La web más censurada en internet

Día: 23 de noviembre de 2012 (página 1 de 1)

A perro flaco, todo son pulgas. La crisis política del régimen

«Se puede asegurar que vivimos en medio
de una crisis pol
ítica
permanente que no puede encontrar soluci
ón dentro de este régimen o que sólo podrá desaparecer con el régimen que la ha generado. Este es el
verdadero «estado de la Naci
ón», el estado natural del régimen creado por Franco y heredado por
el rey y
toda su corte
(…).
»
«La crisis política es una clara manifes­tación de «anormalidad», de
enfermedad de la sociedad burguesa, y m
ás si se hace crónica, lo que corresponde indudable­mente
al proceso interno de descomposi­ci
ón o putrefacción que arranca desde su misma raíz, de sus relaciones económicas y que se extiende por todo el
cuerpo social hasta alcanzar su cabeza, al Estado y a su «conciencia jur
ídica». Es entonces cuando comienza
a apestar.
»1.


La debilidad del régimen, su crisis polí­tica tiene, efectivamente, un carácter cró­nico
y tambi
én
estructural, que abarca a todo el aparato institucional del Estado, a su
sistema de partidos, a su organizaci
ón
territorial, a su jefatura, etc… El repunte de la crisis econ
ómica ha contribuido, por otra parte, a que todo esto
se haga m
ás
visible, m
ás
evidente. Ya se sabe, «a perro flaco, todo son pulgas».

El colapso de la monarquía borbónica
La propia monarquía está
colapsando. Es, de hecho, el eslab
ón
m
ás
d
ébil
del r
é­gimen.
Al hecho de ser una monarqu
ía
im­puesta por uno de los dictadores fascistas
más sanguinario, terrorista y genocida de Europa, se
suma el anacronismo hist
órico
de la instituci
ón
mon
árquica
y su car
ác­ter
parasitario y absolutamente corrupto, como lo atestiguan los 1600 millones de
euros de fortuna personal que varios me­dios internacionales le atribuyen al
Bob
ón,
por no hablar del resto de corruptelas a que parecen ser tan aficionados los
miem­bros de la familia real.
En momentos en que millones de tra­bajadores
de este pa
ís
se encuentran al borde de la indigencia (cuando no sumi­dos totalmente en
ella), sufriendo recortes de todo tipo, viendo abolidos los pocos derechos con
que cont
ábamos,
esta ins­tituci
ón
se hace especialmente odiosa y especialmente insostenible.
Una parte de la oligarquía financiera española contempla la «opción republica­na» (una república tan antidemocrática como la monarquía actual) para cuando las cosas se pongan feas. Son
cons­cientes de la significaci
ón
emocional que para los trabajadores tiene la rep
ública y creen poder valerse de esta reivindicación para «calmar los ánimos» cuando éstos se encuentren demasiado encrespados. De aquí que sea una parte de la prensa más negra y reaccionaria, como los fascistas de
«El Mundo», los encargados de publicitar esa «opci
ón republicana» que, cier­tamente, podría contribuir a mitigar tem­poralmente el conflicto
social y pol
ítico
en un momento determinado. Sin embargo,
no todos los sectores del régimen con­templan esa posibilidad, especialmente el
Ej
ército
(«garante de la Constituci
ón
mo­narca-fascista»), entre otras cosas porque no tendr
ía un efecto duradero, al contra­rio, abrirla una
brecha en el r
égimen
que no haría m
ás
que profundizarse.

La farsa parlamentaria también se desmorona
Pero el problema con que se encuentra el
Estado no es que la monarqu
ía
sea un eslab
ón
d
ébil,
sino que el con­junto del sistema es toda una cadena devorada por la herrumbre.
Los llama­dos grandes partidos, en su alternancia a la hora de machacamos, han
ca
ído
en el m
ás
absoluto descr
édito.
El «partido de la abstenci
ó
es siempre el vence­dor en todos y cada uno de los procesos electorales. El
despego de los trabajadores hacia estos grandes partidos ha sido siempre
mayoritario. Y, en estos momentos, es un despego que ya em­piezan a compartir
aquellos que, en su ingenuidad, creían que las farsas elec­torales serv
ían para algo. Las medidas anti-obreras, la represión, los recortes de derechos, los innumerables casos
de corrupci
ón
pol
ítica
que salen a la luz un d
ía
sí y otro tambi
én,
est
án
dejando a los «partidos de gobierno» en una situa­ci
ón muy precaria.
Lo sucedido en Grecia podría repetirse aquí. Tanto los «socialdemócratas» como los conservadores -la pata
izquierda y la derecha del r
égimen-
se desplomaron en la pen
últimas
elecciones, y fue necesario dar un pucherazo, orquestado por los cen­tros de
poder de la (des)Uni
ón
Europea,
para volver a poner las cosas en
su sit
io.
Que los dos grandes partidos que en nuestro pa
ís se han venido alternando en el gobierno se vengan
abajo, es una bue­na noticia. Significar
ía que la crisis políti­ca está
avanzando en su met
ástasis.
El
desmoronamiento del bipartidismo
y,
parlamenta­rio, es decir, del sistema de partidos
que sustenta el r
égimen
monarco-fascista, constituir
á
otro paso muy importante en el camino de la transformaci
ón social, políti­ca y económica.
El gobierno Rajoy va camino de ser el más breve de las últimas tres décadas. Y a la caída del gobierno Rajoy le podría su­ceder un gobierno de «concentración na­cional», encabezado por el PP y el PSOE.
Esto contribuir
á
a un mayor descr
édito
de estos partidos o de los que jugaran el pa­pel de «oposici
ón», como los neofascistas de UPyD o los
babosillos de IU (a los que no cabe calificar sino de palmeros del bi-partidismo).
Un gobierno de este tipo nos situar
ía
ya en un contexto, no de fascismo m
ás
o menos encubierto, como el que he­mos padecido hasta ahora, sino que las m
áscaras caerían definitivamente y nos enfrentaríamos a un fascismo a cara de perro, dispuesto
a defender el decr
épito
sistema capitalista con todos los medios a su alcance, a cual m
ás terrorista.

