La web más censurada en internet

Mes: noviembre 2012 (página 1 de 2)

Los caminos de la revolución en Italia. De los años 70 en adelante (parte 4)

4. Movimiento y nacimiento del área de la autonomía obrera.
Como se ha señalado, Potere Operaio constituyó una especie de crisol para diferentes experiencias. A partir de su voladura muchos de sus núcleos organizaron el Movimiento e impulsaron las iniciativas y las conversaciones. En general, fueron estos núcleos los que alimentaron y encuadraron el debate y las siguientes evoluciones, en los encuentros y las colaboraciones con otros sectores del Movimiento. Fue sobre todo la confluencia con el área de los procedentes de Lotta Continua (que estalla en 1976, pero, a diferencia de P.O., de forma negativa, como resultado de una crisis grave de identidad y de perspectiva). Especialmente, la realidad revela todo un área pequeño-burguesa que remedaría algunos gestos de traición, un regreso al rebaño familiar, de una buena parte de “sesentayochistas”. Numerosos colectivos territoriales y de fábrica, mas una gran parte de los servicios de orden, se reagruparon tras la (perdida) batalla interna para avanzar hacia un proceso revolucionario, y principalmente hacia la etapa del armamento de las masas.
Se han visto ya dos caracteres fundamentales de este proceso político y organizacional, caracteres que serán determinantes y estarán cargados de consecuencias:
1) No se da una auténtica separación entre el nivel de masas y el nivel que debiera considerarse como estratégico, si no  Partido si al menos la Organización. Esta última comienza a perfilarse como la federación de numerosos colectivos y comités locales (a menudo muy dignos, pero en donde en cualquier caso era preeminente la dimensión de masas y pública).
2)  Armamento de las masas. He aquí una consigna extremista, confusionista (de niveles) y cargada de derivas militaristas. Que es lo que llegará con el tiempo, y que era evidente entre un sector muy defectuoso en este sentido, como los mencionados servicios de orden.
Habrá dos años de experiencia y de preparación de este nuevo conjunto, resumiéndose la elaboración político-teórica en una publicación (“Linea di Condotta”), años que se desarrollan en una fase de lucha cada vez mas fuerte y rica, y en la que algunos de estos colectivos tuvieron una marcada presencia. Es destacable el caso de una Coordinación de Comités de fábrica en el cinturón de Milán, (Sesto San Giovanni, centro siderúrgico apodado Stalingrado por su aportación a la Resistencia) que llegarán a ejercer su hegemonía en una gran fábrica (la Magneti Marelli) en donde llegarán a experimentar el ejercicio de la fuerza en la lucha interna, bajo la forma de imposición de “decretos obreros”, incluso hasta impedir el despido de cuatro camaradas, haciéndoles entrar a trabajar todos los días escoltados por la “milicia obrera”, ¡y esto durante algunos meses!.
Este asunto de la “milicia obrera” será además un eje central: construir la fuerza político-militar como apoyo a las organizaciones de masas avanzadas, como una especie de contrapoder, como ejercicio concreto, imposición de los objetivos de lucha que comenzaban a romper los límites de la legalidad y a anunciar contenidos “objetivamente” revolucionarios. Fue el caso de la ola de auto-reducciones. Consistía en un rechazo de las subidas de tarifa de gas, electricidad y teléfono, que se traduce en 1975 en un vasto movimiento de auto-reducción de las facturas. Estructurado alrededor de una extensa red de Comités de Lucha en los barrios (al tiempo que una parte de los Consejos de fábrica apoyaba el movimiento rompiendo el sabotaje de los revisionistas), se prestaba bien a desarrollar una radicalización de los movimientos de masas: “los precios políticos”, es decir, como expresión de las relaciones de fuerza y como tendencia a la negación de la mercancía; la “reapropiación”, como formas de lucha no ya reivindicativas sino de directa imposición, como “práctica del objetivo”; “contrapoder”, por tanto, un terreno nuevo que exige la organización de la fuerza, generalmente armada (lo que para una parte era precisamente la línea de la “milicia obrera”).
Hay que considerar también que esta ola se apoyaba en una considerable situación previa de ocupación de inmuebles (ciudades enteras de HLM[*]) y sobre una organización general en Comités Autónomos de Lucha, por ejemplo en la “huelga de los alquileres”. Terreno de lucha poblado de enfrentamientos con la policía, que llegaron a matar a algunos camaradas, lo que produce a cambio oleadas de violencia proletaria y el ejercicio de nuevas formas de organización. En las barriadas periféricas de Roma, principalmente, se llegará a enfrentamientos armados entre los ocupantes apoyados por los camaradas organizados y la tropa. Y con victorias, en fin, tanto contra la policía, tanto en el objetivo de conseguir las viviendas (esto siempre entre 1974 y 1975).
Y además un importante movimiento de “expropiación de masas” se iba a desarrollar, como plasmación de la consigna de “precios políticos”, los Comités habían iniciado la actividad en las grandes superficies, en los mercados, especuladores, intermediarios comerciales, etc., hasta acciones de auto-reducción de precios y de expropiaciones masivas. Sobre esto creció el impulso espontáneo de la nueva generación de jóvenes camaradas (que constituirían los primeros Círculos de Jóvenes Proletarios), a medio camino entre el local político y cultural y la ocupación, que iban directamente a las ocupaciones sistemáticas; no sólo en los supermercados sino también en las tiendas de lujo: disco y sonido, libros, ropa. Los límites cada iban más allá. Esto no era, especialmente para los jóvenes, solamente una reducción de precios sobre los bienes esenciales, una especie de lucha salarial de nuevo tipo; ¡era la “reapropiación de la vida” así como la destrucción de la mercancía! Los más frecuente es que estas acciones estuvieran “protegidas” por la presencia de un equipo armado, y en general todas estas formas de lucha en los barrios  conocieron un desarrollo muy destacable de práctica armada de las organizaciones. Más bien en términos de ámbito local, fragmentario, no unidos por un proyecto centralizado de desarrollo de procesos revolucionarios, y de ahí la ausencia de una firma única, centralizada, y la cacofonía de siglas que hacía creer en la existencia de decenas de grupos.
Estos proyectos existían, pero quedaba por así decir en estado latente, subyacente, no llegando a manifestarse claramente como en el caso de la B.R.  Esto llegará pronto a formalizarse en una organización y en una “rama” (Prima Linea y la  Autonomía Obrera Organizada, que nunca llegarán a unificarse, y en donde coexistieron tres o cuatro principales Organizaciones armadas), que intentaron este paso; pero siempre quedaron marcadas por ese carácter espontaneísta, movimientista de fondo, y, como se verá, su intento, muy precario y contradictorio, naufragará rápidamente en su vuelta al Movimiento, como resultado de una derrota y por tanto como grave retroceso.
Esto no quiere ser una denegación de esta área revolucionaria, ni de sus aportaciones que han sido importantes en la búsqueda de nuevos caminos que hubieran podido responder a las contradicciones abiertas en el ciclo histórico precedente: la valorización de las expresiones de clase en tanto que sujeto revolucionario, para superar el exceso de dimensión política separada (que también había abierto la puerta a las derivas revisionistas). De ahí las categorías de “antagonismo”, de “contrapoder”, de “ilegalidad de masas”. Categorías que primaban el (pretendido) valor revolucionario de lo social, de las luchas y los comportamientos de masas como “autovalorización proletaria”, del sujeto social que estaba en vanguardia (en primer lugar para el “obrero-masa”, luego para el “obrero social”, ó “sujeto antagonista”, en definitiva).


[*] HLM, habitation á loyer modéré,en francés, viviendas de alquiler controlados o subsidiados (N. del T.)

Los caminos de la revolución en Italia. De los años 70 en adelante (parte 3)

3. Noviembre de 1970: la formación de las Brigadas Rojas y sus inicios.

Estos inicios fueron la conclusión de un proceso político-ideológico que, tras el encuentro entre el núcleo de estudiantes de Trento y algunas vanguardias de lucha obrera de Milán y de la región de Emilia, había tomado forma en el Colectivo Político Metropolitano de Milán. Era un lugar de encuentro y coordinación interna de las luchas, y al mismo tiempo un organismo que elevaba el nivel del debate, comenzando a trazar las líneas de orientación que llevaron al proyecto de lanzamiento de la lucha armada. Dispondrá de una revista, “Sinistra Proletaria”,  durante el tiempo preciso para decantar la posición política y tener las primeras experiencias. El nivel teórico demostrado es, desde el inicio, elevado; constituye una buena síntesis de comprensión del ciclo de luchas internas y del contexto internacional, de posicionamiento respecto al moderno revisionismo y a las vanguardias reales.

Esta síntesis hacía emerger la necesidad de superar la estrategia de “los dos tiempos” (fase de acumulación de fuerzas a través de la lucha de masas y el electoralismo, continuando con la fase insurreccional), que de hecho se había convertido en uno de los motivos de putrefacción revisionista, pero que engangrena también a la nueva izquierda extraparlamentaria con su incapacidad para extraer las contradicciones por las que precisamente se habían convertido en revisionistas, con su espontaneismo y seguidismo de las luchas de masas. La idea formulada (¡y aplicada!) era la de que era necesario desarrollar una estrategia basada sobre la unidad de lo político-militar. El proceso revolucionario debía, desde el inicio, contener sus elementos constitutivos, prefigurar el camino en sus posibilidades y necesidades, y por tanto indicar claramente, en la práctica, como se podía pasar de las simples luchas inmediatas (por radicales que fueran) a niveles mas altos, para enfocar la cuestión crucial: la lucha por el poder. Y ya había quedado demostrado que nunca se hubiera crecido siguiendo a las masas, acompañando sus movimientos. Se necesitaba instaurar, construir una dialéctica entre estas expresiones fundamentales, y la tendencia revolucionaria, lo que significaba ideología, teoría, programa político, pero también (y especialmente) concretarlo en los medios y en una estrategia de lucha planteados subjetivamente. Y por consiguiente en una Organización, que tuviera como objetivo el Partido Comunista formado en el ejercicio de esta práctica, la unidad de lo político y lo militar, la lucha armada.

Por lo tanto, el proyecto se basaba en la síntesis de tres elementos esenciales:

– un planteamiento de la autonomía proletaria (o de clase) como aportación y análisis concreto de las grandes luchas de masas que se sucedían (y en cuyo interior los camaradas se situaban en tanto que vanguardias reconocidas), sus potenciales y sus límites infranqueables;

– la decisión subjetiva, en tanto que colectivo militante, de formular una línea política, una estrategia para la revolución, aquí, en las metrópolis imperialistas, basándose en los logros históricos del marxismo-leninismo y de la nueva ola internacional (China, Vietnam, Cuba y América Latina). En palabras de los camaradas brasileños, precisamente «hoy la alternativa del poder proletario debe plantearse ya en términos político-militares, dado que la lucha armada es la vía principal de la lucha de clases»;

– y una implantación teórico-ideológica adecuada al nivel expresado por  las contradicciones de clase, al nivel de relación de fuerzas internacional, haciendo la suma de ambos soñar ampliamente sobre la madurez del paso al comunismo, algo profundamente vivo en el interior de los movimientos. Aplicando que «sin teoría revolucionaria no hay movimiento revolucionario», y también buscando las nuevas aportaciones: «la revolución cultural es tan necesaria como la revolución política».

Para todos aquello que dudaban aún del calado y de la complejidad del proyecto (argumento agitado por tantos oportunistas que lo han denigrado como “una práctica de gesto ejemplar”), debe leerse este párrafo: «Creemos que la acción armada es únicamente el momento culminante de todo un trabajo político, mediante el cual se organiza la vanguardia proletaria, y el movimiento de resistencia, de manera directa respecto a sus necesidades reales e inmediatas. En otras palabras, para las BR la acción armada es el punto mas alto de un profundo trabajo en la clase: es su perspectiva de poder».

Supieron así las B.R. dar continuación y cuerpo a las expresiones de la autonomía de clase: el incendio de los coches de los jefes, de los fascistas y de otros colaboradores de fábrica, y también los de los policías de la región, actos ejecutados de manera organizada y política. No se efectuaba esto en un plano simbólico (aunque evidentemente también tenía este aspecto) sino concretamente, políticamente, en los episodios del enfrentamiento político-social de clase. Y aún más con la ejecución de algunos secuestros (de corta duración) de directores de grandes fábricas, en los centros de las luchas (Siemens y la FIAT).

Esta coherencia valiente supuso el éxito político inmediato. El núcleo frágil del principio, del que se ha hablado, se extendió como una mancha de aceite: la Organización se implanta en numerosas fábricas grandes y barrios de Turín, Milán, Génova, Venecia. Se acierta en la “apuesta”: la clase comprende y responde, también con la disponibilidad de cuadros militantes obreros de entre los mejores (lo que será visible en las primeras detenciones).

