolucionario,
convirtiéndolo en una escolástica metafísica.
Con la irrupción del revisionismo político en la URSS, se
dio rienda suelta a todas las filosofías burguesas especulativas, retrocediendo
en todas las cuestiones de importancia ante el positivismo y adoptando
posiciones eclécticas, confusas o vacilantes ante los problemas más serios que
tienen planteados la filosofía y las ciencias contemporáneas.

Fue en estas circunstancias de debilitamientos del
materialismo dialéctico en la URSS y en otros países, cuando el positivismo
aparentó tener larga vida y buena salud, complacido ante el ataque desenfrenado
abierto de los revisionistas contra las verdaderas posiciones del marxismo en
filosofía, representadas y defendidas por Mao Zedong. La arremetida soviética
contra las posiciones filosóficas de Mao Zedong, hecha con el peor
espíritu y la mayor arrogancia, no tardó en confirmar dos hechos importantes:
1.°) Que Mao tenía razón, y 2.°) Que en aquella lucha contra Mao la
dialéctica soviética llegó a tocar fondo. De manera que desde entonces en
adelante sólo se podían esperar dos cosas: o positivismo idealista franco y
abierto (como en Occidente) o, por el contrario, la vuelta a la situación abandonada
y en la dirección de la crítica que le hiciera Mao Zedong. La salida de
este atolladero aún no se ha producido, pero es de esperar que no tardará en
producirse por una u otra vía. El febril desarrollo de las Ciencias de la
Naturaleza durante los siglos XVIII y XIX en Europa permitió y facilitó en gran
medida la aparición y el progreso más avanzados del materialismo francés,
primero, y de la dialéctica alemana, después, posibilitando la creación de la
filosofía científica, el materialismo dialéctico o filosofía marxista. Es
cierto que el materialismo dialéctico nace vinculado a la ciencia social,
económica y política, y ya, desde sus orígenes, al proletariado, a los nombres
de Marx y Engels y a la I Internacional.

Como reconoce su mismo autor y todo el movimiento marxista
posterior, «El Capital», la obra cumbre de Marx, es ejemplo del
uso del método dialéctico. Ahora bien, esto no es óbice para que el pensamiento
más avanzado recorra ahora el camino inverso al que en un principio le dio
origen.
Los fundadores del marxismo no pudieron ir más allá de donde
fueron en este terreno de las Ciencias de la Naturaleza, entre otras razones
porque otros proyectos absorbían su atención. Es conocido el esfuerzo que hizo Engels
en este sentido en su inacabada obra «Dialéctica de la Naturaleza». También
son conocidos los constantes intercambios de opiniones entre Marx y Engels
relativos a las investigaciones científicas y técnicas, a todo lo que
supusiera una rápida transformación de las fuerzas productivas y les sirviera
para matizar y corroborar en su medio la dialéctica natural, sus leyes, su
unidad con la dialéctica en general, con la social y económica, etcétera (7).

Pero no estamos ya en los tiempos en que Engels hablara
de los dos posibles caminos para que el materialismo dialéctico conquistara las
ciencias naturales; hoy en día no es necesario seguir por aquellos senderos
(aunque el estudio de la historia del pensamiento humano reportará siempre
enormes enseñanzas). No solamente —como proponía Engels a los
naturalistas— disponemos de la obra cumbre de Hegel, «Ciencia de la Lógica»,
cuyo estudio se debe abordar de manera materialista, y los trabajos de Marx
y Engels, sino que el estudio y posterior reelaboración de la
dialéctica por Lenin, y más recientemente por Mao Zedong, brinda
enormes posibilidades teóricas y prácticas que todo científico materialista debería
no sólo conocer, sino también estudiar y aplicar conscientemente, uniendo las verdades
más universales del materialismo dialéctico con su ciencia particular. De esta unión
nacerían infinidad de resultados positivos, de los que saldría igualmente
beneficiada la dialéctica, mejorada e incluso transformada.

Hoy atravesamos un período en el que el progreso social,
impulsado principalmente por las revoluciones socialistas y liberadoras de todo
el mundo, ha estimulado de tal manera el desarrollo de la filosofía científica
materialista dialéctica, que las necesarias generalizaciones y globalizaciones
de los aspectos fundamentales y más importantes de las Ciencias Naturales, así
como la más audaz concepción global de la naturaleza, de las ciencias y de su
desarrollo, no pueden realizarse si no es tomando como base los logros
superiores del pensamiento humano, las conquistas que en poco más de un siglo
ha realizado la filosofía marxista, que es la única que permite desbrozar un
camino más prometedor para la humanidad.

Durante el último siglo, los aportes más sólidos y
esplendorosos en la gran obra del pensamiento del hombre los ha hecho el
materialismo dialéctico, el cual, si bien es cierto que ha estado íntimamente
unido a la ciencia política, social y económica, no es menos cierto que también
lo ha estado a las Ciencias de la Naturaleza, principalmente en la URSS, aunque
con las connotaciones antes señaladas.

Los problemas, ya viejos, de la continuidad y la
discontinuidad en la mecánica cuántica, y la teoría de la relatividad del tiempo
y del espacio; los problemas de la división y la composición (que con tanto
recelo mirara Heisenberg); los problemas del azar y la necesidad, de las
probabilidades y la estadística; el problema del desarrollo, y otros muchos como
la relación mente-cuerpo, están íntimamente unidos al problema fundamental de
la dialéctica que el materialismo dialéctico chino sintetizó en la expresión:
«uno se divide en dos», y no «dos forman uno», que consideraremos
en otro lugar.

La dialéctica de los contrarios es el fundamento del
pensamiento dialéctico y del movimiento en la naturaleza y la sociedad humana.
En este trabajo que ofrecemos al lector intentamos demostrar no solamente la
actualidad de la dialéctica marxista, sino también la imprescindible necesidad
de su estudio, así como algunos de sus logros más importantes, al tiempo que
presentamos por nuestra parte algunos enfoques particulares a determinadas
cuestiones concretas.

(1) A.
Hidalgo, revista «El Basilisco» nº 14
(2) M.
Bunge: «Materialismo y ciencia», págs. 57, 58, 67, 68.
(3) K. Marx
y F. Engels: «Cartas sobre las ciencias de la naturaleza y las matemá
(4) K. Marx y F. Engels: Ídem, pág. 85
(5) J.
Monod: «El azar y la necesidad», pág. 48
(6) Burlatski:
«Materialismo dialéctico», pág. 64
(7) K.Marx,
F.Engels: «Cartas…»

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