El fascismo abierto: ¿solución o problema?
La represión política
va a aumentar (lo est
á
haciendo ya) hasta niveles que a la mayor
ía de los trabajadores les pueden resultar
impensables en pleno siglo
XXI. Esta represión, en forma de apaleamien­tos de manifestantes, de
tortura, persecu­ci
ón
pol
ítica,
encarcelamientos, asesinatos por parte de la polic
ía o grupos parapoliciales o, incluso,
desapariciones, ha estado siempre presente, en un grado o en otro, a lo largo
de las
últimas
tres d
écadas.
Pero ocurr
ía
que este tipo de medidas s
ólo
se aplicaban de forma m
ás
o menos quir
úrgi­ca
a determinadas expresiones del movimiento obrero y
popular del Estado espa
ñol
(a nuestro Partido, a la izquierda abertzale, a las organizaciones de
solidaridad con los presos pol
íticos,
a las organizaciones
guerrilleras…).
Podr
íamos
hablar del caso de Jon Anza, de Juan Carlos Delgado de Codes, Francisco Javier
E
izaguirre
y tan­t
ísimos
otros. Esta represi
ón
va a dejar de ser tan quir
úrgica;
sin duda, se va a generalizar. Y debemos estar
preparados para afrontar una situaci
ón
de este tipo.
Sin embargo, una vez que el régimen tome esta vía con todas las consecuencias, su crisis política alcanzaría un punto en que se tornaría ya terminal, a falta de que se dieran otros
factores, como lo es la organizaci
ón
de un movimiento obrero y popular que estuviera en disposici
ón de dar un vuelco a la situación, lo que des­de luego no va a ser, en el corto y
medio plazo, una tarea f
ácil,
teniendo en cuenta que la organizaci
ón
de este movimiento va a tener que acometerse en unas con­diciones que, por un
lado, van a ser muy favorables, por cuanto los trabajadores son cada vez m
ás conscientes de cuáles son las causas de los males que pade­cemos y de
cu
áles
son las soluciones a los mismos, pero tambi
én, por otro lado, muy complicadas debido a los
niveles de represi
ón
a los que aludimos.
Aunque no debemos olvidar que, como se
apuntaba en el ya citado Informe Pol
ítico
de nuestro
IV Congreso,
«el
r
égimen
ya no puede evitar que los mismos medios b
ár­baros, terroristas, que utiliza para
combatir al movimiento revolucionario acaben m
ás tarde o más temprano volviéndose contra él. Ya no vivimos en los tiempos
tenebrosos en que pod
ían
ocultar y quedar completa­mente impunes todos los cr
ímenes, atrope­llos y abusos del poder». Todas
las medi­das represivas que pueda ejecutar, van a
obstaculizar durante un tiempo el avance
del movimiento obrero y popular, pueden frenar moment
áneamente el proceso de transformación política,
social y econ
ómica
en que estamos inmersos; pero no podr
án abortarlo de ningún modo y, en última ins­tancia, ganarán para la causa revoluciona­ria a más y más
sectores del pueblo. Es decir, la v
ía
del regreso a los or
ígenes
se presenta como la
única
salida posible para el r
égimen,
pero es una salida que conduce a una situaci
ón aún
peor, infinitamente m
ás
peligrosa para su supervivencia.

El barco se hunde. Sálvese quien pueda.
Y por enésima vez vuelve a ponerse en tela de juicio la
sacrosanta unidad de la patria espa
ñola.
Espa
ña
es una c
árcel
de pueblos y, en un momento como el actual, las tendencias soberanistas van a
cobrar nuevos br
íos
en las nacionalidades del Estado.
¿Quién quiere permanecer en un barco que se hunde sin
remisi
ón?
Ya es una consigna común entre diversos sectores nacionalistas la de que la
salida de la crisis para las nacionalidades pasa por la realizaci
ón de su independen­cia. Es una consigna que, por lo
dem
ás,
es totalmente falaz, a no ser que esas na­cionalidades pretendan, junto con la
con­secuci
ón
de la independencia, trasladarse a alg
ún otro planeta de la Vía Láctea
que no sea
éste
en el que habitamos, en el que la crisis del sistema capitalista est
á presente hasta en la última aldea de la Melanesia. No obstante, es una
consigna que puede calar en amplios sectores sociales de esas nacionalidades y
puede tambi
én
tener como consecuencia no s
ólo
la tentativa de separación, sino la materia­lización de la misma, lo que también pue­de verse facilitado por el agravamiento de las
contradicciones interimperialistas y la posibilidad de que Espa
ña se convierta en territorio a repartir en función del de­sarrollo de esas contradicciones entre las
grandes potencias imperialistas.
Nuestro Partido siempre ha hablado del
peligro de balcanizaci
ón
del Estado espa
ñol.
Este peligro persiste. Y no s
ólo
persiste: puede cobrar nuevos br
íos
en una situaci
ón
en la que el Estado no es que no sea capaz de impedir la soberan
ía de las nacionalidades a las que oprime desde hace
siglos, sino que parece ser to­talmente incapaz de conservar su propia soberan
ía en tanto que Estado.
De un tiempo a esta parte, es un lugar
com
ún
decir que el poder de decisi
ón
so­bre lo que ocurre en esto que llamamos Espa
ña se encuentra cada vez menos en Madrid y más en ciudades como Berlín o Washington. En ocasiones, hay una cierta
exageraci
ón
en estas afirmaciones. Pero hay no poca verdad en ellas. Y esto tie­ne unas consecuencias
muy importantes de cara a la cuesti
ón
territorial:
¿cómo va a poder el Estado español contener las tendencias soberanistas de las nacio­nalidades
cuando
él
mismo se muestra incapaz de mantener el tipo en el
ámbito internacional, siendo en este terreno prác­ticamente un guiñapo al que todo dios vapulea?
Por otra parte, ya lo hemos dicho muchas
veces, desde el punto de vista de la lucha revolucionaria, no podemos sino
alegrarnos de que al Estado se le multipliquen los problemas. Cuanto m
ás débil
se encuentre, m
ás
sencillo resultar
á derrocarlo.
Además, los comunistas somos firmes defensores del
derecho d
e
autodetermi­naci
ón
de las nacionalidades oprimidas y, por lo tanto, no tene­mos el menor reparo, y
tampoco hay la menor contradicci
ón
en re­laci
ón
a los principios que defendemos, en apoyar los procesos de liberaci
ón nacional que se puedan producir y concretar al
calor de un contexto como el ac­tual. Aunque tambi
én decimos que los pro­blemas de los trabajadores de
cualquier nacionalidad no se van a resolver con la creaci
ón de este o el otro nuevo Estado, sino únicamente sobre la base de la des­trucción del capitalismo y de la revolución socialista.