No estaban solos, porque se insertaban en comportamientos y formas de lucha muy extendidas en la época, con la práctica obrera de desperfectos en las líneas de montaje durante las manifestaciones interiores en las fábricas, el sabotaje, las encerronas fuera de la fábrica a los jefes, etc. Especialmente la práctica de manifestaciones interiores era la auténtica arma de masas, que acompañaba el desarrollo de una fase de la lucha; las BR estaban ahí insertadas, y “dialectizaban” sus iniciativas con relación a todo esto.

Y también porque otros componentes militantes habían comenzado a plantearse la misma perspectiva y la misma práctica. Aunque algunas importantes diferencias ideológico-políticas crearían unas distancias que se convertirían con el tiempo en una cuestión de líneas diferentes; además, el carácter menos claro de estos otros componentes, su gestación política mas complicada causó que sus iniciativas y estructuras quedaran durante largo tiempo –hasta 1976- en una especie de limbo, sin plantear reivindicaciones claras, utilizando siglas diferentes, faltos de la correspondiente colaboración política-ideológica. Hay que reconocer también las características de fuerza y la coherencia estratégica que hicieron preeminentes a las BR (y su continuidad entre otras organizaciones, hasta entonces).

De hecho, la gran diferencia residía en la relación con el “Movimiento”, aquella entidad general que englobaba todas las luchas, aquella especie de río de donde todos procedían. Todas las demás organizaciones mantuvieron una relación de complementariedad, de seguidismo en un cierto sentido, permanecieron “movimientistas”, como se decía entonces. En realidad, una reedición del desnivel entre leninistas y no leninistas.

Las formas de dominación del Estado burgués (XI y última)

Juan Manuel Olarieta

Democracia y dictadura del proletariado


En su carta a Weydemeyer de 1852, Marx reconocía que él no había descubierto ni la existencia de las clases ni la lucha entre ellas, y que su aportación consistía en haber demostrado que «la lucha de clases conduce necesariamente a la dictadura del proletariado» (32). Tras la Comuna de París de 1871 él y Engels insistieron en la trascendencia de la dictadura del proletariado, como se observa en su obra «Crítica del Programa de Gotha», en donde constatan que en algunos países y hasta donde la burguesía es capaz de llegar, las reivindicaciones democráticas «están ya realizadas», por lo que es absurdo repetir la «vieja y consabida letanía democrática» (33). No se trataba de reclamar algo que el proletariado ya habia conquistado, sino de ir más allá, al socialismo y, por consiguiente, implantar la dictadura del proletariado.

La dictadura del proletariado es el reconocimiento de la naturaleza de clase del Estado propio del proletariado. Las experiencias posteriores a la Revolución de 1917 demostraron que tan importante como hacer la revolución es saber defenderla. En el socialismo subsisten las clases y la lucha entre ellas y para acabar con él la burguesía no vaciló en unirse en todo el mundo para atacar militarmente al poder soviético, desde dentro y desde fuera. La URSS no disfrutó ni de un minuto de respiro porque la burguesía ni se resigna, ni tiene tampoco las dudas éticas que manifiesta el proletariado. Expulsada del poder, ella jamás se planteó recurrir a métodos democráticos y pacíficos de oposición, jamás salió a la calle detrás de una pancarta reivindicando su derecho a la propiedad privada. El Ejército Rojo, el gulag, los procesos de Moscú, el KGB y demás instituciones de la dictadura del proletariado en la URSS fueron la guillotina de la revolución proletaria, el reverso de los terribles desafíos que siempre acosaron al socialismo. Lo mismo que la aristocracia, la burguesía morirá matando y el proletariado estará obligado a defenderse.

A diferencia de la burguesía, los comunistas no hablan en nombre de toda la sociedad sino sólo de una parte de ella: el proletariado y, a traves de él, hablan también en nombre de todos los demás oprimidos, es decir, de la inmensa mayoría del mundo. Cuando se refieren a las libertades y los derechos consideran a las personas como trabajadores y en tanto que trabajadores. Para ellos el «Estado de todo el pueblo» al que se refirió Jruschov en 1956 es un imposible histórico y no tiene, pues, ningún sentido político. Sin embargo, para justificar el desmantelamiento del socialismo y de la URSS como Estado, en su «Informe secreto» Jruschov afirmó que la dictadura del proletariado ya no tenía ningún sentido porque «las clases explotadoras habían sido liquidadas» (34). Según los revisionistas, al liquidar a la burguesía sólo queda «el pueblo», que debían entender como algo de naturaleza residual, en cuyo caso el «Estado de todo el pueblo» tendría esa misma naturaleza residual, es decir, ambigua.

Este tipo de expresiones son realmente extrañas. Es como si Tocqueville hubiera escrito en 1850 que la aristocracia había sido «liquidada». ¿Cómo se liquida a una clase social?, ¿exterminando físicamente a sus miembros, uno por uno? Ni siquiera así desaparecería. La tarea de la dictadura del proletariado, como escribió Engels, consiste en «someter» a la burguesía como clase social (35), que es la misma expresión utlizada luego por Lenin: se trata de «romper la resistencia de los explotadores» (36), lo que comienza poniendo en práctica una serie de medidas económicas y políticas, fundamentalmente, que socavan su poder. Es más, el socialismo no puede atacar frontalmente a toda una clase, como la burguesía, sino a través de sus elementos más fuertes y destacados, los monopolistas, los financieros, los grandes propietarios de tierras, quienes además de perder su poder político, deben ser expropiados también de lo que constituye la fuente del mismo: sus medios de producción.

Pero la expropiación no tiene poderes mágicos; el socialismo no se inventa, decía Lenin. La lucha de clases subsiste en esa etapa porque la expropiación no es un acto sino un proceso diversificado y dilatado en el tiempo. No supone sólo el empleo de «métodos de represión implacables» sino también de «métodos de compromiso», en los que se debe indemnizar a una parte de la burguesía, o incluso no expropiarla en absoluto y «sentarse a la misma mesa que ella» (37). El socialismo no puede tratar de manera homogénea a clases y sectores sociales que son diferentes. Tan demagógico como proponer el «Estado de todo el pueblo» es hablar de «clase contra clase»; tan erróneo como olvidarse de los «métodos de represión» es olvidarse de los «métodos de compromiso».

En la edificación del socialismo, un proceso que es económico tanto como político, el proletariado cumple una segunda tarea: asumir por sí y para sí la planificación, organización, dirección y gestión de las empresas socializadas de la industria, de la alimentación, de las finanzas, de los transportes, de la energía y, en fin, de toda la economía de un país, lo cual exige aprendizaje y experiencia, entre otras muchas cosas, ninguna de las cuales se improvisa. A lo largo de ese proceso sigue siendo fundamental la acumulación de fuerzas y la ampliación de la capacidad representativa y la legitimación política del proletariado, para lo cual es imprescindible ganarse a la pequeña burguesía tanto como someter a la grande. En palabras de Lenin, tan necesaria como la dictadura del proletariado es «la extensión de la democracia a una mayoría aplastante de la población» (38).

La dictadura del proletariado, pues, debe seguir acumulando fuerzas bajo el socialismo. La lucha de clases tendrá entonces una naturaleza militar sólo si la agresión es militar, será política cuando el desafío sea político e ideológica cuando los ataques sean de esa naturaleza. El objetivo no es «liquidar» a la burguesía sino poner los medios, fundamentalmente económicos, para que se extinga como tal clase social, un proceso paralelo al de la ampliación de las fuerzas del proletariado, porque éste es la única clase social que lleva en sí misma los gérmenes de su propia autodestrucción: «Esta descomposición de la sociedad, en cuanto clase particular, es el proletariado» (39). El proletariado no es una clase simétrica a la burguesía cuyo objetivo sea perpeturarse como clase, y mucho menos como clase en el poder. A diferencia de ella, «el proletariado, en tanto que proletariado, se encuentra forzado a trabajar por su propia supresión». Marx y Engels insistieron especialmente sobre este carácter representativo del proletariado y su significado histórico: «Si el proletariado conquista la victoria, esto no significa abolutamente que se haya convertido en tipo absoluto de la sociedad, pues sólo es victorioso suprimiéndose a sí mismo y a su contrario» (40). La sociedad del futuro es, pues, una sociedad sin clases porque es una sociedad de proletarios; ese es el significado del comunismo.

Si el proletariado se extingue como clase, la dictadura del proletariado tiene ese mismo destino: su autodestrucción. Por lo tanto, tan errónea como la «liquidación» de la burguesía de la que hablan los reformistas, es la «abolición» del Estado de la que hablan los anarquistas. El Estado de clase se extingue con la extinción de las clases sociales. Sin embargo, no se logrará por la promulgación de un decreto que así lo establezca sobre un papel, sino porque la dictadura de proletariado significa la más consecuente expresión de la democracia política, porque el proletariado representa y satisface los intereses de sectores sociales cada vez más amplios que, finalmente, son los suyos propios.

Para el proletariado la democracia no es, pues, un objetivo táctico sino estratégico, indisolublemente ligado a la construcción del socialismo. La democracia pone los cimientos para que el Estado se pueda extinguir, es decir, para la realización del comunismo. El sufragio universal, escribió Marx, anula «una y otra vez el Poder estatal», pone en tela de juicio «todos los poderes existentes», «aniquila la autoridad» y amenaza con «elevar a la categoría de autoridad a la misma anarquía» (41).

El socialismo es un proceso dirigido y planificado conscientemente hacia ese objetivo y por medio de él. En su edificación el proletariado participa y decide democráticamente como clase social, incorporando a su seno a sectores cada vez más numerosos y ampliando su capacidad de representación política. Es un proceso histórico que empieza y acaba en la democracia, como decía Lenin: «Sólo el comunismo puede proporcionar una democracia verdaderamente completa; y cuanto más completa sea antes dejará de ser necesaria y se extinguirá por sí misma» (42).

Notas:

(32) Marx, Carta a Weydemeyer, Obras Escogidas, tomo II, pg.481.
(33) Marx, Crítica del Programa de Gotha, Obras Escogidas, tomo II, pgs.25-26.
(34) Branko Lazitch: Le rapport Khrouchtchev et son histoire, Seuil, Paris, 1976, pg.84.
(35) Engels, Carta a Bebel, marzo de 1875, Obras Escogidas, tomo II, pg.36.
(36) Lenin, El Estado y la revolución, Obras Escogidas, tomo II, pg.363.
(37) Lenin, Acerca del infantilismo izquierdista, Obras Completas, como 36, pgs.313 a 321.
(38) Lenin, El Estado y la revolución, Obras Escogidas, tomo II, pg.364.
(39) Marx, Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel, cit., pg.115.
(40) Marx y Engels, La sagrada familia, cit., pgs.50 y 51.
(41) Marx, Las luchas de clases en Francia, Obras Escogidas, tomo I, p.229.
(42) Lenin, El Estado y la revolución, Obras Escogidas, tomo II, pg.364.

