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Juan Manuel Olarieta
Democracia y dictadura del proletariado
En su carta a Weydemeyer de 1852, Marx reconocía que él no había descubierto ni la existencia de las clases ni la lucha entre ellas, y que su aportación consistía en haber demostrado que «la lucha de clases conduce necesariamente a la dictadura del proletariado» (32). Tras la Comuna de París de 1871 él y Engels insistieron en la trascendencia de la dictadura del proletariado, como se observa en su obra «Crítica del Programa de Gotha», en donde constatan que en algunos países y hasta donde la burguesía es capaz de llegar, las reivindicaciones democráticas «están ya realizadas», por lo que es absurdo repetir la «vieja y consabida letanía democrática» (33). No se trataba de reclamar algo que el proletariado ya habia conquistado, sino de ir más allá, al socialismo y, por consiguiente, implantar la dictadura del proletariado.
La dictadura del proletariado es el reconocimiento de la naturaleza de clase del Estado propio del proletariado. Las experiencias posteriores a la Revolución de 1917 demostraron que tan importante como hacer la revolución es saber defenderla. En el socialismo subsisten las clases y la lucha entre ellas y para acabar con él la burguesía no vaciló en unirse en todo el mundo para atacar militarmente al poder soviético, desde dentro y desde fuera. La URSS no disfrutó ni de un minuto de respiro porque la burguesía ni se resigna, ni tiene tampoco las dudas éticas que manifiesta el proletariado. Expulsada del poder, ella jamás se planteó recurrir a métodos democráticos y pacíficos de oposición, jamás salió a la calle detrás de una pancarta reivindicando su derecho a la propiedad privada. El Ejército Rojo, el gulag, los procesos de Moscú, el KGB y demás instituciones de la dictadura del proletariado en la URSS fueron la guillotina de la revolución proletaria, el reverso de los terribles desafíos que siempre acosaron al socialismo. Lo mismo que la aristocracia, la burguesía morirá matando y el proletariado estará obligado a defenderse.
A diferencia de la burguesía, los comunistas no hablan en nombre de toda la sociedad sino sólo de una parte de ella: el proletariado y, a traves de él, hablan también en nombre de todos los demás oprimidos, es decir, de la inmensa mayoría del mundo. Cuando se refieren a las libertades y los derechos consideran a las personas como trabajadores y en tanto que trabajadores. Para ellos el «Estado de todo el pueblo» al que se refirió Jruschov en 1956 es un imposible histórico y no tiene, pues, ningún sentido político. Sin embargo, para justificar el desmantelamiento del socialismo y de la URSS como Estado, en su «Informe secreto» Jruschov afirmó que la dictadura del proletariado ya no tenía ningún sentido porque «las clases explotadoras habían sido liquidadas» (34). Según los revisionistas, al liquidar a la burguesía sólo queda «el pueblo», que debían entender como algo de naturaleza residual, en cuyo caso el «Estado de todo el pueblo» tendría esa misma naturaleza residual, es decir, ambigua.
Este tipo de expresiones son realmente extrañas. Es como si Tocqueville hubiera escrito en 1850 que la aristocracia había sido «liquidada». ¿Cómo se liquida a una clase social?, ¿exterminando físicamente a sus miembros, uno por uno? Ni siquiera así desaparecería. La tarea de la dictadura del proletariado, como escribió Engels, consiste en «someter» a la burguesía como clase social (35), que es la misma expresión utlizada luego por Lenin: se trata de «romper la resistencia de los explotadores» (36), lo que comienza poniendo en práctica una serie de medidas económicas y políticas, fundamentalmente, que socavan su poder. Es más, el socialismo no puede atacar frontalmente a toda una clase, como la burguesía, sino a través de sus elementos más fuertes y destacados, los monopolistas, los financieros, los grandes propietarios de tierras, quienes además de perder su poder político, deben ser expropiados también de lo que constituye la fuente del mismo: sus medios de producción.
Pero la expropiación no tiene poderes mágicos; el socialismo no se inventa, decía Lenin. La lucha de clases subsiste en esa etapa porque la expropiación no es un acto sino un proceso diversificado y dilatado en el tiempo. No supone sólo el empleo de «métodos de represión implacables» sino también de «métodos de compromiso», en los que se debe indemnizar a una parte de la burguesía, o incluso no expropiarla en absoluto y «sentarse a la misma mesa que ella» (37). El socialismo no puede tratar de manera homogénea a clases y sectores sociales que son diferentes. Tan demagógico como proponer el «Estado de todo el pueblo» es hablar de «clase contra clase»; tan erróneo como olvidarse de los «métodos de represión» es olvidarse de los «métodos de compromiso».
En la edificación del socialismo, un proceso que es económico tanto como político, el proletariado cumple una segunda tarea: asumir por sí y para sí la planificación, organización, dirección y gestión de las empresas socializadas de la industria, de la alimentación, de las finanzas, de los transportes, de la energía y, en fin, de toda la economía de un país, lo cual exige aprendizaje y experiencia, entre otras muchas cosas, ninguna de las cuales se improvisa. A lo largo de ese proceso sigue siendo fundamental la acumulación de fuerzas y la ampliación de la capacidad representativa y la legitimación política del proletariado, para lo cual es imprescindible ganarse a la pequeña burguesía tanto como someter a la grande. En palabras de Lenin, tan necesaria como la dictadura del proletariado es «la extensión de la democracia a una mayoría aplastante de la población» (38).
La dictadura del proletariado, pues, debe seguir acumulando fuerzas bajo el socialismo. La lucha de clases tendrá entonces una naturaleza militar sólo si la agresión es militar, será política cuando el desafío sea político e ideológica cuando los ataques sean de esa naturaleza. El objetivo no es «liquidar» a la burguesía sino poner los medios, fundamentalmente económicos, para que se extinga como tal clase social, un proceso paralelo al de la ampliación de las fuerzas del proletariado, porque éste es la única clase social que lleva en sí misma los gérmenes de su propia autodestrucción: «Esta descomposición de la sociedad, en cuanto clase particular, es el proletariado» (39). El proletariado no es una clase simétrica a la burguesía cuyo objetivo sea perpeturarse como clase, y mucho menos como clase en el poder. A diferencia de ella, «el proletariado, en tanto que proletariado, se encuentra forzado a trabajar por su propia supresión». Marx y Engels insistieron especialmente sobre este carácter representativo del proletariado y su significado histórico: «Si el proletariado conquista la victoria, esto no significa abolutamente que se haya convertido en tipo absoluto de la sociedad, pues sólo es victorioso suprimiéndose a sí mismo y a su contrario» (40). La sociedad del futuro es, pues, una sociedad sin clases porque es una sociedad de proletarios; ese es el significado del comunismo.
Si el proletariado se extingue como clase, la dictadura del proletariado tiene ese mismo destino: su autodestrucción. Por lo tanto, tan errónea como la «liquidación» de la burguesía de la que hablan los reformistas, es la «abolición» del Estado de la que hablan los anarquistas. El Estado de clase se extingue con la extinción de las clases sociales. Sin embargo, no se logrará por la promulgación de un decreto que así lo establezca sobre un papel, sino porque la dictadura de proletariado significa la más consecuente expresión de la democracia política, porque el proletariado representa y satisface los intereses de sectores sociales cada vez más amplios que, finalmente, son los suyos propios.
Para el proletariado la democracia no es, pues, un objetivo táctico sino estratégico, indisolublemente ligado a la construcción del socialismo. La democracia pone los cimientos para que el Estado se pueda extinguir, es decir, para la realización del comunismo. El sufragio universal, escribió Marx, anula «una y otra vez el Poder estatal», pone en tela de juicio «todos los poderes existentes», «aniquila la autoridad» y amenaza con «elevar a la categoría de autoridad a la misma anarquía» (41).
El socialismo es un proceso dirigido y planificado conscientemente hacia ese objetivo y por medio de él. En su edificación el proletariado participa y decide democráticamente como clase social, incorporando a su seno a sectores cada vez más numerosos y ampliando su capacidad de representación política. Es un proceso histórico que empieza y acaba en la democracia, como decía Lenin: «Sólo el comunismo puede proporcionar una democracia verdaderamente completa; y cuanto más completa sea antes dejará de ser necesaria y se extinguirá por sí misma» (42).
Notas:
(32) Marx, Carta a Weydemeyer, Obras Escogidas, tomo II, pg.481.