Algo más sobre la cuestión de la soberanía.
La pérdida de soberanía del Estado es­pañol, y su supeditación cada vez mayor a los designios marcados por las
grandes potencias imperialistas es un hecho.
¿A qué
se debe este proceso?
¿Cuáles son sus causas?
España siempre ha sido un país capitalista de segunda o casi de tercera fila, lo
que ha venido determinado por su particular desarrollo                           (o subdesarrollo) his­t
órico, político,
econ
ómico,
cultural… Es
algo
completamente natural que, en un contexto de agudizaci
ón de la crisis capi­talista, un país de estas características se vea en la obligación de agachar el hocico y plegarse a lo que
decidan los que s
í
tie­nen poder (econ
ómico,
militar, etc.) en la arena internacional
Pero en esta cues­tión de la pérdida
de soberan
ía,
cuando se parte de posiciones revolucionarias o con­secuentemente pro­gresistas,
hay que hilar muy fino, si no se quie­re caer en el melifluo chovinismo que, a
ve­ces, se nos cuela por la puerta de atr
ás sin que nos apercibamos de ello. Este riesgo exis­te
y ya hay quienes pretenden hacer de la recuperaci
ón de la soberanía el caballo de batalla del momento. Nos referimos a
IU y a no pocos sectores que forman eso que hemos dado en llamar el
«reformismo ra­dical».
Éste
es un camino peligroso, en el que el riesgo de desorientarse y desbarrar es muy
grande.
Lo primero que debemos tener claro
es que los trabajadores, por el hecho de malvivir en una sociedad capitalista,
ca­recemos de cualquier soberan
ía.
Ésta
la ostenta la clase burguesa, la clase de los explotadores, que son los que
manejan las riendas del Estado. Por lo tanto, no­sotros no podemos perder lo
que no tene­mos, por mucho que manden en Bruselas por muy poco que mande
Madrid.
Quien está perdiendo soberanía es la oligarquía financiera española y su Estado, y los trabajadores no podemos sino
alegrarnos de que esto sea as
í.
Estamos hablando en este art
ículo
de la crisis pol
ítica
del r
égimen;
pues bien,
ésta
es otra manifestaci
ón
de esa crisis: no s
ólo
se encuentra corro
ído
por las mil y una contradicciones que arrastra desde su nacimiento, sino que ya
no es capaz de mandar ni en su propia casa y son otros los que le dictan gran
parte de las medi­das que debe aplicar.
Lo que las organizaciones revolucionarias
y los movimientos democr
áticos
y populares no podemos hacer bajo ning
ún concepto es convertirnos a estas alturas de la película en defensores de la sobera­nía del Estado burgués y de su régimen, como están haciendo ciertos grupos que incluso se
autodenominan marxistas. Cuanta m
ás
soberan
ía
pierda, mejor, por­que m
ás
clara ver
án
los trabajadores y los sectores populares la necesidad de derrocar un Estado
que carece de todo margen de maniobra y que s
ólo se dedica a aplicar las medidas que otros le impo­nen,
haci
éndolo,
adem
ás,
de la
única
manera que sabe y puede hacerlo: a golpe de porra y de terrorismo de Estado.
Por supuesto que los revolucionarios
defendemos la soberan
ía
de los pueblos; pero eso, la soberan
ía
de los pueblos y, m
ás
concretamente, la de la clase obrera y del resto de los trabajadores, no la so­beran
ía de cuatro parásitos explotadores. Y la soberanía de los pueblos, sólo puede materializarse con el derrocamiento de los
Estados burgueses, sean
éstos
mucho,
poco o nada soberanos, con la toma
del poder pol
ítico
por parte de la clase obrera en alianza con otros sectores populares. De aqu
í que haya que andarse con pies de plomo cuando
hablamos de esta sobe­rana cuesti
ón. Hay que utilizarla sin duda en la agitación y en la propaganda, para poner de manifiesto que
el Estado espa­
ñol
no es ni tan siquiera el famoso gigante con los pies de barro de Mao, sino
apenas un mu
ñeco
de trapo lleno de remiendos con el que juega el susodicho gigante; pero
teniendo muy claro en qu
é
medida se deben y se pueden utilizar y con qu
é sen­tido ciertas consignas o planteamientos.