Es e-vidente que el MAI es una secta clari-vidente

El MAI es una secta
mística que, como cualquier otra, se confiesa a sí misma como
«clarividente» (Stalin, Del marxismo al revisionismo, pg.6), que debe
ser algo así como el punto intermedio entre lo evidente y lo invidente. Apenas se
diferencia en nada de los vulgares publicistas burgueses ya que, como ellos,
también predica el «fin de la historia», aunque se diferencian por el
uso de un lenguaje un poco más rebuscado: lo califican como un agotamiento del
ciclo revolucionario de octubre. La URSS es cosa del pasado, del sigo pasado.
En su bola de
cristal el MAI ha vislumbrado que «nos hallamos en una etapa histórica de
transición entre dos ciclos de la Revolución Proletaria Mundial»
(ídem).
Eso lo consideran como una tesis incontrovertible, que no se puede cuestionar
ni matizar: «El ciclo revolucionario que inauguró la Revolución de Octubre
está agotado, ha sido clausurado definitivamente. Lo cual significa que casi
todas las premisas políticas y muchas de las premisas teóricas de las que
partía el movimiento revolucionario entre 1917 y 1990 han caducado: no sirven,
no rigen completamente la realidad o no están a la altura de las necesidades
que imponen las tareas revolucionarias en la actualidad»
. El fin del
socialismo real supone el fin del socialismo científico. Hay que bajar el telón;
todo se ha acabado.
Es como si tras el
fracaso de la Comuna de París Marx y Engels hubieran hablado del agotamiento
del ciclo correspondiente, hubieran renegado de sí mismos, de sus postulados
científicos, hubieran propuesto la liquidación de la I Internacional y en lugar
de intervenir en la fundación del partido socialdemócrata alemán, se hubieran
dedicado a «estudiar y debatir».
El supuesto fin del
ciclo de octubre exige que el MAI asuma el mismo papel que Bernstein desempeñó
en 1900, tras otro «cambio de ciclo» del capitalismo premonopolista
al imperialismo. Como el marxismo no se puede conservar en formol, la secta
reclama para sí la revisión de todos y cada uno de los fundamentos ideológicos
y políticos del comunismo: «Hay que comenzar de nuevo, de que hay que
volver a construir el edificio de la revolución desde sus mismos cimientos, hay
que reiniciarlo todo desde sus bases primordiales»
(ídem).
No cabe duda de que
el MAI se sitúa confesadamente fuera del comunismo. Han eliminado de su
iconografía la hoz y el martillo (sustituido por un martinete), e incluso las
imágenes de Marx, Engels y Lenin. A veces ni siquiera estampan sus iniciales en
algunos de los documentos que publican, como si se avergonzaran del misticismo
que desprenden. Aunque no se atreven a decirlo con franqueza, lo que pretenden
es la liquidación pura y simple del marxismo-leninismo tal y como hoy lo
conocemos, porque «se requiere un punto de vista que se sitúe fuera del
proceso mismo, que lo observe y estudie desde una perspectiva exterior, que lo
comprenda como ciclo terminado»
(ídem, pg.7).
Es bueno que el MAI
lo reconozca, porque es cierto: sólo el imperialismo y las sectas
anticomunistas de esa naturaleza pueden afirmar que el ciclo de octubre ha
terminado y, a la inversa, quien dice que el ciclo de octubre ha terminado se
sitúa fuera del comunismo. Como la Comuna de París, la Revolución de 1917 ha
sido finalmente derrotada, pero ninguna de ellas fueron el final de nada sino
el principio de algo: la revolución proletaria.

El misterio de la vanguardia que no es
partido
Es natural que, por
sus formas organizativas, una secta como el MAI no conozca lo que es un partido
comunista y para disimular su misticismo ideológico en lugar de
«partido» ellos prefieren hablar de «vanguardia». Hasta
ahora los comunistas siempre habían creído -equivocadamente por lo que parece-
que el partido comunista era la vanguardia, pero ahora resulta que no, que hay
vanguardias que no son un partido y, por supuesto, hay partidos que no son
vanguardias. ¿Cómo es posible que exista una vanguardia que no sea un partido?
Ese es uno de los grandes misterios que envuelven a esta secta.
Pero aunque ellos
ponen las etiquetas que les da la gana a todos los demás, sobre todo a esos
partidos que no son auténticas vanguardias, toman muchas precauciones para no
definirse a sí mismos. Después de escribir «¿Qué es el MAI?» la
pregunta queda sin responder: ¿Qué es el MAI?, ¿cómo se consideran a sí
mismos?, ¿son una vanguardia pero no un partido? Desde hace mucho tiempo los
comunistas saben lo que son este tipo de sectas, pero hubiera sido interesante
saber lo que ellos mismos ven cuando se miran en el espejo cada mañana.
La concepción
«vanguardista» del MAI se caracteriza por la separación entre la
teoría y la práctica. Su «vanguardia» es literaria. Cuando ellos
hablan de «vanguardia» se refieren, en realidad, a panfletos, a
documentos, a debates, a discusiones, a tertulias y a teorías: «Hay que
dotarse de los conocimientos y de un método de carácter científico que nos
permita comprender, explicar y poner en práctica la base ideológica del
proletariado revolucionario: el marxismo-leninismo»
(«¿Qué es el
MAI?»
). Por extravagantes que sean, las teorías son el sello
característico de las sectas. No hay secta sin teoría ni teoría sin secta
, y el
MAI no podía ser una excepción.
En su galimatías,
el MAI separa a la vanguardia teórica de la práctica. Debe ser otra de esas
novedades introducidas por ellos como consecuencia del agotamiento del ciclo.
El leninismo se ha quedado obsoleto. Lo que ellos sostienen es una redundancia:
que «la vanguardia teórica es la portadora de la ideología de
vanguardia»
. El caso es que el MAI no sale de un teoricismo estrecho
repetido de mil formas diferentes. En su declaración de intenciones «¿Qué
es el MAI?»
confiesan: «Trabajamos por un asentamiento de las bases
marxistas-leninistas […] siendo estas bases de carácter teórico, cultural,
ideológico y metodológico»
.
Pero hay algo aún
peor que eso: todas esas tertulias culturales, ideológicas y metodológicas nada
tienen que ver con las masas, con sus problemas, con sus luchas, ni con sus
necesidades: «Nos proponemos organizar el discurso teórico-político
marxista-leninista en función de los problemas concretos que presenta la
vanguardia revolucionaria»
. Su monólogo lo organizan (sic) no en función
de la práctica, ni de la crisis del capitalismo, ni de la lucha de clases sino
exactamente de eso: de la vanguardia. Es una teoría por y para esa
«vanguardia teórica», es decir, un verdadero conciliábulo propio de
iniciados que dormitan en una torre de marfil.
¿Cómo pueden
reconstruir un partido comunista quienes ignoran su naturaleza? Ese tipo de
cofrades lo único que pueden construir y reconstruir son sectas creadas a
imagen y semejanza de sus progenitores. El MAI también define la reconstrucción
de la vanguardia como «teórica e ideológica» y consiste en una
supuesta «hegemonía» dentro de la vanguardia (?) que se llena de
tópicos tales como «investigación», «estudio»,
«conocimiento», «necesidades teóricas»,
«reconstitución ideológica» o «formación de cuadros
revolucionarios»
, en fin, un rollo verdaderamente infumable, típico de
esta secta.
Ellos mismos
resumen muy bien su idealismo metafísico en el binomio «teoría
revolucionaria»
y «su plasmación práctica». Debe ser otra
novedad propia del nuevo ciclo porque Lenin defendió todo lo contrario:
«La doctrina de Marx es un resumen de la experiencia» (El Estado y la
revolución
) o, por decirlo de otra manera, de la práctica, del movimiento y de
la lucha. «Una acertada teoría revolucionaria -escribió también Lenin-
sólo se forma de manera definitiva en estrecha conexión con la experiencia
práctica de un movimiento verdaderamente de masas y verdaderamente
revolucionario»
(El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo). Pero
al MAI no le hables de marxismo porque se ponen intratables con todo lo que
suene a «práctica», «experiencia», «movimiento» y
«masas».
Una ideología propia de compadres
En una peculiar
taxonomía del movimiento comunista, el MAI clasifica y subclasifica de modo
escolar y escolástico a un sinfín de «vanguardias teóricas», algunas
de ellas reconocidamente ajenas al marxismo-leninismo, como por ejemplo, los
«comunistas de izquierda» o los anarquistas.
No debería
sorprender que esta secta incluya dentro de su peculiar «vanguardia
teórica»
, en un mismo plano, tanto a los comunistas como a los
oportunistas. Lo necesitan para integrar «dentro» del movimiento
comunista a corrientes que están fuera de él, para luego introducir de matute
la famosa «lucha de líneas», que consideran como el motor de la
reconstrucción del partido comunista.
Pero aunque el MAI
indica -vagamente- lo que puede ser su «vanguardia teórica no
marxista-leninista»
, no nos dice lo que nos debería decir: dónde está la
vanguardia que si es marxista-leninista. ¿Lo serán ellos? Si no sabemos quiénes
son marxistas-leninistas, ¿como diferenciarlos de los que no lo son?
La «lucha de
líneas»
es el motor de la reconstrucción del partido comunista, según el
MAI: «La reconstitución ideológica del comunismo significa que el
marxismo-leninismo recupere su posición hegemónica entre la vanguardia
teórica»
. Dentro de ella, y no fuera, el trabajo de los
marxistas-leninistas debe ir dirigido a los «comunistas de
izquierda»
, anarquistas y similares para «conquistarles» para el
marxismo-leninismo. Lo mismo que los misioneros cristianos convierten a los
infieles, el MAI también aspira a convertir a los infieles del
marxismo-leninismo con sus catequesis, que ellos llaman «lucha de líneas».
No nos explican
cómo ha sido posible que esos infieles hayan persistido en sus respectivas
infidelidades durante tanto tiempo. ¿Cómo es posible que el MAI logre ahora lo
que no lograron Marx y Engels con Proudhon hace un siglo y medio? Si los
innegables encantos de Lenin no lograron «conquistar» a los
izquierdistas en su época, ¿es posible que el MAI, cuyos encantos no están tan
claros, logre eso mismo ahora? Para explicar esa posibilidad -una innovación
propia del agotamiento del ciclo de octubre- hay que recurrir otra vez a la
varita mágica que ha aparecido últimamente dentro del movimiento comunista, la
«lucha de líneas», un perfume subyugante al que ningún
marxista-leninista auténtico se puede resistir.
Hasta ahora los
marxistas-leninistas habían creído que un partido comunista se construye, se
reconstruye y se fortalece en lucha contra las tendencias oportunistas que hay
dentro («un partido se fortalece depurándose») y fuera de él mismo
(«para combatir al imperialismo hay que luchar contra el oportunismo»).
Pero estaban equivocados, o sea que los equivocados no eran los oportunistas
sino los comunistas, que desde su mismo origen han estado luchando contra
ellos. Afortunadamente ha llegado el MAI para poner las cosas en su sitio;
durante el ciclo de octubre los comunistas volvieron el calcetín del revés:
para reconstruir un auténtico partido comunista hay que arrojarse en los brazos
del oportunismo: «Para que el conjunto del movimiento antiimperialista
converja en la lucha por el Comunismo, es necesaria la interrelación del
marxismo-leninismo con el resto de las corrientes teóricas que influyen sobre
el proletariado, mediante la lucha de dos líneas, proceso en el cual el
marxismo-leninismo las destruye asimilándolas, las supera incluyéndolas»

(Stalin, Del marxismo al revisionismo).
Este el programa de
esta secta sincrética que aspira a «incluir» a corrientes
«teóricas», como el anarquismo, por ejemplo, u otras que
«influyen» -no importa si bien o mal- sobre el proletariado, dentro
del movimiento comunista porque de esa manera, mediante la
«interrelación», es como se destruyen. Ahora que el ciclo de octubre
se ha agotado, el MAI se ha dado cuenta de que Marx y Engels eran unos ineptos.
Se «interrelacionaron» muy mal con Bakunin en la Primera Internacional;
se equivocaron, no supieron «incluirle» ni «asimilarle» ni
«superarle» sino que le expulsaron y por eso el anarquismo sigue sin
haber sido destruido.
El cambio de ciclo
tiene que rectificar todos estos errores de Marx, Engels y Lenin. Tirad sus
impíos libros a la hoguera, arrepentíos, confesad vuestros pecados y estad muy
atentos a los futuros misales y devocionarios que publique el MAI en su Santa
Sede. Amén.

Las formas de dominación del Estado burgués (X)

Juan Manuel Olarieta

La teoría de la democracia como instrumento


De la errónea concepción de la neutralidad del Estado burgués, los revisionistas deducen una concepción instrumental, también errónea, de la democracia que, en definitiva, conduce a propugnar un cambio «desde dentro» o una posible transición pacífica o legal al socialismo. Algunos suavizan este programa diciendo que su propuesta de «utilización» del Estado burgués es puramente «táctica» pero que su estrategia es la contraria: realmente quieren acabar con él formando parte de él.

Al mismo tiempo, por los mismos motivos que los revisionistas, los izquierdistas llaman a luchar contra la «democracia burguesa» e incluso contra cualquier programa democrático. Hace años en un centro okupado en los alrededores de Madrid, alguien colgó una pancarta que decía: «¡Abajo la democracia!» y recientemente un lamentable artículo de «Kaos en la Red» titulaba: «La democracia burguesa es un peligro para la humanidad» (28).

La formulación de cualquier programa político en esos términos expresa una coincidencia de ambos, revisionistas e izquierdistas, con el discurso dominante de la burguesía según el cual el Estado («su» Estado) es democrático, hasta el punto de que la democracia se suele confundir con una clase (la burguesía) y con un modo de producción (el capitalismo). Esas nociones han llegado a convertirse en sinónimas, creando la ilusión de que la lucha contra la burguesía, contra el Estado burgués y contra el capitalismo no defiende la democracia sino que se opone a ella, es decir, que es antidemocrática. Es un gravísimo error que no se opone sino que se suma al de los reformistas y su supuesta «utilización» de la democracia.