(33) Marx, Crítica del Programa de Gotha, Obras Escogidas, tomo II, pgs.25-26.
(34) Branko Lazitch: Le rapport Khrouchtchev et son histoire, Seuil, Paris, 1976, pg.84.
(35) Engels, Carta a Bebel, marzo de 1875, Obras Escogidas, tomo II, pg.36.
(36) Lenin, El Estado y la revolución, Obras Escogidas, tomo II, pg.363.
(37) Lenin, Acerca del infantilismo izquierdista, Obras Completas, como 36, pgs.313 a 321.
(38) Lenin, El Estado y la revolución, Obras Escogidas, tomo II, pg.364.
(39) Marx, Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel, cit., pg.115.
(40) Marx y Engels, La sagrada familia, cit., pgs.50 y 51.
(41) Marx, Las luchas de clases en Francia, Obras Escogidas, tomo I, p.229.
(42) Lenin, El Estado y la revolución, Obras Escogidas, tomo II, pg.364.
mística que, como cualquier otra, se confiesa a sí misma como
«clarividente» (Stalin, Del marxismo al revisionismo, pg.6), que debe
ser algo así como el punto intermedio entre lo evidente y lo invidente. Apenas se
diferencia en nada de los vulgares publicistas burgueses ya que, como ellos,
también predica el «fin de la historia», aunque se diferencian por el
uso de un lenguaje un poco más rebuscado: lo califican como un agotamiento del
ciclo revolucionario de octubre. La URSS es cosa del pasado, del sigo pasado.
cristal el MAI ha vislumbrado que «nos hallamos en una etapa histórica de
transición entre dos ciclos de la Revolución Proletaria Mundial» (ídem).
Eso lo consideran como una tesis incontrovertible, que no se puede cuestionar
ni matizar: «El ciclo revolucionario que inauguró la Revolución de Octubre
está agotado, ha sido clausurado definitivamente. Lo cual significa que casi
todas las premisas políticas y muchas de las premisas teóricas de las que
partía el movimiento revolucionario entre 1917 y 1990 han caducado: no sirven,
no rigen completamente la realidad o no están a la altura de las necesidades
que imponen las tareas revolucionarias en la actualidad». El fin del
socialismo real supone el fin del socialismo científico. Hay que bajar el telón;
todo se ha acabado.
fracaso de la Comuna de París Marx y Engels hubieran hablado del agotamiento
del ciclo correspondiente, hubieran renegado de sí mismos, de sus postulados
científicos, hubieran propuesto la liquidación de la I Internacional y en lugar
de intervenir en la fundación del partido socialdemócrata alemán, se hubieran
dedicado a «estudiar y debatir».
ciclo de octubre exige que el MAI asuma el mismo papel que Bernstein desempeñó
en 1900, tras otro «cambio de ciclo» del capitalismo premonopolista
al imperialismo. Como el marxismo no se puede conservar en formol, la secta
reclama para sí la revisión de todos y cada uno de los fundamentos ideológicos
y políticos del comunismo: «Hay que comenzar de nuevo, de que hay que
volver a construir el edificio de la revolución desde sus mismos cimientos, hay
que reiniciarlo todo desde sus bases primordiales» (ídem).
el MAI se sitúa confesadamente fuera del comunismo. Han eliminado de su
iconografía la hoz y el martillo (sustituido por un martinete), e incluso las
imágenes de Marx, Engels y Lenin. A veces ni siquiera estampan sus iniciales en
algunos de los documentos que publican, como si se avergonzaran del misticismo
que desprenden. Aunque no se atreven a decirlo con franqueza, lo que pretenden
es la liquidación pura y simple del marxismo-leninismo tal y como hoy lo
conocemos, porque «se requiere un punto de vista que se sitúe fuera del
proceso mismo, que lo observe y estudie desde una perspectiva exterior, que lo
comprenda como ciclo terminado» (ídem, pg.7).
lo reconozca, porque es cierto: sólo el imperialismo y las sectas
anticomunistas de esa naturaleza pueden afirmar que el ciclo de octubre ha
terminado y, a la inversa, quien dice que el ciclo de octubre ha terminado se
sitúa fuera del comunismo. Como la Comuna de París, la Revolución de 1917 ha
sido finalmente derrotada, pero ninguna de ellas fueron el final de nada sino
el principio de algo: la revolución proletaria.
El misterio de la vanguardia que no es
partido
sus formas organizativas, una secta como el MAI no conozca lo que es un partido
comunista y para disimular su misticismo ideológico en lugar de
«partido» ellos prefieren hablar de «vanguardia». Hasta
ahora los comunistas siempre habían creído -equivocadamente por lo que parece-
que el partido comunista era la vanguardia, pero ahora resulta que no, que hay
vanguardias que no son un partido y, por supuesto, hay partidos que no son
vanguardias. ¿Cómo es posible que exista una vanguardia que no sea un partido?
Ese es uno de los grandes misterios que envuelven a esta secta.
ponen las etiquetas que les da la gana a todos los demás, sobre todo a esos
partidos que no son auténticas vanguardias, toman muchas precauciones para no
definirse a sí mismos. Después de escribir «¿Qué es el MAI?» la
pregunta queda sin responder: ¿Qué es el MAI?, ¿cómo se consideran a sí
mismos?, ¿son una vanguardia pero no un partido? Desde hace mucho tiempo los
comunistas saben lo que son este tipo de sectas, pero hubiera sido interesante
saber lo que ellos mismos ven cuando se miran en el espejo cada mañana.
«vanguardista» del MAI se caracteriza por la separación entre la
teoría y la práctica. Su «vanguardia» es literaria. Cuando ellos
hablan de «vanguardia» se refieren, en realidad, a panfletos, a
documentos, a debates, a discusiones, a tertulias y a teorías: «Hay que
dotarse de los conocimientos y de un método de carácter científico que nos
permita comprender, explicar y poner en práctica la base ideológica del
proletariado revolucionario: el marxismo-leninismo» («¿Qué es el
MAI?»). Por extravagantes que sean, las teorías son el sello
característico de las sectas. No hay secta sin teoría ni teoría sin secta, y el
MAI no podía ser una excepción.
el MAI separa a la vanguardia teórica de la práctica. Debe ser otra de esas
novedades introducidas por ellos como consecuencia del agotamiento del ciclo.
El leninismo se ha quedado obsoleto. Lo que ellos sostienen es una redundancia:
que «la vanguardia teórica es la portadora de la ideología de
vanguardia». El caso es que el MAI no sale de un teoricismo estrecho
repetido de mil formas diferentes. En su declaración de intenciones «¿Qué
es el MAI?» confiesan: «Trabajamos por un asentamiento de las bases
marxistas-leninistas […] siendo estas bases de carácter teórico, cultural,
ideológico y metodológico».
peor que eso: todas esas tertulias culturales, ideológicas y metodológicas nada
tienen que ver con las masas, con sus problemas, con sus luchas, ni con sus
necesidades: «Nos proponemos organizar el discurso teórico-político
marxista-leninista en función de los problemas concretos que presenta la
vanguardia revolucionaria». Su monólogo lo organizan (sic) no en función
de la práctica, ni de la crisis del capitalismo, ni de la lucha de clases sino
exactamente de eso: de la vanguardia. Es una teoría por y para esa
«vanguardia teórica», es decir, un verdadero conciliábulo propio de
iniciados que dormitan en una torre de marfil.
reconstruir un partido comunista quienes ignoran su naturaleza? Ese tipo de
cofrades lo único que pueden construir y reconstruir son sectas creadas a
imagen y semejanza de sus progenitores. El MAI también define la reconstrucción
de la vanguardia como «teórica e ideológica» y consiste en una
supuesta «hegemonía» dentro de la vanguardia (?) que se llena de
tópicos tales como «investigación», «estudio»,
«conocimiento», «necesidades teóricas»,
«reconstitución ideológica» o «formación de cuadros
revolucionarios», en fin, un rollo verdaderamente infumable, típico de
esta secta.