El desmoronamiento de la ideología burguesa y la necesidad del Partido.
Al final, toda esta cuestión que estamos tratando aquí nos conduce a una conclu­sión muy simple: la ideología burguesa se está desmoronando, están cayendo los mitos en que ésta se sustenta: el pretendido carácter democrático del Estado burgués, la sociedad de consumo, el estado de bien­estar y
los mitos particulares de la ideolo­g
ía burguesa made in Spain: la transición modélica,
la monarqu
ía
como garante de la democracia y otras tonter
ías similares.
El Estado burgués se muestra como lo que es. Marx y Engels ya lo
definieron hace muchos a
ños
como el consejo de administraci
ón
del capitalismo o, en su dimensi
ón
represiva, como una banda de hombres armados al servicio del capital. En cuanto
a la sociedad de consumo, cada vez m
ás
sectores sociales est
án
siendo excluidos de la misma. La m
áxima
capitalista de «consume y no pienses» ya
no surte ningún efecto. Falta un elemento de la ecuación: si a los trabajadores ya no les está permitido consumir porque care­cen de medios para
hacerlo, ya s
ólo
les queda pensar y actuar en consecuencia.
Y ahí se le complican mucho las cosas al
capitalismo.
¿Y
qu
é
decir del Estado de bienestar? Lo est
án desmontando piedra a piedra. Y, al hacerlo, el
capitalismo se est
á
privando de un colch
ón
fundamental con el que contener el conflicto social
¿Pero pueden todas estas circunstan­cias conducirnos
a una situaci
ón
revolucio­naria por s
í
mismas, espont
áneamente?
Es evidente que no. Hace falta la organiza­ci
ón que, a partir de esas circunstancias, nos conduzca
a la situaci
ón
revolucionaria.
Y esta organización, como no puede ser de otro modo, es el Partido
Comunista, es de­cir, nosotros, los cuatro gatos y un tambor que estamos empe
ñados en que en este país se dé
nada m
ás
y nada menos que una revoluci
ón
socialista. Sin la labor del Partido, no hay ni revoluci
ón ni cambio posible. ¿Quién
va a llevar a cabo ese cambio o esa revolu­ci
ón? ¿Un
movimiento espont
áneo,
sin un claro programa revolu­cionario?
¿Ese batibu­rrillo de grupos seudo comunistas que
pulu­lan por ahí, a cual m
ás
confuso, oportunista y desorientado?
Sólo
nuestro Partido puede transformar la crisis econ
ómica, social, política e ideoló­gica en una crisis revolucionaria. Aunque, para
llegar a esto, antes debemos resolver no pocas cuestiones, como lo es la reorganizaci
ón del Partido en todos los planos, la reconstrucción de sus organismos, la formación de los nuevos militantes, la cap­tación de otros muchos que, literalmente, y no es ninguna
fanfarronada, est
án
es­perando a que les demos la oportunidad de trabajar con nosotros (y debemos
bus­car los medios de llegar a ellos). Y
ésta, ciertamente, es la tarea del momento. Sin
embargo, toda esta situaci
ón
por la que es­tamos atravesando va a facilitamos mucho el trabajo, siempre,
claro, que no come­tamos m
ás
imprudencias y errores de los estrictamente inevitables.

(1) M. P. M. (Arenas): Informe Político al IV Congreso.

Los caminos de la revolución en Italia. De los años 70 en adelante (parte 2)

2. Los años 60: el surgimiento de una nueva clase obrera.
En Italia 1968 más bien fue…1969. Porque aunque en 1968 se vio la eclosión del movimiento estudiantil y durante los años 60 se dieron muchas luchas obreras de nuevo tipo, de un nuevo ciclo, en sobre todo en 1969 cuando se vive un hito general, una explosión social colectiva.
La primavera de 1969 está marcada por un gran ciclo de huelgas salvajes, que se van a extender como mancha de aceite por todas la fábricas FIAT (cuya mitad estaba prácticamente concentrada en el área metropolitana de Turín.; alrededor de 120.000 asalariados. Huelgas que son mas bien una especie de revuelta violenta contra la brutalidad de la condición obrera, del “obrero-masa”, producto del equilibrio de fuerzas de la posguerra –continuación de la derrota del movimiento partisano y de las tensiones revolucionarias- y por tanto de la aplicación masiva del modelo taylorista-fordista. En realidad, la esclavitud en cadena.
Durante los años 50 y 60 este proceso está acompañado por un enorme movimiento de urbanización en torno a los cuatro polos industriales del norte: Turín, Milán, Génova y Venecia-Marghera. Millones de italianos e italianas del Sur y otras regiones pobres sufrieron el desarraigo y fueron amontonados en los guetos metropolitanos. Fueron unos movimientos de la misma amplitud y con las mismas implicaciones socioculturales que las actuales inmigraciones del Sur del globo.
Y esto no hizo más que reforzar la carga explosiva de las huelgas que vendrían. Lo mismo que el fenómeno de la escolarización masiva, que pondrá en movimiento masas de jóvenes inmigrados, y no solamente los estudiantes clásicos. Recordemos a propósito que una de las cunas fundamentales de la lucha armada ha sido la Universidad de Trento, con su Facultad de Sociología entonces inaugurada, punta de lanza de las nuevas disciplinas y de la apertura al mundo por un lado, y por otro lado facultad mucho mas popular que las otras, los matriculados procedían de las filas de esta nueva escolarización de masas. Fue un importante lugar de iniciativa y debate, y del que emergieron numerosos futuros dirigentes de organizaciones y principalmente el núcleo que, con los primeros militantes obreros de Milán y de Emilia, formaron las Brigadas Rojas en 1970. Igualmente, desde principios de los años sesenta, los nuevos militantes que se separaban del Partido Comunista revisionista, tuvieron también sus experiencias privilegiando un enfoque “sociológico” de la nueva clase obrera, intentando comprender la nueva composición de clase, las tendencias susceptibles de insuflar fuerza a la marcha de la clase obrera.
Esta fue la rica experiencia y la producción teórico-práctica de algunas revistas como Quaderni Rossi, La Classe, Quaderni Piacentini. Este crisol, con una corriente más clásica del marxismo-leninismo (llevando la batalla contra el revisionismo moderno del PCI), generará las experiencias político-organizacionales de 1968 y 1969.
Volviendo al desarrollo de los acontecimientos, desde julio de 1960 comenzaba a hacerse notar la expresión de una clase obrera joven, procedente de la emigración, menos marcada por las derrotas de la posguerra, no ligada a la antigua cultura obrera del trabajo y portadora de un espíritu de revuelta contra la bestialidad de las cadenas de montaje y el despotismo de fábrica (y el social, la policía), portadora de una actitud agresiva respecto a la apropiación del producto social. El taylorismo-fordismo había producido un resultado de clase muy bueno: había empujado a fondo la transformación del trabajo como “trabajo abstracto”, haciendo cruel y evidente la realidad del trabajo alienado, degradado. Había producido un proletario extremadamente denso y homogéneo que, cotidianamente, sufría toda la violencia de un sistema que le deshumaniza, lo transforma en un apéndice de las máquinas, lo convierte en mercancía. La respuesta obrera será más violenta aún, aumentando en capacidad de rechazo y hostilidad a este sistema, hasta favorecer su producto más lógico: la lucha armada para hacer la revolución, para tomar el poder.
Durante los años sesenta, el estallido puntual de una gran huelga o de disturbios callejeros permitirán también la unión con la base obrera del ciclo precedente, justamente en el primer episodio de julio de 1960, con enfrentamiento particularmente fuertes y victoriosos con los polizontes (que habían matado a numerosos huelguistas y militantes en aquellos años) en Génova y en las demás ciudades obreras próximas, y que tumbaron el intento de colocar en el gobierno a los herederos de Mussolini. En esas ocasiones se reunieron la nueva determinación y la experiencia precedente. Encuentro que, desde luego, fue boicoteado con todas sus fuerzas por el aparato revisionista que comienza en aquella época el juego de la criminalización de los jóvenes extremistas.
Se producirán después, principalmente, los disturbios de Piazza Statuto en Turín, en 1962, tres días de enfrentamientos resultado del asalto obrero a la sede del sindicato amarillo U.I.L. (fundado como otros en Europa con fondos del Plan Marshall) a causa de una grave traición. Y las huelgas violentas de 1967 y 1968, en los polos industriales como el complejo textil de Valdagno o el sector petroquímico de Porto Marghera, ambos en Venecia.
El elemento novedoso, la nueva expresión de clase que se manifiesta en este momento, estallará de manera masiva y generalizada en la primavera de 1969 en la FIAT. Además de la radicalidad de las huelgas salvajes, los primeros desbordamientos violentos (sabotaje de las líneas de montaje, ataque a los jefes-policía) se afirman nuevas formas de organización, espontáneas y mas cercanas a los colectivos de trabajo: es de hecho  una organización de masa en las líneas de producción, en los equipos o en sectores que ponen, en última instancia, al delegado como vanguardia de lucha, reconocido y parte del grupo (rompiendo la legitimidad de la antigua representatividad sindical, mínima y desligada de la producción), hasta llegar a la formación de la Asamblea Autónoma de Obreros y Estudiantes. Es la marcha de los estudiantes a las puertas de las fábricas, organizada por los grupos políticos extraparlamentarios, lo que da lugar a esta Asamblea en donde, a la salida del trabajo, se mezclan obreros y militantes externos para continuar y desarrollar las huelgas salvajes cotidianas. Estas Asambleas autónomas serán una experiencia muy importante, una forma de organización real de la lucha de masas, y un lugar de debate y formación para toda una nueva ola de militantes. Aquí es donde se formarán realmente los grupos más importantes, Lotta Continua y Potere Operaio, como resultado del trabajo innovador de los círculos militantes/intelectuales de los años sesenta (realizado principalmente a la entrada de las fábricas mediante la técnica de la encuesta) y de la capacidad de comprender y referirse a las nuevas expresiones obreras. Alrededor de finales de 1969 nacen sus respectivos periódicos. Las luchas se extenderán hasta julio, culminando en nuevos disturbios en Turín, en relación con el problema del alojamiento: la batalla de Corso Traiano, el 3 de julio de 1969. Una manifestación convocada a la salida de la Fiat Mirafiori, que reúne a millares de proletarios de la fábrica y de los barrios, se transforma en una batalla contra la policía a lo largo del día y de la noche extendiéndose a numerosos barrios de las afueras, y dándose los pasos previos de la intervención organizada de grupos militantes, orientada hacia el desarrollo de la violencia revolucionaria.