La experiencia histórica ha demostrado sobradamente que el Estado burgués es beligerante y no le permite al proletariado acceder al poder por las vías legalmente establecidas, ni tampoco la ejecución desde el gobierno de ningún tipo de políticas socialistas características, tales como la expropiación de los monopolios, los bancos y la tierra, o la planificación económica. En este punto se hace necesario volver a insistir y reiterar:

a) que el apoyo de la burguesía a los manejos reformistas no se debe confundir con el socialismo porque su objetivo es el opuesto: apuntalar el capitalismo

b) que es una ilusión imaginar que las conquistas que el movimiento obrero logra alcanzar bajo el capitalismo confirman la posibilidad de acceder al socialismo por medios pacíficos, legales o mediante la sustitución de un gobierno por otro

c) que el Estado burgués sea beligerante no justifica por sí mismo el abstencionismo político o electoral propugnado con carácter sistemático

La revolución socialista no consiste en la «toma del poder político», como a veces se dice de manera imprecisa. Tras la experiencia de la Comuna de París, Marx concluyó que «la clase obrera no puede limitarse simplemente a tomar posesión de la máquina del Estado tal y como está y servirse de ella para sus propios fines» (29). Por el contrario, debe destruir el Estado burgués, lo cual es consecuencia obligada de su naturaleza de clase. En cada país el Estado burgués se ha configurado históricamente para que una clase minoritaria, la burguesía, aplaste a la mayoría, el proletariado. Ese proceso también es irreversible: no se puede «utilizar» ese Estado en la dirección inversa. Con el transcurso del tiempo esa imposibilidad instrumental se ha acentuado de manera que, en la mayor parte de los países, hoy el proletariado no puede esperar gran cosa de un simple cambio de gobierno, ni de instituciones, ni de leyes. Antaño esos cambios podían ser importantes, e incluso se les pudo calificar de revolucionarios en cierta medida, pero hoy son prácticamente irrelevantes.

En su revolución el proletariado, pues, cumple dos funciones al mismo tiempo: destruye un Estado y construye otro distinto. La experiencia demuestra, además, que esa tarea no ha sido, ni será en el futuro, pacífica porque es consecuencia inevitable de la lucha de clases, que en el siglo XIX se llamó también «guerra de clases» porque en última instancia, tarde o temprano, conducía a un enfrentamiento militar. La revolución desencadena una contrarrevolución y la burguesía opone una resistencia violenta a los cambios, recurriendo a las peores formas represivas, tanto en el momento anterior como en el posterior a la revolución. Ahora bien, que no sea pacífica no quiere decir que la revolución socialista sólo pueda ser violenta, una guerra permanente, sino que es ambas cosas al mismo tiempo.

La experiencia también demuestra que la revolución socialista no ha sido posible nunca a través de las vías legales y el transcurso del tiempo lo que pone de manifiesto a cada paso es que todas las modificaciones de la legalidad conducen a impedir la organización y la actuación abierta del proletariado, es decir, a impedir el ejercicio de sus derechos y, por lo tanto, al fascismo. La burguesía aprende más, mejor y más rápidamente que el proletariado y después de 1917 no se ha vuelto a dejar sorprender por una acumulación acelerada de fuerzas por parte del proletariado. Las nuevas medidas que ha introducido en el funcionamiento de su Estado a partir de 1945 siguen a ultranza esa política punitiva.

En los países adelantados, la burguesía ha pasado de la represión a la prevención; para evitar futuras medidas traumáticas, el Estado se ve forzado a tomar la iniciativa para impedir que el proletariado se organice bajo su paraguas de manera legal, gradual y pacífica. Los Estados imperalistas han convertido en permanente el estado de excepción, cerrando progresivamente todos los cauces legales y convirtiendo en delitos lo que antes eran derechos. Hoy la legalidad es un cepo que sólo atrapa a los ratones más inofensivos.

Pero no se trata sólo de medidas legales ni institucionales, sino también políticas y sociales. Hace tiempo que las universidades norteamericanas han inventado la «ingeniería social» con el fin de asegurar la «gobernabilidad» de un capitalismo que se hunde irremisblemente. Los medios implementados van desde la intoxicación propagandística hasta el empleo del reformismo, de toda esa constelación variopinta de grupos sin los cuales la burguesía no podría camuflar la esencia de su sistema de dominación. Lo que traviste al fascismo moderno no son las payasadas electorales periódicas sino esas decenas de figurantes que se presentan a ellas, poseídos por el «cretinismo parlamentario» (30). La retórica reformista se excusa con el llamamiento a «aprovechar» ciertos espacios de libertad y la supuesta existencia de unas «posibilidades» de llegar a un auditorio amplio que, finalmente, acaban en una apología sistemática de la legalidad fascista. Ni siquiera la burguesía se muestra tan entusiasta de su propia legalidad. Los reformistas no «utilizan» las elecciones sino que las elecciones les utilizan a ellos. No es, pues, una «utilización» inútil.

La burguesía no se despista; reconoce claramente a sus amigos de sus enemigos. Por eso la política contrainsurgente de su Estado es discriminatoria; mientras por un lado promueve toda esa constelación de grupos oportunistas que se mueven (e incluso protestan) en la legalidad, por el otro persigue, reprime y encarcela a los verdaderos revolucionarios.

El recurso a la violencia para lograr la revolución socialista no depende del proletariado. Sus medios de accción son fundamentalmente reactivos. Una correlación de fuerzas desfavorable le obliga a actuar en las condiciones impuestas por la burguesía. Si las mismas son de legalidad, el proletariado debe triunfar, y si son de clandestinidad, también debe triunfar. Para ello debe aprender a luchar en cualquier clase de situaciones que la burguesía imponga. El planteamiento dicotómico de las formas de organización y actuación es, pues, absurdo: «La socialdemocracia -decía Lenin- no se ata las manos, no circunscribe sus actividades a un plan o a un procedimiento cualesquiera de lucha política concebidos de antemano: admite todos los medios de lucha con tal de que correspondan a las fuerzas efectivas del partido y permitan lograr los mayores resultados posibles en unas condiciones dadas» (31).

Desde los tiempos de Lenin lo que se ha acentuado es el recurso de la burguesía al fascismo, por lo que en todo el mundo las formas de acción y organización del proletariado van adquiriendo progresivamente un carácter predominantemente clandestino y violento. La galopante crisis del capitalismo acelerará ese proceso aún más.

Notas:

(28) Ricardo Ferré: La democracia burguesa es un peligro para la humanidad, http://www.kaosenlared.net/america-latina/item/36698-la-democracia-burguesa-es-un-peligro-para-la-humanidad.html
(29) Marx, Manifiesto del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores sobre la guerra civil en Francia en 1871, Obras Escogidas, tomo I, pg.539.
(30) Marx, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Barcelona, 1971, pgs.105 y 133.
(31) Lenin, Tareas urgentes de nuestro movimiento, Obras Escogidas, tomo I, pg.114.

A perro flaco, todo son pulgas. La crisis política del régimen

«Se puede asegurar que vivimos en medio
de una crisis pol
ítica
permanente que no puede encontrar soluci
ón dentro de este régimen o que sólo podrá desaparecer con el régimen que la ha generado. Este es el
verdadero «estado de la Naci
ón», el estado natural del régimen creado por Franco y heredado por
el rey y
toda su corte
(…).
»
«La crisis política es una clara manifes­tación de «anormalidad», de
enfermedad de la sociedad burguesa, y m
ás si se hace crónica, lo que corresponde indudable­mente
al proceso interno de descomposi­ci
ón o putrefacción que arranca desde su misma raíz, de sus relaciones económicas y que se extiende por todo el
cuerpo social hasta alcanzar su cabeza, al Estado y a su «conciencia jur
ídica». Es entonces cuando comienza
a apestar.
»1.


La debilidad del régimen, su crisis polí­tica tiene, efectivamente, un carácter cró­nico
y tambi
én
estructural, que abarca a todo el aparato institucional del Estado, a su
sistema de partidos, a su organizaci
ón
territorial, a su jefatura, etc… El repunte de la crisis econ
ómica ha contribuido, por otra parte, a que todo esto
se haga m
ás
visible, m
ás
evidente. Ya se sabe, «a perro flaco, todo son pulgas».

El colapso de la monarquía borbónica
La propia monarquía está
colapsando. Es, de hecho, el eslab
ón
m
ás
d
ébil
del r
é­gimen.
Al hecho de ser una monarqu
ía
im­puesta por uno de los dictadores fascistas
más sanguinario, terrorista y genocida de Europa, se
suma el anacronismo hist
órico
de la instituci
ón
mon
árquica
y su car
ác­ter
parasitario y absolutamente corrupto, como lo atestiguan los 1600 millones de
euros de fortuna personal que varios me­dios internacionales le atribuyen al
Bob
ón,
por no hablar del resto de corruptelas a que parecen ser tan aficionados los
miem­bros de la familia real.
En momentos en que millones de tra­bajadores
de este pa
ís
se encuentran al borde de la indigencia (cuando no sumi­dos totalmente en
ella), sufriendo recortes de todo tipo, viendo abolidos los pocos derechos con
que cont
ábamos,
esta ins­tituci
ón
se hace especialmente odiosa y especialmente insostenible.
Una parte de la oligarquía financiera española contempla la «opción republica­na» (una república tan antidemocrática como la monarquía actual) para cuando las cosas se pongan feas. Son
cons­cientes de la significaci
ón
emocional que para los trabajadores tiene la rep
ública y creen poder valerse de esta reivindicación para «calmar los ánimos» cuando éstos se encuentren demasiado encrespados. De aquí que sea una parte de la prensa más negra y reaccionaria, como los fascistas de
«El Mundo», los encargados de publicitar esa «opci
ón republicana» que, cier­tamente, podría contribuir a mitigar tem­poralmente el conflicto
social y pol
ítico
en un momento determinado. Sin embargo,
no todos los sectores del régimen con­templan esa posibilidad, especialmente el
Ej
ército
(«garante de la Constituci
ón
mo­narca-fascista»), entre otras cosas porque no tendr
ía un efecto duradero, al contra­rio, abrirla una
brecha en el r
égimen
que no haría m
ás
que profundizarse.

La farsa parlamentaria también se desmorona
Pero el problema con que se encuentra el
Estado no es que la monarqu
ía
sea un eslab
ón
d
ébil,
sino que el con­junto del sistema es toda una cadena devorada por la herrumbre.
Los llama­dos grandes partidos, en su alternancia a la hora de machacamos, han
ca
ído
en el m
ás
absoluto descr
édito.
El «partido de la abstenci
ó
es siempre el vence­dor en todos y cada uno de los procesos electorales. El
despego de los trabajadores hacia estos grandes partidos ha sido siempre
mayoritario. Y, en estos momentos, es un despego que ya em­piezan a compartir
aquellos que, en su ingenuidad, creían que las farsas elec­torales serv
ían para algo. Las medidas anti-obreras, la represión, los recortes de derechos, los innumerables casos
de corrupci
ón
pol
ítica
que salen a la luz un d
ía
sí y otro tambi
én,
est
án
dejando a los «partidos de gobierno» en una situa­ci
ón muy precaria.
Lo sucedido en Grecia podría repetirse aquí. Tanto los «socialdemócratas» como los conservadores -la pata
izquierda y la derecha del r
égimen-
se desplomaron en la pen
últimas
elecciones, y fue necesario dar un pucherazo, orquestado por los cen­tros de
poder de la (des)Uni
ón
Europea,
para volver a poner las cosas en
su sit
io.
Que los dos grandes partidos que en nuestro pa
ís se han venido alternando en el gobierno se vengan
abajo, es una bue­na noticia. Significar
ía que la crisis políti­ca está
avanzando en su met
ástasis.
El
desmoronamiento del bipartidismo
y,
parlamenta­rio, es decir, del sistema de partidos
que sustenta el r
égimen
monarco-fascista, constituir
á
otro paso muy importante en el camino de la transformaci
ón social, políti­ca y económica.
El gobierno Rajoy va camino de ser el más breve de las últimas tres décadas. Y a la caída del gobierno Rajoy le podría su­ceder un gobierno de «concentración na­cional», encabezado por el PP y el PSOE.
Esto contribuir
á
a un mayor descr
édito
de estos partidos o de los que jugaran el pa­pel de «oposici
ón», como los neofascistas de UPyD o los
babosillos de IU (a los que no cabe calificar sino de palmeros del bi-partidismo).
Un gobierno de este tipo nos situar
ía
ya en un contexto, no de fascismo m
ás
o menos encubierto, como el que he­mos padecido hasta ahora, sino que las m
áscaras caerían definitivamente y nos enfrentaríamos a un fascismo a cara de perro, dispuesto
a defender el decr
épito
sistema capitalista con todos los medios a su alcance, a cual m
ás terrorista.

