de una crisis política
permanente que no puede encontrar solución dentro de este régimen o que sólo podrá desaparecer con el régimen que la ha generado. Este es el
verdadero «estado de la Nación», el estado natural del régimen creado por Franco y heredado por
el rey y toda su corte
(…).»
enfermedad de la sociedad burguesa, y más si se hace crónica, lo que corresponde indudablemente
al proceso interno de descomposición o putrefacción que arranca desde su misma raíz, de sus relaciones económicas y que se extiende por todo el
cuerpo social hasta alcanzar su cabeza, al Estado y a su «conciencia jurídica». Es entonces cuando comienza
a apestar.»1.
y también
estructural, que abarca a todo el aparato institucional del Estado, a su
sistema de partidos, a su organización
territorial, a su jefatura, etc… El repunte de la crisis económica ha contribuido, por otra parte, a que todo esto
se haga más
visible, más
evidente. Ya se sabe, «a perro flaco, todo son pulgas».
colapsando. Es, de hecho, el eslabón
más
débil
del régimen.
Al hecho de ser una monarquía
impuesta por uno de los dictadores fascistas más sanguinario, terrorista y genocida de Europa, se
suma el anacronismo histórico
de la institución
monárquica
y su carácter
parasitario y absolutamente corrupto, como lo atestiguan los 1600 millones de
euros de fortuna personal que varios medios internacionales le atribuyen al
Bobón,
por no hablar del resto de corruptelas a que parecen ser tan aficionados los
miembros de la familia real.
de este país
se encuentran al borde de la indigencia (cuando no sumidos totalmente en
ella), sufriendo recortes de todo tipo, viendo abolidos los pocos derechos con
que contábamos,
esta institución
se hace especialmente odiosa y especialmente insostenible.
conscientes de la significación
emocional que para los trabajadores tiene la república y creen poder valerse de esta reivindicación para «calmar los ánimos» cuando éstos se encuentren demasiado encrespados. De aquí que sea una parte de la prensa más negra y reaccionaria, como los fascistas de
«El Mundo», los encargados de publicitar esa «opción republicana» que, ciertamente, podría contribuir a mitigar temporalmente el conflicto
social y político
en un momento determinado. Sin embargo, no todos los sectores del régimen contemplan esa posibilidad, especialmente el
Ejército
(«garante de la Constitución
monarca-fascista»), entre otras cosas porque no tendría un efecto duradero, al contrario, abrirla una
brecha en el régimen
que no haría más
que profundizarse.
Pero el problema con que se encuentra elEstado no es que la monarquía
sea un eslabón
débil,
sino que el conjunto del sistema es toda una cadena devorada por la herrumbre.
Los llamados grandes partidos, en su alternancia a la hora de machacamos, han
caído
en el más
absoluto descrédito.
El «partido de la abstención»
es siempre el vencedor en todos y cada uno de los procesos electorales. El
despego de los trabajadores hacia estos grandes partidos ha sido siempre
mayoritario. Y, en estos momentos, es un despego que ya empiezan a compartir
aquellos que, en su ingenuidad, creían que las farsas electorales servían para algo. Las medidas anti-obreras, la represión, los recortes de derechos, los innumerables casos
de corrupción
política
que salen a la luz un día
sí y otro también,
están
dejando a los «partidos de gobierno» en una situación muy precaria.
izquierda y la derecha del régimen-
se desplomaron en la penúltimas
elecciones, y fue necesario dar un pucherazo, orquestado por los centros de
poder de la (des)Unión
Europea, para volver a poner las cosas en
su sitio.
Que los dos grandes partidos que en nuestro país se han venido alternando en el gobierno se vengan
abajo, es una buena noticia. Significaría que la crisis política está
avanzando en su metástasis.
El desmoronamiento del bipartidismo
y, parlamentario, es decir, del sistema de partidos
que sustenta el régimen
monarco-fascista, constituirá
otro paso muy importante en el camino de la transformación social, política y económica.