El otoño contemplará un nuevo salto al generalizarse a escala nacional, sobre todo en las fábricas pero también entre los obreros agrícolas y algunos otros sectores. Es la renovación del convenio estatal de metalurgia, lo que enciende la hoguera. El Estado está en serias dificultades y la respuesta represiva no está a la altura: habrá cuatro obreros agrícolas muertos (en Battipaglia y Avola, en el sur, así como un policía durante una manifestación obrera en Milán). Pero las verdaderas medidas para retomar el control de la situación serán otras, como la intervención de los aparatos reformistas-revisionistas en el seno de la clase, principalmente a través de la consigna de nombramiento de nuevos delegados y nuevos Consejos de fábrica. Aún considerando que las estructuras existentes estaban completamente desfasadas e inadaptadas a esta explosión proletaria, y que en todo caso era necesario hacer como que se cambiaba algo, las nuevas estructuras eran mucho más consistentes (se pasa de algunos pocos delegados por centenares de asalariados, a un delegado por cada equipo de obreros, de algunas decenas de personas, y adaptados a la nueva realidad de enormes masas de obreros recientemente urbanizados y radicalizados. Durante bastante tiempo estas nuevas estructuras serán reapropiadas por la fuerza desbordante de la Autonomía de Clase, estando obligados los aparatos revisionistas a aflojar las riendas para intentar la recuperación en una fase más calmada. Pero desde el principio se ve su auténtica intención, dado que estos Consejos están en competencia y en contra de las Asambleas autónomas.
Por otro lado, está la repentina aparición del terrorismo de Estado, con la masacre del 12 de diciembre de 1969 (16 muertos en un banco por una bomba indiscriminada). Es el acto inicial de toda una estrategia, muy precisa y diseñada a la sombra de los círculos ocultos del poder (y bajo la influencia de los círculos imperialistas internacionales) y que constituirá una auténtica declaración de guerra de clases. Contrariamente a abundantes prejuicios, el proletariado muy raramente comienza las hostilidades, porque su recorrido de lucha, aún radical, en los procesos revolucionarios no es ni simple ni rápido. La dominación burguesa, por el contrario, está ahora constituida en forma de contrarrevolución preventiva, y conoce y teme intensamente los desarrollos de la lucha de clases.
Estos saltos importantes en la dinámica de luchas obligarán al movimiento de clase a “crecer rápido”. Es entonces cuando el debate en torno a las perspectivas, y principalmente la cuestión política y la cuestión de la violencia revolucionaria tiene lugar, tomando una nueva amplitud. Coincide también con el peso de contexto internacional que ve desarrollarse, en toda su potencia, la ola de luchas de liberación nacional anticolonial, el inmenso prestigio de la guerra popular de Vietnam y de la Revolución en China. Que también alimentan la nueva ola de guerrillas latinoamericanas, fuente de gran inspiración para nosotros al estar un poco a medio camino entre las guerras populares y la realidad de las metrópolis imperialistas.
Es preciso señalar con claridad que el contexto internacional ha tenido más peso que otros factores de influencia, debido a que la dinámica de la Revolución proletaria es internacional, se determina localmente pero en relación con la fase capitalista internacional y en relación a las relaciones globales de fuerza entre las clases.
Es necesario precisar bien esto, en contra de las ideas erróneas que han circulado, tal como la premisa muy italiana de una situación democrática particularmente degradada y bajo la amenaza de una deriva fascistizante, lo que habría legitimado y caracterizado la toma de las armas por el movimiento revolucionario. Esto es falso, y procede de una interpretación al uso de diferentes corrientes de la “disociación”, para aminorar o reducir la importancia ideológico-política de esta vía, su carácter de estrategia, su finalidad de Revolución clasista. No se dio realmente el peligro de un golpe de Estado fascista, sino más bien la maduración de la teoría de la “contrarrevolución preventiva” como forma ya estable y auténtico armazón interno de las sedicente democracias imperialistas.
Todo movimiento de clase o de liberación habría chocado inevitablemente contra esta armadura interna del Estado, más allá de un determinado umbral de lucha y de reivindicación. Ahí se plantearía inevitablemente la cuestión: o recular, renunciar a sus aspiraciones traspasándolas a los gestores reformistas, o aceptar la guerra de clases. Se puede, por otro lado, considerar la persistencia real de una herencia política e ideológica de la Resistencia antifascista, por la gran fuerza que tuvo en Italia, hasta el punto de haber acariciado la posibilidad de su transformación con la toma del poder revolucionario. La crisis revolucionaria dura hasta 1948, cuando Togliatti ordena ásperamente el abandono de esta vía, ante la gravísima crisis que sigue precisamente al atentado que acababa de sufrir. Desde su cama en el hospital ordena a los millares de insurgentes que habían tomado las armas y controlaban importantes localidades obreras (y que empezaban a atacar a la policía y el ejército) detener sus acciones. “Volved a casa”: he ahí la gran traición revisionista, que hundiría las fuerzas de clase, entre ellos los partisanos, en una profunda crisis, facilitando la reacción, la ola revolucionaria.
Los recuerdos de todo eso eran profundos y estaban todavía vivos. Será una “lejana” raíz que contribuirá a un resurgir revolucionario, a su legitimación en el plano de la continuidad histórica, incluso con la transmisión de las armas.
Los motivos de fondo son, por tanto, los reseñados, pertenecientes a la nueva fase internacional, a las nuevas formas de explotación capitalista y de composición de clase.
Más precisamente, los dos primeros movimientos armados –el Grupo 22 de Octubre y los G.A.P., Grupos de Acción Partisana- fueron una mezcla perfecta de nuevas instancias militantes y de recuperación de la herencia partisana. Pero no fueron más que dos meteoros luminosos, consumidos rápidamente. No fue suficiente la determinación  de los nuevos militantes proletarios que se expresaba en ellos a través de  ataques con explosivos contra los capitalistas, financieros, fascistas, la constitución de una radio pirata con algunos momentos brillantes, así como la colaboración del célebre editor G. Feltrinelli que cayó en combate, haciendo una gran contribución publicando y difundiendo gran cantidad de textos internacionales, especialmente los procedentes de América del Sur. Careció de profundidad de análisis y de proyecto.
La verdadera historia comienza en noviembre de 1970: el primer ataque incendiario contra un directivo de Pirelli. Por primera vez aparece una firma: Brigadas Rojas.