El fascismo abierto: ¿solución o problema?
La represión política
va a aumentar (lo est
á
haciendo ya) hasta niveles que a la mayor
ía de los trabajadores les pueden resultar
impensables en pleno siglo
XXI. Esta represión, en forma de apaleamien­tos de manifestantes, de
tortura, persecu­ci
ón
pol
ítica,
encarcelamientos, asesinatos por parte de la polic
ía o grupos parapoliciales o, incluso,
desapariciones, ha estado siempre presente, en un grado o en otro, a lo largo
de las
últimas
tres d
écadas.
Pero ocurr
ía
que este tipo de medidas s
ólo
se aplicaban de forma m
ás
o menos quir
úrgi­ca
a determinadas expresiones del movimiento obrero y
popular del Estado espa
ñol
(a nuestro Partido, a la izquierda abertzale, a las organizaciones de
solidaridad con los presos pol
íticos,
a las organizaciones
guerrilleras…).
Podr
íamos
hablar del caso de Jon Anza, de Juan Carlos Delgado de Codes, Francisco Javier
E
izaguirre
y tan­t
ísimos
otros. Esta represi
ón
va a dejar de ser tan quir
úrgica;
sin duda, se va a generalizar. Y debemos estar
preparados para afrontar una situaci
ón
de este tipo.
Sin embargo, una vez que el régimen tome esta vía con todas las consecuencias, su crisis política alcanzaría un punto en que se tornaría ya terminal, a falta de que se dieran otros
factores, como lo es la organizaci
ón
de un movimiento obrero y popular que estuviera en disposici
ón de dar un vuelco a la situación, lo que des­de luego no va a ser, en el corto y
medio plazo, una tarea f
ácil,
teniendo en cuenta que la organizaci
ón
de este movimiento va a tener que acometerse en unas con­diciones que, por un
lado, van a ser muy favorables, por cuanto los trabajadores son cada vez m
ás conscientes de cuáles son las causas de los males que pade­cemos y de
cu
áles
son las soluciones a los mismos, pero tambi
én, por otro lado, muy complicadas debido a los
niveles de represi
ón
a los que aludimos.
Aunque no debemos olvidar que, como se
apuntaba en el ya citado Informe Pol
ítico
de nuestro
IV Congreso,
«el
r
égimen
ya no puede evitar que los mismos medios b
ár­baros, terroristas, que utiliza para
combatir al movimiento revolucionario acaben m
ás tarde o más temprano volviéndose contra él. Ya no vivimos en los tiempos
tenebrosos en que pod
ían
ocultar y quedar completa­mente impunes todos los cr
ímenes, atrope­llos y abusos del poder». Todas
las medi­das represivas que pueda ejecutar, van a
obstaculizar durante un tiempo el avance
del movimiento obrero y popular, pueden frenar moment
áneamente el proceso de transformación política,
social y econ
ómica
en que estamos inmersos; pero no podr
án abortarlo de ningún modo y, en última ins­tancia, ganarán para la causa revoluciona­ria a más y más
sectores del pueblo. Es decir, la v
ía
del regreso a los or
ígenes
se presenta como la
única
salida posible para el r
égimen,
pero es una salida que conduce a una situaci
ón aún
peor, infinitamente m
ás
peligrosa para su supervivencia.

El barco se hunde. Sálvese quien pueda.
Y por enésima vez vuelve a ponerse en tela de juicio la
sacrosanta unidad de la patria espa
ñola.
Espa
ña
es una c
árcel
de pueblos y, en un momento como el actual, las tendencias soberanistas van a
cobrar nuevos br
íos
en las nacionalidades del Estado.
¿Quién quiere permanecer en un barco que se hunde sin
remisi
ón?
Ya es una consigna común entre diversos sectores nacionalistas la de que la
salida de la crisis para las nacionalidades pasa por la realizaci
ón de su independen­cia. Es una consigna que, por lo
dem
ás,
es totalmente falaz, a no ser que esas na­cionalidades pretendan, junto con la
con­secuci
ón
de la independencia, trasladarse a alg
ún otro planeta de la Vía Láctea
que no sea
éste
en el que habitamos, en el que la crisis del sistema capitalista est
á presente hasta en la última aldea de la Melanesia. No obstante, es una
consigna que puede calar en amplios sectores sociales de esas nacionalidades y
puede tambi
én
tener como consecuencia no s
ólo
la tentativa de separación, sino la materia­lización de la misma, lo que también pue­de verse facilitado por el agravamiento de las
contradicciones interimperialistas y la posibilidad de que Espa
ña se convierta en territorio a repartir en función del de­sarrollo de esas contradicciones entre las
grandes potencias imperialistas.
Nuestro Partido siempre ha hablado del
peligro de balcanizaci
ón
del Estado espa
ñol.
Este peligro persiste. Y no s
ólo
persiste: puede cobrar nuevos br
íos
en una situaci
ón
en la que el Estado no es que no sea capaz de impedir la soberan
ía de las nacionalidades a las que oprime desde hace
siglos, sino que parece ser to­talmente incapaz de conservar su propia soberan
ía en tanto que Estado.
De un tiempo a esta parte, es un lugar
com
ún
decir que el poder de decisi
ón
so­bre lo que ocurre en esto que llamamos Espa
ña se encuentra cada vez menos en Madrid y más en ciudades como Berlín o Washington. En ocasiones, hay una cierta
exageraci
ón
en estas afirmaciones. Pero hay no poca verdad en ellas. Y esto tie­ne unas consecuencias
muy importantes de cara a la cuesti
ón
territorial:
¿cómo va a poder el Estado español contener las tendencias soberanistas de las nacio­nalidades
cuando
él
mismo se muestra incapaz de mantener el tipo en el
ámbito internacional, siendo en este terreno prác­ticamente un guiñapo al que todo dios vapulea?
Por otra parte, ya lo hemos dicho muchas
veces, desde el punto de vista de la lucha revolucionaria, no podemos sino
alegrarnos de que al Estado se le multipliquen los problemas. Cuanto m
ás débil
se encuentre, m
ás
sencillo resultar
á derrocarlo.
Además, los comunistas somos firmes defensores del
derecho d
e
autodetermi­naci
ón
de las nacionalidades oprimidas y, por lo tanto, no tene­mos el menor reparo, y
tampoco hay la menor contradicci
ón
en re­laci
ón
a los principios que defendemos, en apoyar los procesos de liberaci
ón nacional que se puedan producir y concretar al
calor de un contexto como el ac­tual. Aunque tambi
én decimos que los pro­blemas de los trabajadores de
cualquier nacionalidad no se van a resolver con la creaci
ón de este o el otro nuevo Estado, sino únicamente sobre la base de la des­trucción del capitalismo y de la revolución socialista.

Algo más sobre la cuestión de la soberanía.
La pérdida de soberanía del Estado es­pañol, y su supeditación cada vez mayor a los designios marcados por las
grandes potencias imperialistas es un hecho.
¿A qué
se debe este proceso?
¿Cuáles son sus causas?
España siempre ha sido un país capitalista de segunda o casi de tercera fila, lo
que ha venido determinado por su particular desarrollo                           (o subdesarrollo) his­t
órico, político,
econ
ómico,
cultural… Es
algo
completamente natural que, en un contexto de agudizaci
ón de la crisis capi­talista, un país de estas características se vea en la obligación de agachar el hocico y plegarse a lo que
decidan los que s
í
tie­nen poder (econ
ómico,
militar, etc.) en la arena internacional
Pero en esta cues­tión de la pérdida
de soberan
ía,
cuando se parte de posiciones revolucionarias o con­secuentemente pro­gresistas,
hay que hilar muy fino, si no se quie­re caer en el melifluo chovinismo que, a
ve­ces, se nos cuela por la puerta de atr
ás sin que nos apercibamos de ello. Este riesgo exis­te
y ya hay quienes pretenden hacer de la recuperaci
ón de la soberanía el caballo de batalla del momento. Nos referimos a
IU y a no pocos sectores que forman eso que hemos dado en llamar el
«reformismo ra­dical».
Éste
es un camino peligroso, en el que el riesgo de desorientarse y desbarrar es muy
grande.
Lo primero que debemos tener claro
es que los trabajadores, por el hecho de malvivir en una sociedad capitalista,
ca­recemos de cualquier soberan
ía.
Ésta
la ostenta la clase burguesa, la clase de los explotadores, que son los que
manejan las riendas del Estado. Por lo tanto, no­sotros no podemos perder lo
que no tene­mos, por mucho que manden en Bruselas por muy poco que mande
Madrid.
Quien está perdiendo soberanía es la oligarquía financiera española y su Estado, y los trabajadores no podemos sino
alegrarnos de que esto sea as
í.
Estamos hablando en este art
ículo
de la crisis pol
ítica
del r
égimen;
pues bien,
ésta
es otra manifestaci
ón
de esa crisis: no s
ólo
se encuentra corro
ído
por las mil y una contradicciones que arrastra desde su nacimiento, sino que ya
no es capaz de mandar ni en su propia casa y son otros los que le dictan gran
parte de las medi­das que debe aplicar.
Lo que las organizaciones revolucionarias
y los movimientos democr
áticos
y populares no podemos hacer bajo ning
ún concepto es convertirnos a estas alturas de la película en defensores de la sobera­nía del Estado burgués y de su régimen, como están haciendo ciertos grupos que incluso se
autodenominan marxistas. Cuanta m
ás
soberan
ía
pierda, mejor, por­que m
ás
clara ver
án
los trabajadores y los sectores populares la necesidad de derrocar un Estado
que carece de todo margen de maniobra y que s
ólo se dedica a aplicar las medidas que otros le impo­nen,
haci
éndolo,
adem
ás,
de la
única
manera que sabe y puede hacerlo: a golpe de porra y de terrorismo de Estado.
Por supuesto que los revolucionarios
defendemos la soberan
ía
de los pueblos; pero eso, la soberan
ía
de los pueblos y, m
ás
concretamente, la de la clase obrera y del resto de los trabajadores, no la so­beran
ía de cuatro parásitos explotadores. Y la soberanía de los pueblos, sólo puede materializarse con el derrocamiento de los
Estados burgueses, sean
éstos
mucho,
poco o nada soberanos, con la toma
del poder pol
ítico
por parte de la clase obrera en alianza con otros sectores populares. De aqu
í que haya que andarse con pies de plomo cuando
hablamos de esta sobe­rana cuesti
ón. Hay que utilizarla sin duda en la agitación y en la propaganda, para poner de manifiesto que
el Estado espa­
ñol
no es ni tan siquiera el famoso gigante con los pies de barro de Mao, sino
apenas un mu
ñeco
de trapo lleno de remiendos con el que juega el susodicho gigante; pero
teniendo muy claro en qu
é
medida se deben y se pueden utilizar y con qu
é sen­tido ciertas consignas o planteamientos.

El desmoronamiento de la ideología burguesa y la necesidad del Partido.
Al final, toda esta cuestión que estamos tratando aquí nos conduce a una conclu­sión muy simple: la ideología burguesa se está desmoronando, están cayendo los mitos en que ésta se sustenta: el pretendido carácter democrático del Estado burgués, la sociedad de consumo, el estado de bien­estar y
los mitos particulares de la ideolo­g
ía burguesa made in Spain: la transición modélica,
la monarqu
ía
como garante de la democracia y otras tonter
ías similares.
El Estado burgués se muestra como lo que es. Marx y Engels ya lo
definieron hace muchos a
ños
como el consejo de administraci
ón
del capitalismo o, en su dimensi
ón
represiva, como una banda de hombres armados al servicio del capital. En cuanto
a la sociedad de consumo, cada vez m
ás
sectores sociales est
án
siendo excluidos de la misma. La m
áxima
capitalista de «consume y no pienses» ya
no surte ningún efecto. Falta un elemento de la ecuación: si a los trabajadores ya no les está permitido consumir porque care­cen de medios para
hacerlo, ya s
ólo
les queda pensar y actuar en consecuencia.
Y ahí se le complican mucho las cosas al
capitalismo.
¿Y
qu
é
decir del Estado de bienestar? Lo est
án desmontando piedra a piedra. Y, al hacerlo, el
capitalismo se est
á
privando de un colch
ón
fundamental con el que contener el conflicto social
¿Pero pueden todas estas circunstan­cias conducirnos
a una situaci
ón
revolucio­naria por s
í
mismas, espont
áneamente?
Es evidente que no. Hace falta la organiza­ci
ón que, a partir de esas circunstancias, nos conduzca
a la situaci
ón
revolucionaria.
Y esta organización, como no puede ser de otro modo, es el Partido
Comunista, es de­cir, nosotros, los cuatro gatos y un tambor que estamos empe
ñados en que en este país se dé
nada m
ás
y nada menos que una revoluci
ón
socialista. Sin la labor del Partido, no hay ni revoluci
ón ni cambio posible. ¿Quién
va a llevar a cabo ese cambio o esa revolu­ci
ón? ¿Un
movimiento espont
áneo,
sin un claro programa revolu­cionario?
¿Ese batibu­rrillo de grupos seudo comunistas que
pulu­lan por ahí, a cual m
ás
confuso, oportunista y desorientado?
Sólo
nuestro Partido puede transformar la crisis econ
ómica, social, política e ideoló­gica en una crisis revolucionaria. Aunque, para
llegar a esto, antes debemos resolver no pocas cuestiones, como lo es la reorganizaci
ón del Partido en todos los planos, la reconstrucción de sus organismos, la formación de los nuevos militantes, la cap­tación de otros muchos que, literalmente, y no es ninguna
fanfarronada, est
án
es­perando a que les demos la oportunidad de trabajar con nosotros (y debemos
bus­car los medios de llegar a ellos). Y
ésta, ciertamente, es la tarea del momento. Sin
embargo, toda esta situaci
ón
por la que es­tamos atravesando va a facilitamos mucho el trabajo, siempre,
claro, que no come­tamos m
ás
imprudencias y errores de los estrictamente inevitables.

