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Día: 25 de noviembre de 2012 (página 1 de 1)

Es e-vidente que el MAI es una secta clari-vidente

El MAI es una secta
mística que, como cualquier otra, se confiesa a sí misma como
«clarividente» (Stalin, Del marxismo al revisionismo, pg.6), que debe
ser algo así como el punto intermedio entre lo evidente y lo invidente. Apenas se
diferencia en nada de los vulgares publicistas burgueses ya que, como ellos,
también predica el «fin de la historia», aunque se diferencian por el
uso de un lenguaje un poco más rebuscado: lo califican como un agotamiento del
ciclo revolucionario de octubre. La URSS es cosa del pasado, del sigo pasado.
En su bola de
cristal el MAI ha vislumbrado que «nos hallamos en una etapa histórica de
transición entre dos ciclos de la Revolución Proletaria Mundial»
(ídem).
Eso lo consideran como una tesis incontrovertible, que no se puede cuestionar
ni matizar: «El ciclo revolucionario que inauguró la Revolución de Octubre
está agotado, ha sido clausurado definitivamente. Lo cual significa que casi
todas las premisas políticas y muchas de las premisas teóricas de las que
partía el movimiento revolucionario entre 1917 y 1990 han caducado: no sirven,
no rigen completamente la realidad o no están a la altura de las necesidades
que imponen las tareas revolucionarias en la actualidad»
. El fin del
socialismo real supone el fin del socialismo científico. Hay que bajar el telón;
todo se ha acabado.
Es como si tras el
fracaso de la Comuna de París Marx y Engels hubieran hablado del agotamiento
del ciclo correspondiente, hubieran renegado de sí mismos, de sus postulados
científicos, hubieran propuesto la liquidación de la I Internacional y en lugar
de intervenir en la fundación del partido socialdemócrata alemán, se hubieran
dedicado a «estudiar y debatir».
El supuesto fin del
ciclo de octubre exige que el MAI asuma el mismo papel que Bernstein desempeñó
en 1900, tras otro «cambio de ciclo» del capitalismo premonopolista
al imperialismo. Como el marxismo no se puede conservar en formol, la secta
reclama para sí la revisión de todos y cada uno de los fundamentos ideológicos
y políticos del comunismo: «Hay que comenzar de nuevo, de que hay que
volver a construir el edificio de la revolución desde sus mismos cimientos, hay
que reiniciarlo todo desde sus bases primordiales»
(ídem).
No cabe duda de que
el MAI se sitúa confesadamente fuera del comunismo. Han eliminado de su
iconografía la hoz y el martillo (sustituido por un martinete), e incluso las
imágenes de Marx, Engels y Lenin. A veces ni siquiera estampan sus iniciales en
algunos de los documentos que publican, como si se avergonzaran del misticismo
que desprenden. Aunque no se atreven a decirlo con franqueza, lo que pretenden
es la liquidación pura y simple del marxismo-leninismo tal y como hoy lo
conocemos, porque «se requiere un punto de vista que se sitúe fuera del
proceso mismo, que lo observe y estudie desde una perspectiva exterior, que lo
comprenda como ciclo terminado»
(ídem, pg.7).
Es bueno que el MAI
lo reconozca, porque es cierto: sólo el imperialismo y las sectas
anticomunistas de esa naturaleza pueden afirmar que el ciclo de octubre ha
terminado y, a la inversa, quien dice que el ciclo de octubre ha terminado se
sitúa fuera del comunismo. Como la Comuna de París, la Revolución de 1917 ha
sido finalmente derrotada, pero ninguna de ellas fueron el final de nada sino
el principio de algo: la revolución proletaria.