¿Es la Unión Europea pacificadora en el sentido de Nobel?

[No estamos de acuerdo en todo lo que dice el artículo]

Horst Meyer

En 2009, muchos se sorprendieron con el otorgamiento
del Premio Nobel de la Paz a Barack Obama, que fuera de sus consignas «Change»
y «Yes, we can» no había aportado gran cosa en ese campo. Tres años más tarde,
los logros del presidente Obama en materia de paz no sobrepasan las de Bush
padre, Bill Clinton y Bush Jr. El presidente Obama no ha puesto fin a ninguna
de las guerras desatadas por George W, Bush. Por el contrario, tuvimos la
brutal intervención de la OTAN en Libia, sin hablar del campo de prisioneros de
la base naval estadounidense de Guantánamo, que no ha sido cerrado, y de la
ocupación de Afganistán e Irak.

Este año, en momentos en que el Premio Nobel de la Paz
es otorgado a una institución supranacional como la Unión Europea, tenemos que
empezar a interrogarnos seriamente sobre el valor de los criterios que se
aplican para la nominación y el otorgamiento de dicho premio.

El Premio Nobel de la Paz correspondiente a 2012 ha
sido concedido a la Unión Europea por su contribución de 60 años al mantenimiento
de la paz en Europa. La difusión de la noticia causó numerosas muestras de
escepticismo e incluso reacciones airadas.

Es indudable que las dos grandes guerras que devastaron
Europa durante la primera mitad del siglo XX dejaron huellas en las mentes.
También es cierto que Europa no ha conocido desde entonces otros conflictos de
aquella envergadura y que se ha establecido en el continente una especie de
reconciliación entre los Estados. Pero es imposible que el Comité Nobel no sepa
que la base de la paz europea es de arena –basta con recordar el derrumbe del
bloque del Este, que ha sido causa de nuevas guerras en Europa.

La actividad guerrerista en los Balcanes

Hoy se sabe con toda certeza que ciertos países
europeos contribuyeron, en los años 1990, a la destrucción de la República de
Yugoslavia. Dos autores, Mira Beham y Jorg Becker, han analizado, en su obra de
investigación Operación Balkan, la influencia de Occidente en la destrucción de
Yugoslavia, así como la manipulación de los medios de prensa orquestada desde
el extranjero. Está demostrado que Occidente contribuyó a provocar la secesión
de las diferentes repúblicas que formaban parte de Yugoslavia y que esos países
utilizaron las dificultades económicas de las regiones yugoslavas, retirando
créditos y aumentado las tasas de interés, para enemistarlas entre sí. Los
resultados son harto conocidos.

La guerra de agresión contra el resto de Yugoslavia,
dirigida por Estados Unidos y con la activa participación de varios Estados
europeos –como Alemania– constituyó una violación del derecho internacional y
fue por lo tanto ilegal. Fue además una demostración de lo que la Unión Europea
y sus países miembros son nuevamente capaces de hacer, a pesar de su promesa de
no comenzar nunca más una guerra.