(1) M. P. M. (Arenas): Informe Político al IV Congreso.

Los caminos de la revolución en Italia. De los años 70 en adelante (parte 2)

2. Los años 60: el surgimiento de una nueva clase obrera.
En Italia 1968 más bien fue…1969. Porque aunque en 1968 se vio la eclosión del movimiento estudiantil y durante los años 60 se dieron muchas luchas obreras de nuevo tipo, de un nuevo ciclo, en sobre todo en 1969 cuando se vive un hito general, una explosión social colectiva.
La primavera de 1969 está marcada por un gran ciclo de huelgas salvajes, que se van a extender como mancha de aceite por todas la fábricas FIAT (cuya mitad estaba prácticamente concentrada en el área metropolitana de Turín.; alrededor de 120.000 asalariados. Huelgas que son mas bien una especie de revuelta violenta contra la brutalidad de la condición obrera, del “obrero-masa”, producto del equilibrio de fuerzas de la posguerra –continuación de la derrota del movimiento partisano y de las tensiones revolucionarias- y por tanto de la aplicación masiva del modelo taylorista-fordista. En realidad, la esclavitud en cadena.
Durante los años 50 y 60 este proceso está acompañado por un enorme movimiento de urbanización en torno a los cuatro polos industriales del norte: Turín, Milán, Génova y Venecia-Marghera. Millones de italianos e italianas del Sur y otras regiones pobres sufrieron el desarraigo y fueron amontonados en los guetos metropolitanos. Fueron unos movimientos de la misma amplitud y con las mismas implicaciones socioculturales que las actuales inmigraciones del Sur del globo.
Y esto no hizo más que reforzar la carga explosiva de las huelgas que vendrían. Lo mismo que el fenómeno de la escolarización masiva, que pondrá en movimiento masas de jóvenes inmigrados, y no solamente los estudiantes clásicos. Recordemos a propósito que una de las cunas fundamentales de la lucha armada ha sido la Universidad de Trento, con su Facultad de Sociología entonces inaugurada, punta de lanza de las nuevas disciplinas y de la apertura al mundo por un lado, y por otro lado facultad mucho mas popular que las otras, los matriculados procedían de las filas de esta nueva escolarización de masas. Fue un importante lugar de iniciativa y debate, y del que emergieron numerosos futuros dirigentes de organizaciones y principalmente el núcleo que, con los primeros militantes obreros de Milán y de Emilia, formaron las Brigadas Rojas en 1970. Igualmente, desde principios de los años sesenta, los nuevos militantes que se separaban del Partido Comunista revisionista, tuvieron también sus experiencias privilegiando un enfoque “sociológico” de la nueva clase obrera, intentando comprender la nueva composición de clase, las tendencias susceptibles de insuflar fuerza a la marcha de la clase obrera.
Esta fue la rica experiencia y la producción teórico-práctica de algunas revistas como Quaderni Rossi, La Classe, Quaderni Piacentini. Este crisol, con una corriente más clásica del marxismo-leninismo (llevando la batalla contra el revisionismo moderno del PCI), generará las experiencias político-organizacionales de 1968 y 1969.
Volviendo al desarrollo de los acontecimientos, desde julio de 1960 comenzaba a hacerse notar la expresión de una clase obrera joven, procedente de la emigración, menos marcada por las derrotas de la posguerra, no ligada a la antigua cultura obrera del trabajo y portadora de un espíritu de revuelta contra la bestialidad de las cadenas de montaje y el despotismo de fábrica (y el social, la policía), portadora de una actitud agresiva respecto a la apropiación del producto social. El taylorismo-fordismo había producido un resultado de clase muy bueno: había empujado a fondo la transformación del trabajo como “trabajo abstracto”, haciendo cruel y evidente la realidad del trabajo alienado, degradado. Había producido un proletario extremadamente denso y homogéneo que, cotidianamente, sufría toda la violencia de un sistema que le deshumaniza, lo transforma en un apéndice de las máquinas, lo convierte en mercancía. La respuesta obrera será más violenta aún, aumentando en capacidad de rechazo y hostilidad a este sistema, hasta favorecer su producto más lógico: la lucha armada para hacer la revolución, para tomar el poder.
Durante los años sesenta, el estallido puntual de una gran huelga o de disturbios callejeros permitirán también la unión con la base obrera del ciclo precedente, justamente en el primer episodio de julio de 1960, con enfrentamiento particularmente fuertes y victoriosos con los polizontes (que habían matado a numerosos huelguistas y militantes en aquellos años) en Génova y en las demás ciudades obreras próximas, y que tumbaron el intento de colocar en el gobierno a los herederos de Mussolini. En esas ocasiones se reunieron la nueva determinación y la experiencia precedente. Encuentro que, desde luego, fue boicoteado con todas sus fuerzas por el aparato revisionista que comienza en aquella época el juego de la criminalización de los jóvenes extremistas.
Se producirán después, principalmente, los disturbios de Piazza Statuto en Turín, en 1962, tres días de enfrentamientos resultado del asalto obrero a la sede del sindicato amarillo U.I.L. (fundado como otros en Europa con fondos del Plan Marshall) a causa de una grave traición. Y las huelgas violentas de 1967 y 1968, en los polos industriales como el complejo textil de Valdagno o el sector petroquímico de Porto Marghera, ambos en Venecia.
El elemento novedoso, la nueva expresión de clase que se manifiesta en este momento, estallará de manera masiva y generalizada en la primavera de 1969 en la FIAT. Además de la radicalidad de las huelgas salvajes, los primeros desbordamientos violentos (sabotaje de las líneas de montaje, ataque a los jefes-policía) se afirman nuevas formas de organización, espontáneas y mas cercanas a los colectivos de trabajo: es de hecho  una organización de masa en las líneas de producción, en los equipos o en sectores que ponen, en última instancia, al delegado como vanguardia de lucha, reconocido y parte del grupo (rompiendo la legitimidad de la antigua representatividad sindical, mínima y desligada de la producción), hasta llegar a la formación de la Asamblea Autónoma de Obreros y Estudiantes. Es la marcha de los estudiantes a las puertas de las fábricas, organizada por los grupos políticos extraparlamentarios, lo que da lugar a esta Asamblea en donde, a la salida del trabajo, se mezclan obreros y militantes externos para continuar y desarrollar las huelgas salvajes cotidianas. Estas Asambleas autónomas serán una experiencia muy importante, una forma de organización real de la lucha de masas, y un lugar de debate y formación para toda una nueva ola de militantes. Aquí es donde se formarán realmente los grupos más importantes, Lotta Continua y Potere Operaio, como resultado del trabajo innovador de los círculos militantes/intelectuales de los años sesenta (realizado principalmente a la entrada de las fábricas mediante la técnica de la encuesta) y de la capacidad de comprender y referirse a las nuevas expresiones obreras. Alrededor de finales de 1969 nacen sus respectivos periódicos. Las luchas se extenderán hasta julio, culminando en nuevos disturbios en Turín, en relación con el problema del alojamiento: la batalla de Corso Traiano, el 3 de julio de 1969. Una manifestación convocada a la salida de la Fiat Mirafiori, que reúne a millares de proletarios de la fábrica y de los barrios, se transforma en una batalla contra la policía a lo largo del día y de la noche extendiéndose a numerosos barrios de las afueras, y dándose los pasos previos de la intervención organizada de grupos militantes, orientada hacia el desarrollo de la violencia revolucionaria.

El otoño contemplará un nuevo salto al generalizarse a escala nacional, sobre todo en las fábricas pero también entre los obreros agrícolas y algunos otros sectores. Es la renovación del convenio estatal de metalurgia, lo que enciende la hoguera. El Estado está en serias dificultades y la respuesta represiva no está a la altura: habrá cuatro obreros agrícolas muertos (en Battipaglia y Avola, en el sur, así como un policía durante una manifestación obrera en Milán). Pero las verdaderas medidas para retomar el control de la situación serán otras, como la intervención de los aparatos reformistas-revisionistas en el seno de la clase, principalmente a través de la consigna de nombramiento de nuevos delegados y nuevos Consejos de fábrica. Aún considerando que las estructuras existentes estaban completamente desfasadas e inadaptadas a esta explosión proletaria, y que en todo caso era necesario hacer como que se cambiaba algo, las nuevas estructuras eran mucho más consistentes (se pasa de algunos pocos delegados por centenares de asalariados, a un delegado por cada equipo de obreros, de algunas decenas de personas, y adaptados a la nueva realidad de enormes masas de obreros recientemente urbanizados y radicalizados. Durante bastante tiempo estas nuevas estructuras serán reapropiadas por la fuerza desbordante de la Autonomía de Clase, estando obligados los aparatos revisionistas a aflojar las riendas para intentar la recuperación en una fase más calmada. Pero desde el principio se ve su auténtica intención, dado que estos Consejos están en competencia y en contra de las Asambleas autónomas.
Por otro lado, está la repentina aparición del terrorismo de Estado, con la masacre del 12 de diciembre de 1969 (16 muertos en un banco por una bomba indiscriminada). Es el acto inicial de toda una estrategia, muy precisa y diseñada a la sombra de los círculos ocultos del poder (y bajo la influencia de los círculos imperialistas internacionales) y que constituirá una auténtica declaración de guerra de clases. Contrariamente a abundantes prejuicios, el proletariado muy raramente comienza las hostilidades, porque su recorrido de lucha, aún radical, en los procesos revolucionarios no es ni simple ni rápido. La dominación burguesa, por el contrario, está ahora constituida en forma de contrarrevolución preventiva, y conoce y teme intensamente los desarrollos de la lucha de clases.
Estos saltos importantes en la dinámica de luchas obligarán al movimiento de clase a “crecer rápido”. Es entonces cuando el debate en torno a las perspectivas, y principalmente la cuestión política y la cuestión de la violencia revolucionaria tiene lugar, tomando una nueva amplitud. Coincide también con el peso de contexto internacional que ve desarrollarse, en toda su potencia, la ola de luchas de liberación nacional anticolonial, el inmenso prestigio de la guerra popular de Vietnam y de la Revolución en China. Que también alimentan la nueva ola de guerrillas latinoamericanas, fuente de gran inspiración para nosotros al estar un poco a medio camino entre las guerras populares y la realidad de las metrópolis imperialistas.
Es preciso señalar con claridad que el contexto internacional ha tenido más peso que otros factores de influencia, debido a que la dinámica de la Revolución proletaria es internacional, se determina localmente pero en relación con la fase capitalista internacional y en relación a las relaciones globales de fuerza entre las clases.
Es necesario precisar bien esto, en contra de las ideas erróneas que han circulado, tal como la premisa muy italiana de una situación democrática particularmente degradada y bajo la amenaza de una deriva fascistizante, lo que habría legitimado y caracterizado la toma de las armas por el movimiento revolucionario. Esto es falso, y procede de una interpretación al uso de diferentes corrientes de la “disociación”, para aminorar o reducir la importancia ideológico-política de esta vía, su carácter de estrategia, su finalidad de Revolución clasista. No se dio realmente el peligro de un golpe de Estado fascista, sino más bien la maduración de la teoría de la “contrarrevolución preventiva” como forma ya estable y auténtico armazón interno de las sedicente democracias imperialistas.
Todo movimiento de clase o de liberación habría chocado inevitablemente contra esta armadura interna del Estado, más allá de un determinado umbral de lucha y de reivindicación. Ahí se plantearía inevitablemente la cuestión: o recular, renunciar a sus aspiraciones traspasándolas a los gestores reformistas, o aceptar la guerra de clases. Se puede, por otro lado, considerar la persistencia real de una herencia política e ideológica de la Resistencia antifascista, por la gran fuerza que tuvo en Italia, hasta el punto de haber acariciado la posibilidad de su transformación con la toma del poder revolucionario. La crisis revolucionaria dura hasta 1948, cuando Togliatti ordena ásperamente el abandono de esta vía, ante la gravísima crisis que sigue precisamente al atentado que acababa de sufrir. Desde su cama en el hospital ordena a los millares de insurgentes que habían tomado las armas y controlaban importantes localidades obreras (y que empezaban a atacar a la policía y el ejército) detener sus acciones. “Volved a casa”: he ahí la gran traición revisionista, que hundiría las fuerzas de clase, entre ellos los partisanos, en una profunda crisis, facilitando la reacción, la ola revolucionaria.
Los recuerdos de todo eso eran profundos y estaban todavía vivos. Será una “lejana” raíz que contribuirá a un resurgir revolucionario, a su legitimación en el plano de la continuidad histórica, incluso con la transmisión de las armas.
Los motivos de fondo son, por tanto, los reseñados, pertenecientes a la nueva fase internacional, a las nuevas formas de explotación capitalista y de composición de clase.
Más precisamente, los dos primeros movimientos armados –el Grupo 22 de Octubre y los G.A.P., Grupos de Acción Partisana- fueron una mezcla perfecta de nuevas instancias militantes y de recuperación de la herencia partisana. Pero no fueron más que dos meteoros luminosos, consumidos rápidamente. No fue suficiente la determinación  de los nuevos militantes proletarios que se expresaba en ellos a través de  ataques con explosivos contra los capitalistas, financieros, fascistas, la constitución de una radio pirata con algunos momentos brillantes, así como la colaboración del célebre editor G. Feltrinelli que cayó en combate, haciendo una gran contribución publicando y difundiendo gran cantidad de textos internacionales, especialmente los procedentes de América del Sur. Careció de profundidad de análisis y de proyecto.
La verdadera historia comienza en noviembre de 1970: el primer ataque incendiario contra un directivo de Pirelli. Por primera vez aparece una firma: Brigadas Rojas.