El misterio de la vanguardia que no es
partido
Es natural que, por
sus formas organizativas, una secta como el MAI no conozca lo que es un partido
comunista y para disimular su misticismo ideológico en lugar de
«partido» ellos prefieren hablar de «vanguardia». Hasta
ahora los comunistas siempre habían creído -equivocadamente por lo que parece-
que el partido comunista era la vanguardia, pero ahora resulta que no, que hay
vanguardias que no son un partido y, por supuesto, hay partidos que no son
vanguardias. ¿Cómo es posible que exista una vanguardia que no sea un partido?
Ese es uno de los grandes misterios que envuelven a esta secta.
Pero aunque ellos
ponen las etiquetas que les da la gana a todos los demás, sobre todo a esos
partidos que no son auténticas vanguardias, toman muchas precauciones para no
definirse a sí mismos. Después de escribir «¿Qué es el MAI?» la
pregunta queda sin responder: ¿Qué es el MAI?, ¿cómo se consideran a sí
mismos?, ¿son una vanguardia pero no un partido? Desde hace mucho tiempo los
comunistas saben lo que son este tipo de sectas, pero hubiera sido interesante
saber lo que ellos mismos ven cuando se miran en el espejo cada mañana.
La concepción
«vanguardista» del MAI se caracteriza por la separación entre la
teoría y la práctica. Su «vanguardia» es literaria. Cuando ellos
hablan de «vanguardia» se refieren, en realidad, a panfletos, a
documentos, a debates, a discusiones, a tertulias y a teorías: «Hay que
dotarse de los conocimientos y de un método de carácter científico que nos
permita comprender, explicar y poner en práctica la base ideológica del
proletariado revolucionario: el marxismo-leninismo»
(«¿Qué es el
MAI?»
). Por extravagantes que sean, las teorías son el sello
característico de las sectas. No hay secta sin teoría ni teoría sin secta
, y el
MAI no podía ser una excepción.
En su galimatías,
el MAI separa a la vanguardia teórica de la práctica. Debe ser otra de esas
novedades introducidas por ellos como consecuencia del agotamiento del ciclo.
El leninismo se ha quedado obsoleto. Lo que ellos sostienen es una redundancia:
que «la vanguardia teórica es la portadora de la ideología de
vanguardia»
. El caso es que el MAI no sale de un teoricismo estrecho
repetido de mil formas diferentes. En su declaración de intenciones «¿Qué
es el MAI?»
confiesan: «Trabajamos por un asentamiento de las bases
marxistas-leninistas […] siendo estas bases de carácter teórico, cultural,
ideológico y metodológico»
.
Pero hay algo aún
peor que eso: todas esas tertulias culturales, ideológicas y metodológicas nada
tienen que ver con las masas, con sus problemas, con sus luchas, ni con sus
necesidades: «Nos proponemos organizar el discurso teórico-político
marxista-leninista en función de los problemas concretos que presenta la
vanguardia revolucionaria»
. Su monólogo lo organizan (sic) no en función
de la práctica, ni de la crisis del capitalismo, ni de la lucha de clases sino
exactamente de eso: de la vanguardia. Es una teoría por y para esa
«vanguardia teórica», es decir, un verdadero conciliábulo propio de
iniciados que dormitan en una torre de marfil.
¿Cómo pueden
reconstruir un partido comunista quienes ignoran su naturaleza? Ese tipo de
cofrades lo único que pueden construir y reconstruir son sectas creadas a
imagen y semejanza de sus progenitores. El MAI también define la reconstrucción
de la vanguardia como «teórica e ideológica» y consiste en una
supuesta «hegemonía» dentro de la vanguardia (?) que se llena de
tópicos tales como «investigación», «estudio»,
«conocimiento», «necesidades teóricas»,
«reconstitución ideológica» o «formación de cuadros
revolucionarios»
, en fin, un rollo verdaderamente infumable, típico de
esta secta.
Ellos mismos
resumen muy bien su idealismo metafísico en el binomio «teoría
revolucionaria»
y «su plasmación práctica». Debe ser otra
novedad propia del nuevo ciclo porque Lenin defendió todo lo contrario:
