La diplomacia internacional acaba de entrar en una nueva era, en la que se ha puesto precio a la compra y venta de terrenos, como Gaza, donde la población que los habita no tiene nada que decir.
Trump ha lanzado oficialmente su “Consejo de Paz”, una organización internacional que él mismo presidirá y que aspira a rivalizar con la ONU. Los países deberán pagar mil millones de dólares para asegurarse un puesto permanente en el nuevo organismo.
Varias potencias occidentales, como Francia y Noruega, ya han declinado la invitación, denunciándola como un intento de suplantar el sistema multilateral vigente desde 1945. La arquitectura diplomática mundial se encuentra ahora en el centro de una batalla sin precedentes entre Estados Unidos y la ONU.
Como es habitual, Trump no oculta sus intenciones. El martes declaró que la ONU nunca le ayudó y que su “Consejo de Paz” podría reemplazar a la organización internacional. Esta impactante declaración formaliza lo que muchos observadores temían desde la presentación de la carta fundacional de esta nueva entidad, un documento de ocho páginas que ni siquiera menciona a Gaza, a pesar de presentarse como la razón de ser inicial del proyecto. El texto critica abiertamente las instituciones existentes, que, según afirma, “han fracasado con demasiada frecuencia”, y exige la “valentía” de abandonarlas en favor de unas instituciones internacionales más eficaces.
El mecanismo económico propuesto por Estados Unidos anula las normas diplomáticas tradicionales. Quienes deseen unirse al “Consejo de Paz” pueden hacerlo gratuitamente, pero su mandato expirará automáticamente al cabo de tres años. Para evitar esta limitación y obtener la permanencia, se requiere una contribución mínima de mil millones de dólares durante el primer año tras la entrada en vigor de la nueva Carta fundacional.
Este sistema establece, en la práctica, una jerarquía entre los países, contraria al principio de igualdad soberana consagrado en los fundamentos de la ONU, según los cuales cada Estado tiene un voto en la Asamblea General, independientemente de su riqueza o fuerza militar.
Pero ahora estamos de rebajas. Algunos países podrían contribuir con sumas significativamente menores, alrededor de veinte millones de dólares según fuentes cercanas a las negociaciones, pero sin ninguna garantía de compromiso a largo plazo. Canadá aceptó la invitación, aunque inmediatamente declaró que se negaba a pagar por su asiento, lo que pone de manifiesto las tensiones que genera este modelo de “diplomacia de pago”.
Como es lógico, la concentración de poder en manos del presidente estadounidense es el aspecto más controvertido de la propuesta. La Carta designa específicamente a Trump como el primer presidente del Consejo de Seguridad, otorgándole considerables prerrogativas: solo él está autorizado a invitar a nuevos miembros, puede revocar su participación, salvo con un veto de dos tercios, establece la agenda de las reuniones y tiene derecho a revisar todas las decisiones adoptadas por mayoría.
Aún más notable, su mandato es similar a una presidencia vitalicia, ya que solo puede ser reemplazado en caso de renuncia voluntaria o incapacidad, según lo determine por unanimidad el comité ejecutivo, un órgano que él mismo designa a su discreción. Un dirigente estadounidense confirmó que Trump podría conservar este cargo incluso después de dejar la presidencia de Estados Unidos en 2029, y que el próximo ocupante del Despacho Oval simplemente designará a un representante.
El 7 de enero Trump ya había firmado un decreto que ordenando la retirada de Estados Unidos de sesenta y seis organizaciones internacionales consideradas contrarias a sus intereses, incluyendo una treintena vinculadas a la ONU. Esta ofensiva forma parte de un desafío más amplio al presidente estadounidense, quien había tildado a la ONU de “palabras vacías” en la Asamblea General de septiembre: “las palabras vacías no resuelven las guerras”, dijo.
Las reacciones internacionales revelan una clara división entre partidarios y detractores del proyecto para Gaza. Francia lo rechazó categóricamente a través de su ministro de Asuntos Exteriores, Jean Noel Barrot, apoyando el plan de paz para Gaza, pero rechazando la creación de una organización destinada a sustituir a las Naciones Unidas. Noruega también se negó, y el secretario de Estado, Kristoffer Thoner, alegó cuestiones que requerían un diálogo profundo y anunció la ausencia de Oslo en la ceremonia de Davos. Suecia adoptó una postura similar, y el primer ministro Ulf Kristersson declaró que no firmaría el texto en su forma actual. China, miembro permanente del Consejo de Seguridad, reafirmó su apoyo al sistema internacional centrado en la ONU, y su portavoz Guo Jiakun enfatizó el papel irremplazable de la Organización en la salvaguardia de la paz mundial.
Ante las negativas, Trump no dudó en proferir sus amenazas favoritas, las económicas, prometiendo aranceles del 200 por cien a los vinos y champanes franceses si Macron persistía en su oposición. Por el contrario, una decena de países aceptaron la invitación, entre ellos Israel, Emiratos Árabes Unidos, Marruecos, Hungría, Bielorrusia, Vietnam y Argentina.
La ceremonia de firma está prevista para este jueves en Davos, en el marco del Foro Económico Mundial, donde el presidente estadounidense pretende formalizar su política imperialista.