¿Es la Unión Europea pacificadora en el sentido de Nobel?

[No estamos de acuerdo en todo lo que dice el artículo]

Horst Meyer

En 2009, muchos se sorprendieron con el otorgamiento
del Premio Nobel de la Paz a Barack Obama, que fuera de sus consignas «Change»
y «Yes, we can» no había aportado gran cosa en ese campo. Tres años más tarde,
los logros del presidente Obama en materia de paz no sobrepasan las de Bush
padre, Bill Clinton y Bush Jr. El presidente Obama no ha puesto fin a ninguna
de las guerras desatadas por George W, Bush. Por el contrario, tuvimos la
brutal intervención de la OTAN en Libia, sin hablar del campo de prisioneros de
la base naval estadounidense de Guantánamo, que no ha sido cerrado, y de la
ocupación de Afganistán e Irak.

Este año, en momentos en que el Premio Nobel de la Paz
es otorgado a una institución supranacional como la Unión Europea, tenemos que
empezar a interrogarnos seriamente sobre el valor de los criterios que se
aplican para la nominación y el otorgamiento de dicho premio.

El Premio Nobel de la Paz correspondiente a 2012 ha
sido concedido a la Unión Europea por su contribución de 60 años al mantenimiento
de la paz en Europa. La difusión de la noticia causó numerosas muestras de
escepticismo e incluso reacciones airadas.

Es indudable que las dos grandes guerras que devastaron
Europa durante la primera mitad del siglo XX dejaron huellas en las mentes.
También es cierto que Europa no ha conocido desde entonces otros conflictos de
aquella envergadura y que se ha establecido en el continente una especie de
reconciliación entre los Estados. Pero es imposible que el Comité Nobel no sepa
que la base de la paz europea es de arena –basta con recordar el derrumbe del
bloque del Este, que ha sido causa de nuevas guerras en Europa.

La actividad guerrerista en los Balcanes

Hoy se sabe con toda certeza que ciertos países
europeos contribuyeron, en los años 1990, a la destrucción de la República de
Yugoslavia. Dos autores, Mira Beham y Jorg Becker, han analizado, en su obra de
investigación Operación Balkan, la influencia de Occidente en la destrucción de
Yugoslavia, así como la manipulación de los medios de prensa orquestada desde
el extranjero. Está demostrado que Occidente contribuyó a provocar la secesión
de las diferentes repúblicas que formaban parte de Yugoslavia y que esos países
utilizaron las dificultades económicas de las regiones yugoslavas, retirando
créditos y aumentado las tasas de interés, para enemistarlas entre sí. Los
resultados son harto conocidos.

La guerra de agresión contra el resto de Yugoslavia,
dirigida por Estados Unidos y con la activa participación de varios Estados
europeos –como Alemania– constituyó una violación del derecho internacional y
fue por lo tanto ilegal. Fue además una demostración de lo que la Unión Europea
y sus países miembros son nuevamente capaces de hacer, a pesar de su promesa de
no comenzar nunca más una guerra.

El caso austriaco, rechazo de la voluntad democrática

Fue en el año 2000 cuando la Unión Europea mostró su
verdadero rostro. Ante la formación en Austria, como resultado de elecciones
democráticas, de una coalición entre el partido burgués OVP y el FPO de Jorg
Haider con vista a la formación de un gobierno, la Unión Europea impuso
sanciones al país, pisoteando así los derechos democráticos de la población
austriaca. El supuesto «modelo de paz de la UE» no tolera la existencia en un
Estado miembro de la Unión Europea de un gobierno que critique a esa entidad.
Un «Consejo de Sabios» tuvo que decidir entonces si podían mantenerse las
sanciones o si había que levantarlas. Y sólo fueron levantadas después de que
Jorg Haider se vio obligado a dimitir. La Unión Europea rompía así fríamente
con el derecho democrático. Pero eso no es todo.

Guerras de agresión violatorias del derecho
internacional ¿Especialidad de la UE?

Casi todos los países de la Unión Europea están
participando en la guerra de Afganistán, que ha durado ya 11 años. Tienen por
lo tanto una vívida experiencia de lo que es una guerra, particularmente brutal
y violatoria del derecho internacional. Al cabo de 11 años de ocupación por
parte de estadounidenses y europeos, la población afgana está viviendo una
pesadilla. Lo que comenzó con la violación del derecho internacional –con el
pretexto de expulsar a los talibanes– se ha convertido en una guerra contra la
población, guerra cuyo final no se vislumbra.

La agresión perpetrada en 2003 contra Irak, invocando
un pretexto totalmente fabricado y absurdo, violando el derecho internacional y
con la participación de países miembros de la Unión Europea en la «coalición de
voluntarios», esencialmente Inglaterra, Polonia, Italia, España, etc., no ha
terminado aún y sigue causando miles de víctimas inocentes. Mientras tanto,
británicos y estadounidenses se han apoderado de las reservas de petróleo.

En 2011, la guerra contra Libia, desatada con el
pretexto de socorrer a la población, estuvo motivada en realidad por la
voluntad de imponer un cambio de régimen para deshacerse de un dirigente
molesto y de apropiarse de las riquezas naturales del país. A la cabeza de esa
agresión se hallaban, junto a Estados Unidos, varios países de la Unión
Europea, específicamente Francia, Inglaterra e Italia. La mitad de los Estados
europeos miembros de la OTAN, igualmente miembros de la Unión Europea,
participaron en esa agresión disfrazada.

¿Y qué está sucediendo ahora en Siria? Si sólo hubiése
dependido de la Unión Europea, y si China y Rusia no se hubiesen opuesto a
ella, hoy tendríamos allí otra guerra de agresión, también con la participación
de la UE. En el caso sirio, Alemania ha desempeñado un papel poco glorioso,
junto a Francia e Inglaterra.

¿Dónde está entonces el compromiso de la Unión Europa a
favor de la paz que supuestamente justifica que se le otorgue del Premio Nobel
de la Paz? ¿No será que el Comité del Premio Nobel también obedece a las
razones de orden político del poder? Los pueblos de todos los países de la
Unión Europea se oponían a las acciones militares de esos países. Los sondeos
indicaban un índice de oposición que se sitúa entre el 80 y el 90%. Por lo
tanto, si lo que se quiere es fortalecer la paz, son los pueblos quienes tienen
una importancia primordial.

Alemania en un papel dirigente. Pero ¿con qué objetivo?

La publicación estadounidense Foreign Affairs, órgano
del think tank denominado Council on Foreign Relations, altamente valorado en
Estados Unidos, estima que una germanización de Europa permitiría a ese
continente salir de la crisis. Alemania obtendría así en la Unión Europea un
papel dirigente acorde con las ambiciones de Angela Merkel, ávida de poder. La
Alemania que se arroga un papel de dirigente de la Unión Europea es portadora
del proyecto de formación de una Federación Europea y de un fortalecimiento del
centralismo.

Resulta reveladora la siguiente citación: «Si nosotros,
los europeos continentales, queremos alcanzar la unidad y actuar de conjunto, y
de ello depende nuestro futuro, tenemos que responder entonces a dos
necesidades: renunciar a toda voluntad de dominación de un pueblo sobre otro
así como renunciar a toda voluntad de independencia absoluta fuera del orden
europeo. Ser el abanderado, sin querer ser el amo de Europa. Esa debe ser la
voluntad de Alemania. Pero ser el abanderado de una nueva Europa que debe
ocupar su lugar entre las nuevas potencias mundiales y conservar el rango que
merece tanto por su desarrollo histórico como por su poderío cultural y
económico.» Son palabras de Richard Riedl, presidente del consejo de
administración de la compañía Donau Chemie AG, perteneciente al grupo IG
Farben, y datan de 1944.

Resulta cada vez más evidente que Alemania está
asumiendo un lugar predominante en la Unión Europea. Y si Alemania llegara a
convertirse en el abanderado de la UE, eso sería de mal augurio para Suiza, a
la luz de las declaraciones belicistas destinadas a intimidar a este pequeño
pero próspero país.

Suiza, garante de la paz

Si lo que se busca es otorgar el Premio Nobel de la Paz
a un Estado, habría que dárselo a Suiza. ¿Qué otro país puede afirmar que no ha
estado implicado en guerras desde hace más de 150 años? ¿Y haber contribuido en
tan alto grado a favor de la paz y de la ayuda humanitaria a restañar las
heridas de los pueblos de otros países, como lo ha hecho Suiza a través de sus
organizaciones, como la Cruz Roja? A pesar de ello, cuando consultamos la lista
de laureados con ese premio, podemos sentirnos felices de no aparecer en ella.
La selección de este año lo confirma.

Fuente Horizons et débats (Suiza)
Traducido al español por la Red Voltaire a partir de la
traducción al francés de Horizons et débats

Las formas de dominación del Estado burgués (IX)

Juan Manuel Olarieta

El papel de la monarquía en el régimen fascista español


No obstante, los semirrevolucionarios siguen jugando con la confusión. Creen que la monarquía es en España como en Dinamarca y dicen que aunque cambiara la forma del Estado nada sustancial cambiaría; a lo máximo España sería como Portugal u otra república vecina. Seguimos, pues, fuera de la historia, en el limbo de las abstracciones. No hace falta poner la lupa a la historia para comprobar que en España las dos Repúblicas que han existido han supuesto otros tantos momentos fugaces de libertad, de los pocos que las masas han podido disfrutar, por lo que se han grabado a sangre y fuego en su corazón y su memoria. Aquí entre sectores muy amplios, que van mucho más allá del proletariado, la República es sinónimo de libertad y ha conducido antes y conducirá siempre a las masas a la revolución. Parece increíble que los semirrevolucionarios de salón se atrevan a menospreciar este caudal político, que va bastante más allá del banquete: es una opípara comilona.

Hoy en España la monarquía es uno de los pilares fundamentales del monopolismo. La Corona española estaba arruinada cuando en 1964 Franco nombró heredero político al actual rey, hasta el punto de que la Casa Real tuvo que vender la Corona para pagar sus deudas; actualmente es una de las mayores fortunas del mundo. Por lo tanto, lo mismo que el resto del capital monopolista, también la Corona debe su fortuna al terrorismo de Estado. Por si cabían dudas, el asunto KIO demostró que una parte muy importante de los circuitos financieros y comerciales pasan por la monarquía, donde pagan su peaje correspondiente.

