Durante el Foro Económico Mundial de Davos de este año 2026, el Secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, declaró que la política de «máxima presión» ordenada por el presidente Trump llevó al colapso de la economía iraní, causando escasez de dólares y protestas callejeras, lo que describió como un ejercicio exitoso del «arte de gobernar económicamente». «Colapsamos la economía iraní para que la gente se echara a la calle, es política económica sin disparos», afirmó Bessent.
Afirmó que las sanciones buscan deliberadamente desestabilizar la economía para provocar inestabilidad social, una estrategia que calificó de coerción «sin disparar un solo tiro», y vinculó directamente la crisis económica inducida por las sanciones con las protestas masivas que comenzaron en diciembre de 2025, cuando el rial alcanzó mínimos históricos.
El rial iraní se depreció más del 20% en un solo mes (diciembre de 2025) y ha perdido más del 80% de su valor en un año, llegando a cotizarse alrededor de 1.47 millones de riales por dólar. La forma que los Estados Unidos han tenido para llevar al colapso a la economía persa han consistido fundamentalmente en aislar a Irán del sistema financiero global, bloqueando sus ingresos por exportación de petróleo y restringiendo el acceso a las reservas de divisas extranjeras.
Esto ha generado una severa escasez de dólares, desencadenando la impresión descontrolada de dinero por parte del banco central para financiar el déficit y erosionando por completo la confianza en la moneda nacional. Esta crisis monetaria agravó una inflación que ya superaba el 42% (con alimentos subiendo un 72%), llevando a miles de iraníes a protestar por la situación económica.
Si bien las declaraciones de Bessent tienen un cierto tono triunfalista y «todopoderoso» que hay que matizar, lo cierto es que la llamada «revolución» de estas semanas fue encendida a partir de una estrategia deliberada, donde se utilizaron herramientas económicas extremas con la intención de debilitar estructuralmente al Estado iraní y doblegar su voluntad política.
Ante esta perspectiva, muchas editoriales -con sesgos ideológicos de lo más variopintos- se han lanzado ya a anticipar el fin de la República Islámica sin un análisis de contexto real. Decimos esto porque hacer esta afirmación implica negar que la sociedad iraní lleva décadas acostumbrada a la economía de resistencia.
Cuando Estados Unidos desconectó a los bancos iraníes del sistema SWIFT y amenazó con sanciones secundarias a cualquier comprador de su petróleo, el objetivo era claro: reducir a cero los ingresos vitales de la República Islámica. La tesis del poder financiero absoluto parecía incontrastable. Sin embargo, la vida (económica y política) busca caminos. Irán no se limitó a sufrir pasivamente el bloqueo; comenzó a tejer una red de evasión y resistencia que constituye una verdadera «antítesis» a los cantos de sirena tanto del imperialismo como de la progresía occidental.
Para mantener el flujo de su petróleo, Irán desplegó lo que analistas llaman una «flota fantasma». Son buques tanque veteranos, que navegan con sus transpondedores apagados, realizan transferencias en alta mar y cambian de bandera y nombre con frecuencia. Este sistema clandestino, aunque riesgoso y costoso, ha permitido mantener un volumen significativo de exportaciones. El principal destino: China, que ahora compra cerca del 90% del crudo iraní, a un precio con descuento, convirtiéndose en el salvavidas económico de Teherán.
La presión occidental actuó como un imán geopolítico, acercando irrevocablemente a Irán con los rivales estratégicos de Estados Unidos. Con Rusia, la relación ha evolucionado de una cooperación táctica a una alianza estratégica militar: Irán suministra drones Shahed que han sido cruciales en el frente ucraniano, y a cambio, Moscú proporciona tecnología militar avanzada, como cazas Su-35, y coopera en el programa nuclear civil iraní. Juntos, con China, forman un triángulo de poder alternativo, realizando ejercicios militares conjuntos y protegiéndose mutuamente en el Consejo de Seguridad de la ONU.
Dentro del país, la población y hasta instituciones estatales han recurrido a herramientas modernas para sobrevivir a las sanciones. El Bitcoin y las criptomonedas se han popularizado no solo como reserva de valor para ciudadanos que ven evaporarse sus ahorros en riales, sino también como un canal para que el propio Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) realice transacciones internacionales fuera del alcance del sistema bancario tradicional.
La guerra económica no ha doblegado a Irán; la ha reforzado en su determinación y la ha integrado más profundamente al orden político del cuál los Estados Unidos la pretendían extraer.