resumen muy bien su idealismo metafísico en el binomio «teoría
revolucionaria» y «su plasmación práctica». Debe ser otra
novedad propia del nuevo ciclo porque Lenin defendió todo lo contrario:
«La doctrina de Marx es un resumen de la experiencia» (El Estado y la
revolución) o, por decirlo de otra manera, de la práctica, del movimiento y de
la lucha. «Una acertada teoría revolucionaria -escribió también Lenin-
sólo se forma de manera definitiva en estrecha conexión con la experiencia
práctica de un movimiento verdaderamente de masas y verdaderamente
revolucionario» (El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo). Pero
al MAI no le hables de marxismo porque se ponen intratables con todo lo que
suene a «práctica», «experiencia», «movimiento» y
«masas».
taxonomía del movimiento comunista, el MAI clasifica y subclasifica de modo
escolar y escolástico a un sinfín de «vanguardias teóricas», algunas
de ellas reconocidamente ajenas al marxismo-leninismo, como por ejemplo, los
«comunistas de izquierda» o los anarquistas.
sorprender que esta secta incluya dentro de su peculiar «vanguardia
teórica», en un mismo plano, tanto a los comunistas como a los
oportunistas. Lo necesitan para integrar «dentro» del movimiento
comunista a corrientes que están fuera de él, para luego introducir de matute
la famosa «lucha de líneas», que consideran como el motor de la
reconstrucción del partido comunista.
indica -vagamente- lo que puede ser su «vanguardia teórica no
marxista-leninista», no nos dice lo que nos debería decir: dónde está la
vanguardia que si es marxista-leninista. ¿Lo serán ellos? Si no sabemos quiénes
son marxistas-leninistas, ¿como diferenciarlos de los que no lo son?
líneas» es el motor de la reconstrucción del partido comunista, según el
MAI: «La reconstitución ideológica del comunismo significa que el
marxismo-leninismo recupere su posición hegemónica entre la vanguardia
teórica». Dentro de ella, y no fuera, el trabajo de los
marxistas-leninistas debe ir dirigido a los «comunistas de
izquierda», anarquistas y similares para «conquistarles» para el
marxismo-leninismo. Lo mismo que los misioneros cristianos convierten a los
infieles, el MAI también aspira a convertir a los infieles del
marxismo-leninismo con sus catequesis, que ellos llaman «lucha de líneas».
cómo ha sido posible que esos infieles hayan persistido en sus respectivas
infidelidades durante tanto tiempo. ¿Cómo es posible que el MAI logre ahora lo
que no lograron Marx y Engels con Proudhon hace un siglo y medio? Si los
innegables encantos de Lenin no lograron «conquistar» a los
izquierdistas en su época, ¿es posible que el MAI, cuyos encantos no están tan
claros, logre eso mismo ahora? Para explicar esa posibilidad -una innovación
propia del agotamiento del ciclo de octubre- hay que recurrir otra vez a la
varita mágica que ha aparecido últimamente dentro del movimiento comunista, la
«lucha de líneas», un perfume subyugante al que ningún
marxista-leninista auténtico se puede resistir.
marxistas-leninistas habían creído que un partido comunista se construye, se
reconstruye y se fortalece en lucha contra las tendencias oportunistas que hay
dentro («un partido se fortalece depurándose») y fuera de él mismo
(«para combatir al imperialismo hay que luchar contra el oportunismo»).
Pero estaban equivocados, o sea que los equivocados no eran los oportunistas
sino los comunistas, que desde su mismo origen han estado luchando contra
ellos. Afortunadamente ha llegado el MAI para poner las cosas en su sitio;
durante el ciclo de octubre los comunistas volvieron el calcetín del revés:
para reconstruir un auténtico partido comunista hay que arrojarse en los brazos
del oportunismo: «Para que el conjunto del movimiento antiimperialista
converja en la lucha por el Comunismo, es necesaria la interrelación del
marxismo-leninismo con el resto de las corrientes teóricas que influyen sobre
el proletariado, mediante la lucha de dos líneas, proceso en el cual el
marxismo-leninismo las destruye asimilándolas, las supera incluyéndolas»
(Stalin, Del marxismo al revisionismo).
esta secta sincrética que aspira a «incluir» a corrientes
«teóricas», como el anarquismo, por ejemplo, u otras que
«influyen» -no importa si bien o mal- sobre el proletariado, dentro
del movimiento comunista porque de esa manera, mediante la
«interrelación», es como se destruyen. Ahora que el ciclo de octubre
se ha agotado, el MAI se ha dado cuenta de que Marx y Engels eran unos ineptos.
Se «interrelacionaron» muy mal con Bakunin en la Primera Internacional;
se equivocaron, no supieron «incluirle» ni «asimilarle» ni
«superarle» sino que le expulsaron y por eso el anarquismo sigue sin
haber sido destruido.
tiene que rectificar todos estos errores de Marx, Engels y Lenin. Tirad sus
impíos libros a la hoguera, arrepentíos, confesad vuestros pecados y estad muy
atentos a los futuros misales y devocionarios que publique el MAI en su Santa
Sede. Amén.
Juan Manuel Olarieta
La teoría de la democracia como instrumento
De la errónea concepción de la neutralidad del Estado burgués, los revisionistas deducen una concepción instrumental, también errónea, de la democracia que, en definitiva, conduce a propugnar un cambio «desde dentro» o una posible transición pacífica o legal al socialismo. Algunos suavizan este programa diciendo que su propuesta de «utilización» del Estado burgués es puramente «táctica» pero que su estrategia es la contraria: realmente quieren acabar con él formando parte de él.
Al mismo tiempo, por los mismos motivos que los revisionistas, los izquierdistas llaman a luchar contra la «democracia burguesa» e incluso contra cualquier programa democrático. Hace años en un centro okupado en los alrededores de Madrid, alguien colgó una pancarta que decía: «¡Abajo la democracia!» y recientemente un lamentable artículo de «Kaos en la Red» titulaba: «La democracia burguesa es un peligro para la humanidad» (28).
La formulación de cualquier programa político en esos términos expresa una coincidencia de ambos, revisionistas e izquierdistas, con el discurso dominante de la burguesía según el cual el Estado («su» Estado) es democrático, hasta el punto de que la democracia se suele confundir con una clase (la burguesía) y con un modo de producción (el capitalismo). Esas nociones han llegado a convertirse en sinónimas, creando la ilusión de que la lucha contra la burguesía, contra el Estado burgués y contra el capitalismo no defiende la democracia sino que se opone a ella, es decir, que es antidemocrática. Es un gravísimo error que no se opone sino que se suma al de los reformistas y su supuesta «utilización» de la democracia.
La experiencia histórica ha demostrado sobradamente que el Estado burgués es beligerante y no le permite al proletariado acceder al poder por las vías legalmente establecidas, ni tampoco la ejecución desde el gobierno de ningún tipo de políticas socialistas características, tales como la expropiación de los monopolios, los bancos y la tierra, o la planificación económica. En este punto se hace necesario volver a insistir y reiterar:
a) que el apoyo de la burguesía a los manejos reformistas no se debe confundir con el socialismo porque su objetivo es el opuesto: apuntalar el capitalismo
b) que es una ilusión imaginar que las conquistas que el movimiento obrero logra alcanzar bajo el capitalismo confirman la posibilidad de acceder al socialismo por medios pacíficos, legales o mediante la sustitución de un gobierno por otro
c) que el Estado burgués sea beligerante no justifica por sí mismo el abstencionismo político o electoral propugnado con carácter sistemático
La revolución socialista no consiste en la «toma del poder político», como a veces se dice de manera imprecisa. Tras la experiencia de la Comuna de París, Marx concluyó que «la clase obrera no puede limitarse simplemente a tomar posesión de la máquina del Estado tal y como está y servirse de ella para sus propios fines» (29). Por el contrario, debe destruir el Estado burgués, lo cual es consecuencia obligada de su naturaleza de clase. En cada país el Estado burgués se ha configurado históricamente para que una clase minoritaria, la burguesía, aplaste a la mayoría, el proletariado. Ese proceso también es irreversible: no se puede «utilizar» ese Estado en la dirección inversa. Con el transcurso del tiempo esa imposibilidad instrumental se ha acentuado de manera que, en la mayor parte de los países, hoy el proletariado no puede esperar gran cosa de un simple cambio de gobierno, ni de instituciones, ni de leyes. Antaño esos cambios podían ser importantes, e incluso se les pudo calificar de revolucionarios en cierta medida, pero hoy son prácticamente irrelevantes.