Pero en Europa hay otras monarquías tanto o más engolfadas en el capital monopolista que la española. Lo que realmente diferencia a la Corona española es que también es uno de los pilares fundamentales sobre los que se ha edificado el Estado fascista. Este rey no hereda a su padre, como en cualquier otra monarquía, sino al Caudillo. Es el Caudillo de la transición; para eso le nombraron. Juega el mismo papel que Franco en la etapa anterior: es la cúspide del ejército y no creo que, a su vez, sea necesario explicar ahora cuál es el papel del ejército en el régimen español actual pero, por poner un ejemplo, conviene recordar que todos los hilos del golpe de Estado de 1981 y la posterior etapa de guera sucia de los GAL pasaron por ahí.

Si los fascistas heredan la monarquía los antifascistas heredan la República. No puede ser de otro modo. La lucha antifascista no sólo no ha nacido ahora sino que tiene una larga tradición que sólo se puede calificar de épica. Por lo tanto, envuelve una responsabilidad histórica en cuanto que a los antifascistas de hoy les corresponde tomar la antorcha que con tanto arrojo, abnegación y heroísmo portaron sus mayores. Ese es el significado exacto de la batalla por la memoria histórica: ellos resistieron para que las generaciones futuras estuvieran en las mejores condiciones para triunfar. No restablecer el hilo entre el pasado y el presente no es un mero descuido por parte de los semirrevolucionarios, sino una traición en toda regla para la cual no existen calificativos lo suficientemente explícitos.

Pero donde hay continuidad hay también ruptura. Ni los años pasan en vano ni la historia detiene su marcha inexorable. ¿De qué República estamos hablando? ¿De la República de 1931? ¿De una tercera República que ignoramos? ¿De cualquier clase de República? No; como cualquier otra institución política la futura República tiene que tener en cuenta que, a diferencia de 1931, España es hoy un país de capitalismo monopolista de Estado, un sistema económico en bancarrota que no tiene ya ningún futuro. Hoy la reivindicación de la democracia y la República no supone, pues, ninguna etapa «intermedia» entre el capitalismo y el socialismo. Más bien al contrario, como consecuencia de las transformaciones económicas, la correlación de fuerzas entre las clases sociales ha cambiado y el proletariado no sólo dirige la lucha por la Repúlica sino que es su principal fuerza propulsora. Un programa revolucionario debería expresar estas nuevas condiciones sociales y afirmar claramente que la única República posible hoy es la República Popular. Ésta enlaza con el pasado, pero no es el pasado sino el futuro.

Ciertamente, como digo, las transformaciones económicas de los sesenta convirtieron al proletariado en la fuerza principal de la lucha contra el fascismo, pero no en la única. La lucha de clases es el motor de la historia, pero eso no tiene nada que ver con la caricatura de «clase contra clase», típica del trotskismo. Es un craso error privar al proletariado de sus aliados más próximos porque una revolución -hay que repetirlo- es un proceso de acumulación de fuerzas; cuando un contrincante gana fuerzas, las pierde su contrario, y así inclina la balanza a su favor.

Es cierto que en la actualidad, ante el proletariado y la burguesía, las demás clases han perdido la importacia social que tuvieron en épocas anteriores. No obstante, tanto la condición monopolista de España como la pervivencia del fascismo, aproximan al proletariado a numerosos sectores sociales, que son múltiples y cualitativamente diversos. No es necesario recurrir al ejemplo de Rusia para destacar la importancia de los aliados de la clase obrera porque mucho antes Engels también propuso, con su proverbial maestría, incorporar a los pequeños campesinos dentro del programa obrero, es decir, forjar una alianza obrero-campesina, incluso en los países avanzados, como Francia:

«Es asimismo evidente que cuando estemos en posesión del Poder del Estado, no podremos pensar en expropiar violentamente a los pequeños campesinos (sea con indemnización o sin ella) como nos veremos obligados a hacerlo con los grandes terratenientes. Nuestra misión respecto a los pequeños campesinos consistirá ante todo en encauzar su producción individual y su propiedad privada hacia un régimen cooperativo, no por la fuerza, sino por el ejemplo y brindando la ayuda social para este fin. Y aquí tendremos, ciertamente medios sobrados para presentar al pequeño campesino la perspectiva de ventajas que ya hoy tienen que parecerle evidentes» (27).

Este es el banquete que recomendaba Engels en 1894 para un país como Francia, incluso en un momento posterior a la revolución proletaria. Si ese programa es correcto, ¿no será más correcto aún para el momento anterior a la revolución, para la acumulación de fuerzas?, ¿sigue siendo correcto ese programa en la actualidad? La respuesta es afirmativa: en esencia hoy las líneas maestras de ese programa son de plena actualidad, y no sólo para un sector social tan concreto como los campesinos, sino para cualquier otro. Cada día el fascismo y el monopolismo convidan a un festín al arrojar a las filas de la revolución a sectores muy amplios de la sociedad y sería un suicidio de que el programa de la revolución también les diera la espalda. ¿Por qué los semirrevolucionarios se empeñan en buscarse enemigos donde no los hay?

Notas:
(27) Engels, El programa campesino en Fracia y Alemania, Obras Escogidas, tomo II, pg.461.

Las formas de dominación del Estado burgués (VIII)

Juan Manuel Olarieta

Un desarrollo capitalista ligado al terrorismo de Estado


Donde hay continuidad hay también ruptura. En España el punto de ruptura del pasado con el futuro se situó en la década de los sesenta del siglo pasado, cuando tras el Plan de Estabilización de 1959 el país transformó su economía en capitalismo monopolista de Estado. Desde entonces no hay aquí nada cualitativamente diferente de cualquier otro país capitalista desarrolado, es decir, que no se puede desarrollar más de lo que ya lo está, que no hay una etapa ulterior a esa, por lo que cualquier avance sólo puede ser hacia el socialismo. En este sentido no hay ninguna revolución burguesa que llevar a cabo. La crisis económica actual no ha hecho más que reforzar la evidencia de que en España el capitalismo ha agotado todas sus reservas. El futuro está única y exclusivamente en el socialismo y un programa revolucionario así deberá indicarlo.

Ahora bien, a diferencia de otros países, en España el desarrollo capitalista ha estado ligado al terrorismo de Estado, intensificado desde 1939 bajo las más crueles formas. La transformación económica se produjo sin modificar la naturaleza fascista del Estado. La realidad volvía a presentarse «impura», ambigua y confusa: la persistencia del fascismo, ¿no era un índice del atraso de España?, ¿cómo se congraciaba ese atraso con la modernidad monopolista? El debate volvió a reanudarse con nuevos adornos, propios del momento. Donde unos semirrevolucionarios veían la botella medio llena, los otros la veían medio vacía, manifestándose las primeras rupturas dentro del movimiento comunista. Una primera corriente, directamente heredera del PCE, relaciona la pervivencia del fascismo en España con el atraso, hasta el punto de calificar la situación de «colonial» o dependiente del imperialismo, poniendo en primer plano el programa mínimo y la necesidad de una revolución democrático burguesa. La otra sólo tiene en cuenta la condición monopolista, por lo que reivindica la necesidad inmediata de una revolución socialista sin tener en cuenta el carácter fascista del Estado.

La transición puso a prueba ambas concepciones y demostró que la primera de ellas era ampliamente dominante, es decir, que el revisionismo sigue siendo la tendencia más fuerte dentro del movimiento comunista, particularmente, en España, contribuyendo así a reforzar el relato hegemónico que hoy siguen transmitiendo los medios de comunicación: existió una transición política en España durante la cual el fascismo se convirtió en una democracia burguesa. Con el tiempo la argumentación reformista ha contribuido luego a alimentar a su contraria, al izquierdismo, que desarrolla exactamente la misma argumentación justo en el punto en el que los anteriores la abandonan: dado que actualmente España es un país democrático burgués, la revolución sólo puede ser de naturaleza socialista. Como suele ocurrir, aquí y ahora los izquierdistas no son nada diferente de los reformistas; el discurso de ambos es sustancialmente el mismo y se corresponde exactamente con el discurso fascista hegemónico.

El error de ambas corrientes se puede comprobar tanto en la década de los sesenta, con la transición económica, como en los setenta, con la transición política y empieza por un equívoco, otro más que hay que añadir a la lista. Dicho equívoco se origina porque minimiza la capacidad de las masas, incluso en ausencia de una vanguardia revolucionaria, para poner contra las cuerdas a la burguesia y a su Estado, cualquiera que sea su naturaleza, y obtener importantes victorias parciales.  Incuso a veces esas conquistas son tan importantes que es posible calificarlas como «revoluciones». Pero en absoluto es el caso de la tansición en España, una etapa en la que el proletariado obtuvo indudables conquistas que no alteraron la naturaleza del Estado.

No se deberían confundir los avances populares alcanzados durante la transición con un cambio de régimen político y no basta hablar sólo de los avances si, al mismo tiempo, no se habla de lo que jamás se logró conquistar, de lo que quedó pendiente, una herida imposible de cicatrizar que se manifiesta hasta en los detalles. Por ejemplo, algunas familias de los antifascistas asesinados (Grimau, Ruano Casanova, Puig Antich, Xose Humberto Baena) emprendieron acciones legales para rehabilitar su memoria. Nada hubiera resultado más fácil en un Estado democrático que, incluso, no hubiera debido exigir el inicio de ninguna reclamación judicial: hubiera debido hacerlo por sí mismo, declarando solemnemente su gratitud hacia los antifascistas caídos en la lucha por la democracia, e incluso poner sus nombres a las calles. Resulta muy ilustrativo constatar que París y muchas ciudades de Francia tienen nombres de calles dedicadas a Julián Grimau y en toda España no haya ninguna. Pero es una ingenuidad esperar que la legalidad fascista rehabilite jamás la memoria de los antifascistas. Eso sólo ocurrirá en ese Estado democrático a conquistar en un futuro próximo.

Los fascistas emprendieron la transición a regañadientes; se vieron obligados a introducir algunos cambios en contra de su voluntad para evitar males mayores y apuntalar su vetusto edificio. No decretaron ninguna amnistía sino que pusieron en libertad a algunos presos políticos a golpe de huelgas, manifestaciones y protestas que costaron tantas vidas como presos salieron a la calle y, como siempre, junto a los que salieron es necesario recordar a quienes no salieron nunca, lo que ha traído como consecuencia que desde 1939 no es posible encontrar un solo día en el que no haya habido presos políticos. La existencia actual de presos políticos plantea, además, un dilema obvio, tantas veces escuchado: si España es un país democrático, ¿cómo es posible que haya presos políticos?, y al revés, si hay presos políticos, ¿como es posible hablar de democracia en España?

Se va generalizando la convicción de que, más que una transición, lo que se produjo en los setenta fue una «traición» en toda regla: la incorporación de los reformistas a la legalidad fascista. Fue la esencia de aquel momento, el verdadero cambio: la transformación del reformismo en colaboracionismo. Nada hubieran logrado los fascistas sin la aportación de los reformistas, que pusieron la nota de color al cambio de fachada, las payasadas electorales, las procesiones pactadas y esa palabrería vacía a la que llaman «libertad de expresión». Los fascistas y los refomistas se necesitaban mutuamente. El reformismo necesitaba que algo cambiara para justificar su colaboración y bastó un retoque puramente cosmético para que se instalaran en las butacas más cómodas del régimen. Pero hubo una notable diferencia entre ambos: mientras los reformistas sólo se justificaban, los fascistas se sucedían a sí mismos.

El tiempo pone a cada cual en su sitio. A pesar de que en 1977, en el colmo del colaboracionismo, el PCE convirtió a la bandera fascista en su enseña propia, en las manifiestaciones lo que aparecen hoy son las republicanas. También se intenta recuperar la memoria histórica y cada año la convocatoria del 20 de noviembre en Madrid no recuerda la muerte sino la resurrección de Franco y su elevación a los altares. En fin, el movimiento práctico de las masas aquí y ahora lo que demuestra es que la Internacional Comunista tenía razón una vez más: el fascismo trasciende a los cambios cosméticos y de gobierno; no sólo ha pervivido sino que ahora mismo se apresta a eliminar los últimos residuos de las concesiones que se vio obligado a hacer durante la transición. El fascismo vuelve por sus fueros y pone en el orden del día la necesidad de la libertad, la democracia y los derechos más elementales, que en nuestro país se resumen en la consigna de la República.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies