Nadie puede asegurar que Estados Unidos haya concluido un acuerdo nuclear con Arabia Saudí. Trump aún no lo ha presentado al Congreso y, además, ha impuesto condiciones adicionales: que Arabia Saudí se una a los Acuerdos de Abraham y, por lo tanto, reconozca a Israel.
Es una de las muchas incongruencias de la política de Trump en Oriente Medio, pero el acuerdo multiplica aún más la confusión, sobre todo teniendo en cuenta que las presiones sobre Irán se pretenden justificar precisamente por la energía nuclear.
Irán ha ratificado tanto el Tratado de No Proliferación Nuclear como el Protocolo del Organismo Internacional de Energía Atómica, que permite inspecciones internacionales. Por el contrario, Riad ha firmado el primero, pero no el segundo. Por lo tanto, no estará sometido a inspecciones internacionales. Sólo Estados Unidos podrá inspeccionarlas. Si Arabia Saudí desarrolla armas nucleares, solo serán conocidas por Estados Unidos.
Como es obvio, los demás países del mundo, y entre ellos Irán, tendrán que suponer que los saudíes están en posesión de tales armas, por un principio elemental de precaución.
Riad ha abierto una brecha que demás países tienen que seguir para no quedarse atrás. La mejor disuasión es fabricar armas nucleares y si Corea del norte ha sobrevivido e gracias a ello. Si Irán las hubiera tenido, no hubiera sido atacado por Estados Unidos e Israel.
El paso siguiente después de lograr el primer arma es el que sigue Corea del norte: fabricar misiles de un alcance cada vez mayor. La disuasión es cada vez mayor. Alcanza a más países y a países cada vez más lejanos.
Se ha acabado el régimen de no proliferación nuclear, vigente desde los tiempos de la Guerra Fría.