«La doctrina de Marx es un resumen de la experiencia» (El Estado y la
revolución
) o, por decirlo de otra manera, de la práctica, del movimiento y de
la lucha. «Una acertada teoría revolucionaria -escribió también Lenin-
sólo se forma de manera definitiva en estrecha conexión con la experiencia
práctica de un movimiento verdaderamente de masas y verdaderamente
revolucionario»
(El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo). Pero
al MAI no le hables de marxismo porque se ponen intratables con todo lo que
suene a «práctica», «experiencia», «movimiento» y
«masas».
Una ideología propia de compadres
En una peculiar
taxonomía del movimiento comunista, el MAI clasifica y subclasifica de modo
escolar y escolástico a un sinfín de «vanguardias teóricas», algunas
de ellas reconocidamente ajenas al marxismo-leninismo, como por ejemplo, los
«comunistas de izquierda» o los anarquistas.
No debería
sorprender que esta secta incluya dentro de su peculiar «vanguardia
teórica»
, en un mismo plano, tanto a los comunistas como a los
oportunistas. Lo necesitan para integrar «dentro» del movimiento
comunista a corrientes que están fuera de él, para luego introducir de matute
la famosa «lucha de líneas», que consideran como el motor de la
reconstrucción del partido comunista.
Pero aunque el MAI
indica -vagamente- lo que puede ser su «vanguardia teórica no
marxista-leninista»
, no nos dice lo que nos debería decir: dónde está la
vanguardia que si es marxista-leninista. ¿Lo serán ellos? Si no sabemos quiénes
son marxistas-leninistas, ¿como diferenciarlos de los que no lo son?
La «lucha de
líneas»
es el motor de la reconstrucción del partido comunista, según el
MAI: «La reconstitución ideológica del comunismo significa que el
marxismo-leninismo recupere su posición hegemónica entre la vanguardia
teórica»
. Dentro de ella, y no fuera, el trabajo de los
marxistas-leninistas debe ir dirigido a los «comunistas de
izquierda»
, anarquistas y similares para «conquistarles» para el
marxismo-leninismo. Lo mismo que los misioneros cristianos convierten a los
infieles, el MAI también aspira a convertir a los infieles del
marxismo-leninismo con sus catequesis, que ellos llaman «lucha de líneas».
No nos explican
cómo ha sido posible que esos infieles hayan persistido en sus respectivas
infidelidades durante tanto tiempo. ¿Cómo es posible que el MAI logre ahora lo
que no lograron Marx y Engels con Proudhon hace un siglo y medio? Si los
innegables encantos de Lenin no lograron «conquistar» a los
izquierdistas en su época, ¿es posible que el MAI, cuyos encantos no están tan
claros, logre eso mismo ahora? Para explicar esa posibilidad -una innovación
propia del agotamiento del ciclo de octubre- hay que recurrir otra vez a la
varita mágica que ha aparecido últimamente dentro del movimiento comunista, la
«lucha de líneas», un perfume subyugante al que ningún
marxista-leninista auténtico se puede resistir.
Hasta ahora los
marxistas-leninistas habían creído que un partido comunista se construye, se
reconstruye y se fortalece en lucha contra las tendencias oportunistas que hay
dentro («un partido se fortalece depurándose») y fuera de él mismo
(«para combatir al imperialismo hay que luchar contra el oportunismo»).
Pero estaban equivocados, o sea que los equivocados no eran los oportunistas
sino los comunistas, que desde su mismo origen han estado luchando contra
ellos. Afortunadamente ha llegado el MAI para poner las cosas en su sitio;
durante el ciclo de octubre los comunistas volvieron el calcetín del revés:
para reconstruir un auténtico partido comunista hay que arrojarse en los brazos
del oportunismo: «Para que el conjunto del movimiento antiimperialista
converja en la lucha por el Comunismo, es necesaria la interrelación del
marxismo-leninismo con el resto de las corrientes teóricas que influyen sobre
el proletariado, mediante la lucha de dos líneas, proceso en el cual el
marxismo-leninismo las destruye asimilándolas, las supera incluyéndolas»

(Stalin, Del marxismo al revisionismo).
Este el programa de
esta secta sincrética que aspira a «incluir» a corrientes
«teóricas», como el anarquismo, por ejemplo, u otras que
«influyen» -no importa si bien o mal- sobre el proletariado, dentro
del movimiento comunista porque de esa manera, mediante la
«interrelación», es como se destruyen. Ahora que el ciclo de octubre
se ha agotado, el MAI se ha dado cuenta de que Marx y Engels eran unos ineptos.
Se «interrelacionaron» muy mal con Bakunin en la Primera Internacional;
se equivocaron, no supieron «incluirle» ni «asimilarle» ni
«superarle» sino que le expulsaron y por eso el anarquismo sigue sin
haber sido destruido.
El cambio de ciclo
tiene que rectificar todos estos errores de Marx, Engels y Lenin. Tirad sus
impíos libros a la hoguera, arrepentíos, confesad vuestros pecados y estad muy
atentos a los futuros misales y devocionarios que publique el MAI en su Santa
Sede. Amén.

Las formas de dominación del Estado burgués (X)

Juan Manuel Olarieta

La teoría de la democracia como instrumento


De la errónea concepción de la neutralidad del Estado burgués, los revisionistas deducen una concepción instrumental, también errónea, de la democracia que, en definitiva, conduce a propugnar un cambio «desde dentro» o una posible transición pacífica o legal al socialismo. Algunos suavizan este programa diciendo que su propuesta de «utilización» del Estado burgués es puramente «táctica» pero que su estrategia es la contraria: realmente quieren acabar con él formando parte de él.

Al mismo tiempo, por los mismos motivos que los revisionistas, los izquierdistas llaman a luchar contra la «democracia burguesa» e incluso contra cualquier programa democrático. Hace años en un centro okupado en los alrededores de Madrid, alguien colgó una pancarta que decía: «¡Abajo la democracia!» y recientemente un lamentable artículo de «Kaos en la Red» titulaba: «La democracia burguesa es un peligro para la humanidad» (28).

La formulación de cualquier programa político en esos términos expresa una coincidencia de ambos, revisionistas e izquierdistas, con el discurso dominante de la burguesía según el cual el Estado («su» Estado) es democrático, hasta el punto de que la democracia se suele confundir con una clase (la burguesía) y con un modo de producción (el capitalismo). Esas nociones han llegado a convertirse en sinónimas, creando la ilusión de que la lucha contra la burguesía, contra el Estado burgués y contra el capitalismo no defiende la democracia sino que se opone a ella, es decir, que es antidemocrática. Es un gravísimo error que no se opone sino que se suma al de los reformistas y su supuesta «utilización» de la democracia.

La experiencia histórica ha demostrado sobradamente que el Estado burgués es beligerante y no le permite al proletariado acceder al poder por las vías legalmente establecidas, ni tampoco la ejecución desde el gobierno de ningún tipo de políticas socialistas características, tales como la expropiación de los monopolios, los bancos y la tierra, o la planificación económica. En este punto se hace necesario volver a insistir y reiterar:

a) que el apoyo de la burguesía a los manejos reformistas no se debe confundir con el socialismo porque su objetivo es el opuesto: apuntalar el capitalismo

b) que es una ilusión imaginar que las conquistas que el movimiento obrero logra alcanzar bajo el capitalismo confirman la posibilidad de acceder al socialismo por medios pacíficos, legales o mediante la sustitución de un gobierno por otro

c) que el Estado burgués sea beligerante no justifica por sí mismo el abstencionismo político o electoral propugnado con carácter sistemático

La revolución socialista no consiste en la «toma del poder político», como a veces se dice de manera imprecisa. Tras la experiencia de la Comuna de París, Marx concluyó que «la clase obrera no puede limitarse simplemente a tomar posesión de la máquina del Estado tal y como está y servirse de ella para sus propios fines» (29). Por el contrario, debe destruir el Estado burgués, lo cual es consecuencia obligada de su naturaleza de clase. En cada país el Estado burgués se ha configurado históricamente para que una clase minoritaria, la burguesía, aplaste a la mayoría, el proletariado. Ese proceso también es irreversible: no se puede «utilizar» ese Estado en la dirección inversa. Con el transcurso del tiempo esa imposibilidad instrumental se ha acentuado de manera que, en la mayor parte de los países, hoy el proletariado no puede esperar gran cosa de un simple cambio de gobierno, ni de instituciones, ni de leyes. Antaño esos cambios podían ser importantes, e incluso se les pudo calificar de revolucionarios en cierta medida, pero hoy son prácticamente irrelevantes.

En su revolución el proletariado, pues, cumple dos funciones al mismo tiempo: destruye un Estado y construye otro distinto. La experiencia demuestra, además, que esa tarea no ha sido, ni será en el futuro, pacífica porque es consecuencia inevitable de la lucha de clases, que en el siglo XIX se llamó también «guerra de clases» porque en última instancia, tarde o temprano, conducía a un enfrentamiento militar. La revolución desencadena una contrarrevolución y la burguesía opone una resistencia violenta a los cambios, recurriendo a las peores formas represivas, tanto en el momento anterior como en el posterior a la revolución. Ahora bien, que no sea pacífica no quiere decir que la revolución socialista sólo pueda ser violenta, una guerra permanente, sino que es ambas cosas al mismo tiempo.

La experiencia también demuestra que la revolución socialista no ha sido posible nunca a través de las vías legales y el transcurso del tiempo lo que pone de manifiesto a cada paso es que todas las modificaciones de la legalidad conducen a impedir la organización y la actuación abierta del proletariado, es decir, a impedir el ejercicio de sus derechos y, por lo tanto, al fascismo. La burguesía aprende más, mejor y más rápidamente que el proletariado y después de 1917 no se ha vuelto a dejar sorprender por una acumulación acelerada de fuerzas por parte del proletariado. Las nuevas medidas que ha introducido en el funcionamiento de su Estado a partir de 1945 siguen a ultranza esa política punitiva.

En los países adelantados, la burguesía ha pasado de la represión a la prevención; para evitar futuras medidas traumáticas, el Estado se ve forzado a tomar la iniciativa para impedir que el proletariado se organice bajo su paraguas de manera legal, gradual y pacífica. Los Estados imperalistas han convertido en permanente el estado de excepción, cerrando progresivamente todos los cauces legales y convirtiendo en delitos lo que antes eran derechos. Hoy la legalidad es un cepo que sólo atrapa a los ratones más inofensivos.

Pero no se trata sólo de medidas legales ni institucionales, sino también políticas y sociales. Hace tiempo que las universidades norteamericanas han inventado la «ingeniería social» con el fin de asegurar la «gobernabilidad» de un capitalismo que se hunde irremisblemente. Los medios implementados van desde la intoxicación propagandística hasta el empleo del reformismo, de toda esa constelación variopinta de grupos sin los cuales la burguesía no podría camuflar la esencia de su sistema de dominación. Lo que traviste al fascismo moderno no son las payasadas electorales periódicas sino esas decenas de figurantes que se presentan a ellas, poseídos por el «cretinismo parlamentario» (30). La retórica reformista se excusa con el llamamiento a «aprovechar» ciertos espacios de libertad y la supuesta existencia de unas «posibilidades» de llegar a un auditorio amplio que, finalmente, acaban en una apología sistemática de la legalidad fascista. Ni siquiera la burguesía se muestra tan entusiasta de su propia legalidad. Los reformistas no «utilizan» las elecciones sino que las elecciones les utilizan a ellos. No es, pues, una «utilización» inútil.

La burguesía no se despista; reconoce claramente a sus amigos de sus enemigos. Por eso la política contrainsurgente de su Estado es discriminatoria; mientras por un lado promueve toda esa constelación de grupos oportunistas que se mueven (e incluso protestan) en la legalidad, por el otro persigue, reprime y encarcela a los verdaderos revolucionarios.

El recurso a la violencia para lograr la revolución socialista no depende del proletariado. Sus medios de accción son fundamentalmente reactivos. Una correlación de fuerzas desfavorable le obliga a actuar en las condiciones impuestas por la burguesía. Si las mismas son de legalidad, el proletariado debe triunfar, y si son de clandestinidad, también debe triunfar. Para ello debe aprender a luchar en cualquier clase de situaciones que la burguesía imponga. El planteamiento dicotómico de las formas de organización y actuación es, pues, absurdo: «La socialdemocracia -decía Lenin- no se ata las manos, no circunscribe sus actividades a un plan o a un procedimiento cualesquiera de lucha política concebidos de antemano: admite todos los medios de lucha con tal de que correspondan a las fuerzas efectivas del partido y permitan lograr los mayores resultados posibles en unas condiciones dadas» (31).

Desde los tiempos de Lenin lo que se ha acentuado es el recurso de la burguesía al fascismo, por lo que en todo el mundo las formas de acción y organización del proletariado van adquiriendo progresivamente un carácter predominantemente clandestino y violento. La galopante crisis del capitalismo acelerará ese proceso aún más.

Notas:

(28) Ricardo Ferré: La democracia burguesa es un peligro para la humanidad, http://www.kaosenlared.net/america-latina/item/36698-la-democracia-burguesa-es-un-peligro-para-la-humanidad.html
(29) Marx, Manifiesto del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores sobre la guerra civil en Francia en 1871, Obras Escogidas, tomo I, pg.539.
(30) Marx, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Barcelona, 1971, pgs.105 y 133.
(31) Lenin, Tareas urgentes de nuestro movimiento, Obras Escogidas, tomo I, pg.114.

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