Esto contribuirá
a un mayor descrédito
de estos partidos o de los que jugaran el papel de «oposición», como los neofascistas de UPyD o los
babosillos de IU (a los que no cabe calificar sino de palmeros del bi-partidismo).
Un gobierno de este tipo nos situaría
ya en un contexto, no de fascismo más
o menos encubierto, como el que hemos padecido hasta ahora, sino que las máscaras caerían definitivamente y nos enfrentaríamos a un fascismo a cara de perro, dispuesto
a defender el decrépito
sistema capitalista con todos los medios a su alcance, a cual más terrorista.
va a aumentar (lo está
haciendo ya) hasta niveles que a la mayoría de los trabajadores les pueden resultar
impensables en pleno siglo XXI. Esta represión, en forma de apaleamientos de manifestantes, de
tortura, persecución
política,
encarcelamientos, asesinatos por parte de la policía o grupos parapoliciales o, incluso,
desapariciones, ha estado siempre presente, en un grado o en otro, a lo largo
de las últimas
tres décadas.
Pero ocurría
que este tipo de medidas sólo
se aplicaban de forma más
o menos quirúrgica
a determinadas expresiones del movimiento obrero y
popular del Estado español
(a nuestro Partido, a la izquierda abertzale, a las organizaciones de
solidaridad con los presos políticos,
a las organizaciones guerrilleras…).
Podríamos
hablar del caso de Jon Anza, de Juan Carlos Delgado de Codes, Francisco Javier
Eizaguirre
y tantísimos
otros. Esta represión
va a dejar de ser tan quirúrgica;
sin duda, se va a generalizar. Y debemos estar
preparados para afrontar una situación
de este tipo.
factores, como lo es la organización
de un movimiento obrero y popular que estuviera en disposición de dar un vuelco a la situación, lo que desde luego no va a ser, en el corto y
medio plazo, una tarea fácil,
teniendo en cuenta que la organización
de este movimiento va a tener que acometerse en unas condiciones que, por un
lado, van a ser muy favorables, por cuanto los trabajadores son cada vez más conscientes de cuáles son las causas de los males que padecemos y de
cuáles
son las soluciones a los mismos, pero también, por otro lado, muy complicadas debido a los
niveles de represión
a los que aludimos.
apuntaba en el ya citado Informe Político
de nuestro IV Congreso,
«el
régimen
ya no puede evitar que los mismos medios bárbaros, terroristas, que utiliza para
combatir al movimiento revolucionario acaben más tarde o más temprano volviéndose contra él. Ya no vivimos en los tiempos
tenebrosos en que podían
ocultar y quedar completamente impunes todos los crímenes, atropellos y abusos del poder». Todas
las medidas represivas que pueda ejecutar, van a obstaculizar durante un tiempo el avance
del movimiento obrero y popular, pueden frenar momentáneamente el proceso de transformación política,
social y económica
en que estamos inmersos; pero no podrán abortarlo de ningún modo y, en última instancia, ganarán para la causa revolucionaria a más y más
sectores del pueblo. Es decir, la vía
del regreso a los orígenes
se presenta como la única
salida posible para el régimen,
pero es una salida que conduce a una situación aún
peor, infinitamente más
peligrosa para su supervivencia.
sacrosanta unidad de la patria española.
España
es una cárcel
de pueblos y, en un momento como el actual, las tendencias soberanistas van a
cobrar nuevos bríos
en las nacionalidades del Estado. ¿Quién quiere permanecer en un barco que se hunde sin
remisión?
salida de la crisis para las nacionalidades pasa por la realización de su independencia. Es una consigna que, por lo
demás,
es totalmente falaz, a no ser que esas nacionalidades pretendan, junto con la
consecución
de la independencia, trasladarse a algún otro planeta de la Vía Láctea
que no sea éste
en el que habitamos, en el que la crisis del sistema capitalista está presente hasta en la última aldea de la Melanesia. No obstante, es una
consigna que puede calar en amplios sectores sociales de esas nacionalidades y
puede también
tener como consecuencia no sólo
la tentativa de separación, sino la materialización de la misma, lo que también puede verse facilitado por el agravamiento de las
contradicciones interimperialistas y la posibilidad de que España se convierta en territorio a repartir en función del desarrollo de esas contradicciones entre las
grandes potencias imperialistas.
peligro de balcanización
del Estado español.
Este peligro persiste. Y no sólo
persiste: puede cobrar nuevos bríos
en una situación
en la que el Estado no es que no sea capaz de impedir la soberanía de las nacionalidades a las que oprime desde hace
siglos, sino que parece ser totalmente incapaz de conservar su propia soberanía en tanto que Estado.
común
decir que el poder de decisión
sobre lo que ocurre en esto que llamamos España se encuentra cada vez menos en Madrid y más en ciudades como Berlín o Washington. En ocasiones, hay una cierta
exageración
en estas afirmaciones. Pero hay no poca verdad en ellas. Y esto tiene unas consecuencias
muy importantes de cara a la cuestión
territorial: ¿cómo va a poder el Estado español contener las tendencias soberanistas de las nacionalidades
cuando él
mismo se muestra incapaz de mantener el tipo en el ámbito internacional, siendo en este terreno prácticamente un guiñapo al que todo dios vapulea?
veces, desde el punto de vista de la lucha revolucionaria, no podemos sino
alegrarnos de que al Estado se le multipliquen los problemas. Cuanto más débil
se encuentre, más
sencillo resultará derrocarlo.

derecho de
autodeterminación
de las nacionalidades oprimidas y, por lo tanto, no tenemos el menor reparo, y
tampoco hay la menor contradicción
en relación
a los principios que defendemos, en apoyar los procesos de liberación nacional que se puedan producir y concretar al
calor de un contexto como el actual. Aunque también decimos que los problemas de los trabajadores de
cualquier nacionalidad no se van a resolver con la creación de este o el otro nuevo Estado, sino únicamente sobre la base de la destrucción del capitalismo y de la revolución socialista.
grandes potencias imperialistas es un hecho. ¿A qué
se debe este proceso? ¿Cuáles son sus causas?
que ha venido determinado por su particular desarrollo (o subdesarrollo) histórico, político,
económico,
cultural… Es algo
completamente natural que, en un contexto de agudización de la crisis capitalista, un país de estas características se vea en la obligación de agachar el hocico y plegarse a lo que
decidan los que sí
tienen poder (económico,
militar, etc.) en la arena internacional
de soberanía,
cuando se parte de posiciones revolucionarias o consecuentemente progresistas,
hay que hilar muy fino, si no se quiere caer en el melifluo chovinismo que, a
veces, se nos cuela por la puerta de atrás sin que nos apercibamos de ello. Este riesgo existe
y ya hay quienes pretenden hacer de la recuperación de la soberanía el caballo de batalla del momento. Nos referimos a
IU y a no pocos sectores que forman eso que hemos dado en llamar el
«reformismo radical». Éste
es un camino peligroso, en el que el riesgo de desorientarse y desbarrar es muy
grande.
es que los trabajadores, por el hecho de malvivir en una sociedad capitalista,
carecemos de cualquier soberanía.
Ésta
la ostenta la clase burguesa, la clase de los explotadores, que son los que
manejan las riendas del Estado. Por lo tanto, nosotros no podemos perder lo
que no tenemos, por mucho que manden en Bruselas por muy poco que mande
Madrid.
alegrarnos de que esto sea así.
Estamos hablando en este artículo
de la crisis política
del régimen;
pues bien, ésta
es otra manifestación
de esa crisis: no sólo
se encuentra corroído
por las mil y una contradicciones que arrastra desde su nacimiento, sino que ya
no es capaz de mandar ni en su propia casa y son otros los que le dictan gran
parte de las medidas que debe aplicar.
y los movimientos democráticos
y populares no podemos hacer bajo ningún concepto es convertirnos a estas alturas de la película en defensores de la soberanía del Estado burgués y de su régimen, como están haciendo ciertos grupos que incluso se
autodenominan marxistas. Cuanta más
soberanía
pierda, mejor, porque más
clara verán
los trabajadores y los sectores populares la necesidad de derrocar un Estado
que carece de todo margen de maniobra y que sólo se dedica a aplicar las medidas que otros le imponen,
haciéndolo,
además,
de la única
manera que sabe y puede hacerlo: a golpe de porra y de terrorismo de Estado.
defendemos la soberanía
de los pueblos; pero eso, la soberanía
de los pueblos y, más
concretamente, la de la clase obrera y del resto de los trabajadores, no la soberanía de cuatro parásitos explotadores. Y la soberanía de los pueblos, sólo puede materializarse con el derrocamiento de los
Estados burgueses, sean éstos
mucho, poco o nada soberanos, con la toma
del poder político
por parte de la clase obrera en alianza con otros sectores populares. De aquí que haya que andarse con pies de plomo cuando
hablamos de esta soberana cuestión. Hay que utilizarla sin duda en la agitación y en la propaganda, para poner de manifiesto que
el Estado español
no es ni tan siquiera el famoso gigante con los pies de barro de Mao, sino
apenas un muñeco
de trapo lleno de remiendos con el que juega el susodicho gigante; pero
teniendo muy claro en qué
medida se deben y se pueden utilizar y con qué sentido ciertas consignas o planteamientos.
los mitos particulares de la ideología burguesa made in Spain: la transición modélica,
la monarquía
como garante de la democracia y otras tonterías similares.
definieron hace muchos años
como el consejo de administración
del capitalismo o, en su dimensión
represiva, como una banda de hombres armados al servicio del capital. En cuanto
a la sociedad de consumo, cada vez más
sectores sociales están
siendo excluidos de la misma. La máxima
capitalista de «consume y no pienses» ya no surte ningún efecto. Falta un elemento de la ecuación: si a los trabajadores ya no les está permitido consumir porque carecen de medios para
hacerlo, ya sólo
les queda pensar y actuar en consecuencia.
capitalismo. ¿Y
qué
decir del Estado de bienestar? Lo están desmontando piedra a piedra. Y, al hacerlo, el
capitalismo se está
privando de un colchón
fundamental con el que contener el conflicto social
a una situación
revolucionaria por sí
mismas, espontáneamente?
Es evidente que no. Hace falta la organización que, a partir de esas circunstancias, nos conduzca
a la situación
revolucionaria.

Comunista, es decir, nosotros, los cuatro gatos y un tambor que estamos empeñados en que en este país se dé
nada más
y nada menos que una revolución
socialista. Sin la labor del Partido, no hay ni revolución ni cambio posible. ¿Quién
va a llevar a cabo ese cambio o esa revolución? ¿Un
movimiento espontáneo,
sin un claro programa revolucionario? ¿Ese batiburrillo de grupos seudo comunistas que
pululan por ahí, a cual más
confuso, oportunista y desorientado?
nuestro Partido puede transformar la crisis económica, social, política e ideológica en una crisis revolucionaria. Aunque, para
llegar a esto, antes debemos resolver no pocas cuestiones, como lo es la reorganización del Partido en todos los planos, la reconstrucción de sus organismos, la formación de los nuevos militantes, la captación de otros muchos que, literalmente, y no es ninguna
fanfarronada, están
esperando a que les demos la oportunidad de trabajar con nosotros (y debemos
buscar los medios de llegar a ellos). Y ésta, ciertamente, es la tarea del momento. Sin
embargo, toda esta situación
por la que estamos atravesando va a facilitamos mucho el trabajo, siempre,
claro, que no cometamos más
imprudencias y errores de los estrictamente inevitables.