En su revolución el proletariado, pues, cumple dos funciones al mismo tiempo: destruye un Estado y construye otro distinto. La experiencia demuestra, además, que esa tarea no ha sido, ni será en el futuro, pacífica porque es consecuencia inevitable de la lucha de clases, que en el siglo XIX se llamó también «guerra de clases» porque en última instancia, tarde o temprano, conducía a un enfrentamiento militar. La revolución desencadena una contrarrevolución y la burguesía opone una resistencia violenta a los cambios, recurriendo a las peores formas represivas, tanto en el momento anterior como en el posterior a la revolución. Ahora bien, que no sea pacífica no quiere decir que la revolución socialista sólo pueda ser violenta, una guerra permanente, sino que es ambas cosas al mismo tiempo.
La experiencia también demuestra que la revolución socialista no ha sido posible nunca a través de las vías legales y el transcurso del tiempo lo que pone de manifiesto a cada paso es que todas las modificaciones de la legalidad conducen a impedir la organización y la actuación abierta del proletariado, es decir, a impedir el ejercicio de sus derechos y, por lo tanto, al fascismo. La burguesía aprende más, mejor y más rápidamente que el proletariado y después de 1917 no se ha vuelto a dejar sorprender por una acumulación acelerada de fuerzas por parte del proletariado. Las nuevas medidas que ha introducido en el funcionamiento de su Estado a partir de 1945 siguen a ultranza esa política punitiva.
En los países adelantados, la burguesía ha pasado de la represión a la prevención; para evitar futuras medidas traumáticas, el Estado se ve forzado a tomar la iniciativa para impedir que el proletariado se organice bajo su paraguas de manera legal, gradual y pacífica. Los Estados imperalistas han convertido en permanente el estado de excepción, cerrando progresivamente todos los cauces legales y convirtiendo en delitos lo que antes eran derechos. Hoy la legalidad es un cepo que sólo atrapa a los ratones más inofensivos.
Pero no se trata sólo de medidas legales ni institucionales, sino también políticas y sociales. Hace tiempo que las universidades norteamericanas han inventado la «ingeniería social» con el fin de asegurar la «gobernabilidad» de un capitalismo que se hunde irremisblemente. Los medios implementados van desde la intoxicación propagandística hasta el empleo del reformismo, de toda esa constelación variopinta de grupos sin los cuales la burguesía no podría camuflar la esencia de su sistema de dominación. Lo que traviste al fascismo moderno no son las payasadas electorales periódicas sino esas decenas de figurantes que se presentan a ellas, poseídos por el «cretinismo parlamentario» (30). La retórica reformista se excusa con el llamamiento a «aprovechar» ciertos espacios de libertad y la supuesta existencia de unas «posibilidades» de llegar a un auditorio amplio que, finalmente, acaban en una apología sistemática de la legalidad fascista. Ni siquiera la burguesía se muestra tan entusiasta de su propia legalidad. Los reformistas no «utilizan» las elecciones sino que las elecciones les utilizan a ellos. No es, pues, una «utilización» inútil.
La burguesía no se despista; reconoce claramente a sus amigos de sus enemigos. Por eso la política contrainsurgente de su Estado es discriminatoria; mientras por un lado promueve toda esa constelación de grupos oportunistas que se mueven (e incluso protestan) en la legalidad, por el otro persigue, reprime y encarcela a los verdaderos revolucionarios.
El recurso a la violencia para lograr la revolución socialista no depende del proletariado. Sus medios de accción son fundamentalmente reactivos. Una correlación de fuerzas desfavorable le obliga a actuar en las condiciones impuestas por la burguesía. Si las mismas son de legalidad, el proletariado debe triunfar, y si son de clandestinidad, también debe triunfar. Para ello debe aprender a luchar en cualquier clase de situaciones que la burguesía imponga. El planteamiento dicotómico de las formas de organización y actuación es, pues, absurdo: «La socialdemocracia -decía Lenin- no se ata las manos, no circunscribe sus actividades a un plan o a un procedimiento cualesquiera de lucha política concebidos de antemano: admite todos los medios de lucha con tal de que correspondan a las fuerzas efectivas del partido y permitan lograr los mayores resultados posibles en unas condiciones dadas» (31).
Desde los tiempos de Lenin lo que se ha acentuado es el recurso de la burguesía al fascismo, por lo que en todo el mundo las formas de acción y organización del proletariado van adquiriendo progresivamente un carácter predominantemente clandestino y violento. La galopante crisis del capitalismo acelerará ese proceso aún más.
Notas:
(28) Ricardo Ferré: La democracia burguesa es un peligro para la humanidad, http://www.kaosenlared.net/america-latina/item/36698-la-democracia-burguesa-es-un-peligro-para-la-humanidad.html(29) Marx, Manifiesto del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores sobre la guerra civil en Francia en 1871, Obras Escogidas, tomo I, pg.539.
(30) Marx, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Barcelona, 1971, pgs.105 y 133.
(31) Lenin, Tareas urgentes de nuestro movimiento, Obras Escogidas, tomo I, pg.114.
de una crisis política
permanente que no puede encontrar solución dentro de este régimen o que sólo podrá desaparecer con el régimen que la ha generado. Este es el
verdadero «estado de la Nación», el estado natural del régimen creado por Franco y heredado por
el rey y toda su corte
(…).»
enfermedad de la sociedad burguesa, y más si se hace crónica, lo que corresponde indudablemente
al proceso interno de descomposición o putrefacción que arranca desde su misma raíz, de sus relaciones económicas y que se extiende por todo el
cuerpo social hasta alcanzar su cabeza, al Estado y a su «conciencia jurídica». Es entonces cuando comienza
a apestar.»1.
y también
estructural, que abarca a todo el aparato institucional del Estado, a su
sistema de partidos, a su organización
territorial, a su jefatura, etc… El repunte de la crisis económica ha contribuido, por otra parte, a que todo esto
se haga más
visible, más
evidente. Ya se sabe, «a perro flaco, todo son pulgas».
colapsando. Es, de hecho, el eslabón
más
débil
del régimen.
Al hecho de ser una monarquía
impuesta por uno de los dictadores fascistas más sanguinario, terrorista y genocida de Europa, se
suma el anacronismo histórico
de la institución
monárquica
y su carácter
parasitario y absolutamente corrupto, como lo atestiguan los 1600 millones de
euros de fortuna personal que varios medios internacionales le atribuyen al
Bobón,
por no hablar del resto de corruptelas a que parecen ser tan aficionados los
miembros de la familia real.
de este país
se encuentran al borde de la indigencia (cuando no sumidos totalmente en
ella), sufriendo recortes de todo tipo, viendo abolidos los pocos derechos con
que contábamos,
esta institución
se hace especialmente odiosa y especialmente insostenible.
conscientes de la significación
emocional que para los trabajadores tiene la república y creen poder valerse de esta reivindicación para «calmar los ánimos» cuando éstos se encuentren demasiado encrespados. De aquí que sea una parte de la prensa más negra y reaccionaria, como los fascistas de
«El Mundo», los encargados de publicitar esa «opción republicana» que, ciertamente, podría contribuir a mitigar temporalmente el conflicto
social y político
en un momento determinado. Sin embargo, no todos los sectores del régimen contemplan esa posibilidad, especialmente el
Ejército
(«garante de la Constitución
monarca-fascista»), entre otras cosas porque no tendría un efecto duradero, al contrario, abrirla una
brecha en el régimen
que no haría más
que profundizarse.
Pero el problema con que se encuentra elEstado no es que la monarquía
sea un eslabón
débil,
sino que el conjunto del sistema es toda una cadena devorada por la herrumbre.
Los llamados grandes partidos, en su alternancia a la hora de machacamos, han
caído
en el más
absoluto descrédito.
El «partido de la abstención»
es siempre el vencedor en todos y cada uno de los procesos electorales. El
despego de los trabajadores hacia estos grandes partidos ha sido siempre
mayoritario. Y, en estos momentos, es un despego que ya empiezan a compartir
aquellos que, en su ingenuidad, creían que las farsas electorales servían para algo. Las medidas anti-obreras, la represión, los recortes de derechos, los innumerables casos
de corrupción
política
que salen a la luz un día
sí y otro también,
están
dejando a los «partidos de gobierno» en una situación muy precaria.
izquierda y la derecha del régimen-
se desplomaron en la penúltimas
elecciones, y fue necesario dar un pucherazo, orquestado por los centros de
poder de la (des)Unión
Europea, para volver a poner las cosas en
su sitio.
Que los dos grandes partidos que en nuestro país se han venido alternando en el gobierno se vengan
abajo, es una buena noticia. Significaría que la crisis política está
avanzando en su metástasis.
El desmoronamiento del bipartidismo
y, parlamentario, es decir, del sistema de partidos
que sustenta el régimen
monarco-fascista, constituirá
otro paso muy importante en el camino de la transformación social, política y económica.
Esto contribuirá
a un mayor descrédito
de estos partidos o de los que jugaran el papel de «oposición», como los neofascistas de UPyD o los
babosillos de IU (a los que no cabe calificar sino de palmeros del bi-partidismo).
Un gobierno de este tipo nos situaría
ya en un contexto, no de fascismo más
o menos encubierto, como el que hemos padecido hasta ahora, sino que las máscaras caerían definitivamente y nos enfrentaríamos a un fascismo a cara de perro, dispuesto
a defender el decrépito
sistema capitalista con todos los medios a su alcance, a cual más terrorista.
va a aumentar (lo está
haciendo ya) hasta niveles que a la mayoría de los trabajadores les pueden resultar
impensables en pleno siglo XXI. Esta represión, en forma de apaleamientos de manifestantes, de
tortura, persecución
política,
encarcelamientos, asesinatos por parte de la policía o grupos parapoliciales o, incluso,
desapariciones, ha estado siempre presente, en un grado o en otro, a lo largo
de las últimas
tres décadas.
Pero ocurría
que este tipo de medidas sólo
se aplicaban de forma más
o menos quirúrgica
a determinadas expresiones del movimiento obrero y
popular del Estado español
(a nuestro Partido, a la izquierda abertzale, a las organizaciones de
solidaridad con los presos políticos,
a las organizaciones guerrilleras…).
Podríamos
hablar del caso de Jon Anza, de Juan Carlos Delgado de Codes, Francisco Javier
Eizaguirre
y tantísimos
otros. Esta represión
va a dejar de ser tan quirúrgica;
sin duda, se va a generalizar. Y debemos estar
preparados para afrontar una situación
de este tipo.
factores, como lo es la organización
de un movimiento obrero y popular que estuviera en disposición de dar un vuelco a la situación, lo que desde luego no va a ser, en el corto y
medio plazo, una tarea fácil,
teniendo en cuenta que la organización
de este movimiento va a tener que acometerse en unas condiciones que, por un
lado, van a ser muy favorables, por cuanto los trabajadores son cada vez más conscientes de cuáles son las causas de los males que padecemos y de
cuáles
son las soluciones a los mismos, pero también, por otro lado, muy complicadas debido a los
niveles de represión
a los que aludimos.
apuntaba en el ya citado Informe Político
de nuestro IV Congreso,
«el
régimen
ya no puede evitar que los mismos medios bárbaros, terroristas, que utiliza para
combatir al movimiento revolucionario acaben más tarde o más temprano volviéndose contra él. Ya no vivimos en los tiempos
tenebrosos en que podían
ocultar y quedar completamente impunes todos los crímenes, atropellos y abusos del poder». Todas
las medidas represivas que pueda ejecutar, van a obstaculizar durante un tiempo el avance
del movimiento obrero y popular, pueden frenar momentáneamente el proceso de transformación política,
social y económica
en que estamos inmersos; pero no podrán abortarlo de ningún modo y, en última instancia, ganarán para la causa revolucionaria a más y más
sectores del pueblo. Es decir, la vía
del regreso a los orígenes
se presenta como la única
salida posible para el régimen,
pero es una salida que conduce a una situación aún
peor, infinitamente más
peligrosa para su supervivencia.
sacrosanta unidad de la patria española.
España
es una cárcel
de pueblos y, en un momento como el actual, las tendencias soberanistas van a
cobrar nuevos bríos
en las nacionalidades del Estado. ¿Quién quiere permanecer en un barco que se hunde sin
remisión?
salida de la crisis para las nacionalidades pasa por la realización de su independencia. Es una consigna que, por lo
demás,
es totalmente falaz, a no ser que esas nacionalidades pretendan, junto con la
consecución
de la independencia, trasladarse a algún otro planeta de la Vía Láctea
que no sea éste
en el que habitamos, en el que la crisis del sistema capitalista está presente hasta en la última aldea de la Melanesia. No obstante, es una
consigna que puede calar en amplios sectores sociales de esas nacionalidades y
puede también
tener como consecuencia no sólo
la tentativa de separación, sino la materialización de la misma, lo que también puede verse facilitado por el agravamiento de las
contradicciones interimperialistas y la posibilidad de que España se convierta en territorio a repartir en función del desarrollo de esas contradicciones entre las
grandes potencias imperialistas.
peligro de balcanización
del Estado español.
Este peligro persiste. Y no sólo
persiste: puede cobrar nuevos bríos
en una situación
en la que el Estado no es que no sea capaz de impedir la soberanía de las nacionalidades a las que oprime desde hace
siglos, sino que parece ser totalmente incapaz de conservar su propia soberanía en tanto que Estado.
común
decir que el poder de decisión
sobre lo que ocurre en esto que llamamos España se encuentra cada vez menos en Madrid y más en ciudades como Berlín o Washington. En ocasiones, hay una cierta
exageración
en estas afirmaciones. Pero hay no poca verdad en ellas. Y esto tiene unas consecuencias
muy importantes de cara a la cuestión
territorial: ¿cómo va a poder el Estado español contener las tendencias soberanistas de las nacionalidades
cuando él
mismo se muestra incapaz de mantener el tipo en el ámbito internacional, siendo en este terreno prácticamente un guiñapo al que todo dios vapulea?
veces, desde el punto de vista de la lucha revolucionaria, no podemos sino
alegrarnos de que al Estado se le multipliquen los problemas. Cuanto más débil
se encuentre, más
sencillo resultará derrocarlo.

derecho de
autodeterminación
de las nacionalidades oprimidas y, por lo tanto, no tenemos el menor reparo, y
tampoco hay la menor contradicción
en relación
a los principios que defendemos, en apoyar los procesos de liberación nacional que se puedan producir y concretar al
calor de un contexto como el actual. Aunque también decimos que los problemas de los trabajadores de
cualquier nacionalidad no se van a resolver con la creación de este o el otro nuevo Estado, sino únicamente sobre la base de la destrucción del capitalismo y de la revolución socialista.
grandes potencias imperialistas es un hecho. ¿A qué
se debe este proceso? ¿Cuáles son sus causas?
que ha venido determinado por su particular desarrollo (o subdesarrollo) histórico, político,
económico,
cultural… Es algo
completamente natural que, en un contexto de agudización de la crisis capitalista, un país de estas características se vea en la obligación de agachar el hocico y plegarse a lo que
decidan los que sí
tienen poder (económico,
militar, etc.) en la arena internacional
de soberanía,
cuando se parte de posiciones revolucionarias o consecuentemente progresistas,
hay que hilar muy fino, si no se quiere caer en el melifluo chovinismo que, a
veces, se nos cuela por la puerta de atrás sin que nos apercibamos de ello. Este riesgo existe
y ya hay quienes pretenden hacer de la recuperación de la soberanía el caballo de batalla del momento. Nos referimos a
IU y a no pocos sectores que forman eso que hemos dado en llamar el
«reformismo radical». Éste
es un camino peligroso, en el que el riesgo de desorientarse y desbarrar es muy
grande.
es que los trabajadores, por el hecho de malvivir en una sociedad capitalista,
carecemos de cualquier soberanía.
Ésta
la ostenta la clase burguesa, la clase de los explotadores, que son los que
manejan las riendas del Estado. Por lo tanto, nosotros no podemos perder lo
que no tenemos, por mucho que manden en Bruselas por muy poco que mande
Madrid.
alegrarnos de que esto sea así.
Estamos hablando en este artículo
de la crisis política
del régimen;
pues bien, ésta
es otra manifestación
de esa crisis: no sólo
se encuentra corroído
por las mil y una contradicciones que arrastra desde su nacimiento, sino que ya
no es capaz de mandar ni en su propia casa y son otros los que le dictan gran
parte de las medidas que debe aplicar.
y los movimientos democráticos
y populares no podemos hacer bajo ningún concepto es convertirnos a estas alturas de la película en defensores de la soberanía del Estado burgués y de su régimen, como están haciendo ciertos grupos que incluso se
autodenominan marxistas. Cuanta más
soberanía
pierda, mejor, porque más
clara verán
los trabajadores y los sectores populares la necesidad de derrocar un Estado
que carece de todo margen de maniobra y que sólo se dedica a aplicar las medidas que otros le imponen,
haciéndolo,
además,
de la única
manera que sabe y puede hacerlo: a golpe de porra y de terrorismo de Estado.
defendemos la soberanía
de los pueblos; pero eso, la soberanía
de los pueblos y, más
concretamente, la de la clase obrera y del resto de los trabajadores, no la soberanía de cuatro parásitos explotadores. Y la soberanía de los pueblos, sólo puede materializarse con el derrocamiento de los
Estados burgueses, sean éstos
mucho, poco o nada soberanos, con la toma
del poder político
por parte de la clase obrera en alianza con otros sectores populares. De aquí que haya que andarse con pies de plomo cuando
hablamos de esta soberana cuestión. Hay que utilizarla sin duda en la agitación y en la propaganda, para poner de manifiesto que
el Estado español
no es ni tan siquiera el famoso gigante con los pies de barro de Mao, sino
apenas un muñeco
de trapo lleno de remiendos con el que juega el susodicho gigante; pero
teniendo muy claro en qué
medida se deben y se pueden utilizar y con qué sentido ciertas consignas o planteamientos.
los mitos particulares de la ideología burguesa made in Spain: la transición modélica,
la monarquía
como garante de la democracia y otras tonterías similares.
definieron hace muchos años
como el consejo de administración
del capitalismo o, en su dimensión
represiva, como una banda de hombres armados al servicio del capital. En cuanto
a la sociedad de consumo, cada vez más
sectores sociales están
siendo excluidos de la misma. La máxima
capitalista de «consume y no pienses» ya no surte ningún efecto. Falta un elemento de la ecuación: si a los trabajadores ya no les está permitido consumir porque carecen de medios para
hacerlo, ya sólo
les queda pensar y actuar en consecuencia.
capitalismo. ¿Y
qué
decir del Estado de bienestar? Lo están desmontando piedra a piedra. Y, al hacerlo, el
capitalismo se está
privando de un colchón
fundamental con el que contener el conflicto social
a una situación
revolucionaria por sí
mismas, espontáneamente?
Es evidente que no. Hace falta la organización que, a partir de esas circunstancias, nos conduzca
a la situación
revolucionaria.

Comunista, es decir, nosotros, los cuatro gatos y un tambor que estamos empeñados en que en este país se dé
nada más
y nada menos que una revolución
socialista. Sin la labor del Partido, no hay ni revolución ni cambio posible. ¿Quién
va a llevar a cabo ese cambio o esa revolución? ¿Un
movimiento espontáneo,
sin un claro programa revolucionario? ¿Ese batiburrillo de grupos seudo comunistas que
pululan por ahí, a cual más
confuso, oportunista y desorientado?
nuestro Partido puede transformar la crisis económica, social, política e ideológica en una crisis revolucionaria. Aunque, para
llegar a esto, antes debemos resolver no pocas cuestiones, como lo es la reorganización del Partido en todos los planos, la reconstrucción de sus organismos, la formación de los nuevos militantes, la captación de otros muchos que, literalmente, y no es ninguna
fanfarronada, están
esperando a que les demos la oportunidad de trabajar con nosotros (y debemos
buscar los medios de llegar a ellos). Y ésta, ciertamente, es la tarea del momento. Sin
embargo, toda esta situación
por la que estamos atravesando va a facilitamos mucho el trabajo, siempre,
claro, que no cometamos más
imprudencias y errores de los estrictamente inevitables.
del Premio Nobel de la Paz a Barack Obama, que fuera de sus consignas «Change»
y «Yes, we can» no había aportado gran cosa en ese campo. Tres años más tarde,
los logros del presidente Obama en materia de paz no sobrepasan las de Bush
padre, Bill Clinton y Bush Jr. El presidente Obama no ha puesto fin a ninguna
de las guerras desatadas por George W, Bush. Por el contrario, tuvimos la
brutal intervención de la OTAN en Libia, sin hablar del campo de prisioneros de
la base naval estadounidense de Guantánamo, que no ha sido cerrado, y de la
ocupación de Afganistán e Irak.
es otorgado a una institución supranacional como la Unión Europea, tenemos que
empezar a interrogarnos seriamente sobre el valor de los criterios que se
aplican para la nominación y el otorgamiento de dicho premio.
sido concedido a la Unión Europea por su contribución de 60 años al mantenimiento
de la paz en Europa. La difusión de la noticia causó numerosas muestras de
escepticismo e incluso reacciones airadas.
Europa durante la primera mitad del siglo XX dejaron huellas en las mentes.
También es cierto que Europa no ha conocido desde entonces otros conflictos de
aquella envergadura y que se ha establecido en el continente una especie de
reconciliación entre los Estados. Pero es imposible que el Comité Nobel no sepa
que la base de la paz europea es de arena –basta con recordar el derrumbe del
bloque del Este, que ha sido causa de nuevas guerras en Europa.
europeos contribuyeron, en los años 1990, a la destrucción de la República de
Yugoslavia. Dos autores, Mira Beham y Jorg Becker, han analizado, en su obra de
investigación Operación Balkan, la influencia de Occidente en la destrucción de
Yugoslavia, así como la manipulación de los medios de prensa orquestada desde
el extranjero. Está demostrado que Occidente contribuyó a provocar la secesión
de las diferentes repúblicas que formaban parte de Yugoslavia y que esos países
utilizaron las dificultades económicas de las regiones yugoslavas, retirando
créditos y aumentado las tasas de interés, para enemistarlas entre sí. Los
resultados son harto conocidos.
dirigida por Estados Unidos y con la activa participación de varios Estados
europeos –como Alemania– constituyó una violación del derecho internacional y
fue por lo tanto ilegal. Fue además una demostración de lo que la Unión Europea
y sus países miembros son nuevamente capaces de hacer, a pesar de su promesa de
no comenzar nunca más una guerra.
verdadero rostro. Ante la formación en Austria, como resultado de elecciones
democráticas, de una coalición entre el partido burgués OVP y el FPO de Jorg
Haider con vista a la formación de un gobierno, la Unión Europea impuso
sanciones al país, pisoteando así los derechos democráticos de la población
austriaca. El supuesto «modelo de paz de la UE» no tolera la existencia en un
Estado miembro de la Unión Europea de un gobierno que critique a esa entidad.
Un «Consejo de Sabios» tuvo que decidir entonces si podían mantenerse las
sanciones o si había que levantarlas. Y sólo fueron levantadas después de que
Jorg Haider se vio obligado a dimitir. La Unión Europea rompía así fríamente
con el derecho democrático. Pero eso no es todo.
internacional ¿Especialidad de la UE?
participando en la guerra de Afganistán, que ha durado ya 11 años. Tienen por
lo tanto una vívida experiencia de lo que es una guerra, particularmente brutal
y violatoria del derecho internacional. Al cabo de 11 años de ocupación por
parte de estadounidenses y europeos, la población afgana está viviendo una
pesadilla. Lo que comenzó con la violación del derecho internacional –con el
pretexto de expulsar a los talibanes– se ha convertido en una guerra contra la
población, guerra cuyo final no se vislumbra.
un pretexto totalmente fabricado y absurdo, violando el derecho internacional y
con la participación de países miembros de la Unión Europea en la «coalición de
voluntarios», esencialmente Inglaterra, Polonia, Italia, España, etc., no ha
terminado aún y sigue causando miles de víctimas inocentes. Mientras tanto,
británicos y estadounidenses se han apoderado de las reservas de petróleo.
pretexto de socorrer a la población, estuvo motivada en realidad por la
voluntad de imponer un cambio de régimen para deshacerse de un dirigente
molesto y de apropiarse de las riquezas naturales del país. A la cabeza de esa
agresión se hallaban, junto a Estados Unidos, varios países de la Unión
Europea, específicamente Francia, Inglaterra e Italia. La mitad de los Estados
europeos miembros de la OTAN, igualmente miembros de la Unión Europea,
participaron en esa agresión disfrazada.
dependido de la Unión Europea, y si China y Rusia no se hubiesen opuesto a
ella, hoy tendríamos allí otra guerra de agresión, también con la participación
de la UE. En el caso sirio, Alemania ha desempeñado un papel poco glorioso,
junto a Francia e Inglaterra.
favor de la paz que supuestamente justifica que se le otorgue del Premio Nobel
de la Paz? ¿No será que el Comité del Premio Nobel también obedece a las
razones de orden político del poder? Los pueblos de todos los países de la
Unión Europea se oponían a las acciones militares de esos países. Los sondeos
indicaban un índice de oposición que se sitúa entre el 80 y el 90%. Por lo
tanto, si lo que se quiere es fortalecer la paz, son los pueblos quienes tienen
una importancia primordial.
del think tank denominado Council on Foreign Relations, altamente valorado en
Estados Unidos, estima que una germanización de Europa permitiría a ese
continente salir de la crisis. Alemania obtendría así en la Unión Europea un
papel dirigente acorde con las ambiciones de Angela Merkel, ávida de poder. La
Alemania que se arroga un papel de dirigente de la Unión Europea es portadora
del proyecto de formación de una Federación Europea y de un fortalecimiento del
centralismo.
los europeos continentales, queremos alcanzar la unidad y actuar de conjunto, y
de ello depende nuestro futuro, tenemos que responder entonces a dos
necesidades: renunciar a toda voluntad de dominación de un pueblo sobre otro
así como renunciar a toda voluntad de independencia absoluta fuera del orden
europeo. Ser el abanderado, sin querer ser el amo de Europa. Esa debe ser la
voluntad de Alemania. Pero ser el abanderado de una nueva Europa que debe
ocupar su lugar entre las nuevas potencias mundiales y conservar el rango que
merece tanto por su desarrollo histórico como por su poderío cultural y
económico.» Son palabras de Richard Riedl, presidente del consejo de
administración de la compañía Donau Chemie AG, perteneciente al grupo IG
Farben, y datan de 1944.
asumiendo un lugar predominante en la Unión Europea. Y si Alemania llegara a
convertirse en el abanderado de la UE, eso sería de mal augurio para Suiza, a
la luz de las declaraciones belicistas destinadas a intimidar a este pequeño
pero próspero país.
a un Estado, habría que dárselo a Suiza. ¿Qué otro país puede afirmar que no ha
estado implicado en guerras desde hace más de 150 años? ¿Y haber contribuido en
tan alto grado a favor de la paz y de la ayuda humanitaria a restañar las
heridas de los pueblos de otros países, como lo ha hecho Suiza a través de sus
organizaciones, como la Cruz Roja? A pesar de ello, cuando consultamos la lista
de laureados con ese premio, podemos sentirnos felices de no aparecer en ella.
La selección de este año lo confirma.
traducción al francés de Horizons et débats
Juan Manuel Olarieta
El papel de la monarquía en el régimen fascista español
No obstante, los semirrevolucionarios siguen jugando con la confusión. Creen que la monarquía es en España como en Dinamarca y dicen que aunque cambiara la forma del Estado nada sustancial cambiaría; a lo máximo España sería como Portugal u otra república vecina. Seguimos, pues, fuera de la historia, en el limbo de las abstracciones. No hace falta poner la lupa a la historia para comprobar que en España las dos Repúblicas que han existido han supuesto otros tantos momentos fugaces de libertad, de los pocos que las masas han podido disfrutar, por lo que se han grabado a sangre y fuego en su corazón y su memoria. Aquí entre sectores muy amplios, que van mucho más allá del proletariado, la República es sinónimo de libertad y ha conducido antes y conducirá siempre a las masas a la revolución. Parece increíble que los semirrevolucionarios de salón se atrevan a menospreciar este caudal político, que va bastante más allá del banquete: es una opípara comilona.
Hoy en España la monarquía es uno de los pilares fundamentales del monopolismo. La Corona española estaba arruinada cuando en 1964 Franco nombró heredero político al actual rey, hasta el punto de que la Casa Real tuvo que vender la Corona para pagar sus deudas; actualmente es una de las mayores fortunas del mundo. Por lo tanto, lo mismo que el resto del capital monopolista, también la Corona debe su fortuna al terrorismo de Estado. Por si cabían dudas, el asunto KIO demostró que una parte muy importante de los circuitos financieros y comerciales pasan por la monarquía, donde pagan su peaje correspondiente.
Pero en Europa hay otras monarquías tanto o más engolfadas en el capital monopolista que la española. Lo que realmente diferencia a la Corona española es que también es uno de los pilares fundamentales sobre los que se ha edificado el Estado fascista. Este rey no hereda a su padre, como en cualquier otra monarquía, sino al Caudillo. Es el Caudillo de la transición; para eso le nombraron. Juega el mismo papel que Franco en la etapa anterior: es la cúspide del ejército y no creo que, a su vez, sea necesario explicar ahora cuál es el papel del ejército en el régimen español actual pero, por poner un ejemplo, conviene recordar que todos los hilos del golpe de Estado de 1981 y la posterior etapa de guera sucia de los GAL pasaron por ahí.
Si los fascistas heredan la monarquía los antifascistas heredan la República. No puede ser de otro modo. La lucha antifascista no sólo no ha nacido ahora sino que tiene una larga tradición que sólo se puede calificar de épica. Por lo tanto, envuelve una responsabilidad histórica en cuanto que a los antifascistas de hoy les corresponde tomar la antorcha que con tanto arrojo, abnegación y heroísmo portaron sus mayores. Ese es el significado exacto de la batalla por la memoria histórica: ellos resistieron para que las generaciones futuras estuvieran en las mejores condiciones para triunfar. No restablecer el hilo entre el pasado y el presente no es un mero descuido por parte de los semirrevolucionarios, sino una traición en toda regla para la cual no existen calificativos lo suficientemente explícitos.
Pero donde hay continuidad hay también ruptura. Ni los años pasan en vano ni la historia detiene su marcha inexorable. ¿De qué República estamos hablando? ¿De la República de 1931? ¿De una tercera República que ignoramos? ¿De cualquier clase de República? No; como cualquier otra institución política la futura República tiene que tener en cuenta que, a diferencia de 1931, España es hoy un país de capitalismo monopolista de Estado, un sistema económico en bancarrota que no tiene ya ningún futuro. Hoy la reivindicación de la democracia y la República no supone, pues, ninguna etapa «intermedia» entre el capitalismo y el socialismo. Más bien al contrario, como consecuencia de las transformaciones económicas, la correlación de fuerzas entre las clases sociales ha cambiado y el proletariado no sólo dirige la lucha por la Repúlica sino que es su principal fuerza propulsora. Un programa revolucionario debería expresar estas nuevas condiciones sociales y afirmar claramente que la única República posible hoy es la República Popular. Ésta enlaza con el pasado, pero no es el pasado sino el futuro.
Ciertamente, como digo, las transformaciones económicas de los sesenta convirtieron al proletariado en la fuerza principal de la lucha contra el fascismo, pero no en la única. La lucha de clases es el motor de la historia, pero eso no tiene nada que ver con la caricatura de «clase contra clase», típica del trotskismo. Es un craso error privar al proletariado de sus aliados más próximos porque una revolución -hay que repetirlo- es un proceso de acumulación de fuerzas; cuando un contrincante gana fuerzas, las pierde su contrario, y así inclina la balanza a su favor.
Es cierto que en la actualidad, ante el proletariado y la burguesía, las demás clases han perdido la importacia social que tuvieron en épocas anteriores. No obstante, tanto la condición monopolista de España como la pervivencia del fascismo, aproximan al proletariado a numerosos sectores sociales, que son múltiples y cualitativamente diversos. No es necesario recurrir al ejemplo de Rusia para destacar la importancia de los aliados de la clase obrera porque mucho antes Engels también propuso, con su proverbial maestría, incorporar a los pequeños campesinos dentro del programa obrero, es decir, forjar una alianza obrero-campesina, incluso en los países avanzados, como Francia:
«Es asimismo evidente que cuando estemos en posesión del Poder del Estado, no podremos pensar en expropiar violentamente a los pequeños campesinos (sea con indemnización o sin ella) como nos veremos obligados a hacerlo con los grandes terratenientes. Nuestra misión respecto a los pequeños campesinos consistirá ante todo en encauzar su producción individual y su propiedad privada hacia un régimen cooperativo, no por la fuerza, sino por el ejemplo y brindando la ayuda social para este fin. Y aquí tendremos, ciertamente medios sobrados para presentar al pequeño campesino la perspectiva de ventajas que ya hoy tienen que parecerle evidentes» (27).
Este es el banquete que recomendaba Engels en 1894 para un país como Francia, incluso en un momento posterior a la revolución proletaria. Si ese programa es correcto, ¿no será más correcto aún para el momento anterior a la revolución, para la acumulación de fuerzas?, ¿sigue siendo correcto ese programa en la actualidad? La respuesta es afirmativa: en esencia hoy las líneas maestras de ese programa son de plena actualidad, y no sólo para un sector social tan concreto como los campesinos, sino para cualquier otro. Cada día el fascismo y el monopolismo convidan a un festín al arrojar a las filas de la revolución a sectores muy amplios de la sociedad y sería un suicidio de que el programa de la revolución también les diera la espalda. ¿Por qué los semirrevolucionarios se empeñan en buscarse enemigos donde no los hay?
Notas:
(27) Engels, El programa campesino en Fracia y Alemania, Obras Escogidas, tomo II, pg.461.
Juan Manuel Olarieta
Un desarrollo capitalista ligado al terrorismo de Estado
Donde hay continuidad hay también ruptura. En España el punto de ruptura del pasado con el futuro se situó en la década de los sesenta del siglo pasado, cuando tras el Plan de Estabilización de 1959 el país transformó su economía en capitalismo monopolista de Estado. Desde entonces no hay aquí nada cualitativamente diferente de cualquier otro país capitalista desarrolado, es decir, que no se puede desarrollar más de lo que ya lo está, que no hay una etapa ulterior a esa, por lo que cualquier avance sólo puede ser hacia el socialismo. En este sentido no hay ninguna revolución burguesa que llevar a cabo. La crisis económica actual no ha hecho más que reforzar la evidencia de que en España el capitalismo ha agotado todas sus reservas. El futuro está única y exclusivamente en el socialismo y un programa revolucionario así deberá indicarlo.
Ahora bien, a diferencia de otros países, en España el desarrollo capitalista ha estado ligado al terrorismo de Estado, intensificado desde 1939 bajo las más crueles formas. La transformación económica se produjo sin modificar la naturaleza fascista del Estado. La realidad volvía a presentarse «impura», ambigua y confusa: la persistencia del fascismo, ¿no era un índice del atraso de España?, ¿cómo se congraciaba ese atraso con la modernidad monopolista? El debate volvió a reanudarse con nuevos adornos, propios del momento. Donde unos semirrevolucionarios veían la botella medio llena, los otros la veían medio vacía, manifestándose las primeras rupturas dentro del movimiento comunista. Una primera corriente, directamente heredera del PCE, relaciona la pervivencia del fascismo en España con el atraso, hasta el punto de calificar la situación de «colonial» o dependiente del imperialismo, poniendo en primer plano el programa mínimo y la necesidad de una revolución democrático burguesa. La otra sólo tiene en cuenta la condición monopolista, por lo que reivindica la necesidad inmediata de una revolución socialista sin tener en cuenta el carácter fascista del Estado.
La transición puso a prueba ambas concepciones y demostró que la primera de ellas era ampliamente dominante, es decir, que el revisionismo sigue siendo la tendencia más fuerte dentro del movimiento comunista, particularmente, en España, contribuyendo así a reforzar el relato hegemónico que hoy siguen transmitiendo los medios de comunicación: existió una transición política en España durante la cual el fascismo se convirtió en una democracia burguesa. Con el tiempo la argumentación reformista ha contribuido luego a alimentar a su contraria, al izquierdismo, que desarrolla exactamente la misma argumentación justo en el punto en el que los anteriores la abandonan: dado que actualmente España es un país democrático burgués, la revolución sólo puede ser de naturaleza socialista. Como suele ocurrir, aquí y ahora los izquierdistas no son nada diferente de los reformistas; el discurso de ambos es sustancialmente el mismo y se corresponde exactamente con el discurso fascista hegemónico.
El error de ambas corrientes se puede comprobar tanto en la década de los sesenta, con la transición económica, como en los setenta, con la transición política y empieza por un equívoco, otro más que hay que añadir a la lista. Dicho equívoco se origina porque minimiza la capacidad de las masas, incluso en ausencia de una vanguardia revolucionaria, para poner contra las cuerdas a la burguesia y a su Estado, cualquiera que sea su naturaleza, y obtener importantes victorias parciales. Incuso a veces esas conquistas son tan importantes que es posible calificarlas como «revoluciones». Pero en absoluto es el caso de la tansición en España, una etapa en la que el proletariado obtuvo indudables conquistas que no alteraron la naturaleza del Estado.
No se deberían confundir los avances populares alcanzados durante la transición con un cambio de régimen político y no basta hablar sólo de los avances si, al mismo tiempo, no se habla de lo que jamás se logró conquistar, de lo que quedó pendiente, una herida imposible de cicatrizar que se manifiesta hasta en los detalles. Por ejemplo, algunas familias de los antifascistas asesinados (Grimau, Ruano Casanova, Puig Antich, Xose Humberto Baena) emprendieron acciones legales para rehabilitar su memoria. Nada hubiera resultado más fácil en un Estado democrático que, incluso, no hubiera debido exigir el inicio de ninguna reclamación judicial: hubiera debido hacerlo por sí mismo, declarando solemnemente su gratitud hacia los antifascistas caídos en la lucha por la democracia, e incluso poner sus nombres a las calles. Resulta muy ilustrativo constatar que París y muchas ciudades de Francia tienen nombres de calles dedicadas a Julián Grimau y en toda España no haya ninguna. Pero es una ingenuidad esperar que la legalidad fascista rehabilite jamás la memoria de los antifascistas. Eso sólo ocurrirá en ese Estado democrático a conquistar en un futuro próximo.
Los fascistas emprendieron la transición a regañadientes; se vieron obligados a introducir algunos cambios en contra de su voluntad para evitar males mayores y apuntalar su vetusto edificio. No decretaron ninguna amnistía sino que pusieron en libertad a algunos presos políticos a golpe de huelgas, manifestaciones y protestas que costaron tantas vidas como presos salieron a la calle y, como siempre, junto a los que salieron es necesario recordar a quienes no salieron nunca, lo que ha traído como consecuencia que desde 1939 no es posible encontrar un solo día en el que no haya habido presos políticos. La existencia actual de presos políticos plantea, además, un dilema obvio, tantas veces escuchado: si España es un país democrático, ¿cómo es posible que haya presos políticos?, y al revés, si hay presos políticos, ¿como es posible hablar de democracia en España?
Se va generalizando la convicción de que, más que una transición, lo que se produjo en los setenta fue una «traición» en toda regla: la incorporación de los reformistas a la legalidad fascista. Fue la esencia de aquel momento, el verdadero cambio: la transformación del reformismo en colaboracionismo. Nada hubieran logrado los fascistas sin la aportación de los reformistas, que pusieron la nota de color al cambio de fachada, las payasadas electorales, las procesiones pactadas y esa palabrería vacía a la que llaman «libertad de expresión». Los fascistas y los refomistas se necesitaban mutuamente. El reformismo necesitaba que algo cambiara para justificar su colaboración y bastó un retoque puramente cosmético para que se instalaran en las butacas más cómodas del régimen. Pero hubo una notable diferencia entre ambos: mientras los reformistas sólo se justificaban, los fascistas se sucedían a sí mismos.
El tiempo pone a cada cual en su sitio. A pesar de que en 1977, en el colmo del colaboracionismo, el PCE convirtió a la bandera fascista en su enseña propia, en las manifiestaciones lo que aparecen hoy son las republicanas. También se intenta recuperar la memoria histórica y cada año la convocatoria del 20 de noviembre en Madrid no recuerda la muerte sino la resurrección de Franco y su elevación a los altares. En fin, el movimiento práctico de las masas aquí y ahora lo que demuestra es que la Internacional Comunista tenía razón una vez más: el fascismo trasciende a los cambios cosméticos y de gobierno; no sólo ha pervivido sino que ahora mismo se apresta a eliminar los últimos residuos de las concesiones que se vio obligado a hacer durante la transición. El fascismo vuelve por sus fueros y pone en el orden del día la necesidad de la libertad, la democracia y los derechos más elementales, que en nuestro país se resumen en la consigna de la República.