El caso austriaco, rechazo de la voluntad democrática

Fue en el año 2000 cuando la Unión Europea mostró su
verdadero rostro. Ante la formación en Austria, como resultado de elecciones
democráticas, de una coalición entre el partido burgués OVP y el FPO de Jorg
Haider con vista a la formación de un gobierno, la Unión Europea impuso
sanciones al país, pisoteando así los derechos democráticos de la población
austriaca. El supuesto «modelo de paz de la UE» no tolera la existencia en un
Estado miembro de la Unión Europea de un gobierno que critique a esa entidad.
Un «Consejo de Sabios» tuvo que decidir entonces si podían mantenerse las
sanciones o si había que levantarlas. Y sólo fueron levantadas después de que
Jorg Haider se vio obligado a dimitir. La Unión Europea rompía así fríamente
con el derecho democrático. Pero eso no es todo.

Guerras de agresión violatorias del derecho
internacional ¿Especialidad de la UE?

Casi todos los países de la Unión Europea están
participando en la guerra de Afganistán, que ha durado ya 11 años. Tienen por
lo tanto una vívida experiencia de lo que es una guerra, particularmente brutal
y violatoria del derecho internacional. Al cabo de 11 años de ocupación por
parte de estadounidenses y europeos, la población afgana está viviendo una
pesadilla. Lo que comenzó con la violación del derecho internacional –con el
pretexto de expulsar a los talibanes– se ha convertido en una guerra contra la
población, guerra cuyo final no se vislumbra.

La agresión perpetrada en 2003 contra Irak, invocando
un pretexto totalmente fabricado y absurdo, violando el derecho internacional y
con la participación de países miembros de la Unión Europea en la «coalición de
voluntarios», esencialmente Inglaterra, Polonia, Italia, España, etc., no ha
terminado aún y sigue causando miles de víctimas inocentes. Mientras tanto,
británicos y estadounidenses se han apoderado de las reservas de petróleo.

En 2011, la guerra contra Libia, desatada con el
pretexto de socorrer a la población, estuvo motivada en realidad por la
voluntad de imponer un cambio de régimen para deshacerse de un dirigente
molesto y de apropiarse de las riquezas naturales del país. A la cabeza de esa
agresión se hallaban, junto a Estados Unidos, varios países de la Unión
Europea, específicamente Francia, Inglaterra e Italia. La mitad de los Estados
europeos miembros de la OTAN, igualmente miembros de la Unión Europea,
participaron en esa agresión disfrazada.

¿Y qué está sucediendo ahora en Siria? Si sólo hubiése
dependido de la Unión Europea, y si China y Rusia no se hubiesen opuesto a
ella, hoy tendríamos allí otra guerra de agresión, también con la participación
de la UE. En el caso sirio, Alemania ha desempeñado un papel poco glorioso,
junto a Francia e Inglaterra.

¿Dónde está entonces el compromiso de la Unión Europa a
favor de la paz que supuestamente justifica que se le otorgue del Premio Nobel
de la Paz? ¿No será que el Comité del Premio Nobel también obedece a las
razones de orden político del poder? Los pueblos de todos los países de la
Unión Europea se oponían a las acciones militares de esos países. Los sondeos
indicaban un índice de oposición que se sitúa entre el 80 y el 90%. Por lo
tanto, si lo que se quiere es fortalecer la paz, son los pueblos quienes tienen
una importancia primordial.

Alemania en un papel dirigente. Pero ¿con qué objetivo?

La publicación estadounidense Foreign Affairs, órgano
del think tank denominado Council on Foreign Relations, altamente valorado en
Estados Unidos, estima que una germanización de Europa permitiría a ese
continente salir de la crisis. Alemania obtendría así en la Unión Europea un
papel dirigente acorde con las ambiciones de Angela Merkel, ávida de poder. La
Alemania que se arroga un papel de dirigente de la Unión Europea es portadora
del proyecto de formación de una Federación Europea y de un fortalecimiento del
centralismo.

Resulta reveladora la siguiente citación: «Si nosotros,
los europeos continentales, queremos alcanzar la unidad y actuar de conjunto, y
de ello depende nuestro futuro, tenemos que responder entonces a dos
necesidades: renunciar a toda voluntad de dominación de un pueblo sobre otro
así como renunciar a toda voluntad de independencia absoluta fuera del orden
europeo. Ser el abanderado, sin querer ser el amo de Europa. Esa debe ser la
voluntad de Alemania. Pero ser el abanderado de una nueva Europa que debe
ocupar su lugar entre las nuevas potencias mundiales y conservar el rango que
merece tanto por su desarrollo histórico como por su poderío cultural y
económico.» Son palabras de Richard Riedl, presidente del consejo de
administración de la compañía Donau Chemie AG, perteneciente al grupo IG
Farben, y datan de 1944.

Resulta cada vez más evidente que Alemania está
asumiendo un lugar predominante en la Unión Europea. Y si Alemania llegara a
convertirse en el abanderado de la UE, eso sería de mal augurio para Suiza, a
la luz de las declaraciones belicistas destinadas a intimidar a este pequeño
pero próspero país.

Suiza, garante de la paz

Si lo que se busca es otorgar el Premio Nobel de la Paz
a un Estado, habría que dárselo a Suiza. ¿Qué otro país puede afirmar que no ha
estado implicado en guerras desde hace más de 150 años? ¿Y haber contribuido en
tan alto grado a favor de la paz y de la ayuda humanitaria a restañar las
heridas de los pueblos de otros países, como lo ha hecho Suiza a través de sus
organizaciones, como la Cruz Roja? A pesar de ello, cuando consultamos la lista
de laureados con ese premio, podemos sentirnos felices de no aparecer en ella.
La selección de este año lo confirma.

Fuente Horizons et débats (Suiza)
Traducido al español por la Red Voltaire a partir de la
traducción al francés de Horizons et débats

Las formas de dominación del Estado burgués (IX)

Juan Manuel Olarieta

El papel de la monarquía en el régimen fascista español


No obstante, los semirrevolucionarios siguen jugando con la confusión. Creen que la monarquía es en España como en Dinamarca y dicen que aunque cambiara la forma del Estado nada sustancial cambiaría; a lo máximo España sería como Portugal u otra república vecina. Seguimos, pues, fuera de la historia, en el limbo de las abstracciones. No hace falta poner la lupa a la historia para comprobar que en España las dos Repúblicas que han existido han supuesto otros tantos momentos fugaces de libertad, de los pocos que las masas han podido disfrutar, por lo que se han grabado a sangre y fuego en su corazón y su memoria. Aquí entre sectores muy amplios, que van mucho más allá del proletariado, la República es sinónimo de libertad y ha conducido antes y conducirá siempre a las masas a la revolución. Parece increíble que los semirrevolucionarios de salón se atrevan a menospreciar este caudal político, que va bastante más allá del banquete: es una opípara comilona.

Hoy en España la monarquía es uno de los pilares fundamentales del monopolismo. La Corona española estaba arruinada cuando en 1964 Franco nombró heredero político al actual rey, hasta el punto de que la Casa Real tuvo que vender la Corona para pagar sus deudas; actualmente es una de las mayores fortunas del mundo. Por lo tanto, lo mismo que el resto del capital monopolista, también la Corona debe su fortuna al terrorismo de Estado. Por si cabían dudas, el asunto KIO demostró que una parte muy importante de los circuitos financieros y comerciales pasan por la monarquía, donde pagan su peaje correspondiente.

Pero en Europa hay otras monarquías tanto o más engolfadas en el capital monopolista que la española. Lo que realmente diferencia a la Corona española es que también es uno de los pilares fundamentales sobre los que se ha edificado el Estado fascista. Este rey no hereda a su padre, como en cualquier otra monarquía, sino al Caudillo. Es el Caudillo de la transición; para eso le nombraron. Juega el mismo papel que Franco en la etapa anterior: es la cúspide del ejército y no creo que, a su vez, sea necesario explicar ahora cuál es el papel del ejército en el régimen español actual pero, por poner un ejemplo, conviene recordar que todos los hilos del golpe de Estado de 1981 y la posterior etapa de guera sucia de los GAL pasaron por ahí.

Si los fascistas heredan la monarquía los antifascistas heredan la República. No puede ser de otro modo. La lucha antifascista no sólo no ha nacido ahora sino que tiene una larga tradición que sólo se puede calificar de épica. Por lo tanto, envuelve una responsabilidad histórica en cuanto que a los antifascistas de hoy les corresponde tomar la antorcha que con tanto arrojo, abnegación y heroísmo portaron sus mayores. Ese es el significado exacto de la batalla por la memoria histórica: ellos resistieron para que las generaciones futuras estuvieran en las mejores condiciones para triunfar. No restablecer el hilo entre el pasado y el presente no es un mero descuido por parte de los semirrevolucionarios, sino una traición en toda regla para la cual no existen calificativos lo suficientemente explícitos.

Pero donde hay continuidad hay también ruptura. Ni los años pasan en vano ni la historia detiene su marcha inexorable. ¿De qué República estamos hablando? ¿De la República de 1931? ¿De una tercera República que ignoramos? ¿De cualquier clase de República? No; como cualquier otra institución política la futura República tiene que tener en cuenta que, a diferencia de 1931, España es hoy un país de capitalismo monopolista de Estado, un sistema económico en bancarrota que no tiene ya ningún futuro. Hoy la reivindicación de la democracia y la República no supone, pues, ninguna etapa «intermedia» entre el capitalismo y el socialismo. Más bien al contrario, como consecuencia de las transformaciones económicas, la correlación de fuerzas entre las clases sociales ha cambiado y el proletariado no sólo dirige la lucha por la Repúlica sino que es su principal fuerza propulsora. Un programa revolucionario debería expresar estas nuevas condiciones sociales y afirmar claramente que la única República posible hoy es la República Popular. Ésta enlaza con el pasado, pero no es el pasado sino el futuro.

Ciertamente, como digo, las transformaciones económicas de los sesenta convirtieron al proletariado en la fuerza principal de la lucha contra el fascismo, pero no en la única. La lucha de clases es el motor de la historia, pero eso no tiene nada que ver con la caricatura de «clase contra clase», típica del trotskismo. Es un craso error privar al proletariado de sus aliados más próximos porque una revolución -hay que repetirlo- es un proceso de acumulación de fuerzas; cuando un contrincante gana fuerzas, las pierde su contrario, y así inclina la balanza a su favor.

Es cierto que en la actualidad, ante el proletariado y la burguesía, las demás clases han perdido la importacia social que tuvieron en épocas anteriores. No obstante, tanto la condición monopolista de España como la pervivencia del fascismo, aproximan al proletariado a numerosos sectores sociales, que son múltiples y cualitativamente diversos. No es necesario recurrir al ejemplo de Rusia para destacar la importancia de los aliados de la clase obrera porque mucho antes Engels también propuso, con su proverbial maestría, incorporar a los pequeños campesinos dentro del programa obrero, es decir, forjar una alianza obrero-campesina, incluso en los países avanzados, como Francia:

«Es asimismo evidente que cuando estemos en posesión del Poder del Estado, no podremos pensar en expropiar violentamente a los pequeños campesinos (sea con indemnización o sin ella) como nos veremos obligados a hacerlo con los grandes terratenientes. Nuestra misión respecto a los pequeños campesinos consistirá ante todo en encauzar su producción individual y su propiedad privada hacia un régimen cooperativo, no por la fuerza, sino por el ejemplo y brindando la ayuda social para este fin. Y aquí tendremos, ciertamente medios sobrados para presentar al pequeño campesino la perspectiva de ventajas que ya hoy tienen que parecerle evidentes» (27).

Este es el banquete que recomendaba Engels en 1894 para un país como Francia, incluso en un momento posterior a la revolución proletaria. Si ese programa es correcto, ¿no será más correcto aún para el momento anterior a la revolución, para la acumulación de fuerzas?, ¿sigue siendo correcto ese programa en la actualidad? La respuesta es afirmativa: en esencia hoy las líneas maestras de ese programa son de plena actualidad, y no sólo para un sector social tan concreto como los campesinos, sino para cualquier otro. Cada día el fascismo y el monopolismo convidan a un festín al arrojar a las filas de la revolución a sectores muy amplios de la sociedad y sería un suicidio de que el programa de la revolución también les diera la espalda. ¿Por qué los semirrevolucionarios se empeñan en buscarse enemigos donde no los hay?

Notas:
(27) Engels, El programa campesino en Fracia y Alemania, Obras Escogidas, tomo II, pg.461.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies